Arthe, sobre lo de Leo.. Bueno, no sé si hubieran sido cinco minutos, pero no se lo hubiera pensado demasiado, eso seguro. Lo de Tanya no es lo mismo. En el fondo, Lyosha se quedó totalmente prendado de Nadya desde el primer instante que la vio, lo mismo que le pasó a Leo. Fue amor a primera vista. El destino y esos rollos (en otras historias desarrollo más este tema..) Lo de Tanya.. Bueno, Leo no pensaba transformar a Tanya. Le gustaba, pero poco más. Pero cuando la vio medio muerta, no tardó ni un segundo en decidirse. Leo es... impulsivo. Y, desechando todo lo "intrascendente", sólo habría podido pensar al ver a Nadya que estaba loco por ella y que la quería para él. No, no habría tardado demasiado. Quizá no los cinco minutos que él dice, pero no mucho más de un par de días..
Bueno, este es otro capítulo tranquilito, pero ya está por empezar la auténtica acción. Yo me reí un montón escribiéndolo (este y parte del siguiente), a ver que os parece...
NADEZHDA. De compras y otras promesas.
¡Maldita sea! Siempre me hacen lo mismo. Y lo peor es que lo sé de sobra y aún así, siempre caigo. Cada vez que quieren que me calle, o que me enfado con ellos, Leo me besa y me acaricia, mientras Lyosha me deja ver en su mente toda clase de tentadoras sugerencias. Y cuando consiguen que pierda el control, Leo se separa de mí con esa maldita sonrisa burlona y Lyosha me cierra su mente con la más perfecta imitación del disimulo. Antes de que pudiera darme cuenta, ya estaba dejando escapar un gruñido molesto. Y eso que me había propuesto no darles esa satisfacción. Y por mucho que me fastidie, tengo que reconocer que su juego funciona a la perfección. Cuando lo han hecho un par de veces a duras penas consigo reprimir el deseo de arrastrarlos a mi cama. Por supuesto, lo saben perfectamente y se lo pasan en grande viendo como intento disimularlo.
Claro que el día que yo intenté hacer lo mismo, casi tiran la casa abajo de un portazo, pero como esta vez quienes juegan son ellos, me miran con evidente diversión, esperando ver si soy capaz de responder a una pregunta que apenas he alcanzado a oír. Pues si creen que me han aturdido hasta ese punto, voy a demostrarles que se equivocan de medio a medio. O casi.
"Si", respondí con mi mejor tono de indiferencia. "¿Por qué no os quedáis un rato conmigo?", ofrecí.
"No me gusta demasiado el cine", replicó Leo.
"Vamos", pedí con voz mimosa. "Una vez no os matará, y es una peli muy buena. Venga, acabo de ponerla"
Cruzaron una mirada entre ellos, y por un momento parecieron dispuestos a negarse, pero finalmente se encogieron de hombros y se acomodaron en los sillones, con sendas expresiones de aburrimiento. Sé que para ellos es una dura prueba pasar más de dos horas sentados sin hacer nada más que mirar la pantalla, pero por una vez no estoy dispuesta a rendirme. Me parece una buena forma de hacerles pagar por sus burlas.
Pero me salió mal. Para mi sorpresa, a los quince minutos de película, la historia los había atrapado por completo. Y para mi fastidio, demostraron su entusiasmo comentando alegremente cada escena. Por más que lo intenté, no conseguí que cerraran la boca. Detesto que me revienten las películas con innecesaria cháchara. Menos mal que esta me la sé casi de memoria, o los hubiera largado a patadas de la sala. O al menos lo hubiera intentado. Al final tuve que rendirme. Ya que no puedo oír la película, al menos participaré en la conversación
"Ese Sony es idiota", espetó Leo con desprecio, recibiendo a cambio un gruñido aprobador de Lyosha.
"Es un tipo impulsivo", repliqué yo.
"Yo soy impulsivo. Él es imbécil", contestó. "Hasta un bebé se daría cuenta de que es una trampa"
Lo miré con asombro. La primera vez que vi esa película no sospeché ni por asomo de una trampa. Y soy muy buena destripando pelis. Cuando Sony cayó muerto, Leo y Lyosha rieron a carcajadas.
"¿Ves? Te dije que era una trampa", rió Leo.
"Pero se trataba de su hermana. Tú también habrías salido corriendo si se tratara de tu hermana", protesté.
"Y un cuerno", gruñó.
Lo miré enarcando las cejas con incredulidad. Por supuesto que lo haría. Leo es demasiado impulsivo y protector para no hacer algo así.
"No me mires así. A mi jamás me habría pasado, por que yo hubiera matado a su hombre la primera vez que le puso la mano encima", explicó tranquilamente.
"Ella le pidió que no lo hiciera", repliqué.
"Ella también es idiota. Anda, calla, y déjanos ver la película", protestó.
¿Qué les dejara ver la película? Pero si son ellos los que no han dejado de hablar ni un segundo. Me hundí en el sofá con mi mejor cara de enfado, pero no sirvió de nada. Los ojos de los dos están clavados en la pantalla. Por supuesto, los comentarios continuaron, pero debo reconocer que mucho más espaciados en esta ocasión.
"El viejo es un genio", comentó Lyosha al cabo de un rato.
"En el fondo ha tenido suerte de que le mataran al otro hijo. Ese Michael es mucho más inteligente", respondió Leo. "Y frío como el hielo. Me gusta. Se parece a ti", sonrió.
Lyosha le devolvió la sonrisa, complacido ante lo que considera un gran halago. Yo no estoy tan segura de eso.
