Hola

¡Kara, hola! Je, si, más historias del trío. Y no te preocupes porque me vaya a abandonar la musa (o el muso, jaja), pq creo que tengo cuerda para rato jajaja. Y sí, se quedaron con las ganas. Y.. Bueno, ya verás jeje..

Árvidas, pobre, es un encanto. Como un enorme oso de peluche (con grandes garras, claro) Me encantó la idea de escribir sobre esa pareja, me parecen super graciosos, super monos... Como niños grandes jaja.

Y Milena no, no saldrá en esta historia. Pero Nadya ya va a tener suficientes problemas sin necesidad de eso, palabra, así que mejor démosle un respiro jajaja.

Y sobre tú review de "Luces y sombras", gracias!! Y me alegro que te gustara que lo narrara Lyosha. Pero nena, tu lista de vampiros es infinitamente larga jajaja. Como todos te hagan caso, vas a necesitar a una "hermana". Me ofrezco voluntaria jajaja. Ahora sólo nos queda convencer a Nadya y a Marian.

Capítulo 2. ALEKSEI. Limpieza.

Mis dedos recorrieron los botones del vestido de Nadya, desabrochándolos poco a poco. Me disponía a liberar su cuerpo de la prisión de tela cuando saltó de nuestros brazos tan velozmente que mis manos quedaron en el aire sosteniendo un inexistente broche. Leo soltó un breve juramento, y yo mismo no pude reprimir un gruñido de irritación. Ella se plantó frente a nosotros con los brazos en jarras, con una sonrisa malévola pintada en su rostro. El vestido desabrochado hasta poco más abajo de su cintura deja entrever su cuerpo de un modo que me pareció más tentador aún que si su desnudez hubiera sido completa. O quizá es que a duras penas puedo controlar el deseo de poseerla, con o sin su maldito consentimiento.

"Lo sabía", gruñó Leo en mi mente, peligrosamente irritado.

Si, lo sabía. Y yo también había tenido que imaginarlo. Los enfados de Nadya se desvanecen con rapidez, pero no con tanta rapidez. Algo le ronda por la cabeza, algo que no pretende dejarme ver, pero que no voy a tardar en averiguar. Y desde luego, tendrá que ver con la palabra que nos ha hecho empeñar. Sin apartar su divertida mirada de nosotros ni un instante, se dejó caer en el sofá frente a nosotros, con la más perfecta combinación de inocencia y lascivia que jamás he visto. Y por supuesto, sin molestarse en cubrir su cuerpo ni un solo centímetro. Increíble. Mi pequeña vampiro de apenas un año está jugando con nosotros, dos hombres más antiguos que un milenio. Y aunque por una parte tengo que reconocer que es un cambio positivo en su actitud habitual, por la otra no es menos cierto que ha escogido el momento más inoportuno. Desde que se dirigió a Árvidas mostrando por fin en toda su magnitud el inhumano depredador que habita en ella, sólo la mitad de mi cerebro sigue pendiente de la conversación. El resto está demasiado ocupado controlando mis instintos. Y no necesito leer la mente de Leo para saber que está igual o peor que yo. De hecho, lo último que quiero en este momento es leer su mente. El olfato ya es bastante malo, pero así estamos a la par. Si aumento mi ya difícilmente controlable excitación con los pensamientos que él tiene de la suya, no podré contener la necesidad de saltar sobre Nadya y poseerla aunque ese no sea su deseo. Y eso es algo que no puedo permitir. Jamás he tomado por la fuerza a una mujer en once siglos, y no pienso empezar ahora.

Frente a mí y ajena a mis primitivos pensamientos, cuidadosamente bloqueados, Nadya se regodea en su juego, contemplando divertida como mi hermano y yo la devoramos con los ojos.

"Hemos hecho un trato, queridos míos. Y me habéis dado vuestra palabra", dijo con el más perfecto de sus tonos malévolos.

"Nadya, tenemos toda la eternidad para revelarte cuantos secretos quieras conocer. ¿Tiene que ser precisamente ahora?", pregunté con mucha más desesperación de la que pretendía.

Ella soltó una alegre carcajada.

"Por supuesto que tiene que ser ahora. El momento es importante. Muy importante", rió.

Miré a mi hermano, con una mezcla de irritación, incredulidad y preocupación. Los nervios de Leo están aún peor templados que los míos. En este instante, en un gesto característico en él cuando se siente incapaz de dominarse, aprieta el puente de su nariz, cerrando los ojos con fuerza. Ha dejado de respirar para evitar percibir el olor de nuestra excitación, tan denso que podría cortarse con un cuchillo. Me pareció una buena idea, y lo imité, mientras hacía un gesto en dirección a Nadya, instándola a continuar.

Ella se retrepó en su asiento antes de comenzar a hablar, mientras se abrochaba los botones distraídamente.

"Esta mañana, mientras estabais reunidos con Lisías y sus hermanos, he tenido un encuentro muy interesante", comentó en tono ligero, como restándole a sus palabras la importancia que evidentemente tienen para ella.

Leo y yo cruzamos una rápida mirada de entendimiento. Desde que llegamos a casa de Lisias, hemos intentado por todos los medios evitar que Nadya se cruce con algunas de las mujeres de la casa. La primera vez que ocurrió, los comentarios burlones de Dalmática y Brigitte habían provocado que Nadya tuviera una visión, algo que sólo ocurre cuando su furia o su miedo son tan intensos que obligan a su cuerpo a reaccionar como si se enfrentara al peligro. Y no hace falta señalar que lo que instigó su visión en ese momento no fue el miedo precisamente. Dalmática es una arpía. También es una de las mujeres más bellas y lascivas que he conocido, pero arpía al fin. Si creyera que rezar sirve para algo, elevaría mis plegarias a los dioses para que no fuera ella con quien Nadya se ha encontrado, o su enfado durará horas. Y dudo que mi hermano o yo podamos esperar tanto en esta ocasión. Mis temores se disiparon un poco con la siguiente frase de Nadya. Pero sólo un poco. Desde luego, no lo suficiente para bajar la guardia.

