Como lo prometido es deuda, el What if ya está listo. Oye, Arthe, sigue haciendo preguntas, por favor, que me inspiran jajaja. De tus preguntas salió "La muchacha de las sombras" y ahora este "¿Qué hubiera pasado si...?" Sigue, sigue, y yo seguiré escribiendo. Me das un montón de ideas!!!!

Y claro que hay peligro. Y mucho. Lo que ocurre es que quizá no venga de quien se espera :)

Je, me alegro de que Mimí te caiga mal. De eso se trataba jaja. Pero no es tan mala chica, en serio... Vale, no me adelanto.

Ahhhh, no me importa que sea una historia cortita. Como si sólo tiene un par de párrafos. Pero quiero verme con Alessandro (ya que no me lo vas a mandar a él por correo, ni nada :) )

Tranquila. Te dije que escribiría la segunda parte, y lo haré. Lo que pasa es que aún no sé cuando jajaja.

Ah, por cierto. No sé si recordaréis que dije que en esta historia salía un personaje al que adoro. Vale, pues en este capítulo no, pero aparece en el siguiente. Y me encanta, me encanta. Me gusta tanto que por eso lo publicito por anticipado jajaja...

ALEKSEI. Prueba y error.

Sus palabras hicieron que Leo y yo nos miráramos con total confusión. Desde que se ha sentado en el salón y ha abierto la boca por primera vez, nada ha sucedido como esperábamos. Este hombre no parece en absoluto el descontrolado bebedor que Lisías nos había descrito. Su aspecto quizá sea absurdo, pero sus modales y su cabeza me dicen algo bien distinto. Por algún motivo, tanto Leo como yo habíamos imaginado por los informes que de él habíamos recibido, que se trataría de un nativo, poco al tanto de las costumbres del otro lado del Océano. Pero Mordecay es tan europeo como nosotros mismos. Ha convivido siglos con nuestro modo de hacer las cosas, y aunque ha prescindido de él, no lo ha olvidado ni de lejos. La nostalgia se había apoderado de sus pensamientos al referirse a sus intentos de conformar una familia tradicional.

Cuando pronunció su última frase, parecía sinceramente desolado. Aún así, he vivido demasiado para fijarme sólo en lo que dicen los hombres. Es mucho más fácil mentir con las palabras que con la mente, y mi propia capacidad para actuar y fingir con absoluto descaro es buena prueba de ello. Por eso me concentré en sus pensamientos, y me sorprendí al descubrir que están abiertos para mí, sin barreras ni bloqueos, y que cree firmemente en lo que está diciendo.

"¿Has finalizado tu escrutinio, Aleksei?", preguntó con cierta ironía.

Asentí. Es absurdo negarlo. Rebuscar en su mente no es exactamente cortés, pero los dos sabemos que yo iba a hacerlo de todos modos.

"Entonces sabrás que estoy siendo sincero. Algo que Lisías ya sabría si me hubiera enviado hombres más hábiles. No le culpo. Yo hubiera hecho lo mismo que él. Al fin y al cabo, sólo soy un joven bebedor de humanos descontrolado y cruel", sonrió con amargura. "No merezco la deferencia de ser espiado por los ancianos"

Leo y yo volvimos a cruzar una mirada. Esas eran exactamente las palabras que Lisías había usado para referirse a Malachy cuando nos explicó sus intenciones al sellar la alianza. Y desde luego, los dos sabemos que los hombres que Lisías había mandado a buscar informes no pertenecían ni de lejos a la élite de su casa. Recabar información es una tarea sencilla, tampoco es necesario mucho más.

"Bueno, sin duda eres joven. Al menos, al menos comparado con nosotros. Y bebes de los mortales. Asumiendo que eso es correcto, ¿en qué han fallado los hombres de Lisías?", preguntó Leo.

Su voz no deja traslucir ninguna emoción, pero yo sé bien que en sus palabras hay genuina curiosidad. Una curiosidad casi tan grande como la mía.

Malachy sonrió una vez más.

"Todo lo que le han contado es escrupulosamente cierto. No me miréis con ese asombro. Puedo parecer un idiota, pero no lo soy ni de lejos. Yo mismo me encargué de enterarme del contenido de los informes que le trasmitieron. Cuando me quito todo este absurdo maquillaje, nadie me reconoce. Como os he dicho, es muy fácil dejarse engañar por las apariencias"

"¿En qué quedamos entonces, Malachy? ¿Es cierto lo que dicen de ti, o no lo es?", pregunté, empezando a cansarme de sus rodeos.

