Escalera hacia la muerte

Capítulo 7: La petición de Lord Voldemort.

La lluvia caía a raudales sobre las cabezas de los jugadores de quidditch, alzados sobre el inmenso campo de hierba varios metros bajo sus escobas; incómodos, completamente mojados, tal vez a punto de coger una pulmonía pero fieramente concentrados. Como si les fuera la vida en ello. El honor de su casa estaba en juego.

Un bramido incomprensible se esparcía de un lado a otro de las gradas, pintadas de azul y verde; pero no eran capaces de apreciarlo. En ese momento no oían nada, no veían nada, no percibían más que el sonido de una Bludger pasando fugazmente a su lado, el golpeteo de los bates lanzando las Quaffles lejos, el murmullo casi inaudible de la pequeña y dorada Snitch. Corrían los minutos en el estadio pero no en sus cabezas, alerta a cualquier movimiento a su alrededor, como desde el primer segundo; y aún así, no era suficiente.

El equipo de Slytherin se imponía en el marcador por 150 a 115. No era una gran diferencia, pero lo bastante como para que el resultado total de puntos entre los dos equipos se distanciara más de la cuenta, de modo que sería casi imposible que Ravenclaw, sus adversarios aquella mañana, lograran hacerse con el título de campeones de casa.

Un leve tintineo, tan inapreciable como un soplo de viento, rozó la oreja izquierda del buscador de Ravenclaw. De un salto, el ágil y atento chico se incorporó y viró en esa dirección, su pecho contra la parte delantera de la escoba, sus dos ojos escudriñando entre la lluvia un mínimo atisbo de luz dorada, los nervios a flor de piel. La victoria de su equipo estaba en sus manos.

Pronto escuchó a escasos metros de sí mismo la respiración desacompasada de otro jugador que se acercaba progresivamente. Notaba, por el rumor de su escoba, que ésta era de mejor calidad que la suya y que no tardaría en alcanzarlo, pero aún así no desistió en su empeño. De pronto vislumbró a su espalda, casi chocando contra él, lo que no parecía más que un bulto envuelto en una capa esmeralda debido a la poca visibilidad del ambiente. Volvió la cabeza hacia delante y, de golpe, la vio: a escasos centímetros de su nariz, su ansiada pelota aleteaba velozmente. No lo pensó y se lanzó en picado, dispuesto a alcanzarla a cualquier precio. Su rival, por su parte, pensó lo mismo; pero al hayarse más lejos que él de su destino tan sólo consiguió abalanzarse sobre su adversario, quien cayó accidentalmente de la escoba. Aún así, no perdió la concentración. El árbitro estaba a punto de amonestar al jugador de Slytherin cuando se dio cuenta de que algo había pasado. El chico de azul consiguió agarrarse al mástil de su escoba milagrosamente, y mientras que una de sus manos se ocupaba de que no se desprendiera de ella, la otra sujetaba con fuerza la pequeña bola que con tanto esmero había tratado de cazar durante todo el encuentro. Tenía la Snitch. Habían ganado.

Acto seguido, las gradas estallaron en vítores y aplausos. El capitán del equipo vencedor, cazador, se adelantó al resto y saludó al público con la mano, seguido del los demás jugadores, cuyas caras no expresaban más que la felicidad de aquellos que han conseguido su objetivo a base de perseverancia. Llovía aún, sin embargo.

Media hora más tarde salieron del vestuario, recién duchados pero sin poder evitar ensuciarse de barro al andar. Shawn, capitán de Ravenclaw, torció hacia un lado de los terrenos especialmente encharcado y continuó caminando solo. Deseó muchas veces esa victoria, desde hacía dos semanas su cabeza sólo giraba en torno a ese partido y por fin su sueño se hacía realidad. Sonaba increíblemente bien, de no ser por el vacío que se había adueñado de él desde que ella dejó de hablarle, y trató de llenarlo con quidditch y más quidditch; y ahora que el quidditch se le había acabado no podía dejar de pensar en lo solo que se sentía y en lo inútil que era. Absorto en esos pensamientos no analizó la figura envuelta en una túnica gris que se acercaba a él en la distancia, hasta que ésta fue demasiado corta para reaccionar de la forma que le hubiera gustado y se encontró con su cara en frente de la suya, para su sorpresa, sonriendo.

