Hola

Bueno, me alegro que no os aburriera el capítulo anterior. Cuando lo releí antes de colgarlo, me pareció que igual me ponía un poco pesada con el "protocolo", pero me divirtió mucho escribir sobre eso.

Y Arthe, tú tranquila, que si consigues ser dama de un clan de vampiros, Kara y yo te ayudaremos encantadas con tu poca memoria. Y con tus compañeros, claro jajaja

Kara, el plan, cuando queráis.

En este capítulo salen unas cuantas abejitas, y unas pocas flores jeje. Pero na, muy poca cosa, que una es muy pudorosa (o no... :) )

También es un capítulo tranquilito, pero por algún motivo, le tengo cariño. Quizá porque me gusta escribir conversaciones entre nuestros dos chicos, y eso... Bueno, ya me diréis que os parece.

ALEKSEI. Compromisos y revelaciones.

No me había dado cuenta de lo mentalmente agotado que estaba hasta que Leo me ofreció ocuparse de todo durante un rato. Nadya parece igualmente cansada, y no me sorprende lo más mínimo. Desde la primera visita, se ha empeñado firmemente en no cometer ni un solo error. Intentando evitar que eso sucediera, mantuve mi mente unida a la suya, atento a sus procesos mentales y aprobando sus decisiones. Eso la ayudó a serenarse, pero me obligó a forzar mis poderes telepáticos al máximo. Por si fuera poco atender a sus dudas, también intentaba leer las mentes de los visitantes, lo que nos facilitaría considerablemente la toma de decisiones sobre su posible admisión en la familia. Y además recibía de tarde en tarde los comentarios de Leo, sugiriéndome qué buscar en cada uno o llamando mi atención sobre frases o detalles que ponían sobre aviso su sorprendente instinto. Las corazonadas de mi hermano son cada vez más acertadas. Leo es una criatura instintiva y se mueve guiado por los impulsos del momento. Después de tantos siglos actuando de ese modo, a la fuerza ha tenido que desarrollar un sexto sentido que le pone sobre aviso en el instante oportuno.

Llegamos a nuestras habitaciones y Nadya se apresuró a abrir los grifos para llenar la bañera. Realmente necesito ese baño. Tengo que apartar la mente de las entrevistas cuanto antes o me va a estallar la cabeza por el exceso de actividad. Pero Nadya parece tener otros planes.

"Todo ha ido bien, ¿no crees?", preguntó saliendo del baño, y dejándose caer descuidadamente en un sillón.

"Querida, necesito dejar de pensar en eso durante un rato, o enloqueceré. Y si no te importa, háblame, por favor. Llevo demasiado tiempo atento a la mente de demasiada gente. Necesito dejar de concentrarme", respondí en voz alta.

"Oh, lo siento. No había pensado en eso. Ya cambio de tema, sólo dime una cosa", insistió, mordiéndose el labio con inquietud.

Eso es fácil. No necesito ver su mente para saber cuál va a ser su pregunta.

"Lo has hecho magníficamente bien, querida. Nos has ayudado mucho", sonreí.

Tal y como esperaba, Nadya pareció encantada con mis halagos. Pasó días en compañía de Shannen y Alejandra intentando aprender todo lo necesario para poder ayudarnos. Y debo reconocer que me ha sorprendido lo mucho que ha logrado en tan poco tiempo. Esperaba tener que ayudarla a menudo, pero no había sido necesario en absoluto. Es imposible estar más orgulloso de ella de lo que estoy en este momento. Me acerqué hasta el sillón en el que está sentada y la tomé en mis brazos, besando la suave piel de su cuello. Tomé asiento y la senté en mi regazo, recorriendo con mis labios el camino hacia su boca, mientras ella comenzaba a ronronear suavemente. Adoro sus ronroneos. Hasta ella apenas había encontrado un par de mujeres con esa peculiaridad y reconozco que me excita hasta un punto difícil de soportar. Mi mente empezó a huir de todos los recuerdos del día, intentando concentrarse únicamente en ese delicioso sonido, y en el maravilloso sabor de sus labios. Hasta mí llegó el embriagador olor de su deseo, y mi tren de pensamiento descarriló. Le arranqué la ropa sin detenerme en sutilezas y sin atender a sus poco convincentes protestas. Compartirla con mi hermano es placentero en extremo, pero no me había dado cuenta hasta ese momento cuánto deseaba tenerla para mí solo al menos unas horas. La llevé en brazos hasta el baño y sin dejar de besarla ni un instante, la dejé en el suelo y me deshice de mi ropa a una velocidad que hasta a mi me pareció sorprendente. Entre con ella en la bañera, dispuesto a tomarla de inmediato, cuando me detuvo con suavidad. Mascullé una maldición en mi mente, preguntándome que diablos le pasa ahora.

"¿Y Leo? ¿No nos necesitará?", preguntó.

Reí entre dientes, buscando de nuevo sus labios. Ella se apartó con suavidad. Lejos de rendirme, cambié mi objetivo bajando mi cabeza hasta sus pechos. Una vez más Nadya me detuvo, obligándome a mirarla

"Hablo en serio, Lyosha. ¿No haremos falta abajo?"

"Querida, Leo sabe cuidarse solo. Y si nos necesita, te prometo que bajaremos de inmediato"

"¿Seguro?"

