Waaah, ya lo veía venir! Me porté mal y los de Camelot no me regalaron a Álex, buuu! This could be the one last chance / to make them understand / I'd do anything just to hold him in my arms / to try to make him laugh / somehow I can't put him in the past / I'd do anything / just to fall asleep with him / Will they remember me/ 'Cuz I know I won't forget 'em!
Pero que al cabo me lo puedo robar y seguir portándome mal y hasta peor, ñaka ñaka!
Iván es toda una inspiración en eso de portarse mal, por cierto.
Capítulo VII: Oh how I wish…
Carretera
para arriba,
Carretera para abajo,
Unos se van al casino,
Otros
se van al ca… lla,
Mujer, calla.
Deja
de tanto llorar,
Que esta noche, con la luna,
Nos vamos a
emborrachar.
—¡Bueno, Iván, vayamos al grano! —soltó Álex, algo amenazadoramente, impidiendo que el aludido se le escapara acorralándolo contra la pared.
—¿… Álex?
—¡El mismo!
—¿Qué se te ofrece?
—Pues… lo que se te ofrezca a ti.
—Entonces… ¿puedo irme?
—Si eso es lo que quieres —Álex se encogió de hombros y retiró el brazo que impedía que Iván se fuera.
—¡Nos vemos luego! —se despidió el Adepto de Viento, algo extrañado.
—¡Sí! .¡Hasta luego! —asintió con cordialidad, y mantuvo la sonrisa hasta que la puerta se cerró.
Entonces se percató de lo que acababa de hacer y la sonrisa se resbaló de su cara para dejar lugar para una mueca que quería decir "¡Oh, qué recondenadamente estúpida cosa he hecho!", y salió para alcanzar a Iván.
—¡Eh, Iván! .¡IVÁN!
—¿Pasa algo? —se volvió el niño, con aire de inocencia suprema.
—¿Qué te pasa a ti? .¿Porqué me evades? —espetó el Todopoderoso, con un falso enojo.
—No te estoy evadiendo —respondió Iván, extrañado.
—Oh sí, sí lo haces —refunfuñó, y luego puso cara de quien ha tenido una horrenda revelación—. ¡Te he hecho algo malo y no me he dado cuenta! .¡Sí, eso es!
—Eh… no, no creo…
—¡No lo puedo creer! .¡Intento reformarme, Iván! .¡Así que si te he hecho algo realmente malo, me gustaría compensar mi mala acción pasada!
—Pero te digo que no…
—¡Basta! No merezco tu compasión. Soy un montón de escoria andante. ¡Déjame redimirme!
Y diciendo estas cosas Álex tenía un aire de demente sinceridad, así que Iván decidió darle por su lado.
—Eh… está bien… —Iván le dio unas palmaditas en la cabeza al Dios de Weyard, que en su pasmosa interpretación había acabado arrodillado en el suelo, mesándose los cabellos, golpeando el piso, con los ojos verdaderamente acuosos. Ante este gesto del Adepto de Viento, Álex se levantó de golpe, puso cara de gran felicidad (más que nada por lo del Sol Dorado, no porque realmente se sintiera un montón de escoria andante) y se enjugó una lágrima surgida de los jalones a su cabello, no de su profundo (e inexistente) remordimiento.
—Entonces, .¿qué puedo hacer por ti?
—Nada, gracias.
Álex volvió a su actuación de gran dolor. ¡Y por eso la Academia le da el Óscar!
—¡Ah, es cierto! Ya… ya sé en que puedes ayudarme —soltó Iván, pero la verdad es que no tenía idea.
—¡Tú pide y se te concederá! —soltó Álex, de nuevo en la cúspide de la felicidad. ¡Y por eso se gana el Globo de Oro!
—… ya no sufras tanto —sonrió Iván con indulgencia, dio media vuelta y se fue.
—… eso… fue fácil —jadeó Álex—. Bueno, vamos por Kraden.
—No, no puede ser tan fácil —resonó la maliciosa voz del Sabio en su cabeza.
—No me gusta como suena eso.
—Ese deseo tan simplón no cuenta porque no hace feliz al que lo pidió. Así que ve y concédele algo real.
—… te odio, estúpida roca voladora —masculló Álex, logrando que una Taleana se le quedara viendo con fijeza por unos segundos, y fue en pos del Adepto de Viento.
—· / —·— / ·—
—¡Iván, eso no es justo!
—¿Eh? Ah, tú otra vez.
—¡Sabes que eso es trampa!
—Destreza. Se le llama destreza.
—¡Destreza mis polainas! Te reto a que lo intentes de nuevo.
—Mira —suspiró Iván con cansancio, sacando una moneda de su bolsillo—. Ya te lo dije. Siempre cae cara cuando digo que así será. Cae sello cuando lo predigo. Y si digo que caerá de canto, es que va a caer de canto. Así de simple. Por eso me llaman vidente.
—¡Esta vez apostaré todo lo que me queda a que fallarás tu predicción!
—¿Y cuánto te queda?
—25,000 monedas.
—Bueno, pero que conste que te lo advertí.
—Suelta tu predicción y ya.
—Yo digo… que caerá sello —dictaminó Iván, tras observar la moneda por un rato y hacer ademán de lanzarla al aire.
