PRIMERA PARTE

03

Susurro

La muerte de Richie había causado grandes estragos entre los niños y niñas internos en el orfanato. Los que se habían desmayado al ver al muchacho tener espasmos eran los que se encontraban mejor, cómo era de esperar. Los que se habían desmayado con la puñalada que el propio Richie se había dado eran los siguientes con menos secuelas. Pero, desgraciadamente, aquellos que contemplaron cómo mojaba su dedo índice y escribía un mensaje con su propia sangre seguían en estado de shock.

La que se encontraba peor de entre todos los internos era Linda. La muchacha siquiera era capaz de articular una frase con sentido. Los que habían estado con ella, es decir, los tres primeros en la lista de sucesión y Mara, la quinta, aseguraban que Linda decía haber visto algo después de salir del salón.

—Algo con los ojos brillantes, parecido a un lobo pero que después se transformó en un humano— dijo Mara.— Y dice que sonreía.

Mara, Near y Linda se encontraban en la enfermería. La psicóloga que atendía a los internos había hecho llamar a todos y cada uno de los afectados para comprobar su estado.

—¿Y no pudo haberlo soñado?— preguntó la psicóloga.

Near negó suavemente con la cabeza. Hizo algún comentario técnico sobre los sueños y su posible confusión con la realidad, y justo después soltó un bufido de burla. La mujer no le dio importancia, y se dirigió a Mara para que le explicara otra vez lo que vio Linda. Así lo hizo. La psicóloga buscó en la mirada de Linda algún signo de emoción, pero no consiguió ver nada.

Al final, todo lo que quedó de la muerte de Richard Gregendry, o Richie, fue el nombre de Terry. Lo demás se sumió en el olvido.

...

Cuando Mara cumplió doce años Linda le regaló un colgante de acero con un cascabel pequeño con preciosos grabados.

—Es para llamar a los ángeles— dijo, con una sonrisa.— Para que te protejan.

—Eres tan torpe que ni siquiera los ángeles pueden protegerte— intervino Mello, mientras mordisqueaba una tableta de chocolate.— Me sorprende que no te falte un brazo o algo así a éstas alturas.

Mara le sacó la lengua mientras su mejor amiga le anudaba el colgante en el cuello. Cuando terminó, acomodó su larga, espesa y ondulada melena roja y esbozó una sonrisa de triumfo. Divisaron a Near al fondo de la sala de juegos y Mara quiso ir con él para que le diera su opinión sobre el colgante.

—Si me das algo a cambio, yo te doy mi opinión sobre el colgante— dijo. Se retorció un mechón de pelo blanco y casi sonrió.

La pelirroja se arrodilló y le dió un beso en la mejilla. Ella sí mostró ampliamente sus dientes blancos y acercó el colgante a Near para que lo examinara. El muchacho dio su visto bueno y, en consecuencia, Mara saltó hacia Matt, que se encontraba en la puerta jugando con su consola.

La pelirroja estaba encantada. Sabía que Linda la quería mucho, y que por eso le había regalado un llamador de ángeles. Era precioso, de acero inoxidable y con un pequeño cascabel.

—Te comportas como una niña infantil y tonta —dijo Mello. Mara enrojeció de verguenza y desapareció de la sala. A pesar de ello, todos pensaban igual que el rubio.

Aquella noche cenaron una sopa deliciosa, un trozo de carne de vaca que estaba para chuparse los dedos y pastel, cortesía de L, quien no podía estar presente porque tenía un caso entre manos.

—Me pregunto de qué será— dijo la pelirroja, mientras esperaba ansiosa a que trajeran su trozo de tarta.— A lo mejor es de nata esponjosa con fresas, o de chocolate con nata y vainilla y fresas...

Matt le dirigió una mirada.

—No babees tanto.

Se carcajeó.

—Lo siento, pero es que lo ha enviado expresamente L— dijo, con una sonrisa angelical.— Me muero por saber de qué sabor es, cómo es, cómo sabe...

