Creando Discordias…
-Hola joven Tao- Saludó una chica un poco más bajita que él.
-Hola Karen…
La chica se acercó y le dio un pequeño beso en la mejilla a Ren, el cual no reaccionó más que sonriendo…
A lo lejos, un ya muy celoso Horo veía la escena bastante enojado…¡¿Quién era esa Chica!…
o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o
Tao pudo ver discretamente al muchacho de cabellera azul y las pequeñas chispas saliendo de sus ojos, con esa llama relampagueante que en ocasiones solía tener cuando peleaban, y no cabe decir que la sonrisa del chino se hizo más larga, cuando ideó astutamente un pequeño plan en su contra.
Se divertiría a lo grande fastidiando a Ainu.
Miro los profundos ojos de Karen, y acariciando su nívea mejilla, le propuso algo con una voz pequeña, intentando que pareciera un gesto sensual visto desde lo lejos, más concretamente desde el lugar donde el chico-hielito lo esperaba.
-Finge que te gusto.-dijo despacio, arrastrando las palabras mientras pegaba sus labios a la oreja femenina atrapando unos cuantos mechones del negrusco y sedosos cabello de Karen.
Ella sonrió y se apartó sonriendo comprendiendo con su sexto sentido (desarrollado obviamente a su experiencia como mujer) que lo que pasaba era para la completa diversión de su viejo amigo Tao. Y ella que venía a preguntar por Jun. El día le estaba pintando mejor de lo esperado.
Fue entonces cuando dejó escapar una risa sensual y divertida mientras miraba al menor de esa dinastía.
-Querido, aún si me pidieras que finja que te amo, lo haría. Pero sinceramente ni de eso hay necesidad de fingir.
El Tao se sonrojó levemente, desde siempre ella le decía esa clase de cosas, pero no se preocupaba, se las decía también al pobre sirviente de su hermana. Lee Bruce Long debería estar cansado ya de escuchar cosas como aquellas. –Como sea –dijo-, ayúdame con esto.
Karen asintió mientras lo tomaba del brazo y se dejaba arrastrar hasta donde Ren quisiera llevarla. Se detuvieron así frente a un chico que aguardaba sentado mirándola con una falsa cordialidad. Ren le sonrió a la mujer, y esta, de pronto, sintió que el lugar se enfriaba de sobremanera en aquella recepción.
-Por Dios –murmuró temblando un poco-. Ren, deberías pedir que apaguen el aire acondicionado que tus clientes se congelaran aquí.
Ren asintió y miró los ojos azules del chico-naturaleza con el ceño bien fruncido. Karen se sorprendió al ver escarcha en las paredes.
-Lo haré, pediré que el AIRE sea apagado en este instante, como una orden de su amo.
Sinceramente, la mujer no entendió las palabras de su amigo, y eso no le permitió escuchar el ligero gruñido del peliazul. Más sin embargo, el ambiente comenzó a calentarse hasta llegar a su normalidad en cuestión de un instante.
-¿Y no nos presentas, Ren?
El chino regresó su vista al otro chico, estaba distraído viendo como la escarcha se derretía rápidamente en la pared.- Cierto, lo olvide.-musitó –De todas formas, no es como si importara presentarte a ella- giró su rostro y la miro con una delicada sonrisa, cosa que enojó a Horo. -. Horo, te presento a Karen. Karen, te presento a Horo.
La pelinegro le sonrió encantadoramente tendiéndole la mano como para que la besara, y cuando el chico resignado iba a hacerlo murmurando un pequeño "Mucho gusto" , la chica le tomó la mano y lo atrajo a ella besándole una mejilla.
Ella misma se sonrió para sus adentros mientras miraba la cara de sorpresa del Hielito. Ren también se sorprendió, pero no prestó importancia cuando ella le tiró del brazo y le regaló a él también un beso en la mejilla.
-Bien –dijo animada -, ya que nos conocemos, vayamos a comer. Venía a preguntarle a tu hermana si quería acompañarme, pero me salió mejor el viaje. Ahora tengo dos galanes de compañía en vez de uno que sólo se fija en Jun.