"Puede. Pero yo jamás me hubiera unido a esa mujer. La italiana estaba bien, pero ésta es un desastre", gruñó.
"Tampoco es tan desastrosa", protesté yo. "Sólo es inocente"
"No es como él", replicó Leo. "Jamás lo comprenderá. Es como si uno de nosotros eligiera por compañera a una humana"
"Yo era humana cuando Lyosha se enamoró de mí"
"Todos fuimos humanos alguna vez", masculló Lyosha. "Lo importante es que ya no lo eres"
Cerré la boca. Yo ya he visto el resto de las películas, y sé que tienen razón. Si esto sigue así, no tengo ninguna duda de que ambos insistirán en verlas también, y me voy a tener que tragar mis palabras si sigo defendiéndola.
"Decididamente ese Michael es un tipo genial. Me pregunto como piensa matarlos a todos", comentó Lyosha, casi hacia el final.
"¿Pero tú como sabes que va a matarlos?", exclamé exasperada.
Si no hubiera visto ya la película una docena de veces, me la habrían estropeado de principio a fin. No han fallado ni una.
"Por que es lo que haría yo", respondió tranquilamente, mientras Leo asentía con aprobación.
Cuando llegó la escena final, los dos reían alegremente con cada uno de los asesinatos, disfrutando con cada escena. Sé que son violentos. Sé que disfrutan combatiendo, pero cada vez que me lo demuestran, no puedo evitar sorprenderme. Ese contraste entre nuestra verdadera naturaleza, y la forma en la que se muestran ante mí cuando se sienten relajados y felices, nunca dejará de aturdirme. Por lo menos ya soy capaz de reconocer que es 'nuestra' naturaleza, y no sólo la suya.
"¿Ya se ha terminado?", preguntó Lyosha, pareciendo auténticamente decepcionado.
"¿Os ha gustado?"
"Bueno, no estuvo mal", contestó Leo con fingida indiferencia.
Sonreí. Claro que les ha gustado. Han permanecido quietos casi tres horas. Eso es todo un record en sus marcas personales.
"Pues hay dos más", sonreí.
"¿En serio?", preguntó Lyosha alegremente. De inmediato se dio cuenta de su tono, y lo cambió por otro de falso aburrimiento. "A lo mejor podríamos verlas otro día. Por hacerte compañía"
"Claro", respondí solemnemente.
"No es que nos apetezca demasiado, pero tampoco tienes por que verlas sola", añadió Leo.
"Por supuesto" asentí.
Maldito par de cabezotas. Lyosha lleva un año negándose sistemáticamente a ver la televisión conmigo, o a sentarse a mirar una película. De hecho, ni siquiera tenía televisión cuando me fui a vivir con él. Cuando le pregunté por que, se limitó a decirme que si quería observar a los humanos, le bastaba con salir a la calle y agudizar el oído. Y Leo opina exactamente lo mismo. Me dijo que no tiene ninguna gracia mirar lo que no puede oler. Y ahora que por fin he conseguido que se sienten conmigo y vean una película de principio a fin, no están dispuestos a reconocer tan fácilmente que les ha gustado. No importa. Me basta con saber que la próxima vez no tendré que sentarme sola en la sala.
"Bueno, ya está amaneciendo. Hora de empezar a entrenarse", comentó Leo estirándose como un gato perezoso.
"Y tú deberías entrevistarte con las mujeres, querida", sugirió Lyosha.
Asentí sin mucho entusiasmo. Vivo en un mundo extraordinariamente machista. Los hombres deciden sobre los hombres, y las mujeres sobre las mujeres. Ellos luchan y nosotras casi nunca lo hacemos. Ellos se entrenan, y nosotras nos entrevistamos. Ellos son cabezas de clan, y nosotras simplemente sus compañeras. Y por supuesto, no me entrevistaré con ninguna de las mujeres que han venido con sus compañeros. Si ellos son aceptados en la familia, ellas también. Y si ellos son rechazados, yo no podré aceptarlas a ellas. Comprendo que la liberación femenina les llegó muy tarde, pero más les vale estar preparados porque estoy más que dispuesta a modernizar el mundo de los vampiros. Pero no será hoy. Hoy me entrevistaré con las mujeres. Y seleccionaré a aquellas que puedan ayudarme en mi propósito. Después, con el tiempo, iré modificando poco a poco las cosas. Si lo hiciera ahora, lo único que conseguiría sería ofenderlos y posiblemente asustar a los posibles candidatos, y ni yo me atrevo a tanto. Pero todo llegará. Con calma. La suerte sonríe a quien sabe esperar.
Leo y Lyosha se despidieron de mí para ir a la sala de entrenamiento. En cuanto nuestros invitados se percaten de que están allí, no tardarán en unirse a ellos. Yo me encaminé hacia la cabaña de Sue, la primera mujer con la que deseo hablar. Me había causado muy buena impresión cuando la recibimos. Se trata de una rubia alta y esbelta, de sonrisa fácil y ojos vivarachos e inteligentes. Y además, tiene la ventaja añadida de que no ha mirado dos veces a mis compañeros. Y eso no es lo habitual.
Me detuve en la puerta como muestra de cortesía, aunque ya sé que mi rango me permite entrar donde me plazca sin esperar a ser invitada. No me importa hacerlo así en los salones comunes de la casa, pero no me hace ninguna gracia utilizar ese privilegio en una habitación privada. No tuve que esperar demasiado. Me abrió casi antes de que me hubiera detenido por completo.
"Nadezhda. Es un placer saludarte", sonrió.