"Estaba en el salón cuando se reunió conmigo una mujer a la que creo que conocéis. Se llama Geneve, ¿os suena?", preguntó en el mismo tono, y no pude evitar considerar que esa ligereza va a resultar mucho más peligrosa que su enfado.

Leo compuso su mejor expresión de inocencia. Yo soy un gran actor, pero debo reconocer que la capacidad de Leo para mentirle a Nadya con descaro es mucho mayor que la mía.

"¿Una rubita no demasiado lista?", preguntó con perfecta indiferencia.

Nadya lo apuñaló con la mirada, y tuve que hacer un esfuerzo hercúleo para no estallar en carcajadas, lo que sin duda hubiera provocado que su enfado se multiplicara por mil en un instante. El de Leo ha sido un buen intento, pero en esta ocasión su actuación no va a servir de nada. Geneve habla hasta por los codos, y carece de la más elemental malicia para comprender que sus palabras pueden estar causando un efecto negativo. Esta vez sí cometí el error de relajarme un poco. Al fin y al cabo, el que compartió cama con la rubia fue mi hermano y no yo.

"¿No demasiado lista? Esa mujer es incapaz de salir de su propia cama sin un libro de instrucciones. ¿Puede saberse en qué diablos pensabas, Leo?", preguntó Nadya alegremente.

Su alegría no engañó a Leo, y a mí tampoco. Podemos oler la ira naciendo entre las notas de su voz cantarina.

"Si le digo en qué pensaba en realidad, me matará, ¿verdad?", rió en mi mente.

Asentí con disimulo, reprimiendo una sonrisa. Pero Leo es mucho Leo para dejar escapar la oportunidad de aprovechar una buena broma.

"Fue algo casual, querida. Le pedí ayuda con una traducción, y una cosa llevó a la otra, y antes de darme cuenta...".

Tuve que morderme el puño hasta hacerlo sangrar para no reírme a carcajadas. Leo es el ser más descarado de todo el maldito universo. Y como Nadya se de cuenta del significado oculto tras sus palabras, no volverá a tocarla en el resto del año. O del siglo. O puede que del milenio. Quizá le perdone la verdad, pero la forma en la que le está tomando el pelo es mucho más de lo que nuestra compañera va a poder aguantar.

"¿Con una traducción? No me tomes el pelo, Leo. Dominas más lenguas de las que puedo imaginar. ¿En qué iba a poder ayudarte ella, que a duras penas habla su propio idioma?", replicó Nadya.

"Tenía ciertos problemas con un par de términos latinos, y por increíble que te parezca, querida, Geneve es una experta en el tema", replicó mi hermano con total seriedad.

¿Cómo diablos es capaz de aguantar la risa? A mi está empezando a dolerme el maldito estómago del esfuerzo. Mi hermano adora bromear al filo de la navaja y sabiendo que yo conozco la fama de Geneve de hacer inexplicable la expresión "lenguas muertas", no puede resistir la tentación de arriesgarse a que Nadya lo pille en un renuncio, solo para ver si consigo reprimir mis carcajadas. Ella lo contempló unos instantes más, dudando a todas luces de la veracidad de sus palabras, antes de dejarlo correr.

"No me creo ni una palabra, Leo. Pero da igual. No es aquí donde quería llegar"

"¿Y dónde querías llegar entonces, querida?", preguntó Leo, con absoluta serenidad.

Palabra que no sé como lo hace. Yo no me siento capaz de hablar sin reírme.

"Al parecer, hay unas cuantas mujeres en esta casa que ansiaban ocupar mi puesto. De hecho, por lo que Geneve me ha dicho, fueron varias las que lo intentaron con, digamos denodados esfuerzos"

"Pero querida, ninguna de ellas ha tenido nunca la más mínima oportunidad. Y ahora tú eres la única que ocupa ese lugar. En nuestra familia y en nuestra vida. No puedes culparnos por las mujeres con las que nos relacionamos antes de conocerte, nosotros no somos como Cora", respondí, sabiendo al fin por donde van a ir sus preguntas.

"Eso es evidente. Y no os culpo, yo tampoco soy como ella. En mi vida también ha habido otros hombres", replicó.

Reprimí un gruñido. ¿Hombres? Niñatos es mucho para llamarles. Sin ir más lejos, el tipo que estuvo con ella en Moscú, justo antes de conocerla, no sabe la suerte que tiene. Después de que ella me contara su historia con él, a punto estuve de ir a buscarlo y abrirle el cráneo. Sólo las protestas de Nadya me detuvieron en ese instante. Pero es algo que tengo en mi lista. Y bastante arriba.

"Siento curiosidad, eso es todo. Quiero saber de cuantas de las mujeres que viven en casa estamos hablando exactamente"

¡Diablos!. Esto nos va a meter en un buen lío.

"Pero, ¿qué objeto puede tener esa curiosidad, Nadya?", pregunté, intentando ganar tiempo.

"Ninguno. Es simple curiosidad. Si fuera al contrario, y estuviéramos en un lugar en el que se hubieran reunido mis antiguos amantes, vosotros querríais saber quienes eran, ¿o no?"

"No estoy seguro de eso", replicó Leo, sinceramente.

Yo tampoco estoy seguro de eso. Ya es bastante malo saber lo que piensan los hombres cuando la miran, saber que sus manos ya han estado encima de ella no ayudaría lo más mínimo.