Obviamente hablaba del zombie que siempre andaba con su hermana. Se rió un poco, sabiendo o no que él estaba muerto, a veces le peleaba a su hermana la amena compañía del pobre cadáver que cumplía cualquier capricho de mujer. ¡Ja! Como le cobraría después a Lee el haberle salvado por ese día de esas disputas femeninas tan comunes entre ellas dos.
Como fuera, y atrayéndola más hacia sí, cuidando de ver la reacción de Horo sin que este se diera cuenta, la guió hacia la salida del edificio hablando de trivialidades riéndose hermosamente con los comentarios frívolos de la muchacha.
Horo se quedó viéndolos desde atrás tan erizado como un gato, y cuando el lugar estaba comenzando a tener un clima polar, Ren se volteó hacia él y le llamó para que se apurara.
-Anda, Idiota ¿Qué esperas?.
Y Horo no tuvo más remedio que correr hasta alcanzarlos.
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-Oh, sí, nos conocemos desde hace un poco más de un par de años.-comentó Karen aún aferrada al brazo del joven. Horo estaba que no se lo aguantaba. Desde la recepción al estacionamiento, del estacionamiento hasta el auto, del viaje en auto hasta el restaurante, y del restaurante, hasta su mesa en la terraza, ella no había soltado el brazo de Ren. Estaba pensando seriamente el traer una palanca hidráulica para despegarla de su amo.
Se tensó un poco pensando en ello, estaba en su mente, no tenía por que decirle amo a su amo.
Diablos…otra vez estaba diciéndole amo a su amo no queriéndole decir amo a su amo dentro de su propia mente…
Horo se rascó la cabeza con desesperación casi como si pareciera tener pulgas…aunque en las condiciones en las que a veces vivía, no era para extrañarse aquello realmente.
-¿Te pasa algo precioso?- y Karen metió su cuchara en la sopa de entrada que estaban sirviendo, metiéndola también ligeramente en el asunto.-No te vez bien, andas pálido.
-No…no es nada. –Murmuró Ainu, más aliviado de ver como ella ya no estaba enganchada cual tenaza al brazo de su amo. -¡Arrrrrrrrrrhg!-otra vez andaba con lo mismo .
Ren se echó a reír levemente, obviamente no sabía leer la mente, pero no era como si la de Hielito fuera realmente difícil de leer exactamente –"Me es más difícil leer mi mente que la suya"-pensó- "Hasta Yoh podría leerla".
Y cuando hubo recibido su sopa, pasó algo que no le gustó. Karen. Horo. Karen acariciando la cabeza de Horo y los propios celos burbujeando desde su vientre hasta su cabeza caliente, no le dejó ver que esas caricias eran conciliadoras.
Y ante cualquier cosa que hubiera planeado el Tao, o cualquier cosa que hubiera podido aprovechar el Ainu. Sólo Karen tenía el poder de llevarlo acabo, porque, comprendiéndolo sin pensar siquiera en ello, se dio cuenta que era el instrumento.
Sonrió sin descaro, más con un toque divertido en los ojos bailarinamente verdes que poseía. Estaba dispuesta a jugar de lo lindo…
-Rencito…-murmuró bajito, pero lo suficientemente audible como para que ambos la escucharan. –quiero una langosta.
Ren asintió y le regaló una sonrisa. Horo se enojó y lo demostró apenas. Karen pudo reírse interiormente de eso. La cara del chico era muy graciosa.
-Ren…-Horo miró tiernamente al Tao, como un cachorrito que quiere ser comprado, con la estrategia de derretir un corazón.- ¿Puedo pedir yo también una langosta?
Ren le miró un segundo y le sonrió cariñosamente –No…púdrete.
Ahora sí Karen tuvo que aguantar la risa. El pequeño chico peliazul miraba más que sorprendido al mandarín. Su expresión era de odio hacia ella, pero poco le importó, sabía que era del tipo de persona que el coraje se les pasaba rapidísimo.
El camarero llegó entonces, dispuesto a retirar las sopas. Karen sonriente dejó que se levaron su plato vacío. Lo mismo hizo Ren. Más Horo tuvo que casi morder al pobre camarero para que este soltara su plato lleno. ¡Se le había olvidado comer por andar vigilando a Ren y a Karen!.
