Capítulo IV: ¡La culpa la tiene Cupido!
Si
tu marido es celoso
Dale el agua de cebada,
Pa' ver si con lo
fresquito
Se lo lleva la... calla,
Mujer, calla.
Deja
de tanto llorar,
Que esta noche, con la luna,
Nos vamos a
emborrachar.
—La omnipotencia… es un asco —bostezó Álex, despertando por fin. Recordaba perfectamente lo que había hecho.
—¿Porqué dices eso? —preguntó una voz a su izquierda. Álex se volvió con rapidez. Era Nadia.
—Por nada en particular… ¿en dónde me tienes secuestrado, Nadia?
—¡Ya quisieras valer lo suficiente para alguien como para secuestrarte! —sonrió Nadia—. ¿No reconoces tu propio trabajo?
Sí, era una de las casas que él mismo había construido, si la observaba bien. Sonrió.
—¿Significa esto que he sido adoptado entre la sociedad Taleana?
—No, no creo —respondió la Adepta de Fuego con sinceridad.
—Yo tampoco lo esperaba —el nuevo dios de Weyard se encogió de hombros—. ¿Qué haces aquí? .¿Temes que robe algo?
—¡Si serás insensible, Álex! —se enfureció ella—. ¡Todavía que me preocupo por ti, y tú vas y me dices eso!
Álex se quedó mudo. ¿Había dicho que se preocupaba por él? Era algo que no le pasaba desde que dejó Ímil. Tantos años de intriga por el Sol Dorado lo habían hecho olvidar que, a veces, se necesitan amigos de verdad.
Y si algo había aprendido de El Sabio, era que la omnipotencia puede darte todo, menos la compañía de alguien.
Sacudió la cabeza; ya eran más que suficientes cursilerías.
—¡Es conmovedor escuchar eso! —reconoció con tanta sinceridad que Nadia pensó que mentía—. ¿Hay algo que pueda hacer para pagar tanta bondad?
Nadia negó con la cabeza.
—Ya has hecho suficiente, Álex. Nunca habría creído que volvieras, y menos a ayudarnos.
—Pues ya ves —sonrió el Adepto de Agua—. ¡En serio! Los hice pasar por muy malos ratos y quiero compensarlos.
—No suenas como el Álex que conozco.
—¡Nadia, Nadia! Todo eso no fue más que una impostura para conseguir mis fines.
—¿Y te funcionó? —soltó Nadia. Álex sabía que Nadia sabía que él sólo buscaba el Sol Dorado. Así que…
—Pues… no del todo. De milagro salí vivo del derrumbe del Aleph. Y luego, Mía me dio el golpe de mi vida. Decididamente, no me ha ido tan bien —recapacitó Álex. Pero luego recordó, para gran deleite suyo, que la tortura acabaría pronto y podría ser el dios de Weyard en toda ley, sin tener que cumplir encarguitos estúpidos.
Nadia, por su parte, se veía apenada. Cierto era que Álex había jugado con todos; pero ahora se veía sinceramente arrepentido; y también era cierto que, como él acababa de confesarle, no le había ido del todo bien. Y sin embargo…
—¿La leyenda del Sol Dorado era cierta? —quiso saber.
La conversación tomaba un cariz demasiado peligroso para el Adepto de Agua.
—… no del todo. De que existe, existe; pero de que lo obtuvieras sólo por estar en la cima del monte Aleph cuando se encendieran los cuatro Faros… ¡es una estafa! —explotó con sinceridad. Nadia rió—. ¿Qué? .¿Crees que es gracioso que una montaña se derrumbe sobre ti mientras un ojo flotante se burla de la situación?
—No, no es eso —trató de controlarse ella—. ¡Es que es la primera ves que pareces tan humano!
Mal augurio, se dijo Álex, parecer humano cuando estaba muy por encima de ese nivel.
—¿Segura de que no hay algo en lo que pueda ayudarte? —insistió el Adepto—. ¿Algo en lo que nadie más podría? Ya viste una muestra gratis de mi poder, así que…
—Pues… —empezó Nadia, para luego sacudir la cabeza—. No, no creo que puedas.
—¡.¿Dudas de mi poder?.! —se indignó el otro.
—No, no es eso… es que…
—¿"Es que" qué?
—Es que no creo que ni moviendo todas las montañas de su sitio pudieras…
Y Álex por fin comprendió.
