Arthe, si quieres, puedo intentar escribir un "What if.." de como hubiera empezado la historia si Leo la hubiera encontrado primero. Tengo un par de ideas, y no me llevaría demasiado tiempo.
Sobre mi cumple :) Sip, es el 26 del mes que viene.. Y bueno, si puedes mandarme a Alessandro con un lacito de regalo... jajaja. Pero si no puede ser, me conformaré con una historia entre él y Aduna, aunque sea cortita jaja.
(Muy hábil lo de la segunda parte de "La muchacha de las sombras", pero aún no me siento inspirada, y me fastidia muchísimo empezar una historia y dejarla a medias. Cuando la tenga más o menos en la cabeza, empiezo a escribirla, palabra)
Sobre el resto de las preguntas, pues ya sabes lo que voy a decir: sigue leyendo :)
LEONARDO. Malachy
Dejé a Nadya en manos de mi hermano. La coordinación ha sido perfecta. Ningún mortal nos ha percibido, y aún tenemos tiempo de ocultarnos para sorprenderlo. Es demasiado joven para poder moverse con tanta rapidez. Y demasiado inepto para seguirnos a nosotros sin que nos demos cuenta, aunque es evidente que eso es lo que intentaba. Un par de segundos después de haber tomado la decisión de emboscarlo, ya estábamos acechando tras un coche, esperando al rastreador. No tardó en aparecer, entrando a grandes zancadas en el garaje, olfateando el aire con avidez. Lyosha y yo cruzamos una mirada, y salimos de nuestro escondite, arrastrando a Nadya en nuestra carrera, hasta situarnos detrás del vampiro. Nos sentamos en el capó de un coche, dejando a Nadya entre nosotros. Ya la ha visto, así que es inútil esconderla a sus ojos. Además, un niñato como él no llegaría a tocarla sin que antes le arrancáramos la cabeza. Una parte de sus sentidos debió percibir nuestro olor, o quizá el movimiento, porque se volvió velozmente para encontrarnos mirándolo con despreocupación desde nuestro asiento en el capó.
"Buenas tardes", saludó Lyosha en tono letal.
El hombre nos miró intentando no aparentar sorpresa. Es una criatura patética. Vestido de negro de los pies a la cabeza, con oscuras gafas de sol para ocultar sus ojos rojizos y un absurdo tatuaje pintado en su mejilla izquierda. Y cuando digo pintado, lo digo literalmente. Me gustaría haber visto la cara de ese niñato cuando intentó que una aguja traspasara su piel. Si no puedes tener uno de verdad, ¿para qué molestarse? Parece sacado de una mala película de vampiros modernos. Pura fachenda.
Saludó con una despreciativa inclinación de cabeza. Un gesto muy digno, pero inútil. Podría oler su miedo a mucha más distancia de la que nos separaba ahora.
"Estábamos intentando tener una tranquila tarde de compras, y no buscamos problemas, así que ¿por qué no dejas de seguirnos y vuelves a la cloaca de la que saliste?", espeté.
"No os estaba siguiendo", replicó. "Este es un país libre, camino por donde quiero"
Lyosha y yo dejamos escapar sendos rugidos, que hicieron que el hombre se encogiera unos cuantos centímetros. Aún así, mantuvo el tipo, pero a duras penas.
"Ya nos has molestado bastante espiándonos. No insultes nuestra inteligencia negándolo", rugió Lyosha.
Nos miró un instante, valorando si continuar con su mentira, o rendirse. Optó por lo más inteligente. De casualidad. Era un imbécil.
"No es necesario molestarse. Os habéis instalado en nuestro continente y mi jefe sentía curiosidad por dos personajes tan insignes como vosotros", respondió con sarcasmo.
"Pues dile a tu jefe que si siente curiosidad, solicite una audiencia, y ya veremos si podemos concedérsela. Pero si vuelve a mandar a un inepto como tú a seguirnos, le devolveremos el favor en forma de cenizas de vampiro", gruñó mi hermano.
"Ese mal genio os causará un disgusto. Aquí no hacemos así las cosas", respondió con aire altivo. Pero su olor lo traicionó de nuevo. Estaba aterrorizado.
"Llevo once siglos haciendo las cosas como me da la gana. Y no será un niñato como tú el que me corrija. ¿Quieres verlo?", repliqué poniéndome en pie y caminando un par de pasos hacia él.
Cuando retrocedió asustado, me reí en su cara sin ningún disimulo, y mi hermano me acompañó sin dudarlo. Hasta Nadya dejó escapar una risita divertida.
"Trasmitiré vuestro mensaje", replicó antes de salir corriendo por la puerta destinada a los vehículos.
"Si todos los hombres de Malachy son tan inútiles como este, vuestro trabajo va a ser muy sencillo", sonrío Nadya.
"No me fío", replicó Lyosha.
"Yo tampoco", confirmé. "Demasiado fácil".
"No hay quien os entienda. ¿Os molesta que haya sido fácil? ¿Hubierais preferido que fuera tan bueno que no llegarais a saber que nos seguía?", preguntó Nadya, obviamente confusa.
Los dos le dedicamos una mirada burlona. ¿En serio piensa que alguien es capaz de seguirnos sin que nos demos cuenta? Hace muchos siglos que nadie consigue atraparme en una emboscada, y pasarán muchos siglos más sin que eso ocurra. Mis sentidos y los de mi hermano siempre están alerta. Que Nadya sea incapaz de concentrarse en lo que sucede a su alrededor cuando está relajada, no significa que nosotros no lo hagamos. Demasiados años de práctica a nuestras espaldas como para no tener siempre una parte de la mente ocupada en lo que sucede a nuestro alrededor. Ella nos mira, demandando una explicación. Reí entre dientes.
"Querida, eso no va a pasar"
"Es imposible que nos sigan sin que nos enteremos, Nadya", añadió Lyosha.