Por respuesta hice lo único que podía conseguir que pensara en otra cosa. Entré en ella casi con brusquedad, sin esperar ni un solo instante, y su jadeo de placer sonó a música celestial en mis oídos. Se dejó llevar de inmediato y a pesar de mi cansancio, no me costó nada encontrar su mente para adelantarme a sus deseos. Creí que nunca llegaría a saciarme de su cuerpo, y cuando terminamos al fin, casi me sentí culpable por haber dejado a mi hermano todo el trabajo durante tanto tiempo. Casi, ya que cuando busqué su mente, vi que sólo habían tenido que recibir a dos visitantes en varias horas. Lo peor a lo que había tenido que hacer frente fue a su aburrimiento. Y ni siquiera eso, ya que ahora charla animadamente con Árvidas, y con la joven Cora, que se había reunido con ellos después de la última visita.

El cansancio se ha esfumado de mi mente y ya estoy listo para reunirme con el resto de mi familia, pero me cuesta abandonar a Nadya, que refugiada entre mis brazos, acaricia distraídamente mi pecho. Besé sus cabellos y ella alzó la cabeza para dirigirme una hermosa sonrisa. Percibí entonces la llegada de un nuevo visitante, y aún así no conseguí decidirme a bajar al salón de inmediato, a pesar de que esa era mi intención. Me hubiera quedado en la cama con mi compañera y dejado que se las arreglaran por su cuenta, si la voz mental de Leo no me hubiera arrancado bruscamente de la gloriosa sensación de pereza que me invade. La facilidad con la que Leo se dirige a mí mente es sorprendente. Para un no lector es muy complicado proyectar sus pensamientos para que un telépata los perciba. Se requiere habilidad y mucha concentración. Además de años de práctica. Leo había convivido con una lectora en el pasado, pero aún así parece tener una facilidad innata para proyectar su voz mental, lo que en ocasiones como esta resulta de gran utilidad.

"Hermano, lamento interrumpir, pero creo que deberías bajar", pidió con tono de disculpa.

Salté de la cama de inmediato, sabiendo que no nos molestaría si no fuera importante.

"¿Qué ocurre?", inquirió Nadya, incorporándose sobre un codo.

"Es Leo. Me necesita", expliqué, mientras me vestía apresuradamente.

"Voy contigo", dijo de inmediato, disponiéndose a levantarse.

"No hace falta, querida. Quédate aquí y aprovecha para holgazanear un rato. Te avisaré si te necesitamos, palabra", la detuve, besándola rápidamente antes de dirigirme a la puerta.

Bajé las escaleras, concentrando mi oído para percibir las voces en el salón. El ambiente parece relajado, lo que me tranquilizó bastante. Sea lo que sea lo que está pasando, Leo debe requerirme por una cuestión de protocolo o algún asunto de interés, y no por que tenga problemas. Me dirigí al salón y entré sin esperar a ser invitado. Un privilegio de mi rango que por cortesía no mantendré mucho tiempo, pero que de momento es necesario.

"Ahí está mi hermano", anunció Leo, sonriente, antes de que terminara de abrir la puerta.

Me aparté para dejar salir a Cora, después de que Árvidas la incitara discretamente a levantarse. Me dedicó una sonrisa divertida, antes de perderse escaleras arriba, sin duda para buscar a Nadya.

Me concentré entonces en el recién llegado. Como ya me habían adelantado mis oídos, se trata de un solo hombre que posee una educada voz, con un acento americano apenas perceptible. Comprobé que se trata de un vampiro joven, transformado como mucho hace una veintena de años, cuando apenas debía tener una edad mortal de dieciséis o diecisiete. Se puso en pie para recibirme y me sorprendió lo alto y desgarbado que es. Por supuesto, un humano lo hubiera encontrado grácil y elegante, pero para los estándares de mi especie parece incluso enfermizo. Su cabello, aún más claro que el de mi hermano, y su piel, más pálida de lo normal, contribuyen a incrementar esa sensación de fragilidad. Solo sus ojos de un oscuro color grisáceo, parecen brillar con vida propia.

"Hermano, este es Stephen. Trae un mensaje de su familia para nosotros", presentó Leo.

El muchacho me tendió una mano de dedos largos y escuálidos que casi temí estrechar por miedo a romperla.

"Es un honor conoceros. Le estaba explicando a tu hermano que he oído hablar tanto de vuestras hazañas que casi llegué a temer que fuerais una leyenda. Apenas puedo creer que esté frente a vosotros en persona", exclamó emocionado.

Crucé una mirada divertida con Leo. ¿Una leyenda? Este me devolvió una sonrisa irónica.

"Lleva así diez minutos. Si continúa por ese camino, te juro que acabaré por pedirle que me levante un altar", comentó Leo con tono burlón. "San 'León'. Suena bien. Mi primer mandamiento será reinstaurar el derecho de pernada"

Reprimí mi sonrisa, tomando asiento junto a él, no sin antes dirigirle una mirada de advertencia. Cuando Leo empieza el camino de la burla, es muy difícil frenarlo y lo último que quiero es dejar escapar una carcajada delante del muchacho. Algo que no podré evitar si mi hermano continúa soltando su afilada lengua.

