Dejo los lineamientos de siempre.

Aclaraciones:

Narración.

— Diálogo —

"Pensamientos".

Advertencias:

OC.

Género: Romance | Drama.

Clasificación: T | M.

Disclaimer: el juego y sus personajes no me pertenece a mí, sino a ®Stephenie Meyer.

Nota de Autor:

Si hay algún comentario o disconformidad, ya saben, pueden dejarla ahí abajo en la cajita de comentarios. Recuerden siempre dirigirse a los escritores con respeto, yo les responderé en la medida de lo posible. Los comentarios son siempre bien recibidos, y les estoy enteramente agradecida por tomar unos minutos de su tiempo para leer mis historias y de paso, comentarlas. Mil gracias. Es en parte por ustedes que yo sigo escribiendo, además de ser uno de mis pasatiempos favoritos.

Por cierto, a la persona que preguntó que es OoC significa: Out of Character, o sea, fuera de personaje. Quiere decir que a un personaje se le ha cambiado la personalidad total o parcialmente.

Les recuerdo que la historia está siendo reescrita así que habrá muchos cambios, espero continúe gustándoles. Hasta la próxima.


Capítulo 2.

.

«El que quiere interesar a los demás tiene que provocarlos».

Salvador Dalí.


El tiempo nunca le pareció tan escaso como en ese instante. El té no era una de sus bebidas favoritas, cuando lo bebía era solo para complacer a su madre frente a las visitas. Ese desafortunadamente, era uno de esos casos tan extraños en los que se obligaba a agradar a su madre aunque no se lo mereciera. Normalmente tragaba el líquido con una velocidad que hacía a su madre carraspear llamándole la atención, sin embargo, esa noche, parecía que su intención era dejar que el té se enfriara con el propósito de extender la estadía en su propia casa.

Mantuvo la mirada fija en su libro de Anatomía, solo era capaz de leer el título, ya que si se atrevía a abrirlo su madre alzaba la voz regañándola. ¡Ya no tenía seis años por el amor de Cristo! Pero Rebeca se creía con el derecho de estarle diciendo lo que debía o no hacer, lo que tenía o no que decir… Como si no le hubiera fastidiado la vida lo suficiente ya.

Estaba molesta, no solo con su progenitora sino también con ese hombre que la miraba cada que Rebeca se distraía. Lo cual era muy fácil, ya que si no era de sumo interés su madre obviaba cualquier cosa que no le importara. Desafortunadamente para su vecino, él era un objeto de "mucho" interés para ella. No tenía inclinaciones religiosas, pero en ese momento le rezaría al santo que le dijeran si le concedía un milagro y la sacaba de esa situación tan irónica y embarazosa.

Armar un plan estaba fuera de contexto por muy inteligente que se considerara, no quería ir con ese hombre. Quien sabía que ideas sucias maquinaba su mente, no pretendía ser una más, de lo que suponía una interminable lista. Entonces el teléfono sonó.

"¡Alabado sea Jesús!"

— ¡Yo contesto!

Ni siquiera esperó a que su madre replicara, corrió hacia la sala perdiéndose la mirada disgustada de Rebeca y la sonrisa graciosa de Carlisle.

— Diga — contestó cuando levantó la bocina.

— ¡Hey, rojita! — ella odiaba que la llamaran así, pero su desesperación era tanta que lo pasó por alto.

— ¡Jake! — exclamó bajito — ¡Eres mi salvación! Necesito tu ayuda.

— ¿Qué sucede? ¿Qué has hecho? — por el tono burlón de su amigo, sabía que "hacer" no era precisamente una palabra que se aplicara a ella para malas acciones.

— Necesito que vengas a mi casa en este momento sin hacer preguntas, ¿me entiendes?

— O… K… — el tono de Jake era dudoso y a la vez risueño — ¿Podré preguntar cuando ya esté ahí?

