Encuentro inesperado
Amanecía, los escasos rayos de sol que lograban pasar por la ventana penetraban en la habitación y me sacaban poco a poco de mi letargo. Lentamente, fui abriendo los ojos y me fui fijando en mí alrededor. Otra vez el mismo techo, otra vez las mismas habitaciones, otra vez el mismo olor ¿Es que acaso esto es lo único que voy a tener por el resto de mis días? ¿Cuánto más podré soportar todo esto antes de quebrarme y ceder ante la presión de esta horrible realidad a la que se ha reducido mi existencia? ¿Existe acaso alguna manera de cambiarla? Mientras mi mente divagaba por tales elucubraciones pude notar como una figura pálida se revolvía alado mío. Gire mi cabeza y volví a apreciar esa imagen que tantas veces había visto con anterioridad. Alice estaba recostada de espalda hacia mí en la otra mitad de la cama. Su delgada figura y su piel pálida dejaban apreciar como la columna y las costillas se acentuaban en su espalda, todo obra de su supuesta "dieta rejuvenecedora" que lo único que hacía era deteriorarla cada vez más. Súbitamente, las imágenes de la noche anterior golpearon en mi cabeza con la fuerza de una tormenta. Los gritos, los gemidos, el sudor, aquella sensación de asco y repulsión en mi cuerpo, aquel olor… Sentí como el vómito amenazaba con subir por mi garganta.
Rápidamente me levante de la cama y me dirigí al baño que se encontraba en una esquina de la pequeña habitación. Entre en la ducha y comencé a restregarme fuertemente el jabón por todo el cuerpo. Sabía que eso no me iba a quitar la sensación de asco que estaba impregnada en mi cuerpo, que seguramente me iba a tomar semanas antes de que desapareciera completamente, pero al menos me brindaría un poco de alivio, un poco de paz. Salí de la ducha e instintivamente comencé a buscar mi ropa que se encontraba esparcida por toda la habitación. Una vez vestido, me dirigí a la puerta que llevaba al pasillo del motel. Antes de salir di un último vistazo a la habitación que había sido mi hogar por esa noche, mis ojos recorrieron cada rincón de la misma y por último se pararon en Alice. Seguía sumida en un semisueño mientras daba vueltas por la cama buscando encontrar una posición más cómoda. Una vez hallada, soltó un gemido que me hiso recordar los eventos de hacia tan solo unas horas. La sensación de vomito volvió a aparecer. Gire la perilla de la puerta y me encamine por el largo pasillo hacia la salida del motel.
Camine lentamente hacia la puerta, todo mi cuerpo me pesaba y poco a poco comenzaba a notar la presencia de una horrible migraña amenazando con aparecer. Al acercarme al recibidor pude ver la silueta de un hombre de unos 65 años aproximadamente que clavaba su vista en una revista de prensa amarrilla. Al ver que me acercaba, levanto su cabeza y me saludo.
-Buenos días chico ¿Te divertiste anoche? –Intento decir esto en un tono jovial, pero la resaca y el cansancio hacia que su voz sonara rota y pastosa. Al verme llegar, dejo la revista a un lado de la mesa. Cuando lo tuve frente a mi pude sentir el aroma a alcohol y drogas que estaba impregnado en el lobby, pero que hasta ese momento no había notado. Era un olor repulsivo y, al mismo tiempo, familiar. Sentí un estremecimiento al pensar en que ya me había acostumbrado a aquel olor.
Intente inútilmente sacudirme, como si esto fuera a desvanecer el olor de alguna manera. Al ver que no funcionaba decidí ir por la opción más obvia y salir del motel. Un poco de aire fresco no me vendría mal.
El recepcionista seguía imperturbable y al ver que yo no contestaba comento - ¿Qué, acaso Alice se adueñó de tu boca además de tu p…?-Le lance mi mejor mirada de odio antes de que pudiera terminar la frase. Él pareció haberlo notado porque rápidamente desvió la mirada y volvió a centrar su atención en la revisa que acababa de soltar.
Pase a su lado en silencio y me dirigí hacia la puerta principal –Quizás un poco de café me ayude a despejarme - Pensé.
La calle se encontraba solitaria, era una mañana de invierno y la mayoría de las familias se encontraba contentos en su casa disfrutando de un agradable desayuno familiar. Al pensar en ello me entro un sentimiento de melancolía mesclado con una nostalgia que me estrujo el corazón. Trate de ignorarlo y puse rumbo al café más cercano. Después de unos 15 minutos por fin pude ver el letrero que estaba buscando.