"Bueno, pues yo si quiero saberlo", replicó. Al ver que no parecíamos muy dispuestos a responder, añadió: "Me habéis dado vuestra palabra"

Gruñí. Ese es un argumento irrefutable. Jamás falto a mi palabra, y ella lo sabe perfectamente. Esa es la única norma que no estoy dispuesto a saltarme, y me siento orgulloso de ello. Soy un hombre de honor, al igual que mi hermano. No me importa matar si es necesario. Y en ocasiones aunque no sea tan necesario. O utilizar a los humanos si los necesito valiéndome de la atracción que despierto en ellos. Y desde luego, la violencia es una constante en mi vida, tan necesaria como el alimento que extraigo de mis presas animales. Pero una cierta cortesía facilita la vida de todo el mundo, y la palabra empeñada debe considerarse sagrada. Un mortal quizá piense que es una triste compensación a nuestra existencia, pero, ¿a quién le importa lo que piensan los mortales?

"Los mayores primero, hermano", ofreció Leo.

Qué amable, pensé con sarcasmo, dedicándole una sonrisa torcida. Partiendo del hecho de que sólo es dieciocho años más joven que yo, lo que desde luego no puede considerarse una diferencia digna de mención comparada con los once siglos que llevamos a las espaldas, estoy completamente convencido de que me deja empezar a mí porque sabe perfectamente que si él confiesa haber seducido a todas las primas de Lisías, Nadya perderá la paciencia mucho antes de querer escuchar mis conquistas.

Nadya se volvió hacia mí, esperando mi respuesta. Suspiré.

"Anzhelika y Oksana, como ya sabes. Dalmática. Julia", hice una pausa, pensando si se conformaría con eso. Me equivoqué.

"¿Eso es todo?"

"Eh, no. También Sara. Y Xiu Xiu"

Leo me miró apreciativamente.

"Son más de las que esperaba", sonrió en mi mente.

Me encogí de hombros con disimulo. Quizá yo no sea tan deslenguado como él, pero mis instintos no le van muy a la zaga.

"¿Y qué hay de ti, Leo?"

"Bueno, yo no he estado con Mayra", dijo mi hermano, mirando a cualquier sitio que no fuera la cara de Nadya.

Menudo mérito. Mayra sólo lleva un par de meses en la familia. Ni a Leo le ha podido dar tiempo a tanto.

Ella hizo un gesto como instándole a continuar, pero Leo ya no tiene más que decir. Se encogió de hombros, abriendo los ojos como queriendo significar '¿qué más quieres que te diga?'

Nadya enarcó las cejas.

"¿Me estás diciendo que sí has estado con todas las demás?"

"Llevo más de ocho siglos visitando a Lisías. ¿Una docena de mujeres te parece exagerado?", respondió.

De nuevo, reprimí una sonrisa. Una docena de mujeres en ocho siglos, no puede parecerle exagerado ni a Nadya. Pero la pausa que Leo había hecho entre ambas frases es algo más que deliberadamente engañosa. Una y otra frase no tienen ninguna relación. Por una parte explica el tiempo que lleva visitando a Lisías, y por la otra le pregunta si una docena de mujeres le parece exagerado. Cierto que Nadya entenderá que esas mujeres han sido las mismas durante todo ese tiempo, pero nada más alejado de la realidad. Los dos nos hemos cuidado muy mucho de comentarle nada sobre las demás mujeres que ya no están con la familia de Lisías, probablemente más de un centenar. Por supuesto, eso no es faltar a nuestra palabra, ni a la verdad. Ella pidió muy claramente que le dijéramos con cuantas mujeres que viven en la casa hemos estado mi hermano y yo. En ningún momento aclaró que se refería a todas las que han vivido en la casa en el pasado.

Nadya suspiró. Su mente sigue cerrada para mí bajo doce cerrojos y siete candados. Puedo abrir sus barreras con la misma facilidad con la que abro una puerta, pero ella lo percibirá y se sentirá ofendida por la intromisión. Sólo me queda esperar a ver que demonios está pasando por su extravagante cabecita.

"Bueno, pues ya está. No ha sido tan difícil, ¿verdad?", comentó. "Voy a darme un baño"

Leo y yo nos miramos con incredulidad. ¿Ya está? ¿Eso es todo? Nos ha montado escenas por muchísimo menos que esto. Se puso en pie para dirigirse al piso superior, y mi hermano y yo la imitamos.

"¿Dónde vais?", preguntó, al ver que la seguíamos.

"Hablaste de una baño, querida", respondí, con la mejor de mis sonrisas seductoras.

Que no sirvió absolutamente de nada.

"He dicho que voy a darme un baño. Sola. Vosotros podéis esperar abajo, o ir a dar una vuelta o hacer lo que más os apetezca", replicó.

"Nadya, sabes perfectamente que es lo que más nos apetece en este instante", protestó Leo, haciendo uso de todo su encanto.

Nadya lo miró con una peligrosa sonrisa, llena de malévola diversión.

"Naturalmente que lo sé. Podría olerlo a leguas de distancia", rió. "Pero por algún extraño motivo, he decidido que yo no me dejaré enredar por vuestro encanto hasta que Cora sucumba ante el de Árvidas"

Y diciendo esto, subió las escaleras a toda la velocidad que le permiten sus reflejos vampíricos, dejándonos a Leo y a mí con la más perfecta expresión de incredulidad pintada en el rostro. En cuanto la puerta del baño se cerró tras ella, – con pestillo, escuché fastidiado – Leo miró a su alrededor, sin duda buscando algo que pueda romper.

"Te juro, hermano que estoy por subir y demostrarle lo poco útil que resulta un pestillo", rugió, señalando el piso superior.

"Te comprendo. Pero como los dos sabemos perfectamente que no vas a hacerlo, es mejor que salgamos de aquí. Cuanto antes", le apresuré.

Me miró dispuesto a replicar, pero cuando el perfume del azahar llegó a su nariz, cerró la boca con gesto irritado. Desde luego, la elección de la fragancia no es casual. De todos los jabones aromáticos a los que Nadya es tan aficionada, el azahar combina con el ya delicioso olor de su piel de la forma más tentadora posible, y ella sabe perfectamente que es nuestra fragancia favorita. Si en algún momento dudé de su determinación de hacernos la vida imposible, mis esperanzas se esfumaron en el mismo instante en que sentí esa fragancia. Leo abrió la puerta para dejarme pasar, tras lo cual salió dando un portazo tan fuerte que hizo temblar las paredes. Por un momento temí que derribara toda la maldita cabaña. Lo seguí mientras se dirigía a la mansión caminando a grandes zancadas, sin dejar de murmurar complicados juramentos en italiano medieval ni un solo segundo.

