Disclaimer: Este es un trabajo sin fines lucrativos, solo me divierto escribiendo las quimeras de mi cabeza. "Sing" y sus personajes le pertenecen a "Illumination Entertainment".
Capítulo 3
Dedicado a Bald Human
El gancho seguía en su mochila desgastada. No quería romper de forma brusca el cofre, aunque, ahora que lo pensaba… Si era muy limpio el robo se darían cuenta de que era de alguien que conocía el lugar. ¿Y sus huellas? Si hubiera traído unos guantes…
-¡Johnny! No golpes las teclas. El viejo Teddy -dijo dándole una caricia leve a "Teddy"-, ya tiene sus años. ¿Qué piensas? ¿Qué es un saco de boxeo?
Carraspeó, al mismo tiempo que le daba una mirada de disculpas a la mujer mayor, siguiendo con la tornada del piano, esta vez con mayor delicadeza. Tratando de quitarse de la cabeza su antigua misión.
La verdad, extrañaba su sesión usual de entrenamiento. Estaba de acuerdo con su padre, cuando decía que era estupendo para liberar tensión. Pero no podía hacer eso, tenía que concentrarse para ganar el premio. Se había decidido por no usar el equipo que aún descansaba en su morral que descansaba en el rincón. En cambio, optó por hacer las cosas bien. Sí el señor Moon pensaba que podía hacerlo entonces significaba que…
-¡Johnny! –gritó una voz rasposa de mujer.
Parpadeó extrañado.
-Déjeme volver a comenzar –pidió con delicadeza, colocando nuevamente sus dedos largos y firmes en el teclado. Unas cuantas notas rítmicas empezaron a discurrirse en la habitación. Bañándolas de éxtasis melódico.
Johnny tenía que admitírselo.
Era bueno. Y al señor Moon le parecía lo mismo, así que no eran ideas suyas.
Eso le hizo replantearse las cosas.
Y su papá necesitaba el dinero, no era lo suficiente para la fianza, pero podría contratar a un buen abogado, a lo mejor podrían acordar algo con él juez, le podrían rebajar la condena si diera algo de información. Tendría que convencer a su papá, tarea titánica sí tomaba en cuenta si lealtad tan ferviente.
¿Cómo rayos podía ser tan terco?
Solo debía decir algo.
Tal vez si le mencionaba a mamá… Eso siempre le tocaba una fibra sensible a su papá. No, eso es muy ruin...
-¡Jh…!
-¡Perdón! –declaró, cortando el regaño.
Lo importante es convencer a papá. ¿Por qué él era tan… así?
"Tienes que cerrar la boca cuando veas algo extraño Johnny, no nos conviene comenzar una guerra sin cuartel entre las diferentes bandas. Siempre y cuando respeten nuestro territorio, no has visto nada"
¡¿Por qué tenía esa moral tan imbécil?!
¡¿Que no se daba cuenta que podría pudrirse en la cárcel?!
Pero nooooooo, tenía que ser bueno.
"Esas son lacras, Johnny, recuérdalo siempre. Nosotros estamos en otro nivel, no quiero que caigas bajo como esas cucarachas"
¡En el ranking de la criminalidad no era ningún jefe supremo o volvía locos a los corredores de bolsa Wall Street con una montaña rusa de números para que le dieran veinticinco años!
¡¿Por qué no usa su amplia red de susurros para algo útil?!
¡¿Por qué usaba su cerebro para planear los robos, pero no para salvar su trasero?!
¡¿Por qué revisaba si el banco tiene seguro para las pérdidas de los usuarios para asegurar que la anciana pudiera retirar su jubilación, pero no podía ayudarse a sí mismo?!
¡¿Por qué ayudaba a todos los demás y se olvidaba de si mismo?! ¡Y DE ÉL… SU PROPIO HIJO!
¡QUE NO VEÍA QUE ÉL ESTABA MUERTO DE PREOCUPACIÓN Y NO PODÍA PERMITIR QUE…!
Gruño con odio por un estremecimiento en su hombro derecho.
-¿Quieres que te vuelva a pegar?-exclamó una enojada muy señora Crawley con el puño en el aire. Al instante lo observo con su ojo bueno nublado con preocupación, bajando dócilmente su puño-. Muchacho… ¿estás bien? –su tono revelaba genuina preocupación-. Empezaste a sudar un montón y a poner cara de loco asesino –le brindo una leve caricia en su brazo derecho.
Ese toque le mostro el contraste entre sus respiraciones; la de ella era la de un bebe en comparación a su desenfrenado ritmo lleno de adrenalina.
-Yo… -balbuceo, regularizando su respiración. Le dolían las muelas, había estado cerrando la boca con fuerza-, estoy bien. Solo digamos que en este momento me siento algo solo –confesó a medias. Procurando guardarse su secreto-. Mi padre me dejo a cargo del taller y de la casa… Hasta nuevo aviso indefinido.
-¿De casualidad ese nuevo aviso tiene que ver con dinero?-el joven abrió los ojos impresionado-. No soy tonta muchacho –compartió con el timbre dulce y paciente; uno reservado para las personas a quienes les tienes aprecio-. Y trabajas como esclavo en ese asqueroso taller, ¿qué otra cosa puede ser?
Johnny relajo los hombros aliviado.
No revelo nada comprometedor.
-Lo lamento. Debe pensar que estoy loco –mencionó dando una sonrisa hueca.
-Yo no soy nadie para hablar de locura –aclaró la mujer de vestido amarillo-. Aunque déjame decirte que todos podemos consumir a ella si nos reservamos nuestros demonios –sentenció, mirándolo con su ojo bueno con la dureza de la experiencia-. No te digo que me cuentes nada –aclaró, para que se le formara una expresión más agradable-. Pero podrías usar el piano y el canto como catarsis. Son tremendos remedios para los problemas de la vida.
No pudo evitar dar una media sonrisa que mostrara sus pulcros dientes blancos.
-Estoy totalmente de acuerdo –concedió, rozando el piano inconscientemente con cariño. Su atención seguía a su mentora que ahora mostraba una enigmática expresión.
-Oye, Johnny –parpadeó con su ojo bueno-. ¿Qué vas a hacer con tu vida? No eres ningún niño.
Exhaló aire por la nariz el joven.
Ni el mismo sabia la respuesta a esa pregunta.
-Nada más me falta este año de instituto, pero… la verdad que no quiero seguir la carrera familiar a pesar de estar entrenado para eso. Y la universidad –contrajo el gesto-… aún no he pensado mucho en ello.
-¿Y la música? –sugirió-. No digo que dejes los estudios, pero… podría ayudarte por mientras. Da dinero rápido, ciertamente. Y podría ayudarte a mantenerte –le dijo con duda. Parecía muy indecisa en cómo proceder.
-Me dejó algo para estos meses –comentó-. No se preocupe, puedo comer –deslumbró una pequeña sonrisa ladeada, lucia cansada.
