Aunque por otro lado pienso que no debería verte nunca.

Pero te veré porque te necesito. (E.S)

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¿Se encuentra bien, señor?.

Esa misma voz, suave y casi infantil, sobre todo inocente. La última vez que la habías escuchado había pronunciado tu nombre "Sasuke"...

Quitaste tus cabellos revueltos de tu sudorosa frente para poder obsérvala con claridad, sentada, envuelta en un enorme vestido violáceo y con su cabello recojido. Sentiste como tus entrañas se retorcieron y ardieron al igual que tu garganta. Mientras analizabas con recelo la habitación lujosa y antigua, iluminada por las últimas horas de una tarde muy calurosa, tuviste un extraño sentimiento contradictorio, el espanto de no reconocer el lugar en el que estabas y una especie de correspondencia que te indicaba que allí era donde debías estar.

La muchacha, de una belleza casi aterradora, se puso de pie para acercase hasta ti que yacías recostado en una exageradamente cómoda cama. La observaste con ojos enormes, siendo tu la persona más neutral e indescifrable del mundo. Cuando estuvo lo suficientemente cerca como para que olfatearas su exquisito aroma, supiste que su nombre era Hinata.

—Hi...—murmuraste y ella torció el rostro sin entenderte.

—Hinata, padre esta por llegar— anunció una joven voz masculina con cierto tono de enfado.

Ella caminó a saltos cortos y apresurados hasta que cerró la puerta, observaste como su cabello ondulado y su vestido, que se arrastraba por el suelo, la acompañaban al compás del movimiento. Hinata volteó y se acomodó contra el picaporte, lucía avergonzada como si le costara sostenerte la mirada siendo que segundos antes no dejaba de estudiarte como si fueses un insecto raro.

Te incorporaste a duras penas, estabas débil y los músculos de tu cuerpo dolían como si te hubieras encontrado tenso por horas.

—Neji, mi primo, él no estuvo muy de acuerdo con traerlo... pero no le dejé opción—explicó con voz suave y con un tono nervioso.

Neji... primo... esas palabras invocaron en ti una furia que no pudiste explicar. Hinata volvió a la silla donde te había estado custodiando y descubriste por la puerta que se había entreabierto a un muchacho muy parecido a ella, con un traje oscuro, también antiguo, fumando un enorme cigarro con rostro más que serio, sus cortos movimientos y la forma en que miraba hacía los lados demostraban su impaciencia.

—¿Dónde estaba?—indagaste siguiendo el relato, tu voz sonó muy cortada y áspera, tu garganta te quemó.

—En... la esquina que bordea al cementerio, señor—explicó dudosa.—Estaba como desmayado... parecía ahogarse, hice detener el carruaje.. su piel estaba morada... yo solo...—comenzó a seguir excusándose asustada de tu posible enojo...

Carruaje... ahogo... cementerio. Las palabras parecían intentar armar un rompecabezas en tu mente y no sabías porque todas encajaban en un relato que desconocías. La verdad era que no sabías que hacías allí, pero parecías estar en una suerte de estudio filmografico o teatral de otra época —Lo siento, eso fue todo. Ha dormido durante horas...

Era frustrante sentir que comprendías lo que ocurría y al mismo tiempo verte desentendido de todo. ¿Parecía ahogarme? pensaste y te pusiste de pie con dificultad para reflejarte en un pequeño espejo con marco decorado, no menos suntuoso que el resto, y que se encontraba frente a la cama.

Te horrorizaste.

Tu blanca camisa desprendida en el pecho mostraba una extraña marca en tu cuello, violácea, lastimada, hundida en tu carne más pálida de lo que ya era. Tus labios tenían un deje morado, estaban secos y agrietados. Tus pies se debilitaron y cuando trastabillaste ella se lanzó hacía a ti para sostenerte de un brazo. Su tacto frágil te perturbó y giraste hacía ella para mirarla con espanto, incrédulo, ella frunció el gesto reflejándose en tus imponentes ojos negros —Me...mejor.. permanezca acostado...— ordenó más nerviosa y sonrojada que antes.

