Hola Kara, mejor dicho, hermana

Hola,

Muy buenas, Kara, mejor dicho, hermana. :)) (je, siempre he querido tener una hermana)

La reacción de Cora, aunque supongo que ya te la imaginas, la verás ahora mismo.

En cuanto a Peter... La verdad es que a mi también me encanta ese personaje. Y cuando lo ideé era más como de relleno, pq me pareció bien que Lisías tuviera un lugarteniente más allá de sus hermanos, pero no tenía intención de escribir mucho sobre él. Pero después le tomé cariño, y sale un montón de veces, y cada vez me gusta más. Así que... Tampoco ningún problema para ayudarte con él jajaja.

Y si, ya iba siendo hora de que Nadya hiciera algo jaja. Sobre la reconciliación.. Bueno, ya verás :)

NADEZHDA. Planes de boda.

Después de subir las escaleras dejando a Leo y Lyosha abajo, frustrados y atónitos, entré en el baño y pasé el pestillo ruidosamente. Por supuesto, un pestillo no va a detenerlos si deciden seguirme, pero ya puestos tampoco lo haría una puerta de acero blindado. Sin embargo, a todos los efectos, ese simple cerrojo es tan efectivo como una muralla. Nuestra vida está llena de esos pequeños gestos simbólicos o de lo contrario la convivencia sería casi imposible entre seres con los sentidos tan desarrollados como los nuestros. Si una puerta se cerraba, a nadie se le ocurriría abrirla. Si alguien murmuraba, nadie agudizaba los oídos para escucharlo. No entrabas en una casa olfateando para ver quien estaba dentro, a no ser que fueras buscando a alguien en concreto, y aún así procurabas concentrarte únicamente en su rastro. Si podías leer la mente, como Lyosha, no cometías la descortesía de saltarte sus barreras mentales. Detalles y más detalles que facilitan la vida de todo el mundo.

No tengo ni idea de por qué acabo de retarlos de ese modo. Quizá porque aunque sabía perfectamente que su respuesta a mis preguntas no iba a gustarme, no esperaba que esa respuesta fuera simplemente 'todas'. Quizá porque Leo había continuado su historia a pesar de saber que estaba escuchándolo. Quizá porque había vuelto a caer en mi estúpido llanto. No tengo ni idea. Pero ya que he empezado esto, lo voy a seguir hasta donde pueda. Por una vez, voy a ser yo la que juegue con ellos.

Abrí el armario en el que guardo mis jabones aromáticos, y saqué el frasco de azahar, sin poder reprimir una sonrisa malévola. Pocos segundos después, la puerta se cerró con un golpe tan fuerte, que juraría que vi aparecer pequeñas olas en la superficie del agua de la bañera. Quizá me he pasado un poco. Tampoco pretendía enfadarlos. Al menos, no tanto. Me encogí de hombros. Su enfado no duraría gran cosa. Yo no soy la única que cambia sus estados de ánimo con rapidez. Eso es algo que toda mi especie comparte.

Me sumergí en la bañera gozando del calor del agua hirviendo en mi piel. Necesito pensar, dejar de oír el murmullo de voces y ruidos a mi alrededor, y sólo conozco una manera de hacerlo. Metí la cabeza dentro del agua, y mientras permanecía allí meditando y relajándome, perdí la noción del tiempo. El agua ya estaba casi fría cuando me decidí a abandonar mi burbuja de silencio, esperando sentir el olor de mis compañeros en el piso inferior. Me sorprendió descubrir que no era así, pero tampoco me preocupé demasiado. Seguramente estarían en la mansión, en una de sus inacabables reuniones con Lisías. Tras la muerte de Demis, hace ya una semana, la familia de Lisías había hecho pública su alianza con nosotros, previendo que no tardaríamos en marcharnos. El tiempo se nos echa encima, y mis compañeros aprovechan hasta el último minuto para ponerse al día con respecto a lo que Lisías y sus hermanos saben acerca de la situación en el continente americano. Me vestí sin muchas prisas, con un leve vestido de verano que aún no había estrenado, y que sin duda será del agrado de mis compañeros. No sé muy bien si para complacerlos, o para seguir con mi juego.

Pero cuando llegué a la mansión, mi inquietud aumentó ligeramente. Leo y Lyosha no estaban dentro. Salí al jardín, buscando su rastro, pero lo único que percibí fue un ligero aroma que se alejaba en dirección a la ciudad. ¿Qué demonios se les ha perdido en la ciudad? Volví a la mansión, esperando encontrar a alguien que me dijera por qué habían salido. No había llegado ni a la mitad del vestíbulo, cuando el olor familiar de mi prima alcanzó mi nariz. Alcé la vista para encontrarla asomada a la barandilla de las escaleras.

"Hola de nuevo, Cora", saludé.

"Nadya, ¿quieres subir?", pidió

Dudé un segundo.

"¿Buscas a Leo y Lyosha? Han salido con Árvidas y Peter. Los oí marcharse hace un buen rato. Vamos, sube por favor. Necesito hablar con alguien", rogó.