Indiqué con mi mano al joven que tomara asiento, lo que hizo de inmediato, con gestos nerviosos. Curioseé en su mente sin mucha atención, comprobando que sus halagos son totalmente sinceros. Los más jóvenes entre su familia nos consideran casi como seres mitológicos. Sonreí discretamente. Por supuesto, estoy acostumbrado a recibir muestras de respeto y admiración por parte de muchos de los míos. No en vano llevo siglos intentando ganarme una reputación que me permita establecerme sin dificultades. Pero lo que este muchacho siente por nosotros raya en la adoración. Eso nunca me había ocurrido, y lo encuentro casi hilarante, por mucho que pueda satisfacerme.

"Bueno, ahora ya estamos todos. ¿Cuál es el mensaje que nos traes?", preguntó Leo amablemente.

Sin embargo, en mi mente añadió con divertido sarcasmo: "Habla de una vez, vasallo, y humíllate ante tus dioses"

Una nueva mirada de advertencia, y un sonriente encogimiento de hombros por su parte. No va a callarse tan fácilmente. Se lo está pasando en grande con las exageradas muestras de admiración del joven, y es casi imposible que Leo renuncie a divertirse si tiene la oportunidad.

El muchacho se aclaró la voz, intentando componer una expresión solemne.

"Mis primos, Lázaro y Gregory, me envían a daros la bienvenida. Es para ellos un placer y un honor que hayáis decidido estableceros a este lado del océano, y esperan que podáis concederles una audiencia en cuanto vuestras obligaciones os lo permitan", recitó.

Leo y yo intercambiamos una mirada. No se trata de la familia sobre la que Lisías nos ha puesto sobre aviso, pero sin duda podrán ofrecernos mucha información de primera mano acerca de la situación. Información muy necesaria y que los dos estamos deseando recabar. Aún así, no es oportuno mostrarnos impacientes, ya que son ellos los que solicitan la audiencia, reconociéndose como inferiores. Fingí meditarlo unos instantes, antes de responder.

"Diles a tus primos que estaremos encantados de recibirlos en nuestra casa. No obstante, apenas acabamos de instalarnos, y estamos recibiendo a muchos huéspedes. Tardaremos unos días en poder ofrecerles la debida hospitalidad", respondí. "Si te parece bien, podrías decirles que vengan de hoy en una semana. Para entonces, esperamos tener resueltas todas las tareas pendientes y acomodados a todos los visitantes", ofrecí.

Tal y como yo esperaba, Stephen asintió rápidamente. Ya he visto en su mente que sus primos considerarían aceptable diez días de espera, así que una semana es una buena oferta para trasmitirles.

"Una semana es un período más que considerado por vuestra parte", respondió sin dudarlo. "Partiré ahora mismo a comunicarles la fecha de la reunión"

Se puso en pie de inmediato. Parecía dispuesto a dirigirse a la puerta, cuando en su rostro apareció una mirada de fastidio y se golpeó la frente, a todas luces molesto consigo mismo. De su mente me llegó una maldición contra su mala cabeza. Sonreí con disimulo. Trae un presente para nosotros, y en lugar de entregarlo al llegar, como manda la cortesía, se había olvidado por completo, llevado por el emocionado aturdimiento que le había producido conocer por fin en persona a dos 'leyendas' como nosotros.

"Disculpadme, me había olvidado por completo de esto", dijo en tono contrito, tendiéndonos dos vainas que contenían sendas dagas. "Mi familia espera que aceptéis estos presentes como prueba de amistad", recitó una vez más.

Parecía curiosamente expectante cuando nos tendió las dagas, y en seguida comprendí la razón. El mismo las había forjado. En lugar de recibirla con educación y esperar a que marchara para inspeccionarla detalladamente, decidí alegrarle el día al muchacho y darle algo de lo que alardear ante sus compañeros. Extraje la daga de su funda y la observé con atención. Comprendiendo mis intenciones, Leo me imitó de inmediato. Es un arma magnífica. La empuñadura es una auténtica obra de arte, ornada con delicados motivos florales, y la hoja está perfectamente templada.

Leo la pasó de una mano a la otra a gran velocidad, y la hizo girar en el aire varias veces, recogiéndola con distraída facilidad para terminar rodándola en su mano con gesto apreciativo, ante la atónita mirada del muchacho.

"Presumido", musité sin mover los labios, seguro por completo de que el joven aún no podría oír mis rápidos susurros.

"Además de ser muy hermosa, está muy bien calibrada. El peso es perfecto", comentó, ignorándome por completo, mientras continuaba jugando con la daga distraídamente. "¿La has hecho tú?", preguntó.

El muchacho asintió con los ojos abiertos de par en par.

"Un magnífico trabajo", lo alabé yo, sopesando mi arma, mientras Leo lanzaba la suya al aire y la recogía haciendo que se deslizara en la vaina en un movimiento perfectamente medido.

"Muchas gracias. Me alegro de que os guste. Me llevó semanas forjarlas", balbuceó el muchacho, sin poder apartar sus asombrados ojos de la presuntuosa exhibición de mi hermano.

"Pues ha merecido la pena", respondió Leo. "Es extraño que alguien tan joven se dedique a forjar armas de acero", comentó, mirándolo con curiosidad.