Asentiste confundido y volviste al mullido colchón. Ella te ofreció un té que bebiste de una taza que costaría demasiado para imaginar cuanto. La infusión deliciosa te resultó a cuchillos cuando la tragaste. Te quejaste del dolor.

—Alguien... lo tomó por el cuello...—se animó a hipotetizar—.Por favor tome más, le aliviara el dolor en unos minutos.

Tomar del cuello... apretar... asfixiar...

Mientras bebías, la observaste directamente al cuello pálido, un camafeo negro te hizo tragar mal y comenzaste a toser casi volcando la bebida caliente sobre ti. Ella se apresuró a tomar la taza, arrodillada en el suelo te observaba preocupada como en un gesto maternal.

En ese momento entró el famoso Neji, apagando el cigarro en un cenicero próximo, con furia miró a la muchacha y se la llevó de un brazo elevándola por el aire como si de una pluma se tratase. Sentiste un odio inigualable al ver esa escena, detestabas a ese hombre y no sabías por qué.

Con la vista fija en tus zapatos en el suelo de la cama y preguntándote por qué vestirías ropa tan anticuada, le oíste susurrar entre dientes —Es un Uchiha. Hiashi los adula, pero mi padre nunca confío en ellos.

—No podíamos dejarlo en esas condiciones—se excusó la muchacha con suavidad y paciencia.

—¿No podíamos dejarlo en esas condiciones porque es un Uchiha o porque ha gustado? no ignoro su atractivo. Las mucamas han armado un revuelo con su llegada, aunque de todos modos creo que exageran.

—¿Qué... qué cosas esta diciendo?— indagó ella con un reproche más cercano a la sumisión que al enojo, mientras lo veías oprimir más el delgado brazo, entre sacudidas le acercó el rostro con tonos de violencia en sus ojos grises. No sabes con que impulso caminaste hacía ellos.

—Suéltala—ordenaste tambaleante, apoyando un brazo contra el marco de la puerta.

—¿Perdón?—inquirió el primo y tus ojos adquirieron un tono rojizo, sentías como el odio te consumía. Deseaste golpear y aniquilar a ese tipo... no entendías por qué, apenas lo conocías.

—¿Eres sordo?—provocaste con sarcasmo y una maliciosa sonrisa desafiante.

Hubieras jurado que estaba por saltarte encima cuando un hombre mucho más imponente, con las mismas características de los primos se presentó ante ustedes. Ambos parecieron palidecer.

—¿Se encuentra mejor?—indagó solemne, como si te conociera—.Mis sirvientes me informaron lo acontecido. Lamentable hecho realmente.

—¿Si?—respondiste totalmente desentendido.

—Ya me he comunicado con su familia. Le escribí una misiva donde repudio totalmente el hecho. Este país no lo ha recibido de la mejor forma. Malvivientes, esta plagado de ellos. Pero me agrada saber que pesar del robo se encuentra mejorando.

Apretaste los labios en una falsa e incoherente sonrisa —Son cosas que suelen suceder— contribuiste a la falsa, seguiste el juego solo para ver como el rostro del primo se desfiguraba en indignación.

—Hágame el placer de pasar la noche aquí. Cualquier necesidad, mi hija Hinata estará a su disposición. La casa Hyuga es su casa—informó—. En unas horas si lo desea baje a cenar con nosotros.

—Gracias, Hyuga Hiashi— adivinaste luego de oír a los primos discutir y de escuchar ese apellido que también te resultó familiar. Cuando el hombre mencionó la disposición de su hija, los ojos claros de Neji parecieron rodearse de venas.

Casi abandonando el sitio volvió sobre sus pasos.—Tu tío Madara, es un buen hombre de negocios. Y un gran amigo.

Entrecerraste los ojos entendiendo el por qué del buen trato. Caminaste hacía adentro de la habitación unos pasos. Suspiraste hastiado. Luego supiste al Hyuga menor detrás y no te sorprendió cuando te tomó del brazo, se acercó a tu oído y con una burda sonrisa susurró —La marca de una soga se lee clara en tu cuello y sobre todo la forma en la que fue colocada. Nadie te ha robado... ¿sabes que escándalo en la familia Uchiha sería tener un sobrino suicida?.