— ¡Chelsea! — el grito furioso de su madre le hizo pegar un salto, no le gustaba que le gritaran, menos con ese tono que solo desencadenaba una serie de eventos dolorosos y espantosos.

— Mierda — masculló, en el fondo también predominaba ese sentimiento de ira reprimido. Rebeca se pasaba de la raya creyendo que podía gobernar siempre su vida, empezaba a hartarse de esa situación —. Solo ven rápido por mí, necesito salir de aquí.

Colgó el teléfono sin esperar a que Jake le confirmara, sabía que había entendido y la tensión en su tono de voz se tradujo en esa última frase. Ya no solo quería escapar de su vecino sino también de su madre.

Chelsea frotó su frente mientras suspiraba y cerraba los ojos, pidió paciencia al dios en turno para no terminar gritándole a su madre todas las desgracias que había sufrido por su culpa durante todos esos años. Los últimos cinco habían sido los peores…

Tomó un respiro profundo y se dio la vuelta, casi choca con Rebeca. Tuvo que dar un traspié hacia atrás para evitar pisarle sus carísimos zapatos Jimmy Choo. Con frecuencia Chelsea se preguntaba como su madre le hacía para comprar zapatos y ropa de marca, pero cuando se trataba de su universidad no tenía un centavo para colaborar. Razón por la cual se mataba estudiando para no perder la beca que había conseguido.

— Cariño, Carlisle ya se va — Rebeca habló entre dientes, evidentemente estaba disgustada, pero quizás le disgustaba más la idea que el vecino se fuera tan pronto.

Por un momento Chelsea se quedó en blanco. La idea de tener que acompañar a ese hombre le desagradaba y la ponía nerviosa, no quería ir, ¡no quería estar a solas con ese tipo!

— Jake acaba de llamar, mamá, dijo que necesitaba mi ayuda con una tarea — mentir en ella no era propio, ¿pero qué remedio?

— Creo que Jake puede esperarte por cinco minutos, así que ve con Carlisle que tan amablemente va a prestarte sus libros — su madre sonreía, pero no ese tipo de sonrisa cariñosa y comprensiva que usaban las madres para reconfortar a sus hijos. No, era ese tipo de gesto que decía: desobedéceme y lo pagarás caro —. Irás, ¿cierto, Chelsea?

Rebeca la tomó por el brazo y le hundió un poco sus uñas acrílicas. Ella reprimió un gemido doloroso y compuso una sonrisa forzada, desvió la mirada unos segundos hacia su vecino que, aunque hace unos minutos parecía divertido, en ese instante tenía el ceño levemente fruncido.

— Claro, mamá… — dijo de mala gana.

La mujer pasó por alto el tono de su hija porque estaba muy ocupada haciéndole ojitos a Carlisle, sin embargo, Chelsea no pasó por alto el ligero disgusto que vio en él.

— Muchas gracias por el té, Rebeca — agradeció con una sonrisa marca pasta dental que ruborizó a la anfitriona.

— ¡Al contrario! Gracias a ti por hacernos compañía.

"Dilo por ti", pensó rodando los ojos.

Evitó por todos los medios no poner una cara nauseabunda. El filtreo de su madre con ese hombre le irritaba por un sinfín de motivos que no quería pensar. Rebecca regresó a la cocina con un poco de trabajo, entonces se quedaron solos.

— Bien, terminemos con esto — masculló mientras se frotaba el brazo.

Su madre la había encajado bien las uñas, el siguiente día tendría un cardenal perfectamente marcado en su piel. Le tocaría usar manga larga para cubrirlo, no era una sorpresa, ya estaba acostumbrada.

Distraída cruzó el umbral de la puerta y caminó hasta la casa del vecino, pasó por alto si la seguía o no. ¡Maldita la hora en la que le llevó esa canasta de víveres! ¡¿Por qué diablos no se la llevó Rebeca?! Ciertamente hubiera estado complacida del espectáculo.