"Mi primo Lázaro lleva años enseñándome. Desde la primera vez que lo vi trabajar en su forja, supe que ese iba a ser mi pasatiempo favorito. Si estas os parecen buenas, deberíais ver lo que es capaz de hacer él"

"Estoy seguro de que está más que satisfecho con su aprendiz. En fin, no queremos retenerte más. Trasmítele nuestro agradecimiento a tu familia. Será un placer recibirles", me despedí.

El muchacho inclinó la cabeza con deferencia, mientras Árvidas se levantaba para acompañarlo a la salida. Me volví hacia Leo, sonriente.

"Bueno, San León, ¿qué me dices? ¿Probamos estos juguetes?", ofrecí.

"Creí que no ibas a pedírmelo nunca. ¿Quieres apostar?", sonrió.

"¿Contra tu puntería? ¿Me tomas por idiota?", reí.

Nunca he conocido a nadie con una vista tan aguda como la de mi hermano. Su puntería es sencillamente inmejorable. Apostar contra él en cualquier cosa que suponga lanzar o tirar, es una batalla perdida de antemano. Mientras salíamos al jardín, me dedicó una expresión de fastidio.

"Nadie quiere apostar nunca contra mí. Eso le quita toda la emoción", protestó.

"Lo que le quita toda la emoción es saber que haga lo que haga, vas a ganarme"

"No necesariamente. Puedo tener un mal día"

"Bien. Yo apuesto contigo en esto, si después apostamos a ver quien encuentra antes un rastro"

"Ni loco", rió.

Árvidas nos interceptó en ese momento. Volvía a la casa tras haber despedido al muchacho.

"Vaya, pero si están aquí mis legendarios primos", sonrió burlón.

"Ten un poco más de respeto, o te fulminaré con los rayos que salen de mis ojos", se burló Leo alegremente.

"Por un momento creí que se arrojaría al suelo de rodillas", rió, ignorando la burla de mi hermano. "De cualquier modo, es buena señal que los jóvenes de otra familia os admiren de ese modo"

"Sin duda", respondí yo. "Íbamos a relajarnos un rato probando las dagas. ¿Quieres acompañarnos?"

"No, gracias. Si no me necesitáis por el momento, tengo en mente otra forma de relajarme", contestó, dedicándonos un guiño malicioso, mientras se encaminaba hacia la mansión.

Leo y yo atravesamos el jardín buscando un buen lugar desde donde probar nuestra puntería. Por esta noche nuestro trabajo ha concluido. Todos nuestros invitados están confortablemente instalados y no percibo a nadie más en los alrededores. Miré a mi alrededor comprobando que en casi todas las cabañas hay gente. Pronto tendremos que empezar a tomar decisiones sobre a quienes trasladar primero a la mansión principal, o no nos llegará el sitio. Y sólo ha sido el primer día, pensé con orgullo. Los pensamientos de Leo siguen un curso similar a los míos, y en su mente ya ha empezado a desechar candidatos con rapidez. No me sorprendió comprobar que tenemos las mismas opiniones acerca de los que nos agradan o desagradan. En algunas cosas, la conexión mental con mi hermano es incluso más fuerte que la que tengo con Nadya, aunque él no sea capaz de leer mi pensamiento.

"Deberíamos organizar algún entrenamiento mañana. Eso nos permitiría valorar a los que aún están dudosos", sugerí.

Asintió, mientras se detenía en un punto cercano al bosque. Sus agudos ojos se clavaron en un lugar demasiado lejano para mí. Con un veloz movimiento, extrajo la daga de su vaina y la lanzó sin detenerse ni un segundo. Escrutó el bosque con los ojos, y echó a andar con una sonrisa autocomplaciente en la dirección de su lanzamiento.

"Es una buena idea. Árvidas opina lo mismo, por cierto", comentó distraídamente mientras se adentraba en la maleza, conmigo caminando tras él. "De todos modos, no sé que pensarás tú, pero no pienso aceptar a Michael, ni aunque ninguno más quiera quedarse. Ni a Wolfrang tampoco"

A mi tampoco me gustan esos dos hombres, pero yo tengo mis motivos. Lo que había visto en sus mentes no me había parecido muy alentador. Sin embargo, a primera vista, parecen dos candidatos perfectos. Rondan el medio siglo, se mueven con serenidad y dignidad, conocen el protocolo a la perfección, han participado en bastantes buenas batallas y – algo que no me hubiera parado a analizar ayer mismo – ya han luchado contra lobos. Pero uno es un cobarde que aprovecha para quedarse atrás y compartir inmerecidamente los méritos de sus compañeros, y el otro es un ser tan ambicioso que empeñaría su lealtad por cualquier posibilidad de reconocimiento o ascenso. Claro que yo sé eso porque me salté con discreción sus barreras mentales. Es imposible que Leo este enterado, y me pregunté que le lleva a él a rechazarlos de forma tan concluyente.

"Tranquilo, a mi tampoco me gustan. Pero quisiera saber por qué no te gustan a ti"

Detuvo sus pasos y se volvió para mirarme, encogiéndose de hombros.

"Si te soy sincero, no tengo ni idea"

"Vamos, hermano. Algo tiene que haber. Dime, ¿qué has visto?", insistí.

