Bueno, bueno, hermanitas, pues otro capítulo más.
Arthe.. Una vez más.. Gracias!! Ha sido genial aparecer en tu historia. Y bueno, si no fuera porque ahora tengo dos hermanas con las que compartir a mis "vampiros favoritos"… Pues si, mandaría al caraj.. a Demian, mira, para qué negarlo jajaja
Pero como somos tres, pues nada, que damos abasto.. jajaja. Y más viendo que con la declaración de Leo en el capi anterior las dos os encaprichasteis con él.
Y gracias a ti también, Kara. Te dejo otro capítulo para que sigas "relajándote" jajaja..
(Y gracias también a las que me leéis por ahí y no me dejáis reviews, aunque os querría mucho más si os animarais!!)
ALEKSEI. La venganza.
Es una casa increíblemente hermosa. Tengo que reconocer que el gusto de mi hermano roza lo exquisito. Cada detalle, cada mueble y cada cuadro, encajan perfectamente en el conjunto general, conformando estancias acogedoras y plácidas, dignas de ser admiradas y no simplemente miradas. No hay nada que pueda considerarse excesivo o de mal gusto, algo tan común entre los mortales que pueden permitirse mansiones de este tipo. Leo no pretendía hacer un museo de su casa, buscaba un hogar, un sitio donde descansar y relajar su torturada mente durante breves períodos de tiempo. Y lo ha logrado a la perfección. Yo mismo me sentiría feliz de pasar el resto de mi existencia encerrado en esos muros, disfrutando de sus maravillosas alfombras, sus cómodos muebles, sus estanterías repletas de valiosos libros, sus cuadros y esculturas. Sus magníficas chimeneas y sus gloriosas camas de proporciones astronómicas. Por no hablar del inmenso jardín agreste y de los bosques que rodean la casa.
Lamenté dejar ese hermoso refugio, pero al llegar a casa del vecino, Leo me sobresaltó golpeando la puerta ruidosamente. Uno esperaba que al sacar a un mortal de la cama a las cuatro y pico de la madrugada, se comportaría con un poco más de cortesía.
"¡Gino! ¿Vas a dejarme en la puerta hasta mañana? ¡Sal de la cama, maldito perezoso!", gritó
Una suave y aflautada voz de hombre me llegó desde el interior.
"¿Leonardo? ¿Eres tú?"
"No, el maldito demonio que ha venido a llevarse tu negra alma. Claro que soy Leonardo, hombre. ¿Quién más llamaría a tu puerta a las cuatro de la mañana?"
Escuché unos pasitos apresurados junto a la puerta, y apareció ante mí un hombre atractivo de unos cincuenta y tantos años, pequeño y esbelto, vestido con una exquisita bata de seda. Nos franqueó el paso con gesto afectado.
"¡Has vuelto!", exclamó sonriente, con su curiosa voz. En seguida, su mirada encantada, cambió para convertirse en un mohín de falsa desaprobación. "Eres cruel, Leonardo. Me dijiste que sólo estarías fuera un par de días, y finalmente ha sido más de un mes y te has perdido la fiesta de los Salmeri. Fue terrible. El signore Salmeri me obligó a bailar con su gorda esposa y con todas y cada una de sus horribles primas. Ni Dante pudo imaginar un infierno peor. Te aseguro que nunca te he echado tanto de menos", acusó.
"Lamento habérmelo perdido, tuvo que ser un espectáculo digno de verse", rió, ante el afectado enfado de Gino. "No te enfades conmigo, querido. He estado ocupado", añadió, inclinándose hacia él, y besando suavemente su mejilla.
El compuso un afectado mohín, antes de volverse hacia mí.
"¿Y esas ocupaciones te han hecho perder tus modales? ¿Es que no vas a presentarme a tu amigo?"
"Por supuesto. Lyosha, el es Gino. Es un gran tipo, y me cuida como si fuera mi madre, pero vigila sus manos", rió.
"No hagas caso a este patán, Lyosha. Sólo le perdono sus exabruptos porque es el hombre más apuesto que jamás he visto", comentó tendiendo su mano hacia mí, los dedos cuidadosamente manicurados apuntando hacia abajo.
No fui tan descortés como para estrechársela sin más. Comprendiendo su intención, llevé su mano hasta mis labios, y rocé sus dedos con suavidad. El me obsequió con la más radiante de sus sonrisas.
"Oh, Cielo Santo. Es tan exquisitamente galante como tú", se detuvo un instante, y se volvió hacia Leo con los ojos abiertos como platos en un gesto melodramático. "No me digas que por fin te has decidido a cambiar de bando, amor"
Leo dejó escapar una sonora carcajada.
"No te rindes nunca, ¿verdad? Te he dicho un millón de veces que si algún día decido hacerlo, tú serás el primero al que me dirija", sonrió.
