Pido disculpas a la hora de tardar en las actualizaciones, sin embargo ahora que es verano espero poder agilizar las historias bastante.
Gracias por leerme
Capitulo primero.
-Mi señor, la entrega ya se ha efectuado. El impuesto llegará a palacio en unas pocas horas.-
De un gesto de la mano el hombre despidió a su lacayo mientras sus ojos ardían con anticipación. Aquel impuesto era totalmente nuevo, y le había costado muchos dolores de cabeza imponerlo entre las gentes que dominaba. Sonrió al saberse victorioso y se relamió los labios lentamente. Durante siglos había dirigido el clan Von Roy con total libertad, imponiendo su voluntad por medio del terror y la fuerza. Gozaba de grandes capacidades mágicas y una gran habilidad a la hora de dirigir las masas, no en vano había reinado en todo el continente mil años atrás.
Sonrió nostálgicamente al recordar su época dorada, todo el continente estaba a sus pies, poseía todo, absolutamente todo. Tenía una bella esposa y un enorme harén que ocultaba a placer. Poseía cantidades de oro que le habría permitido comprar cinco continentes como el que reinaba, y todos lo adoraban. Sin embargo, con el paso de los años empezó a temer a la muerte, temía perder su gloria, perder todo lo que una vez fue suyo y verse confinado al olvido. Jamás podría descansar en paz al ver caer su reino en manos de algún incompetente, y mucho menos tener que entregar su poder a quien fuese.
El nacimiento de su primogénito calmó su ánimo, sabía que podría dejar su reino sobre él, y que no caería en el olvido. Sin embargo su hijo no compartía las mismas ideas que su padre, defendía el poder del pueblo y criticaba el abuso excesivo de poder. La tranquilidad no duró mucho tiempo en el alma del rey.
En un viaje diplomático escuchó hablar de seres inmortales, seres que, a cambio de su vida y su alma, obtenían la vida eterna y jamás envejecía. A su regreso encontró en una pequeña aldea una bella mujer, y la deseó al instante. Aquella noche tomó por la fuerza lo que deseaba, y al día siguiente regresó a palacio mientras ordenaba a sus sacerdotes a investigar sobre los rumores que había percibido. Éstos se alertaron y le advirtieron, aquellos poderes eran propios de magia negra. Todos murieron a los pocos días.
No fueron ellos los únicos en caer bajo las manos del rey. Su propio hijo, y su mujer, fueron asesinados al no compartir las mismas ideas que él. El reino se ensombreció durante treinta días con sus treinta noches, y cuando el sol volvió a salir encontraron cuerpos secos en palacio, doncellas y cortesanos vacíos, desviscerados.
El rey había desaparecido.
Varther Von Roy sonrió con melancolía al recordar el último mes que ocupó el trono de palacio. Después de matar a su mujer y su hijo intentó invocar al diablo. Ante él se apareció una criatura bella, un dios a sus ojos humanos, pálida y fría. Ésta sonrió, mostrando unos colmillos afilados, y ambos firmaron un pacto. El rey recibiría la inmortalidad, y él a cambio le daría el palacio.
Después de aquel incidente Varther persiguió y asesinó a aquél que lo convirtió en vampiro, y comenzó a reclutar gente sobre la cual formar un glorioso imperio en la sombra. Con el paso de los años se convirtió en el señor del clan reinante, y todos los otros clanes le rendían tributo. No satisfecho con ellos, sometió pequeñas aldeas bajo su poder, y con el tiempo logró introducir sus redes en palacio.
Ahora había reclamado la entrega de doscientas jóvenes, hijas de nobles. Las que él considerase aptas pasarían a formar parte de su clan, como sus damas, y las que no, suplicarían no haber nacido jamás.
Rehina se levantó con pesadez y cerró con suavidad su viejo ataúd. Abrió la ventana ligeramente para cerciorarse de que era de noche e inhaló el fresco aire de la noche. Ya no podía sentir el calor del sol, lo sabía, sin embargo había tomado sus propias decisiones a lo largo de su vida y tenía un objetivo mayor que cumplir.
La noche anterior la intrusión fue totalmente inesperada y pensó que tal vez había sido descubierta por algún clan enemigo. Afortunadamente sólo eran humanos, y saciaron el hambre que empezaba a quitarle el sueño. Odiaba alimentarse y por ello intentaba aplazar todo el tiempo que podía sus comidas, sin embargo tarde o temprano debía rendirse a sus necesidades vitales. Los jóvenes de la noche anterior le evitaron moverse y exponerse, pero ya llevaba demasiado tiempo en la torre y quería salir.