Con la misma falta de contención, abrió la puerta trasera de la mansión de un tirón tan fuerte que de no ser por mis rápidos reflejos, ésta me habría rebotado en la cara. Entró en el salón y se dirigió de inmediato al equipo de música. Sus dedos recorrieron la colección de CD's, y al poco tiempo la estancia se llenó con los acordes de "Una Noche en el Monte Pelado"

"¿Mussorgsky?", pregunté, enarcando las cejas.

Si me hubieran hecho apostar, hubiera elegido cualquiera de las óperas de Puccini, por quien Leo siente especial adoración. Mussorsgky me parece demasiado eslavo para él.

"Necesito algo más violento que Puccini", gruñó. "Y detesto a Wagner"

"Por mucho que la música amanse a las fieras, dudo mucho que eso vaya a servirte de algo, hermano", repliqué.

"¿Y qué diablos quieres que haga?"

Sonreí. He estado barajando una idea mientras veníamos por el jardín, y estoy seguro que va a gustarle.

"¿Recuerdas cuándo en Irkutsk te dije que llevaba casi quince días sin acostarme con Nadya? Me dijiste que si fueras tú, habrías matado a alguien en la primera semana"

"Y lo decía totalmente en serio", masculló.

"Pues en esta ocasión no tendrás que esperar tanto. ¿Qué te parece si nos vamos a la ciudad? Nos merecemos un poco de diversión, ¿no crees?"

En su rostro apareció una sonrisa malévola, a medida que iba comprendiendo lo que intento proponerle.

"Hace al menos treinta años que no disfruto de una buena caza de escoria", exclamó, al tiempo que su mal humor se desvanecía como el humo.

"Yo, menos de uno" comenté.

"Y volverás a hacerlo en esta ocasión también a causa de Nadya. Pues bendita sea", rió.

Sonreí. Lo bueno de hablar con Leo es que hace falta explicarle muy pocas cosas. Cuando Nadya supo que, mientras me empeñaba en mantenerme alejado de ella por todos los medios antes de transformarla, me dediqué a cazar descontroladamente, dio por supuesto que me refería a la caza de animales para alimentarme. Y si bien es cierto que en esa época me alimenté mucho más de lo que necesitaba, había sido otro tipo de caza la que había mantenido a raya mi mal humor. Sin embargo, Leo lo había entendido en el mismo instante en que escuchó nuestra historia, del mismo modo que había comprendido que lo que me había hecho obsesionarme por Nadya no era sólo el no poder leer sus pensamientos, o su increíble transformación al sentarse ante su máquina. Ni siquiera el que se hubiera acercado a mí sin ningún rastro de temor la primera vez que me vio. No. Lo que había hecho que yo no pudiera dejarla ni a sol ni a sombra, había sido su olor. El increíble, glorioso, delicioso olor de su sangre. Una sangre con un aroma único entre un millón. El aroma preciso que hacía que mis instintos enloquecieran a pesar del tiempo que llevo controlando mi sed. Mi hermano entendió sin necesidad de aclaraciones lo cerca que Nadya había estado de perder la vida bajo mi letal abrazo. Si la hubiera conocido en los primeros años de mi voluntaria abstinencia de sangre humana, su suerte hubiera sido bien distinta. Pero tantos siglos de autocontrol me habían llevado a preferir su compañía eterna al breve instante de intimidad única que se da entre el bebedor y su presa. Y no me he arrepentido ni un solo segundo de mi autodominio.

En ese instante, una puerta se cerró en el piso superior, y agudicé mi oído para ver si el sonido de los pasos y el rastro de su aroma pertenecen a quien yo estaba esperando. Efectivamente. Árvidas. Susurré su nombre para que se reuniera con nosotros. El conoce la ciudad mucho mejor que nosotros y nos será muy útil para no perder el tiempo buscando una buena zona para nuestra próxima excursión. Y seguro que estará encantado de acompañarnos. Hasta el último demonio del maldito infierno sabe que tiene que estar de peor humor aún que nosotros.

Pocos segundos después, entraba en el salón con aire aturdido. Antes de que pudiéramos ponerlo al tanto de nuestros planes, abrió los brazos en un gesto de rendición.

"¿Os lo podéis creer?", preguntó. Por supuesto, sabía perfectamente que Nadya nos lo contaría todo en cuanto saliera por la puerta.

"A duras penas, amigo", contesté.

Sin dejar de sacudir la cabeza con incredulidad, tomó asiento junto a mí en el sillón. Leo se mantiene de pie, paseándose por el salón, sin poder controlar sus mal templados nervios. Antes era el mal humor y el deseo frustrado. Ahora está impaciente por salir a la ciudad.

Me disponía a explicarle a Árvidas lo que habíamos planeado Leo y yo, cuando unos pasos familiares resonaron en el vestíbulo. Un segundo después, la rubia cabeza de Peter asomaba por la puerta que Árvidas, en su confusión, había olvidado cerrar.

"¿Interrumpo?", preguntó sonriente.

Me agrada mucho Peter. Es uno de los hombres más valiosos de la familia de Lisías, un gran guerrero, sereno e inteligente. Y gran narrador de historias, además. Puede entretenerte durante horas con la innumerable cantidad de maliciosas anécdotas que conoce acerca de todo y de todos. Decidí que podíamos incluirlo en nuestros planes. Será una alegre y eficaz compañía.

"En absoluto, aún no habíamos empezado. Pasa Peter. Estábamos a punto de proponerle un entretenimiento a Árvidas, quizá te apetezca acompañarnos" comenté.

"Pero cierra la puerta, por favor. Tampoco es cuestión que se reúna con nosotros toda la maldita casa", sonrió Leo.