"Buenos días, Sue. Esperaba que pudiéramos charlar un rato"
"Por supuesto. Pasa, por favor", pidió apartándose para dejarme entrar.
Miré a mi alrededor, y elegí el sillón que está más cerca del fuego. Ese si que es un privilegio al que no pienso renunciar. Sue esperó a que me sentara y ocupó el sofá situado frente a mi asiento.
"¿Está todo a tu gusto?", pregunté amablemente.
"Oh, por supuesto. Es muy agradable, gracias"
"Sue, me gustaría que me contaras que te ha traído hasta aquí. Tú no eres americana, ¿verdad?"
"Desde luego que no", rió. "Soy noruega. Cuando supe que Aleksei y Leonardo iban a instalarse aquí, decidí probar suerte. Otro continente, otra vida... Me estaba haciendo mucha falta. Podía haber elegido cualquier otra familia europea, pero necesitaba cambiar de aires. Cuanto antes."
"¿Pecaría de indiscreta si te preguntara por qué?", inquirí.
Me regaló una alegre risa que iluminó toda su cara. Eso hizo que me agradara aún más. No soporto a la gente a la que la risa no le alcanza los ojos.
"Por supuesto que sí, pero no me importa contártelo de cualquier modo", rió
Decidí probar suerte.
"Te alejaste de su lado por que...", la animé.
Me miró con auténtico asombro.
"Creí que quien leía la mente era Aleksei", replicó.
Ahora fue mi turno de reír. Quizá yo no pueda leer más mente que la de mi compañero, pero no me hace ninguna falta. Yo misma he escapado de demasiadas relaciones como para no reconocer las señales.
"Y así es", respondí. "Pero no necesito leer tu mente para saber lo que significan tus palabras. Yo también he huido hacia delante en alguna ocasión", me sinceré.
Se perdió en sus pensamientos unos segundos, sin duda preguntándose si debía confiar en mí. No quise empujarla. Si va a confesarme algo que le cuesta esfuerzo, prefiero que lo haga por propia voluntad. Me miró casi como analizándome, y finalmente pareció decidirse.
"En realidad, es una historia absurda. O eso me han dicho las dos mujeres a las que se la conté", susurró.
"Querida, si alguien sabe mucho acerca de historias absurdas, esa soy yo, te lo aseguro. Si no quieres contármelo, lo entiendo, en serio. No hace falta"
Bajó la vista hacia sus manos.
"No es que no quiera contártelo. Es que en realidad, no sé bien por donde empezar", musitó.
"El principio es un buen momento", sonreí.
"Hace menos de cien años que soy un vampiro" suspiró. "El hombre que me transformó y que fue mi compañero desde ese instante, no era mucho más antiguo de lo que yo soy ahora. Murió a manos de los cazadores hace cinco años"
"Lo siento", murmuré, compartiendo su pena. Si algo así le pasara a Lyosha o a Leo, me volvería loca de dolor.
Se encogió de hombros, abatida.
"No sabía que hacer, y no soportaba la idea de estar sola, así que me uní a la familia de Hans y Vladimir"
Asentí. He oído hablar de ellos. Se trata de una pequeña familia radicada en Finlandia. No son muy numerosos, ni tienen demasiado poder, pero llevan bastante tiempo establecidos y no tienen grandes problemas con ninguna de las familias principales.
"Allí conocí a Sven. Él me persiguió desde el mismo instante en que entré en la casa", sonrió con amargura ante sus recuerdos. "Yo no tenía ningún deseo de estar con nadie, mi pérdida era demasiado reciente, pero él fue tan insistente, me sedujo con tanta dedicación..."
"Que terminaste por unirte a él", la animé una vez más. Asintió.
"Desde el principio supe que era un error, pero me engañé a mi misma, por que en el fondo, necesitaba compañía. Y cuando estaba conmigo era estupendo. Lo que ocurre es que estaba muy pocas veces. A Sven le gustan demasiado las humanas. Al contrario que todos los demás, él no recurre a ellas sólo cuando no tiene compañía. Salía casi todos los días para ir a buscar hembras mortales. Y eso era más de lo que mi orgullo pudo aguantar, así que lo abandoné. No me malinterpretes, sé como funcionan las cosas y lo aceptó. Al fin y al cabo, solo son mortales. No cuentan como si fueran mujeres de las nuestras. Pero una cosa es un hombre que se acuesta con una mortal cuando pasa semanas fuera de casa, y otra muy distinta es que las prefiera a ti"
Espera un segundo. Quizá ella sepa como funcionan las cosas, pero yo no tengo ni idea. ¿Qué diablos quiere decir con eso de 'todos los demás'? ¿Y con lo de 'las mortales no cuentan'? Alguien va a tener que explicarme un par de cosas, y muy detalladamente, además. Necesité de todo mi autocontrol para no mostrar ninguna reacción a sus palabras, pero ella no está atenta a mis expresiones. Está demasiado concentrada en su vergüenza.
"Ahora creerás que soy una idiota. Y no te culpo, Nadezhda, en serio", susurró.
Sonreí. Ya he tomado mi decisión.
"Llámame Nadya, por favor. Todos lo hacen", alzó la vista hacia mi, sonriéndome tímidamente. "O prima, si lo prefieres"
Sus ojos se abrieron de par en par.
"¿En serio?", preguntó esperanzada.