No podía negarme. La ansiedad en su voz y en sus gestos era evidente. Y ni ella, ni Árvidas tenían la culpa de mis enfados con mis compañeros. Subí las escaleras, disimulando mi resignado estado anímico, y la acompañé hasta su dormitorio. Cuando Leo y Lyosha anunciaron su intención de incluir el la familia a Cora, Shyn y Sandra le habían preparado un dormitorio en la casa principal. Su rango no justificaba tal deferencia, pero sin duda lo hicieron movidas por el deseo de reparar en parte el no habernos podido otorgar a nosotros esa estancia. Maldije para mis adentros, como cada vez que me enfrentaba a las complicadas cuestiones protocolarias que mi especie se empeña en mantener como si fueran valiosos tesoros. Me había pasado los últimos tres días bombardeando a las compañeras de Lisías con cientos de preguntas acerca de ese tema, esperando estar preparada para cuando me llegara a mi el momento de encargarme del protocolo en nuestra próxima morada. Y cuanto más me adentro en el asunto, más pienso que jamás seré capaz de comprenderlo en toda su magnitud. La vida de guerrero es bastante más sencilla. O eso creo, al menos. Mis compañeros jamás me han permitido luchar, y dudo mucho que vayan a hacerlo en los próximos cien años.

Cora se sentó en la butaca instalada junto a la chimenea de su cuarto, y yo tomé asiento frente a ella, esperando a que me dijera que absurda preocupación acerca de su relación con Árvidas la consume esta vez. No es que no me importe lo que ocurra, muy al contrario. Ver a mi familia feliz es parte de mi cometido, y me encanta contribuir a que eso sea posible, pero es que hasta yo estoy empezando a perder la paciencia con sus pueriles inquietudes.

"Tenías razón, Nadya. No estaba enfadado conmigo", comenzó.

"Ya lo sé, querida. Yo misma le pedí que viniera a verte", confesé. "¿Le has dicho lo que me contaste a mí?"

Asintió con una expresión que no hizo más que convencerme que si hubiera sido humana, se habría ruborizado hasta la raíz de su rojo cabello. Esperé.

"¿Es cierto que los vampiros no se casan?", preguntó angustiada.

Diablos. ¿Pero es que sigue con eso?

"El matrimonio humano no es para nosotros, Cora. Nuestros sentimientos son mucho más intensos, nuestros deseos más fuertes. Fidelidad hasta que la muerte os separe es demasiado tiempo en nuestro caso. Dejando al margen que pocos de nosotros comparten tus creencias. La mayoría ha estado tanto tiempo en la tierra que ha tenido ocasión de ver como las creencias cambian y se adaptan con el paso de los tiempos. Han visto y oído más cosas de las que alcanzas a imaginar, y se han convencido de que ningún dios cuida de ellos. ¿Qué clase de dios permitiría nuestra existencia, sin ir más lejos?"

"Pero tú no llevas tanto tiempo siendo un vampiro", me acusó.

"Me temo que yo ya había llevado a cabo ese ejercicio intelectual cuando era humana, querida", reí. "No pretendo decirte lo que puedes o no creer, Cora. No soy quien para hacerlo, y no me queda mucho más que respetarlo, me guste o no. Pero independientemente de lo que tu fe te dicte, quizá deberías pensar en que ha llegado el momento de, digamos, flexibilizar tus normas. Si tú dios existe, ha sido bastante flexible al permitir que te conviertas en uno de los nuestros, así que ¿por qué no actuar con el mismo albedrío?"

"No puedo borrar veintiocho años en una semana, Nadya. Sencillamente, no puedo", respondió abatida.

"¿Aunque eso suponga torturar al hombre al que amas?", la provoqué.

"Si me ama, esperará", replicó.

"¿Esperará a que, Cora?", espeté en tono molesto. "¿A que se acabe el milenio? Te lo he dicho, nosotros no nos casamos. No tenemos un ritual a tal efecto. ¿Hasta cuándo esperarás, entonces? ¿Hasta convertir a cada maldito vampiro de mi casa a tu religión? Nadie puede esperar tanto. Y menos uno de los nuestros"

Me arrepentí de mi exabrupto en el mismo instante en que lo hube proferido. La cara de mi prima se contrajo en una mueca de dolor. Bajó la vista hasta sus manos, y pareció a punto de llorar. Por supuesto, no lo hará. Mi especie no llora. Sólo yo parezco ser capaz de invocar mis estúpidos sollozos. Otra maldita diferencia más, que a mis compañeros les resulta irresistible, pero que a mi me hace sentir como una condenada criatura de tres años. Suspiré, intentando serenarme. Me arrodillé junto a ella, obligándole a levantar la cabeza para mirarme.

"Está bien, Cora. Lo siento, no debí hablarte así. Encontraremos una solución que satisfaga a todos, ¿de acuerdo? Déjalo en mis manos, querida"

"¿Lo prometes?", pidió. Y su voz tenía el tono de una niña asustada. "Le quiero. Nunca me había pasado nada así, y menos tan rápido. Pero le quiero y no quiero que se aleje de mí", gimió.

"Si lo hace, yo misma le daré una paliza que no olvidará jamás", repliqué en tono alegre.

Ella sonrió, tomando mis palabras a broma, tal y como yo esperaba. Pero yo hablaba muy, muy en serio. Si Árvidas la hiere de algún modo, me encargaré personalmente de hacérselo pagar. La miré con dulzura.

