Capítulo dos: Movimiento.

La puerta de la taberna se abrió ligeramente, sólo unos instantes, y volvió a cerrarse con suavidad. Una figura esbelta fue engullida por las sombras, pasando totalmente desapercibida ante el mismo portero, pero no ante un par de ojos ávidos que centellearon cuando la vieron aparecer. La taberna olía a sudor, a humanidad, un olor que alteraba profundamente a Rehina. Y estaba repleta de hombres que gritaban, maldecían y blasfemaban mientras se emborrachaban y manoseaban a las jóvenes que les servían la bebida.

En una esquina unas figuras trapicheaban, quizá información, y la vampiresa se acercó deslizándose sin problemas entre la multitud. Nadie podía sentirla puesto que su cuerpo estaba muerto, no desprendía calor y su olor era demasiado sutil para los sentidos normales de los humanos. Sin hacer ruido la vampiresa se pegó a la pared y centró toda su atención en la conversación que se llevaba a cabo entre ambos.

-''La entrega es esta noche, doscientas, ni una más ni una menos.

-No me puedo creer que se crean que van a ser cortesanas-

-Son nobles, creen que así ganarán el favor del rey. Mandan a su hijas orgullosos...si supieran lo que les espera...-

-No todos las han mandado.-

-Claro que sí, todos le temen.-

-¿A quién?-

-Ya sabes... el verdadero gobernador de estas tierras...-

-Sólo de pensarlo me dan escalofríos. ¿Qué hará con las doncellas? ¿Y con las que no lo son?-

-Todas lo son.-

-No, no todas. Algunos nobles se olieron el pastel e intercambiaron a sus hijas por las de otros. La hija mayor del molinero está entre ellas, sin ir más lejos. Los obligaron.-

-¿Dónde?-

-Surdana.-''

Los ojos de Rehina se abrieron de par en par y frunció el ceño profundamente. ¿Casualidad?, ¿La habrían descubierto?. De nuevo la voz áspera de los desconocidos llamó su atención.

-''Ese lugar está maldito.''

-No, en la fortaleza no. Allí ya no va nadie, son sólo piedras mohosas. La entrega se hará en el valle, no hay muchos guardias, los suficientes para evitar que se escapen. No esperan ataques por lo visto.''-

Acto seguido una pequeña bolsa tintineante apareció en la mesa. Uno de los hombres se recostó sobre su asiento y una sonrisa se desplegó en su rostro.

-''Pagas bien.-

-Cuando la información es buena.-

-¿Vas a...''-

Una tercera figura apareció entonces y posó una mano sobre el hombro de la otra. En ese momento se levantó, acercó el dinero a su informador y se dispuso a abandonar la taberna. La figura que lo había alertado parecía incómoda, miraba a un lado y a otro y sus hombros estaban tensos. Rehina pudo oler el nerviosismo, y escuchó los acelerados latidos de su corazón. Lo envidió al instante, su corazón ya no latía. Ambas figuras salieron de la taberna y la vampiresa frunció el ceño. No la habían descubierto, sin embargo ella sí podía asestar un golpe interrumpiendo la entrega. La cólera de Varther sería implacable, pero doscientas niñas volverían a su casas. Para Rehina la decisión era simple, sin embargo las consecuencias eran demasiado peligrosas. Si la entrega no se efectuaba quizá se lanzasen patrullas de búsqueda para encontrar a los atacantes. Quizá entrase en la fortaleza caída de Surdana y descubriesen su ataúd. Quizá se adentrasen en los bosques, y en el caso más probable los propios humanos pagarían las consecuencias. Si entraban en la fortaleza podría hacer desaparecer su ataúd y sus pertenencias con rapidez, no tenía muchas cosas que preservar y estaba acostumbrada a actuar y a huir sigilosamente. Tenía tiempo más que de sobra.

Pero si la ira de Varther caía sobre los humanos... La vampiresa cerró los ojos y se masajeó las sienes. Los humanos eran simples daños colaterales, no interferían en su objetivo, y su objetivo no dependía de ellos. Algo más convencida Rehina se decidió y salió de la taberna para prepararse. Se deslizó sin hacer ruido por las calles de la aldea hasta que se encontró totalmente a solas y se quitó la capucha con suavidad. El viento cambió y Rehina pudo oler a un humano, cerca, demasiado cerca.

La vampiresa se giró en seco y clavó sus ojos negros sobre la corpulenta figura que se encontraba a pocos metros de ella. Se había acercado demasiado para cualquier persona normal. Aquél no era un simple paisano, aquél cazaba miembros de su raza.