Chelsea daba zancadas cortas y fuertes, evidencia de la frustración y la molestia que sentía. Mascullaba palabras incomprensibles y graciosas, incluso Carlisle creyó escuchar un par de maldiciones en un idioma extraño, tal vez ruso o alemán. Se detuvo frente a la puerta y se hizo a un lado para que él pasara y la abriera.

— Pasa — señaló él.

Y así lo hizo, sin siquiera pensar que se adentraba en la casa del enemigo…

— Sígueme — ordenó él.

— Hágame un favor, no me dé órdenes — espetó con el ceño fruncido.

Pasó a su lado y luego se detuvo esperando que la guiara.

— ¿Acaso tus padres nunca te enseñaron a respetar a tus mayores?

— ¿Y los suyos no le enseñaron a ser amable? — replicó ella.

Carlisle alzó una ceja, sorprendido por su franqueza.

— No se puede ser amable con las fisgonas — acusó, Chelsea sintió que un rubor corría por sus mejillas hasta su cuello.

— ¡Qué no soy una fisgona! — exclamó frustrada.

¿Cuándo entendería que simplemente fue una cadena de eventos desafortunados los que le llevaron frente a esa maldita ventana?

— Lo que tú digas — suspiró él —. Sígueme.

Carlisle la condujo por un pasillo estrecho, tenuemente iluminado. Ella lo siguió sin tener más remedio. En su camino, admiró la elegancia de los colores, la forma en la que combinaban con cada mueble en el interior de la casa. Con asombro notó que cambió toda la decoración. Chelsea, que ya había estado anteriormente en esa casa, echó de menos los colores pasteles, los jarrones con flores y el sofá viejo de color verde pardusco donde seguido veía dormitar a Piro, el perro dálmata del matrimonio Jones.

Le sorprendía todo el cambio, ya que la casa se había vendido recientemente a mediados del mes pasado, su vecino se mudó hacía unos cuantos días y en dos semanas no se podía hacer un trabajo tan bueno por muy arduo que fuera. A menos que tuviera mucho dinero y pudiera pagar a todo un séquito para hacer las variaciones, ¿acaso su vecino era millonario?

"La decoración por lo menos enmascara el descaro de su dueño".

El final del recorrido llegó en la habitación dispuesta al final del pasillo.

De pronto sintió que toda su sangre se congelaba y caía directamente en sus pies. Un hoyo se formó en su estómago, las imágenes que luchó por sacar de su mente durante toda la tarde volvieron a ella de golpe y se mareó.

¿Qué tal si quería hacerle algo? ¿Algo que tuviera que ver con las imágenes que había estado censurando acerca de lo que vio esa tarde? ¿Alguien podría escucharla? ¿Qué tal si el recinto estaba aislado y nadie podría escucharla si necesitaba auxilio?

Trató de evitar la mueca de pánico que amenazaba con formarse en su rostro, no quería darle el gusto de ver cuánto miedo le provocaba estar a solas con él. Cualquier pensamiento insano que la inundara se deshizo en el momento que Carlisle abrió la puerta. Chelsea luchó por no demostrar asombro, pero le resultó imposible.

El cuarto estaba abarrotado de libros, era como una pequeña biblioteca. Estantes tras estantes llenos de libros apilados estratégicamente por tamaño y orden alfabético. En un rincón había un espacio destinado a una pequeña sala, un sillón de cuero y un escritorio de reluciente madera de pino. Dio un paso sin vacilar, ignorando los ojos dorados fijos sobre ella. Paseó su mirada maravillándose, embebiéndose ante tantos libros. Su mayor debilidad.

Algunos de ellos tenían la pasta desgastada, otros se notaba que habían sido renovados recientemente. ¡Le encantaba la lectura! Chelsea era del tipo de personas que prefería pasar su tiempo libre en la biblioteca leyendo un libro que en una fiesta, alcoholizándose o drogándose. Ella creía que el mejor conocimiento se adquiría en los libros. Y que sí quería escapar de la realidad por unos minutos, la mejor inversión que podía hacer era en una buena obra sin tener que reservar un boleto en un avión lleno de personas, con un tipo que te esté pateando desde la parte trasera de tu asiento.