Peter cerró la puerta con una sonrisa maliciosa.

"Suena muy interesante. No hay más que ver vuestras caras para saber que sin duda me apetecerá acompañaros a lo que quiera que tengáis pensado", comentó, reuniéndose con Árvidas y conmigo junto al fuego.

"Leo y yo estábamos pensando en ir a la ciudad. Hemos oído que el nivel de criminalidad está aumentando peligrosamente. Me parece terrible, ¿no creéis?", comenté con lo que no tengo la menor duda es una sonrisa absolutamente brutal.

"Oh, es muy lamentable, sin duda", respondió Peter con fingida afectación, comprendiendo de inmediato mis intenciones. "Hace mucho que no pensaba en eso. Pero ahora que lo dices, me parece muy preocupante", terminó con una sonrisa salvaje.

"Habría que hacer algo para solucionarlo. Deberíamos ir a ver como está la situación", sugirió Árvidas, con idéntica expresión sonriente.

"¿Estamos todos de acuerdo entonces?", pregunté.

"Por supuesto. Ha transcurrido demasiado tiempo desde la última vez que me preocupé por los problemas de mis vecinos. Es una desconsideración por mi parte que, ahora que la has mencionado, me veo obligado a corregir de inmediato", asintió Peter.

"Yo no sé si él debería acompañarnos", replicó Árvidas, en tono burlón. "Está demasiado relajado. Miradlo, es la viva imagen de la satisfacción. Parece un maldito gato casero después de haber aprovechado hasta la última gota de un plato de nata"

"No tengo ni la menor idea de que me estás hablando", sonrió Peter, con un tono que hizo que nadie tuviera la menor duda de que lo sabe perfectamente.

"Vamos, primo, déjate de disimulos conmigo. Esta tarde, al volver de cazar, pasé por delante de la habitación de esas tres bellezas japonesas que llegaron la semana pasada. Y adivina la voz de quién captaron mis oídos"

"Me limitaba a estrechar los lazos diplomáticos entre los británicos y el Imperio del Sol Naciente", replicó Peter con un divertido encogimiento de hombros.

"Si, no me cabe duda de que algo estabas estrechando. Lo que no puedo garantizar es que fueran lazos"

"Y el hecho de que eso pueda llegar a excluirme de vuestra pequeña excursión me hace pensar muy mal de lo que supone la vida de un hombre comprometido", rió

"¿Y si dejamos el resto de esta conversación para nuestro regreso?", sugirió Leo con impaciencia.

Ninguno de nosotros necesitaba mucho más acicate. Tres minutos más tarde estábamos en el todo terreno de Peter, conduciendo a toda velocidad rumbo a la ciudad.

No somos santos. Que nadie se engañe llevado por nuestros modales corteses y nuestra hermosa apariencia. Somos vampiros, y la sangre no es nuestro único alimento. La violencia, la lujuria, las emociones fuertes que desgastan los enloquecidos ríos de adrenalina que recorren nuestros cuerpos nos son tan necesarias como el aire lo es para los mortales. Nos alimentamos de ellas como de la sangre de nuestras presas, humanas o animales. Puede que algún mortal iluso se engañe pensando que mis compañeros y yo, al no alimentarnos de humanos, no somos criaturas peligrosas. Ese es un lamentable error. Somos depredadores perfectos, y la Naturaleza no deja nada al azar. Algunos tenemos una conciencia, es cierto. Pero es tan flexible como se pueda imaginar. La serenamos diciéndonos que no bebemos de humanos. O que sólo acabamos con la escoria de los mortales. Pero eso no es más que el descarado subterfugio donde escondemos la verdad de nuestra existencia. Somos asesinos. Nos gusta matar. Y eso es precisamente lo que vamos a hacer esta noche.

Árvidas y Peter nos guiaron por la ciudad, y recorrimos sus calles con atención, buscando, olfateando un objetivo, mientras nos movíamos con disimulo entre la cada vez más escasa marea humana. Pronto las calles se vaciarán casi por completo, y llegará la hora de los malditos. La hora en que la lamentable escoria humana busca su oportunidad para saciar sus limitados instintos. Buscando sus víctimas, sin saber que esta noche la situación ha dado un giro radical. Ahora las víctimas son ellos. Los verdaderos cazadores han llegado a la ciudad.

El primero en encontrar una presa de su agrado fue Árvidas. Mis poderes telepáticos confirmaron sin lugar a dudas que el tipo es tan despreciable como aparenta ante lo que nuestros refinados oídos habían llegado a captar. Un sucio maltratador de hembras y crías humanas. Su mente apesta más aún que el olor de su rabia primitiva y de su civilizada demencia. Lo descubrimos jactándose orgulloso de haber 'puesto en su sitio' a su hembra con unos cuantos golpes que la habían mandado de cabeza al hospital. Después de que yo confirmara que el tipo decía la pura verdad y no se limitaba a alardear ante la concurrencia, lo esperamos a la salida del local infecto en el que estaba celebrando lo que el consideraba su acto de hombría. No tardó en salir. Árvidas se lo tomó con tranquilidad, jugando con él al gato y al ratón. En los cinco minutos escasos que duró su persecución, esa patética escoria tuvo tiempo de sufrir todo el terror que él había hecho padecer a su hembra en los últimos quince años. Cuando Árvidas se cansó de divertirse a su costa, le partió el cuello con facilidad y se reunió con nosotros para proseguir nuestra caza.

Nos llegó entonces el turno a mi hermano y a mí. Dos psicópatas metidos a camellos, con más muertes sobre sus espaldas en el último año que las que yo mismo había causado. Y eso que yo he estado metido en una batalla con más de doscientos vampiros novatos hace menos de un mes. Midiendo con cuidado nuestras fuerzas, nos aguantaron unos cuantos minutos. Una muerte demasiado rápida para esa basura hedionda que no merecía un sitio en la tierra.