"Mi joven prima ya tiene los sentimientos de uno de los nuestros. No te asustes querida, es normal. Sufrimos, gozamos, nos enfurecemos y amamos con más rapidez e intensidad que los mortales. Te acostumbraras, te lo aseguro", añadí, acariciando su mejilla.

En ese momento, llegó a mis oídos el sonido de un motor. Y agudicé mis sentidos para percibir las voces que surgían del jardín. Mi dormido corazón dio un salto en el pecho. Leo y Lyosha han vuelto, y para mi alivio, parecen estar de un humor excelente.

"¿Son ellos?", preguntó Cora.

Sonreí. Sus oídos aún no son tan agudos como los míos, y aunque su olfato ya es bastante bueno, aún tiene dificultades para aislar los olores y relacionarlos con las caras y los nombres.

"Si, querida. Vienen hacia aquí. No tardarán en entrar en el salón", respondí.

Esperamos unos segundos, y tal como yo había predicho, Árvidas, y mis dos compañeros entraron en el salón. Peter no les acompañaba, aunque yo había sentido su voz y percibido su olor minutos antes.

"¿Puedes escuchar lo que dicen? Mi oído no llega tan lejos"

"Por supuesto", respondí. "Pero no voy a hacerlo, y aunque tú pudieras, tampoco deberías. No es cortés", la reprendí amablemente.

"¿Por qué no?", volvió a preguntar, con absoluta inocencia.

Suspiré. ¿Yo había sido alguna vez tan ignorante? Si, por supuesto que sí, me recordé. Paciencia.

"Por que en una casa llena de oídos, ojos y narices perfectas, sería imposible mantener una cierta intimidad si no nos impusiéramos ciertos límites. No está bien que agudicemos nuestros sentidos para escuchar conversaciones privadas, del mismo modo que no está bien para los mortales pegar las orejas a las puertas"

Lo que no quiere decir que yo no lo haya hecho nunca, claro, pero eso no pienso decírselo. A mí me corresponde enseñarle las reglas. Para romperlas se basta ella sola. En su rostro apareció una mirada arrepentida, y no me cupo la menor duda de que ya se había saltado esa norma de cortesía en particular.

"Déjame adivinar. Has estado escuchando lo que ocurría en las otras habitaciones, ¿no es así?"

"No lo sabía", se disculpó.

"Pues ahora ya lo sabes. No vuelvas a hacerlo, por favor. Si no mantenemos unas reglas básicas de educación, la convivencia sería imposible. Además, si escuchas lo que no debes, igual oyes algo que no deseas saber"

"Creo que eso ya ha ocurrido", replicó, con un gesto que no dejaba lugar a dudas.

Me eché a reír a carcajadas, sabiendo lo que había pasado.

"No quiero ni imaginar lo que pensaste cuando tus castos oídos escucharon a las primas y primos de Lisías", exclamé, sin poder dejar de reírme.

"No tiene gracia", masculló.

"Perdona, no quería reírme", me disculpé.

Pero al mirar su expresión enfurruñada, la risa volvió a mí con mayor intensidad aún.

"Vale, ya lo he entendido. No volveré a hacerlo, pero deja de reírte, por favor", pidió.

Aún me llevó unos segundos serenarme. La imagen de Cora con los ojos abiertos como platos, prestando oídos a lo que sucedía en las habitaciones de la familia, me resulta absolutamente hilarante. Quizá no tenga tanta gracia, pero no he tenido un buen día. Cualquier cosa que me haga reír, es bienvenida.

"También hablaron de ti. Y de Leo y Lyosha", comentó con una sonrisita maliciosa. "¿No quieres saber lo que decían?"

La risa murió en mis labios al instante.

"Diablos, no. Eso es exactamente a lo que me refería con lo de escuchar algo que no deseas saber", repliqué.

Dejó escapar de nuevo una risita, y al notar mis ojos apuñalándola, compuso la expresión de seriedad más falsa que he visto nunca.

Escuché como en el piso inferior se abría la puerta del salón. Olfateé el aire discretamente, mientras demandaba silencio a Cora alzando mi mano en su dirección. Mi oído confirmó que era Árvidas quien se dirigía hacia las escaleras.

"Tu chico está subiendo", advertí.

Cora se convirtió en la viva imagen del nerviosismo. Se levantó, miró a su alrededor, e inmediatamente volvió a sentarse, retorciendo las manos

"¿Viene hacia aquí?", preguntó con más que evidente inquietud.

Hice rodar los ojos con desesperación. ¿Cuánto más va a tardar en aprender a concentrarse? Árvidas no viene hacia aquí. Está aquí. Acababa de detenerse ante la puerta unas décimas de segundo antes de que Cora hiciera su pregunta. Me levanté para abrirle.

"Hola de nuevo, Árvidas", saludé, franqueándole el paso. "Entra, por favor. Yo ya me iba"

Se despidió de mi con una inclinación de cabeza, y cerró con suavidad la puerta tras de mí. Vaya. Otro que está histérico. Su postura y su expresión sin duda engañarán a Cora, pero desde luego no pueden hacer nada contra el olfato de cualquiera de los demás. Bajé las escaleras alegremente y me detuve ante la puerta del salón, esperando que me invitaran a entrar. Para mi sorpresa, eso no ocurrió de inmediato, sino que transcurrieron al menos cinco segundos hasta que escuché la voz de Lisías franqueándome el paso.

