CAPÍTULO CINCO

El Monstruo de dos mil Cabezas.

Yo no sé por qué será que los desnudistas acostumbran bailar con disfraces de cadete naval, de soldado o de policía.  Tal vez en otros países las mujeres piensan que los hombres con uniforme son atractivos.  Pero allá en la región de Valparaíso... y sobre todo frente a las partidarias del diputado Torremora... No, definitivamente no era buena idea presentarse así.

A esas mujeres no les gustaba nada que tuviera que ver con las fuerzas armadas.  Cualquier persona que vistiera un uniforme les recordaba los tiempos de las grandes protestas populares y de lo mucho que ellas habían batallado contra los efectivos de la fuerza pública, el escuadrón antimotines, los carros lanzaagua y las bombas lacrimógenas.  Ver un policía sobre el escenario las hizo enloquecer de rabia  y ese temible monstruo de dos mil cabezas montó en cólera con ferocidad, se revolvió como una fiera salvaje y comenzó a rugir con voz de trueno:

--¡A-se-sino!...  ¡A-se-sino!...

Y no lo gritaban con ese aire juguetón, que las damas usan algunas veces para llamar a los minos demasiado ricos, sino que este grito tenía la furia de tiempos pasados, la misma furia con que le gritaban "asesino" a los representantes del régimen militar, en esos años que se vivieron antes de retornar a la democracia.

Luego comenzaron a lanzar sobre el pobre bailarín cualquier objeto contundente que tuvieran a mano.  Volaron zapatos, botellas, carteras y hasta unas pocas tablas del mesón del fondo, que las más exaltadas lograron arrancar a tirones.

El desnudista tuvo que salir corriendo del escenario y la música quedó sonando sin ningún objeto, mientras las luces de colores giraban iluminando un espacio vacío... y el público seguía gritando con una rabia demencial:

--¡A-se-sino!...  ¡A-se-sino!...

Esa fue la gota que colmó el vaso para los desnudistas profesionales.  Jorge Pablo llegó al camarín justo a tiempo para ver como Zascha y sus compañeros recogían sus ropas a la carrera y salían corriendo por la puerta trasera del gimnasio, dejándoles el camarín vacío y una turba de mujeres enloquecidas, que gritaban frente al escenario y exigían que les dieran un espectáculo de verdad, sin policías ni militares y con los desnudos completos.

Jorge Pablo sintió que estaba sudando frío y que tenía ganas de salir arrancando él también.

¿Qué iban a hacer ahora?  ¿Cómo iban a contentar a las mujeres furiosas?

El muchacho corrió a reunirse con el diputado Torremora y con sus asesores, para informar que todos los desnudistas habían escapado y que ya no quedaba nadie para seguir presentando el show.  Obviamente, la noticia no le gustó para nada al parlamentario, que ya tenía los nervios de punta y no necesitaba cargar más problemas encima.

--¡¡Por la requete puta y la concha'e su madre!!  ¡¡Pero qué mierda de evento es lo que organizaron ustedes aquí, sacos de pelota y huevones mamones!! --gritaba el gran político  desesperado, sacudiendo las manos como si tuviera un ataque de epilepsia--.  ¡¡No son capaces ni de preparar un cumpleaños para los cabros chicos!!  ¡¡Son unos imbéciles incompetentes!! ¡¡Unos maricones de mierda  que no saben hacer nada bien!!

--Lo mejor que podemos hacer es mantener la calma    --dijo la secretaria principal, con una voz tan serena que logró aplacar la furia del diputado¾.  Lo único que nos queda es explicar que se suspende el evento... y pedirle a sus partidarias que se vayan a sus casas.

--Tú... --rugió el diputado, señalando al joven animador del evento, que estaba escondido en un rincón--.  Sal escenario y dile a esas viejas histéricas que se terminó la fiesta y que ahora vamos a cerrar el gimnasio.

--Pe...pe...pero yo... --tartamudeó el pobre animador, aterrorizado frente a la idea de tener que enfrentar él solo a la masa de gente amotinada.

El Jefe de Campaña lo agarró del cuello de la camisa y lo mandó de vuelta al escenario de un empujón.

El joven animador se paró como pudo sobre las tablas y comenzó a hacer débiles intentos por dominar al público, agarrando el micrófono como un salvavidas en un naufragio y temblando de pies a cabeza:

--Se...señoras, por favor.  Po...por favor, señoras...  Préstenme atención un momento... Se... señoras, por favor, cálmense.

El monstruo de dos mil cabezas dejó de rugir y las mujeres miraron al joven que estaba sobre el escenario con un silencio tenso, como si el monstruo estuviera decidiendo entre comérselo ahora mismo o dejarlo hablar un rato antes de lanzarse sobre él.