"Pues entonces, ¿para qué mandar a un hombre mejor que este? Si lo vais a detectar de todos modos, es una estupidez arriesgarse a que os enfrentéis a alguien más valioso", replicó. "Yo enviaría al idiota más grande de toda mi casa", comentó enfurruñada.
La miré totalmente atónito, y crucé una mirada con Lyosha. Eso no es ninguna tontería. Por muy poco que nos respete, Malachy tiene que saber que detectaríamos a ese tipo. Y a cualquier otro que fuera a enviarnos.
"¿Qué? ¿He dicho otra tontería?", espetó Nadya irritada.
Estoy demasiado ocupado dándole vueltas a la idea en la cabeza, como para ocuparme ahora de su enfado. Ya me encargaré de eso después.
"Tiene razón", murmuré.
"Ya lo creo que sí", confirmó mi hermano. "Sabía que lo detectaríamos. Intenta hacernos saber que está enterado de que estamos aquí. Pero que me condene si sé por que"
"No creo que tardemos mucho en averiguarlo. Estoy convencido de que aceptará tu amable invitación", repliqué.
"Creo que estás en lo cierto, hermano", respondió, sonriendo.
"Lo sé", afirmé con seguridad.
Lyosha me miró fijamente, y yo asentí. Una vez más, no puedo explicar el motivo, pero sé que Malachy no tardará en visitarnos. Me lo dice hasta la última maldita fibra de mi ser. Este nuevo don empieza a resultarme simpático. Tendré que empezar a trabajar en él un día de estos.
"Bueno. Y ahora que ya ha quedado demostrado quien es el listo de los tres, ¿podemos seguir con las compras?", replicó Nadya, con los brazos en jarras.
Lyosha y yo rompimos a reír. Típico. Una vez más, ahí está nuestra Nadya dejando de lado lo importante y problemático para centrarse en lo más superficial. El saber que tarde o temprano puede haber una guerra con el clan de Malachy, la ha puesto de los nervios desde el mismo instante en que no tuvimos más remedio que confesárselo, en casa de Lisías. Desde entonces, siempre que surge el tema, su cabeza da una de esas extrañas volteretas mentales suyas, y busca lo más absurdo que tiene a su alrededor para concentrarse como si su vida dependiera de ello. Una actitud totalmente característica de Nadya. Si un problema es demasiado grande para digerirlo de golpe, solucionemos otro más pequeño antes, para ver si el primero se vuelve más fácil de tragar mientras tanto.
Quizá alguien menos protector que nosotros hubiera seguido con el tema, e insistido en que tiene que estar preparada para lo que pueda ocurrir. Pero como ese no es nuestro caso, nos limitamos a sonreírle y acompañarla escaleras arriba para que pudiera continuar con su día de compras. Tendremos tiempo de sobra para analizar la situación cuando lleguemos a casa. No tengo la menor duda de que Nadya se encerrará con Cora durante horas, mientras se prueban todas y cada una de las prendas que ha comprado.
"¿Te falta mucho, querida?", preguntó Lyosha.
Mi hermano está empezando a aburrirse de estar encerrado. A mi ya hace un buen rato que me ha pasado. Está bien entretenerse con las conversaciones humanas, pero ya me he enterado de los problemas de casi todo el maldito centro comercial.
"Quiero comprar un par de cosas para vosotros", respondió con una sonrisa que no traería nada bueno. "Y os las probaréis"
"Ni de broma", sonreí.
"Nadya, compra lo que desees y pruébate lo que te apetezca, pero yo no necesito nada. Y desde luego, no pienso entrar en un probador", replicó Lyosha. "Estoy deseando salir de aquí. Necesito aire"
"Pues yo creo que necesitáis algunos pantalones y un par de jerséis. Y quiero que os los probéis", replicó.
Mi hermano pareció dispuesto a protestar. No le hace ninguna gracia, y a mi tampoco, encerrarse en un cubículo de un metro por un metro para ponerse, y después quitarse, una prenda que va a quedarle perfectamente. Y a velocidad humana además. Reconozco que tiempo es lo que nos sobra, pero tampoco me gusta perderlo en actividades que no son de mi agrado. Sin embargo, si conozco a Nadya, sé perfectamente como evitar que eso ocurra.
"Déjame a mí". Susurré en su mente, y me dirigí a Nadya, sonriendo.
"Está bien, querida. Nos probaremos lo que desees. No vamos a discutir por una tontería como esa", concedí, empujándola a una tienda.
Nadya entró con una sonrisa aprobadora, y pocos segundos más tarde teníamos a varias dependientas rondando a nuestro alrededor, mientras ella se pone de cada vez peor humor. Algo que, por supuesto, yo ya había previsto. Mientras ella espantaba a las tres mujeres que se ocupaban de la tienda con gélidas miradas amenazadoras, yo me dedicaba a sonreírles y volver a atraerlas cada vez que me daba la espalda. Nadya parece a punto de reventar de rabia. No tardé en darme cuenta que mi hermano, que ya ha empezado a imaginar cuales son mis intenciones, mantiene su mente abierta para ella, dejándole ver lo que las mujeres piensan de nosotros. Siempre he dicho que su don es muy útil. Por un segundo, volví a lamentar no ser yo el que lo poseyera también, pero me esforcé en no dejar que esa estúpida envidia se apoderara de nuevo de mí. Después de diez minutos Nadya, hirviendo de rabia, nos tendió dos montones de ropa, empujándonos al probador. Me volví con disimulo hacia las mujeres, atrayéndolas con la más seductora de mis sonrisas. Y mi hermano cooperó, llamando la atención de dos o tres más que rondaban por la tienda. Nos siguieron como las moscas a la miel, intentando ignorar la ira de Nadya. Entré en el probador dejando la cortina abierta y empecé a desnudarme lentamente.