-Llévenselo de una vez- indicó el Tao -, si no lo comió es su problema. Traigan los patos fuertes. Lasaña para mi, Langosta para la señorita y menudencias para el idiota frente mío.
El hombre que tomaba la orden levantó una ceja mientras permanecía con el lápiz inmóvil después de haber escrito langosta para la mesa nueve. -¿Perdón?- preguntó dudando de haber escuchado bien. Ren no hizo más que permanecer con la misma expresión y mirando al muchacho del hielo, repitió diciendo que para el chico le trajera una ensalada sencilla.
El camarero apuntó y dando una reverencia, se marchó llevándose la sopa y pidiéndole a otro de los mozos que les llevara algo de beber a la mesa. El otro asintió y les sirvió una copa a cada quien de un finísimo vino muy añejo.
-Aaaaaaanda.-Dijo Horo al muchacho mientras le servía su copa. –Por favor, para el señorito Ren, trae agua por favor. Temo que no pueda resistir siquiera un trago de este vino, y no pienso bañarlo nuevamente.
Sin duda nadie entendió el comentario hecho, (más que los protagonistas, claro está) pero es no evitó que la situación se diera a mal pensar. El chico retrocedió unos pasos un poco dubitativo, y se marchó sin decir una palabra, dejando el vino en una vasija con hielo habiendo servido sólo dos copas. La de Horo y la de Karen.
-¿Lo bañaste?-Preguntó ella con curiosidad, sus encantadores labios encogidos mientras lo miraban atentamente. Horo se llevó una mano al cabello, y colocó un brazo por detrás del respaldo de la silla sentándose lo más cómodo posible, sin tomar atención del lujoso restaurante donde estaban. Él era él mismo donde quiera que fuera.
-Realmente, prácticamente nos bañamos juntos esta misma mañana. O ayer por la noche, no me fijé bien en la hora.
Karen abrió mucho los ojos. Luego, con una mirada casi gatuna se dedicó a mirar a Ren, quien estaba totalmente rojo, mitad vergüenza, mitad coraje, haciendo un entero rojo del tipo °Voy-a-matar-dolorosamente-lenta-al-estúpido-de-Horo°.
Ainu tragó saliva y se sentó como era debido, más no pudo borrar su cara de disfrute mientras veía como Karen les veía con una ceja levantada, indagando cosas, que, supuso él, debían ser su relación con el Tao. Que dijera que era un homosexual, puto, maricón o lo que quisiera ¡Mientras supiera que Ren era sólo de él!.
Lamentablemente, y para pesar de uno, de otro o de aquella, a Karen no le importaba aquello (Y ciertamente no le importaba siquiera que fueran lo que fueran). Y como ella antes ya había pensado, con la sonrisa más ancha, quiso divertirse más.
Bien, cuando hubieron comenzado a hablar nuevamente de otras cosas, ella procuró acercarse más al chino, puesto que a este le debía primero el favor. Le tomó del brazo y besándole la mejilla, le dijo que iría al baño y que lo extrañaría mientras tanto.
-¿Me extrañaras a mí, Rencito?.
El chico le sonrió y suavemente le dijo un:-Sí, y mucho.
Ella se dio por complacida y se levantó yéndose con un coqueto contoneo de cadera, bajo la atenta mirada de Ren y los iracundos ojos de Horo.
-Así que…- Horo no aguantó en su soledad a lanzar rápidamente -¿Realmente te gusta esa chica?.
Ren le miró con supremacía y sin más nada de tacto para con el chico, le contestó. –Y si me gusta ¿A ti qué?.
No cabe decir siquiera todo lo que Horo se indignó con aquello, pero no dijo mucho, no tenía derecho, ni razón, ni siquiera un por qué de aquellos celos que le estaba profesando. Mas se sintió desorientado otra vez, recordando el masaje, el baño, todo evento de ayer en adelante, incluso sus pensamientos sucios al ver a Hao y a Lizerg comerse a besos en el pasillo, queriendo hacer lo mismo y mucho más. Era cierto, acaba de recordar que estaba enamorado del Chino, por muy engreído que fuera.