"Por supuesto", reí alegremente. "Vamos, recoge tus cosas. Te mostraré tu habitación"
En menos de diez segundos estaba junto a la puerta, cargando con dos grandes petates. La acompañé hasta la mansión y le asigné un dormitorio cercano a la entrada. Si resulta ser la mitad de lo que yo espero, me resultará de gran ayuda, y me pareció oportuno otorgarle una buena estancia. Tal y como yo esperaba, pareció encantada con su ubicación. Se ofreció amablemente a ayudarme en lo que necesitara, y le encargué un par de tareas que no le ocuparían demasiado tiempo, sólo para comprobar que tal se defiende. Me escuchó con atención y se puso manos a la obra de inmediato con perfecta eficacia. La dejé trabajar, mientras canturreaba feliz. Estoy convencida de que será un magnífico fichaje.
Pensé a quien iba a visitar entonces. Desde luego no a la espantosa morena que había devorado a mis compañeros con los ojos nada más entrar. Antes dejaría que se congelara el infierno que meterla en mi casa. No es buena idea empezar mi nueva vida asesinando a un miembro de la familia, y es una posibilidad nada desdeñable si esa muñeca se acerca a menos de diez pasos de ellos con sus estúpidas caídas de ojos.
En realidad, ahora que ya he aceptado a Sue, ya me da igual. Ninguna de las demás me ha causado tan buena impresión, y no estoy dispuesta a decidirme tan pronto. Por supuesto, podría trasladarlas temporalmente si es necesario, sin pedirles que se unan a nosotros, pero es que tampoco me apetece darles falsas esperanzas. Aún así, me reuní con todas ellas, intentando recabar más datos que me permitieran tomar una decisión en el futuro. Como me sobraba tiempo, incluso visité a la desagradable morena, más guiada por la cortesía que por que sintiera verdaderos deseos de hablar con ella. Ojalá no lo hubiera hecho. Me puso de un humor de perros. En ocasiones como esta, agradezco que la única mente que puedo leer sea la de Lyosha. No, estoy mintiendo. En realidad, estaría dispuesta a leer durante años la mente de esa idiota, si eso me permitiera entrar en la cabeza de Leo. Quizá el envidie la conexión mental que Lyosha y yo compartimos, pero apenas puede imaginar lo mucho que me molesta a mí no tener esa misma intimidad con él.
Me dirigí entonces al salón, para ver si mis compañeros habían terminado ya con su entrenamiento. Sentía curiosidad por saber a quienes habían elegido, y aún más curiosidad por saber a qué diablos se refería Sue con la frase 'las mortales no cuentan como una mujer de las nuestras'. Me decepcionó comprobar que aún estaban en el sótano. Tendré que esperar para obtener mis respuestas. Me senté ante el ordenador, y comprobé que tenía un correo de Shannen, pidiéndome que solucionara un par de problemas con la documentación de uno de sus primos. No me llevará demasiado tiempo, y le he prometido a Lisías hacerme cargo de sus ordenadores, así que me puse manos a la obra de inmediato. Diez minutos más tarde, le contestaba a Shannen explicándole que todo estaba arreglado, respondiendo a sus preguntas sobre la nueva casa, y preguntándole si ya sabían algo del 'problema' que había surgido, sin concretar mucho más. Respondo ante cualquiera de la seguridad de los ordenadores que yo preparo y utilizo, pero no me atrevo a decir lo mismo si mis manos no son las únicas que los tocan, así que prefiero hablar con rodeos. Nunca se sabe que ojos pueden estar viendo lo mismo que tú. Apenas había clicado en el botón de enviar, cuando el olor de mis compañeros inundó el vestíbulo. Vienen acompañados de otros cuatro hombres. Estupendo. Eso me deja nueve cabañas vacías. Ya estoy preparada para los que puedan venir esta noche. Lyosha y Leo entraron los primeros, uno junto al otro. Habían mandado ampliar las puertas de las habitaciones comunes para poder entrar a un tiempo y no establecer así ninguna preferencia de rango entre ellos. La mayoría de las familias prefieren tener un cabeza visible, pero mis compañeros han dejado muy claro desde el principio su intención de situarse en un plano de igualdad. Tras ellos Glauco, John, Lucas y Alain. Sonreí, totalmente satisfecha con la elección. Cualquiera de los cuatro me agrada enormemente.
"Querida, ¿podrías acomodar a estos hombres antes de irnos?", preguntó Leo.
Por supuesto, es una fórmula cortés. Si hubiera dicho que no, habría atentado contra las normas de cortesía más elementales. Me hice una rápida composición de lugar. Glauco ha entrado el primero, así que le corresponderá el dormitorio situado junto al de Árvidas y Cora, que por supuesto, es el más cercano a la entrada y por tanto el que se asigna al hombre de mayor rango. Junto a él estará Lucas y enfrente a Glauco situaré a John, justo al lado de Sue. Dudé sobre Alain, pero finalmente opté por colocarlo junto a Lucas. De ese modo dispondría aún de cuatro dormitorios individuales más en la planta baja, y otros diez dobles en la superior. Utilizar el piso superior para hacer más habitaciones, y así poder mantener estancias individuales el mayor tiempo posible, había sido una idea exclusivamente mía, y Shannen y Alejandra me habían dado su aprobación sin dudarlo ni un momento. Ellas siempre se enfrentan a terribles problemas de espacio cada vez que tienen que ubicar a nuevos miembros.
Una vez que hube instalado a los nuevos miembros de mi familia en sus respectivos dormitorios, me apresuré escaleras abajo, esperando que pudiéramos ir a la ciudad de inmediato. Estoy deseando volver a pisar una ciudad. La última vez había sido en casa de Lisías, y me había limitado a caminar por sus tejados.