"Pues no tardes demasiado. Ya soy muy viejo, y no puedo esperar eternamente. Además últimamente he tenido propuestas muy interesantes. Y de hombres muy guapos, debo añadir", replicó con coquetería.
Mi hermano compuso un falso gesto dolido.
"¿Más guapos que yo?", preguntó maliciosamente.
"Oh, nadie es más guapo que tú. Y lo peor es que lo sabes perfectamente", contestó, parpadeando con afectación. "Aunque tu amigo no le va muy a la zaga. ¿Cómo un heterosexual recalcitrante como tú se las arregla para tener amigos tan atractivos?"
Leo rió a carcajadas, mientras yo le dedicaba una seductora sonrisa de agradecimiento a su amigo.
"Me encantaría seguir charlando contigo, querido, pero tengo prisa. Sólo he venido a pedirte que te encargues de mi casa. Esta vez estaré bastante tiempo fuera", explicó, tendiéndole las llaves.
"¿Otro sórdido asunto de faldas?", preguntó.
"Esta vez no, querido", respondió Leo sonriente. "Aunque es cierto que si hay una dama, pero es una muy especial", aclaró en tono confidencial.
"¿No lo son todas?", replicó Gino con desdén.
"No como ésta", respondió Leo con repentina seriedad.
Gino abrió los ojos de par en par.
"Oh, por todos los santos. ¡Te has enamorado! Y yo que creí que mis viejos ojos no llegarían a ver como una mujer te atrapaba al fin. ¿Y dónde está? No puedes dejarme sin conocer a la señorita que ha llevado a cabo tal hazaña"
"No ha venido con nosotros. Está esperándonos en el aeropuerto. Pero te prometo que la traeremos para las fiestas de la cosecha y podrás conocerla entonces"
"Está bien", respondió Gino. Parecía dispuesto a despedirse, cuando sus ojos se estrecharon en una línea astuta. "Espera un momento. ¿Has dicho 'traeremos'?"
"¿Eso he dicho?", sonrió Leo.
"Ahora si que no puedo aguantar la curiosidad. ¿Qué clase de hembra puede tener no solo a uno, sino a dos hombres tan extraordinarios?", exclamó.
"Como te ha dicho Leo, una muy especial", respondí sonriente.
"Ya debe serlo. En fin, hasta un viejo como yo es capaz de percibir vuestra impaciencia. Vamos, marcharos ya. Lo estáis deseando", replicó.
Mi hermano se inclinó de nuevo para besar al hombre en la mejilla derecha, y yo lo imité posando mis labios sobre la otra. Él se llevo las manos a la cara con una sonrisa de placer.
"Espero que cumpláis vuestra promesa", amenazó.
"¿Cuál de ellas, Gino? ¿La de volver para la cosecha, o la de avisarte si dejan de gustarme las mujeres?", lo provocó Leo.
"Oh, las dos. Aunque no las has expresado siguiendo mi orden de preferencia", sonrió. "Anda, marchaos ya. Si sigo contemplándoos un solo segundo más, empezaré a tener pensamientos lascivos", ordenó.
"Siempre los tienes, querido", se burló Leo, mientras salía por la puerta, seguido de mí.
Cuando nos alejamos unos metros, me dedicó una sonrisa divertida.
"Es el humano más inteligente, culto, malicioso y refinado que he conocido jamás. De hecho, por lo que ha llegado a mis oídos ciertas noches, su refinamiento es tal, que en más de una ocasión he estado muy tentado de aceptar sus descaradas proposiciones. Estoy seguro de que me divertiría", terminó entre carcajadas.
"Me gusta mucho", sonreí. "Pero sabes que le queda poco tiempo, ¿verdad?", pregunté, seguro de que él lo sabe tan bien como yo.
Leo asintió, mientras la risa moría en sus labios.
"Lo sé, y me molesta mucho. Adoro su compañía. He pensado en transformarlo, y sé que lo aceptará. Pero espero el momento oportuno", respondió reticente.
No seguí preguntando. No hace ninguna falta. Hasta mi refinada nariz había llegado el olor dulzón de la enfermedad del hombre. Vivirá un año más, con suerte dos, y comprendí la intención de mi hermano. Leo pretende presentarle la alternativa del diablo. Gino tendrá que elegir entre su muerte o la imitación de vida que mi hermano le propondrá. Y por supuesto, abrazará la vida, aunque sea una tan extraña como la que mi especie lleva. De ese modo, se asegurará su gratitud, y no su rechazo. Somos criaturas egoístas, no transformamos por amor, lo hacemos por egolatría. No podemos tener hijos, así que nos aseguramos nuestra continuidad a través de los humanos a los que atraemos a nuestro lado. Pero en más ocasiones de las que cabría imaginar, nuestras creaciones se rebelan contra nosotros, maldicen la suerte que les obliga a sentir la sed eterna, que les empuja a asesinar y destruir a los que un día fueron como ellos y nos culpan de ella, apartándose con odio de nuestro lado. La única forma para intentar evitarlo es conseguir que deseen ese destino. Que sepan lo que les espera, lo que va a ocurrir y que aún así lo abracen como un sacramento. Los mortales se aferran a la vida, y la única opción para asegurar su lealtad eterna es librarlos de la muerte a la que tanto temen, aunque la alternativa no sea la mejor posible.