"Son ciertos los hechos, pero no su autor. De todos modos, no espero que me creáis, aunque Aleksei pueda ver en mi mente que estoy siendo sincero. Los hombres como vosotros necesitan convencerse por si mismos, con hechos y no con palabras. Sólo he venido para que me conozcáis en persona, y me concedáis al menos el beneficio de la duda. Sé que no tardaréis en recibir visitas que os hablarán de mi. Y también sé que intentarán confirmar lo que Lisías os ha dicho. Es por eso que me urgía visitaros antes que ellos, o después me sería muy difícil ser recibido en un ambiente, digamos amistoso"

Leo y yo volvimos a cruzar una mirada. Es imposible que estuviera vigilando nuestra casa sin que nos percatáramos de su presencia, pero es algo que tendremos que valorar. En cuanto se marche, deberíamos buscar posibles puntos de observación que se nos hubieran escapado hasta ahora. ¿De qué otro modo podía estar enterado de que otro clan nos había solicitado audiencia? Desde luego, es una práctica habitual que las familias ya establecidas visiten a las recién formadas para hacerse una idea de cómo van a desarrollarse sus relaciones, pero eso no suele pasar tan pronto. Y no es fácil imaginarlo recurriendo tan solo a la experiencia.

"Eso no era necesario. Si conoces a mi hermano, sabrás que nunca toma decisiones a la ligera. Quizá no puedas decir lo mismo de mí, pero tampoco soy un idiota. Todo eso me hace suponer que hay algo más tras tus palabras. Y no me gusta nada lo que no sé", replicó Leo.

"Nunca he dicho que seas idiota, Leonardo. He oído hablar mucho de ti, y me consta que no es así. Y también sé bien como actúa el prudente Aleksei. Pero igualmente me consta el daño que pueden hacer los rumores y la malicia. Y hay muchos lobos con piel de cordero en este continente. Sé que tarde o temprano os daríais cuenta, pero no demasiado temprano puede ser muy tarde para mí. Escuchad lo que otros tengan que decir, y después quizá podamos volver a reunirnos, si me concedéis el favor de otra visita. Nada de lo que os diga ahora servirá de nada si no comprobáis con vuestros propios ojos la sinceridad de mis palabras"

"¿Y eso es todo?", pregunté irritado. "Vienes a nuestra casa, nos dices que todo lo que sabemos de ti es un gran error, ¿y te marchas a esperar a ver que pasa?"

"No me pondré a la altura de quienes me están calumniando, Aleksei. Creo que puedes entender eso perfectamente. Confío en vuestro criterio. Si sois lo que parecéis ser, os daréis cuenta de lo que sucede. Y si no... Tampoco podréis ayudarme. Y hasta el mismo diablo sabe cuanto necesito esa ayuda", murmuró.

Bajó la cabeza y miré a Leo que lo observa con curiosidad. Al percibir mi mirada, cruzó su vista con la mía.

"Qué me aspen, pero creo que está siendo sincero. ¿Su mente te dice lo mismo?", preguntó.

Asentí con disimulo.

"Pues dile que le llamaremos dentro de unos días. Es genial, esta historia por fin se está poniendo interesante", sonrió alegremente.

Típico de Leo. Da la bienvenida a los problemas con la misma alegría con la que saluda a sus amigos más queridos. Nunca he visto nada parecido. Por supuesto, todos apreciamos una cierta dosis de acción, y yo no soy ni de lejos la excepción. Pero aunque aprecio los asuntos que me ayudan a mantener la mente activa, las complicaciones terminan por ponerme de mal humor. Sin embargo, mi hermano disfruta con ellas y se mueve entre los entresijos de una historia enrevesada como pez en el agua. Supongo que es una consecuencia de nuestras personalidades, tan distintas para algunas cosas como el día y la noche. Yo soy un adicto al control. Me meto en problemas sabiendo que saldré de ellos gracias a una cuidadosa planificación y detesto que la situación se escape de mis previsiones. En cambio Leo es instintivo e indisciplinado. Entra alegremente de cabeza en cualquier lío que se le ponga por delante, resolviéndolo sobre la marcha, y riéndose de si mismo cada vez que algo no resulta como había esperado. Supongo que por eso nos complementamos a la perfección. Yo sereno sus mal templados nervios, y él me ayuda a no paralizarme con la excesiva planificación.