Leía una que otra novela romántica de vez en cuando. Si su carrera se lo permitía, en vacaciones más que todo. El romance y el drama eran sus predilectos, tramas llenas de cliché y uno que otro de Stephen King, ¿por qué no?

Sin pensárselo demasiado se movió hasta uno de los estantes y tomó un libro de pasta azul, totalmente renovado. Su título rezaba: Mitología Griega.

Arqueó un poco sus cejas y sí, definitivamente era renovado, las páginas seguían desgastadas y amarillentas. Curioseó un poco la introducción, le pareció interesante y entretenido.

— Ten — la voz de Carlisle la devolvió de golpe a la realidad, pronto recordó que no se encontraba en una biblioteca cualquiera sino en la de su vecino.

Estaba sola, con él, en una habitación. El peso de esa verdad se asentó sobre sus hombros y su corazón empezó a bombear raudo dentro de su caja torácica.

Habitación y solos fueron dos palabras que adquirieron fuerza dentro de su cabeza. Una oleada de pánico la recorrió completa. Su cuerpo sufrió un estremecimiento que casi la hace soltar el libro, cerró los ojos recordándose que ese hombre no tenía nada que ver con el otro; que no era una amenaza. ¿En realidad no lo era?

Respiró honda y superficialmente, contó hasta diez. Cuando se sintió más segura tomó el libro que su vecino le ofrecía, cerró el de Mitología y lo colocó en su lugar en el estante.

— Gracias, se lo devolveré lo antes posible — articuló agradeciendo que su voz sonara normal.

Debía recuperar su temple antes de salir de ahí, sus piernas amenazaban con dejarla caer y hacer el ridículo. Además, que el hombre estuviera tan cerca de ella no ayudaba en lo absoluto. Una mano de repente rozó su brazo izquierdo, arriba de su codo, específicamente donde su madre le enterró las uñas.

Chelsea dio un respingo y se recargó contra la estantería. El aliento cálido rozó su cuello, su cuerpo se estremeció al sentir el peso del cuerpo masculino suspendido a unos centímetros del suyo. El calor que desprendía le provocó un hormigueo en su intimidad que quiso ignorar.

— ¿Tienes prisa? ¿En realidad quieres volver con tu madre? — murmuró Carlisle, su tono era suave y profundo, pero el mensaje era claro. Dado que arrastraba la yema del dedo pulgar sobre la piel lastimada.

Chelsea ahogó un gemido y evitó por todos los medios retorcerse. Su toque era tan sedoso que le dejaba la piel ardiendo. No necesitaba grandes demostraciones, esa forma de abordarla tan simple lo volvía sumamente erótico. Tenía la cara escondida en el hueco de su cuello, sentía cada respiración y cada roce de sus labios. ¿Por qué no lo empujaba? ¿Por qué no lo rechazaba como hacía con todos los que se atrevían a traspasar esa línea?

— Ella…

¿En realidad iba a decirle que no quería lastimarla, qué no era una mala madre? ¿A quién quería engañar? Rebeca era una pésima madre y ella simplemente la disculpaba por el hecho de haberle dado la vida. Un beso en la zona donde pulsaba la vena de su cuello la dejó fuera de combate, casi soltó un gemido, casi le pide que le haga sentir lo mismo que a la mujer de esa tarde.

Pero ahí estaba el asunto, ella no sería una más de su lista.

— No… No haga eso…

— ¿Por qué? — la voz sonó áspera y cerca de su oído.

— Porque yo no soy como mi madre… No quiero ser como ella… — musitó, colocó las manos sobre el duro torso masculino y lo apartó.

No necesitó ningún movimiento brusco. Carlisle se enderezó y la miró a los ojos, brillantes ante el deseo y, oscilantes ante la duda y el miedo. Se sintió asombrado de ver tantos sentimientos encontrados.

