CAPÍTULO DOS

"El Primer Desnudista de la Noche"

Jorge Pablo había quedado encargado de vigilar la entrada al camarín de los desnudistas.  Se alejó del escenario y se fue a conversar con ellos... y así supo que él no era el único que estaba preocupado.

--Compadre  --le dijo el mayor de los bailarines, que era el con más experiencia y el que dirigía a los otros--.  Si el evento no empieza luego, las viejas se van a poner cada vez más desordenadas.

--Tenemos que esperar a que llegue el diputado Torremora y haga su discurso  --contestó Jorge Pablo.

--Mejor que se apure, porque mientras más las hagan esperar, más van a querer que les demos nosotros cuando empiece el show.  Y no nos están pagando tanto como para dejar que nos maten.

--¡Nunca tanto,  huevón  miedoso!  No creo que vayan a matar a nadie.

El desnudista miró a Jorge Pablo con una sonrisa irónica.  Él prefería que lo llamaran Zascha (su nombre artístico) y era un hombre de treinta años ya pasados, moreno, de profundos ojos oscuros... con un cuerpo tan musculoso que recordaba la figura de Stalone o de Shwasenegger.  Aún así, estaba próximo a dejar los escenarios por causa de su edad y durante su larga carrera había pasado de todo.

--Es que tú no sabes cómo son las mujeres cuando están en grupo.  Seguro que estás acostumbrado a tirártelas de a una, sin que la tonta tenga a todas sus amigas apoyándola y dándole ánimos.  Pero yo, compadre, las he visto cuando están con trago y cuando sienten que nadie las mira, porque están en medio del público y pueden hacer lo que quieran...  Entonces se ponen como locas y no respetan nada... Son como si hubieran estado toda su vida encerradas y por primera vez les dieran permiso de salir un rato.  Se portan peor que las barras bravas.

Jorge Pablo tragó saliva y salió del camarín, diciendo que iba a ver si ya había llegado el diputado Torremora.  Se asomó a mirar otra vez por la cortina del escenario... y vio que las cosas habían empeorado.

Por todo el local volaban condones inflados como globos y las mujeres chillaban histéricas al empujarlos hacia arriba con las manos.  Se gritaban palabrotas unas a otras y se reían con carcajadas groseras.  Muchas tenían el pelo revuelto, el maquillaje corrido y estaban empezando a sacarse los incómodos zapatos de taco para usarlos como proyectiles.  Tal como Zascha había dicho... se comportaban como si fuera la primera vez que las dejaran salir sin bozal ni correa.

Y lo más sorprendente era que allí había mujeres de todas las edades.  Jorge Pablo podía ver chiquillas tan jóvenes y delicadas como su hermana menor y señoras ya mayores, que parecían tan formales como su madre al momento de llegar, pero que ahora se veían como brujas locas, despeinadas, gritando como borrachas y desafiando a las más jóvenes a medirse con ellas a coscacho limpio.

Una muchacha morena de grandes pechos se subió a la pasarela del escenario... y una señora de cincuenta años le gritó indignada desde abajo:

--¡Bájate de ahí, tonta  re culiá... y fea!  ¡Nadie quiere verte a vos! ¡Esa pasarela es pa' los puros minos!!

--¡¡Ya, pos, vieja re contra  chucha 'e tu madre !! ¡Ven pa'acá y me dices eso mismo aquí arriba!! --le respondió la morena a grito pelado, levantando los dedos medios en un gesto burlón y grosero.

Las mujeres que estaban cerca de la pasarela reaccionaron con un aullido de furia y trataron de bajar a la muchacha gritona, tirándola de las manos y de los pies... y hasta del pelo.  La muchacha cayó sobre el público y allí desapareció de la vista como si la masa de gente se la hubiera tragado.  Entonces vino una mujer gorda, tan grande como un camión, y se subió a la pasarela haciendo balancear su enorme trasero como si fuera la popa de un elefante.  Se plantó firmemente sobre las tablas del escenario y grito:

--¡A ver, flacuchas creídas! ¡La que quiera bajarme de aquí... que venga a pelear conmigo si es tan valiente!!

Hubo muchas que aceptaron el desafío, pero ya no fue posible bajar a la gorda.

Jorge Pablo empezó a comprender que habían cometido un terrible error al preparar el escenario. 

La pasarela donde debían caminar los desnudista estaba demasiado cerca del público y las mujeres podían tocar, atrapar y tirar al suelo a cualquiera que pasara por ahí.  La insegura pasarela parecía un estrecho muelle que avanzaba entre las olas de un mar turbulento... un mar de cabezas gritonas y brazos largos, listos para aferrarse a los desnudistas que se pusieran al alcance de sus manos. 

Y para colmo de males, cuando la gorda ganó la pelea comenzó a hacer subir a todas sus amigas, hasta que se formó un apretado grupo de muchachas jóvenes, más revoltosas que nadie, ubicadas justo al final de la pasarela.  Y esas muchachas se quedaron allí, saltando y gritando... y esperando a los bailarines para abrazarlos cuando se acercaran.