"Nos llevaremos el coche. Tenía pensado pedirle a Gino que lo llevara mañana hasta el aeropuerto, pero aún tenemos tiempo de sobra. Son apenas las cuatro y media. Si tomamos la autopista, llegaremos a Firenze antes de las cinco", sonrió maliciosamente. "Bastante antes de las cinco"
Poco después volábamos por la autopista a doscientos cincuenta kilómetros por hora. Leo conducía distraídamente, tamborileando con sus dedos en el volante, disfrutando de la velocidad. En un par de horas, la vía se llenaría de coches dirigidos por mortales que dificultarían terriblemente la conducción, pero ahora la carretera es prácticamente nuestra, y mi hermano puede sacarle todo el provecho a su coche. Ese es uno de los motivos por los que siempre que viajo, prefiero conducir de madrugada. Odio moverme con la exasperante lentitud humana, y su aún más exasperante falta de reflejos. El otro es la luz del sol, pero desde la aparición de los cristales tintados, eso ya no representa un inconveniente.
Poco más de quince minutos más tarde, Leo reducía la marcha para entrar en el aeropuerto. Ambos estamos de un humor excelente. Emociones fuertes, el alimento sin el cual no podíamos vivir. Descargamos rápidamente las bolsas de Leo, entregamos las llaves, y nos dirigimos sin más dilación al hangar donde descansa el Gulfstream de Lisías. Apenas alcanzamos la puerta, cuando una sombra se abalanzó a nuestros brazos.
"Habéis tardado una eternidad", protestó Nadya sonriendo.
"No hemos estado fuera más de una hora y media, Nadya", reí.
"Si. Pero ya no aguantaba la conversación de Cora ni un solo segundo más. No me malinterpretéis, le tengo mucho afecto. Pero desde la adolescencia no tenía que concentrarme en según que tipo de comentarios", gruñó.
"Y así habló la anciana y madura mujer de apenas treinta y siete años", se burló Leo.
Ella hizo ademán de golpearlo burlonamente en el brazo y, como cada vez que intenta algo semejante con uno de nosotros, terminó colgada de su hombro, con una expresión molesta que indica a todas luces que no tiene ni la menor idea de cómo ha llegado ahí. Entre carcajadas, Leo la subió al avión, mientras ella le golpea la espalda protestando por sus terribles modales. Patrick nos recibió con un ligero levantamiento de cejas, pero en su honor hay que señalar que no hizo el más mínimo comentario. Se limitó a encaminarse a la cabina, y poner los motores en marcha, mientras Leo dejaba caer a Nadya en uno de los asientos. Riendo entre dientes ante la expresión enfurruñada de nuestra compañera, busqué con la mirada a mis primos. Mi oído me confirmó lo que ya imaginaba. Se han trasladado a la parte posterior del avión, y en este instante, intercambian susurros que no me molesté en descifrar. Soy curioso, pero no tanto, pensé, sonriendo para mis adentros.
Leo estaba guardando sus bolsas en los altillos del avión, sin preocuparse lo más mínimo por esconderlas. Lisías paga una fortuna en sobornos para no ser molestado en ningún aeropuerto del mundo, y aunque no fuera así, antes de que un humano pudiera entrar en el avión, mi hermano habría desaparecido junto con sus bolsas a la más pequeña de mis señales. Tomé asiento frente a Nadya, que mantiene su expresión enfurruñada, y él no tardó en acomodarse junto a mí, mientras la aeronave se deslizaba suavemente por la pista.
"Has mejorado mucho, querida, pero no tanto", se burló una vez más. "Tardarás siglos antes de llegar siquiera a rozarme"
"Sigue burlándote, y serás tú quien no llegará a rozarme en siglos", refunfuñó ella.
"Una amenaza desazonadora, pero los tres sabemos perfectamente que no serás capaz de cumplirla", medié, saltando sobre ella demasiado rápido para que pudiera detenerme, y sentándola a continuación entre mi hermano y yo.