—No me toques—le advertiste retirando tu brazo con violencia para enterrarle tus ojos que sabias famosos por aterradores—.Que no soy tu prima Hinata... que te tendrá cariño para tolerar tus maltratos pero no el suficiente para corresponderte.

Diste en el blanco. Las fosas nasales del joven parecieron abrirse y cerrarse frenéticas, su mandíbula se había tensado. Elevaste una ceja con soberbia y eso bastó para que se marchase impotente.

Cerraste la puerta y te desmayaste en la cama—Maldito pervertido.

Mientras concentrabas tus ojos en el blanquecino techo y la tarde se diluía, intentaste no perder la cordura y comprender como carajos habías aparecido en ese lugar. No querías sonar un incoherente loco, pero era evidente que ya no te encontrabas en la misma fecha en la cual te habías dormido. ¿Qué era lo último que habías hecho? ¿habías ido a casa de Naruto?.

Cuando una mucama ingresó con cautela y te sonrió coqueta mientras prendía unas cuantas velas, supiste que era estúpido aferrarte al ultimo gramo de lógica que habitaba tu cabeza. Ella se fue y otra vez abordó el silencio. Te sentaste de repente, con desquicio.

—¡Joder! ¿Viajé en el tiempo? ¡¿Qué mierda está pasando?!—gritaste y un terrible dolor abordó otra vez tu garganta, dolió tu espalda, tosiste sangre. Volviste a los dichos de Neji "Un suicida sería un escándalo en la familia Uchiha". Tocaste la marca ... era ridículo, según el padre de Hinata alguien te había atacado. Te habrían notado sospechoso. Te observaste, estabas vestido como los demás. ¿Habías programado ese viaje? ¿como viajaste? ¿como joder sabias que eso podía hacerse?.

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Pasaron horas, tu mente era un espiral —Recuerdo un hermano de mi bisabuelo, Madara. Era un tipo monstruosamente rico, después mi tío Obito hizo desastres con la fortuna de la familia— hablabas al espejo, serio, mientras peinabas tu cabello, con un peine que habías encontrado y humedeciste en uno de los cuencos que Hinata depositó, lo hiciste hacía el costado y aplastado como sabías que se acostumbraba, te veías ridículo. Acomodaste tu traje ¿de donde lo habrías sacado? y abandonaste el lugar.

No era una casa, era una mansión con todas las jodidas letras. Los Hyuga desbordaban en riquezas. Bajaste las escaleras y lo único que supiste entre tanta suntuosidad era que te habías perdido, la mucama Karin -como se había presentado- que no te abandonaba ni a sol ni a sombra, te había guiado hasta la mesa familiar. Prolongada, iluminada con las tenues luces de las velas y plagada de comidas. Solo Hiashi aguardaba, el desafiante y molesto sobrino ya no estaba.

Al momento que terminabas tu descenso, Hinata atravesaba las escaleras paralelas. Ambos se detuvieron en el trayecto sin dejar de mirar al otro. Delicada, taciturna, pálida y etérea.. así la viste. Compuesto, imponente, hermoso y terrorífico, así te vio ella...

En ese pequeño segundo de espasmo mutuo, Hiashi sonrió de lado.

Por el resto de la velada se limitaron a cenar y a charlar sobre negocios. Tus estudios de economía, de aquel presente ahora tan lejano, te permitieron seguir el hilo de las teorías y hasta aconsejar a Hiashi para el futuro como si fueras un gran premonitor. El hombre estaba tan encantado contigo que no notó que tu analizabas todos sus movimientos para luego imitar las costumbres del lugar. Hinata no emitió sonido, la supiste tímida pero bien sabías que las mujeres no tenían el derecho de opinar de ningún asunto en particular ni en la cena, ni en la vida.

Cenaste delicioso y fumaste en un salón pequeño con Hiashi. Ese cigarro pareció aliviar tu garganta junto con el trago que degustaste. Cerca de las doce de la noche el patriarca ya había pactado otra cena contigo para el fin de semana y otros planes que siquiera imaginaste. Te despediste con educación y el palmeó tu espalda, complacido.