"De acuerdo, Malachy. Tendrás noticias nuestras en unos días. Cuando hayamos tomado una decisión sobre lo que nos cuentas, te lo haremos saber. No vamos a decirte que te creemos sin más, pero si podemos prometerte que seremos objetivos", le informé.

"No pido nada más", sonrió, poniéndose en pie, y sacando un trozo de papel de su bolsillo. "En fin, ya he abusado bastante de vuestra hospitalidad. Aquí tenéis mi teléfono y mi dirección de correo electrónico. Espero vuestra invitación"

Lo acompañamos a la puerta, y pude comprobar algo que ya había observado cuando entramos. Dentro del refugio que le ofrece la casa, no se molesta en mantener su estúpida pose de chulería adolescente. Se despidió con una formal inclinación de cabeza, y agradeció de nuevo nuestra hospitalidad. Al abrir la puerta, volvió a adoptar su papel de pandillero y caminó balanceándose hasta su Corvette. Metió la marcha, que entró con un ronco crujido y salió forzando la máquina en primera por el camino principal, mientras Leo esbozaba una mueca de dolor.

"Aunque finalmente resulte ser sincero, no sé si no lo mataré de todos modos. Esa no es forma de tratar un coche", gruñó.

"Te cae bien, ¿verdad?", pregunté.

Pura cortesía. Los dos sabemos que ya he encontrado la respuesta en su mente.

"Sorprendentemente bien. Deben ser los tatuajes", bromeó.

"Si, son casi tan atractivos como su hembra", reí.

"No te rías. Me he pasado toda la entrevista pensando en comprarle a Nadya una falda como esa", sonrió.

"Lo sé", repliqué con una mueca.

Cada vez que Malachy se perdía en circunloquios, la lujuriosa cabeza de mi hermano me ofrecía detalladas imágenes de Nadya vestida con la falda o las botas que llevaba la compañera de Malachy. Sólo con la falda o las botas. Eso me obligaba a apartarme de su mente a toda velocidad. Quizá el sea capaz de concentrarse en la conversación y en su lujuria al mismo tiempo, pero a mi no me resulta tan sencillo. Me dedicó la más maliciosa de sus sonrisas.

"Le quedaría bien, ¿no crees?"

"Si, Leo. Le quedaría perfecta. Pero ¿en serio crees que era el momento para pensar en eso?"

Me miró con una enorme sonrisa, encogiéndose de hombros.

"¿Hay un momento adecuado? Lo ignoraba. Pienso en esas cosas muy a menudo", rió.

"Soy muy consciente de ello, créeme", mascullé, dirigiéndome a la sala de entrenamientos a buscar a Árvidas. "Latinos. Me tenía que tocar en suerte un hermano latino"

Sus alegres carcajadas me acompañaron todo el camino. Aún continuaba riéndose entre dientes cuando nos reunimos con nuestro primo en el sótano. Estaba en el centro de la estancia moviéndose entre los grupos que combatían al azar, corrigiendo detalles aquí y allá, analizando las cualidades de cada guerrero. Por unos instantes, dejé de pensar en Malachy, concentrándome en los jóvenes que se divertían a nuestro alrededor. Demasiadas florituras en la mayoría de ellos. Una pérdida de tiempo y de energía que mi primo se esforzaba en corregir sin demasiado éxito. A los novatos les encanta lucirse. Quizá sea muy estético, pero es poco práctico.

"Qué bonito", rezongó Leo. "Si buscara bailarinas y no guerreros, los elegiría a todos"

Asentí, mientras seguía mirando los distintos grupos. Varios de los hombres tienen cualidades más que aceptables, pero tendrán que aprender a luchar sin adornos innecesarios. El lenguaje corporal y las demostraciones de fuerza están muy bien para evitar una pelea, pero no sirven de nada una vez en ella. Si Leo y yo nos metiéramos entre los grupos, no tardaríamos ni cinco segundos en tener a la docena larga de jóvenes tirados en el suelo. Pude ver que él estaba pensando algo similar y la idea empezó a resultarme atractiva. Miré a mi hermano con una sonrisa, y él me devolvió un inquisitivo y esperanzado alzamiento de cejas. Sonreí, asintiendo.