"Cierra la cortina, Leo", gruñó Nadya, lanzando miradas de advertencia a todas las mortales, que no surtieron el más mínimo efecto.
Lyosha se asomó desde el probador contiguo, ya descalzo y con la camiseta en la mano. El revuelo entre las hembras fue más que evidente.
"Es claustrofóbico, querida. Nos probaremos lo que desees, pero no pienso encerrarme", protestó en su tono más amable.
"Cerrad la maldita cortina. Ahora", masculló Nadya en tono letal.
"No. Me pone muy nervioso estar encerrado en un sitio tan pequeño", repliqué yo, mientras empezaba a desabrocharme los pantalones.
En el rostro de Nadya apareció una expresión de furia. Se volvió rápidamente hacia el corrillo de mujeres que se ha formado tras ella.
"¿Y vosotras que miráis? Largo", espetó en tono letal.
Las mujeres retrocedieron unos cuantos metros, pero siguieron intentando mirar por encima de su hombro. Ella se volvió hacia nosotros una vez más, increíblemente furiosa, mientras yo contenía a duras penas mi risa. Lyosha ya ha renunciado a hacerlo. Le dirigí una mirada retadora a Nadya, y ella me devolvió un suave bufido. Me encogí de hombros y llevé las manos a la cintura de los vaqueros, deslizándolos hacia abajo. Sus ojos se abrieron de par en par.
"Basta. Suficiente. Vestíos ahora mismo", rugió.
"Eso me disponía a hacer, querida", comenté con mi mejor sonrisa de inocencia.
"Leonardo Sforza, me has entendido perfectamente. Vuelve a vestirte. Y tu también, Aleksei. Ahora", gruñó.
La broma ha terminado. Mi hermano y yo obedecimos sonrientes, mientras el corro de mujeres se dispersa. Ya no estamos intentando atraerlas, así que la ira de Nadya es más que suficiente para que se alejen. Pocos minutos más tarde, Nadya nos arrancaba las compras de las manos y se dirigía al mostrador. De pasada, se detuvo ante un estante, y tomó dos cajas con más que evidente furia.
"¿Qué es eso, amor?", pregunté con curiosidad.
"Ropa interior", masculló furiosa, mientras Lyosha y yo rompíamos a reír con sonoras carcajadas.
Nadya dejó caer las prendas en el mostrador, esperando a que la dependienta las facturara. Yo seguía sin poder controlar mi risa. Cada vez que conseguía detener mis carcajadas, miraba a Lyosha y todo volvía a empezar. Nadya firmó el comprobante de la tarjeta que le tendió la dependienta y salió por la puerta como un vendaval, mientras mi hermano y yo recogíamos las bolsas, aún sin controlar la risa. Una vez fuera, la miramos sonrientes, dejando escapar de vez en cuando una risa suave. Finalmente, Nadya terminó por contagiarse de nuestra hilaridad. En su cara apareció una pequeña sonrisa, que intentó disimular por todos los medios. Poco después se unía a nuestras risas.
"No volváis a hacerme nada como esto. Jamás", sonrió. "¿Qué pretendíais? ¿Provocar una matanza?", añadió entre risas.
"Lo siento, querida. Estabas tan graciosa espantándolas", reí yo.
Ella me dedicó un alegre bufido, mientras se ponía en marcha de nuevo. Caminó distraídamente en dirección al garaje, contemplando las tiendas sin mucha atención. De pronto, sus ojos se clavaron en una en particular, y mi buen humor se esfumó de golpe.
"Qué bonito", susurró, mirando un vestido blanco, que parecía salido del siglo XVIII. Un vestido de novia.
"No te quedaría bien", masculló Lyosha.
"Bueno, no voy a comprarlo. Sólo lo admiraba", replicó, pareciendo decepcionada.
Tiré de ella con suavidad, intentando apartarla de la tienda. Se resistió tan solo un segundo, antes de seguirnos con un suspiro.
No volvió a abrir la boca en todo el camino hacia el garaje, y la expresión molesta de Lyosha me dijo que le había cerrado el acceso a su mente. Puede saltarse sus barreras, por supuesto. Pero casi es mejor no hacerlo. Entramos en el coche, y Nadya se puso en marcha con un chirrido de neumáticos.
"Quizá sea mejor que dejemos el paseo para otro día. Se ha hecho muy tarde. Volveremos a casa", anunció, dirigiéndose a la salida de la ciudad.
Condujo como una salvaje entre los coches, maniobrando con rapidez. En otro momento, hubiera disfrutado del paseo, pero su mal humor es tan evidente, que está empezando a empeorar el mío. Lyosha permanece también en silencio en el asiento trasero, concentrando su vista en Nadya, que mantiene los ojos obstinadamente clavados en la carretera, a pesar de que no necesita hacerlo en absoluto. No abrió la boca durante todo el viaje, y Lyosha y yo terminamos por rendirnos y dedicarnos a especular sobre las intenciones de Malachy y sobre quienes podrían ser los próximos que se trasladaran a la mansión principal. Normalmente, ella nos daría su opinión, pero en esta ocasión siguió callada, perdida en sus pensamientos. Tarde o temprano, tendré que encargarme de eso. Pero no será ahora. Aún me quedan unas cuantas horas libres hasta que anochezca y empiecen a llegar los visitantes, y no pienso estropearlas manteniendo una conversación que no me apetece lo más mínimo.
Al llegar a casa, Nadya aparcó el Land Rover en el garaje con una única maniobra impecable. Saltó del asiento y se dirigió al maletero, agarrando una bolsa tras otra con expresión concentrada.
"Ahí están vuestros coches. ¿Por qué no miráis si todo está bien? Yo llevaré esto arriba", comentó en tono monocorde.