La mujer asintió lentamente.
-Johnny –tanteo con el nombre. Deteniéndose en cada letra para preparar el terreno-. ¿Puedo decirte algo?, ¿con brutal honestidad? –prosiguió, al ver gesto de aprobación-. A veces sueño que te tiro el piano en la cabeza y mueres desangrado mientras me rio con maldad mientras grito: "¡a ver sí así te entra en la cabeza!" –dijo, dando una sonrisa completa-. Y, al despertar siento una pequeña desilusión… No te preocupes, se me pasa a los dos segundos y no tengo la fuerza para levantarlo -explicó, como si eso justificaba su brote de locura.
Johnny no tenía la menor idea de que cara ponía, pero algo habrá visto la señora que la impulso a continuar.
-Me frustras como nunca nadie lo había hecho como… desde hace veinte años –la sra. Crawley levantaba, bajaba volvía a subir sus manos para acompasar sus pensamientos-. En un momento te dejas llevar con la música de manera magistral y al siguiente, pones una cara como si hubieras tomado un litro de vinagre y destruyes el piano como si fueras un vándalo –le espetó descargando toda su impotencia con una dosis de rabia-. Un instrumento musical es eso; un instrumento. Puede afinarse un piano por un director híper premiado, ser importado de Austria, hacerse con madera de baobab, besada por un santo y que sus teclas sean de marfil de un elefante rosado. Pero de nada sirve si el que lo toca no tiene talento –Johnny se se sintió frio de repente a pesar de estar en un sitio cerrado con el aire acondicionado dañado-, … o inspiración –parpadeó con renovado interés el de cabellera oscura-. "Un genio consta de 1% de inspiración y 99% de esfuerzo". Tomas Edison pudo haber sido muchas cosas, pero de que tuvo éxito lo tuvo, si le funcionó ese lema será por algo –comentó, con tono entusiasta la mujer madura-. Tú te has esforzado mucho, me consta. Incluso interrumpes el sueño de una anciana para practicar -menciono con una sonrisa ladina-, me sorprendiste de salida y no me importa. Era entrenar a un joven con gran potencial en el piano, por eso dejo de ver la repetición de la novela. Pero, como dije, de nada sirve tanto trabajo duro si no puedes tocar. Si lo haces por el dinero se nota, muchacho. Y si estas disperso más. Los instrumentos son un reflejo del estado de ánimo del músico. No es como hacer una ecuación o cálculo matemático donde a nadie le interesa si el contador estaba feliz por calcular las facturas. No afecta el resultado, aunque te aseguro que el contador renunciara en un momento a otro -su semblante cambio a uno decidido-. Así que, olvídate de ganar ese premio. No lo lograras.
Por un instante, Johnny tuvo consciencia de todo el lugar, de cada mota de polvo, de cada célula de su cuerpo, de la forma en que la luz traspasaba la gorra verde de la mujer delante de su vista, el contorno de los objetos, el aleteo de un insecto que zumbaba en el lugar, el olor a madera del cuarto, sus uñas con un poco de mugre, la pestaña sobresaliente del ojo izquierdo de su profesora… absolutamente todo. Como cada vez que le ocurre cuando siente que le dan una revelación.
No pudo evitar que se le escapara una sonrisa nostálgica que iba alargándose lentamente a una que llegaba a los ojos, trasmitiendo absoluta felicidad en todo su sistema.
La mujer dio un grito que no supo identificar bien Johnny.
-¿Te estas burlando de mí? –bramó señalándolo. Al segundo, compartió la misma expresión que su alumno, bajando su dedo acusador-. Si no es el caso, deberías decirme –corrigió su postura cansada, estirando su columna y aclarándose la garganta-, "si, tiene razón Madam Crawley, de ahora en adelante le comprare helados de yogur bajo en grasas todos los días de mi vida" –dijo, intentando poner la voz juvenil… Fracasando, sonaba como una trompeta chillona.
¿Dónde tenia escondida toda esa energía? Con lo que le había observado, nada más se emocionaba por algo que le entusiasmada. Por el momento eran dos cosas; él o un buen chisme.
Johnny se anotó mentalmente cuidarse de las secretarias en general.
-Eso dependerá sí gano el premio, ¿Madam? –preguntó alargando la palabra con voz ronca. La profesora bajo la guardia al verlo con una sonrisa fresca y juvenil. Johnny sabía ganarse a las personas cuando quería.
La cara envejecida de Crawley se torció a un puchero.
-Mejor Madam no. Suena muy presumido y viejo –dijo, rectificando lo anteriormente dicho. Es curioso como las personas mayores se vuelven infantiles de un momento a otro-. No que tuviera la edad de la anciana Noodlerman.
Johnny tuvo que agarrarse del piano con su mano izquierda ante el repentino descubrimiento.
-¿Nana Noodlerman es mayor que usted? –preguntó con el mayor tacto posible. Es que tenía que preguntar, no le importaba quedar como un grosero. Nana con su postura tan regia, elegante y fina como una zarina llena de seda y encaje… Era más vieja que la mujer tuerta que le recordó que los graves eran a la izquierda del piano.
-Sí, lo sé. Es increíble que se comporte como una niña caprichosa. Confunde a la gente con esa actitud engreída. Debería darle vergüenza -dijo con simpleza. El de la cresta de verdad que no quiso mostrarle lo irónico de su frase. Capaz que le caiga a ella un rayo por el descaro-. Pero es una magnifica actriz y cantante. Y tú… puedes ser otro magnifico cantante. Incluso te podría conseguir una novia.
-¿Y quién dice que no la tengo? –pregunto con un brillo pícaro.
-Pues es una muy tonta –respondió con simpleza-. Yo hace rato te hubiera obligado a retomar las clases de piano.
-¿Eso no lo hace una mamá? –su chaqueta oscura rechino un poco al doblar su brazo. A pesar del uso, aún le faltaba "kilometraje" para eliminar el sonido.
-Y eso me contesta el que no tengas novia –dijo con autoridad, mientras su ojo bueno le miraba-. Créeme muchacho, las mujeres, siempre, logramos que nos obedezcan a esa edad.
Por alguna razón eso le sonó… aterrador.
-Además, estaría marcando territorio contigo –comentó la mujer mayor con astucia.
-Y me pondría un letrero que diga "propiedad de Crystal". Por las dudas, no vaya ser que la gente se confunda y piense que soy un ser pensante –mencionó, mofándose.
-Ríete, que ya veraz, te recomiendo que no te estés atando por el momento con nadie.
-Me insinúa de que sea "sociable" –dijo dando una entonación sugerente. No necesitaba el consejo, actualmente no estaba interesado en nadie, pero eso no le impedía que tuviera sus besos ocasionales y caricias consensuales con alguna compañera de clase. Debía de aprovechar los vestigios de la preparatoria.
-No, te lo afirmo –aclaró, asintiendo con la cabeza con solemnidad. Se desordenaban sus cabellos grisáceos con el movimiento.