"Buenas noches", saludé alegremente, mientras me acomodaba entre Leo y Lyosha.

La mirada de mis compañeros me confirmó que había elegido perfectamente mi ropa. Y también me confirmó que no están de tan buen humor como yo había pensado. En lugar de saludarme, los dos permanecieron callados como muertos, con idénticas expresiones de niño enfurruñado.

"¿Dónde habéis estado?", pregunté con fingida indiferencia y con una alegría que estoy empezando a no sentir.

"Por ahí", respondió Lyosha secamente.

"Dando una vuelta", añadió Leo en el mismo tono.

Vaya. Así que los dos han decidido castigarme por ser yo la que ha jugado con ellos por una vez. Pues muy bien, estupendo. Al diablo con ellos. No voy a ser yo la que se rinda primero en esta ocasión. Ya estoy cansada de ser la niñata asustadiza. Al infierno con todo. ¿Quieren estar encaprichados? Perfecto, pues ya me encargaré yo de darles motivos para no tener que dejar esa actitud.

Enarqué las cejas, compuse mi mejor expresión de sarcasmo, miré primero a uno y luego a otro, y finalmente me volví a Lisías con la mejor de mis sonrisas.

"No te he visto en todo el día, Lisías. Últimamente me regalas muy poco el placer de tu compañía", comenté distraídamente.

Me miró con una divertida sonrisa, dándose perfecta cuenta de mis intenciones y, por supuesto, de mis sentimientos que, lejos de ser alegres, están acercándose peligrosamente a la ira.

"Tienes razón, mi querida dama. Ha sido un descuido imperdonable, y más teniendo en cuenta que en breve dejaréis la hospitalidad de mi casa. Espero poder corregirlo antes de que eso suceda"

"Tal y como están las cosas, supongo que aún permaneceremos una temporada contigo, Lisías. Y no es que lo lamente, no me malinterpretes", respondí.

"Si te refieres a la joven Cora, yo no me preocuparía por eso. Me parece que ya hemos encontrado una solución para su confusa situación", replicó.

Lo miré, escéptica.

"No alcanzo a imaginar que puede ser. Acabo de estar con Cora ahora mismo, y no me ha parecido que las cosas estén mucho más cerca de arreglarse que esta mañana", respondí, paseando mis ojos entre ellos.

Los tres sonreían irónicamente, como si compartieran un secreto del que no pretenden hacerme partícipe. Me concentré en los pensamientos de Lyosha, pero fue como golpearse contra un muro. Él notó mi intromisión, y me dedicó una molesta mirada de advertencia. Por supuesto, me ha cerrado su mente en más ocasiones, pero de esta vez no me cabe ninguna duda de que lo hace movido por su estúpida actitud caprichosa y está empezando a enfurecerme más de lo prudente. Si pudiera saltarme sus barreras mentales, lo haría sin dudarlo ni un instante. Pero mi poder es mucho más limitado que el suyo y aunque él salta mis bloqueos con facilidad, yo soy incapaz de hacer lo mismo con los que él me impone. Gruñí y en su rostro apareció una disimulada expresión satisfecha.

"No seas tan impaciente, querida", me regañó Lisías, sonriente. "Si mi oído no me engaña, no tardarás ni cinco segundos en comprender el motivo de mis palabras"

Confirmando su augurio, escuché los pasos de Cora y Árvidas corriendo escaleras abajo. Casi antes de que pudieran alcanzar la puerta, Lisías los invitó a entrar. Los tres se pusieron en pie para recibir a Cora, que entró en la habitación después de que Árvidas abriera la puerta y se separara para franquearle el paso. Parece increíblemente excitada y feliz. De hecho, yo diría que está pletórica. Comprobé que Lisías y mis compañeros, sonreían maliciosamente. Aunque aún no tengo ni la más remota idea de que está sucediendo, lo que sí se a ciencia cierta es que, sea lo que sea, esos tres han tenido mucho que ver. De improviso, Cora se abalanzó a mis brazos.

"Nadya, oh, querida Nadya", exclamó con evidente felicidad, mientras yo asistía al curioso intercambio de miradas que se estaba produciendo entre los hombres.

"¿Qué ocurre, prima?", pregunté.

"Me lo ha pedido, Nadya, y yo he dicho que sí. Tú dijiste que no lo haría, pero lo ha hecho, ¿no es maravilloso?", respondió, separándose de mí por un instante para mirarme a los ojos, tras lo cual volvió a abrazarme con fuerza.

Me llevó un par de segundos descifrar el significado de sus palabras, y cuando estuve convencida de lo que había pasado, tuve que hacer un esfuerzo inhumano para controlarme.

"¿Le has pedido que se case contigo?", pregunté a Árvidas, en un tono letal.

Ajena a la ira que se desprende de mis palabras, Cora se separó de mi para correr a los imponentes brazos de Árvidas.

"Si, ahora mismo. Oh, Nadya, di que te alegras por mí", pidió en tono infantil.

Tranquilízate Nadezhda. Ya te encargarás de esto después. Ahora no le quites la ilusión, ya habrá tiempo para eso, me reproché mentalmente. Mírala, está más feliz de lo que nunca ha estado desde la muerte de Demis. Respira hondo, cuenta hasta diez.