—¡Un momento! —lo detuvo su interlocutor, le arrebató la moneda, la examinó por todas partes y finalmente sonrió con malicia—. Esta vez la lanzaré yo.
—Como quieras. Eso no cambiará nada —el Adepto de Júpiter se encogió de hombros. La moneda dio varias vueltas en el aire antes de caer. Una ligera corriente de aire la hizo rebotar en una piedra. Y cayó sello—. Te dije.
—… ¡fue trampa! .¡No sé cómo lo hiciste, pero es un truco miserable y ruin!
—Yo te lo advertí. Ahora suelta esas 25,000 monedas
—¡Pero si es un vil asalto a mano armada!
—¡Yo te lo advertí! Y las deudas de juego son deudas de honor. No seas llorón.
—… ¡pagarás por esto! —amenazó aquel individuo que no nos interesa la gran cosa, y se alejó corriendo.
—· / —·— / ·—
—Vaya, vaya —sonrió el Casi Dios de Weyard, tras haber presenciado esa dulce escena—. Así que el dulce e inocente Iván se ha convertido en un estafador… me hace gracia. ¡Eh, Iván!
—¿Álex? .¿Desde cuándo estás ahí?
—Desde hace rato —sonrió Álex—. Desde hace suficiente tiempo como para poder apreciar tu gran dominio del viento. ¡Sí, señor, todo un Adepto de Júpiter!
—Ah… ¿de qué hablas?
—¡Iván, Iván:( Me ofendes. Tal vez ese inútil aún no pueda reconocer la psinergía, pero yo sí. Así que… ya sé lo que haré para redimirme.
—¿Eh?
—¡Sé que es lo que quieres! .¡Que me deshaga de ese nefasto sujeto por ti!
—Pues…
—¡Vamos, pídelo! No es de Tale, así que te debe haber seguido un buen trecho. Ya has de estar harto de él.
—En eso tienes razón —recapacitó Iván.
—Y además es peligroso eso de que ande divulgando que eres un timador. Así que, con tu venia…
—¿Mi qué?
—Con tu permiso.
—Propio.
—… no me estás entendiendo, .¿verdad?
—Algo.
—Sólo di que quieres que vaya a asegurarme de que ese tipo no te moleste otra vez.
—Bueno, adelante.
—Tienes que decirlo.
—¿Por qué?
—Para que no haya malentendidos después —respondió Álex lacónicamente. Si el Sabio volvía a salirle con que "el deseo no contaba", todos se enterarían de lo que era la furia del Dios de Weyard.
—Bueno… —se encogió de hombros el Adepto de Júpiter—. Ve y líbrame para siempre de ese tipo.
—¡Concedido! —sonrió maliciosamente, y partió.
—Ese Álex… seguro se les cayó de chiquito y se pegó en la cabeza.
—· / —·— / ·—
—¡Tú! .¡Detente!
—¿Quién eres y qué quieres?
—No te importa y no importa. Sólo sigo órdenes. Nada personal —soltó Álex mecánicamente mientras conjuraba su Psinergía para congelar las piernas del sujeto—. Y apenas comienza.
—¡.¿Qué dem…?.!
—Ahora escucha bien. Don Iván, a quien incondicional y profundamente reverencio y sirvo, no quiere volver a ver tu horrenda cara frente a él jamás. Esto sólo es una advertencia.
—¡Me importa un cuerno eso! .¡No me interesa si es el líder de la mafia de los monstruos, desenmascararé a ese estafador!
—… ¿monstruos?
—¡.¿Qué, esto de la congelación no es algo que sólo los monstruos de la cueva de Ímil pueden hacer?.!
—Ah, entonces lo de monstruo es por mí —sonrió Álex peligrosamente—. Decidido. Eres un completo estúpido.
—¡Cierra la boca!
—… bien, ya lo decidí. Envíame una postal cuando te caigas por la orilla del mundo, .¿de acuerdo?
Tras lo cual, el Dios de Weyard, muy ofendido, teletrasportó al insolente, con las piernas bien congeladas, a la orilla del mundo.
—… mira que llamarme monstruo… Bueno, supongo que ahora sí puedo buscar a Kraden.
—· / —·— / ·—
—¿Kraden? —preguntó Álex tímidamente, entreabriendo la puerta de la casa de Kraden.
—¡Adelante!
El Todopoderoso se asombró al ver el caos por el que estaba rodeado Kraden.
—¿Qué pasó aquí? .¿Hubo un tornado?
—¡No, lo que pasa es que no encuentro mis lentes!
—… ¿Y lo que más deseas es encontrarlos? —sonrió Álex. Este sí estaba fácil.
—¡Pues claro!
—¡Entonces no sufras más! Sólo déjamelo a mí.
—Vaya, gracias, Álex.
—· / —·— / ·—
—… aquí están —sentenció el Todopoderoso Dios de Weyard lleno de polvo, cansado y con el cabello bastante desarreglado unas tres o cuatro horas después.
—¡Gracias, Álex! Ciertamente, ya no quedan jóvenes acomedidos y solícitos como tú.
—… de nada —soltó Álex, sacudiéndose—. Ahora me retiro.
Abrió la puerta y se encontró cara a cara con Piers.
—Conque aquí estás —sonrió el Lemurio.
Álex pasó saliva. De todas formas, no podría evitarlo por más tiempo.