-Eres un idiota¿lo sabías?

No eran palabras recriminatorias, como pudo deducir por su tono de voz. La admiró con asombro por un momento, y presa de un impulso repentino, la abrazó. Porque el mundo por fin le mostraba una sonrisa; porque habían ganado, y eso era, sin duda, un hecho digno de celebrar; porque aquella fría mañana de noviembre, con los pies hundidos en un charco de los terrenos de Hogwarts y la lluvia torrencial calándolo hasta las entrañas, recuperó un tesoro que creía perdido. Y entonces fue feliz.

A partir de ese momento, las nubes negras que habían oprimido la vida de Eva Laurens empezaron a disiparse. Después de esa esperada reconciliación sintió que cualquier cosa sería posible, pero no previó que a la mañana siguiente ocurriría otro hecho que la colmaría aún más de felicidad. Julia le volvió a hablar sin más, y Eva atribuyó ese repentino cambio a que para ambas era del todo antinatural no intercambiar palabra durante tanto tiempo, y que seguramente su amiga habría recapacitado (aunque ella tuviera parte de la culpa). Esa acumulación de buenas noticias, por otra parte no contribuyó al rendimiento escolar de la chica, que dejó de asistir a la biblioteca con tanta frecuencia para pasar más tiempo con sus amigos. Sin duda las últimas semanas de noviembre fueron de las mejores que la Ravenclaw pudo recordar en años, en las que aprendió a valorar a aquellos que siempre habían estado a su lado y sin los cuales se sentía insustancial.

El comienzo del mes de diciembre no derrumbó por completo la alegría latente en el día a día de Eva, pese a la cercanía de los exámenes, en parte por la inminente visita a Hogsmeade en tan sólo una semana. Una espesa capa de nieve cubría cada rincón del colegio; los más pequeños (o no tanto) aprovecharon la oportunidad para jugar con ella en los terrenos, mientras que algunos optaron por tomar fotografías del castillo, que bien podían confundirse con las típicas postales navideñas. Aunque el frío era insoportable, los alumnos lo toleraban por el simple hecho de disfrutar de una tarde al aire libre bordeando el río helado o haciendo muñecos de nieve.

El primer sábado del mes amaneció especialmete frío. Tras los grandes ventanales de su habitación, Eva no advirtió un sólo estudiante sobre el manto de gélida nieve, lanzándose bolas a la cara o riendo al compás de un viento feroz, por lo cuál dedujo que el clima debía ser devastador. Se recostó en la cama por unos minutos para decidir a qué dedicarse. Shawn se había reunido con su equipo en los vestuarios para mantener una charla sobre la estrategia a seguir, y si el tiempo les dejaba, tal vez acabasen entrenando un poco. No había rastro de Julia por ninguna parte, cosa que extrañó muchísimo a Eva, pero supuso que si se había marchado sin ella sería porque tenía que hacer algo importante o bien prefería pasar tiempo sola. Después de meditarlo, concluyó que lo mejor que podía hacer era ir a la biblioteca, y de pronto recordó el asunto que había dejado pendiente tiempo atrás.

Sosteniendo la autorización de Dumbledore con una mano, bajó al piso siguiente y continuó andando hasta la biblioteca. Lo que observó al entrar no debió haberla sorprendido: la sala estaba mucho más llena de lo que la había visto en días anteriores, probablemente a causa de los exámenes semestrales. Estudiantes de todas las casas, reunidos en grupos de tres o cuatro, abarrotaban las mesas de estudio e intercambiaban apuntes en el más completo silencio, quebrado sólamente por el ruido de sillas arrastrándose y el contacto de la pluma sobre el pergamino. Se acercó a la mesa de la bibliotecaria con sigilo, quien apartó la vista de su ejemplar de "Magia Casera" una vez hubo reparado en ella y la miró con expresión molesta debido a la interrupción. Eva extendió la nota que sostenía sobre la mesa. La bibliotecaria frunció el ceño.