Hizo rodar los ojos con desesperación, como si le hubiera propuesto una tarea imposible de satisfacer. Extendió las manos con las palmas hacia arriba y volvió a encogerse de hombros.

"Michael se sienta en el extremo de la silla, mueve las manos como una mujer, y sonríe demasiado. Wolfrang camina excesivamente erguido, no se relaja ni un instante, y cuando habla directamente hacia alguien sus ojos se desvían casi imperceptiblemente de los de su interlocutor", respondió sin muchas ganas.

"¿Y eso es todo? ¿Los rechazas por como te miran, se mueven o se sientan?", pregunté intrigado.

"No. Eso es lo que he visto. Los rechazo porque creo que uno es un cobarde y el otro un mentiroso compulsivo capaz de clavarte un puñal en la espalda a la menor oportunidad", gruñó. "Pero que me aspen si sé por que lo digo"

Lo miré con genuina incredulidad. Esos son exactamente los motivos por los que yo voy a rechazarlos, pero no hay ninguna forma de que... O tal vez si.

"Has acertado de lleno", respondí sin poder evitar que el asombro asomara a mi voz.

"Lo sé", replicó.

Camino tres pasos más y revolvió la maleza. Un segundo más tarde, sostenía la daga ensangrentada en una mano y un conejo en la otra.

"¿Te apetece un aperitivo?", sonrió, lanzándome el animal muerto.

No me siento sediento, pero aún así me senté en una roca y bebí la poca sangre que queda en el animal, esperando darme tiempo para poner en orden mis pensamientos. Leo se sentó junto a mí y lamió la sangre que ha quedado en la daga, con el mismo gesto goloso que un niño humano se lame los dedos que ha pasado por un pastel. Cuando terminé con el conejo, lo lancé hacia la maleza para que los pequeños carroñeros del bosque aprovecharan su cadáver. Leo terminó de limpiar la daga, frotándola contra sus vaqueros – lo que va a ocasionarle una buena reprimenda de Nadya – y la guardó en su vaina, ignorando mi escrutinio.

"Deja de mirarme así, o creeré que te estás insinuando", sonrió.

"Sabes lo que está pasando, ¿verdad?", pregunté, sin buscar respuestas en su mente. Prefiero que sea él quien las ponga en voz alta.

Se encogió de hombros, sin abandonar su sonrisa.

"Hubiera preferido algo más llamativo. Como leer la mente o curar con las manos. Pero no está mal. Empecé a pensar en ello esta tarde, cuando Árvidas me dijo que Lisías valoraba mucho mis corazonadas. Creo que a base de seguir siempre mi instinto, este ha terminado por mejorar. Y ya era hora. Aunque podía haber sucedido antes. Me hubiera evitado muchos problemas", comentó en tono ligero.

Es lo que yo había imaginado. Leo ha empezado a desarrollar poderes mentales, como termina por sucedernos a casi todos con el paso de los siglos. Es una buena noticia, pero a él parece importarle muy poco.

"¿Sabes cómo funciona?", pregunté.

"Ni la más remota idea. Simplemente, los miro, y sé cuando ocultan algo y lo que es. O reúno los detalles de una historia en mi mente, y sé lo que falla. Es lo que llevo haciendo toda mi vida, pero ahora resulta que acierto. Es curioso", respondió con desinterés.

"Claro, el señor preferiría saber lo que piensan los demás. Tener intuiciones correctas es muy poco glamoroso para él", me burlé.

"Pues claro", replicó. "Está bien acertar en tus intuiciones, pero llevo muchos siglos siguiéndolas aún sin saber que son acertadas. No va a cambiar mi vida en gran cosa"

De pronto, la luz se hizo en mi mente. Sé perfectamente por que mi hermano se siente poco satisfecho con su don. Me llamé idiota diez veces por no haberme dado cuenta antes. Si hubiera buscado en su mente, lo habría visto. O tal vez no. Quizá eso sea lo único que Leo no esté dispuesto a revelarme.

"No estás menos unido a ella por no poder leeros mutuamente los pensamientos, hermano. Te ama con la misma intensidad que a mí, y lo sabes perfectamente", dije con total sinceridad.

El sacudió la cabeza, con una risa amarga, dirigida a sí mismo. He acertado. Leo ansía poder disfrutar de la misma intimidad con Nadya que yo, pero se siente estúpido al envidiarnos. Hace tiempo que sé de esa envidia, pero no había imaginado que le afectaba tanto.

"Gracias. Sé que es cierto, pero siempre es bueno escucharlo de labios de quien lo sabe de primera mano", sonrió.

"Tú también lo sabes de primera mano, Leo. Quizá no puedas leerlo en su mente, pero no te hace ninguna falta", repliqué con suavidad.

"No sabes lo estúpido que me siento por envidiaros así. Pero sencillamente, no puedo evitarlo", lamentó.

"Lo entiendo, hermano. Si la situación fuera al revés, a mi me ocurriría lo mismo. De hecho, a mi me ocurre lo mismo", confesé.

"¿De qué hablas?", preguntó confuso.

Sonreí. Estoy a punto de revelarle una verdad que he mantenido oculta desde el primer momento en que me percaté de lo que Nadya siente por él. Mi hermano no es el único que guarda un secreto vergonzoso.