-Diablos.- murmuró bajito. Ren le escuchó, e iba a preguntar, cuando el camarero que les llevó el vino llegó y sin decir ni una palabra, colocó frente a Ren una copa con simple y llana agua.
Horo tuvo ganas de reír, y si no fuera por la lastima que le dio el pobre chico de servicio ante la mirada dorada y el aura asesina de su amo, se hubiera largado a reír a pierna suelta.
El chico se retiró con el rostro azul y las rodillas temblando, jurando que jamás volvería a atender esa mesa.
Karen volvió entonces y se enganchó nuevamente al brazo de Ren.
-¿Me extrañaron?-pestañó interesada por saber que habían logrado ellos dos en su ida al baño.
-Claro.-Dijo Ren mostrándole encantadoramente sus blancos dientes, y cuando vio a Horo tratando de proferir un "no", le pisó el pie tan fuerte, que el otro hubiera preferido estar cojo.
-Sí, te extrañé también.
-Sugoi- Sonrió ella y se abrazó a Ren más estrechamente, pegando el brazo del chino un poco a su pecho. -¿y esa agua?.
A Horo le dieron ganas de reír nuevamente, y cuando iba a hacerlo (ya no había camarero por el cual sentir lastima), Ren le pateó la entrepierna por debajo de la mesa. Karen se asustó un poco cuando el Ainu saltó y la mesa se movió derramando un poco de vino de sus copas, y realmente se sintió mal por el chiquillo peliazul que se retorcía en su asiento mientras gruesos lagrimones se esparcían por su rostro adolorido.
-Yo conduciré.
-¿Eh?.-Karen regresó su vista a Ren, quien hábilmente le había alado el brazo que ella sostenía para llamar su atención, mientras daba un sorbo a la copa, cual su bebiera el más exquisito de los vinos.
-Dije que yo conduciré, soy como el conductor designado, y por ello no debo embriagarme.
-Vaya- dijo Karen -. Que responsable.
-¡Ja! Cómo si la porquería fina que tomamos fuera a embriagar a alguien.- Musitó Horo algo enfadado, cerrando las piernas cuando el chino intentó darle otro golpe con el pie.
Lamentablemente (para el chino) Horo pudo atrapar el pie entre estas y no lo dejaba moverse. Ren suspiró pensando como castigaría a su esclavo para cuando llegaran a casa. Y por alguna razón, la idea de velas, esposas y un látigo no parecían malas opciones.
Karen quiso interrumpir el duelo de miradas que ambos chicos tenían, pero se le adelantaron de improviso. La lasaña, la langosta y la ensalada estaban listas. El camarero les sonrió (más que nada a Karen) y les colocó los platos frente a cada quien. Karen sonrió viendo la langosta, y casi se atragantó de la risa al ver a un triste Horo viendo su ensalada.
Los tres comenzaron a comer calmadamente. Platicando amenamente en lo que cabía en esa palabra, pues Horo aún mantenía el pie de Ren atrapado y Karen aún abrazaba por momentos el brazo de Ren, o le acariciaba las manos, o simplemente le pasaba los dedos por el cabello. Horo, ya muy convencido de su masoquismo (puesto que ya había comprendido nuevamente que estaba enamorado el chino mezquino), estaba que se moría de la rabia, y cuando menos se lo hubo esperado, ya se había acabado la ensalada.
…y aún se moría de hambre…
Miró inquisitivamente la lasaña a medio comer de Ren y la Langosta semi completa de Karen.
Lloriqueó despacio esperando no ser observado, más, sin embargo, dejó de hacerlo cuando una pequeña cucharilla se acercó a sus labios. Sus ojos se abrieron de su cómica chilladera y pudo centrarse entonces en unos profundos y calidos verdes que le observaban con algo de compasión y simpatía.
-¿Quieres? –se apiadó de él la chica, ofreciéndole de su banquete. Horo, aún dolido por los tratos de Ren para con ella, pensó en rechazarlo, pero le fue imposible…el hambre era mucha, y el siempre había gozado de muy poca dignidad.
Lentamente abrió la boca cual chiquillo y Karen introdujo la cucharita en la boca del Ainu. Este dio un sonoro "Auuuummmh" cuando comió y sonrió probando al animal.
-¿Rico?-preguntó Karen sonriente.
