Escalera hacia la muerte

Capítulo 8: Decisión arriesgada

Helena Ravenclaw deambulaba en silencio por un largo corredor vacío, ondeando la cola de su vestido a su paso, tan traslúcido como su piel. Estaba enfrascada en uno de aquellos recuerdos que, en ocasiones, despertaban en un lugar recóndito de su alma y le devolvían imágenes que no creía recordar. Los años lograban que olvidara detalles importantes, y más siendo su caso el de un fantasma, cuyas existencias penden de un hilo. Rememoró aquella tarde, mientras su inmaterial presencia traspasaba muros y puertas sin ningún destino en particular, el día en que la pequeña Marion llegó a Hogwarts.

Era una niñita insolente y resuelta, de nariz respingona y labios frecuentemente fruncidos en señal de desacuerdo. Nada le parecía bien si ella no dictaba las órdenes, y esa actitud era la principal causa de sus problemas. Pese a su orgullo y carácter, Helena no podía quitarle los ojos de encima. Una verdad relucía en esa mirada altiva del color de la tormenta: la marca indiscutible del linaje Ravenclaw. Cuanto más la observaba más segura estaba; era la viva imagen de Rowena. Poco llegó a saber de sus antepasados, aunque corría el rumor de que procedía de una antigua estirpe de magos albaneses. Si bien la veracidad de esa información no estaba del todo clara, Helena no lo dudaba. ¿Cómo iba a hacerlo, siendo ella la responsable?

Su mente voló hasta tiempos mucho más lejanos, en los que todavía era de carne y hueso. Había abandonado su país y logró instalarse en la posesión de un señor feudal, en el interior de un frondoso bosque de la región albana. Allí trabajó como ama de llaves, bajo la apariencia de una humilde plebeya en busca de protección, y más adelante pasó a ser la encargada de las entregas a corta distancia, razón que la llevo a frecuentar los senderos. Con el tiempo logró encandilar al hijo de aquel conde malhumorado, y se sintió orgullosa al describir un plan gracias al cual conseguiría llevar una vida más placentera, empleando una nueva identidad que por otra parte la alejaría de los problemas que la esperaban en su tierra natal. Dio a luz en los establos, ayudada por una sirvienta joven y con poca experiencia que se apiadó de ella. El calor sofocante le lamía la cara, comprimida en una mueca de dolor mientras el pequeño cuerpo del bebé alcanzaba el exterior, a escasos segundos de exhalar su primer suspiro; y se alegró de no haber muerto de abatimiento cuando la matrona acomodó entre sus brazos a la prequeña criatura. Fue una lástima que pocos meses más tarde el Barón Sanguinario la sorprendiera por los caminos con un puñal en mano y dejara a la niña sin madre.

Con un deje de tristeza en la mirada cristalina, avistó el exterior tras el rosetón incrustado en la roca, y se le nubló la vista al contemplar los copos de nieve cayendo al otro lado. De repente, unos ojos diferentes a los suyos se dibujaron en el vidrio, y pudo percibir una presencia a sus espaldas.

-¿Qué sabe Riddle?- emitió la voz tras ella.

Eva le había estado dando vueltas durante todo el fin de semana. No se hacía a la idea de cuál podía ser la intención del prefecto de Slytherin, pero mucho se temía que no incluía nada bueno. Decidió reflexionar acerca de sus últimos movimientos. El mes pasado se limitó a observarla en ocasiones hasta la incursión de Lestrange, y antes de eso la había abordado en el baile de Navidad haciendo uso de una actitud amable y cortés. De pronto, recordó el inicio de aquel misterio, y se odió por no haber caído antes en la cuenta. Las revelaciones de la Dama Gris la habian dejado tan anonadada que olvidó preguntarle sobre su conversación con Riddle, y allí estaba, meses más tarde, intentando remediar su error.

-Buenas tardes, Eva Laurens.- la saludó la fantasma fingiendo no haber oído su pregunta. Eva no contestó al saludo, la impaciencia irrumpía en su interior.