-¿Me lo dice en serio? –dijo sonriendo. Johnny estaba fascina con el modo de pensar tan peculiar de la secretaria.
-¿A que no soy genial? –al momento hizo un gesto elegante a sí misma, como si estuviera exhibiendo una gran obra de arte.
-¿Por qué piensa que las mujeres tiene tanto poder? –es que quería ver hasta donde llegaba su razonamiento. Ninguna mujer le había hablado así, con semejante desfachatez, charlatanería y atrevimiento. Nunca. Jamás. Ni en sus más rocambolescos sueños. Y eso que consideraba que había vivido ya algo gracias a su padre. Y su trabajo no era como tener una tienda de mascotas.
-Eso es fácil. La belleza es femenina. Algo que nunca tendrán los hombres. Piénsalo, ponle unas facciones femeninas a un hombre. Como… un mentón delicado o nariz grácil. Se vuelve un galán de película el hombre –proclamo-. Ahora, imagínate lo mismo, pero en una chica. Barbilla cuadrada, nariz ganchuda… –el chico torció la boca inconscientemente-, ¿Ahora vez mi punto?
-¿Y los hombres? –consultó.
-Son viriles… -menciono con tono de obligación.
-Pero no son chicas –completó.
-Correcto.
-Entonces es una feminista –señaló, un poco renuente. No le agradaba mucho el tema.
-No como lo que tú crees –le dijo, leyendo sus pensamientos-. Creo en las oportunidades igualitarias entre ambos sexos, pero ninguno es superior o inferior y siempre seremos diferentes. ¿te imaginas lo triste y aburrido de que seamos iguales? –su voz estaba impregnada de indiscreción- Muchacho, incluso nuestro cerebro pesa diferente al de un hombre, ellos tienen más fuerza física, nosotras intuición, ellos poderío brusco y nosotras nos decantamos a uno más delicado y así, un sinfín de diferencias... Además, amo a los hombres, tanto que me case con uno –levantó su comisura izquierda con gesto de burla.
-Tiene una mente extraña –le dijo como un halago-. ¿No ha pensado que puedo creer que está loca de remate? –le preguntó, levantando una ceja.
-Solo soy una secretaria que quiere enseñarte a tocar piano gratis. Creo que me puedo permitir la licencia de que me oigas. Mi antiguo profesor me pedía lo mismo.
-¿Me está coqueteando? –mencionó con diversión. La señora Jane Crawley le había confesado, un par de días después de iniciar sus lecciones, que su fallecido esposo, un periodista local, le había dictado clases de piano como un movimiento sutil para conocerla a profundidad, nada más se veían en las clases de mecanografía. Un par de clases después, le invito a salir. Volvieron a tocar un piano cuando ya tenía un anillo de oro en su dedo anular. Para ese entontes, el señor Crawley ya estaba al corriente de que Jane tocaba el piano desde los siete años.
-Ya quisieras –la mujer bufó-. Tu y yo sabemos que soy mucha mujer para ti.
Y Johnny se largó a reír.
-Sí, sí, muchas risas -le dijo sonriendo con desfachatez-. Pero no oigo ningún piano, y soy profesora de piano, no de risas. Así que… -se detuvo, al sentirse bañada por la cálida mirada del muchacho-. ¿Pasa algo? –lucía un poco avergonzada.
-Me recordó a mi antigua profesora de piano –dijo con cariño-. Ella también me hacía reír mucho.
-Entonces también era una gran mujer –contesto con levantado la cara de forma engreída-. Si me comparas con ella, ¿verdad? -dijo entrecerrando sus cejas con precaución.
No le gustaba para nada las bromas a su costa.
-Sí. Todo el mundo me dice que era una magnifica persona con un gran corazón –dijo mirando las teclas con tranquilidad-. Mi mamá siempre lucía feliz hasta que se murió.
Johnny se extrañó del repentino silencio. Al volver la vista vio a una pálida señora Crawley que parecía que quería que la tierra se la tragara.
Parpadeó extrañado el joven.
-¿Por qué se calla? Yo no la mate.
Y su profesora con una sonrisa pequeña le dio un golpe en su costado que más bien le dio cosquillas.
-¡Por hacerme reír de semejante cosa!
-¡Ay, por favor! -levantaba sus manos excusándose-. Solo dije la verdad –Y era cierto. Sí tuvo alguna vez culpa, se fue hace años. Su madre nunca le gusto verlo triste, menos por cosas fuera de su control.
-¿Siempre eres así de gracioso?
-Últimamente, nada más con usted –y decía la verdad. No tenía la menor idea de que pasaba con esa mujer, pero cuando se "encendía" pasaba… algo.
-Lo tomaré como un cumplido –resolvió la secretaria-. Ahora… No oigo ese piano.
Sólo cuando llego el astro rey que se dio cuenta que ya no le importaba ganar el premio. Ya vería como resolver lo de su papá.
Y que también le debía un helado de yogur a la señora Crawley.
Se lo compraría con gusto.
Una puerta de color azul cobalto le dio la bienvenida a su viejo hogar.
Ya habían pasado el portal del pequeño edificio de tres pisos, de un pálido color crema. Las deterioradas cerámicas resonaron con fuerza debajo de sus zapatos. No era de extrañar al estar cargando otro cuerpo con un peso de alrededor de 54 kilos. Meena había insistido en llevarla, pero era evidente que no podía, no por la fuerza que requería sino por el estado mental obtuso que se encontraba. Incluso estuvo revoloteando en el carro por diez minutos buscando su no-sé-qué-y-no-me-importa que consiguió. Las lágrimas se habían secado, pero seguía un tono rosado en sus ojos.
Y tampoco era posible que una nena hiciera el trabajo de un hombre.
Como si él no podría cargar a una chica.
Ahora él la llevaba como un bebe, ya no podía caminar Ash, pero tenía la capacidad de entender que debía agarrarse de su cuello y no se meneaba dificultándole su camino. Aunque resultaba muy molesto que le empezara a babear por su hombro izquierdo embarrando su chaqueta y parte de su camisa.
Nunca pensó que le incomodaría tanto cargar entre brazos a alguien del sexo femenino. Mucho menos si le abrazaba por su cintura con sus muslos femeninos. Pero la saliva asquerosa, esa para nada sensual sino repugnante…
En serio, ¿Qué le veían en cogerse a una tarada mental?
Apenas daba las mínimas muestras de respuesta a su entorno. Mucho menos a los demás humanos y…
¿Por qué tuvo que vivir en el cuarto piso? Es que esta porquería ni ascensor tiene.
Se detuvo un momento a descansar en un rellano con un pequeño piso que comunicaba con otra escalera ascendente.
Esta y ya, esta y ya
-Tiene mala cara -una voz dulce le saco de sus pensamientos- ¿Seguro que no quiere ayudar?
Se limitó a seguir caminando con su carga.
Solo una escalera más.