-Sabe a pollo (1).-Se limitó a decir mientras Karen volvía a alimentarlo después de escarbar en la blanda carne del crustáceo y darle lo obtenido.
-Pues es un pollo muy caro –se rió y Horo también lo hizo. Ella siguió dándole de comer.
Para ese entonces, por ahí de la vigésimo quita cucharada (Y no es que Ren las contase ¡En serio!) había comenzado a molestarse…¡Se supone que quien debía ponerse celoso era Horo, no él!. Carraspeó por lo bajo, con sus lasaña ya terminada y apoyando una palma en su mejilla, con el codo apoyado en la mesa, tamborileó los dedos de su otra mano sobre la misma.
-¿Les falta mucho? –preguntó con fastidio, intentando no sonar enojado, tratando también de no contar las cucharadas que el remedo de Koorime llevaba. Sí, no iba a contar que esa era la trigésima novena cucharada, ni esa otra la cúa trigésima, ni la siguiente la cúa trigésima primera…
-"Aaargh, estúpida Karen"- pensó enojado, pero se arrepintió de inmediato cuando recordó que él mismo había hecho propició eso. Aún así, estaba claro que no iba a culparse a sí mismo. Pues bien, la culpa la tenía Horo, todo era culpa de Horo, sí. Era su culpa el que él pensara en darle celos, era su culpa el que él fingiera estar enamorado de la chica, era su culpa el que él mismo se quedara con hambre, era su culpa el que ella le estuviera dando de comer tan sonrientemente, era su culpa el que las cosas hubieran dado un giro inverso poniéndolo en desventaja, y era su culpa el que tuviera su pie casi acalambrado entre sus piernas.
Sus lindos ojos ambarinos se abrieron sobremanera cuando recordó aquello y la sonrisa más perversa jamás esbozada apareció en su tez, como demonio salido del infierno.
Y aún cuando Horo seguía placidamente comiendo a manos de Karen, dando un "Aaaaah" grade de °Ahí viene el avioncito°, pudo articular en la cúa trigésima octava cucharada (¡Y en serio, Ren no estaba contando nada!), un llamo "Aaaaah..ahh" que vino a parecer totalmente un gemido.
Luego de eso, las mejillas rojas como sangre y el viento comenzaron a congelarse nuevamente. Sus ojos se entrecerraron y ya no recibió más cucharadas de parte de la chica, puesto que sus labios estaban tan apretados y sostenidos por los dientes, que era imposible abrirlos siquiera unas pinzas entre estos.
-¿Ya no quieres? –habló la chica, y Horo, lejos de abrir la boca para contestarle, la apretó más, negando con la cabeza como toda respuesta. Por alguna razón, sus ojos se estaban entrecerrando mucho más.
-Déjalo, Karen ¿Qué tal si pedimos un postre? –Ren le sonrió a la chica disfrazando su perversidad, y, con un movimiento imperceptible por debajo de la mesa, continuó masajeando la entrepierna de Horo con el pie que este tenía atrapado.
Horo dirigió su vista entrecerrada a la sonrisa transparente de Ren y lo maldijo interiormente ante todos los dioses que se sabía, ante todas las poderosas almas que conocía, y hasta también en el nombre de Hao, quien en ese momento estornudaba en la boca de un asqueado Lizerg que se alejaba del Asakura en ese momento. Y si no fuera por que Hao estaba atarantado por el beso de su ahora novio y el golpe dado por este cuando intentó aferrarlo; hubiera podido saber que su estornudo había sido a causa de la tan grande evocación a su suprema persona para que tomara venganza de alguna forma.
Pero ¡ah, el destino nunca había sido generoso con Horo, y no tenía por que serlo ahora mismo con él, mientras Ren le acariciaba más lentamente para darle un suplicio aún mayor. Y cuando al fin se vio envuelto en una pavorosa pasión comiéndole el cuerpo con su adrenalina. Soltó un gemido taaaaaaaaaaaaan fuerte, que el restauran entero volteó a verlo.
Su cara se pintó de los colores de la vergüenza, y por vigésima vez en ese día, quiso que se lo tragara la tierra y lo vomitara al otro lado del mundo.