"Te ayudaremos", ofreció Lyosha.
"No es necesario. Quedaos", ordenó, recogiendo las últimas bolsas y saliendo a toda velocidad por la puerta.
Lyosha y yo nos miramos, sacudiendo la cabeza. Me volví a mi coche, comprobando que no tenga ni un rayazo, y me apoyé en él pensativo, mientras mi hermano termina de mirar el suyo.
"Se le pasará", afirmó.
"Eso dijiste en casa de Lisías, hermano. Y no parece que se le haya pasado en absoluto. No me gusta verla así", gruñí.
"Dale tiempo. O mejor aún. Ve con ella y hazla olvidar su miedo. Sabes que es eso lo único que le hace pensar en esa tontería", sugirió.
"Acompáñame", pedí. "Esto nos incumbe a los dos"
Lyosha sonrió, negando con la cabeza.
"Es mejor que vayas solo. Si sospecha siquiera que voy a estar leyendo su mente se cerrará en banda y no le sacaremos ni una simple palabra", explicó. "En ocasiones, que no puedas ver lo que piensa es algo bueno, hermano"
En eso lleva razón. Nadya puede ser muy testaruda. Si se siente presionada no abrirá la boca. No es que me importe dejar el tema como está, y esperar a que lo olvide, pero no resisto verla apenada. Definitivamente, esa mujer hace conmigo lo que quiere. Me encogí de hombros.
"De acuerdo. Pero permanece atento por si te necesito"
"No será necesario. Confío en ti", respondió.
"Si, pero los dos sabemos que estarás escuchando", reí.
"No te quepa duda", confirmó entre risas. "Anda, ve. Yo aprovecharé para echarles un vistazo a los coches. Nos veremos más tarde, cuando empiecen a llegar los jóvenes"
Me dirigí hasta la casa, seguro de que iba a encontrar a Nadya en el dormitorio disfrutando de un baño. Cada vez que se pone de mal humor, termina debajo del agua. Más que un vampiro, parece una maldita sirena. Mientras subía las escaleras, me di cuenta de que me había equivocado. Nadya está en nuestra habitación, pero no ha preparado el baño. Agucé el oído, y no percibí ni un solo sonido en el dormitorio aparte de su respiración. Abrí la puerta y la encontré sentada en la cama con las piernas cruzadas, rodeada de todas las bolsas. Ni siquiera ha empezado a abrirlas y eso es muy mala señal. Me dedicó una sonrisa apagada, poniéndose en pie.
"¿Dónde está Lyosha?", preguntó.
"En el garaje", respondí, tomando asiento en uno de los sillones. "¿Qué haces?"
"Ordenar las compras", respondió, mientras fingía ajetrearse con los paquetes.
"Nadya, ¿me vas a contar que te pasa?", pregunté.
Se volvió hacia mí con la peor expresión de fingida sorpresa que he visto nunca.
"¿A mi? Nada", replicó.
"Anda, deja eso. Ven conmigo un rato", pedí.
Dejó las bolsas con un suspiro, y se acurrucó en mi regazo. Acaricié su espalda, y ella refugió su cabeza en el hueco de mi cuello, ronroneando suavemente.
"Qué agradable", suspiró.
Permanecimos un rato abrazados en silencio, mientras yo intentaba poner en orden mis pensamientos. Lyosha tiene razón. La raíz del problema tiene muy poco que ver con la pantomima de boda de Cora y Árvidas. Una vez más, la maldita inseguridad de Nadya está lastimándola. Para algunas cosas, mi compañera tiene una confianza ilimitada en si misma, pero para otras es peor que una niña asustada y perdida en la oscuridad. Intenté buscar en mi cabeza una forma de serenarla, y me sorprendí a mi mismo haciendo frente a una verdad que a duras penas puedo creerme. Ya sé lo que voy a decirle, e incluso sé el modo. Espero que de una vez por todas, esto acabe con sus absurdos temores. Aunque no va a hacer demasiado por los míos.
"Hay algo que no he tenido ocasión de contarte, querida", empecé. Ella levantó la cabeza de mi hombro, para mirarme con curiosidad. "Sabes que con el tiempo, empezamos a desarrollar ciertos poderes. Bueno, creo que a fuerza de guiarme siempre por mi instinto, mis corazonadas han terminado por volverse correctas"
"¿En serio? Eso está muy bien", sonrió. La sonrisa murió en sus labios al ver que yo parezco abatido. "¿Qué ocurre? Es una buena noticia, Leo. ¿O no lo es?"
"Yo hubiera preferido poder leer tu mente, querida", susurré. "Me odio por decir esto, en serio. Pero sabes cuanto..."
Ella detuvo mis palabras, poniendo un dedo sobre mis labios.
"Lo sé", murmuró dulcemente. "Y no pasa un día sin que lamente no poder tener esa intimidad contigo, créeme. Pero todo llegará. Y si no llega nunca, no importa. Leo, no me siento menos unida a ti por que no pueda leer tu mente"
Sus palabras fueron como un bálsamo para mi, y más pensando en lo que estoy a punto de confesarle. Nunca he dudado de sus sentimientos, pero escucharlos de sus labios me reconforta mucho más de lo que estoy dispuesto a reconocer ante nadie. Al menos, ante nadie que no sea mi hermano o ella misma. Pero ahora no es el momento de pensar en eso. Ahora es el momento de serenar sus miedos, no los míos.
"Al principio, no estaba nada satisfecho con mi nuevo don. Pero hoy he descubierto que no está mal del todo", sonreí.
"Es lógico, nos ayudará mucho con todo lo que tenemos entre manos. Eso, unido a la capacidad de Lyosha, y a mis propias premoniciones, nos hará invencibles", rió alegremente.