Peter nos guió entonces hasta un parque cercano, buscando más presas. Nadie que aprecie en algo su vida se atrevería a cruzarlo alegremente después de la caída del sol. Pero nosotros no tenemos una vida que apreciar. Fue un golpe de suerte encontrarnos con un grupo de descerebrados acosando a unas rameras. Todo valor, veinte contra tres. Al principio, intentamos simplemente espantarlos. Hay testigos y eso supone una complicación innecesaria. Aunque se trate de testigos tan ciegos y mudos como esas mujeres suelen ser en estos casos. Pero en lugar de escapar como hubiera sido lo prudente, cometieron el error de amenazarnos con sus ridículas armas. Todo sucedió muy rápido. Peter caminó hacia ellos con una sonrisa malvada. Ellos le gritaron que se alejara. Él les pidió con letal amabilidad que dejaran de apuntarle y que se marcharan de allí cuanto antes si en algo apreciaban su vida. Y entonces ocurrió. El que parecía el jefe se puso nervioso y disparó. Peter extendió una mano, y un segundo más tarde mostraba el pequeño proyectil sujeto entre sus dedos, ante la atónita mirada de los pandilleros. Después de eso, no había mucho más que hacer. Antes de que esa panda de imbéciles descerebrados se lanzara a disparar como un solo hombre, nos encargamos de ellos con rapidez.

Mi hermano se volvió hacia las aterrorizadas fulanas, y tras una caballerosa reverencia, se llevó un dedo a los labios demandando su silencio. Ellas lo miraron un instante, debatiéndose entre el pánico y la indudable atracción que les provoca nuestro aspecto. Venció lo segundo, como no podía ser de otro modo, y asintieron sonrientes, mientras juraban no haber visto absolutamente nada.

Después de semejante orgía de violencia, mis nervios ya estaban más que calmados. Acabar con basura humana como esta siempre me pone de un humor excelente. Y pese a lo que pueda pensarse, nunca me hace sentir culpable. No considero a esas bestias como humanos. Para mi son poco menos que animales. Al menos un animal me sirve de alimento. Esta escoria apenas sirve de desahogo. Mis compañeros y yo hemos hecho más por el índice de criminalidad en cuarenta minutos, que lo que la policía sería capaz de hacer en cuarenta años, y me siento totalmente satisfecho con el resultado de nuestra cacería.

Dimos entonces por terminada nuestra tarea y volvimos al coche de Peter, comentando entre risas los detalles de la caza. Todos estamos de un humor excelente, algo que parecía imposible casi una hora antes. La violencia siempre nos pone de buen humor. ¿Mi mejor momento? Sin duda la Europa feudal. Decenas de barones compitiendo entre si en absurdas guerras intestinas, usando la fuerza de sus brazos y sus espadas. Me importaban muy poco sus pueriles motivos, y mi elección de bando era más casual que meditada, pero siempre había un lugar donde luchar. Y más para alguien como yo. Cualquier noble medieval estaba más que dispuesto a dar su peso en oro por tener un guerrero como yo entre sus filas. Pero desde la aparición de la pólvora, las batallas humanas han dejado de interesarme. La vida de mercenario ya no es tan divertida cuando las ocasiones de matar con tus manos se vuelven cada vez más y más escasas. Dejando al margen el hecho de que es muy difícil explicar por qué la última bala no acabó con tu vida. Por supuesto, esto no es algo que me haya sucedido sólo a mí. Cualquiera tan antiguo como yo ha sufrido la misma evolución en sus preferencias. Dejamos las luchas multitudinarias, y nos dedicamos a limpiar la escoria humana. Naturalmente, también peleamos entre nosotros. Somos criaturas irritables y violentas, y por mucho que el poder entre las familias esté equilibrado desde hace siglos, siempre hay pequeñas rencillas. Pero no las suficientes para mantener calmados nuestros nervios.

Al llegar a la mansión, Peter aparcó su vehículo y se dispuso a despedirse de nosotros.

"¿No nos acompañas un rato, Peter?", ofrecí.

"Me encantaría continuar con esta agradable reunión, amigos, pero me temo que un hombre libre como yo tiene muchas más responsabilidades que vosotros. Y no sería oportuno retrasarlas por más tiempo", sonrió, dirigiendo su vista hacia las edificaciones en las que se ubican las estancias de los invitados de la familia.

A lo lejos pude distinguir una hermosa hembra de largo cabello negro y piel color ébano que saluda sugerentemente a Peter. Leo estalló en sonoras carcajadas.

"Por todos los diablos. Debo confesar que me preocupaba que nadie ocupara mi puesto ahora que por fin me he decidido a sentar la cabeza. Pero sospecho que mi preocupación era en vano. No puedo imaginar más digno sucesor", concluyó entre risas.

"No sabes cuanto agradezco tu confianza, Leonardo", respondió Peter con malicia. "Sólo espero estar a la altura de la tarea. Has dejado muy alto el listón"

"No te quepa duda, amigo. Y eso que estoy seguro que no sabes ni la mitad", replicó Leo. "Pero ya hablaremos de eso en otra ocasión. No hagas esperar más a la dama, lárgate ya. Si sigo mirándola, olvidaré mis promesas, y eso no sería propio de mi"

Peter nos dedicó una última sonrisa.

"Ha sido una divertida y provechosa velada, amigos. Espero que la repitamos en alguna otra ocasión. Hasta la vista", se despidió, mientras caminaba con deliberada lentitud hacia la mujer que lo aguarda con una sonrisa llena de sugerentes promesas.

Leo, Árvidas y yo volvimos a la mansión principal para acomodarnos en el salón, junto al grato calor del fuego. Ni mi hermano ni yo tenemos pensado volver a casa de momento. La cacería ha mejorado nuestro humor, y desde luego contribuido a serenar la adrenalina de nuestros cuerpos. Pero el deseo frustrado sigue ahí, en alguna parte, y no me cabe la menor duda de que Nadya se encargará de despertarlo en cuanto entremos por la puerta. Y aunque estoy convencido de que a Lisías no le importará lo más mínimo que limpiemos su ciudad de escoria, dudo mucho que podamos repetir nuestra excursión tan a menudo como necesitaremos si Nadya continúa en sus trece. Unos cuantos cadáveres en una noche no llamarán la atención, pero varios días seguidos de extrañas y violentas muertes acabarán por despertar las sospechas de alguien.