—¿Es Hans, no?
—¿Cómo lo sabes? —se sonrojó la jovencita.
—Porque, querida, eres demasiado obvia. Lo sorprendente es que ni Hans ni Garet se hayan dado cuenta, y eso que has pasado toda tu vida con ellos.
—… yo…
—Eh, que no es pecado —o al menos para él, Dios de Weyard, no lo era—. ¿Piensas decirle algún día?
—Pues… sí, supongo.
—¡Necesitas más confianza en ti misma! —aseveró el Adepto—. Pero no te preocupes. Con mi ayuda y tus dones propios, tendrás al buen Hans comiendo de la palma de tu mano.
—¿Harías eso, Álex? —la mirada de Nadia se iluminó mientras su interlocutor asentía con la cabeza y sonreía.
El concede-deseos salió, temiendo que Mía lo encontrara, y cerca de ahí se encontró con Félix. De él se encargaría después, ahora la prioridad era Nadia.
—¡Hey, Félix! .¿Has visto a Hans?
—Se fue a la casa de su madre —informó el Adepto de Tierra con desconfianza.
—¡Huy, qué cara! .¡Ya cásate! —bromeó Álex—. No te alejes mucho, que tengo que arreglar un asunto contigo después.
Cuando por fin llegó, llamó a la puerta tres veces. Hans abrió la puerta, preguntándose quien sería. Al encontrar la respuesta a su duda, sonrió.
—¡Excelente trabajo, Álex! .¿Cómo lo hiciste?
—Psinergía, Hans, Psinergía… ¿esta encantadora dama es tu hermana? —sonrió, dirigiéndose a Dora y haciendo una reverencia.
—¿Es amigo tuyo, Hans? —sonrió Dora, halagada.
—Eeeh… más o menos. Mamá, te presento a Álex. Álex, mi madre está ca-sa-da.
—¡Ah, eso es una lástima! —exclamó el Adepto de Agua, como si acabara de recibir una estocada mortal al corazón—. Pero dígame, señora, .¿no concuerda usted en que Hans ya está en edad de comprometerse?
Hans ahogó un grito, sorprendido por la declaración. ¿Acaso Álex era…?
Dora asintió.
—Sí, maduró mucho durante sus viajes. ¡Y, la verdad, ya se ha tardado bastante en tener novia!
—¡Mamá! —se sonrojó el Adepto de Tierra.
—¿Y qué me diría si le dijera que vengo en representación de la candidata perfecta para su retoño? —prosiguió Álex.
—Lo dudaría seriamente —reconoció Dora.
—¡Juro que es perfecta! —reiteró Álex—. Es linda, madura, alegre, es de Tale, .¡y está locamente enamorada de Hans! Vale que todavía le falta perfeccionar sus técnicas culinarias, pero, fuera de eso, es ideal. Como que lo digo yo.
—¿Es de Tale? .¿La conozco? —preguntó Dora, que ya sospechaba algo. Álex asintió lentamente con una gran sonrisa—. Oh… ya veo…
—¿De quién hablan? —quiso saber Hans, rojo como un tomate.
—¡Será posible que no lo sepas! —replicó Dora, frunciendo el ceño. Acto seguido, se volvió a Álex—. Por mi parte, tienen todo mi apoyo y mi bendición.
Y se fue.
—¿De quién hablan? —repitió Hans, al borde de un ataque de histeria.
Álex meneó suavemente la cabeza, reprobando la ignorancia de Hans.
—Luego dicen que el insensible soy yo. Hablamos de NA-DIA. ¿Te suena?
—… ¿de Nadia? —Hans empalideció de repente, y luego se puso más rojo aún.
—¡Eh, conque también te gusta! —dedujo hábilmente Álex, mientras Hans se ponía de un color que, en comparación, la más roja de las manzanas se vería apenas rosada—. Pues ve y decláratele de una vez, o la convenceré de que no vales la pena.
Hans, aún rojo, asintió y salió de la casa.
Después de todo, los Cuatro Elementos de la Alquimia componían el cuerpo de todos los habitantes de Weyard. Una simple alteración, y los químicos cerebrales necesarios para darle valor a Hans habían sido segregados en cantidades industriales.
—… soy genial, .¿o qué? —sonrió Álex, y salió para buscar a Félix.