"Por supuesto que me alegro, querida", respondí, sin dejar de clavar mis ojos en Árvidas ni por un instante.

El me devolvió una mirada retadora, que consiguió enfurecerme aún más. Lisías se levantó para acercarse a la pareja, mientras yo hervía en mi propia rabia. Al pasar junto a mí, hizo un ademán discreto, intentando rozarme para serenarme con su poder, pero yo me aparté de su camino. En lugar de molestarse como suele suceder cuando no le permito usar su don para calmarme, en su rostro apareció una sonrisa maliciosa. Se lo está pasando en grande, maldita sea su estampa.

"Habrá que informar de esta novedad a mis compañeras. Llevan mucho tiempo esperando ver el desenlace de esta historia. Vamos, acompañadme arriba, estoy seguro de que ellas tendrán una idea acerca de cómo debe hacerse todo esto", dijo, empujándolos hacia la puerta con delicadeza.

Cuando ésta se hubo cerrado tras ellos, me volví hacia mis compañeros, que me observan con sendas sonrisas maliciosas pintadas en sus bellos rostros.

"Esto ha sido idea vuestra, ¿no es cierto?", les acusé, casi a gritos.

"De hecho, no. Aunque no puedo por menos que lamentarlo, viendo el feliz resultado", replicó Lyosha.

"Lisías acertó de pleno", añadió Leo, sonriente.

"¿Esto ha sido cosa de Lisías? ¿Y se puede saber que pretendéis con esta pantomima? ¿Es que os habéis vuelto completamente locos?", rugí.

"Tranquilízate, Nadezhda. Tampoco es necesario que alertes a toda la casa con tu injustificada furia", espetó Lyosha.

"Pues vamos a cabaña ahora mismo. Ya me explicaréis ahí lo que significa todo esto", ordené, señalando la puerta.

Los dos cruzaron una mirada, y volvieron a sentarse junto al fuego, ignorando mi demanda por completo.

"Ahora no me apetece", replicó Leo. "Más tarde, tal vez"

"O después de la boda, cuando Cora haya sucumbido ya a los encantos de Árvidas", añadió Lyosha en tono mordaz, mientras Leo dejaba escapar una risa maliciosa.

"¿Así que se trata de eso? Se os niega lo que queréis y os enfurruñáis como niños de pecho. ¿Y vosotros decís tener once siglos? Pues os estáis comportando como un maldito par de niñatos caprichosos", les acusé.

Me dirigieron una mirada letal.

"¿Y qué si es así? Tampoco veo mucha madurez en tus absurdas amenazas", replicó Leo.

Mi furia se volvió absolutamente incontrolable. Sentí deseos de golpearles hasta que pidieran piedad, pero hasta yo sé que por mucho que lo intente no llegaré a tocarles un pelo.

"¿Te parecen absurdas? Estupendo. Pues a ver si también encuentras absurda esta. Por mí podéis iros solos a Canadá o al maldito infierno. Yo me quedaré aquí. No pienso ir con vosotros a ningún lugar nunca más. Os aborrezco a los dos", espeté a gritos, saliendo a toda prisa en dirección a la cabaña.

Corrí por el jardín a toda la velocidad que me permiten mis piernas, sabiendo que me siguen y que no tardarán en alcanzarme. Entré en la casa, subí al piso superior y me encerré en el baño. Tres segundos más tarde, los dos estaban parados frente a mi puerta.

"Abre la puerta, Nadya", pidió Lyosha, en un tono mortalmente controlado.

"¡No!", grité. "¡Largaos!"

"Nadya, si no abres la maldita puerta, voy a tirarla abajo", gruñó Leo.

"No te atreverás", repliqué, aunque sé que es perfectamente capaz de hacerlo.

De hecho, no bien hube acabado de decir esas palabras, la puerta salió de sus goznes con un violento crujido. Leo la lanzó al pasillo sin mirarla siquiera, y los dos entraron en el baño lentamente. Me acurruqué contra la pared, sollozando. Se aproximaron, sin apartar sus ojos de mi ni un segundo, serenos y sin el menor rastro de furia en sus rostros o sus olores. Me abrazaron y me resistí, sin poder dejar de llorar. Les golpeé en los hombros, en el rostro, pero no sirvió de nada. Me besaron y acariciaron con movimientos exigentes, con impaciencia, mientras yo continuaba resistiéndome. Pero de pronto, mi mente se desconectó rindiéndose a sus caricias. Ya no siento furia, ni miedo. Lo único que hay en mi es un deseo arrollador que me impede pensar con coherencia. Dejé de golpearlos, y les devolví los besos y las caricias con un apetito voraz. Gemí y les increpé, empujándoles a tomarme cuanto antes y deseándolos más de lo que nunca los había deseado, hambrienta de sus cuerpos hasta un punto casi doloroso. Mi ropa voló, y junto a ella cualquier rastro de pensamiento o limitación humana. Fue un encuentro salvaje y animal, sin sutilezas ni adornos. Se mostraron ante mi, y yo ante ellos, como las fieras que somos realmente, y gocé de sus cuerpos como no había gozado en mi vida. Deseé que no terminara nunca, que permanecieran el resto de nuestra eterna existencia poseyéndome como entonces. No sé si transcurrieron horas, o segundos, pero cuando acabó estaba exhausta y mortalmente sedienta.