"No lo digo por eso", susurré. "Llevo once siglos solucionando situaciones como esa sin necesidad de tener premoniciones o leer la mente. Demonios, las solucionaba incluso cuando mi instinto fallaba de forma lamentable"
"¿Entonces?", preguntó confusa.
"¿Recuerdas cuando te dije que tardaría mucho en amar a otra mujer?", ella asintió, frunciendo el ceño. "Pues no imaginas lo equivocado que estaba"
Nadya se revolvió en mis brazos, intentando levantarse, apartarse de mi lado como fuera. La retuve con firmeza, riendo para mis adentros. Debo reconocer que mis palabras fueron equívocas, pero tampoco esperaba que fuera a tomarlas de la peor forma posible. Debí imaginarlo. Nadya siempre piensa lo peor, bajo la asunción de que así se sentirá feliz si no sucede, y preparada si ocurre. Cuando se dio cuenta de que no iba a poder escapar de mi abrazo, levantó la cabeza y clavó sus ojos en mí con una mirada dolida y retadora. Sonreí.
"Bueno. ¿Y quién es ella?", preguntó con voz temblorosa, intentando aparentar dignidad.
Reí suavemente.
"Debería sentirme ofendido, mi amor. Siempre piensas lo peor de mí. Lo que quería decirte antes de que enloquecieras, es que hoy he tenido la más poderosa de mis corazonadas. Y me ha mostrado lo que me negué a ver hasta ahora". Nadya continúo mirándome fijamente, sin apartar sus increíbles ojos dorados de los míos. Tomé aliento para reconocer ante ella lo que no había sido capaz de reconocer ante mi mismo hasta ahora. "Cuando volvíamos a casa, mientras te veía conducir, molesta por lo que sea que te niegas a compartir con nosotros, supe que jamás amaré a otra que no seas tú. Y apostaría mi vida a que Lyosha piensa lo mismo. He tenido docenas de compañeras, Nadya. Y a todas las he amado profundamente. Pero nunca había tenido nada parecido a lo que siento contigo. Te amo más que a mi propia vida, moriría por ti. Y moriría sin ti"
"Pero eso no es... Quiero decir, siempre creí que en algún momento..." susurró.
"Yo también, Nadya. Pero ahora sé que no es así. Serás la única mujer en mi vida hasta que mis cenizas se esparzan por la maldita tierra". Ella me miró con una maravillosa expresión de felicidad, sin articular palabra. Pero yo necesito oír su voz. Necesito saber que no me he equivocado. "No me hagas sufrir más, amor. Acabo de reconocer ante ti algo que si me hubieran dicho hace sólo un mes me haría reír a carcajadas. Dime que por lo menos crees sentir algo parecido", rogué.
"Te amo", sonrió. "Os amo a los dos como nunca creí que podría amar a nadie. Y no sabes como deseaba oír esas palabras. Cada vez que pensaba que tarde o temprano tendría que compartiros con otra, sentía deseos de gritar, pero no me atrevía a reconocerlo. Soy una imbécil, llegué a pensar que la única forma de conseguirlo era..."
Interrumpí su torrente de palabras con un beso. Sé lo que iba a decir, pero ya no me hace ninguna falta escucharlo. Sólo espero que Lyosha no me mate por esto. Al principio creí que era lo que ella quería escuchar, pero cuando la idea apareció en mi mente, supe que estaba siendo más sincero que nunca en mi vida. Mi instinto me dice que mi hermano siente lo mismo que yo, pero quizá no debí hablar por él. Ya tendré tiempo de pensar en eso después. Ahora lo único en lo que puede concentrarse mi mente son los labios de Nadya. Con ella aún en mis brazos, me puse en pie y la llevé a la cama sin dejar de besarla ni un instante. Me tumbé junto a ella, susurrándole palabras de amor mientras me deshacía de sus ropas y de las mías. Necesito sentir su piel junto a la mía, necesito amarla. No poseerla, ni saciar mi sed, ni pasar un buen rato. Lo único que quiero esta tarde es hacerle el amor a la mujer con la que voy a compartir la eternidad.
Por primera vez en toda mi larga, larguísima existencia, me olvidé de las formas, de los juegos, de mi fama de infalible amante. Me olvidé de todos los trucos aprendidos a través de cientos de años y de camas, sin querer pensar, ni controlarme, sólo sentir. Me moví dentro de ella casi acunándola, sin buscar más placer que el que su amor me ofrece, y me correspondió con una entrega absoluta y ciega. Cuando gimió de goce entre mis brazos, me dejé llevar, abandonándome no sólo al orgasmo, sino también a un placer casi tan intenso, y hasta ahora desconocido para mí. El placer de saber que será siempre mía. Que la búsqueda de once siglos, que nunca fui consciente de haber iniciado, termina por fin entre sus brazos. Abrió los ojos y me sonrió con el más puro amor, mientras yo seguía sobre ella, dentro de ella, resistiéndome a abandonar la calidez de su cuerpo eternamente gélido, templado ahora por el sexo.
"Te amo", susurré, atrapando el lóbulo de su oreja entre mis dientes.
"Y yo a ti, cielo", murmuró, ronroneando suavemente.
"¿Aunque no vaya a casarme contigo?", me burlé.
Escondió la cabeza en mi hombro, pero pude sentir la vibración de su risa contra mi vientre.
"Tendré que aceptarlo. Pero si me quedo embarazada, haréis de mi una mujer honrada", dijo, rompiendo a reír.
Estallé en carcajadas, separándome por fin de ella y dejándome caer sobre mi espalda a su lado, riendo todavía. Ella rodó hasta acurrucarse contra mi pecho.
"Creo que eso si puedo jurártelo. Si concibes un hijo nuestro, nos casaremos contigo", respondí entre carcajadas.
Levantó la cabeza sonriente, cuando de pronto sus ojos se perdieron, mientras se concentra en algún punto fuera de la habitación. Finalmente, volvió a mirarme, riéndose alegremente.