-Aquí está su café – Dijo una de las camareras que atendían el local mientras me ponía una taza en la mesa que tenía delante mío. Cogí la taza y le di un pequeño sorbo a la bebida, su sabor se extendió por toda mi garganta y me hiso sentir un poco mejor.
El refugio del oso se había vuelto mi lugar favorito desde hacía algunos años. Era un local algo viejo, pero estaba muy bien cuidado. Su decoración era algo… extravagante, los adornos y accesorios que cubrían el lugar lo dotaban de una especie de aura que me hacía recordar un poco a la vieja cabaña del misterio. Pase la mirada por el local fijándome en cada uno de los pequeños detalles: Un pequeño castor de madera que estaba sobre la barra, una estatua de oso bailarin que estaba en un rincón de la habitación, incluso había una de esas máquinas de fuerza como la que se encontraba en el local de la linda Susan. Si, este lugar me hacía recordar antiguos momentos de mi vida, pequeños fragmentos del pasado que ahora parecen una mancha borrosa, como si se tratase de un sueño lejano. Termine mi recorrido por la sala y pose mi mirada en la ventana que daba a la calle. Había elegido una de las mesas que se encontraban en el rincón más apartado del lugar, en parte porque me ofrecía cierta privacidad la cual agradecía, en parte porque esa posición me daba una estupenda vista de la calle a través de la ventana. "Ver sin ser visto", era un pensamiento que por alguna extraña razón me resultaba emocionante.
Pose mi mirada largo rato en el ventanal, lentamente fui testigo de cómo la animada vida urbana comenzaba a iniciar su movimiento: Los estudiantes salían de casa y se dirigían al colegio, los empresarios que corrían a toda prisa temerosos de perder el tren y llegar tarde, los ancianos que, indiferentes ante todo, salían un momento a sus jardines a disfrutar del frio aire invernal o para contratar a un joven niño que estuviera dispuesto a palear la nieve a cambio de unas monedas. Era una visión sorpresivamente tranquilizadora.
Tras unos pocos minutos mi mente volvió a caer en la realidad y me atizaron recuerdos menos reconfortantes: La pelea, el motel, lo que sea que fuera mi vida a estas alturas. Cerré los ojos y sacudí mi cabeza con fuerza, esperando que de algún modo eso lograra acallar aquellos pensamientos. Antes de poder despejarme del todo pude oír el sonido característico de la campana de la puerta del local. En otro momento esto me hubiera parecido un hecho irrelevante, puesto que, aunque era viejo, el local gozaba de cierta reputación y no era raro encontrar otro clientes aparte de mí en un día normal. Pero eso solo en un día normal, no en un día de invierno con una temperatura que haría pegársele la lengua al primer estúpido que se le ocurriera la brillante idea de lamer un poste.
Alce mi mirada curioso, sorprendido por el repentino tintineo de la campana. Bajo el marco de la puerta apareció la figura de una mujer alta, de bella fisionomía y delicadas facciones. Llevaba ropa de diseñador, de esa que te costaría un ojo de la cara antes de poder usarla, normalmente no me interesaría por ese tipo de cosas, pero ella la llevaba con una naturalidad que resultaba sorprendente, como si toda la vida hubiera estado acostumbrada a ello. Sin embargo, lo más resaltante de ella era su piel pálida, casi blanquecina, como si hubiera sido bañada por la luna y esta la hubiera dotado de una belleza y hermosura fuera de este mundo. La visión de esa mujer me dejo impactado por unos momentos, pocas veces avía sido testigo de semejante visión, aunque claro, esta no se compara de ninguna manera a Mabel…
Una fuerte punzada se instaló en mi corazón y rápidamente todos mis pensamientos se dirigieron hacia una sola persona, Mabel. Las lágrimas comenzaban a brotar de mis ojos y el sentimiento de opresión se hacía cada vez más y más insoportable. Estaba a punto de derrumbarme y empezar a llorar, pero una voz familiar me saco de ese foso de oscuridad.
-¿Dipper? – Dijo una voz que no reconocí pero que me sonaba sorprendentemente familiar.
Alce mi mirada de nuevo y la vi nuevamente. Era la chica que había entrado en el local hace unos segundos, pero había algo raro en ella, sus ojos me miraban con una gran sorpresa y preocupación a la vez, como si fuera una persona que hace años que no ve.
-¿Dipper, eres tú? – Volvió a decir la chica mientras se acercaba cada vez más a mí. Algunos mechones de su cabello se habían salido de la pañoleta que le recubría la cabeza dejando ver unos cabellos rubios, radiantes como la puesta de sol. De repente me vinieron a mi memoria recuerdos fragmentados sobre esa mujer, y me hicieron sentir un asombro indescriptible.
-¿Pacifica?
