Death Note no me pertenece, sólo ésta historia.

Espero que os guste :))

PRIMERA PARTE

02

Terry

Cuando cumplió seis años sus padres organizaron una fiesta por todo lo alto. Invitaron a todos los niños y niñas del vecindario y se lo pasaron en grande. Una de esas niñas se llamaba Bona. Vivía en el tercer piso de uno de los edificios más bonitos del barrio, y a veces le regalaba flores rojas.

Mara solía decirle que disfrutaba de su compañía, y a veces salían a correr bajo las nubes de tormenta. Fue precisamente Bona quien la enseñó a calcular a cuanta distancia se encontraba la lluvia a partir de los rayos y los truenos.

El problema era que, según parecía, la noche de después de su cumpleaños los padres de Bona tuvieron una discusión muy fuerte. No volvió a verlos. Bona fue pocos días después a su casa para despedirse, porque se marchaba muy lejos. Decía que a lo mejor se mudaban a Islandia. No estaba claro.

Poco después, sucedió el incendio. No quedó nada, sólo ella y las cenizas de un barrio que había albergado a magníficas personas, entre las que se encontraban su madre y su padre. Mara había despertado, huérfana, en el hospital. Tenía los ojos de un color marrón brillante, intenso. Algo en su interior clamaba venganza, pero sólo era una niña de seis años desorientada que ni siquiera era capaz de asentir con la cabeza.

—Sólo debes saber que encontraremos al pirómano que incendió tu barrio— dijo una voz, en medio de una multitud con batas blancas. Fue la primera vez que le vió. Encorvado, con los ojos abiertos, ojeroso y con ropa vieja y pelo graso.— Deberías comer más azúcar, es bueno para el cerebro.

Ahora, sin embargo, aquel primer encuentro sólo era un recuerdo idealizado en la mente de una chiquilla de nueve años que cenaba junto a su mejor amiga y en la misma mesa que su ídolo. Comían pescado. L disponía del privilegio de cenar tarta, algo que Mara deseaba poder hacer algún día, porque le encantaba la tarta.

Al lado de L se encontraban Near y Mello, comiendo sin ganas. Frente a Near estaba Mara, y al lado de ésta comían Linda y Matt. Éste último, con unas extrañas gafas de buceo cuyos cristales eran anaranjados. A la pelirroja siempre le parecería un rasgo identitario de lo más gracioso, incluso cuando se encontraran en situaciones de lo más peligrosas.

—Así que color hueso— decía L, cojiendo el tenedor con el pulgar y el índice.— En lo personal, preferiría tener directamente un color blanco antes que una tonalidad huesuda. ¿Tu qué opinas, Mello?

El rubio tomó el vaso de agua y se lo bebió de un trago.

—Preferiría— dijo—, no opinar al respecto.

L abrió los ojos y casi sonrió cómo un maníaco.

—¿Por qué?

—Preferimos no comentar eso de los colores de Mara— contestó Matt por su amigo. La aludida los miró con sus grandes ojos marrones y se llevó un trozo de pescado a la boca. No se había sentido ofendida, porque no veía el motivo por el que debería estarlo.— Trae mala suerte.

La tranquilidad de una cena junto a L se vería frustrada en breves.

Cerca de la mesa dónde conversaban amigablemente, un chico hablaba. Decía que era mejor que todos los allí sentados. Ese chico no era un fanfarrón, simplemente mantenía una discusión infanil sobre cuál de todos los que se encontraban en esa habitación era más fuerte. Habían excluido a L del ranking, por supuesto.

De repente dejó de gritar. Se levantó bruscamente de su silla, con los ojos abiertos y las pupilas mostrando lo más parecido al terror que muchos de sus compañeros verían en sus vidas.

—¡L, algo le pasa a Richie!— gritó alguien.

Las miradas de todos los presentes pronto se posaron en Richie quién, aturdido por algo indescriptible, se contonoeaba en espasmódicos movimientos. Cayó al suelo. Algunos de sus compañeros se desmayaron, y los demás pudieron contemplar cómo se levantaba haciendo grandes esfuerzos, cogía una espina gruesa y se la clavaba en la garganta.

Hubo muchos gritos. Algunos niños salieron corriendo, otros más se desmayaron y unos pocos no pudieron apartar sus miradas de fascinación y miedo de lo que sucedía con su compañero Richie.

Cuando parecía que éste ya había contado su último segundo, levantó el índice de su mano derecha, lo mojó en su propia sangre y escribió algo en el suelo antes de dejar de respirar para siempre.

L se acercó, seguido de Mello, Matt y Near en ése mismo orden, y leyó el mensaje con una mirada fascinada. A continuación, ordenó que todo el mundo desapareciera de la habitación. Costó un poco, pero al final sólo quedaron él y los cinco primeros de la lista de sucesión. L los examinó.

—Vosotros también tenéis que iros— dijo.— La seguridad y privacidad de uno de los internos se vería terriblemente afectada si leyeráis el mensaje.

Mello fue el único que protestó. Uno a uno fueron desapareciendo del salón. Watari llegó segundos más tarde y contempló con horror la escena. Al mismo tiempo, Linda se detuvo en medio del pasillo para mirar por la ventana.

Lo que contempló lo olvidaría ésa misma noche, provablemente producto del shock sufrido, pero durante muchas más soñaría con ello en su subconsciente; una sombra del tamaño de un lobo se desplazó desde lo alto de uno de los árboles del patio hasta una rama lejana, y saltó a la calle. Antes de salir corriendo como un humano encorvado, miró hacia la ventana en la que se encontraba la muchacha de nueve años y sonrió. Linda contempló esos ojos brillantes y esa sonrisa rozando la enfermedad.

Linda se quedó unos segundos en la misma posición. Mello se acercó a ella y movió su mano delante de sus ojos.

—¿Lo habéis visto?

Todos negaron.

—¿Ver el qué?— preguntó Mara.

—Eso... eso que parecía un lobo y que después se volvió humano y sonrió. Tenía los ojos brillantes...

Matt enderezó a Linda. Puso una de sus manos en su espalda y la obligaron a continuar hasta su habitación, que compartía con Mara. Ella también estaba preocupada por lo que habían visto. Ese muchacho le caía bien.

—¿Qué será lo que ponía en le mensaje?— quiso saber Mello, que parecía no estar afectado en lo absoluto.

Near jugueteó con un mechón de su cabello, y Mara observó a Linda fijamente.

—No lo sé— contestó la pelirroja.— Pero tengo miedo.

Matt la observó.

—¿De qué tienes miedo?

Mara se mantuvo callada unos segundos, antes de ponerse a reír a carcajadas. No era un momento muy adecuado para hacerlo. Bromeó sobre el coco, ese monstruo que estaba debajo de tu cama y te comía si no te dormías.

Nadie dijo nada.

En el salón, L se llevó el pulgar a sus labios y se mordisqueó la uña con la mirada clavada en el cuerpo sin vida de Richie. A su lado, el mensaje misterioso: «Alejaos de Terry».

—Watari, busca inmediatamente quién es Terry— ordenó.

Continuará...