Se resistió apenas unos segundos, antes de acomodarse recostada sobre Leo, y con sus piernas apoyadas en las mías. Leo clavó sus ojos en la ventanilla, dedicando un último adiós a su amada ciudad mientras el Gulfstream tomaba rumbo. En su rostro se pintó una expresión melancólica, tan poco habitual en él, que sentí la necesidad de volver a prometerle que regresaremos pronto. Él asintió, sin mirarme, mientras la ciudad desaparecía ante sus ojos. Casi todos solemos sentir un curioso afecto melancólico por el lugar que nos vio nacer como humanos, pero en el caso de Leo, se trata de una atracción incontrolable. Adora su ciudad, su región y su país por entero, lo que no es de extrañar en un ser tan sumamente seducido por la belleza como es él. Muchas ciudades de su hermoso país son museos vivientes, en los que las obras de arte se amontonan por doquier en edificios, calles y plazas. Historia viva que puede tocar con sus manos y que satisface sus sentidos casi tanto como una buena cacería. Yo disfruto del arte en cualquiera de sus manifestaciones, pero Leo parece necesitarlo para vivir.
Se sumió en un silencio obstinado durante buena parte del viaje, y por más que Nadya y yo intentamos animarlo, apenas conseguimos arrancarle un par de breves sonrisas. Sólo cuando Patrick anunció que llegaríamos a King Solomon en una media hora, su estado de ánimo empezó a mejorar. Ahora viene la única parte complicada del viaje. Tenemos que conseguir que Nadya marche a casa de Milton con Cora y Árvidas, mientras Leo y yo nos adentramos en la ciudad buscando nuestra venganza. Crucé una mirada de entendimiento con mi hermano, que ya ha recuperado la sonrisa ante la perspectiva de una buena caza, y comencé a hablar, acariciando distraídamente las piernas de Nadya.
"Querida, tenemos que cumplir un encargo de Lisías en la ciudad", mentí con descaro. "Tendrás que guiar a Cora y Árvidas hasta la cabaña de Milton. No tardaremos en reunirnos con vosotros"
Ella me miró, frunciendo el ceño.
"¿No podemos acompañaros?", protestó.
"No tendría ningún inconveniente en que nos acompañarais Árvidas y tú, querida. Pero la joven Cora no está preparada aún para rodearse de humanos", explicó Leo. "Es por eso que Lyosha te ha pedido que la lleves a la cabaña, y no a la casa. Déjala allí con Árvidas, y ve a saludar a Milton. Antes de que te des cuenta, estaremos contigo"
"Por supuesto, claro. Lo haré. No sé como no había pensado en eso", respondió Nadya, relajando su expresión.
Ella nunca piensa en esas cosas. El no sentir la más leve atracción por la sangre de los humanos, le hace olvidar detalles que los demás tenemos presentes a cada instante. Pero Leo y yo, sin necesidad de ponernos de acuerdo, ya habíamos preparado el modo de mandarla de avanzadilla sin que sospechara de nuestras intenciones.
Cuando los tres partieron rumbo a casa de Milton, mi hermano me miró con evidente ansiedad.
"¿Tenemos un plan?", preguntó con sonriente impaciencia.
"Por supuesto", confirmé con idéntica sonrisa. "Vivía en el centro de la ciudad, así que tendremos que seguir su rastro desde ahí. Pero antes alquilaremos un coche. Si lo encontramos, prefiero llevarlo a un sitio alejado de oídos indiscretos"
No tardamos demasiado en alquilar un discreto utilitario que no llamaría en absoluto la atención. La joven del mostrador se mostró bastante reticente cuando insistimos en pagar en efectivo, pero sus reservas se esfumaron cuando Leo y yo coqueteamos descaradamente con ella haciendo uso de todo nuestro poder de seducción. Nos hubiera dado hasta las llaves de su propio coche si hubiéramos querido. Sacó una copia de mi carnet de conducir – a nombre de una identidad de la que pienso deshacerme de inmediato – y, tras indicarnos que salía a las siete, nos tendió las llaves del coche. Aunque algo salga mal en nuestros planes, cosa que dudo sinceramente, la muchacha sólo será capaz de recordar a dos tipos muy guapos que tontearon con ella, pero no podría describir nuestros rasgos ni aunque quisiera. Los humanos tienden a olvidar los detalles de nuestros rostros, a no ser que nos vean con mucha frecuencia, lo que no suele suceder, salvo en casos excepcionales.
Conduje hasta el centro de la ciudad a una exasperante velocidad humana, dado que no nos conviene llamar la atención. Aún sabiendo perfectamente los motivos de mi lentitud, Leo gruñe continuamente, removiéndose inquieto en su asiento. Nos llevó menos de quince minutos llegar a la dirección que había extraído de la mente de Nadya, orientándome por sus recuerdos. Un edificio de apartamentos, en la esquina de una calle bastante transitada, lo que no conviene en absoluto a nuestros planes. Localicé la ventana de inmediato. Hay luz. Si no se ha mudado, está en casa. Busqué un lugar donde aparcar el coche, que nos permita salir cuanto antes de la casa. Dimos unas cuantas vueltas, esperando a que saliera algún coche cercano a la entrada del edificio. Tuvimos suerte. Apenas habían pasado cinco minutos, cuando una furgoneta dejó un sitio libre a pocos pasos de la puerta. Caminamos tranquilamente hasta el portal. Está cerrado, un inconveniente que solucioné en un segundo con un rápido giro de muñeca. ¿De verdad los humanos se sienten seguros con esas estúpidas cerraduras? Consulté los buzones, controlando a duras penas mi impaciencia. Ahí está: Mihail Loschka.