Afortunadamente, el diputado Torremora llegó justo en ese momento.  Sus asesores, ayudantes y secretarios corrieron a rodearlo como una nube de mosquitos.  Le dijeron que todo estaba resultando fenomenal y cada uno recalcó lo mucho que había trabajado para conseguir esa victoria.

Jorge Pablo trató de decir que los desnudistas estaban intranquilos y que las mujeres estaban alborotadas.  Apenas lo escucharon y no le hicieron ni el menor caso, porque Jorge Pablo era un ayudante de los más nuevos y su opinión valía menos que nada.

El muchacho tuvo que encogerse de hombros y volver al camarín, mientras el joven animador del evento subía al escenario para anunciar la aparición del diputado Torremora.

El gran político subió a la plataforma donde debía hacer su discurso.  Saludó a sus partidarias con las manos alzadas y luego habló durante quince minutos.  Dijo que las mujeres tenían que luchar para eliminar el machismo.  Las animó a exigir sus derechos... y se comprometió conseguir la legalización del aborto.

Las mujeres del recinto lo aplaudieron entusiasmadas... y el diputado bajó de la plataforma muy contento, sintiendo que ya tenía las elecciones ganadas.

Finalmente, llegó el momento que todas esperaban. 

Se apagaron las luces.  Se iluminó el escenario con un suave resplandor rojizo... y el primer bailarín apareció en escena. 

Era Zascha, que específicamente había pedido ser el primero en salir, porque intuía que los últimos serían masacrados. 

Venía vestido como obrero de la construcción, con una camisa abierta para mostrar el amplio pecho de pectorales enormes.  Tenía una línea de pelo oscuro que bajaba  desde las tetillas hasta el estómago plano y duro, dividido en tabletas cuadriculares. Su cadera estaba rodeada por un cinturón de herramientas y se había subido las mangas de la camisa, de modo que el género arremangado quedaba apretando los abultados bíceps como si llevara un torniquete en cada brazo.  Los músculos de los muslos casi reventaban la tela de los pantalones de mezclilla y sobre la cabeza llevaba un casco blanco de jefe de obras. 

Las mujeres aullaron de gusto con sólo verlo.  Si los obreros de la construcción fueran así de ricos... a nadie le importaría pasar delante de las obras a medio terminar para dejar que ellos nos gritaran cosas.

El presentador salió del escenario y una música bastante rápida, pero sensual, llenó todo el recinto con la potencia de un trueno.  Un grito de júbilo se elevó del publico enardecido cuando Zascha comenzó a bailar, moviendo las caderas y levantando los brazos para que se vieran bien las abultadas formas de su pecho enorme.  Luego se desabrochó el cinturón con movimientos lentos, para depositarlo suavemente sobre el escenario... Y cuando se quitó la camisa las espectadoras lanzaron un aullido histérico y agudo, capaz de quebrar los vidrios de las ventanas, si hubiera habido ventanas por ahí cerca.

Zascha se volvió de espaldas para dejar que el público se deleitara con el otro lado de ese cuerpo fenomenal, que era todo lo que una mujer sueña cuando piensa en un hombre fornido.

La espalda tenía esa forma casi triangular, que es típicamente masculina y que resulta tan agradable de mirar y tocar: con los hombros anchos arriba y con el cuerpo que se va afinando a medida que baja, hasta llegar a unas caderas estrechas y planas, pero muy tentadoras por ser tan diferentes a las caderas anchas de una mujer. 

El trasero le quedaba firmemente apretado dentro del pantalón y las mujeres pedían a gritos que lo mostrara.  Zascha exageró sus movimientos para hacer notar que estaba bajándose el cierre de los pantalones... y cuando se volteó de frente al público llevaba toda la parte delantera abierta, mostrando la zunga negra que tenía más allá de la gruesa tela de mezclilla.  

 Las mujeres sencillamente enloquecieron.  Desesperadas, apasionadas, histéricas...  Se retorcían como anguilas fuera del agua y estiraban los brazos hacia el escenario.  Le gritaban todos los piropos que se les podían ocurrir, le juraban que lo amaban hasta la muerte, le pedían que se acercara a ellas... y que terminara de bajarse los pantalones.

Zascha, conociendo su oficio, prolongó el baile sensual antes de acceder a las peticiones.  Tomó su casco blanco y lo sostuvo frente a la zunga como si le diera vergüenza mostrarse mucho.  ¡Las mujeres aullaban pidiendo que tirara el casco lejos!  Zascha dejó el casco junto al cinturón y caminó por la pasarela para internarse entre el público, a fin de permitir que lo vieran bien incluso desde el fondo del local.

Entonces se produjo el primer problema grave de la noche... y a partir de entonces las cosas fueron de mal en peor.

CONTINUARÁ...

Espero que les hayan gustado los primeros dos capítulos.  Si dejan algún comentario termino de escribir lo que falta, porque así puedo saber si nadie me pesca o si alguien quiere leer algo más de las aventuras de Jorge Pablo.   Prometo que el siguiente capítulo está mucho mejor... Chau, chau...

(Dedicado a Etsuko por ser mi mejor amiga en el Tag... y por ayudarme mucho con cierto problema)