- Ja, ja, ja – ríe James – Y, ¿os acordáis cuando Sirius se quedó embobado con la pizarra y no había forma de hacerle reaccionar?
- Ja, ja, ja
- ¿Y el día que le estabas pidiendo otra de tus insistentes citas a Lily en el romántico ambiente que se respiraba en la enfermería y resulto que quien estaba en la cama ea Peter y no la pelirroja? – Recordó Sirius riendo.
Continuamos sentados en el jardín rememorando anécdotas del colegio.
- Es cierto, le dejaste traumatizado al pobre chico – corroboro - ¿Le llegaste a besar? – James se pone rojo y no contesta – xD xD xD – reímos todos con más fuerza.
- Joder James – dice Sirius luchando por respirar a causa de la risa – Anda que no hay diferencia entre el uno y la otra.
- Oye, que no llevaba gafas – se intenta defender James girándose hacia mi – Además el hechizo que la super modelo esta le lanzó a Snivellus me dio a mi y todavía tenía secuelas.
Lily coge a su marido de la mano mientras sonríe con ternura con intención de calmarle.
- ¡Ey! – Me revuelvo yo y me dispongo a defenderme de la alusión a mi mala puntería – Que no fue mi culpa que a la vez que le lanzaba el hechizo confundus , el Snoopy de tu amigo se trasformase y, Snape pensando que era un Grim se fuese corriendo. Si tu estabas detrás fue culpa tuya si estabas en la trayectoria directa de mi hechizo y no te apartaste.
- Pero lo bueno fue cuando una noche se me enganchó un pie en un falso escalón y tu saliste a entretener a Filch, ¿qué le dijiste? – Me pregunta Sirius – Desde ese día no paraba de mirarte y si estabas no se acercaba a nosotros.
- No le dije nada – contesto con un ligero rubor en mis mejillas. Sirius me mira alzando una ceja – No me acuerdo – repito. Mi rubor aumenta y las cejas de todos mis amigos están a punto de perderse por el cuero cabelludo - ¡Oh! Está bien – me rindo al fin – Pero que sepáis que fue un duro golpe para mi ego... . Le dije que estaba enamorada de él y que salía cada noche para ver si le encontraba.
- ¿Y? – Pregunta Sirius. Todos me miran con un brillo de diversión en sus ojos. Sé que están aguantándose la risa.
- Y me rechazó – concluyo y aquellos que se hacen llamar mis amigos estallan en sonoras carcajadas.
- ¿Y te acuerdas, Sirius, de... ? - A partir de ahí somos solo Sirius y yo los que intercambiamos anécdotas, los demás son solo meros espectadores de nuestras andanzas.
La mirada de Nathaly se va entristeciendo con cada sonrisa que su novio me dedica.
Es cierto, ella le tiene cada noche en su cama, pero yo siempre he estado en los momentos más importantes de Sirius. Nos entendíamos a la perfección. Éramos, y somos tan distintos y tan parecidos a la vez... . Ni el tiempo ni la distancia han sido capaces de romper la cadena invisible que siempre nos ha unido.
Puede que Nat estuviese oficialmente junto a él, pero yo soy a quien el animago tiene en su mente.
En otro momento, en otro de los años anteriores, y en otra situación, comprender todo esto me hubiese hecho enormemente feliz; pero no ahora, no a cinco días de mi boda con el chico de mis sueños; no delante de todos mis amigos; pero sobre todo, no delante de Nat, de la dulce, angelical, y perfecta Nat que, como yo, había aprendido a leer los ojos de Sirius y podía descifrar lo que decía su mirada mientras me observa reír.
No puedo hacer esto; no puedo, después de cinco años sin que supiesen nada de mi (excepto Joy), de que creyesen que me había olvidado de ellos; no puedo llegar ahora y, de buenas a primeras, derrumbar la vida de Nathaly arrebatándola lo que más quiere.
- Tengo que ir a beber agua – me levanto y voy a la cocina. Lleno un vaso de agua y me lo bebo de un trago. Me mojo las manos y luego la cara. Apoyo mis manos sobre la encimera. Miro la hora en mi reloj de muñeca y veo que son las siete.
Bien, llego la hora de irme, darme un baño relajante en mi hotel y hablar con Ben por teléfono para recordarme lo mucho que le quiero. Me dispongo a reincorporarme para salir al jardín a despedirme de mis amigos cuando siento cómo un cálido y conocido dedo recorre mi columna vertebral de arriba hacia abajo por mi espalda semidesnuda como miles de veces antes, hace más de cinco años. Un irremediable escalofrío de placer recorre mi cuerpo y mi espalda se arquea sin poder remediarlo.
- Sirius – susurro mientras me giro para quedar cara a cara con él y encontrarme con sus penetrantes ojos grises mirándome. Siento su aliento sobre mi nariz de tan cerca que estamos. Se aproxima hacia a mí posando una mano en mi cadera mientras con la otra me acaricia la mejilla. Cierro los ojos e inclino mi cabeza intentando mantener el contacto de su mano sobre mi piel. Esa misma mano la desliza hasta mi nuca, que la empuja acercando aún más mi cabeza hacia su boca. Ahora, sintiendo el contacto de sus labios sobre los míos, me doy cuenta de cuánto he añorado sus besos, sus caricias, sus sonrisas y su mirada.