"Sigue aquí", sonreí.
En el rostro de Leo se pintó una sonrisa brutal. Antes de que pudiera darme cuenta, ya estaba subiendo las escaleras velozmente. Por supuesto, no esperó el ascensor. Nosotros somos más rápidos. Unos segundos más tarde, nos deteníamos frente a la puerta. Agudicé el oído, y olfateé el aire.
"Un hombre. Está solo. Veremos si es él", susurré.
Pulsé el timbre. Pocos segundos más tarde, un hombre me abrió la puerta. Es él. Sin darle tiempo siquiera a abrir la boca, levanté mi mano abierta y lo dejé inconsciente de un rápido golpe. Espero haber medido bien mis fuerzas, o nos llevará una eternidad despertarlo. Lo cargué sobre mis hombros, y bajamos las escaleras rápidamente. Una vez en el portal, Leo se adelantó para poner el coche en marcha, mientras yo lo observaba esperando el momento. Desaparcó velozmente en una hábil maniobra, y se inclinó para abrir la puerta trasera. En ese mismo instante, corriendo a más velocidad de la que los ojos humanos podían captar, salí del portal, lancé a Mihail al interior del coche y salté tras él. Leo ya conducía rumbo a los bosques. Nadie ha visto absolutamente nada. Ninguna de las mentes que capté a mi alrededor, parece siquiera sobresaltada. Leo se volvió para mirarme.
"Creo que le has golpeado demasiado fuerte. Si no está despierto, no tendrá ninguna gracia", protestó.
"No ha sido para tanto. No es culpa mía que sea tan débil", rezongué.
Después de conducir un buen rato en dirección a los bosques, llegamos a un lugar apropiado para dejar el coche. Descendimos cargando con Mihail, y nos adentramos en la foresta unos cuantos kilómetros. Agudizamos nuestros sentidos para asegurarnos de que no hay testigos cercanos, y tras confirmarlo, lancé a Mihail sobre la nieve.
"¿Ves? No se despierta. Te dije que le habías dado muy fuerte. Debiste dejarme a mí", gruñó Leo.
"Oh, claro, el señor 'todo-contención' habría medido sus fuerzas mejor que yo", repliqué, un poco molesto, más conmigo mismo que con él. Si no conseguimos despertarlo, dará al traste con toda la diversión.
"Eres demasiado bruto, eslavo", masculló.
Está empezando a incordiarme. Debo reconocer que he sido yo quien ha metido la pata hasta el fondo, pero ya estoy hartándome de que me lo eche en cara. Podía haberle pasado a él tranquilamente, y lo sabe de sobra. Pero como todo parece indicar que he fastidiado sus planes de divertirse aterrorizando un rato al mortal, es incapaz de controlar su maldita lengua. Si un lastimero quejido no hubiera llegado a nuestros oídos en ese instante, habríamos terminado por pelearnos. Luego los dos lo lamentaríamos terriblemente, pero eso no iba a detenernos.
Nos volvimos velozmente hacia el mortal. Sigue con los ojos fuertemente cerrados, pero empieza a revolverse. No tardará más de un minuto en recobrar la conciencia. Leo se giró hacia mí.
"Lo siento, hermano. Me sentía frustrado y lo pagué contigo", se disculpó.
"Soy yo quien te debe una disculpa. Estaba más enfadado conmigo que contigo. Tenías razón, le golpeé demasiado fuerte. Debí dejar que lo hicieras tú. Reconozco que cuando vi su cara, volvieron a mi mente los recuerdos de Nadya, y a punto estuve de no controlarme", confesé contrito.
"No te disculpes. Podía haberme pasado a mi también. Demonios, míralo. Tiene menos músculos que una hembra. Si no vamos con cuidado, no nos durará un asalto"
"Te prometo que lo intentaré", sonreí.
Me devolvió la sonrisa, desaparecida ya por completo su irritación, antes de acuclillarse junto a Mihail. Me reuní junto a él, y permanecimos unos instantes, contemplando como salía lentamente de su inconsciencia. Cuando por fin consiguió fijar su vista en nosotros, abrió los ojos de par en par, atemorizado, mientras gateaba hacia atrás. Lo detuve, clavando dolorosamente mis dedos en su hombro. Oí un chasquido. Otra vez me he pasado, pero esta vez a mi hermano no le molestó. Más bien al contrario. Sonrió divertido, mientras el hombre gritaba de dolor.