Abrí la puerta del salón, donde mis compañeros me esperan de pie junto al fuego.
"¿Habéis terminado? ¿Podemos ir a la ciudad?", pregunté apresuradamente.
Rieron alegremente ante mi impaciencia.
"Por supuesto, querida. Pero antes subamos y recojamos algunas prendas de abrigo. No creo que haya muchos mortales capaces de pasearse por Canadá en invierno en camiseta", sonrió Lyosha
"Muy lógico", sonreí, corriendo escaleras arriba.
Me siguieron de inmediato, y cuando alcanzamos el descansillo, cruzaron una mirada aprobadora.
"Buena elección, querida", aprobó Lyosha.
Se refiere a Sue, por supuesto. Debí imaginar que su olfato les diría a quien había elegido antes de que yo pudiera hacerlo.
"¿Por qué no has elegido a Astrid?", comentó Leo en tono burlón, mientras Lyosha dejaba escapar una risa maliciosa. "Parece muy agradable"
Dejé escapar un sonoro bufido. Tenía que haber supuesto que no les iba a pasar desapercibido el descarado coqueteo de la morena y mi reacción al verlo.
"¿He dicho algo malo, querida?", se mofó Leo.
"Quizá quieras pasar el resto del milenio en una de las cabañas en lugar de en mi cama, Leo", mascullé.
"En realidad prefiero tu cama. Pero si me obligas a ocupar una de las cabañas, ¿puedo elegir?", preguntó maliciosamente.
"Puedes elegir entre cerrar la boca o conseguir que me agarre el peor enfado de mi vida", repliqué.
"Difícil elección, hermano", rió Lyosha.
"No creas. Me vuelve loco cuando se enfada, y siempre me ha costado mucho mantener la boca cerrada", respondió Leo sonriente.
Iba a replicarle, pero las palabras murieron en mis labios. Está claro que sólo intenta provocarme, y yo ya he perdido más veces la batalla contra su afilada lengua. Leo es capaz de morir antes de privarse del placer de decir la última palabra, y es muy probable que esa última palabra suya me deje mi con la boca abierta y sin saber que responder. Y nada va a arruinarme una tarde de compras. Rebusqué en un par de cajas, y encontré tres prendas de abrigo que parecen adecuadas. Por suerte, Shannen y Alejandra me habían hecho comprar varios abrigos y plumíferos, sin duda sabiendo que mis compañeros habían aceptado la oferta de Lisías de trasladarse a un lugar tan helado como éste. Teniendo en cuenta que el frío no nos afecta lo más mínimo, es una cosa en la que no suelo pensar, aunque es necesario para mantener la imagen de normalidad ante los humanos. Tres jóvenes paseándose bajo una nevada en leves camisetas de verano no pasarían desapercibidos. Y menos tres como nosotros. Ya llamamos bastante la atención sin necesidad de eso. Hasta yo me doy cuenta de la admiración que despertamos entre los humanos.
Les tendí a Leo y a Lyosha sendos plumíferos, uno azul y uno rojo, y yo me enfundé unas botas y una cazadora de nieve de un blanco inmaculado.
"Bueno, listo. Al garaje", anuncié.
"¿Al garaje? Nuestros coches están en el aeropuerto. De hecho teníamos pensado recogerlos hoy", dijo Lyosha.
"Ya me extrañaba a mí que tuvierais tantas ganas de acompañarme de compras", sonreí.
Me devolvieron dos luminosas sonrisas. Claro que ellos no saben que yo tengo un pequeño secreto. Y no les va a hacer la más mínima gracia, además.
"Bueno, ¿vamos entonces?", preguntó Leo con impaciencia, disponiéndose a correr hacia la entrada.
"No tan rápido", le detuve. "Vamos ahora mismo. Pero antes, quiero los resguardos del transporte de vuestros coches"
Me miraron como si les hubiera hablado en un idioma que no conocen y jamás han oído. Dejé escapar una risa entre dientes, preparándome para regodearme con mi pequeña venganza.
"¿Recordáis cuando volvisteis de Chernobil, en casa de Milton? Os dije que me acompañaríais de compras, y que yo conduciría. Bien, pues eso es exactamente lo que vamos a hacer hoy. Pero como no soy tan cruel, le pediré a Lucas y Alain, que recojan vuestros coches"
"¿Es una broma?", preguntó Lyosha con auténtica incredulidad.
"En absoluto", reí.
Salí al pasillo sonriendo, mientras ellos me seguían intentando convencerme de que es una estupidez lo que estoy a punto de hacer. Detuve sus protestas con un gesto, mientras llamaba suavemente a mis dos nuevos primos, que no tardaron en presentarse en el recibidor que separa sus habitaciones de las nuestras.
"¿Seríais tan amables de acercaros al aeropuerto y recoger los coches de Leonardo y Aleksei, por favor?", ordené amablemente, para volverme a continuación a mis compañeros. "Los resguardos"
No tienen escapatoria. O montan una escena frente a los nuevos miembros de la familia, cosa que desde luego, no piensan hacer, o fingen estar de acuerdo con mi idea y les entregan los resguardos. Se miraron un segundo antes de llevar las manos a los bolsillos y entregarles los localizadores a Lucas y Alain.
"Leo me encarga que te diga que vas a pagar por esto, querida. Y no puedo estar más de acuerdo", gruñó Lyosha.
"Estoy terriblemente asustada", me burlé.
Mis primos no tardaron en salir, mientras Leo y Lyosha me dirigían sendas miradas asesinas.