"Siempre he envidiado la facilidad con la que consigues que se rinda a los deseos que guarda más ocultos, hermano. Llevo un año en su compañía, y rara vez se había comportado ante mí con la misma inconsciente lascivia que tú pareces provocarle sin esforzarte lo más mínimo"

Leo soltó una ruidosa carcajada.

"¡Qué tontería!", exclamó entre carcajadas. Pero al ver como le miraba, la risa murió en sus labios. "¿Es en serio? ¿Crees que te desea menos que a mí? Eso es absurdo"

" que lo es", respondí, remarcando el 'sé'. Naturalmente que lo sé. Puedo leer su mente. "Pero tampoco puedo evitar pensarlo", gruñí.

"Celoso", espetó.

"Idiota", repliqué.

Permanecimos en un agradable silencio unos minutos, hasta que Leo lo rompió riendo suavemente.

"¿En qué momento esa mujercita nos ha convertido en dos peleles, Lyosha?"

"No tengo ni la más remota idea, pero espero que seamos los únicos en darnos cuenta", respondí sonriente.

"Yo me conformo con que ella no se de cuenta", reí. "Dime una cosa, hermano. Toda esa historia de que Nadya quiere seguir los pasos de Cora, es una broma de Lisías y su familia, ¿verdad?"

Sonreí. Ya casi me había olvidado de eso, pero probablemente Árvidas se lo habría recordado a mi hermano. A mi no me preocupa demasiado, pero Leo está demasiado satisfecho con su reputación como para complacer a Nadya en semejante locura.

"No exactamente", respondí, preparándome para su gruñido. Tal y como había supuesto, éste no tardó en llegar, y fue aún peor de lo que había imaginado.

"Ni lo sueñes, Lyosha. Bajaría la mismísima luna del cielo por ella, pero no pienso seguirle la corriente en tamaña estupidez", rugió.

"Tranquilo, Leo. ¿He dicho yo que vaya a complacerla? Pero prepárate para que lo deje caer, más tarde o más temprano", sonreí.

"Al infierno con ello. Árvidas tuvo que hacerlo o jamás tendría a Cora, pero en once siglos nunca me ha hecho falta mentirle a una mujer para meterla en mi cama, y no voy a empezar ahora", gruñó exasperado.

"¿Y toda esa teoría tuya acerca de lo que abren las ganzúas y las palabras melosas?", me burlé.

"Eso no es mentir. Es adornar la realidad con frases hermosas", replicó sonriente.

A Leo no sólo no le molestan mis intromisiones en sus pensamientos. En ocasiones, hasta le hacen gracia. Me puse en pie, y le tendí una mano como innecesaria ayuda para que se levantara. Agarró con fuerza mi antebrazo y se levantó ágilmente. Me disponía a caminar hacia la mansión, cuando su mano en mi antebrazo me retuvo. Me volví hacia él, que me mira con una mezcla de afecto y embarazo.

"Lyosha...", empezó.

No le dejé continuar. Sé lo que vendrá a continuación, y a mí también me avergüenzan esas declaraciones.

"Y yo a ti, hermano", sonreí. Me devolvió una radiante sonrisa. "Anda, volvamos. Podemos jugar un par de partidas de ajedrez. Así terminaré el día ganándote a algo"

"¿Y qué te hace suponer que vas a ganarme, vikingo?", replicó.

"¿Qué puedo leer tu mente?", respondí.

"¡Lo sabía! Sabía que habías hecho trampa", exclamó.

Me reí entre dientes y le di la espalda, encaminándome hacia casa. Recorrimos todo el camino, con Leo mascullando lo difícil que es convivir con un lector de mentes y amenazándome con todas las torturas del infierno si volvía a hacer trampa en cualquier juego.

Mientras volvíamos, aproveché para observar con atención mi nuevo hogar. Lisías tiene buen gusto con las casas, y mejor vista eligiendo las localizaciones. El lugar es perfecto. Un terreno escandalosamente amplio, rodeado de bosque que impide las miradas indiscretas sin necesidad de elevar horribles vallas. Cuando Leo y yo nos adentramos en la maleza, el olor de decenas de criaturas alcanzó mi olfato. Habrá comida más que suficiente para nuestra familia, sin necesidad de tener que alejarnos en exceso. Las cabañas para invitados son más que adecuadas, y siempre dispondremos de espacio libre para las visitas, una vez que hayamos empezado a aceptar gente en la mansión principal. Por lo que a esta respecta, y fiel a su costumbre, Lisías ha mandado sustituir varios muros por inmensos ventanales para aprovechar la escasa luz solar que baña esa zona. Por supuesto, ese no es el único objetivo. Las paredes de cristal permiten observar el terreno y estar preparados para cualquier acontecimiento que tenga lugar en el exterior, sin necesidad de concentrarse en olores y ruidos.