"Creo que le has roto la clavícula", rió. "Te dije que eras un bruto"
Me encogí de hombros sonriente, mientras Mihail paseaba su vista de uno a otro aterrorizado.
"¿Quiénes sois?", gimió. "¿Qué queréis de mi?"
"Por ser tópicos, te diré que en este momento, somos tu peor pesadilla", sonreí.
"Tengo dinero. Tengo mucho dinero. Os daré lo que queráis pero, por favor, no me hagáis daño", lloriqueó.
Leo sonrió maquiavélicamente.
"Mihail, soy un hombre complaciente, pero me temo que tu demanda nos plantea un serio conflicto de intereses", ironizó en tono paciente. "Porque, veras, mi hermano y yo también tenemos mucho dinero. Mucho más del que tú puedes soñar. Así que el dinero no nos interesa. Lo único que queremos en realidad, es lo que nos has pedido que no hagamos. Dañarte. Vamos a causarte más dolor del que eres capaz de imaginar, y cuando nos hartemos de jugar contigo, te mataremos", terminó alegremente.
"Pero ¿yo qué os he hecho?", gritó.
"A nosotros personalmente, nada. Eso debo reconocerlo. Pero quizá te suene el nombre de Nadezhda", le sonreí.
Abrió los ojos de par en par. A su mente llegaron imágenes de Nadya. No sé si me enfurecieron más sus recuerdos de la paliza o los que mostraban como la poseía. Dejé escapar un rugido furioso, e intenté acallar el murmullo de sus pensamientos en mi mente, mientras me ponía en pie con rapidez. Si permanezco un solo segundo cerca de él sin serenarme antes, le arrancaré la cabeza. Y esa es una muerte demasiado compasiva para un patán como él.
"Esto no está nada bien. Primero golpeas a mi compañera, y ahora ofendes a mi hermano", gruñó Leo, "¿Cómo crees que me sienta eso?", añadió levantando rápidamente un dedo y golpeando la nariz del mortal, que se rompió con un crujido.
"Por favor", gimoteó "Por favor, eso fue hace mucho tiempo. No sé lo que os habrá contado, pero yo no la toqué, os lo juro"
Dejando al margen que sus palabras son una mentira evidente hasta para un no lector, a mi no hubiera podido engañarme aunque quisiera. De su mente me volvieron a llegar imágenes de la paliza, y era peor que los recuerdos de Nadya. Controlando a duras penas mi furia, me incliné sobre él y clavando mis dedos en su hombro, rompí su otra clavícula con frustrante facilidad. Aulló de dolor, retorciéndose bajo mi mano.
"Vuelve a mentirnos, y te romperé todos los huesos uno por uno. Tú agonía será tan larga, que desearás no haber nacido nunca", rugí.
"Habla en serio", añadió Leo sonriente, en tono ligero. "Tiene un genio terrible. Yo también, claro. Pero yo no puedo ver tu mente. Él sí. Sabe lo que estás pensando, y no le está gustando nada. Y te garantizo que si a él no le gusta, a mi tampoco".
"Estáis locos", lloriqueó.
"No te servirá de nada correr", repliqué, respondiendo a lo que he leído en su mente. "No podrías alcanzar el coche ni aunque fueras el mortal más rápido del maldito universo, y los dos sabemos que no lo eres. Y tampoco sueñes con tocar ese teléfono. Te romperé los dedos antes de que llegues a pulsar una sola tecla"
"¿Puedo hacerle una demostración?", pidió Leo con entusiasmo.
"Claro, ¿por qué no? Al fin y al cabo, no va a vivir para contarlo", respondí generosamente.
En un veloz movimiento, Leo desapareció de la vista del mortal para situarse tras él. Metió la mano en el bolsillo de sus pantalones y sacó un pequeño teléfono móvil. Después se situó de nuevo frente a él, esta vez de pie, agitando el móvil entre sus dedos. Y todo en apenas un segundo.
"Un poco lento", le provoqué.
"Es la nieve", protestó. "Sabes que puedo hacerlo más rápido"
Ahora el miedo de Mihail se ha convertido en el más puro pánico, mientras sus ojos alucinados no pueden apartarse del teléfono que mi hermano sostiene en sus manos. Su mente se desbocó, mientras intenta en vano negar lo que sus ojos perciben con total claridad.
"Déjame que te ayude", sonreí. "Es cierto que ningún humano puede moverse tan rápido. Pero no somos humanos. Ese es el fallo de tu razonamiento. Te contaré un secreto. Has tenido la mala suerte de maltratar a la mujer de dos vampiros. Así que deja ya tus vanas esperanzas, porque no saldrás vivo de esta"
Normalmente, cuando uno hace semejante revelación, espera un poco de incredulidad por parte de su interlocutor, pero Mihail ya no es capaz de pensar con claridad. Si yo le hubiera dicho que estaba ante el mismísimo dios cristiano, se hubiera arrodillado y puesto a rezar. Empieza a aburrirme soberanamente.