"¿Y ahora tendremos que ir y volver corriendo a tu velocidad? Pues menudo plan", masculló Leo.
"Conduciendo a mi velocidad, querido. Como no considerasteis necesario traer mi coche, me he comprado otro. Está en el garaje", respondí.
"Apenas puedo esperar a verlo", masculló Leo. "¿De qué se trata esta vez? ¿Una bicicleta? ¿Un patinete?"
Sonreí, mientras me dirigía al garaje sintiendo sus miradas clavadas en mi espalda. Abrí la puerta, y me hice a un lado para dejarlos entrar.
"¡Diablos! ¡Es un Land Rover!", sonrió Leo.
"No me lo puedo creer", exclamó Lyosha. "Por una vez has comprado algo que se parece a un coche, querida. Enhorabuena", me felicitó Lyosha alegremente.
"Por supuesto. Es mucho más apropiado para este sitio que vuestros absurdos deportivos", sonreí.
"Yo conduciré", dijo Lyosha.
"De eso nada. Tú condujiste la última vez", protestó Leo.
"¿No pretenderás tener en cuenta ese paseo?", replicó Lyosha, mirándolo fijamente.
"Vale, está bien. Juguémonoslo a algo", ofreció Leo.
"Nada de juegos. Aquí la única que va a conducir, soy yo. Ese era el trato. Y además, es mi coche, demonios", exclamé, sentándome al volante.
"Vale, pues entonces ve tu delante, Lyosha. Si voy a tener que hacer todo ese trayecto a la velocidad a la que ella conduce, prefiero poder tumbarme"
"Y yo prefiero ir andando", gruñó éste.
"¡Nadie va a ir andando! Me da igual quien se siente delante o detrás, pero subiros de una maldita vez al coche" gruñí. "Sois peor que niños"
Arranqué el motor, puse primera y salí del garaje, mientras ellos se subían en marcha con sendas expresiones de fastidio. No me costó demasiado encontrar la carretera principal, y aún manteniendo la media de velocidad que marcan las señales, no tardaremos ni cuarenta minutos en llegar a la ciudad.
"Acelera un poco, Nadya. Acabarás por ahogar el motor si vas tan despacio", protestó Leo, que ha conseguido su objetivo y se sienta recostado sobre un codo en el asiento de atrás.
"No quiero oír ni una sola crítica sobre mi forma de conducir, Leo. Y eso va también por ti Lyosha", advertí.
Los dos dejaron escapar sendos bufidos. Conducen como verdaderos locos, y sé lo mucho que les fastidia ir en un coche a menos de cien por hora. Aunque quizá debería decir a menos de doscientos. No había conducido ni cinco kilómetros, cuando me di cuenta de que me estaba aburriendo soberanamente. No necesito mirar la carretera en absoluto, y puedo oír cualquier coche que se acerque en cualquier dirección a cientos de metros. Sorprendida, pisé el acelerador más a fondo, y descubrí que tampoco necesito concentrarme. Empiezo a entender por que adoran conducir rápido.
"Eso está mejor", aprobó Lyosha, sonriendo. "Si sigues así, en un par de años incluso te dejaré llevar mi coche"
Disfruté de la sensación de velocidad unos cuantos kilómetros, pero al acercarnos a la ciudad, tuve que reducir la marcha. El tráfico empieza a ser demasiado denso, y tampoco pretendo llamar la atención conduciendo como una criminal entre los coches. Pero debo reconocer que casi me sentí tentada de hacerlo. Me lo he pasado genial. Incluso empecé a valorar la idea de comprarme un deportivo. Aún tardaremos unos diez minutos en llegar, así que decidí aprovechar el momento para hacerles la pregunta que me ha estado rondando en la cabeza todo el tiempo desde que hablé con Sue. Si espero a que bajemos del coche, no me harán ni caso, demasiado entretenidos en prestar oído a las conversaciones de los humanos que paseen a su alrededor. Para mis compañeros, observar a los mortales es tan entretenido como para cualquiera de ellos una película o un concierto.
"¿Os parece bien entonces que haya escogido a Sue?", pregunté a modo de introducción.
"Por supuesto, querida. Además, esa decisión es sólo tuya, ya lo sabes", respondió Lyosha. "Pero si realmente quieres mi opinión, me agrada bastante. Es discreta e inteligente. Será una buena ayuda para ti"
"Estuvo con la familia de Hans", comenté, esperando que mordieran el anzuelo.
"¿En serio? ¿Y que le hizo dejarlos?", preguntó Leo con curiosidad.
"Pues ahora que lo dices, me contó una historia bastante peculiar. Me dijo que a su compañero le gustaban demasiado las mortales. Que solía dejarla sola para seducir humanas", comenté con mi mejor tono indiferente.
"Qué idiota", bufó Leo.
"Menudo imbécil", exclamó Lyosha.
"¿Os lo parece?", pregunté en el mismo tono ligero.
"Pues claro. ¿Quién diablos va a ir en busca de humanas, teniendo a su compañera en casa?", gruñó Leo.
"Y a una tan hermosa como Sue, además", añadió Lyosha.
"A Sue no le importaba que lo hiciera, pero estaba molesta por que parecía preferirlas a ella", intervine, intentando lanzarles un nuevo anzuelo.
Esta vez el tono desinteresado no me sirvió de nada, y por supuesto, no picaron el cebo que les había lanzado. Y eso que creí estar siendo muy sutil. Mis compañeros cruzaron una rápida mirada, y esperé en vano una respuesta que no llegó. Decidí hacer un nuevo intento.
