Escalera hacia la muerte

Capítulo 6: En las mazmorras.

Se sentía derrumbada, cansada, sola y aprisionada por una maldición que hacía escasas dos semas no conocía, pero que en poco tiempo pasó a ser parte fundamental de su vida. De hecho, ahora que lo sabía, algunos de los sucesos que le habían ocurrido empezaban a tomar sentido.

Cada vez que intentaba acercarse a Julia con la intención de disculparse, ésta se escabullía inmediatamente y simulaba no verla, aunque Eva sabía perfectamente que no era así. Todavía recordaba cuando, en clase de Herbología, la había ayudado a recoger las semillas que se le habían caído, y ella se levantó y se fue habiendo recogido la mitad sólo para no intercambiar palabras con ella. En el caso de Shawn sucedía lo contrario, era Eva quien lo evadía por haberle gritado sin ningún sentido. Aunque las circunstancias lo impulsaran a hacerlo, esa no era excusa. Pasados unos días de su discusión, el chico trató de abordarla con el fin de arreglar las cosas, pero Eva no creía estar preparada para perdonarlo, así que al darse cuenta de que no iba a conseguirlo, el Ravenclaw decidió centrar la mayor parte de su tiempo en el quidditch, y si alguien le preguntaba por el tema, simplemente ignoraba la respuesta. Otra razón para estar enfadada con el mundo y organizar su próxima mudanza a Marte era el sinfín de rumores que se habían extendido por el colegio, la mayoría sin pies ni cabeza, empezando por la ruptura de Shawn y Eva y terminando por el supuesto romance veraniego en Hawai de esta última y Tom Riddle. Eva optó por hacer oídos sordos a cualquier tipo de comentario que no tuviera que ver con notas, deberes o TIMOS y pasaba las tardes encerrada en la biblioteca. Puesto que estaba enfadada con su mejor amiga y su novio, prefería no frecuentar la sala común, dónde probablemente los encontraría. A demás había ideado algo provechoso en lo que invertir su tiempo.

Se le ocurrió durante una clase de Historia de la Magia, mientras trataba de escuchar una de esas extensas y aburridas charlas sobre las rebeliones de los elfos. Pensó que iba contra la naturaleza de esos animalitos oponerse a lo que había sido hasta entonces una tarea asignada desde su nacimiento; sin embargo, algunas organizaciones estaban trabajando para conseguir su libertad, y tal vez, pensó, en unos años lograran algún avance ¿Quería eso decir que era posible deshacerse de las condiciones impuestas para toda la vida? de ser así, eso sólo significaba una cosa para ella: la Maldición de las Ravenclaw podía romperse.

A partir de ese momento, comenzó a buscar, incansable, un libro que pudiera ayudarla a conseguirlo. Empezó leyendo Historia de Hogwarts, pero no se mencionaba ni una sola palabra sobre la maldición, y continuó ojeando una serie de manuscritos y ensayos que no la llevaron a ninguna conclusión. Destinaba también buena parte del día al estudio para los examenes, que estaban a la vuelta de la esquina, así que en general no se relacionaba demasiado con nadie, y esa era exactamente su intención. Pero había un fallo en ese plan, un pequeño pero indiscutible error con nombre incluído, y ese nombre era Tom Riddle.

Eva se sentía observada cada vez que coincidían en los pasillos, y al girarse no le sorprendía encontrarse con dos ojos oscuros clavados en ella sin ninguna discreción. Y no eran pocas las veces que, casualmente, el chico se sentaba en una mesa de la biblioteca cercana a la suya, y ya de por sí era extraño que frecuentara tanto el lugar, ahora que ella pasabaallí tanto tiempo. La seguía, la vigilaba, la observaba en silencio cada vez que le era posible, y ella lo sabía, y él sabía que lo sabía, pues era parte de su plan. Ese plan consistía en fingir un repentino interés por la chica, sin ser desagradable y mostrándose tímido, como si en realidad temiera hablar con ella y fuera ese el motivo real de su extraño comportamiento. Hubiera surgido efecto, tal vez, si Eva no poseyera tanta información sobre él y sus actos e intentara por cualquier medio no quedarse con él a solas.

