"Vamos, no te pasara nada" Sakura se acercaba lentamente a él tratando de no alterarlo "te lo prometo".
"¡Nunca!" exclamó Kero tajantemente. El enorme león retrocedía, listo para huir en cualquier momento.
"No seas cobarde, Kerberos" le dijo Syaoran, que estaba en la puerta de la habitación bloqueándole la huida.
"No me da miedo… es una cuestión de principios" dijo el león muy orgulloso "¡Es indignante, humillante, es…!".
"¡Es solo un poco de talco anti-pulgas!" exclamó Syaoran desesperado ante las exageraciones del guardián.
Kero miró con desconfianza el bote de talco que tenía Sakura en las manos.
Desde hacia un mes y medio que el guardián se había infestado de pulgas. Nunca le había sucedido aquello. Kero estaba seguro que era culpa de un pequeño conejo que había adoptado Sakura, pero ella se empeñaba en defender a su nueva mascota. El guardián estaba indignado por esto, y mas indignado aun cuando Sakura llegó de sus compras con un frasco de talco anti-pulgas para perros. Y aun cuando la comezón era en verdad insoportable, no estaba dispuesto a aceptar aquel método ¡Kerberos no es ningún perro domestico!
Pero Sakura no dejaría tampoco que infestara toda la casa con esos insectos. No se dio por vencida, pero con la negativa de Kero tuvo que pedir refuerzos. Con ayuda de Syaoran logró acorralarlo. Pero…
"Quédate quieto, Kero" Sakura había logrado acercarse a él. Abrió el envase y estaba lista para rociarlo, cuando Kero corrió despavorido.
"¡No quiero, no quiero!"
Syaoran lo sostuvo cuando trató de lanzarse por la puerta. Los dos forcejeaban ferozmente.
"Échale el talco mientras puedo sostenerlo" le indicó a Sakura.
"¡Si!" Ella de nuevo intentó acercarse, pero Kero golpeó el frasco del talco con la cola, causando que cayera sobre Syaoran, envolviéndolo una nube de talco blanco. Kero se dio a la huida mientras su opresor tosía sin control.
"¿Syaoran…?" se acercó Sakura algo preocupada.
"Ese--peluche gigante me las va a pagar…" dijo el muchacho enfadado sacudiéndose el talco de la ropa.
Kero corrió hasta la sala de la casa de los Kinomoto, frenéticamente buscó un escondite. Se hubiera podido ocultar fácilmente en su forma falsa, pero en esa forma la comezón era diez veces mas insoportable.
"¡No hay donde ocultarse!" exclamó Syaoran en la entrada de la sala, triunfante. Aun se le veía el pelo algo blanco.
Esta vez estaba atrapado. Kero cerró los ojos y esperó lo inevitable…
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Algo abrupto el final. Solo para que vieran que paso con el conejo.