"Me parece normal que necesitara un cambio de aires. No debe ser agradable que tu compañero te engañe sistemáticamente. Y a la vista de todos, además"
Los dos continúan callados como muertos, simplemente mirándome. Su expresión de cortés disimulo es tan evidente, que sólo les falta silbar. Finalmente, Leo no pudo reprimir una risa disimulada, y Lyosha no tardó en unirse a él.
"¿Se puede saber que os pasa?", inquirí molesta.
"¿Si quieres saber algo, querida, porque no pruebas a preguntarlo directamente?", sonrió Leo.
"No quiero saber nada", espeté irritada.
Lyosha rió entre dientes con suavidad.
"Nadya, la mayoría de nosotros piensa que, cuando se habla de fidelidad, no hay que tomar en consideración los encuentros con mortales", sonrió.
"¡Estupendo! ¿Y vosotros también pensáis eso?", grité.
"Dado que tú no lo consideras así, nosotros tampoco, querida", respondió con serenidad.
"¿Pero lo pensasteis en serio alguna vez?", exclamé.
"Nadya, pasamos mucho tiempo fuera, separados de nuestras compañeras, y ellas de nosotros. Y si a ninguno le importa... Al fin y al cabo, solo son humanos", explicó Leo, como si dijera algo absolutamente evidente.
Algo que desde luego yo no veo tan claro como él.
"¡Pues a mi me importa!", repliqué.
"Ya nos lo imaginábamos, querida", sonrió Lyosha.
"¿Eso quiere decir que no vais a hacerlo?", pregunté, temiendo la respuesta.
"Por supuesto que no, Nadya. ¿Crees que lo haríamos sabiendo que podría herirte?", respondió Lyosha.
"¿Y cuándo estéis fuera mucho tiempo?", volví a preguntar, en el mismo tono asustadizo.
"Querida, si te decimos que no lo haremos, es porque no lo haremos. Ni cuando estemos fuera, ni cuando estemos cerca. Es más, tienes nuestra palabra, ¿de acuerdo?", dijo Leo, en tono paciente.
Eso me tranquilizó de inmediato. Jamás faltan a su palabra. Más animada, me sentí incluso con ganas de bromear un poco.
"¿Y no echaréis de menos vuestras conquistas humanas, cuando estéis lejos de casa y añoréis mi cuerpo?", les provoqué.
Y debí imaginar que cualquiera de los dos es mucho más capaz que yo de soltar la lengua.
"Mi amor, tengo una imaginación muy vívida. Si añoro tu cuerpo, soy perfectamente capaz de arreglármelas solo. Con mi fantasía, y sin ayuda de ninguna humana", sonrió Leo.
"Y para lo limitadas que son la gran mayoría de ellas, casi es lo mismo", añadió Lyosha, mientras los dos estallaban en carcajadas.
"Sois imposibles", les reñí.
Pero ya estoy sonriendo.
Pocos segundos más tarde, intentaba orientarme en el centro de la ciudad. Se trata de un lugar pequeño, pero hemos llegado a una hora demasiado ajetreada. No tengo ni idea de por donde empezar a buscar un sitio donde hacer mis compras. O donde aparcar, ya puestos. Con el tiempo, llegaré a dominarla por completo, pero ahora todo es demasiado nuevo para mí.
"Dos calles mas adelante hay un centro comercial, Nadya. Puedes parar ahí, seguramente tendrán todo lo que necesites. Es la mejor opción, si no sabes donde ir. Después de comprar, podemos dar un paseo por la ciudad, y así empezaremos a orientarnos en ella"
Me pareció una idea estupenda. Haríamos las compras y después disfrutaría de la ciudad sin preocuparme de nada. Entré en el aparcamiento subterráneo del centro comercial. Debe estar muy concurrido, porque a primera vista no hay ni un solo hueco. Antes de que pudiera empezar a buscar una plaza donde aparcar el coche, Leo se inclinó entre los dos asientos y miró a través del parabrisas.
"Continúa recto. Tres hileras más a la derecha. Después del cuarto coche tienes un sitio junto a la columna", explicó.
Ni se me ocurrió discutírselo. Su vista es impresionante. Tal y como había anunciado, el sitio estaba ahí esperando por nosotros. No fue hasta que quité la llave del contacto, cuando me di cuenta de que había aparcado en una única maniobra en un sitio que hace tan solo un año hubiera desechado por considerarlo demasiado pequeño. Definitivamente, mis sentidos vampíricos tienen muchas ventajas, me regocijé.
Paseamos por el centro eligiendo tiendas aquí y allá. Compré unos cuantos jabones, unos cd's vírgenes, y unas preciosas botas. Ellos ni siquiera miran las tiendas. Se limitan a seguirme, curioseando al azar las conversaciones humanas, como quien está atento a un culebrón televisivo. Moverse entre la multitud no resulta un problema. Aunque los ojos de los mortales no puedan apartarse de nosotros, su aletargado instinto les advierte que no deben acercarse demasiado. La marea humana se separa discretamente de nuestro camino, dejándonos un cómodo espacio para movernos, aunque sin poder evitar sus más o menos disimuladas miradas de admiración. Leo y Lyosha se mantienen uno a cada lado de mí, en una más que evidente actitud posesiva, y eso sin necesidad de ponerme ni un solo dedo encima. Intenté verlos con ojos mortales, y tuve que reconocer una vez más que la comparación que de ellos había hecho Milton con el macho dominante de una manada es en extremo acertada. De tarde en tarde, Lyosha se vuelve para dedicarle una sonrisa asesina a algún hombre que sin duda ha pensado algo de mí que no le ha hecho ninguna gracia, y Leo lo imita sin detenerse a pensarlo. El pobre tipo no tarda en alejarse velozmente, preguntándose donde está el tren mental que lo ha atropellado.