"Perdón, lo siento. No quería hacerlo, ella me abandonó", gimoteó. "Lo siento muchísimo, por favor, no me matéis, no quiero morir"
Leo cruzó una mirada conmigo de absoluto hastío. Asentí, y en un rápido movimiento, rompió su cuello con escaso interés.
"Nadie quiere morir. Pero tampoco nadie piensa en eso cuando se lo gana a pulso", gruñó mirándolo con desprecio. "Asqueroso cobarde. Me pregunto que diablos vería Nadya en él"
"Era muy joven, hermano. Este tipo le llevaba quince años. Y ya sabes lo inocente que puede llegar a ser. No creo que realmente llegara a quererlo. La impresionó con sus modales, sus regalos, sus atenciones. Presumiendo de hombre de mundo. Sabía ser encantador cuando quería, el muy gusano", expliqué.
Se encogió de hombros.
"¿Qué hacemos con éste? ¿Lo dejamos para que se lo coman los animales?", preguntó.
"¿Bromeas? Y cada vez que visite a Milton me preguntaré si me estoy alimentando del animal que se lo comió a él" repliqué.
"Tienes razón", sonrió Leo. "He visto un lago de camino hacia aquí. Podemos tirarlo en él. El hielo se encargará de que no salga a la superficie", sugirió.
"Buena idea. Así sólo tendremos que recordar no beber de ningún pescado", reí
"Odio el pescado", replicó sonriente, mientras cargaba el cadáver sobre sus hombros.
No tardamos en deshacernos de los restos de Mihail, adentrándonos en la superficie helada del lago. La temperatura es muy baja y una ligera nevada empezó a caer mientras volvíamos al coche. Eso borraría nuestras huellas, pero tampoco me preocupa lo más mínimo. Nadie sabrá jamás que hemos sido nosotros. Cuando estábamos a un par de pasos del vehículo, Leo me lanzó las llaves con un rápido gesto, mientras se dirigía a la puerta del copiloto.
"Conduces tú", sonrió.
"Claro. Conduzco yo porque tendremos que ir despacio, ¿verdad?", protesté.
"Eh, yo lo he traído hasta aquí", exclamó.
"Pero tú mataste al mortal", repliqué.
"Y tú lo golpeaste más que yo", respondió abriendo las manos como si dijera '¿no te parece obvio?'
"Está bien, maldito cabezota. Sube al coche o no acabaremos nunca. Conduciré yo", gruñí.
"Como debe ser", sonrió, entrando en el coche.
"Si no dices la última palabra, te pones enfermo, ¿verdad?", mascullé.
"No", contestó simplemente.
Lo miré enarcando las cejas con irónica incredulidad, mientras ponía en marcha el vehículo y lo orientaba de camino a casa de Milton. Me devolvió la mirada sonriendo abiertamente.
"Pero si pudiera enfermar, sin duda me ocurriría", rió.
Le acompañé en sus risas, disfrutando de su recién recuperada alegría. Su melancolía ha desaparecido por completo, dejando paso a su habitual buen humor, y eso me hace sentir feliz. Conduje en silencio, sin poder evitar hurgar en sus pensamientos. En las mentes de los míos sólo percibo lo que quiero ver, al contrario que me sucede con los mortales, que tengo que esforzarme por acallar el continuo murmullo de sus voces en mi cabeza. Aún así, mi mente está tan poco acostumbrada al silencio, que me cuesta no entrometerme en los pensamientos de quien me acompaña en silencio. Si se tratara de alguien que no fuera Leo, intentaría controlarme, pero a como a él no le molesta lo más mínimo, no siento la necesidad de hacer ese esfuerzo. Lo que vi, me hizo sonreír.
"Deja pasar un tiempo. No siento tanta necesidad de acabar con el otro como con este", sonreí.
"Es increíble. Conozco sólo la historia de dos de sus antiguos amantes, y los dos eran un desastre. Me pregunto si la transformación mejora el gusto de la gente", comentó
"Evidentemente, no demasiado", lo provoqué, mirándolo de la cabeza a los pies con fingido desdén.
Soltó una sonora carcajada.
"¿No has oído a Gino? Nadie es más guapo que yo", rió
"Ni más bocazas", repliqué. "Ni más engreído. Ni más incontrolado. Ni más..."
"Oh, por favor, deja de enumerar mis virtudes, voy a sonrojarme", respondió alegremente, con un falso gesto de turbación.