Una décima de segundo más tarde, entrábamos en el círculo de luchadores repartiendo bofetadas aquí y allá. Me complació comprobar que pronto se repusieron de la sorpresa inicial y se reagruparon para lanzar contra nosotros un ataque coordinado. No sirvió de gran cosa. Cualquiera de nosotros dos puede moverse mucho más rápido que ellos, y tenemos muchos más años de práctica en el combate real. Después de unos segundos, la mayoría de ellos se había olvidado de las formas y se dedicaba a atacar con concentración, buscando posibles debilidades y canalizando su ira de modo mucho más efectivo. Repelimos sus golpes con relativa facilidad unos instantes más, y estaba dispuesto a proclamar terminada la lucha, cuando Leo susurró en mi mente un rápido 'arriba'. Sonreí, mientras me disponía a saltar. Mi hermano no es de los que se entretiene con tonterías, pero le encanta lucirse si tiene la oportunidad. Una décima de segundo más tarde, saltábamos sobre el círculo de atacantes con el más veloz de nuestros movimientos. Yo me senté en el alfeizar de la ventana, y Leo se acuclilló en lo alto de la puerta. Como un solo hombre, los jóvenes se giraron a derecha e izquierda hasta localizarnos. Algo que podían haber evitado si hicieran caso de su olfato y no de su rabia.

Árvidas se aproximó hasta ellos riendo a carcajadas.

"¿Por qué no habéis podido con ellos?", preguntó.

"¿Porque nos llevan siglos de ventaja?" espetó con ironía uno de los jóvenes cuyo nombre soy incapaz de recordar. No me había gustado demasiado.

"Eso también", rió Árvidas. "Pero erais quince contra dos. Teníais que haberles dado más problemas. Vamos, ¿qué ha fallado?"

"Tardamos en concentrarnos. Creo que ahora entiendo porque corregías todas mis posiciones de ataque", murmuró Antonio, el guatemalteco que había venido con su compañera la primera noche. "Las amenazas no les impresionan. Mientras yo me sitúo, ellos golpean"

"Exacto", sonreí, saltando de mi atalaya y aproximándome a él.

"Olvidaros de los adornos y las posturitas. Quizá os sirvan para atraer a las hembras, pero no valdrán de nada con un guerrero de verdad. Os arrancará la cabeza antes de que podáis pensar en como vais a girar el brazo a continuación para impresionarle con el tamaño de vuestros músculos. No tenéis que impresionarlo. Tenéis que acabar con él. Creedme, eso si que le impresionará", rió Leo.

"Pero...", empezó a protestar el primer joven que había respondido.

En un segundo, Leo estaba junto a él dedicándole su mejor actitud desafiante y amenazadora. El hombre se encogió visiblemente y retrocedió inconscientemente un paso. Alguno de los otros dejó escapar una risita que atajé con rapidez utilizando el mismo sistema que mi hermano.

Árvidas volvió a reír con más que evidente diversión.

"¿Lo veis? Para esto es para lo único que sirve la actitud amenazante y las absurdas demostraciones de poder", espetó. "Para evitar las peleas. Una vez en ellas, sólo os hacen perder el tiempo"

"¿No te asusto, primo?", susurró Leo en tono letal, volviéndose hacia él con actitud amenazadora.

"Me das un miedo terrible, Leonardo. Estoy a punto de esconderme debajo de una mesa", sonrió, sin alterar en absoluto su pose relajada.

Leo estalló en carcajadas, mientras los jóvenes los miraban con los ojos abiertos como platos.

"Lo que intentan explicaros este par de payasos", comenté, situándome a su lado, "es que las florituras son casi siempre innecesarias. Árvidas sabe perfectamente que Leo puede con él. Pero no se deja impresionar, se mantiene sereno, sin amenazas ni estupideces, y eso puede hacer que Leo se lo piense dos veces, mucho más que cualquier otra absurda postura"

"Y un cuerno", replicó Leo sonriente. "Si esto no fuera un entrenamiento, mi primo aquí presente estaría mordiendo el polvo"

"Está bien. Cualquiera que no sea mi hermano, con su encantadora costumbre de meterse en un lío detrás de otro, se lo pensaría dos veces", aclaré divertido. "Seguid a lo vuestro, tenemos un par de cosas que resolver. Después volveremos a ver como va todo", añadí volviéndome a los jóvenes.