Descendió despacio las escaleras y se fijó entonces en la puerta rota. Con un suspiro y un movimiento de sus manos la volvió a colocar en su lugar, sin molestarse en fortificarla. Hacerlo sólo haría más obvia su presencia. La vampiresa salió y olfateó el aire, había caballo en algún lugar del bosque, habían sudado y uno estaba herido. Probablemente los lobos los habían encontrado y los animales habían roto las ataduras.
Rehina dudó un instante antes de dirigirse a la búsqueda de los animales, siempre le había gustado montar a caballo. Los encontró en un claro del bosque, temblorosos, uno de ellos sangraba abundantemente por un costado y ella no podría hacer nada. Otro yacía en el suelo, y un tercero la miraba como analizando sus movimientos. La vampiresa se sintió de inmediato atraída por el bello animal negro y se acercó a él con paso resuelto, mas éste e alejó tembloroso. DE un movimiento rápido y ágil la vampiresa se situó a su lado y posó la palma de su mano en él. El animal tembló levemente y se tranquilizó al instante. Rehina montó con habilidad mientras dejaba atrás la fortaleza en ruinas de Surdana.
La vampiresa cabalgó sin rumbo fijo durante un tiempo, y después dejó que la montura la guiase a placer. Ella, a pesar de ser lo que era, no tenía familia, clan según su especie. Toda su raza vivía bajo el poder de Varther, e incluso la humana estaba cayendo en sus garras siempre ávidas de sangre y dolor. La vampiresa frunció el ceño y sacudió su cabeza. Varther era un monstruo mucho antes de convertirse en No muerto, y ahora era simplemente una personificación de la maldad en la tierra. La vampiresa sabía que tenían cosas en común y ello la incomodaba. Varther era su padre, al fin y al cabo. Ese pensamiento la alteró más todavía, sin embargo su rostro se mantuvo impasible y no permitió que su rostro mostrase el más mínimo atisbo de ira. Su madre le había enseñado a actuar, y ella vivía siendo actriz. Debía ser un monstruo con aquello que invadían su espacio, mostrarse impasible cada vez que estaba cerca de algún humano, y ser invisible para el resto de su especie.
Y todo ello para cumplir su objetivo.
Ella, hija de una paisana vejada por el rey por un estúpido deseo carnal, había odiado a su progenitor desde el mismo momento que aprendió a decir papá. Su madre tuvo que luchar por las dos puesto que nadie quiso brindarle apoyo, todos pensando que era una meretriz indigna de cualquier tipo de ayuda. Resignadas a su suerte, Rehina creció cercana a su madre, y ambas se apoyaban firmemente.
Cuando Rehina cumplió los quince años su madre le desveló sus orígenes, y lo que pasó en palacio durante el mes Oscuro. Desde aquel mismo día Rehina juró encontrar a su padre, y matarlo con sus propias manos. Su madre falleció tres años después, y Rehina partió para llevar a cabo su venganza.
Meses más tarde encontró a un vampiro, el cual le desveló el secreto del Rey Negro, y Rehina supo que jamás lograría vencerle con sus armas de mortal. La joven perdonó la vida del vampiro si éste la convertía en un miembro de su raza. Ambos colaboraron durante una temporada, hasta que el vampiro cayó en las garras de Varther y éste lo mató. Rehina pasó a partir de ahí a huir y a refugiarse de su propia raza y evitó el contacto con cualquier tipo de ser vivo, cayendo en las sombras y esperando el momento oportuno para actuar.
Sin embargo ella era una mujer de acción y llevaba esperando demasiado tiempo, sabía que tenía que actuar y pronto, y que para ello necesitaba aliados, algo que no había tenido jamás.
El caballo llegó a una pequeña aldea y Rehina dedujo que los jóvenes provenían de aquel lugar. Desmontó con rapidez y dejó que el caballo llegase solo al establo, llegar en el animal de otra persona levantaría demasiadas sospechas que no quería tener que sofocar. Se cubrió el rostro con la capucha de su capa y se fundió entre las sombras hasta llegar a la taberna más cercana.
Allí esperaba encontrar información.
Un saludo.
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