--La... lamento informarles que po...por razones de fuerza mayor el evento se su...suspende y nos vemos o...obligados a cerrar el gimnasio...

El monstruo se encolerizó otra vez, lanzando una silbatina similar al zumbido de un avión jet despegando dentro del recinto.  Y como si sus cerebros estuvieran conectados por telepatía, todas las mujeres comenzaron a gritar al mismo tiempo, con una entonación muy conocida:

--No nos vamos ni cagando...

Y aplaudían todas juntas, llevando el ritmo de la cancioncita, para repetir nuevamente con burlona decisión:

--No nos vamos ni cagando...

El diputado Torremora escuchó la respuesta de las mujeres amotinadas y comenzó a caminar de un lado a otro, tratando de pensar en una solución para ese tremendo problema.  Sabía muy bien que el público no le iba a hacer ningún caso al animador del evento y solamente lo había mandado allí para ganar tiempo.  Ahora tenía que encontrar algo con qué negociar, algo que pudiera ofrecerle al público como consuelo, para que aceptaran volver a sus casas sin provocar más problemas.

Pero mientras el diputado y sus asesores pensaban, los problemas venían llegando solitos, porque Marciala Bélica Guerrero Bravo todavía andaba por allí y ella estaba decidida a echar a perder toda la campaña electoral del diputado Torremora.

Marciala comprendió que el animador era un joven inexperto, incapaz de dominar al público, y decidió subirse ella misma al escenario para tomar el control del evento, dirigiendo a las otras mujeres sublevadas.

Antes de que los ayudantes del diputado pudieran verla, Marciala saltó ágilmente sobre el escenario y le quitó el micrófono al animador.

--Déjate de hablar leseras, cabrito chico  --pidió alegre y burlonamente, y su voz se escuchó fuerte y clara en todo el recinto--.  Ahora nos van a escuchar a nosotras, a las mujeres del pueblo.  ¿Cierto chiquillas?

--Síííííííííí... --el público respondió aprobando con entusiasmo, pues pensaron que Marciala estaba allí para dirigirlas y representarlas.

--¡No más hombres en este escenario... a menos que vengan todos en pelota!   --gritó Marciala... y el público la apoyó con toda su alma, pues eso mismo era lo que todas las mujeres presentes querían.

--Nos vamos a quedar aquí, hasta que nos manden un mino guuuuuuueno.  ¿Sí o no, chiquillas?

--Síííííííííí... --chillaron las mujeres del público, ya completamente dominadas por Marciala y dispuestas a hacer todo lo que ella les sugiriera.

El diputado Torremora corrió a mirar quién estaba dirigiendo ahora a las mujeres amotinadas y casi sufrió un infarto cuando reconoció al Marciala.  Desesperado, presa del pánico, el parlamentario comenzó a gritar.

--¡¡Pero qué está haciendo esa vieja loca subida ahí?! ¡¡Hay que bajarla del escenario, antes de que se largue a hablar contra el aborto y nos mande toda la campaña a la mierda!!

        --Desconecten el micrófono  --sugirió la secretaria principal, que era la única que seguía estando serena y fría, y podía pensar con claridad.

        Pero cuando Marciala vio que su micrófono ya no funcionaba, levantó el aparato frente al público y gritó con voz potente:

        --No nos quieren dejar hablar, cabras.  Cantémosles una canción para que nos escuchen igual no más.  Dice así:  "Mujeres... unidas... jamás serán vencidas".  ¿Cómo dice?

        Y el publico respondió con un vozarrón que no necesitaba de ningún micrófono para hacerse oír:

        --¡¡MUJERES... UNIDAS... JAMÁS SERÁN VENCIDAS!!

        --¡Otra vez!    --gritó Marciala, dirigiendo el improvisado coro de voces, todavía parada sobre el escenario y sin querer soltar el micrófono, aunque estaba apagado.

        Y la canción se repitió una y otra vez hasta que los organizadores del evento tuvieron que devolver el audio del micrófono, pues comprendieron que Marciala tenía al público dominado y que ya no sería posible bajarla del escenario sin desatar una revolución.  Estaban obligados a negociar con la taimada profesora, porque la masa de mujeres rebeldes se veía dispuesta a defenderla con uñas y dientes.

                El diputado Torremora se agarraba la cabeza con las dos manos, echando chispas de rabia por los ojos, y exigiendo que alguien hiciera algo para detener a Marciala, mientras la delgada maestra de escuela se adueñaba más y más del cariño del público, utilizando todas las artes que ella conocía para manejar adolescentes revoltosos dentro de una sala de clases.

CONTINUARÁ.