Con la mano que tiene sobre mi cadera, ahora acaricia mi pierna izquierda y con un impulso posa mis glúteos sobre la encimera haciéndome quedar sentada en ella con el cuerpo de Sirius entre mis piernas. Mi pulso se acelera, mi corazón late al mismo ritmo que la lengua del chico explora mi boca. Me empuja hacia atrás y el vaso en el que bebí agua anteriormente, cae al suelo produciendo un gran estrépito.
El ruido me despierta haciéndome tomar consciencia de lo que estoy haciendo, pensaba a hacer, y de dónde iba a hacerlo.
- Sirius, para – le ordeno mientras intento separarme de él, pero me hace caso omiso y continua besando mi cuello – Sirius, por favor – repito, esta vez con un ruego. Esta vez si, se aparta de mí. Me mira. Le miro y estoy a punto de romper de nuevo los cuatro metros que nos separan.
- Chicos ¿estáis bien? – Pero Lily entra en la cocina alertada por el ruido del vaso al romperse. Silencio. Sirius y yo seguimos mirándonos sin hacer caso de la presencia de Lily frente a nosotros. Finalmente, corto yo el contacto visual.
- Sí Lils. – La aseguro. Me mira pidiéndome explicaciones de lo que pasado – Estaba bebiendo agua y se me ha escurrido el vaso, así que como Sirius pasaba por aquí, le he pedido que lo repare. – Tras mi pobre explicación, Lily nos sigue mirando. Pasa sus ojos esmeralda del uno a la otra alternativamente.
- ¿Y por qué sigue el vaso roto? – Pregunta mi amiga suspicazmente. Me bloqueo. Miento fatal.
- La intentaba convencer de que lo hiciese ella misma – Mis ojos se abren al máximo al escuchar lo ha dicho Sirius y entender lo que ello implica. Me mira con una sonrisa socarrona. – Pero no quiere.
- ¿Por qué? – Pregunta Lily mirándome.
- Porque no – respondo tajantemente. Ni yo misma sé por qué, pero no quiero, no me siento capaz de hacer magia otra vez. – Hace mucho tiempo que no practico. Tomé la decisión de abandonar la magia cuando me fui y no quiero volver a ella. Forma parte de mi pasado.
- Nosotros también – apunta Sirius – Y si has vuelto con nosotros, aunque sea por unos días, has vuelto a la magia también. Porque nosotros somos magos, tú eres una bruja. La magia forma parte de ti como de nosotros.
- No me acuerdo de cómo se hace el hechizo – argumento bajando la mirada. Siento que, como siempre, está a punto de convencerme. – Además no tengo varita.
- Si tienes varita – me contradice Lily. La miro. ¿Cómo lo sabe? – Vi la caja cuando buscabas el teléfono – responde a mi pregunta muda - ¡Accio bolso!
Mi bolso cruza volando el espacio comprendido desde el jardín hasta la cocina tras ser convocado por la traidora pelirroja que se hace llamar mi amiga. Saca la caja y la abre. Me la tiende instándome a coger ese maldito palo de madera. Mi mano se acerca inconscientemente hacia la varita. Se siente atraída hacia ella como si estuvieran imantadas con polaridades inversas. Pero mi mente no. Retiro los dedos que han estado a escasos milímetros de tocarla.
- Cobarde – sisea Sirius con los ojos entornados al ver mi jugada – ¡Menuda Gryffindor estás tu hecha!
- No es cobardía – replico. Si hay algo que me moleste es que me califiquen de algo que no soy. Y puedo ser de todo menos cobarde.
- ¿Entonces? – Pregunta Lily alentándome con la mirada a coger la varita. Suspiro. Sé que hasta que no lo haga no me van a dejar en paz. Son tan cabezotas como yo.
- ¡Oh! ¡Está bien! – Acepto al fin. – Pero lo arreglo y no quiero volver a oír hablar de magia nunca más, ¿de acuerdo? – Asienten efusivamente con la cabeza. Además por un hechizo no va a pasar nada, ¿no? - ¡Reparo!
El vaso vuelve a su estado original, pero la ráfaga de viento que me empezó a azotar al tomar la varita entre mis dedos no se detiene. Siento el poder de la magia extenderse por todo mi cuerpo. La magia recorre todas y cada una mis venas. Me siento bien, me siento libre, me siento feliz. Feliz, mucho más feliz que en todos estos años que he estado separada de ella. Y, tan súbitamente como empezó, el viento que azotaba mi rostro, echando mi cabello hacia atrás se detiene, y el estado de éxtasis que he alcanzado, cesa con él.
¡Mierda! ¿Qué demonios he hecho? Lo sabía, sabia que no debía de hacer magia. Que en cuando la hiciera no podría abandonarla otra vez. Arrojo la varita mágica en el interior de mi bolso bruscamente, lo cojo. Beso a Lily y a Sirius, al ultimo más sutilmente que a la primera para evitar tentaciones y salgo al jardín a despedirme del resto de mis amigos.