Sacudí la cabeza, sin poder evitar reírme. Decir la última palabra es una segunda naturaleza en él. No se priva de ese placer ni aunque su vida dependa de ello. Si le replico, él volverá a contestarme, y seguiremos intercambiándonos frases cada vez más absurdas hasta el aburrimiento. Y no tengo la menor duda de que yo acabare por aburrirme primero. Conduje el resto del camino sin intentar provocarlo de nuevo, disfrutando simplemente de su compañía, y del apacible curso de sus pensamientos. Cuando llegamos a casa de Milton, este nos esperaba en la puerta sonriendo amablemente.
"Nadezhda me avisó de vuestra llegada. Es un placer volver a veros", saludó.
Intercambiamos los saludos corteses de rigor. Nadya ya lo había puesto al día de la situación de Cora y aunque pareció asustado, debo decir en su honor que lo disimuló muy bien. Algún día entenderé que lleva a Milton a ofrecer refugio a gente como nosotros e intentar comprendernos y aprender de nuestra especie y su forma de vida. Pero no será hoy. Me cuesta comprender como se empeña en tratar con nosotros, ya que, aunque es evidente que no le repugnamos, no lo es menos que nos teme. ¿Podría ser de otro modo? Es imposible saber lo que él sabe de los míos y no sentir un estremecimiento, al menos. Su voz mental me llega con claridad, a pesar de que intenta ocultar cualquier pensamiento que pudiera molestarme. Lo que desde luego, es imposible. Los humanos no pueden bloquearme su mente, aunque en ocasiones lo desearía. El constante murmullo de voces en mi cabeza, acaba por no dejarme pensar con claridad. Normalmente, el que se esfuerza por no 'oírlos' soy yo. No consigo acallar de todo su inacabable cháchara mental, pero sí convertirla en una suerte de ruido de fondo, que soy capaz de ignorar del mismo modo que ellos ignoran la maraña de sonidos de sus ciudades, o las conversaciones que tienen lugar a su alrededor.
Atravesando el vestíbulo con su decoración en exceso barroca para mi gusto bastante más sobrio, nos acompañó hasta el salón, donde Nadya nos espera sentada ante un ordenador, tecleando distraídamente. Sonreí al escuchar como se ponía en pie de un salto al escuchar nuestros pasos dirigiéndose hacía ella. Ese simple gesto me confirmó que no estaba llevando a cabo ninguna de sus cazas en la red, o no se habría percatado de nuestra presencia. Ya suponía que había sido así. Aunque su olor lo inunda todo a mi alrededor, no tiene ese punto de insoportable sensualidad que adquiere cuando se embarca en su trabajo. Sin esperar a que llegáramos a la puerta, la abrió de golpe, saludándonos con una encantadora sonrisa. Milton respingó sobresaltado, y no pude evitar una carcajada.
"Querida, aunque no es necesario que disimules ante Milton, tampoco está bien que le des esos sustos", le riñó Leo cariñosamente.
"Lo siento", se disculpó ella, con una sonrisa traviesa, tras la cual se dirigió de nuevo al interior del salón con deliberada y burlona lentitud.
"No tiene importancia", balbuceó el aludido a sus espaldas, apartándose a un lado para cedernos el paso a Leo y a mí.
Nos dirigimos de inmediato a la fantástica chimenea, en la que crepita un agradable fuego, tomando asiento en el sofá. Milton se sentó frente a nosotros, estudiándonos discretamente. Al percibir sus pensamientos, no pude reprimir una sonrisa.
"¿En serio piensas eso?", sonreí
El pareció sobresaltado un segundo, pero se repuso de inmediato, componiendo una expresión contrita.
"No he podido evitarlo, lo lamento muchísimo si te he ofendido", respondió.
"Por todos los demonios, Milton. Cuántas veces he de decirte que no necesitas disculparte por cada maldita cosa que digas. O que pienses, si de mi hermano hablamos", rió Leo.
"Prefiero hacerlo así, si no te importa", replicó Milton. "La mayor parte de los tuyos no son tan... complacientes"
Eso es verdad. Somos una especie demasiado irritable, y mucho más con los humanos. Milton ha tenido en su casa a criaturas mucho menos tratables que nosotros, y hace bien en medir cuidadosamente sus palabras. Con nosotros, cualquier precaución es poca.
"No obstante, no me has ofendido. Supongo que es razonable", respondí.
Nadya ya ha encontrado respuestas en mis pensamientos, y se ríe suavemente. Leo me mira, demandando una explicación que sabe no llegará de labios de Milton. Sonreí.
"Nuestro amigo piensa que nos comportamos como el macho dominante de la manada", comenté dejando escapar una risa. "Analizaba nuestra forma de movernos y de sentarnos, comparándonos con todo lo que ha visto en sus libros de Ciencias Naturales", me burlé
Leo dejó escapar una sonora carcajada, en absoluto ofendido ante lo que es una verdad más que evidente. Y yo no tardé en acompañarlo, ante la mirada reprobadora de Nadya, y la asustadiza sonrisa de Milton.