Cuando le trajeron el plato con su porción de tarta se disiparon sus dudas. Era de nata y chocolate, y tenía pedazos de fresas por encima. Había dos velas; una con un número uno y otra con un número dos. Las sopló a la primera y pidió su deseo, el cual sabía de antemano que iba a cumplirse.

...

L regresó dos semanas más tarde para otra de sus visitas. Mara, que deseaba verlo, decidió esperar a que terminara con los demás niños. De esa manera podía disfrutar durante más tiempo de su compañía.

—¿Qué te ha pasado, Mara?— preguntó L, no sin cierta diversión, al ver su aspecto.

Dos días antes había sido testigo de cómo dos muchachos maltrataban un nido de hormigas, y había querido hacerles frente. Los chicos, que ya conocían su torpeza y sabían que siempre interrumpía sus diversiones, decidieron darle una lección.

Ahora la muchacha pelirroja estaba cubierta de vendas y sonriendo como una estúpida. Eso lo añadió el propio L a sus pensamientos.

—Y a ti, ¿qué te ha pasado, L?

—Nada excepcional. He estado enfrascado en un caso un poco difícil y he tenido que retrasar mi visita por ello.

L la observó durante unos segundos con curiosidad. Mara también lo hizo, esperando la pregunta que le hacía prácticamente durante todas las visitas:

—¿Conoces a Terry?

Y la respuesta inmediata, acompañada de una sonrisa:

—No, no lo conozco.

A continuación L se dirigía a la cafetería, seguido de cerca por Mara, y se tomaba un café con exceso de azúar. A veces, Mara lo imitaba, pero el sabor tan dulce del café la asqueaba. En aquella ocasión decidió no hacerlo, y le puso la cantidad suficiente para que no estuviera tan amargo. Se sentó en una silla enfrente de su ídolo y lo observó en silencio.

—Fui a ver la tumba de Gregendry la semana pasada— comentó la pelirroja.

L prestó atención.

A veces, a Mara le gustaba hablar del episodio con alguien, pero no se lo permitían en el orfanato porque alteraba el orden mental de los internos. Especialmente Linda, aunque no entendía por qué.

—¿Y qué pensaste?

Y, aunque a ella también le alteraba su orden mental, había algo que la empujaba a revolver las cenizas del episodio.

—Su muerte fue muy extraña, casi como si alguien estuviera manejándola. Porque es raro que escriba un mensaje de ese modo. Y...— Mara bajó la mirada.—... y que a lo mejor ahora podríamos llevarnos mejor.

L permaneció en silencio. Se rascó los pies, pues iba descalzo, tomó la taza de café espesa por el azúcar y bebió. Acto seguido, soltó un bufido de placer.

—Mara— llamó. La muchacha sintió cómo se revolvía su estómago al escuchar su nombre dicho por L.—, dime, ¿alguien ha cambiado su color últimamente?

Lo pensó un poco.

—No, nadie.

—Hm. ¿Has notado algo extraño en éstos últimos días?

Mara se revolvió en su silla, bajó la mirada, balanceó los pies. Volvió a repetir el proceso a la inversa dos o tres veces, mientras tartamudeaba, intentando contarle algo.

—A-a veces... s-s-siento que alguien me observa... ¡Pero muy poquito!— se apresuró a añadir. No quería que pensara que estaba loca.— Sólo me ha pasado tres veces, de verdad. P-pero me sentí muy extraña y... y susurraba algo...

L permaneció callado, a la espera de la continuación de la muchacha. Para Mara, pero, aquello era como lanzar una acusación al mejor detective del mundo, un pecado, algo que no debía hacer y que estaba mal. Pero no pudo evitarlo.

—Susurró que no encontraste al que quemó a mis padres, ni a quien mató a Richie, y que, en realidad, eras incapaz de protegernos. ¿Es... es cierto?

—Dime, ¿qué es lo que crees?

Mara calló. Bajó la mirada y le dio una respuesta aterrada a media voz.

Continuará...