Capítulo III: La constructora de un solo hombre.

Si tu marido es celoso
Dale a comer chicharrón,
Pa' ver si con la manteca
Se le quita lo ca... lla,
Mujer, calla.

Deja de tanto llorar,
Que esta noche, con la luna,
Nos vamos a emborrachar.

—¿Dónde estará ese inútil de Hans? —se preguntó Álex, apareciendo cerca de donde había estado Tale, pero a una distancia prudente para que no lo encontraran antes de que él los encontrara.

Avanzó sigilosamente hacia donde había recibido el garetazo de su vida, ocultándose entre las sombras, moviéndose con la presteza de un ninja. Escuchó pasos tras de sí y saltó para esconderse entre el ramaje de un árbol.

—¿Estoy de suerte, o lo están ellos? —sonrió Álex, al ver que eran precisamente Hans y Garet. Dos pájaros de un tiro—. ¡Hola de nuevo! —saludó, bajando del árbol.

—¿Qué quieres? —le espetó Garet, a la defensiva.

—¿Yo? .¡Nada! La pregunta es .¿qué quieren ustedes?

—¿Qué mosca te picó? —preguntó Hans, extrañado.

—¿Desconfían de mí? —quiso saber Álex, poniendo cara de compungido.

—Claro —respondieron los otros dos inmediatamente.

—¡Pero si sólo quiero compensar mis malas acciones pasadas! —se defendió el Adepto de Agua falsamente—. Pido perdón por haberlos utilizado para mis perversos fines.

—No te creo —suspiró Hans, negando con la cabeza, tras cinco segundos de mudo asombro suyo y de Garet.

—¿Pero porqué? —clamó Álex.

—Porque te conozco —respondió el Adepto de Tierra.

—Claro que no. Difícilmente hemos cruzado palabra más de cinco veces.

—¡Pues con eso basta! —apoyó Garet a Hans.

—Son demasiado injustos con alguien que no conocen sólo porque alguien (léase Mía) les ha mostrado un retrato parcializado y prejuicioso de mi persona.

—Sus razones debe tener, .¿no? —se encogió Hans de hombros.

—Pues claro que las tiene, pero se deben exclusivamente a cosas que no hice, y no a las que hice.

—¿Qué quieres decir? —Garet se rascó la cabeza, confundido.

—Hay cosas en el cielo y en la tierra que no deben conocer —respondió Álex, lacónico—. El punto es que estoy genuinamente arrepentido y se niegan a aceptar la compensación que ofrezco, y eso me hace sentir muy pero muy mal.

—Ahora resulta que tienes sentimientos —se burló el Adepto de Fuego.

—¿Cómo pueden dudarlo? .¿Acaso no soy humano? .¿Acaso no soy un pobrecillo huérfano que merece un poco de consideración?

—Que no tengas madre no te da derecho a utilizar a las personas —espetó Hans.

—¡Ya me disculpé por eso! —exclamó el Adepto de Agua, convencido de que esto de cumplir deseos era condenadamente difícil. Pareciera que El Sabio le hubiera concedido la omnipotencia a condición de que no hiciera nada. Deseaba sinceramente que todo acabara de una vez para poder seguir con su extensa lista de personas a las que le concedería un deseo. Ninguna iba a ser particularmente fácil de convencer, y estos dos estaban dejando asentada una clara muestra de cómo serían las siguientes siete personas de su lista. Afortunadamente, Mía iba al final. Pero eso no cambiaba el hecho de que empezaba a hartarse de las reticencias de esos dos jovencillos insolentes que lo trataban como si fuera una lacra de lo peor e iban a hacer que le salieran canas multicolores del puro y simple enojo que lo estaban haciendo pasar. Finalmente, para romper el tenso silencio que había surgido, fue directo al grano—. ¡Venga, pidan lo que quieran y se los concederé!

—¿Cómo puedes decir eso? —soltó Garet, meditabundo—. Aunque en realidad quisieras ayudarnos, no podrías.

—¡Claro que puedo! —se ofendió Álex—. Después de todo, yo soy…

Se detuvo. Si les revelaba que era el nuevo amo y señor de Weyard, pensarían que le había hecho algo al Sabio y tratarían de destruirlo.

—¿Qué eres, aparte de un patán ególatra e insoportable? —preguntó Garet, divertido.

—Pues el Adepto más poderoso que han visto, .¿o no? —retrucó Álex con una sonrisa distendida. Los otros dos callaron. Por mucho que no les gustara, no podían negar su gran habilidad.

—Pues si eres tan poderoso —reflexionó Hans—, reconstruye Tale. Eso es lo único que deseo.

—Y yo —asintió Garet fervorosamente.

—¡Nada más fácil! Sólo pido una cosa —añadió Álex rápidamente—. No dejen que Mía me vea. Es capaz de matarme.

—¿Y cómo se supone que lo evitemos? —preguntó Garet, sonriendo—. ¿Quieres que te tapemos con arbustos?

—No, basta con que la alejen de donde quieren que reconstruya Tale.

Hans y Garet asintieron y partieron hacia donde estaban los demás. Cuando Álex vio que Mía estaba demasiado lejos como para verlo o escuchar sobre su llegada, hizo su triunfal aparición.

—¿Álex? —Nadia se puso en guardia, al igual que Piers y Félix.

—Calma, querida —replicó el aludido, mostrándole las palmas de sus manos en un intento de gesto tranquilizador. Claro que, siendo Álex de quien se trataba, el gesto era más bien amenazante—. Vengo en son de paz.

—¿En son de paz? —repitió Félix. Ni él ni los otros dos habían relajado su postura.

—Luego hablaré con ustedes más detenidamente. Ahora tengo un encargo que hacer.

Se concentró. Era omnipotente, .¿no? En teoría, podía manejar los elementos mismos para crear lo que quisiera.

Y así lo hizo.

Con el viento cortó madera para fabricar las casas. Las rocas mismas se acomodaron para servir de cimientos. El agua subterránea se agrupó en un pozo. Del suelo brotó paja instantáneamente, que se cortó sola para formar tejados y similares. En menos de veinte minutos, había aparecido una réplica del antiguo Tale alrededor de ellos.

—Misión cumplida —sonrió Álex.

Súbitamente, se sintió muy cansado. Demasiado cansado. Exageradamente cansado. Tan cansado, que cayó dormido sin aviso previo.

—¿Álex? —repitió Nadia, bajando su arma por fin—. ¡Álex! .¡Deja de jugar!

Pero no recibió respuesta. Se acercaron con cautela.

—¿Creen que haya muerto? —preguntó Félix desapasionadamente.

Piers se quedó viendo a Álex por espacio de medio minuto, notando el compás de su respiración.

—Está dormido —dictaminó—. Debe haber sido demasiado esfuerzo.

—¿Qué hacemos? —preguntó Nadia, que al principio se había preocupado genuinamente y ahora estaba genuinamente aliviada.

—Llevémoslo a una de las casas para que duerma en paz.

—¿Qué? —saltó Félix—. ¿Después de todo lo que nos ha hecho?

Especialmente por lo que ha hecho —le reprochó Piers, señalando a su alrededor con la mano—. Al menos por esto, merece un poco de consideración.

Y el lemurio cargó sobre su espalda al bello durmiente (literalmente) y lo llevó a una de las casas, acompañado por Nadia.