"Lyosha dice que si eso ocurre, él mismo se encargará de que el Papa oficie la ceremonia", rió.
"Dile que es un maldito cotilla. ¿Ha estado ahí todo el tiempo?"
"Creo que sí", sonrió, y después frunció el ceño. "Me encarga que te diga que menos mal que por fin lo aceptas y que por esta vez no va a matarte. Supongo que eso significa que tu corazonada era correcta"
"Como si no lo supiera ya", sonreí.
Escuché unos pasos aproximarse por el camino principal. Han empezado a llegar de nuevo. Con un suspiro, me levanté de la cama a regañadientes.
"Diablos, ¿no podían esperar unas horas?", gruñó Nadya.
"Vamos, perezosa. Es hora de trabajar", reí, mientras me vestía velozmente.
Dejé que se arreglara con calma, y bajé a reunirme con mi hermano en el piso inferior. Sentado junto al fuego en el que ya ha elegido como su sillón favorito, aguarda por mí con una irónica sonrisa.
"Gatito, gatito", me provocó.
"Vete al infierno, Lyosha", reí.
"Ya he estado allí. Y me mandaron de vuelta", replicó sonriente.
"No me sorprende. Ni el mismísimo diablo es capaz de convivir contigo", repliqué.
Se encogió de hombros divertido, y en ese mismo instante las piezas encajaron en mi cabeza y me di cuenta de que todo ha sido una maniobra suya para conseguir que yo reconociera al fin mis sentimientos. Mi hermano, el manipulador.
"Si quieres pegarme, hazlo. Pero reconoce que te sientes mucho mejor ahora", sonrió.
"Y yo preocupándome por si tú no estabas de acuerdo. ¿Desde cuándo tienes planeado esto?", pregunté, sin poder evitar devolverle la sonrisa. Tiene razón. Me siento mucho mejor ahora.
"Me sobrestimas, hermano. Lo pensé esta misma tarde. Pero debo reconocer que hace tiempo que esperaba el momento de tenderte una encerrona así", rió.
"¿Cuánto tiempo?"
"Desde el maldito primer día", sonrió, mientras yo lo miraba con genuina sorpresa. Él se limitó a encogerse de hombros. "Ya he pasado por esto antes que tú, Leo. Y ni te imaginas lo que me costó aceptarlo. Llevo meses buscando el momento adecuado para decírselo, pero tú te has ocupado de eso por los dos"
"Y no ha sido nada fácil. Me debes una", mascullé.
"Ya te la has cobrado esta tarde", rió.
"Ni en broma, hermano. Eso fue por la noche anterior", repliqué.
"De eso nada. La noche anterior fue por las ocho horas que me tuviste dando vueltas por Irkutsk", me corrigió él.
No me dio tiempo a contestarle. Nadya abrió la puerta, acompañada de dos jóvenes que esperaban ser recibidos, y mi hermano y yo nos sumergimos en el tedioso mundo del protocolo. Esa noche no tuvimos tanto trabajo como el día anterior, cosa que ya esperábamos. Aún así, recibimos a cuatro nuevos visitantes, alguno de los cuales es más que adecuado. Eso hace un total de treinta y dos visitas en dos días, lo que supera con mucho mis expectativas. Había calculado unos veinte en la primera semana, y esa previsión ya se había visto superada el primer día. Probablemente la alianza con Lisías tenga mucho que ver con esto, pero quiero pensar que en gran medida se debe a todos los largos años de combates en los que mi hermano y yo hicimos lo posible por forjarnos una buena reputación.
Cuando fue evidente que ya no llegaría nadie más, Nadya anunció que iría a buscar a Cora para 'ayudarla con las compras'. Bonita metáfora. Eso significa horas encerradas en la habitación probándose cada prenda. Árvidas no tardó en bajar al salón espantado ante la perspectiva, y mi hermano y yo lo recibimos a carcajadas.
"Mujeres", masculló, tomando asiento.
Cada día que pasa me agrada más tener a Árvidas entre nosotros. Ya en casa de Lisías había empezado a apreciar su compañía, pero allí no me había dado cuenta de lo mucho que vale en realidad, siempre oculto tras la sombra de Peter. Una barrera difícilmente superable. Sin embargo, desde que nos hemos trasladado, y ya confirmado como nuestra mano derecha, el hombre de más rango después de nosotros mismos, ha mostrado su indudable capacidad constantemente. Nos ha acompañado durante todas las entrevistas, y aunque se mantuvo en un discreto segundo plano, de tarde en tarde formulaba preguntas o pedía aclaraciones más que acertadas. Y al día siguiente, durante los entrenamientos, no sólo había mostrado ser un gran guerrero, algo que mi hermano y yo sabíamos de sobra, sino también un magnífico profesor, paciente y preciso. Si a eso le añades que ha vivido para contar el ataque de un lobo, y la callada serenidad con la que lleva las cicatrices en su espalda, no puedo imaginar un lugarteniente mejor. Y, qué demonios, además me cae estupendamente. Es un tipo serio, inteligente y reservado, pero capaz de aceptar de buen grado una buena broma o un rato de diversión si se le presenta la oportunidad.
"Iba a practicar un poco mi puntería. ¿Por qué no me acompañáis?", ofrecí, riendo entre dientes ante la exasperada mirada de mi primo.
"¿Arcos y dagas, o armas de fuego?", preguntó Lyosha.
Me encogí de hombros. Me da exactamente igual.
"Si conozco mínimamente a las mujeres, y me consta que es así, dudo que ninguna de ellas requiera nuestra presencia hasta pasadas las doce. Tenemos tiempo de sobra para probar ambas cosas", sonreí.
