NOTA: Hasta ahora recapacito en que tal vez alguien que lea esto haya jugado la versión en inglés y desconozca ciertos cambios de nombre entre versiones. Para futuras referencias, Hans es Isaac, Nadia es Jenna y Sole es Sheba. Son todos los que recuerdo, de momento.
Capítulo VI: Murmuren, víboras.
Yo
soy la víbora negra
Que habita en los paredones
Soy
amigo de los buenos,
Pero no de los ca... lla,
Mujer, calla.
Deja
de tanto llorar,
Que esta noche, con la luna,
Nos vamos a
emborrachar.
—¿Dónde estará esa niña? —se impacientó Álex, andando a hurtadillas por Tale. No podría saber dónde estaba Mía. Y si lo meditaba con cuidado, tampoco podía estar seguro de que Sole no estaría igualmente molesta con él. La chiquilla era rencorosa y voluble… y aunque tenía buenas razones para detestarlo (había cooperado con su secuestro, la había tratado como una mocosa inútil, la había hecho enfadar a propósito en repetidas ocasiones…), no eran suficientes como para desear su muerte con la intensidad con que lo hacía—… Mmmh… si yo fuera una niña cursi, terca, gritona, y enojona como Sole, .¿dónde estaría?
—¡Quizás detrás de un patán engreído, pensando en golpearlo hasta dejarlo todo morado! —le llegó la voz de Sole desde sus espaldas.
—¡Sole, querida! Sólo bromeaba. Sabía perfectamente que estabas detrás de mí.
—Sí, claro.
—Así que… ¿no tienes algún deseo loco y extraño que crees que nadie puede cumplir?
—¡Álex! —se sonrojó Sole, y le dio una bofetada.
—¡Eh! .¿Eso a santo de qué vino? —quiso saber el Adepto de Agua, sobándose la mejilla.
—¡Y encima preguntas, sucio depravado!
—… ¡oye! .¡Yo no me refería a eso, malpensada!
—¡Estás tarado si crees que te creo!
—El hecho de que quiera compensar mis malas acciones pasadas no significa que vaya a convertirme en un hombrezuelo de la calle cualquiera —refunfuñó Álex, indignado de que se pensara que el Dios de Weyard era un libertino urgido que se metía con cualquier mocosita que le pasara por enfrente.
—¡Sí, claro! Ya me vinieron con el cuento de tu arrepentimiento, y no lo creo para nada.
—¡Ah, por supuesto! Seguro ya hablaste con Nadia. ¿Qué tan feliz está?
—… mucho —reconoció Sole, sonrojada. El favor que le había hecho Álex a Nadia era justamente el que ella quería que le hicieran. ¡No, sucios malpensados, eso no!
—Interesante —sonrió Álex al notar el sonrojo de la Adepta de Viento—. Es Piers, .¿no? —como única respuesta recibió un sonrojo superlativo—. Ya, ya. Pan comido.
—¡No, espera! Es que… yo… ¡yo no necesito tu ayuda para eso!
—Uy, uy. La roba-corazones Sole, .¿eh? .¡Pillina!
—¡Cállate, Álex! —Sole hizo ademán de darle otro golpe al aludido, que se apartó rápidamente. Tras fallar, la jovencita se quedó pensativa.
—Y aun así… ¡bueno, qué más da! Hay algo que quiero saber antes de seguir intentándolo.
—Soy todo oídos.
—Es que… —Sole volvió a quedar pensativa. Recordaba claramente sus épicas luchas por lograr que Piers soltara algo de información, pero era recondenadamente difícil.
Y es que, aunque no se le notara, a Sole no le haría mucha gracia encontrarse con que el lemurio tuviera la edad de Kraden (cosa que sospechaba porque se llevaban bastante bien).
—… dudo que puedas lograrlo, Álex —suspiró la Adepta de Júpiter, porque ciertamente era una misión imposible.
—¡No hay imposibles para…! —comenzó Álex, y una vez más se calló a tiempo. No… se los revelaría justo cuando acabara con el estúpido encargo de la roca gigante, los esclavizaría y se divertiría por una eternidad o dos—… para mí.
—Jo, Álex —bufó Sole, medio divertida—, entonces intenta sacarle cuántos años tiene. No nos lo ha querido decir —mientras veía al Adepto de Agua alejarse tras asentir rápidamente, sonrió—. Es un patán y un imbécil, pero me hace reír.
—· / —·— / ·—
—¡Piers! —saludó el Dios de Weyard con entusiasmo.
—¿Qué quieres? —preguntó Piers a la defensiva. Había sido demasiado entusiasmo.
—¿Cuántos años tienes?
—¿Qué te importa?
—¡No evadas la pregunta!
—Nunca dije que fuera a responder nada —Piers se dio la vuelta para irse.
—Bien. Bien —soltó Álex peligrosamente—. ¿Qué quieres a cambio de esa información?
—¿Eh? —el lemurio se detuvo, intrigado. Pensaba que tal vez el despliegue impresionante de psinergía que había hecho Álex hace rato le había frito el cerebro.
—¡Ponle precio a tu respuesta! Sea lo que sea, lo cumpliré sin falta.
—Mmmmh…
—Nada de "Mmmmh". Al grano.
—Tú ve al grano —espetó Piers—. ¿Qué te importa mi edad?
—Ah, simple curiosidad.
—La curiosidad mató al gato.
—¿Y me lo dices a mí? Ya he pasado cosas horribles por ser tan curioso. El problema es que no puedo dejar de serlo.
Piers se soltó riendo de súbito.
—Entonces, .¿harás lo que quiera si te lo digo?
—Eeeh… bueno, con ciertas restricciones —soltó Álex, algo preocupado por el tono que su interlocutor había empleado en la última frase.
—Mmmmh… bueno, no importa. No creo que tengas escrúpulos para esto —la intención del lemurio era ciertamente peligrosa, o al menos eso parecía.
—Soy muy escrupuloso —informó el Todopoderoso, cada vez más preocupado.
—¿Demasiado escrupuloso? Mmmmh… entonces pensaré detenidamente lo que quiero pedir, no vaya a ser que te dé un infarto —sonrió Piers, e hizo ademán de irse.
—¡Oye! —gruñó Álex—. ¿Y tu parte del trato, qué?
—¿Qué…? .¡Ah, claro! —cayó en cuenta aquél, se acercó a la deidad y le susurró una cantidad de varias cifras al oído.
—¡.¿QUE QUÉ?.! —se asombró Álex—. ¡Eso es mucho!
—¡Hey! Para los estándares lemurios, apenas soy un jovencito —se defendió Piers.
—… está bien, ancianín —se burló Álex, y se teletransportó a donde estaba Sole.
Acto seguido, le informó en secreto la cantidad que Piers le había revelado, lo que hizo que se pusiera pálida y decidiera que era decididamente mucha diferencia de edades.
—… pero no me importa —dictaminó.
—¿Qué es lo que no te importa? —preguntó Iván, llegando.
—¡No te importa! —soltó Sole, y se fue a paso veloz.
Álex sonrió. Al menos por esta vez, no tendría que buscar desesperadamente al siguiente de la lista.