Hace casi quince días que no me alimento, y el reciente derroche de energía, ha terminado con todas mis reservas. Ellos, sin embargo, han cazado hace bien poco, y parecen relajados y felices, como dos gatos llenos a rebosar después de un buen festín.

"Querida, tienes que prometerme que te enfadarás más a menudo" pidió Leo, mientras observaba sonriente como un arañazo brutal en su brazo empezaba a esfumarse gracias a sus poderes de regeneración.

Lyosha se inclinó hacia mí, lamiendo con delectación una gota de sangre que mana de una herida ya casi cerrada en la base de mi cuello.

"Si ella no se enfurece, hermano, te prometo que yo me encargaré de eso al menos una vez por semana", rió.

"Muy graciosos. Os escucharía durante horas, pero estoy hambrienta", protesté, incorporándome con pereza.

"¿Todavía? Genial", musitó Leo, mientras besaba mis hombros e intentaba tumbarme de nuevo.

Me escapé de su abrazo entre risas, poniéndome en pie.

"En serio, tengo que salir a cazar. Ahora", dije mientras me vestía con rapidez.

"Espera", dijo Lyosha, incorporándose. "Te acompañaremos"

"No hace falta. Volveré enseguida. Preparad la bañera. ¡Y arreglad la maldita puerta!", grité ya desde el pasillo.

Me adentré en los terrenos de caza de Lisías, buscando una presa. Cualquier cosa. Nunca he estado tan sedienta. La garganta me quema como fuego, y apenas puedo pensar ahora que ya he entrado en el rol de cazadora. Capté el olor de un alce, y me lancé tras su rastro de inmediato. Pronto cayó bajo mis garras, y me alimenté de él con avidez. Para mi asombro, descubrí que mi sed no ha mermado ni un ápice. Acabé con tres animales más antes de considerarme saciada, y me dispuse a regresar a casa. Ahora que ya soy capaz de pensar con claridad, me preguntaba en que demonios estaba pensando Lisías para montar toda esa estupidez del matrimonio de Cora. Rumiaba el asunto, cuando un olor extraño llegó hasta mí, interrumpiendo el curso de mis pensamientos. No se parece a nada que haya olido antes. Es repugnante. Se parece al olor de un cadáver putrefacto, pero hay algo más que lo hace aún peor. Intrigada seguí el rastro unos metros. Capté una sombra a lo lejos y me aproximé un poco, intentando verla mejor. La criatura que desprende ese horrible rastro está demasiado lejos para captarla con claridad, pero aún desde esa distancia puedo ver que es enorme. No se trata de un oso, desde luego, aunque es tan grande como un ejemplar adulto y bien nutrido. Mi olor debió llegar hasta el animal, porque se volvió en mi dirección antes de escapar rápidamente fuera de mi vista. Me encogí de hombros. Debe ser algún tipo de especie autóctona que yo desconocía, pero no pude evitar preguntarme porque demonios Lisías la tendrá en sus terrenos de caza. Huele tan mal que no me animaría a probar su sangre ni aunque estuviera desfallecida.

Entré en la cabaña y subí las escaleras. La puerta ya estaba en su lugar, y mis compañeros en la bañera, esperándome sonrientes. No tardé ni un segundo en desvestirme y reunirme con ellos.

"Has tardado una eternidad, querida. Estábamos a punto de salir a buscarte", me reprochó Lyosha con amabilidad.

"Ya os dije que estaba hambrienta. No quedé saciada hasta la cuarta presa", sonreí.

"No sabes cuanto me agrada comprobar que tu apetito se esta volviendo cada vez más y más voraz, mi amor. En todos los sentidos", rió Leo, mientras deslizaba provocadoramente sus dedos por mis muslos.

Lyosha acercó sus labios a mi cuello, al ver que yo no podía reprimir un ronroneo de placer. No, no. De eso nada. No iban a distraerme esta vez. Quiero saber a qué había venido lo de Cora, y quiero saberlo ya. Me aparté de ellos sonriente.

"Quizá mi apetito sea voraz, pero el vuestro es insaciable", reí.

"Somos criaturas sedientas, mi vida. Es imposible saciarnos", replicó Lyosha alegremente.

"Será mejor que salgamos de aquí, o jamás me contareis lo de Cora. Si os lo permito, terminaréis por hacerme morir de inanición en este baño"

Metí la cabeza en el agua para eliminar de mi pelo el olor de la cacería, y me sorprendió comprobar que mientras tanto, mis compañeros seguían dócilmente mi sugerencia. Poco después los tres estábamos cómodamente instalados junto al fuego.

"Vamos", insté "Hablad de una vez. ¿En que demonios estaba pensando Lisías?"

"Por usar sus propias palabras, querida, si es lo que Cora desea, ¿qué problema hay? Él está deseando tomarla como compañera. Hacerlo con o sin un ritual no alterará para nada lo que siente por ella", explicó Lyosha.

"Pero vamos a ver", empecé, intentando poner en orden el caos de pensamientos que me asaltan en este momento. "Lo que Cora pretende no es estampar su firma en un par de papeles, eso seguro. Estoy convencida de que pretende casarse con un rito católico, con cura e iglesia incluidos"

"¿Y qué? Los llevaremos ante un cura, le diremos que los case y todo solucionado. ¿Qué temes? ¿Qué nos consumamos en llamas al entrar en terreno sagrado?", se burló Leo.