"Espera, Antonio. Tú quédate con nosotros", ordenó mi hermano.

El joven se acercó a nosotros con una expresión esperanzada. Y totalmente justificada, además. Su respuesta había hecho que me decidiera por él de inmediato, y mi hermano piensa lo mismo. No hace falta que lo discutamos, Leo sabe que yo estoy de acuerdo.

"Ve a buscar al resto de la familia, y reuníos con nosotros en el salón. Tenemos trabajo que hacer. Y de paso dile a Nadezhda que hable con tu compañera y os asigne un dormitorio en la casa principal", ordenó Leo.

El rostro de Antonio se iluminó con una radiante sonrisa. Asintió varias veces, y corrió hasta el piso superior como alma que lleva el diablo.

"Es una buena elección. Me desilusionó que no lo optarais por él el primer día", comentó Árvidas.

"¿Y por qué no lo dijiste, primo? Siempre estamos dispuestos a escuchar tu opinión", dije.

"Lo haré a partir de ahora, si ese es vuestro deseo", respondió, complacido.

Le devolví la sonrisa, apreciando su discreción, y lamentándola al mismo tiempo. Se había acostumbrado a que fuera Peter el que hablara por él. La sombra del inglés es demasiado larga. Mi primo es tan válido como él, pero mucho más discreto y reservado. Tomé nota mentalmente para comentarle a Leo que deberíamos animarlo más a menudo. Eso le ayudará a acostumbrarse a su nuevo rango, en el que su opinión es apreciada y tenida en cuenta.

"Vayamos al salón. Os pondremos al día de lo que está ocurriendo. Y ese será un buen momento para que empieces a dar tu opinión", sugerí.

Una vez en el salón, y ya acomodados en nuestros sillones, los jóvenes no tardaron en llegar, con distintos grados de impaciencia. Los observé una vez más a medida que iban tomando asiento en torno a nosotros. Glauco ha sido un golpe de suerte. Un tipo pequeño y nervioso, aunque sorprendentemente fuerte. Con un impresionante cabello blanco de albino, pálido incluso entre los nuestros, y unos ojos que brillaban con profunda inteligencia. Ya en Europa empezaba a hablarse de él muy favorablemente y hasta mis oídos habían llegado distintos relatos de sus hazañas. Cuando se presentó, pensé que vendría movido por la curiosidad, y que su estancia sería temporal como había sido hasta ahora en todas las familias que ha visitado. Hasta el momento, nunca ha expresado su intención de quedarse en ninguna de forma permanente. Imaginé que, al igual que yo mismo, pretendía ser un nómada hasta que su reputación le permitiera conformar su propio clan, pero me equivoqué. Glauco es ambicioso, pero de forma mucho más moderada que mi hermano o yo mismo. Estaba esperando la oportunidad de entrar en una familia joven, donde pudiera alcanzar un rango elevado, pero cómodamente al margen de la toma de decisiones y la responsabilidad de un cabeza de clan. Algo que tendría complicado en familias ya establecidas y en las que ya hay demasiados hombres valiosos que llevan tiempo con ellas, y le impedirían progresar. Por supuesto, hay multitud de pequeños clanes a los que hubiera podido dirigirse, pero ya he dicho que Glauco es moderadamente ambicioso. Esperó durante siglos el momento oportuno. Necesitaba la combinación perfecta. Una familia nueva, pero que al mismo tiempo tuviera todos los visos de convertirse en poderosa. Y ese momento había llegado con Leo y conmigo, pensé sin poder evitar un soplo de vanidad. Un huracán de vanidad. Hace siglos que podía haberme establecido sin demasiados problemas, pero yo sí soy ambicioso. No iba a conformarme con unas migajas. Quería estar convencido de que mi familia sería tenida en cuenta desde el principio, y no sumada a los planes para hacer bulto. Y detalles como este, hacen evidente que lo he logrado. Lo hemos logrado.