Tras inspeccionar una larga lista de libros que podrían contener la información que necesitaba, sin éxito, Eva decidió que era el momento de buscar en la Sección Prohibida. Sólo necesitaba la autorización de un profesor, pero... ¿a quién podía pedírselo? La profesora Merrythought, jefa de su casa, era demasiado estricta como para hacerlo, y Slughorn, quien sabía que le tenía aprecio, le haría demasiadas preguntas cuya respuesta podía ser transmitida directamente a Riddle. Conocía a un único hombre que, tal vez, se ofreciera a ayudarla.

-Profesor Dumbledore- pronunció Eva una vez sus compañeros hubieron abandonado la clase de Transformaciones. Dumbledore era un hombre de melena pelirroja y canosa, y una espesa barbadel mismo color por poco le llegaba al suelo; uno de sus maestros favoritos, que realmente parecía disfrutar enseñando y por lo general se mostraba feliz.

-¿Puedo ayudarla en algo, señorita Laurens?- inquirió con su mirada azul océano fija en ella.

-Creo que sí.- afirmó algo nerviosa- Desearía consultar la Sección Prohibida de la biblioteca.

Hubo un silencio momentáneo en el que Dumbledore reflexionó su respuesta.

-¿Y puedo saber a qué se debe esta petición?

Eva intentó inventar alguna excusa, pero no se le ocurrió nada lo suficientemente creíble, así que no le quedaba más remedio, debía confesar la verdad. Aún así, trato de decir lo justo.

-Quisiera saber si es posible romper una maldición hereditaria, y de ser así, cuál es el procedimiento.- el profesor no contestó de inmediato, sino que le dirigió una sonrisa jovial, tal vez para romper tensiones.

-Una maldición de la que no tenemos conocimiento empieza a ser real tan pronto como somos conscientes de ella.

Esas palabras tenían sentido, pero definitivamente no. Helena no creía en la Maldición de las Ravenclaw, y aún así fue asesinada.

-Entonces, según usted¿basta con ignorarla?

-Y suena muy fácil dicho así, pero déjame decirte que no lo es tanto. Una vez aparecen, son difíciles de evitar.

Ahora se sentía confusa. Había descubierto la maldición, había creído en ella, y no había pensado en ignorarla por nada del mundo.

-Sin embargo- continuó el profesor- eso no quiere decir que sea imposible, siempre que se posea el valor necesario.

Eva quedó perpleja, y entonces Dumbledore asió la pluma con la que escribió una nota en un trozo de pergamino y se la entregó.

-Aquí tienes. Y disculpa la tardanza.

El profesor continuó ordenando el cajón que había dejado a medias con toda la normalidad del mundo, mientras Eva trataba de asimilar la información recién adquirida. Salió del aula con expresión desconcertada y decidió no ir a la biblioteca esa tarde, a pesar de haber conseguido su tan anhelada autorización. Tenía mucho sobre lo que pensar.

En un lugar alejado de allí, bajando por el pasillo oscuro que atravesaba las mazmorras y traspasando una pared de piedra lisa al final de un angosto pasillo, varios estudiantes de la casa Slytherin se encontraban reunidos en su sala común. Algunos haciendo deberes, con los libros apoyados sobre las mesas cubiertas de terciopelo verde; otros simplemente descansando en los sillones que formaban un círculos alrededor de la estancia y contorneaban el símbolo de Slytherin dibujado en el suelo, una enorme serpiente enroscada en un bastón de plata. Un conjunto de chicos de sexto y séptimo arremolinados en un rincón estaban haciendo más ruído del que deberían, vista la expresión de algunos de sus compañeros que no dudaban en dirigirles miradas fulminantes.

-¡¡Ha sido demasiado bueno!! Nunca olvidaré la cara del pobre Hopkins suplicándome que no le espachurrara la cara... ni que lo suyo tuviera arreglo.

Blechley agitaba los brazos enérgicamente, dejando escapar una sonora carcajada que se proyectó en cada rincón. Quienes lo rodeaban lo imitaron, acentuando así el estruendo que se había apoderado del lugar. Se oyeron algunas quejas, pero demasiado débiles en comparación a la voz prominente de Blechley y sus acompañantes, que a demás imponían bastante y pocos se atrevían a llevarles la contraria. Sin embargo, aún quedaba una persona capaz de hacerlos callar.

-Blechley.