Entramos en la casa por la puerta principal, y tomé nota mentalmente para volver a felicitar a Nadya por el trabajo que ha hecho con la decoración. La casa estaba prácticamente amueblada cuando Lisías nos la cedió, pero ella se había empeñado en poner su toque personal en cada estancia, y lo ha hecho con un gusto exquisito. Hasta la distribución me parece perfecta. En la planta baja hay un pequeño salón, similar al de Lisías, perfecto para recibir a los invitados, o relajarse un rato leyendo o escuchando música al calor de la chimenea. Al otro lado del amplio vestíbulo, se ha dispuesto una gran sala para reuniones y fiestas, que ocupa toda la parte izquierda de ese piso. Junto al salón, dos puertas más conducen a sendas estancias diseñadas exclusivamente por Nadya. Una sala de ordenadores, y una pequeña sala de proyección. Una criatura del siglo XX como ella, no puede renunciar al cine y los ordenadores, sonreí.

El piso inferior contiene los servidores de las máquinas de Nadya, que ocupan un espacio increíblemente amplio. En el otro extremo, ha situado una pequeña lavandería, para quien quiera lavar su propia ropa en lugar de enviarla a la ciudad para que los mortales hagan el trabajo. Y en el centro, ocupando casi toda la planta, un amplio espacio para entrenamientos. Lo que en jerga mortal podíamos llamar un gimnasio, pero que en nuestro caso se diferencia tanto de estas estancias humanas, como el día de la noche. Paredes forradas de acero para resistir los golpes, y un completo armero que contiene desde espadas, dagas y arcos a modernas armas de fuego, marcan la diferencia más clara. Pero hay otras. Nada de estúpidas máquinas para hacer ejercicio. Ninguna de ellas resistiría ni tres minutos nuestra fuerza. Nada de cuadriláteros para combatir. Necesitamos mucho más espacio para eso. Lo más similar son las pesas. Claro que lo que los humanos levantan tumbados y con ayuda, nosotros lo usamos con una sola mano y sin mucho esfuerzo.

En la segunda planta están las habitaciones de la familia. A la derecha las de nuestros primos y primas, junto con otro pequeño salón para matar el tiempo. Nadya ha insistido en incluir en cada zona de descanso un equipo de música, un televisor y un ordenador, además de juegos y libros. Teniendo en cuenta que la mayoría de los jóvenes aún sienten interés por el cine y que se han aficionado a los ordenadores casi tanto como Nadya, no me parece una mala idea. Disponemos de mucho tiempo, y de algún modo hay que ayudar a que pase. No siempre podemos estar luchando, entrenándonos o practicando sexo, aunque debo reconocer que esas tres actividades ocupan, junto con la caza, la mayor parte de nuestro tiempo.

El ala destinada a nosotros es más pequeña, pero más completa. Al margen del magnífico dormitorio y de un completo despacho, Nadya ha dejado tres pequeñas estancias para que cada uno de nosotros la decore a su gusto. La de ella es pura tecnología. Ordenadores con todos sus periféricos, un televisor de plasma, un moderno equipo de música y estanterías repletas de discos compactos, y toda clase de aparatos que sospeché serían lo último en tecnología. La mía y la de Leo, están aún sin terminar. Nadya había insistido en que las arregláramos antes de trasladarnos, pero ambos preferimos dejarlo para cuando estuviéramos instalados. Hay varias cosas que colocaremos en esas estancias que ninguno de los dos está dispuesto a permitir jamás que las toque nadie que no seamos nosotros. Por supuesto, los humanos rara vez han pasado de la puerta principal. Lisías había mandado a dos de sus hombres para colocar lo que íbamos comprando, recibir a los transportistas o vigilar que los obreros nunca salieran del área en la que les correspondía trabajar. De otro modo, hubiera sido muy difícil acallar los rumores cuando comprobaran que no existe ninguna cocina, o que los baños tan sólo están acondicionados con una bañera.

"Me gusta mucho", comentó mi hermano, al ver como contemplo apreciativamente nuestro nuevo hogar. "Sobre el plano ya parecía más que adecuada, pero ahora que la veo con mis propios ojos, me parece aún mejor. Si la comunicación con la ciudad es buena, estoy por afirmar que es la mejor casa que he visto jamás"

"Es perfecta", respondí. "Y seguro que también lo será la comunicación. De todos modos, mañana podíamos acercarnos a la ciudad después del entrenamiento. Compraremos ropa para Cora, y veremos si ya han llegado nuestros coches"

Leo sonrió, encantado con la idea. Exceptuando las tres pequeñas incursiones que habíamos hecho a la ciudad en casa de Lisías, y la visita a Gino y Milton, hace mucho que no nos movemos entre los mortales. Y ese pasatiempo es mucho mejor que sentarse a leer un libro o jugar una partida de ajedrez. No nos decidimos por nuestra forma de vida de casualidad. Los bebedores de animales nos sentimos atraídos por los humanos, y eso nos empuja a dejar de alimentarnos de ellos. Nos encanta observarlos y relacionarnos con ellos, y cuando pasamos demasiado tiempo lejos de su compañía, sentimos una suerte de extraña añoranza. Cuando uno pasa de los dos milenios, como Lisías o Plauto, llega a aburrirse de los mortales y sus extrañas tragedias domésticas, pero a mi hermano y a mí aún no nos ha llegado ese momento.