-Me gustaría hablar con usted.- expresó la joven, directa pero calmada. Había entendido que debía controlarse si quería obtener respuestas.

Helena dio media vuelta con serenidad hasta cruzarse con el rostro ansioso de la chica.

-Creo que ya hablamos todo lo que debía ser hablado, en su momento.

La Dama Gris no era conocida por su trato con el mundo terrenal. Prefería mantenerse alejada y tan sólo intervenía cuando era estrictamente necesario. Esa vez, según juzgó, no lo era. Sin embargo, permaneció inmóvil; tal vez cambiara de opinión.

-Oiga... Necesito saber de qué estuvo hablando con Riddle la tarde del 31 de octubre. Es importante.- acentuó la última palabra antes de caer en un silencio expectante.

El fantasma de Ravenclaw examinó su expresión. Parecía preocupada, y no sería del todo correcto no ayudarla en ese estado. Por otra parte, no estaba segura de querer evocar esa conversación.

-Por favor...

-Está bien- cortó Helena, dándose por vencida. Después de todo, si no fuera por ella jamás se hubiese dado esa situación, y debía asumir las consecuencias- ¿Recuerdas la sala donde nos reunimos la última vez?- Eva afirmó con la cabeza.- Entonces, vamos.

En pocos minutos alcanzaron el cuadro de un paisaje pintoresco, y tras moverlo hacia arriba, ambas irrumpieron en la lóbrega estancia. Eva se sentó en el suelo a la luz de un candelabro sobre una mesita de madera, y escuchó atentamente la voz que, sin apresurarse, le explicaba hechos insólitos que jamás hubiera imaginado.

Hogsmeade lucía maravillosa bajo la nieve de un blanco impecable la mañana del siguiente sábado. Luces de colores brillantes se proyectaban en los miles de escaparates repletos de artilujios de regalo, ante las miradas de asombro de los jóvenes estudiantes que empañaban los cristales con su aliento al acercarse más de la cuenta. Los árboles habían sido decorados con toda clase de adornos navideños, y algunos incluso se desplazaban y deleitaban al espectador con un baile, ondeando las ramas. Los vendedores, impacientes, salían a la calle a promocionar sus productos y colocaban carteles exponiendo las múltiples ventajas que éstos abarcaban. El olor a galletas recién horneadas mezclado con el humo inconfundible del chocolate caliente se colaba por los huecos de las puertas y ventanas. Una nube de felicidad y armonía cubría el pueblecito mago, colmado por la presencia del espíritu navideño.

Ajena al ambiente que la rodeaba, Eva caminaba aprisa con un destino fijo en mente. Le había comunicado a Shawn la necesidad de comprar regalos a su familia, y éste no se había negado al remarcarle que deseaba ir sola; salir de compras no era uno de sus pasatiempos favoritos. Sin embargo, las dudas asaltaban a la chica a medida que se iba acercando a la mansión encantada del final de la calle. Si Shawn, por algún motivo, la sorprendía allí con Riddle, no quería imaginarse lo que podría llegar a pensar. Bordeó la verja de madera hasta encontrar una abertura que en su tiempo debió estar ocupada por la puerta exterior del edificio y dio dos pasos hacia el interior. Alzó la cabeza a la espera de algún acontecimiento, con la mirada alerta, e incluso se quitó las orejeras que le cubrían los oídos, víctimas al instante de un frío glaciar. Una idea repentina la impulsó a mirar al suelo. Una serie de pisadas se extendían paralelas a las suyas dentro de la finca y desaparecían por el camino opuesto al que ella había tomado. Sólo se le antojaban dos posibilidades: o bien algún estudiante se había aventurado a explorar la casa, o Riddle la estaba esperando. Sus dudas se disiparon al instante cuando una figura alta, de rasgos afilados y mirada penetrante se acercó a ella desde un rincón en la penumbra.