- Me tengo que ir chicos – les informo – Tengo que hacer algunas cosas, pero dentro de dos o tres días me pasaré otra vez – mientras hablo les voy repartiendo un beso en la mejilla a cada uno – Me alegro mucho de haberos visto. Y gracias por la comida.
- ¿Te vas tan pronto? – Pregunta Nat.
- Si, estoy cansada – afirmo – Además, ya he abusado mucho de la hospitalidad de Lily y James.
- ¡Qué va! – Se apresura a hacer constar James – Los que abusan son estos, que no se van de aquí ni a cruccios.
- ¡Eh! – Protestan los demás. Me río.
- En serio James – le digo con una sonrisa irresistible – Estoy muy cansada. Me voy.
- ¿Vas a volver? – Pregunta Remus enarcando una ceja dudando que vaya a hacerlo.
- ¡Claro! – Aseguro – Tengo que venir a revisar que el vestido de tu querida Joy no sea muy atrevido. No sea que vaya a usurparme la atención de mi futuro marido el día de mi boda.
- ¡Eh! – Protesta de nuevo mi castaña amiga. Todos reímos. - ¿Y cuando vas a venir?
- Pues el martes o el miércoles. – Respondo.
- Hasta el martes entonces – se despiden todos. Les hago un gesto de despedida con la mano y salgo a la calle.
Camino apresuradamente hacia el coche. Atravieso calles limitadas de grandes mini mansiones con cuidados jardines verdes. Al fin llego al coche, me siento en la silla del conductor. Apoyo los codos flexionados sobre el volante y sujeto la cabeza entre mis manos. Suspiro. Me enciendo un cigarro y de nuevo me envuelve la agradable sensación de sentir el humo entrando por mis vías respiratorias hasta los pulmones. No arranco el coche.
¿Por qué? Me pregunto ¿Por qué ha tenido que tocarme? ¿Por qué a tenido que alterar mi mundo haciéndolo? ¿Por qué le he dejado hacerlo? Y lo peor, ¿por qué me he sentido tan bien mientras lo hacía? Las lágrimas se agolpan en mis ojos luchando por salir y regar mi rostro con su humedad. Pero no. No se lo permito. Respiro profundamente. "Cálmete Ary" me digo.
Le doy otra profunda calada al cigarrillo, lo sujeto con la mano izquierda mientras que con la derecha introduzco las llaves en el contacto del coche, la giro y el motor se pone en marcha rugiendo con potencia. Piso el acelerador y pongo rumbo al hotel.
La magia. Todo es por su culpa. La magia me ha dado los mejores momentos de mi vida. Gracias a ella he conocido a los mejores amigos que jamás hubiese imaginado tener. Pero por su culpa. Por su maldita culpa, hoy por hoy, en este mismo momento, me siento totalmente desdichada.
Desearía no haber ido nunca a Hogwarts, no tener la certeza de que la magia existe, creer, como el resto de los mortales, que la magia tan solo es una fantasía, que no existe realmente, que es solo un cuento que se les narra a los niños antes de dormir.
Desearía no haberle conocido nunca; no haber sentido sus besos y caricias sobre mi piel; no haber sentido sus penetrantes ojos grises sobre mí.
La odio, odio la magia porque fue por su culpa que él se introdujera en mi vida. Le odio a él. Le odio por ser así, tan perfecto que hasta sus imperfecciones son perfectas. Le odio por amarle tanto que no me deja odiarle. Le odio. Le amo. Le odio y le amo por ser él. Por ser Sirius Black.
Odio la magia. Y le odio a él.
Pero a su vez agradezco y venero la magia por unirme a él. Por ser parte de mí. Por ser parte de él. Por formar tanto de ambos.
Ya no lo puedo evitar, las lágrimas salen de mis ojos empapando mi rostro con su húmeda sustancia. Salen silenciosas y gritando de dolor al mismo tiempo. Llego al hotel, subo a mi Suit, me desnudo y entro en la ducha. Me encanta sentir el agua caliente mojándome. Sentir como cae mezclándose con las lágrimas que continúan emanando mis ojos verdes y surcan mi cara.
Salgo de la ducha, me pongo el pijama y me meto en la cama. No ceno, sé que cualquier cosa que entre por mi boca será rechazada por mi estómago. Si estuviese aquí Ben me echaría una buena bronca por saltarme una comida. ¡Ben! Se me ha olvidado llamarle. Me levanto y busco mi teléfono móvil. Marco su número y espero a que conteste. Pero no lo hace y salta el contestador. Mejor, porque no me apetece nada hablar con él. Le dejo un mensaje y vuelvo a la cama.
Deseo dormirme. Dormirme y no despertar. No despertar para volver a la realidad, mi realidad. Y, si despierto, descubrir que todo ha sido un sueño. Descubrir que tengo once años, que no he ido nunca a Howarts, que nunca he conocido a nadie llamado Sirius Black y, algún día, despertar junto a Ben.