Árvidas estiró su inmenso corpachón de toro, con evidente satisfacción.

"No sabéis cuanto os lo agradezco. Esto era justo lo que estaba necesitando", sonrió. "No sé como no se me ocurrió antes"

"No solo lo hemos hecho por ti, amigo. Mi hermano menor aquí presente, estaba a punto de derruir toda la maldita casa", reí. "Y debo confesar que yo mismo le hubiera ayudado a hacerlo"

Nos dedicó una mirada sarcástica.

"¿Puedo preguntar que ha ocurrido? Porque os aseguro que lo último que esperaba era encontraros aquí esta noche. Cuando Nadezhda me advirtió sobre Cora tuve que aguantar la maldita respiración para no oleros y empeorar mi ánimo aún más. Diablos, si por un momento creí que ibais a echarme a la calle", rió

"Y nosotros, amigo. Pero al parecer, Nadya tenía otros planes", gruñó Leo. "Pero dime, ¿qué tal te fue con nuestra joven prima? Y quiero oír todos los detalles. Te aseguro que me interesan mucho más de lo que te imaginas"

"Bien, supongo. Pero también creí que todo iba bien antes de esta noche, así que no me atrevo a decir nada. Sinceramente, es la primera vez que me encuentro algo así", comentó.

Antes de que pudiera seguir explicándose, hasta nosotros llegó el olor de Lisías desde lo alto de las escaleras. Sus pasos se dirigieron hacia el salón y no tardó en detenerse ante la puerta. Una cortesía muy agradable a la que no está obligado. Esta es su casa, y tiene todo el derecho a entrar donde le plazca. Pero Lisías es capaz de elevar la buena educación a la categoría de arte. Ni que decir tiene que apenas sus pasos cesaron, fue invitado a entrar de inmediato, tal como él esperaba.

"Buenas noches, caballeros", saludó, olfateando el aire con expresión divertida.

Tomó asiento en su sitio habitual, el sillón orejero más próximo al fuego, sin dejar de observarnos ni un solo instante, sin duda palpando el ambiente con su curioso don, que le permite percibir y modificar emociones. Como de costumbre, viste de negro de pies a cabeza, con unos pantalones de factura impecable y un jersey de la más pura lana. El largo y lacio cabello oscuro, que habitualmente lleva recogido tras la nuca, le cae hoy sobre los hombros, haciéndole parecer aún más joven de los apenas veinte años que representa habitualmente. Hasta que miras sus increíbles ojos verdes, más ancianos que el mismo tiempo. Algún día tendré que animarme a preguntarle cual es su antigüedad, e imagino que quedaré más que sorprendido. Lisías ya era una criatura milenaria cuando lo visité por primera vez, siendo yo un joven vampiro de apenas dos siglos.

Nos dedicó una sonrisa maliciosa antes de empezar a hablar.

"Mi querido primo, Alejandra me envía a preguntarte si tu habitación quedará libre en un futuro próximo y si deseas que prepare nueva documentación para ti. Por supuesto, no es más que una excusa para obtener a mi costa algún sabroso rumor. Me ha dicho que esta noche ha oído como entrabas en la habitación de la joven Cora en dos ocasiones, y creo que pretende ser la primera en conocer todos los detalles de la historia. Y te confieso que hasta yo mismo siento cierta curiosidad. Dime, ¿es ya tu previsible unión a la familia de mis aliados aquí presentes un hecho consumado? ¿O tendremos que esperar aún más para ver el final de esta apasionante historia?" preguntó con sorna.

Árvidas gruñó, algo más que reticente a contar su fracasado intento de nuevo.

"Me temo que la feliz conclusión de la historia nunca ha estado tan lejos como esta noche", masculló.

Lisías enarcó las cejas con curiosidad.

"Debe ser esa entonces la causa de la curiosa mezcla de emociones que percibo en vosotros. ¿Pecaría de indiscreto si os preguntara el motivo preciso de esta extraña mezcolanza de deseo, ira y diversión?"

"La diversión es lo más fácil de explicar, amigo. Espero que no te moleste saber que hemos estado de caza en tu territorio", expliqué. "Una pequeña excursión de limpieza. Un maltratador, un par de traficantes y apenas una veintena de pandilleros armados"

"Una cacería más que provechosa. Por supuesto, no me molesta lo más mínimo. Mis territorios de caza están a vuestra disposición, como bien sabéis" comentó despreocupadamente. "Ibais con Peter, claro. He oído su coche partir hace poco más de una hora y regresar hace unos minutos. ¿Os acompañaba alguien más?"

Negamos con la cabeza.

"No es que me importe, pero en otra ocasión quizá deberíais haceros acompañar por alguno de los bebedores de humanos de la casa de invitados. Me da exactamente igual lo que le ocurra a esa escoria, pero detesto desperdiciar comida"

No había caído en ese detalle. Tiendo a olvidar que en casa de Lisías no sólo hay bebedores animales. Aunque tanto él como sus hermanos y compañeras siguen una dieta animal, también admiten entre sus miembros a aquellos que se alimentan únicamente de basura infrahumana como la que hemos matado esta noche. Es algo con lo que siempre hay que contar, aunque debo reconocer que no me hace mucha gracia. Nunca sabes cuando un bebedor de humanos va a traerte un problema. Cuando te alimentas de mortales, aunque sea de escoria, siempre corres el riesgo de no poder dominar tu sed. Tarde o temprano acabas matando a quien no debes, y aunque no soy remilgado con la muerte, detesto ver como se asesina a inocentes, porque ¿para qué negarlo?, me gustan los mortales, lo reconozco. Adoro moverme entre ellos, divertirme con su admiración, con sus pequeñas tragedias diarias. Me encanta observarlos, hablar con ellos, ayudarlos en ocasiones. Disfruto seduciendo a sus hembras, y contemplando jugar a sus cachorros. Y eso es algo que difícilmente puedes permitirte siendo un bebedor humano. Primero porque la sed no te deja vivir, y segundo por que el color carmesí de tus ojos y la mayor longitud de tus colmillos te delata continuamente.