Eva se echó hacia atrás instintivamente. Un temblor invadió su cuerpo y se sintió incapaz de moverse. Se encontraba en un lugar desolado con la única compañía de una persona capaz de matar, y pronto se arrepintió de haber acudido a la citación. La conversación con la Dama Gris le dio a conocer las verdaderas intenciones del chico. Era casi seguro, según intuyó, que lo que en verdad ansiaba era la diadema de Rowena, atraído por las cualidades mágicas de ésta. Ahora que lo sabía, tenía cierta ventaja sobre él, pero aún así no debía confiarse; trataba con un experto en el arte de la persuasión y el engaño.

-Finalmente has venido- empezó el chico. No se observaba en él ningún gesto que hiciera pensar que pensaba atacarla, y su tono de voz era suave. Culminó la frase con una sonrisa tranquilizadora.

El temor de Eva desapareció repentinamente, como si la persona que tenía delante se hubiera convertido en otra; y sin saber por qué, le devolvió la sonrisa. Un soplo de viento les alborotó el pelo y pudieron notar que la temperatura había bajado. A continuación, un cúmulo de fina nieve comenzó a brotar del cielo, cayendo rítmicamente. En un acto reflejo, ambos fijaron la vista hacia arriba, para bajarla lentamente hasta encontrarse con la mirada clavada el uno en el otro. Un copo se posó sobre la nariz de Eva y la fruncio por el frío contacto. A Tom ese gesto pareció divertirle, pues a duras penas reprimió una carcajada, y los dos rieron sin poder evitarlo.

"¡No!"- gritó Eva interiormente.- "No debo caer en su trampa".

Riddle la instigó a que lo siguiera, y juntos cruzaron parte del jardín hasta llegar a la zona trasera. Al ser la casa tan grande, tardaron varios minutos hasta que por fin el chico señaló el lugar que había estado buscando. Era una caseta vieja y abandonada. La nevada había cubierto la parte baja de forma que estaba encallada en el suelo; las ventanas estaban rotas y tras los cristales se comprobaba que el interior no presentaba mejores condiciones. Con un golpe de varita, la puerta se abrió salpicando nieve. Una habitación enmohecida y cubierta de polvo se abría paso tras ella. Tom entró primero, y una vez Eva lo hubo hecho, cerró. En el centro del cuarto, una mesita envuelta con un pulcro mantel blanco contrastaba con el resto del mobiliario. El Slytherin tomó asiento en una silla colocada en un extremo, algo baja debido a la estrechez del lugar. Eva lo imitó, y al momento, dos copas aparecieron sobre la mesa, repletas de un líquido rojo metalizado.

-Es vino de cosecha elfa- puntualizó el chico, llevándose la copa a los labios.-¿Por qué no lo pruebas?

-No, gracias.- contestó ella, con un leve temblor en la voz- No bebo.

Debía ser prudente.

Eva permanecía en silencio, rígida. Intentaba no mirar directamente al chico que tenía delante, pues sabía que al hacerlo corría el riesgo de olvidar con quién estaba tratando.

-¿Tienes frío?- preguntó con supuesta preocupación ante los gestos de estremecimiento de la Ravenclaw.

-No, estoy bien.

Mentía en parte. No tenía frío, pero tampoco estaba bien; sino asustada.

Eva advirtió que la quietud del entorno empezaba a hacerse muy notable al darse cuenta de que escuchaba con facilidad el silbido del viento en el exterior, los copos amontonándose en el suelo y el crujido de la madera. Se acercaba el momento de la verdad, y lo sabía.

Riddle se aclaró la garganta antes de hablar, y al hacerlo, su voz se proyecto imponente en cada pequeño rincón.

-Quería empezar disculpándome por el comportamiento de Lestrange, a veces es un poco brusco.

Descuidado era la palabra, se dijo Riddle; "Imprudente, holgazán, estúpido... ¿Cómo se le ocurrió llamarme Voldemort delante de sus narices?" El gesto de aprobación de Eva le bastó para seguir.

-Espero que no te hayas llevado una mala impresión de mí. Me sentiría profundamente herido.

Eva no respondió, y Tom pareció preocuparse por ese hecho, pero en seguida la heredera de Ravenclaw remendó su error esbozando una sonrisa.

-Estás muy callada¿ocurre algo?- inquirió, y Eva se apresuró a dar una respuesta contundente.