Sin decirse nada ambos contrincantes se miraron desafiantes. Rehina se mostró altanera, orgullosa. Tal y como debía ser su papel. El hombre la miró fijamente y desenvainó una espada. La vampiresa pudo oler una presencia humana más en la zona, y supo que ambos eran los que habían salido de la taberna con anterioridad. La habían visto.

El hombre hizo ademán de atacarla, esperan asustar a su oponente, mas Rehina se mantuvo inmóvil, analizando sus movimientos con ojo crítico mientras intentaba ubicar con exactitud al otro humano. No parecían ser una amenaza seria, pero sabía que no debía subestimar a sus oponentes. La voz del hombre que estaba delante de ella interrumpió sus pensamientos.

-''¿Dónde está tu marca chupasangre?-''

Rehina lo miró, claramente ofendida, y se limitó a apretar los labios mientas alzaba la barbilla.

-''No importa, puedo adivinar la escoria a la que perteneces. Tu capa es buena, parece impermeable. No tienes joyas... Tienes unos aros de oro por pendientes... y eres orgullosa como el demonio mismo. No encajas en ningún perfil... pero todo lo malo se pega. Tu pelo es rojo, como el de ese bastardo de Von Roy. Pienso sacarte las entrañas y colgarlas de su puerta principal.''-

Rehina no pudo evitar sonreír divertida antes el comentario de aquél engreído. Von Roy desconocía su existencia, poco importaba todo aquello.

-''¿Te ríes? Pienso borrar esa sonrisa de tu cara, bruja endemoniada.''

Acto seguido la sonrisa desapareció y el hombre cargó contra ella. Rehina suspiró y dejó que se acercase lo suficiente, para alejarse de un salto con elegancia. De nuevo se encontraban separados por la misma distancia. El desconocido volvió a cargar contra ella y de nuevo Rehina se alejó, sin embargo en aquella ocasión al tocar el suelo una cruz cayó sobre ella. El hombre que faltaba se encontraba sobre ella intentando abrir un frasco con agua. Rehina saltó de nuevo y puso más distancia entre ellos, mientras se deshacía con rapidez de la cruz y la tiraba a los tejados de los edificios. Alzó la barbilla con superioridad y miró desafiante a ambos hombres.

-''Jugaís sucio.-

-Tú no tienes valores, monstruo. -''

Rehina entonces mostró sus dientes, sus colmillos crecieron con rapidez y sus ojos adquirieron una tonalidad dorada mientras se arrancaba la capa de un tirón. Un vestido blanco, elegante y simple, apareció de debajo y la vampiresa se preparó para lanzar su propio ataque. Se abalanzó con rapidez sobre el hombre armado y de un golpe le arrebató la espada. Cayó con suavidad sobre el suelo mientras medía sus posibilidades de vencer sin necesidad de matarlos. Se arriesgaba mucho dejándolos vivos. No todos los vampiros eran pelirrojos, y pronto tendría que huir de nuevo.

-''No tienes marca...-

-Eso no importa David, puede que la tenga escondida. No bajes la guardia...-

-No tiene marca. Debería brillar si está a medio transformarse. Ésta no la quieren ni en su casa.-''

Su oponente la miró con sorna y sonrió mientras terminaba su frase. Rehina rugió, sin embargo prefirió mantenerse en secreto, ellos intentaban descifrar su identidad y ella no les daría el placer.

David desenvainó entonces una daga y se lanzó sobre ella. Rehina no se movió, puesto que sabía que aquello sólo era una maniobra de distracción y lanzó la espada a los pies de su atacante. Éste se trabó con ella y cayó al suelo de bruces mientras Rehina y le había quitado la daga y se sentaba sobre su espalda, colocando la daga con suavidad sobre su cuello.

-''Zorra...''-

-''¡Espera!''-

Rehina miró entonces al otro hombre y le mostró sus colmillos, marcando una distancia de seguridad.

-''No queremos hacerte daño... Esto es sólo pro dinero...Necesitamos comida...''-

La vampiresa frunció el ceño mientras intentaba desvelar la verdad en las palabras del desconocido. Dudó un instante y el cuerpo que estaba bajo ella desapareció. En pocos segundos se encontró sobre el suelo, boca arriba y con David sujetando sus bazos con una mano, mientras que con la otra apoyaba una estaca de madera sobre su pecho. Sonreía maliciosamente.

-''Te lo preguntaré una vez más. ¿Quién demonios eres?''-