¡La puta! ¿Qué come está loca? Se ve delgada, pero…
-¿Esta…? -se calló la morena cuando la fulminaron con la mirada. Siguió caminando Meena, manteniéndose al lado del par.
Un paso arriba.
Otro paso arriba.
Adiós, escalera. Hola pasillo.
Solo le faltaba pasar los apartamentos con números de color bronce antiguo.
26 y 27
28
y…
29
Su mirada brillo de agradecimiento por el reconocimiento de la puerta de chapa azulada.
Bajo su carga con la mayor delicadeza que podía demostrar después de recorrer cuatro pisos con unos dieciocho metros de longitud. Y las escaleras. Putas escaleras con sus veinte putos peldaños.
Soltó un pequeño resoplido cuando Ash se recargo en su cuerpo. La tuvo que sostener con sus brazos para que no cayera. Cierto. Ya ni podía mantenerse en pie.
-Es aquí -le indicó a Meena después de dar una disimulada respiración acelerada. La de las coletas se acercó para introducir la llave en la cerradura. El sobrino de la bruja le dio a ella la llave al ver el estado de la chica con mechas.
Al abrir la puerta le llego enseguida el olor a humedad y a cuarto cerrado. Meena encendió la luz. Se revelaron partículas de polvo revoloteando alrededor de la estancia al desaparecer las tinieblas.
El contorno de un objeto rectangular se convirtió en un pequeño sofá verde tapizado de rayas verticales grises, que cubría la vista de unas puertas corredizas para salir a un mini balcón. La noche cerrada le quitaba la atmosfera asfixiante las paredes amarillentas junto con la minúscula mesita de café. A la derecha estaba una diminuta cocina con dos anaqueles junto a la nevera. Se separaba de la sala por una barra para desayunar, con dos sillas de madera descastada sin barniz de acompañamiento. Y seguía teniendo esa goterita el fregadero de la cocina.
Aún escuchaba el pac, pac, pac que hacia al chocar contra el metal que lo volvía loco.
Había dos puertas a la izquierda. Una, conducía a una habitación de igual color que la "sala" con una cama individual y un closet. La otra, a un baño de cerámica verde limón con ducha y de único "adorno" un espejito.
Y ya.
En treinta segundos conoces todo el apartamento de menos de 32 metros cuadrados.
Lo que desentonaba totalmente era las tres cajas amontonadas arrebozar de objetos en el piso gris y una arriba de la mesita delante del sofá.
Suspiró con cansancio y se quitó un momento el sombrero con una mano. La otra seguía sujetando a la chica ausente.
-Ábreme la puerta de allá –le señalo la más alejada con el sombrero a juego con su traje rojizo-. Ahí está el cuarto. –se volvió a cubrir la cabeza.
Un último esfuerzo.
-Espere –le detuvo la joven de su última tarea. ¿Cuándo va a terminar el día? -. ¿No tiene por aquí unas sábanas? Debe estar el colchón sin nada.
-Ya te dije que ya no vivo aquí –dijo con fastidió, mientras llevaba a Ash al sofá. No iba a ser idiota y mantener en pie al maniquí de ropa horrible. Le encantaba el negro y el rojo, pero no tiñendo tela rasgada, cortada y cosida para ser el engendro de Frankenstein de hilos.
-¿Y su casera o algún vecino no nos pueden ayudar? Su sobrino fue muy amable -insistió.
Tan amable que hizo la vista gorda a ver a semejante trio. Por lo menos podía contar con el raro de Ralph para asuntos extravagantes. Ni de chiste el conserje de su nuevo edificio le dejaría entrar con una muñeca de trapo y una llorona adolecentes. En los escenarios más optimistas obtendría una orden de alejamiento.
En los escenarios más OPTIMISTAS.
No tenía a nadie cercano aquí como para pedirle la tremenda segunda… no sin que les pidieran el divorcio y, por ende, lo descuartizaban a él
Y no quería pensar en el motel que les abriera las puertas a los tres por un poco más de cien dólares que reunían.
Es que tenían que ser pobretonas además…
-Vive en el primer piso. En el número dos -dio un resoplido el castaño al irse velozmente la de ojos azules. Que se fuera a hincharle las pelotas a alguien más.
Cuando llego Meena con un montoncito de sábanas y almohadas en sus brazos, encontró a Mike recargándose en un brazo del sofá con mirada ausente. Se imaginaba una situación totalmente diferente, cuando llegara con dos personas del género femenino a su apartamento de noche. Una no estaría haciendo la cama precisamente y la otra… Bueno, igual quizás usaría el sofá, pero no para dormir. Mucho menos estaría preocupado para que se mantuviera así de profunda. No, es que no podía concebir a ninguna de ellas esa forma.
¿Así se sentían los padres?
¿Así de cansados, de agotados, de fusilados de… viejos?
-Ya terminé –la del abrigo azul se dirigió al hombre de traje, ignorando su terrible pensamiento de ser viejo. Se extrañó un poco la de piel canela al verlo algo pálido.
-¿Ah?, Si –le agradeció internamente la intervención. Mejor alejar esas ideas.
Instaló a Ash con suavidad en la cama, contrastaba mucho con las sábanas rosadas y el edredón de nubes moradas desgastado. La de ojos claros la tapo con lentitud y cariño. Quizás como compensación por creer haberle fallado.
Rodó los ojos el castaño ante semejante mamá.
Cerró la puerta espaldas a su salida. No había terminado de quitarse el saco para que se volviera a abrir.
Se estudiaron mutuamente los dos por un momento. El de más baja estatura vio que la mulata tenía un brillo nervioso sus ojos azulados, y que se mordida levemente los labios con un leve tono carmín, tono que adoptaron de tanto mordisco.
Mike se había quedado paralizado como una estatua, con un brazo fuera de su saco, revelando sus tirantes sobre su camisa blanca.
-¿Qué? –rompió el silencio incómodo el de acento argentino.
-Yo… -se tiñeron sus pómulos de carmín-. No puedo dormir.
No
No
No
Dios, por favor no
Miró el techo un instante. A lo mejor ahí estaba una señal divina, algo que le dijera que su labor de hoy estaría bien recompensada.
Solo estaba el mismo color de las paredes y la sencilla lámpara de siempre.
-¿Puedo quedarme un rato? –y solo estaba la Dumbo de siempre que ahora le pedía un poco de charla que le hiciera despejar la mente. O que le pusiera más confusa la cabeza del hombre. A lo mejor ese era el fin de su relación; ella era feliz proporcionalmente a lo jodido que estuviera él. Era como una vampiresa que chupaba la armonía en su vida en vez de sangre.
Al terminar de quitarse el saco le hizo una floritura con la mano hacia el sofá.
-País libre -le dijo quitándose el sombrero y colocándolo en la mesa, al lado de la prenda roja. Ese color le hizo recordar que no hace mucho, la joven tenía los ojos de esa pigmentación con una tonalidad más clara.