Te dispusiste a intentar dormir, por eso marchaste por un largo pasillo al que supusiste te regresaría a la habitación. El calor pareció aplacar con la media noche. Tus cálculos dieron mal, el pasillo te llevó a la sala principal que no conocías.. te moviste con sigilo por el lugar oscuro, estudiando algunos muebles, te detuviste en especial sobre un candelabro de cristal. Elevaste la cabeza y un rayo eléctrico atravesó todo tu cuerpo, la piel se te erizó junto con tus vellos corporales, pasmado quedaste contemplando un enorme cuadro de Hinata que era iluminado por algunos chorros lunares que atravesaban mezquinamente el ventanal.

La pintura era enorme y totalmente realista. Ella observaba, con paz y devoción hacia un lado, como si estuviese contemplando la misma luna de esa noche. Impactado recorriste la imagen hasta depositar tus ojos en el oscuro camafeo que atravesaba su cuello.

"Durante toda la vida supe que fue alguien especial". Pronto la extraña voz de una anciana hizo eco en tu cabeza, te plantaste delante del cuadro, tus manos se cerraron en un puño. "¿Donde esta ella?". Comenzaste a negar con la cabeza, tu rostro espantado se deformaba. "Tenía 17 años cuando su primo, enfermo de celos por su boda, la mató. La asfixió con sus propias manos". Neji, pensaste con odio, tus ojos se desencajaban, no dejabas de observarla. "¿Ella te habló?" —No... —murmuraste con la voz ronca. "¿Qué te dijo?" la voz de la anciana Hanabi proseguía sin darte un descanso —No...

"Estabas solo, hijo"

—¡No, no, no!— te exaltaste al recordarlo todo de golpe y sin anestesia. Volviste a sentirte sin aire y caíste de rodillas al suelo frente al cuadro, te revolviste el cabello, golpeaste el suelo con tu frente.

—No...—murmuraste casi en un ruego, te mantuviste en este estado por largos minutos.

Intentaste recomponerte de aquellos espasmos y caminaste mareado, dando tumbos, hacia el ventanal. Tu intención era que la brisa fresca de esa noche veraniega te calmase, el aire no llegaba a tus pulmones. Entonces Hinata, como el espectro que conociste aquella noche para la que faltaba un siglo, apareció en medio del patio trasero de la mansión, blanquecina en su camisón se encontraba recostada en el césped verde oscuro observando la misma luna, adorándola, suspirando, acariciando la hierba, con el cabello desparramado sobre la misma.

"Creo saber lo que experimentó Hinata al momento de su muerte. Siento asfixia fatídica, ese horror claustrofobico y esa sensación de ahogo desde que la vi. Supongo que es así como se siente el desear a otra persona que nunca tendrás, nada de dulzura y ensueños romanticos, solamente horror y transpiraciones frías por la noche"

En tus ojos nocturnos se reflejó aquella imagen casi divina, que no podías dejar de contemplar. Esa extraña sensación que había acontecido cuando despertaste no era ni más ni menos, ahora lo entendías, que un profundo amor. Algo demencial.

Hermoso y siniestro.

Ella siguió retorciedose sobre el suelo, sintiéndose a gusto con la vegetación que la acariciaba y la brisa que le erizaba la piel.

Entendiste porqué estabas allí.

Hyuga Hinata, de repente, te descubrió mirándola, desde su posición enterró sus ojos claros sobre ti, tu ya no te despegarías de ella... debías protegerla.

"Gracias, Sasuke".

"Ahora estoy con Hinata"


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Varios pidieron la continuación, otros realmente se marcharon de aquí expresando un descontento. Sé que quizás es lo más extraño que he escrito. Estoy inspirada por varias leyendas. La realidad es que también, el plagio de esta historia no pasa. Busque y lo pueden encontrar hasta el watpad. Por lo que decidí hacerle una continuación en cortos capitulos de 2.000 palabras y cambiarle el nombre... aunque todavía no sé cual. ¿Qué recomiendan?.