"De acuerdo. Será una buena forma de pasar la mañana. Pero lleva al jardín todo lo que tengas. Quizá algún joven quiera unirse a nosotros", sugirió.
"Estupendo. Tal vez así consiga que alguien apueste contra mi", respondí sonriente.
"¿Contra tu vista? Si es así, recházalo. Es idiota", apostilló Árvidas.
Subí al trastero y recogí mis armas, mientras mi primo y mi hermano hacían lo mismo en la sala de entrenamientos. Me di cuenta de que en algún momento tendré que arreglar el caos de mis cajas o Nadya me arrancará la cabeza. Quizá más tarde. O mañana. Tampoco tengo ninguna prisa. Voy a vivir en esta casa toda la eternidad, unos cuantos días más no pueden hacerle daño a nadie. Cuando me dirigía al jardín a reunirme con ellos, me topé con Lucas que salía de su habitación y aproveché para invitarlo a unirse a nosotros. Tal y como había supuesto, aceptó sin dudarlo. Una vez en el jardín, comprobé que algunos jóvenes se han reunido con mi hermano y con Árvidas, ansiosos por demostrar su puntería. Quizá será mejor que no lance hasta dentro de un rato, o quedarán todos como inútiles, sonreí. Nadie tiene mejor vista que yo.
No llevábamos ni media hora lanzando, y estaba apuntando a un blanco especialmente lejano usando mi mejor arco, cuando el sonido de un coche en la distancia me hizo bajarlo y concentrarme en el sonido. Sin duda se dirige hacia nosotros. La forma en que pisa el acelerador, forzando el motor al máximo, y cambiando de marchas con brusquedad, me dijo dos cosas de su conductor. Que es uno de los nuestros, y que el coche no le durará demasiado. No tiene ni idea de conducir un deportivo.
"Va a reventar el embrague", gruñó Lyosha. "Lucas, abre la reja, por favor. Quien quiera que lleve ese coche, es capaz de pasar a través de ella"
Lucas asintió y se apresuró a obedecer la orden de mi hermano. Dos segundos más tarde, como si confirmara sus palabras, el conductor entró a toda velocidad en el camino, sin detenerse siquiera a comprobar que la reja estaba abierta. Paró el coche a escasos centímetros de mi hermano y de mí, que inconscientemente nos hemos aproximado situándonos delante de los jóvenes. Árvidas está sólo unos pasos por detrás, con la misma actitud alerta. Las puertas se abrieron y del interior del vehículo salió una atronadora música heavy metal y dos vampiros. Un hombre y una mujer, con el aspecto más ridículo que jamás he visto.
"Malachy", susurré en la mente de mi hermano. El asintió, conforme con mi suposición.
"Árvidas, lleva a los jóvenes a entrenar al sótano", murmuró, sin apartar los ojos de los recién llegados que en este instante, y sin apartarse aún de las puertas de su vehículo miran a su alrededor con burlona curiosidad.
Árvidas se ocupó de su sugerencia con eficiencia, mientras Lyosha y yo observábamos a los dos visitantes. Ambos visten de negro de los pies a la cabeza. Malachy lleva unos vaqueros rotos y botas militares. Una camiseta desgarrada, y una cazadora de cuero repleta de cadenas, tachuelas e imperdibles, completan el lamentable conjunto. Lo que ella lleva encima, a duras penas puede considerarse ropa. Unas botas similares a las de su compañero tapan más extensión de su cuerpo que todo el resto de su vestimenta. Medias de red con agujeros, una falda no más ancha que mi mano y un diminuto corsé negro de cuero tan ceñido que oprime sus voluminosos pechos y los levanta casi hasta la garganta. No me resulta demasiado atractiva, pero es evidente que ella tiene otra opinión de sí misma. Los dos llevan el cabello cuidadosamente despeinado y revuelto con fijador, distintos diseños de tatuajes tan falsos como el del espía que habíamos encontrado en el centro comercial, y varios pendientes en sitios inverosímiles, que también son más falsos que el pecado. No podemos llevar pendientes, nuestro poder de regeneración los rechaza antes de que puedan atravesar la piel, algo que aprendí hace muchos siglos cuando intenté perforar mis orejas con aros de acero. Mi breve época como pirata fue una fuente de continuas frustraciones de ese tipo.
Cerraron las puertas del vehículo, aliviando mis oídos al cesar la estruendosa música que proviene de su equipo. No me desagrada la buena música heavy, pero esa es solo ruido y gritos. Caminaron hacia nosotros, él con lamentables andares chulescos, y ella contoneándose como una puta de la Vía Veneto en pleno carnaval. Ni en una mala película de vampiros he visto nada tan patético.
"Por todos los diablos, ya entiendo su estrategia. Pretenden acabar con nosotros a golpe de tópicos", me burlé en la mente de mi hermano. Me dirigió una mirada de advertencia, mientras controla a duras penas su risa.
La hembra se deslizó entre nosotros con actitud lasciva. Apoyó sus manos de larguísimas uñas pintadas de negro brillante en nuestros hombros, y nos olfateó con evidente lujuria. Mientras Malachy la miraba con una sonrisa irónica, ella se movió entre nosotros, insinuándose con descaro. Nos rodeaba y nos olfateaba deslizando sus dedos por nuestros hombros y nuestros torsos. Si cree que con eso va a confundirnos, debería haberse informado mejor de con quien trata. Puede que ahora tenga una compañera, pero no sólo en el campo de batalla me he ganado una buena reputación.
"Míralos, Malachy. Están buenísimos. Me encantaría enseñarles un par de juegos", murmuró.
"Preciosa, no hay un solo juego que tú puedas enseñarnos al que mi hermano y yo no hayamos jugado mil veces", replicó Lyosha.
"¿En serio? Entonces podéis enseñarme algo vosotros. Será divertido", sugirió, deslizando la punta de su lengua por los labios maquillados de rojo sangre.