-Para nada. Es sólo que estoy ansiosa por conocer la razón de este encuentro.

-No te preocupes. Pronto lo sabrás.-tamborileó varias veces sobre la mesa y, de pronto, despegó los labios a punto de empezar la verdadera conversación.- Dices ser la heredera de Ravenclaw...

Eva dudó, pero finalmente contestó:

-Así es.

-Y conoces la maldición...

-Exacto.

-Bien.- Riddle no pudo controlar un deje de maldad que se coló en sus ojos negros.

-¿Qué quieres de mi?- soltó la chica de golpe. La respuesta fue concisa.

-Necesito que me ayudes a recuperar la diadema de Rowena.

Eva no podía creerlo. Acababa de comunicarle sus planes tranquilamente, sin inventar una excusa que lo hiciera parecer desinteresado. Sin nada que objetar, se sorprendió preguntándole:

-¿Y qué provecho saco yo de eso?

A Riddle pareció satisfacerle su actitud.

-¿Y qué conseguirás si no la recuperas? Sinceramente, que seas las heredera de Ravenclaw me parece fascinante, y más esa historia sobre la diadema escondida¡Es increíble!- el Slytherin abrió más los ojos, exaltado- Una aventura que vale la pena. ¿Cuánta gente puede presumir de ser capaz de recuperar un tesoro perdido? Sería un desperdicio no hacerlo...

A ella todo eso le parecía muy bien, bastante lógico¿pero quién era él para inmiscuirse en sus asuntos? Esa parte no se la había aclarado.

-¿Por qué debería confiar en ti? Has dicho que necesitabas mi ayuda, no que quisieras ayudarme¿Cuáles son tus verdaderas intenciones?

-No voy a mentirte- pronunció con seguridad- la diadema la quiero para mí.

-¿Por qué?

-Considéralo un objeto de intercambio. Tu me la entregas, y yo deshago la maldición que te oprime.

En otras circunstancias, Eva no hubiera creído esas palabras, pero no tratándose de él. Era probable que el heredero de Slytherin tuviera la clave para romper la maldición, y más tratándose de Riddle, que había persuadido a la Dama Gris y conseguido una información predilecta sin la ayuda de nadie (y sin ser pariente directo de la persona en cuestión). El destino de su familia estaba a un "sí" de salvarse del peligro y olvidar para siempre el terrible peso que había cargado durante generaciones. Un simple gesto afirmativo, un leve movimiento de cabeza...

Pero no. Riddle era un asesino, usaría la diadema con fines malvados y algo en su interior le decía que el resultado sería mucho peor que las consecuencias de cualquier embrujo. Había tomado su decisión. Se levantó y se dirigió a la salida, evitando cruzar la mirada con la del chico que la observaba con curiosidad.

-Lo siento- expresó frente a la puerta.- pero no voy a colaborar.

Dicho esto, salió de allí y cerró de un portazo antes de desaparecer tras la verja y a continuación bajar la calle corriendo hacia un lugar alejado, entre la muchedumbre, donde volviera a sentir el mundo al que estaba acostumbrada.

Mientras, Tom Riddle rechinaba los dientes y apretaba los puños con fuerza en la solitaria habitación abandonada. Su cara se torció en una mueca de disgusto, y sus ojos tomaron la forma de dos rendijas cargadas de un odio profundo.

-Tú lo has querido, Eva Laurens.- declaró- Tú lo has querido...


Tom cabreado... ¿soy la única a la que eso le da mal rollo? xD

Aquí estoy de vuelta con el capítulo 8 (Angelia piensa que debe empezar el 10 antes de que sea demasiado tarde...). Agradezco los reviews, que aunque son poquitos, animan mucho. Otra cosa, si no me equivoco, más de una persona se pasa por aquí y no se da a conocer... xD Bueno, no soy nadie para exigir un review, pero si me gustaría conocer su opinión, lo que cree que estoy llevando mal, lo que le gusta y lo que no. Así podría mejorar algunas cosas...

Nada más¡Nos vemos en el 9! Hasta pronto.