-Está firmado por Dumbledor- aclaró en voz baja. Finalmente, la mujer le devolvió el papel y le indicó el pasillo que debía tomar, por cortesía nada más, pues todo el mundo sabía localizar la Sección Prohibida.

La lobreguez del lugar se correspondía con su nombre. Gruesos tomos de colores opacos enmarcaban el pasillo por el que Eva se movía con cautela, buscando con la mirada un título relacionado con el tema que la ocupaba. Tanteó uno de los volúmenes cubierto de polvo, de aspecto tentador, y por un monentó dudó en tomarlo, pero la al analizar la portada entendió que no era lo que buscaba. Continuó con una mano deslizándose sobre la hilera de libros, dispuesta a agarrar el primero que considerara de su interés, concentrada en leer las letras sobre los lomos de piel oscura.

Tras unos minutos de observación, paró en seco. Los carácteres rúnicos de un libro viejo le llamaron la atención, y haciendo un esfuerzo considerable, logró traducir dos palabras del título; "sangre" y "maldición". Alcanzó el volumen y se dispuso a bajarlo del estante, pero antes de hacerlo del todo atisbó una pupila observándola desde el otro lado. Impulsivamente dio un respingo y casi cayó de espaldas con el pesado libro sobre su regazo, pero cuando se hubo recuperado de la impresión, el ojo ya no estaba. Presa de una sensación entre la curiosidad y el miedo, empezó a amontonar los libros cercanos al que acababa de coger, de modo que en poco tiempo se formó una pila en el suelo. Escudriñaba cada pequeño rincón divisable tras la estantería mientras sus ojos se movían al ritmo de su palpitar; inquietos por la presencia de un extraño que, cabía la posibilidad, no, más bien la probabilidad, de que se tratara de Riddle. Asió un manual de brujería oscura con el pulso tembloroso, tanto que ni siquiera era capaz de desplazarlo; pero pronto se dio cuenta de que no era sólo su pulso lo que le impedía moverlo. Unos dedos cortos y delgados acariciaron la portada de terciopelo, y en seguida dejaron paso a un rostro ovalado de mirada aviesa y nariz torcida. Eva se recuperó del sobresalto.

-¡Por Dios, Lestrange! Casi me matas del susto.

El aludido despegó los labios a punto de pronunciar algo, pero cambió de opinión y esbozó una media sonrisa. A Eva ese gesto le resultó poco apropiado para el momento, cosa que contribuyó a que su respuesta fuera aún más irritante.

-A propósito ¿Qué se supone que haces ahí detrás?-le espetó con ironía- No sé, tal vez en tu familia es algo normal ir por ahí espiando a los demás, pero en la mía...

-Cierra el pico, Laurens- sentenció el chico alzando la voz.- No he venido a que me montes numeritos.

-¿Y a qué has venido, si se puede saber?

Eva parpadeó espectante, a lo que Lestrange contestó ensanchando su sonrisa antes de añadir:

-Ven. Te lo explicaré.

Sin saber bien qué hacer, la heredera de Ravenclaw accedió a su propuesta y en poco tiempo volteó la esquina del corredor. A escasos metros, Radamantus Lestrange la esperaba con los brazos cruzados; él no iba a moverse.

"Propio de Lestrange"- pensó, y dio varios pasos hasta finalmente alcanzarlo.

-Sígueme.- ordenó una vez hubo llegado. Eva soltó un bufido pero no se negó, debía admitir que sentía curiosidad; Lestrange no se dirigía a cualquiera. Rodearon la esquina opuesta y avanzaron hacia las mesas.

Algún que otro alumno dejó a un lado el estudio por un momento para fijarse en la extraña imagen que veían sus ojos: Laurens tras Lestrange, en fila de dos, cruzando la biblioteca. Se acomodaron en una mesa alejada, uno frente al otro, mirada contra mirada; la de Eva en pleno estado de confusión, Lestrange con un deje de diversión tras sus ojos castaños.

-Te preguntarás qué es lo que quiero.- repuso el chico, rompiendo el silencio.

"Qué observador"- pensó Eva, pero prefirió no decirlo, aunque la tentación era grande. No había razón para ser descortés, así que se limitó a afirmar con la cabeza. El semblante de Lestrange se tornó duro al instante, como si de repente el ambiente hubiera cambiado.