Eso, y que se metía la mano diestra bajo la manga contraria para recibir caricias balsámicas por el toque brusco del hijo de puta del club.
Se sentó a la izquierda del mueble cerrando los ojos. Mantenía una distancia prudente hacia la joven. Le incordia el pensamiento de que lo hacía para no subir la mirada. ¿Qué había hecho en su vida para terminar así? No era un santo, pero…
Un pequeño revote le aviso de su llegada.
-Es absurdo decir esto a estas alturas, pero… –murmuro con dulzura la voz femenina-. Gracias.
-No importa -recargo su barbilla en su mano derecha, mientras descansaba la mirada. Que se inclinará ante su presencia y le agradeciera eternamente junto a la drogada. Pero mañana. Quería dormir, no hablar. Los ojos le pesaban.
-¿No podemos hacer una denuncia? -abrió un ojo vagamente interesado a la chica que tenía una expresión seria-. Si no fuera por usted. Nosotras…
-Ya olvidálo. Con lo que les dije, no les causaran más problemas –respondió con indiferencia.
-Sigo creyendo que podemos hacer algo –siguió conversando la de ojos claros. Mike ya había agarrado somnolencia gracias al arrullo de su voz. Por lo menos tenía algo positivo su llegada.
-Aja –murmuró con pesadez.
-No me está escuchando –declaró la chica, levemente resentida. No, no le escuchaba, encontraba cómodo el respaldar bajo su cabeza. A lo mejor no actuó como una fierecilla por miedo. Era parte de su forma de ser tan molesta-. Y… ¿Qué hacía usted ahí?
Abrió lentamente los ojos.
-¿No debería preguntarte yo eso? –se incorporó un poco, poniendo su atención a ella. Tenía vaga curiosidad- ¿Cómo entraron? No a cualquiera lo dejan entrar –no se lo diría, pero hasta a él le costó su tiempo cruzar el umbral. Hasta la chusma tenía su interminable cola para pasar a la prueba de la "lista" o la mirada de lupa del hombre de la entrada. Sino aprobabas, te quedabas desperdiciando tu viernes viendo el umbral de la entrada.
-¿De qué habla? –brillo de desconcierto dominaba su mirar azul-. Entramos enseguida.
Mike enarco una ceja.
-Entiendo a la adolecente inadaptada –Meena arrugo un poco los labios al oír la denominación de su amiga-. Pero… ¿vos? Y ¿no les pidieron la identificación? –tendría altura, pero la cara prácticamente lavada no le ayudaba y… ¿esta niña no tenía otra ropa? Ahora que se fijaba, la otra tampoco se había cambiado de vestuario.
-Fui un momento a mi casa para dejar mi mochila y Ash a su apartamento a dejar su guitarra. Luego nos encontramos en el metro y entramos a las siete, a esa hora es abierto al público en general –le dijo mostrando su muñeca, tenía una pulsera de papel morado para los menores de edad-. No había mucha gente cuando llegamos. Por cierto, no es tan tarde ¿verdad? Creo que son las once.
¡¿Qué?!
Con un movimiento brusco busco en el bolsillo de su saco el teléfono inteligente. La pantalla con el fondo cobrizo mostro los números 11 y 03.
No sabía que le impresionara más. Que fuera tan temprano o que los acontecimientos le parecieran que duraron media vida. Quizás si estaba envejeciendo. Espera…
-¿Cómo a qué hora te separaste de Ash? –le pregunto con el ceño fruncido. No le gustaba el rumbo de sus pensamientos.
-Faltarían como diez minutos para las diez y media. Llegamos temprano –dijo arrugando el ceño con rabia-. ¿Ahora entiende? –espeto con fuerza mientras apretaba sus manos en puños-. No podemos permitir que salga impune el hombre de las bebidas. ¡Ni siquiera eran las doce! ¿Quién sabe a cuántas le abran…? -dio un pequeño gruñido con rabia- Se debe hacer justicia. Mi abuelo era abogado, podría ayudarnos. Me acuerdo que era alto el hombre y…
-Basta –espetó, inclinando su cuerpo hacia ella-. No harás nada de eso –le miro con intensidad-. Fueron unas estúpidas. Unas chicas muy estúpidas. Siempre se conseguirán a alguien así, un caza-tontos. O tontas. Además, no están en tu liga.
Miro lo observaba con sorpresa, la sorpresa fue remplazada por la prevención. Como si lo estuviera estudiando.
-¿Qué hacía usted ahí? -volvió a cuestionarle.
-No te incumbe –gruño-. Y no, no me dedico a perseguir a mocosas molestas los fines de semana.
-Nunca dije eso –alzaba sus cejas indignada.
-Pero lo pensasté –le dijo, mirándola con ira contenida.
-No –esta vez su tono era más alto al negar con su cabeza-. Me preguntaba porque no le vi a usted.
-Estaba arriba, en el segundo piso jugando póker. ¿Ya?, ¿siempre sos así de metiche? –señaló con frustración. ¿Por qué le tuvo que recordar que empezó su noche arriba? ARRIBA. Arriba... con su entrada aparte. Una V.I.P. sin disfrutar la noche. Y ahora, estaba en su antiguo apartamento con olor a encerrado siendo niñero. Si esto no era abajo no quería saber que era-. Y pensar que, lo más probable es que me quede hasta las 10:30…-comento melancólicamente, más para sí mismo que para su acompañante. Solo hasta las 10:30…
Tenía que terminar ese concurso lo antes posible.
Había colisionado su mundo con el sub-mundo caótico que representaba el teatro Moon.
Quería su vida devuelta.
Un rechinido del sofá lo puso alerta del movimiento de la joven. Ahora tenía la cabeza gacha y observaba el piso con detenimiento. Sus manos estaban recogidas dentro del abrigo.
-¿Te tengo que preguntar? –su voz denotaba el sarcasmo.
-Fui yo quien le dijo a Ash que nos quedáramos un rato más. Hasta las 10:30 -dijo con voz rota y con los ojos brillantes por la culpa.
-Lo hecho, hecho esta -quería cambiar de tema. En serio sabía que era un fiasco consolando. Caía en un vórtice interminable donde volvía sin cesar a la causa del llanto. Y Dumbo no debería recordar eso. No en este momento, no con él. Sino ya veía pasando la noche en vela hablando los problemas existenciales que podría tener una adolecente-. ¿Qué tal el canto? Le dijisté a Moon de algo –recordó. Eso tenía que ser a juro una conversación más agradable. Que se alegrara un poco y le dejara irse a dormir en paz.
-Sí –fue su escueta respuesta. Seguía con su misma pose, pero ahora con los hombros más bajos.
Ya sentía que le volvía la palpitación del dolor de cabeza. ¿Por qué hablar con ella era equivalente a arrancarse los dientes?
-Dumbo…-reclamó con voz amenazante, su seño se frunció logrando que sus cejas caobas casi se tocarán.
-Me rechazo –dijo cortantemente, ya sin nada de fuerza en su voz.