— ¿Qué te hace creer que lo eres? — Chelsea frunció el ceño.

— Permitir que me arrincone contra este librero — dijo recuperando la calma —. Por favor, apártese — pidió con cortesía.

— Lo has permitido porque me deseas y eso no es malo — contradijo Carlisle, el ceño fruncido en la chica se pronunció más y sus mejillas enrojecieron de vergüenza.

— ¡Yo no hago tal cosa! — exclamó.

El hombre soltó una risa apenas amortiguada por sus labios apretados.

— Te creería, de no saber que lo que viste esta tarde te excitó — señaló, lo hizo con tanta seguridad que Chelsea se sintió abrumada —. Me deseas y lo sabes, pero te molesta, ¿no es así?

La chica apretó el libro contra su pecho, su corazón se aceleró y la sangre retumbó en sus oídos. ¿Cómo podía él saberlo?

— ¿Cómo podría yo desear a un hombre como usted? — cuestionó —. Es muy pagado de sí mismo, ¿verdad?

Carlisle arqueó una ceja.

— Te diste una ducha fría, ¿acaso no es prueba suficiente?

Chelsea tenía una réplica en la punta de la lengua cuando, por arte de magia, escuchó las palabras: ducha fría. ¿Cómo demonios podía saber eso? A menos que… Sus ojos y su boca se abrieron con asombro, luego lo señaló con un dedo acusador.

— ¡Me espió!

— Podría decirse que sí, pero porque tú dejaste la ventana abierta sabiendo la posibilidad que existía de que pudiera verte ya que tu habitación está justo enfrente de la mía.

— ¿Por qué me acusa si usted hizo lo mismo? — reclamó.

— Ya te dije que no fue culpa mía que dejaras la ventana abierta.

— ¡Tampoco la mía haber pasado justo cuando usted estaba teniendo relaciones con esa mujer!

Las mejillas de Chelsea se encendieron tanto que parecía bombilla de navidad. Carlisle apretó nuevamente los labios conteniendo una sonrisa, se inclinó de nuevo hacia ella con la mano apoyada a un lado de su cabeza. Se acercó a su oído y murmuró.

— Niégalo todo, niégalo todo y te dejaré ir.

La chica tragó grueso y contuvo el aliento. El aroma masculino combinado con su colonia le generaba un hormigueo que la aturdía. Él tomó un mechón de su cabello y aspiró su olor, incluso esa acción tan sencilla resultaba tremendamente erótica.

Sentía la presión poderosa de su cuerpo, los músculos de sus bíceps al doblarse para mantener el peso, sus largos dedos enrollándose en los mechones de su cabello. Su respiración se aceleró, su pecho subía y bajaba vertiginosamente marcando sus senos en el escote de su blusa. Su corazón latía desbocado, tanto que estaba segura que si Carlisle se esforzaba un tanto sería capaz de escucharlo.

El calor que había aplacado con la ducha fría se extendió nuevamente por su vientre, ascendió por su estómago y se desparramó por todo su cuerpo. Estaba excitada, no había forma de negarlo. ¿Cedería ante ese hombre y su insolencia? ¿Cedería ante su deseo por él? ¿Le permitiría profanar su cuerpo?

Cualquier posible respuesta quedó perdida en algún rincón de su cabeza cuando un claxon sonó, no muy lejos de la casa.

¡Jake!

Sin miramientos le dio un empujón a su vecino, el movimiento repentino ni siquiera le hizo perder el equilibrio. Chelsea creyó que insistiría, en el fondo deseaba que no, porque posiblemente su resistencia no tendría mucha permanencia. Debía salir de ahí cuanto antes.

— Gracias por el libro, se lo devolveré pronto — repitió.

Carlisle se apartó sin más, no tenía caso insistir. De momento al menos…

Chelsea cruzó el umbral si mirar atrás, todavía con el hormigueo recorriendo su cuerpo.