Y su voz, aunque no demasiado alta, llegó a los oídos del nombrado e hizo que se diera la vuelta.

-Si me terminas la redacción de Astronomía te dejo que sigas con tu fiesta- prosiguió Tom Riddle, con expresión severa.

-Venga ya, Tom.- empezo el capitán de Slytherin, con un intento de sonrisa en su rostro anguloso- Sólo nos estamos divirtiendo.

Un indicio de miedo comenzó a extenderse en su cara. No quería acobardarse delante de sus amigos, aunque en verdad temía llevarle la contraria a Tom. Todos le temían, en realidad; no sabían cómo, pero siempre acababa consiguiendo lo que quería, y aquel que se oponía lo pagaba caro. Ningún rumor hasta aquel entonces había logrado dar una respuesta convincente al enigma que envolvía su figura, como si de un misterio sin respuesta se tratara. Tom Riddle era misterioso y extraño, aún para los que tenían el valor de considerarse sus amigos, pues cualquiera que quisiera acercarse a él de esa forma debía ser valiente, o quizás todo lo contrario. Blechley no lo era, y en aquel momento su mente se debatía entre dos opciones: salir corriendo y esconderse en un rincón solitario o mantenerse impasible y así demostrar que sus casi dos metros de altura se correspondían con su hombría. La segunda lo tentaba bastante, pero sus piernas temblorosas como la gelatina lo incitaban a la primera. Interrumpiendo sus pensamientos, Blechley observó, aliviado, cómo Radamantus Lestange posaba una mano en el hombro de Tom, y este le prestaba atención. La tensión se rompió al instante.

-Me parece que Blechley y compañía han entendido lo que querías decirles, y estoy seguro de que no volverán a molestarte- intervino Lestrange, a lo que Blechley no respondió, pero con su silencio dio por supuesto que así sería.

-Eso espero.

Tom no añadió nada más, sólo siguió a Lestrange entre la multitud de cabezas volteadas hacia él, que fingieron centrar su atención en otra cosa a su paso, hacia las escaleras que llevaban a las habitaciones; pero no subieron. Se escondieron en el hueco de la escalera sin ser vistos. Lestrange palpó la pared hasta encontrar lo que estaba buscando, una baldosa que sobresalía y no era visible a simple vista debido a la oscuridad. La golpeó dos veces y la baldosa se desplazó a un lado. Seguidamente, las otras baldosas se apartaron creando un agujero lo suficientemente grande como para que pudieran pasar por él, y así lo hicieron. Los dos Slytherin entraron en una sala no demasiado grande, con una chimenea al fondo, dos butacas grandes y varias gárgolas que sobresalían de los gruesos muros de piedra. Riddle encendió una hoguera mediante magia, y ambos estudiantes tomaron asiento.

-¿Has hecho lo que te dije?- preguntó Tom, y sus manos se entrelazaron a la espera de una respuesta afirmativa.

Lestrange no respondió enseguida. Dos veces estuvo a punto de hacerlo, pero no creía haber encontrado las palabras oportunas. Lo intentó la tercera vez, aún sin estar seguro de cuán desfavorables iban a ser las consecuencias.

-No he tenido la oportunidad de hacerlo. Estuve a punto esta mañana, pero ella se largó con ese Gryffindor con el que pasa tanto tiempo...

El semblante de Tom se torció en señal de decepción. Permanecía sentado con la mirada fija en las llamas, como si allí pudiera encontrar la forma de resolver sus inquietudes.

-No importa. Confío en que la próxima vez serás más eficaz.

Sus palabras sonaron vacías, pero Lestrange, al contrario que otros hubieran hecho, no se estremeció. Él era su seguidor y aprendiz, su súbdito. Su naturaleza lo guiaba a unirse a quienes demostraban frivolidad y falta de escrúpulos, aquellos capaces de dar a conocer una imagen de sí mismos distinta a la real y sacar provecho de ello, los crueles de espíritu, carentes de sentimientos, destinados a ser dueños del más inalcanzable poder. No había dejado de admirarlo desde que descubrió su faceta escondida a base de observarlo, pues le era extraño que un verdadero Slytherin fuera tan correcto, y lo que hayó lo dejó más que sorprendido. Un genio, eso era para él. Había aprendido a no alterarse cuando le dirigía una de esas frases reprobatorias seguidas de una mirada glacial; es más, Radamantus podía presumir de ser el único estudiante al que confiaba algunos de sus secretos. No era amistad, pero se le parecía.