-El Señor Oscuro precisa de tu ayuda.

Eva abrió mucho los ojos sin ninguna discreción, y el desconcierto se dibujó en su rostro.

-¿Quién...?- expresó al borde de la risa.

-El Señor Oscuro. Lord Voldemort. Tom Riddle.

Seguramente Eva lo hubiera tomado por una broma de no ser por el último nombre; la sóla mención le producía escalofríos. De modo que iba a averiguar de una vez por todas el por qué de su interés en ella. Estaba exaltada.

-¿Así es como lo llaman ahora?- preguntó con cierto miedo en la voz.

-Así es como quiere que lo identifiquen.

No entendió bien el porqué, pero lo dejó de lado e inquirió con todo el orgullo que fue capaz de acumular:

-¿Y por qué cree que yo querría ayudarle?

Lestrange examinó ambos lados de la mesa para asegurarse de que nadie los escuchaba, todos parecían absortos en su tarea y a demás la mesa más cercana estaba vacía. En realidad, esperaba esa pregunta. Fijó de nuevo sus iris castaños en los grises de ella, de forma que incluso pudo advertir en ellos un matiz verde oscuro y soltó aire lentamente antes de comenzar a decir aquello que con esmero se había preparado.

-Existe algo llamado Maldición de las Ravenclaw...

-Lo sé.- cortó Eva- y soy la descendiente. No es nada nuevo.

Al momento se dio cuenta del error que había cometido, pues tal vez Riddle aún no estuviera seguro de ese hecho y se lo acababa de confirmar a un de sus compinches. Su afán por obtener información nueva la había impulsado a decirlo.

-Bien, algo menos de lo que preocuparse.- sonrió el Slytherin- Comprenderás entonces que esa maldición te afecta a ti.

-Por supuesto- pronunció con seguirdad.

-¿Te gustaría acabar con ella?

Eva intuyó que tras esa pregunta se hayaba una proposición. Entreabrió la boca, incrédula. Por supuesto que quería, de hecho, para eso estaba allí, buscando desesperadamente algo que pudiera ayudarla; lo anhelaba más que nada, era su ambición. Lestrange leyó en su rostro las palabras que la impresión del momento no le dejaba articular, y prefirió no esperar a que se le pasara.

-Él puede ayudarte, pero claro, a cambio de un precio...

-¿Qué precio?- se apresuró a agregar. Aquello le olía a chamusquina, aunque estaba resultando.

-Yo no lo sé.- se sinceró- Tal vez me lo diga, si tengo suerte.- Lestrange se levantó de su asiento sin hacer ruido, cortando la conversación, y le anunció un último mensaje antes de partir.

-Te espera en la entrada de la mansión abandonada el próximo fin de semana, durante la excursión a Hogsmeade. Sé discreta.

Eva no pudo más que observar, pasmada, la figura que se alejaba y desaparecía tras la puerta. De nuevo la agitación volvía a su vida, como una espiral alzándose hacia un lugar desconocido del cual no se adivinaba el final. La sensación de mareo la invadió y posó una mano sobre su frente mientras imágenes pasadas paseaban por los rincones de su mente, situaciones que había intentado olvidar y creyó haberlo conseguido durante el último mes. Entendió que debía haber supuesto que una maldición tan fuerte no podía romperse por el mero hecho de ignorarla, que era del todo ilógico que la magia antigua funcionara de esa manera y que Albus Dumbledore simplemente se estaba burlando de su inocencia.


Fin del capítulo 7.

Bueno... Hacía unos cuatro días que no actualizaba, pero el capítulo lo tengo escrito desde antes. De hecho, llevo hasta el 9, pero como es comprensible, ponerlos todos de golpe no es buena idea... xD

No sé exactamente cuantos capítulos llegará a tener el fic, pero no creo que pase de los 12, si es que llega. Aún me queda relatar un par de puntos importantes, y a partir de ahí iré terminando la historia, que ya tengo el final previsto.

Y bueno, como siempre, para cualquier cosa por muy insignificante que sea... ¡Review!