-¿Estás bien? –le preguntó preocupada Karen, quien miraba la carta de los postres –Pareces acalorado.
Y eso resultaba totalmente extraño, viniendo de un invocador del frío como él. Y es que ciertamente, el restaurante entero estaba semi congelado ya con esas ráfagas invisibles de viento que soltó en su excitación.
-No…no me siento bien.-Le tembló la voz aún recuperándose. Y Ren, poniéndose de pie con su extremidad ya libre, se encargó de pedir la cuenta.
Karen supo que ahí se acababa el juego…una verdadera lastima, por que el siguiente en celar, dentro de sus planes, era Horo…
Y realmente se preguntó ingenua cuando vio al chico levantarse y ver en sus pantalones, mas concretamente sobre la parte central de sus caderas, manchas de polvo con la forma de la suela de los zapatos de Ren…
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-Fue muy divertido.-Les sonrió Karen desde la puerta del restaurante, apunto de entrar en el taxi.
-¿Segura que no quieres que te lleve? Por mí no hay ningún problema.-ofreció nuevamente Ren. Desde que ella hubo parado el taxi que le insistía con eso.
-No, no hay problema. –Cerró los ojos tratando de ser cándida. –Además, sé que ustedes tiene asuntos pendientes. Y la mejor forma de resolverlos es en un auto. Con la vista atenta en el camino y sin oportunidad de soltar el volante para estrangularse el uno al otro.
Ren ser rascó la mejilla ante ese comentario, y antes de que pudiera saber algo más, Karen se había inclinado sobre sus puntas para poder darle un beso en la mejilla.-Salúdame a tu hermana y dile que pronto le robaré al muerto de su novio.
El Tao parpadeó un instante, dudando en si ella había descubierto o no la identidad del zombie. Más no pudo preguntar, por que ella ya se encontraba despidiéndose de Horo casi igual de cómo lo hizo con él, salvo por la pequeña diferencia de que al peliazul le había regalado un beso en los labios que Horo no había tratado siquiera de rechazar. Eso le dio coraje al Chino, quien ya no estaba muy contento con la despedida.
-¡Ja Ne!-Levantó la mano Karen mientras cerraba un ojo y se metía al taxi, quien ya llevaba media hora con el taxímetro contando.
Horo se quedó viendo el auto partir hasta que desapareció dando vuelta en una esquina, y no pudo quitar su sonrisa boba hasta que no vio más el taxi. Ren le clavó la mirada con odio hasta que le Ballet Parking les hubo llevado su auto.
Ya dentro de este, Ren permaneció callado hasta el grado de congelar el ambiente, y miren que él no tenía ese poder.
-¿Por qué hiciste eso en el restaurante? –preguntó Horo sin mirarlo.
-¿Hacer qué?
-Lo del pie.
Ren sonrió un minúsculo segundo y contestó sin voltear la vista del frente –Por que soy tu amo, y tú debes saber cual es tu lugar.
Horo tuvo el repentino impulso de lanzársele directo al cuello y estrangularlo hasta lograr rompérselo, pero se contuvo. Eso también significaría su muerte, y en caso de ser salvo, sería acusado de "Chinosidio".
Por eso mismo, recurrió a la mordacidad. –Así que estabas celoso.
El chino le miró por el rabillo del ojo apenas con la ceja levantada. –Nadie podría estar celoso de ti.-le aseguró, mientras movía la palanca. Por alguna razón, a él mismo no le sonaba eso convincente.
-¿Entonces por que todo eso?¿Qué ganabas con torturarme?.
Tao se encogió de hombros –Estaba aburrido.-dijo con simpleza –Aún eres mi esclavo, y tu libertad pende de un hilo amarrado a mis manos.
Horo bajó la cabeza, era verdad, si no lo complacía, permanecería eternamente atado a Hao. Y sinceramente, prefería la eternidad a lado de cierto chico de cabello puntiagudo.
-¿Sabes algo?-Ren apenas movió la mirada para hacerle saber que lo escuchaba.-Me…me gustas mucho…
Los ojos del mandarín se abrieron sobremanera, y el auto zigzagueo levemente en la calle, sus pupilas bien dilatadas mientras miraba al frente, con el volante retorciéndose en sus manos mientras seguía escuchando al peliazul.