-¡¿Qué?! –dio un respingó que se recrimino en el momento. Ya recompuesto, preguntó- ¿No se la vive llorando ahora por más cantantes?
-Me pidió que cantará delante de él y cuando lo iba hacer, llego Eddie interrumpiéndonos porque necesitaba al sr. Moon –sonaba como si estuviera leyendo en voz alta un dictado sobre los horarios del metro; sin emoción alguna-. Me dijo que para otra ocasión sería, porque una insensatez sí me pusiera bajo los reflectores sin saber mis capacidades. Y más si viene la Sra. Noodlerman… –balbuceo con resignación de muerte, poniendo su cabeza en el respaldar. Bajo la luz artificial amarillenta su piel relucía con un tono bronce. Si no tuviera sus ojos azules trasmitiendo tristeza absoluta hacia el techo, incluso le parecería agradable la imagen.
Era lógico. Muy lógico. De hecho, él hubiera hecho lo mismo. Y Moon no era tarado, aunque se la pasara con su novio con síndrome de Peter Pan. Como muestra de su inteligencia lo eligió a él. Y Mike no tenía ni idea si la ella tenía voz de gato en celo. Sin embargo, le sabia mal dejar a Dumbo por fuera. Por lo visto, Ash no era la única con el corazón roto. Mierda, que ya estaba lleno de una panta de imbéciles. ¡Qué carajo! Que entrará a hacer payasadas.
Ya empezaba abrir la boca para decirle que insistiera y que le cantara algo de paso (no iba a permitir en serio que una gata en celo cantara) cuando un toc, toc sobresalto al par. Se miraron un momento, preguntando y respondiéndose con la mirada; "¿Quién es?" junto a un parpadeo cándido. "No tengo idea", con un encogimiento de hombros tedioso.
-Voy –anunció, dejando su sombrero en la mesa pequeña. Se agito un poco sus cabellos con la mano derecha, los tenía un poco empapados por el sudor de estar en un cuarto encerrado -. ¿Podés abrir las puertas corredizas? me estoy asando –manifestó dando una señal vaga con la mano al balcón.
Entreabrió un poco la puerta y sintió un tirón brutal que lo saco del apartamento. Una fuerte mano lo había tomado con brutalidad el brazo izquierdo y del tirante del pecho. Lo inesperado del movimiento le impío reaccionar.
-¡Casi me da un infarto cuando la del sexto me dijo que llegas con una chica desmayada y otra llorando!- ¡Que belleza! Encontrarse con la corpulenta Gertrudis a casi media noche. Alias; la bruja de edificio. La mujer siguió dando gestos bruscos con su voz dominante, era la clase de mujer que gritaba con los susurros-. No tengo la menor idea de que acuerdo tienes con Ralph, pero no permitiré que se cometa una…
-La llame a usted al principio -le corto el discurso moral-, me cansé de llamar así que le pedí a Ralph la llave maestra.
-Ajá y, ¿ellas que son? ¿Tus sobrinas? ¿Ahijadas? ¿no eres un poco joven para eso? -siguió con debatiendo-. Ya me sé todas esas excusas.
Mike se tuvo que contener de decirle sí las conocía por su exesposo. No quería ocasionar más cacareo.
-Claro que no. Somos amigos de toda la vida –aseguró sonriendo de lado, recargándose en el marco de la puerta- Sus familias y la mía han sido así -dijo con seguridad al entrecruzar los dedos medio e índice diestros-, toda la vida. Somos como hermanos.
-¡Señor Mike! -se escuchó a través de la puerta semi-cerrada-. Disculpe... ¿me podría decir cómo…? –se emitió un chasquido metálico-. ¡Olvídelo! Ya resolví.
-¿Tan amigos que te llama señor? -la mujer ladeo la cabeza con superioridad al hacer su sonrisa maligna. ¿Por qué las mujeres están empeñadas a hacerlo quedar mal?
-Es un juego que tenemos de hace años –invento en las prisas-. Como hoy es viernes hoy me dice señor, mañana es soberano, el domingo es patrón, el lunes amo y así… -¿qué boludeces estaba diciendo? Su cerebro pidió clemencia de tanto esfuerzo por hoy-, así que mejor regreso con Du… –no, ¿cómo era?-, Meena y…
-¿Meena? -le interrumpió abriendo los ojos con sorpresa, interesándole muy poco lo que decía el castaño. Bordeó al hombre y abrió con totalidad la puerta-. ¡Meena! –y se sustituyó a un individuo lleno de regocijo al ver a la mulata terminando de abrir la puerta con esfuerzo-, linda ¿qué estás haciendo aquí?
La chica dio un saltito por la inesperada voz.
-¿Señora Gertrudis? –pero por supuesto que se deben de conocer. Ya con resignación, Mike acepto la paranoia de la conspiración en su contra. Se sentó en un banco al lado de la barra, recargando sus codos en la misma, ahí le llegaba el frescor de la noche-. ¿Este es su edificio?
-Sí, ya te lo había dicho, no invite a tu madre la otra…-bla-bla-bla. Ya Mike estaba decidió a irse a comprar unos cigarrillos (esta noche valía la excepción), que seguir tratando de hacer oídos sordos cuando…
-¿Estas segura de que te quedas aquí? –¿eh?
-Sí, el señor Mike es un buen hombre. Nos ha ayudado mucho –aseguro con naturalidad. Como si fuera 100% indudable.
Un par de palabras más intercambiaron, con muchos "cuídate", "estoy a tu servicio", "llámame" "estoy a la orden". Se despidió la mujer con afecto hacia Meena y una mirada precavida llena de "te vigilo" hacia el hombre bajo mientras se señalaba los ojos.
Cerro la puerta dudosamente el castaño.
¿Qué rayos acababa de pasar aquí?
Alzó una ceja, dirigida a la chica que estaba sentada en un mar de rayas descoloridas.
-Nos conocemos de la iglesia –su timbre era inseguro-. ¿Conoce la iglesia de…?
-No es eso –negó batiendo un poco la cabeza-. ¿Por qué te quisiste quedar aquí? –tenía un desconocido interés por la respuesta.
-Quería cuidar a Ash. Ella…-y su voz subió en coraje a un grado bestial-. Fue la primera persona que me noto. Mi deber y gusto es acompañarla y asegurarme de que ella amanezca bien. No digo que no confié en usted, pero me sentiría más tranquila si la veo despertar como ella es; una fuerte persona en la cual puedes depositar tu confianza.
Vaya, así que esos eran los sentimientos genuinos de una chica inocente. Era algo dulc…
-Y usted estaba algo cansado como para llevarla al primer piso.
No fue un comentario malicioso, pero le nació un tic en la ceja izquierda por eso.
-No te lo niego, no la hubiera llevado porque estarían abusando de mi altruismo –aclaró-. Mi gran nobleza tiene un límite –confesó con desdén al sentarse en el sofá. Ahora lo encontraba muy cómodo gracias a la brisa nocturna; le llegaba un reconfortante aroma frutal-. Creía que los que católicos evitaban en lo posible mentir.