"¿Os creéis que es tan fácil? Ni os imagináis la de cosas que piden los curas para casar a la gente. Fe de bautismo, certificado de nacimiento, cursos prematrimoniales..."

"Te veo muy enterada, mi amor", comentó Lyosha con suspicacia.

"Eso no viene al caso ahora, Lyosha", repliqué, bloqueando mi mente a ciertos recuerdos que ni siquiera quiero pensar que aún están ahí.

"Sin embargo, el bloqueo que acabas de levantar en tus pensamientos, despierta mi curiosidad hasta un punto que no puedes ni imaginar", replicó, mientras los dos me miraban con creciente interés.

"Primero terminemos con mi curiosidad. Luego ya veremos como satisfacer la tuya, ¿de acuerdo?", ofrecí.

"¿Nos das tu palabra?", preguntó Leo con una sonrisa maliciosa.

¡Diablos, no!

"¿Os parece necesario?"

"Diablos, si", replicó Lyosha, remedando burlón el tono que yo había empleado sólo en mi mente.

Gruñí. A ver si llega de una vez el día en el que pueda controlar mi poder para leer su mente con la misma facilidad que él controla el suyo.

"Aún te falta mucho para eso, querida", replicó, respondiendo una vez más a lo que yo sólo había llegado a pensar.

"Está bien, maldita sea. Os doy mi palabra. Al fin y al cabo no va a servir de nada no hacerlo. Lyosha terminará por buscar lo que desea saber en mi cabeza en cuanto me distraiga", protesté.

"No te quepa la menor duda", respondió sonriente. "Y en cuanto a lo que comentabas, tampoco resultará un problema. El dinero abre todas las puertas, querida. Verás que rápido se olvida toda esa innecesaria burocracia en cuanto aparezcan los billetes"

"¿Y si el cura no se deja sobornar?"

"Pues ya encontraremos otro que si lo haga", dijo Leo.

"Vale. Supongamos que es tan fácil. ¿Amor y fidelidad hasta que la muerte los separe?"

"¿No piensas amarnos y sernos fiel hasta que la muerte nos separe, querida?", respondió Leo en un fingido tono melodramático.

"¿Pero es qué no te das cuenta? ¡Yo os amo a los dos! Dudo mucho que la religión de Cora considere eso como fidelidad. Y lo que es más, si ella o Árvidas deciden tomar otro compañero, ¿qué haremos entonces? ¿Llevarlos a los tres a una iglesia y convencer al cura de que los case entre ellos?", repliqué exasperada.

"Cuando eso suceda, Nadya, será porque Cora ya se siente plenamente uno de los nuestros, y habrá superado todas esas absurdas limitaciones que le impone su religión humana", aclaró Lyosha.

Parece tan sumamente absurdo todo, que a la fuerza tiene que ser lógico. Sacudí la cabeza a punto de rendirme. Expresé mi última queja sin ninguna convicción.

"¿Y no habéis pensado que ella puede considerarlo una burla a todo eso en lo que cree? Al fin y al cabo, Árvidas es tan ateo como el que más. ¿Cómo pensáis que se sentirá ella cuando sepa que le ha prometido matrimonio ante un dios en el que no cree?"

"Eso no va a ocurrir. Desea tanto estar con él, que ni se lo planteará. Pero si eso te tranquiliza, puedes explicarle tú misma que lo hace por complacerla, y que es ante ella ante quien empeñará su palabra. Y que la palabra dada es más sagrada para nosotros que cualquier cosa en la que ella pueda creer", sugirió Lyosha.

Asentí. Ya no tengo más objeciones que oponer. La idea sigue sin convencerme, pero no tengo ninguna queja racional a la que aferrarme.

"Bueno, vale. Supongo que está bien", murmuré. "¿Vamos a ver como lo están organizando todo?"

"No tan rápido, jovencita", replicó Leo. "Hablando de palabras empeñadas, creo que hay algo que debes contarnos"

Malditas reglas. Siendo humana, no habría dudado ni un segundo en saltarme mi maldita palabra. Pero por algún motivo que aún se me escapa, esa norma parece inquebrantable para mis dos compañeros, así que no me queda más remedio que responder.

"Es una tontería. Estuve a punto de casarme hace unos años", comenté en el tono más indiferente que fui capaz.

"¿Casarte?", preguntó Leo, atónito.

"Eso fue hace una eternidad, Leo. Casi ni me acordaba", mentí, manteniendo el mismo tono desinteresado.

Supe que no se habían dejado engañar por mi tono despreocupado en el mismo instante en el que acabé de pronunciar la frase.

"Estás mintiendo, querida. Y con absoluto descaro, además", me acusó Lyosha.

"¿Qué importancia puede tener eso ahora? Es una vieja historia y muy aburrida además", repliqué

"Eres nuestra compañera, Nadya. Y estuviste a punto de jurarle amor eterno a otro hombre. A mi me parece importante", replicó Leo.