Después de terminar mis compras, decidí que había llegado el momento de elegir algo para Cora. Entré en una tienda que me pareció adecuada, franqueada por mis compañeros. La dependienta se apresuró a acercarse en cuanto nos detuvimos ante el primer estante.
"¿Puedo ayudarles en algo?", sonrió, ignorándome por completo y fijando su vista en mis compañeros con evidente coquetería.
"No, gracias", respondí con la más gélida de mis expresiones.
El rostro de la mujer se contrajo en una expresión asustada, y se apresuró a alejarse murmurando una apresurada disculpa. ¡Vaya! Resulta que yo también puedo hacerlo. Leo y Lyosha dejaron escapar una divertida carcajada.
"Menudo susto le has dado, querida", rió Lyosha.
"La pobre solo quería ayudar", añadió Leo con una sonrisa maliciosa.
"Si, pero los tres sabemos perfectamente a quien quería ayudar y en qué", gruñí, provocando dos nuevas carcajadas satisfechas.
Siempre se muestran encantados con las cada vez más frecuentes demostraciones de mis cualidades vampíricas.
Elegí unas cuantas prendas para Cora, que pensé que podrían gustarle. Unos cuantos pantalones y faldas, camisas y camisetas, jerséis, un par de abrigos y un plumífero. Iba a dar por terminadas mis compras, cuando vi un vestido perfecto para ella. De un brillante color verde, hará un contraste perfecto con su cabello pelirrojo y sus pálidos ojos verdosos. Ajustado y quizá demasiado corto, se ceñirá a su cuerpo como un guante, y por una vez llevará algo que deje ver sus piernas. Demis la había obligado a vestir como una maldita monja de clausura. Lo saqué de su percha y lo miré complacida.
"No va a servirle", comentó Lyosha, distraídamente, mientras retorcía en sus manos con evidente curiosidad un sujetador con relleno y tirantes de látex.
"¿Y tú que sabes? Es su talla", repliqué.
Leo me lo arrancó de las manos y lo sostuvo por los hombros, examinándolo con ojo crítico.
"Lyosha tiene razón. No le servirá", concluyó, arrojándolo de nuevo a mis manos, tras lo cual se unió a su hermano en el análisis de la prenda que este tenía entre los dedos.
"¿Y desde cuando os habéis convertido en expertos en moda? A mi me serviría, y lleva la misma talla que yo"
Los dos cruzaron una mirada, me contemplaron de la cabeza a los pies, y rieron suavemente.
"Como quieras, llévatelo. Si no le sirve a ella – y no va a servirle – siempre podrás usarlo tú. Me gusta", dijo Lyosha.
"¡Si le servirá!", insistí.
"Le sobrarán al menos dos dedos en el escote, y le ajustará demasiado en las caderas. Pero adelante. Tú misma", comentó Leo.
"Una vez más, Leo. ¿Cuándo te has convertido en un experto en tallas de ropa?", pregunté molesta, aunque empezaba a considerar que tenían razón.
"Siempre lo he sido, amor. Me fijo bastante más en el cuerpo de las mujeres que tú", me respondió con una divertida sonrisa. "Y puedo decir sin miedo a equivocarme, que a mi prima le falta algo que sin duda tú posees para llenar esa prenda", añadió, mirándome el pecho con lascivo descaro.
"Esto es genial", murmuré molesta.
Pero dejando el vestido en su sitio.
Pagué las compras, seguida por sus expresiones burlonas, y nos adentramos de nuevo en la marea humana del centro comercial. Un par de segundos después de salir, me pareció percibir que ambos se envaraban ligeramente, pero no le di importancia, suponiendo que los pensamientos de algún humano habían despertado los patológicos celos de Lyosha. Ya casi he terminado. Lo único que me falta por comprar son un par de prendas para ellos. Y por supuesto, pienso hacer que se las prueben, algo que ambos detestan. Ya me han chinchado bastante. Ahora me toca a mi divertirme. Caminé sin prisa entre las tiendas, buscando algo de mi agrado, aún notando que no abandonan su actitud de alerta.
"Está empezando a molestarme", gruñó Leo.
Lyosha asintió con un gesto irritado.
"¿Sucede algo?", pregunté con inquietud.
"Nos siguen desde hace diez minutos", masculló Leo.
Iba a volverme a mirar, cuando la voz de Lyosha me detuvo en tono severo.
"No necesitas volverte, Nadya. Concéntrate", ordenó.
Siguiendo su indicación, agudicé mi olfato y mi oído, intentando aislar el rastro de alguien que nos siguiera. No tardé en percibir el desagradable olor salado de un bebedor de sangre a unos cuantos metros detrás de nosotros. Abrí los ojos de par en par, mientras Lyosha volvía a asentir con irritación.
"A las escaleras", ordenó.
Antes de que pudiera darme cuenta de lo que pasaba, Leo me sujetaba con firmeza por la cintura. Lo siguiente que pude ver con claridad es que estaba en el garaje, y cambiaba de manos. Mis compañeros sólo pueden mantener la velocidad que les permite que los humanos no los vean durante un breve período de tiempo, y éste es aún menor si me llevan como carga. Así que al llegar al garaje, cambié de manos para seguir escondidos unos segundos más. Me obligaron a agacharme tras un coche, y se reunieron conmigo, fijando sus ojos en la puerta.