-¿Mentir? Yo no he mentido nada. Y no soy católica, pero me imagino que recurrirán a la mentira de un momento a otro. Todos somos santos y pecadores en algún momento de nuestras vidas –sentenció con convicción. La mirada extrañada del hombre le hizo proseguir-. Quiero decir, todos tenemos nuestro momento de bondad y de maldad. No tengo la menor idea de si mi cartero fue en algún momento un delincuente en Ohio y quiso re-hacer su vida. Pero siempre es puntual con su entrega y es servicial con nosotros.
-Nada más hace su trabajo, no declarando su amor a la humanidad, Dumbo –dijo rodando los ojos con obviedad-. Y ¿vos no me estás diciendo que no te interesa su vida siempre y cuando cumpla su trabajo contigo?
-Solo digo que no es bueno juzgar –prosiguió, sin mostrar molestia-, te puedes llevar sorpresas agradables.
-¿Y te ha llevado bien esa actitud súper positiva? –lo mencionó levantando las manos con un gesto de burla.
-Pues sí –afirmo cálidamente-. Ahora mismo estoy en su casa bajo su protección.
Lo dijo en forma de halago sincero, pero por alguna razón sintió un golpe en el estómago.
La observo con detenimiento, colocando un brazo sobre el respaldar y el otro descansando en la pernera de su pantalón con líneas.
Dumbo tenía coletas de nena de tres años, aunque era alta. Tenía la prudencia de un tornado en una tienda de artículos de porcelana, pero le soltaba algo de "impugne", palabra que no comprenden los púberes y no utilizan los adolescentes…
-¿Cuántos años tenés vos? –dijo entrecerrando los ojos con detenimiento. Tenía que asegurarse.
-Dieciséis -respondió bañando sus mejillas de color, extrañada por la pregunta y por el reciente escrutinio. El hombre mostro una cara de entendimiento total.
Ya.
Con razón ese brillo en los ojos… A esa edad aún se tiene esperanza en el mundo.
A ver si seguía con esa teoría a los veintidós
-Y soy luterana –él lanzo una achocolatada mirada confusa, enarcando una ceja-. ¿Conoce el protestantismo? ¿Martín Lutero? Somos… eh… básicamente no creemos en el Papa, se casan los ministros, ¿cantamos mucho?
-Ahh, ya –dijo inseguro, se empezó a arremangar las mangas de la camisa hasta el codo. La verdad que le daban indiferencia esos temas. Sintió una alarma en su cabeza que atribuyo a la conversación actual.
¿Por qué se le ocurre iniciar una charla de religión? Capaz que le quiera convertir.
-¿Es usted ateo? -soltó la joven llanamente. Gruñó con fastidio Mike. ¡Es que quien lo manda!
-No –su tono se volvió amargo con ganas-. No soy ateo. Soy judío de nacimiento, de la rama reformista. No, no soy practicante ferviente. Me dio bases, que básicamente se resume ser buena gente y te ira bien. No, no soy el mejor ejemplo, pero hasta ahora he salido airoso de cualquier problema que haya tenido así que algo estaré haciendo bien. Y cuando me da nostalgia, voy un sábado a la sinagoga. ¿Suficiente? o ¿querés un folletín informativo? –pregunto mostrándose tan odioso como fuera posible-. Por cierto, deberías darles las gracias a esas bases porque algo habrá influenciado para que ahora vos estés sentada a mi lado. Y Dumbo –la miro directo a los ojos-, pienso morir con una estrella de David en el pecho, así que olvidaté de invitarme a la iglesia -terminó con hastío.
-Perdón -por primera vez le escucho un timbre resentido. La de tez caribeña arrugaba sus labios y su pequeña nariz respingona-. Y no tengo ningún problema con las creencias de los demás.
-¿Qué?, ¿Te molesté? –le dijo de mirándola de soslayo, impregnando su voz con antipatía.
-¿Por qué usted es tan repelente de un momento a otro? -su cara se tornó molesta para luego relajarse y mirarlo con aire travieso-. ¿Es por qué le doy miedo?
No pudo evitar carcajearse por lo absurdo del comentario. Sus risas eran profundas, que partían desde el pecho reinando su timbre en el cuarto con su profunda y gutural voz masculina.
La del abrigo azul le miraba con curiosidad y con una insipiente sonrisa en los labios.
-Debería reírse más –sugirió-. Tiene una voz estupenda para ello —asentía con convicción. Tenía mejor cara, una más animada y colorida.
Eso no tenía que decirle, lo sabía con creces, pero como le encantaba recibir un halago.
-Por supuesto –afirmo con soberbia, alzando un poco el pecho. Al fin le daban crédito en esa panda de subnormales-. Tu abuelo era abogado, ¿no? Adiviná como obtuve la residencia permanente –su boca formo una sonrisa ladeada de orgullo.
-¿Talento extraordinario? –soltó con ya con una sonrisa bañando su cara con diversión. Tenía cerebro la chiquilla para saber una de las mejores maneras para sacar la visa americana. Un par de videos de concursos, certificados y ¡ta-chan! Abiertas las puertas del Tío Sam, dejando a los simples con su burocracia de numerosos papeles.
-Es que esto –se señaló la garganta con locuacidad-, y el saxo no tienen comparación con nada nunca antes visto –proclamó.
-Nunca lo he escuchado dar un solo completo, nada más algo de menos de un minuto –mencionó, seguramente recordando su audición.
-Nena –lo dijo con tono de "niñita pequeñita que no sabe nada de nada"-, hago eso y les sale espuma por la boca de la impresión.
-¿Usted es muy humilde, verdad?-preguntó retóricamente poniéndose un mechón de su cabello detrás de la oreja derecha.
-Solo me reconozco. No entiendo esa terrible tendencia que tienen unas personas en fingir humildad, eso es ser hipócritas. Un campeón de natación realiza un nado espectacular y rompe record mundial por...-realizó un movimiento de muñecas, le costaba encontrar un ejemplo en concreto.
-¿Pasar el Canal de la Mancha en crol?-sugirió con sus zafiros ojos risueños.
-Eso –dijo levantando un poco un brazo, entre tanto su rostro revelaba comodidad-. Y nada más se limitan a murmurar un "no fue nada" con la cabeza baja. ¿Creen ellos eso? Para nada. Eso sí, si lo hace otro tipo, ahí sí deben decir "fue algo fuera de este mundo, no tiene cabida en la historia" y lo que la labia les dé. Claro que ellos piensan eso de sí mismos, pero su estúpida educación les hace fingir sonrojarse. Yo no soy así, reconozco mis cualidades y las admito sin hipocresías.
-Tiene usted una creencia curiosa -farfullo Meena-. Suena hasta hedonista.
-No me comparés con esos hippies –ladró. Es que él conocía esos verdaderos hedonistas. Ni querían aprender a leer porque "no les causaba placer".