-Me gustas tanto…y apenas me di cuenta anoche. Pero sé que ya me atraías algo. La verdad…es que…realmente temo amarte.
Horo continuó con la cabeza mirando al piso, sus manos jugueteando apenas con sus propias uñas. Por alguna razón sintió que se estaba rebajando. Y, mientras trataba de recordar el respirar correctamente, el auto se detuvo de improviso. Miró arriba apenas alcanzando a ver la luz roja de un semáforo, cuando los labios de Ren ya se posaron sobre los suyos en un beso incómodamente refrescante. Por que si apenar de que el chino tuviera el cuerpo ladeado en una imposible posición, y su propio cuerpo no podía siquiera moverse por el asombro, Ren le besaba de la forma que él tanto necesitaba.
El semáforo les dio luz verde, pero no avanzaron, los autos les pitaban y comenzaban a pasar por su lado gritando groserías, pero ellos no hicieron más nada…excepto besarse.
Y, cuando por fin hubieron recuperado su movilidad, Ren echó otra vez el auto a andar.
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Aparcaron en la cochera y entraron a la casa en silencio. Nadie dijo nada con su llegada. Hao simplemente miró el reloj. Faltaban pocas horas para las diez, después de eso, estaba seguro de poder regalarle un lindo esclavo a su koibito Lizerg.
Subieron las escalaras hacia las habitaciones con una total parsimonia y ya en ella, Horo se dispuso hablar con Ren sobre su asunto entre manos.
Él ya le había dicho que lo quería, pero Ren no le había contestado. Sólo le había besado, pero eso no significaba nada. No mientras no le afirmaba que era un juego aquello, con el que buscaba mortificarlo más, o si sí era correspondido en sus sentimientos.
-Amo Ren.-Comenzó. Realmente se sentía extraño, él nunca estaba serio como en aquel momento.
Ren le miró entonces y antes de que pudiera continuar el peliazul, Tao observó su reloj. Horo lo miró extrañado.
-Aún falta un poco para que sean las diez.-Dijo como si nada, estático y estoico.
-¿Y eso qué? –Horo se mostró confundido.
-Pues que aún no has hecho un buen trabajo de esclavo. No has logrado complacerme en nada.
Ainu le miró un momento y luego desvió la mirada, al parecer, para Ren todo eso era un juego.
-¿Y qué quiere el Amo que haga ahora? –preguntó.
Ren sonrió sin expresión alguna, más la calidez llegó a su rostro mientras, sin esperárselo Horo, le abrazaba por la espalda.
-El amor…-murmuró pegado a su oído, eran palabras que sólo Horo podía oír…
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Ok, hasta aquí lo dejo. Soy mala, lo sé…Muawahahahaha…er y todo eso.
Pido disculpas a las que esperaron mucho por este capitulo. Esta vez me ha tocado a mí hacerlo, y he estado muuuuuy ocupada, Salí de viaje un mes entero, y aparte hay cosas que hacer en la escuela antes de graduarme e ir a la universidad. Todo eso me ha restado tiempo, y a causa de eso, tampoco he podido ver mucho a Imouto-Chan (Ósea Ran, mi hermanita XD) por eso quiero agradecerles infinitamente su paciencia (Misao se inclina dando las gracias y pidiendo disculpas).
Tampoco ha de haber quedado muy divertido que digamos el capitulo, no soy buena para la comedia escrita. Soy una chica realmente graciosa en vivo, pero cuando escribo se me sale lo dramático. Ran sirve más para la comedia que yo n.ñU…
En fin, muchas gracias por esperar, también muchas gracias por los reviews y espero nos sigan leyendo n.n
Nunca en mi vida he comido langosta, pero mi hermana mayor (la biológica) si lo ha hecho, me dijo que sabe como a pollo. Realmente le creo por que no me gustan ni los mariscos/crustáceos, ni el pollo. A lo mejor me equivoco y alguna de ustedes ya la ha probado y el sabor no tiene nada que ver con el pollo.
Ya saben, dejen reviews y un saludo a mi hermana por su quince primaveras mal cumplidas pero bien vividas nn
Atte:
Ran & Misao.