"Y sin embargo, no lo es. Yo era joven, y estúpida. Me enamoré como una imbécil. No podéis culparme por eso, os habéis enamorado mil veces más que yo"

"Sin duda, pero no hasta el punto de querer jurarle a una mujer que la amaría para el resto de mi existencia", dijo Leo.

Le dirigí una mirada sarcástica. No me creo ni una sola palabra. Sé perfectamente que los dos han vivido con decenas de mujeres antes de mí. Quizá no haya salido bien, pero eso no le quita importancia al hecho de que han tomado por compañeras a otras mujeres, con todo lo que eso puede significar.

"No me mires así, Nadya. Lo que he dicho es la pura verdad", respondió con un curioso tono dolido.

"Dice la verdad, querida. Es cierto que hemos compartido techo y cama con otras mujeres, pero hasta que te conocimos, ninguno de los dos se había planteado esas relaciones como permanentes", aclaró Lyosha.

"¿Me estás diciendo que soy la primera mujer a la que juráis amar para siempre?", pregunté, intentando disimular la incredulidad en mi voz. Dado el tono solemne en el que se ha dirigido a mí, no me parece oportuno.

"Naturalmente", respondió.

"¿Lo dudabas?", añadió Leo.

No puedo explicar lo que sentí en ese momento. Desde que me había convertido en un vampiro, había tenido que luchar continuamente para controlar mis exacerbados sentimientos. Como humana era serena y fría, jamás perdía los nervios como me ocurría ahora tan a menudo. En mis relaciones sentimentales, casi siempre era yo la que llevaba el control. Pero cuando nací a esta vida en la compañía de Lyosha, tuve que enfrentarme a un sentimiento desconocido por completo, y luego había llegado Leo, para empeorar aún más la situación. Estaba convencida de amarlos mucho más de lo que ellos me amaban a mí. A pesar de sus celos y sus sobreprotectoras actitudes, nunca se muestran tan superados por lo que sienten como parece ocurrirme a mí. Eso me llevó a creer que yo no era más que la última de una larga, larguísima lista de mujeres. No es que les culpe. Once siglos es mucho tiempo para pasarlo solo, es lógico que haya habido otras. Y también es lógico que hayan sido muchas, pero eso no mejora el comezón en mi estómago que me dice que tarde o temprano esto tendrá un final, como lo han tenido todas sus relaciones anteriores.

Y ahora reconocen no haber sentido por nadie lo que sienten por mí. Con absoluta serenidad, como si fuera algo tan evidente que resulta imposible que yo no lo haya visto antes. El calor que me recorrió de la cabeza a los pies, a punto estuvo de hacer latir de nuevo mi dormido corazón. Me sentí tan aturdida y feliz que no sabía si reír, llorar o ambas cosas a la vez. Salté de mi asiento y me lancé en sus brazos, que me recibieron con más que evidente agrado.

"¿En serio pensabas eso, querida? ¿Qué como no perdemos los nervios no te amamos?", rió Lyosha. "Nadya, que seamos lo suficientemente viejos para asumir nuestros exagerados sentimientos vampíricos, no significa que no los sintamos de todos modos"

"Tonta", añadió Leo con ternura, acariciando mi mejilla. "¿Cómo pudiste creer semejante cosa?"

"Quizá por vuestra manía de no hablar del pasado", repliqué en un tono de indignación que no sentía en absoluto.

"Diablos, mujer. Tienes toda la eternidad para enterarte de nuestras sórdidas historias, ¿qué prisa puede haber?", rió Leo.

"Y hablando de sórdidas historias. No has terminado el relato de la tuya, querida", añadió Lyosha, mirándome con suspicacia.

"De verdad que no es importante. Yo le quería, él me presionó durante meses, y finalmente me dejé llevar. Pero dos semanas antes de la boda, entré en razón y lo cancelé todo", contesté con reticencia, estremeciéndome ante el recuerdo. "Cuando se lo dije, caí por fin en la cuenta de que él no me quería realmente. Sólo era otro maldito trofeo que colgar en sus estantes. Era un niño rico, malcriado y consentido, acostumbrado a conseguir todo lo que quería. Esa vez se había empeñado en tenerme a mí, y cuando vio que yo estaba decidida a no seguir con la historia, se enfureció y me montó una escena terrible. Fue muy desagradable, y no me gusta hablar de eso. Ni recordarlo siquiera. No me obliguéis a contároslo, por favor. Hoy no"

Creí que quedarían satisfechos con la explicación, pero no fue así, y por mi descuido. La maraña de sentimientos que aún recorría mi cuerpo, hizo que despistara mis barreras mentales, y Lyosha encontró en ellas lo que yo había intentado ocultar con descarados subterfugios. Sus ojos se ennegrecieron, mientras cruzaba una mirada con Leo. Evidentemente, éste no sabe lo que su hermano ha visto, pero su expresión es suficiente para él. Pude oler su ira, idéntica a la de Lyosha.

"Voy a matarlo", dijo Lyosha, mirando a su hermano, y hablando con el mismo tono despreocupado con el que un humano habría expresado su intención de tomar un café.

"Te ayudaré", comentó Leo con idéntica despreocupación, encogiéndose de hombros.

"¡Pero si tú no sabes lo que ha visto!", protesté, aunque una parte de mi sospechaba que no hablan muy en serio.

"Es igual. Si es suficiente para él, también lo es para mi, amor", sonrió.