-Deberías tranquilizarte un poco. Últimamente estás más tenso de lo normal, los demás se darán cuenta.

Riddle aferró con fuerza las dos manos de modo que le tembló el pulso. Entre ellas, un resplandor negro centelleaba, iluminado por las llamas. Lestrange, que lo había visto brillar, observó con detenimiento el anillo expuesto en el dedo corazón de su propietario. Éste, habiéndose dado cuenta de lo que su compañero miraba, lo tapó con la otra mano y Lestrange supo que debía dirigir la vista hacia otro lugar.

-Si estoy inquieto, es por alguna razón.- su voz adquirió un tono de reproche, aunque pronto se calmó- Pero sí, no debo perder los estribos a estas alturas, no sería prudente.

Esta vez se miraron a los ojos, y Lestrange pudo notar en los de Riddle que estaba orgulloso de su observación. Como un niño pequeño al que un profesor acaba de halagar por su buen trabajo, Lestrange se sintió satisfecho. La conexión se perdió cuando Tom bajó la mirada para abrir su mochila, de la que sacó un grueso libro cuyo título rezaba "La Magia de Nuestros Ancestros" y lo dejó sobre su túnica.

-Laurens ya no se relaciona con Smith.-afirmó Lestrange, y Tom se sintió incómodo.

-Lo sé, Blechley y compañía se ocuparon de ello. Sin proponérselo, me fueron de gran ayuda.- Lestrange calló, a pesar de tener varias preguntas en mente.

-Acerca de eso, corren muchos rumores por todo Hogwarts, como sabrás. Si quieres que me encargue de ello...

-No- zanjó Riddle- no importa.- y sin nada más que decir, empezó a ojear el libro que segundos antes había cogido.

Lestrange no podía aguantar mucho más. Le había sido asignado un trabajo concreto, pero no conocía el por qué, sólo que era de vital importancia y que no podía fallar. Ni una sola palabra se había escapado de la boca de Riddle, a pesar de que había estado atento por si eso pasaba. Sin poder evitarlo, después de haberse callado sus dudas por tanto tiempo, estalló:

-Esa Laurens te tiene absorto del todo¿qué pasa con ella¿a qué viene ese interés repentino?

Riddle bajó el libro que sostenía y lo posó en sus muslos con violencia, provocando un golpe seco. Con determinación en el rostro, habló a su compañero de casa con una voz que, de tenerlo, le hubiera helado el corazón.

-Fui bastante preciso al sellar nuestro trato.- Lestrange tragó saliva, debía haberse imaginado esa reacción- yo te encargo mis servicios y tú no haces preguntas.

-Y así ha sido hasta ahora- contestó con toda la serenidad que le fue posible- Lord Voldemort.

El rostro de Tom se contrajo en una mueca bastante desagradable que poco favorecía a sus facciones al oír ese nombre. Su nombre, y no el de su padre. Su futuro, y no el de un mago cualquiera. Su esencia. Porque la existencia de un ser en sí mismo distinto a Tom Riddle le aseguraba una vida diferente a la que estaba acostumbrado, aunque de vida, realmente, tendría poco.


Esta vez he tardado muy poco en actualizar. Es que estaba tan aburrida que me he dicho.. ¿Por qué no?

Antes que nada, quiero aclarar una serie de puntos sobre el personaje de Lestrange:

El nombre de "Radamantus" es invención mía. Elegí el apellido Lestrange porque en el recuerdo de Slughorn del sexto libro, éste nombra a un alumno de esta forma. El nombre lo he sacado de la mitología griega: Radamanto (o Radamantus) es uno de los tres jueces de los muertos en el Inframundo, junto a Éaco y Minos. Me decanté por Radamantus, más que nada, porque buscaba un nombre que empezase por "R", ya que voy a considerar que este personaje es el padre de Rodolphus y Rabastan Lestrange, ambos con esa inicial.

Eso es todo. En fin... Gracias por haber llegado hasta aquí (me repito mucho, lo sé, pero es la verdad) y, si no es mucha molestia, perded dos minutos mandándome un review. ¡Hasta pronto!