Seguí el rastro de Nadya hasta la sala de proyecciones. Está sentada en completa oscuridad, con los cinco sentidos fijos en la historia que se desarrolla en la pantalla. Ni se percató de nuestra presencia. Leo y yo nos miramos divertidos. Nadya es perfectamente capaz de detectar un rastro o un sonido a una distancia más que aceptable, pero su capacidad de prestar atención a esas cosas es absolutamente nula. No podemos culparla por ello. Yo la he mantenido en una cuidadosa burbuja durante todo un año, y jamás ha necesitado que sus sentidos se pongan alerta con cualquier intromisión. Algo que desde luego, no nos sucede a Leo y a mí. Años de batallas y continuas luchas han conseguido que nuestro oído y nuestro olfato estén atentos a todo lo que sucede a nuestro alrededor aunque estemos relajados en nuestro hogar y sepamos perfectamente que nada acecha tras las puertas. Gracias a eso hemos sobrevivido, y seguiremos sobreviviendo en el futuro. Nos deslizamos junto a ella, sobresaltándola con nuestra presencia. Compuso un gesto de fastidio. Siempre que la sorprendemos parece molesta, porque por mucho que ella intente hacerlo, jamás nos tomará por sorpresa.

"¿Dónde habéis estado?", preguntó, deteniendo la proyección de la película.

"Un mensajero ha venido a solicitar una audiencia y nos ha traído unos regalos. No pudimos resistir la tentación de probarlos", comenté, mostrándole la daga.

"Muy bonita", comentó, intentando aparentar interés. "Y ese mensajero, ¿venía de la familia de Malachy?"

"No, querida. Pero esperamos que la otra familia pueda darnos información de primera mano acerca de ellos. Los recibiremos de hoy en una semana. Tendrás que tener listas algunas estancias para ellos. Lo más próximas a la mansión principal que sea posible", la avisó Leo.

"Si siguen viniendo invitados, tendré que dejarles mi propia cama. Tenéis que empezar a decidir a quien trasladar a la mansión cuanto antes. Sólo quedan cuatro cabañas vacías. ¿Os hacéis una idea de a cuanta gente he tenido que acomodar hoy?", preguntó con desesperación.

"¿Dieciocho?", aventuré yo. Había dejado de contar al llegar a la docena. Estaba demasiado cansado.

"¿Dieciocho? ¡Lyosha, han sido veinticinco! Y sólo cinco eran parejas. Me estoy quedando sin sitio", protestó.

Miré a Leo, que parece tan genuinamente sorprendido como yo mismo. Si me hubieran hecho apostar, hubiera dicho veinte, como mucho. Pero veinticinco es demasiado bueno para ser cierto. Comprendo la desesperación de Nadya perfectamente, pero estoy demasiado orgulloso como para dejar que me afecte. Esperaba recibir como mucho a una docena el primer día, y una docena más antes de la primera semana en mis previsiones más optimistas. Siempre supe que cuando me estableciera no tendría problemas para captar a varios jóvenes atraídos por mi reputación, pero esto es más de lo que me había atrevido a soñar. Leo rió alegremente.

"Por todos los diablos, al final voy a pedir en serio que me construyan ese altar", exclamó. "Jamás había oído nada semejante. Somos buenos, hermano", terminó con más que evidente orgullo.

"Muy bien. Vosotros seguid regodeándoos con vuestra fama. Pero, ¿me queréis decir como voy a hacer para acomodar a los que lleguen en los próximos días sin ofender a nadie?", exclamó Nadya.

"No te preocupes, querida. Mañana mismo elegiremos unos cuantos que podrás trasladar a la mansión. Mientras nos entrenamos, podrías entrevistarte con las mujeres. Es a ti a quien corresponde decidir en ese tema, ya lo sabes", la tranquilicé.

"De acuerdo", respondió, tomando un innecesario aliento para serenarse. "Pero no tardéis demasiado, por favor"

"No te preocupes, ojalá todos los problemas sean tan simples de solucionar", respondí. "Y una vez que eso esté arreglado, Leo y yo hemos pensado que te gustaría visitar la ciudad, y hacer esas compras de las que hablabas"

Eso terminó de calmarla por completo. Abrió los ojos de par en par, emocionada ante la perspectiva de una tarde de compras, rodeada de mortales.

"¿En serio?"

Asentimos, sonrientes.

"¡Genial! Hay varias cosas que quiero comprar. Necesito unos cuantos compactos, han debido perderse en el traslado. Y he tenido que regalarle a Cora unos vaqueros estupendos, me harán falta unos nuevos. Y además..."

Leo se abalanzó sobre ella, deteniendo el torrente de palabras con un violento y exigente beso. Ella protestó contra sus labios, pero no tardó en rendirse, deslizando sus brazos en torno al cuello de mi hermano. Reí entre dientes, sabiendo de antemano lo que va a suceder, así que ayudé a Leo en su propósito, proyectando lascivas escenas mentales en los pensamientos de Nadya. Cuando resultó evidente que empezaba a excitarse, mi hermano se separó de inmediato, con una divertida sonrisa. Le encanta provocarla y alejarse cuando ya la ha rendido, y a ella la pone de un mal humor tan hilarante, que yo soy incapaz de no seguirle el juego. Esta vez no fue la excepción. Gruñó molesta, y mi hermano y yo nos limitamos a dedicarle la más beatífica de nuestras sonrisas.

"¿No estabas viendo una película, querida?", preguntó en tono ligero.