-¿Eso significa qué usted –preguntó, haciendo caso omiso a la respuesta anterior-, reconoce a otras personas que tienen esas cualidades que usted valora?
Se cruzó de brazos, clavando sus cortas uñas cuadradas a la tela arremangada de sus codos. Su idioma corporal mostro contradicción pura.
-Sí -soltó con acidez, mirando sus zapatos. Le supo la boca amarga. Un pequeño jadeo de impresión le hizo encontrarse con los femeninos ojos que trasmitían sorpresa-. ¿Qué? Lo hago. Las cualidades que yo tengo las respeto en otro e, incluso, admiro… –confesó lo último haciendo una mueca de odio-, sí me superan –luego dio una sonrisa que mostro una sonrisa torcida-. Aunque, hago todo lo posible por vencerlos –la última palabra se interpretó con claridad el "humillarlos".
-Así que son un impulso –murmuro pensativa, mordiéndose levemente sus labios-. Es usted muy competitivo –señaló.
-Me supero contantemente -corrigió.
-¿No hay nadie a quien usted admire actualmente?
-Por supuesto –bramó-, son muchas las personas que tienen mi admiración… Y todos ya están muertos o consagrados en la historia –resolvió con llanamente con voz profunda. Al momento enarcó una ceja castaña con precaución-. ¿Vos qué hiciste? -su voz sonaba con la cautela que tendría un domador de leones.
-¿Disculpe? No le entiendo -Meena lo miraba con duda.
¿En qué momento había caído en el juego de hipnosis de Dumbo respondiéndole todo el interrogatorio sin cuestionarse nada?
A primera vista parecía tener cara de tonta, pero lo había confundido con otra cosa…
Era…
La joven seguía con los ojos turbios de confusión siguiendo irradiando esa aura acogedora que invitaba a...
-¿Has pensado abrir un periódico o trabajar en la policía para que testifiquen los criminales? –manifestó con un deje de burla. Prosiguió al sentir el interés en la muchacha-. Dumbo, tenés esa esencia que hace que la gente te haga su confidente –informó-. Y es una característica… inusual –machacó la palabra.
-Vaya yo… -se puso un mecho detrás de su oreja y con sus mejillas con un toque de carmín mostro una radiante sonrisa-, gracias.
-No te estoy haciendo un favor, solo digo lo evidente –dijo dando un bostezó quedo-, tarde o temprano vos te ibas a dar cuenta –murmuro enterrándose un poco en el sofá, con su cuerpo reclamándole descanso. Por el rabillo del ojo, le vio el regocijo en la joven por el comentario. Era algo reconfortante verla sonreír con franqueza, considerando que no hace mucho estaba en crisis de nervios.
Es que ni sus padres pudieron a verla tranquilizado así
Es que él era todo un groso
-Será mejor que me retire, señor Mike –dijo con satisfacción. Ya totalmente relaja-. Usted tiene sueño.
-Mike –pronunció-. Podés llamarme Mike –continuó ante la perturbación en la faz de la joven-. No soy tan viejo para el "señor" cada dos por tres, casi entro en tremendo qui-problema por eso Dumbo, la gente cree que tengo algún fetiche por las menores que dicen "señor Mike" como si fuera un requisito para respirar. Y ya creo que gastaste tu cuota anual de "usted" –explicó rodando los ojos-. Así que no te des ideas raras.
Si, lo que menos necesitara ahora es que se "enamorara" de él por semejante idiotez de dejarle llamar por su nombre. Lo que menos necesitaba ahora es tener a una chiquilla larguirucha danzando a su alrededor por un complejo de Edipo.
Además, en serio que ya le tenía harto ese "señor"
-Ahora largaté. Necesito reponer fuerzas –ordeno dando gestos vagos a la puerta ante la cara alegre de Dumbo-. El premio no se gana extenuando el cuerpo -la joven dio un pequeño respingo al detener su ida a la puerta, analizándolo con detenimiento.
-¿Compite por el dinero? -ahora Meena jugueteaba con uno de sus mechones. Ella se veía algo desanimada. ¿Es que era bipolar? Y ¿Qué pregunta es esa? ¡Por supuesto que lo hacía por el dinero! ¡¿Pensaba que pasaba su tiempo en el teatro Moon de gratis?!
Desgancho sus brazos. Y la miró con determinación ganadora en sus ojos castaños.
-Podés jurar que yo voy a ganar esos cien mil dólares –proclamó. El aire se tornó turbio por alguna razón.
-Yo… me voy a dormir-anunció finalmente al levantarse. Antes de irse a compartir el cuarto con Ash, se voltio bruscamente en su dirección.
-Por cierto –sus manos empezaron a rebuscar dentro de su bolsillo-. Encontré esto en su carro mientras buscaba mi celular, vi que se le cayó al levantar a Ash –su mano tostada rozo por un momento su mano derecha al entregarle un pequeño objeto plano rectangular. Le llego con mayor intensidad ese aroma frutal. El veloz "buenas noches" de despedida se le antojo seco.
Cuando cerro con delicadeza la puerta, presto atención al objeto que estaba en su mano.
Sus pupilas por un microsegundo se fusionaron con sus iris.
Ahora que lo pensaba, pudo remangarse las mangas sin ninguna interferencia. Al toquetearse, no encontró a ninguno de los gemelos.
Las frases "caza-tontos" y "santos y pecadores" le revolotearon en la cabeza por alguna razón.
Eran ideas suyas o...
¿Ella…?
¿Ella… se dio cuenta de algo?
No, eso no podía ser posible.
Era muy, muy inocente. Y los inocentes son idiotas, ¿no?
O… ¿no estaba errado con su teoría de sabotaje?
Resolvió dejar de torturarse la cabeza al dirigirse al balcón; volvía a escuchar el terrible pac, pac, pac del grifó, esta vez con mayor fuerza eliminándole totalmente el sueño.
La visión de la carta le hizo acordarse de que mañana tenía que arrodillarse ante su última amante. Nancy podía ser muy parecía a él en el orgullo. Soltó el tres de trébol al viento, esa bendita carta solo le trago mala leche como para regalar a un país entero.
N/A. Espero haberle hecho justicia a este Johnny. Le aprecio mucho sin importar que lo maneje yo o algún otro.
Siendo franca, a todos los personajes les quiero.
Por cierto, no son inventos míos lo de la visa de residencia. Así que, si tienen un talento extraordinario y quieren buscar horizontes en U.S.A y ser ciudadanos más adelante, esta esa opción.
¿Saben? Esto iba a formar un solo capitulo, pero… Rosita fue algo intensa para mí. No me parecía correcto poner el mundo de Mike de golpe.
Perdonen las faltas de ortografía, que se materializan al publicar (para mi desagrado).
Gracias por todos los favs, follows y esos fantasmitas que dejan un rastro de ectoplasma.
Mil Bendiciones,
Miss Perchman