"Me parece que no va a ser posible", sonrió Lyosha.
"Lo que yo me temía", susurró con un mohín. "A los antiguos les dan miedo las mujeres jóvenes y calientes como yo".
No pude evitar una carcajada, y ella se volvió hacia mí, pegando su cuerpo contra el mío. Si Nadya la ve, le sacará los ojos. No es que me importe, pero matar a la que parece ser la hembra del cabeza del clan rival, no parece la forma adecuada de empezar la historia de la diplomacia de esta familia.
"¿Te ríes? ¿Eso quiere decir que tú eres más valiente que tu hermano? ¿O también me tienes miedo?", me provocó.
"Pequeña, te aseguro que no hace mucho no habría dudado ni un segundo en hacerte tragar algo más que tus palabras", reí.
"Eso me gustaría", respondió con expresión de fingido placer.
"Ni te imaginas cuanto", repliqué con una mueca. Estoy empezando a cansarme de sus juegos. "¿Por qué no controlas a tu hembra, Malachy?"
"¿Os molesta?", preguntó burlón.
"No demasiado. Pero si nuestra compañera la ve, te la llevarás de vuelta a casa en pedazos diminutos", respondió Lyosha, encogiéndose de hombros.
Malachy asintió, sonriendo aún.
"Vuelve al coche, nena", ordenó.
Ella lo miró con furia.
"Me prometiste que podría acompañarte", protestó.
"Ya me has acompañado. Ahora entra en el maldito coche de una vez y espérame ahí", rugió.
La mujer se encogió visiblemente, pero aún así, bufó en su dirección con la boca muy abierta, mostrando sus pequeños colmillos de bebedora de humanos. El se limitó a mantenerle la mirada, y poco después ella se encerraba en el coche con un violento portazo. Él hizo rodar los ojos exasperado.
"¿Es aquí dónde vamos a mantener nuestra pequeña charla?", preguntó, abriendo los brazos como si pretendiera abarcar el jardín.
Lyosha y yo cruzamos una mirada, y sin decir palabra le indicamos con un gesto que nos siguiera. Lo guiamos al interior del salón. Malachy esperó a que tomáramos asiento para acomodarse frente a nosotros.
"Os pido disculpas por la actitud de Mimí. Es una criatura sedienta", sonrió. "Y disculpad también toda esta absurda parafernalia pseudo demoníaca. No es que sea de mi gusto exactamente, pero sin duda es lo que los jóvenes de mi casa esperan de mí"
Intenté no aparentar asombro. Este hombre no se parece en absoluto a lo que los informes de Lisías dicen de él, y el contraste entre su acento educado y formal y sus ridículas ropas es absoluto.
"¿Y no vas a disculparte por mandar a un niñato inepto a seguirnos?", pregunté tono peligrosamente educado.
"Oh, eso. Me limitaba a devolveros la cortesía que vuestro aliado griego lleva teniendo conmigo desde hace varios años", sonrió una vez más. "Y además, necesitaba una excusa para venir a veros. Aunque debo confesar que esperaba un incensario con las cenizas de ese imbécil, en lugar de una invitación"
Así que sabe que los hombres de Lisías han estado espiándolo. No parece demasiado ofendido, ni preocupado. Algo que también me parece extraño. Esta reunión no se está desarrollando en absoluto como yo esperaba.
"No fue exactamente una invitación", replicó Lyosha. "Creo recordar que le dijimos a tu hombre que solicitaras una audiencia"
"Si, es posible que fuera eso lo que le dijisteis. Ya os he dicho que es un imbécil. No obstante, tenía demasiada prisa como para actuar según manda el protocolo. Así que me disculparéis una vez más por habérmelo saltado alegremente", respondió.
Lyosha lo observa con el ceño fruncido, como si intentara atrapar un pensamiento que no dejaba de escapársele.
"No le des más vueltas, Aleksei", volvió a sonreír Malachy. "Tus ojos no te engañan. Me conoces. Aunque es normal que no me recuerdes. Al fin y al cabo, tú eras un experimentado guerrero de ocho siglos, y yo apenas había cumplido las tres centenas. Pero yo te recuerdo bien. Me salvaste la vida"
"¡Mordecay!", exclamó Lyosha. "Sabía que tu cara me resultaba familiar"
"¿Me recuerdas?", preguntó, pareciendo complacido.
"Recuerdo a todos los hombres que lucharon a mi lado. Pero tú has cambiado demasiado, y no sólo tu nombre. Reconocerás que eso no es lo habitual"
"Pero tiene su explicación. Soy un hombre ambicioso, y no tengo vuestra paciencia. En Europa tardaría siglos en alcanzar unas migajas de poder. Así que me trasladé aquí, un país joven, prácticamente virgen. Mi reputación no era suficiente como para atraer a los europeos, así que intenté ganarme a los nativos. Al principio, intenté hacer las cosas por los métodos tradicionales. Ya sabéis, una compañera, unos cuantos hombres, una familia. Pero no funcionó. Cambié mi aspecto, me rodeé de esta absurda parafernalia, y poco después tenía decenas de jóvenes llamando a mi puerta", explicó.
"Eso quizá justifique tu aspecto, pero no explica a que vienen tantas prisas por reunirte con nosotros. Y con tanto disimulo, además", repliqué.
Me miró fijamente, antes de responder. Sin desafío, sin irritación. Simplemente parece estar valorando si merece la pena tomarse el esfuerzo de explicar sus motivos. Una sonrisa amarga se pintó en su rostro, mientras sacudía la cabeza.
"Vienen a que todos sabemos que la primera impresión es la que cuenta. Tenía que adelantarme a lo que otros os dirán de mí. Ya tengo suficientes problemas, y los espías de Lisías seguramente ya me habrán hecho demasiado daño", murmuró.