"No se nos ocurrió, amigo", se disculpó mi hermano "Pero francamente, aunque salir de cacería alguna vez es divertido, confío en que no haya otra ocasión en un futuro cercano. Diablos, hace más de treinta años que no hacía algo semejante"

"Lo que nos lleva directamente a las otras emociones que percibo en vosotros, ¿no es así? Imagino que tienen mucho que ver con el hecho de que hayáis necesitado de una cacería para libraros del exceso de adrenalina", comentó Lisías.

Mi hermano y yo miramos hacia Árvidas, esperando que él respondiera a la pregunta implícita en las palabras de su primo. Viendo que nosotros no hablábamos, se dispuso a responder, aunque con cierta reticencia.

"Esta noche, Cora ha vuelto a rechazarme. Y de un modo, digamos, poco sutil", respondió abatido. "Y aunque por fin he descubierto la causa, mucho me temo que ni es lo que esperaba, ni me ha ayudado lo más mínimo a saber cómo debo solucionar este asunto"

Lisías lo miró fijamente, demandando una explicación, que aún tardó unos segundos en llegar.

"Cora nunca ha estado con un hombre" terminó Árvidas.

Lisías enarcó las cejas con incredulidad.

"Imposible. ¿Cuántos años tiene? ¿Veintisiete? ¿Veintiocho?"

"Veintiocho", respondí yo. "Pero ya sabes como era Demis. Le ha inculcado todo tipo de extrañas creencias acerca del sexo"

"¿Te refieres a esa curiosa costumbre humana de no copular con nadie hasta que pasan por un ritual ante sus dioses? He oído hablar de ella, por supuesto. Pero pensé que ya nadie la seguía"

"Pues al parecer, algunos sí", masculló Árvidas.

Lisías pareció perdido en sus pensamientos unos segundos. Luego, se volvió hacia mi hermano y hacia mí.

"Volveremos sobre esto más tarde, pero antes me gustaría saber en qué os afecta a vosotros, amigos. ¿Tan poco disfrutáis de la hospitalidad de mi casa, que os enfurece hasta ese punto el tener que esperar aún más por Árvidas para fijar la fecha de vuestra partida?", preguntó en tono dolido.

"Por supuesto que no, Lisías. Tu hospitalidad es más que satisfactoria, créeme. Ni se te ocurra pensar lo contrario. Lo que nos enfurece es algo bien distinto. Y como de costumbre tiene que tener que ver con el maldito carácter de Nadya", gruñó Leo.

"¿Un nuevo encuentro con Dalmática, quizá?", preguntó con evidente diversión.

"Algo así", mascullé.

"Comprendo", sonrió. "No creo poder ayudar con eso, pero si tengo una idea con el problema de Árvidas"

Árvidas lo miró con impaciencia. Demonios, hasta mi hermano y yo lo mirábamos impacientes. Y pese a lo que se pueda creer, no se debe en absoluto a la amenaza de Nadya. Ni por un momento me la he creído, ni tampoco Leo. Si fuera así, nuestra furia habría sido aún peor. Los dos sospechamos que en cuanto se haya serenado, no será difícil arrastrarla entre nuestras sábanas. Los instintos de Nadya ya son por completo los de un vampiro. Si mi hermano y yo no podemos resistir mucho tiempo sin gozar del calor de su cuerpo, la tentación no es menor para ella. Al menos, cuando no está furiosa.

"Habla ya, primo. Me tienes en ascuas", estaba pidiendo Árvidas.

Lisías se recreó unos segundos más con la diversión que le provoca el evidente nerviosismo de Árvidas. Finalmente, se encogió de hombros.

"Complácela", dijo simplemente, estirando una inexistente arruga en la raya de sus perfectamente planchados pantalones.

Los tres lo miramos con idénticas expresiones de incredulidad.

"¿Le estas sugiriendo que se case con ella?", preguntó Leo atónito.

"¿Es así como lo llaman? No lo recordaba", comentó distraídamente "Pero si, eso es exactamente lo que estoy sugiriendo"

"Pero nosotros, no... quiero decir. Nunca he oído...", balbuceó Árvidas.

"¿Dónde está el problema, primo? La mujer que deseas tomar por compañera no será tuya hasta que jures ante un dios en el que no crees, que harás exactamente lo que tienes pensado hacer. Cuidarla, protegerla y amarla. No veo la dificultad. Si es lo que ella desea, hazlo", replicó

"Me parece que no comprendes todo el ritual, Lisías. Los humanos se juran fidelidad hasta que la muerte les separe. Y eso es mucho tiempo en nuestro caso. Por mucho que jure ante un dios que no existe, también estará jurando ante ella. ¿Y qué sucederá cuando uno de los dos desee tomar otro compañero? ¿Faltarán a su palabra?", inquirí.

"¡Qué tontería!", rechazó Lisías con un gesto de su mano. "Para cuando eso suceda, la joven Cora ya habrá adquirido todas sus cualidades vampíricas, y se habrá olvidado por completo de su estúpido hermano y de sus absurdas enseñanzas. Y una promesa puede romperse si ambos están de acuerdo. No es realmente faltar a una palabra. Es, digamos, una renegociación de los términos del acuerdo", añadió con una maliciosa sonrisa.

"Por todos los diablos que puede funcionar", exclamó Leo alegremente. "Vamos, hombre, ¿a qué estás esperando? Ve ahora mismo a decírselo y sácanos de dudas", añadió, empujando a Árvidas hasta la puerta.