Mis ojos volaron hasta Lucas y John, con una sonrisa. Habíamos conocido a esos dos hombres en casa de Lisías, durante la reunión que Alejandra había programado tras la batalla de Chernobil, y me recuerdan a lo que podíamos haber sido Leo y yo cuando aún éramos tan jóvenes. Aunque en una versión intercambiada en lo físico y mucho más pequeña. Ninguno de ellos llega al metro ochenta, y nosotros pasamos un poco de los dos metros. John es rubio y de claros ojos azules, como mi hermano, pero tan taciturno y callado como yo mismo. Lucas es moreno y cetrino, como yo, pero tan vivaracho y alegre como Leo. Mi hermano y yo ya habíamos comentado entonces que los dos eran de nuestro agrado. En Chernobil no tuvimos oportunidad de comprobar sus cualidades, ya que ellos permanecieron con el grupo de los jóvenes, instalando cargas en el exterior y lejos de la acción real, un privilegio del que sólo gozamos los mejores guerreros. Pero Lisías, desconfiando de la capacidad de ese grupo, había dejado en el exterior a dos de sus hombres para que vigilaran el trabajo, y esos dos hombres nos habían confirmado que Lucas y John eran lo único que merecía la pena del patético grupo de retaguardia. Serenos y eficaces habían llevado a cabo su parte de la tarea a la perfección, sin aspavientos ni tonterías. Algo que habían demostrado durante el entrenamiento de la mañana pasada, luchando con concentración, y sin las absurdas demostraciones de poder que habíamos presenciado hacía escasos minutos. El mismo motivo que había conseguido que promoviéramos de inmediato a Alain, un hombre que sin duda promete, y mucho. Lucha extraordinariamente bien para una criatura tan joven, que apenas acaba de cumplir los tres siglos. El propio Árvidas se había animado a devolverle unos cuantos golpes, animado por su técnica y por la actitud genuinamente interesada con la que atendía a sus escasas correcciones y consejos. Y además, por si eso fuera poco a su favor, Leo me habría matado si no lo hubiera elegido. El francés tiene un sentido del humor casi tan enloquecido como el de mi hermano, y éste se había divertido tanto durante la entrevista con él, que a punto estuvo de elegirlo sin más preámbulos, animado ante la perspectiva de gozar de sus maliciosas anécdotas durante tiempo indefinido.

Antonio completa el grupo de nuestra hasta ahora reducida familia, junto con su compañera Magdalena, que ahora mismo está con Nadya en el piso superior admirando su nuevo alojamiento. Por fortuna, a Nadya también le agrada Magdalena, como pude comprobar asistiendo a sus procesos mentales. Rara vez dejo de tener una parte de la mente concentrada en Nadya, aunque esté ocupado en otras cosas. Quizá porque soy obsesivamente protector, pero quizá también porque disfruto de esa conexión mental. Me relaja y me hace sentir seguro. Comprendo perfectamente que Leo sufra por no disfrutarla. Si estuviera en mi mano hacer algo para que él también gozara de esa intimidad con ella y conmigo, no lo dudaría un segundo.

Nuestros primos terminaron de acomodarse, y nos miraron expectantes, esperando que diera comienzo la reunión. Me detuve sólo un segundo más a poner en orden mis pensamientos.

"Veamos. ¿Quiénes de vosotros son buenos rastreadores? Aparte de ti, Árvidas", pregunté.

"Yo", respondió Glauco. "Dudo que tan bueno como he oído que eres tú, Aleksei, pero me defiendo"

"Y yo", dijo Lucas, tras un instante de vacilación.

"Es suficiente. Eso os libera a ti y a Árvidas", aprobó Leo.

Asentí. Normalmente hubiera ido yo mismo a rastrear la zona con Leo, pero quiero dar una oportunidad a mi familia para que demuestre lo que es capaz de hacer. Y dadas las circunstancias, tampoco quiero enviar a un hombre solo. Hasta el momento no hay ni rastro de lobos, y dudo que aparezcan en dos zonas tan alejadas entre sí al mismo tiempo, pero las precauciones nunca están de más. Ya he dicho que prefiero planificar a lamentarme.

"Es una tarea sencilla. Hay que reconocer todo el terreno que circunda la casa y buscar puntos débiles desde los que sea posible que un espía vea lo que sucede entre nuestros muros. Olvidaos de los ojos humanos, y centraos solamente en lo que uno de nosotros puede hacer. Si os parece encontrar un sitio apropiado, buscad rastros, indicios de que alguien ya lo ha intentado. Es demasiado terreno para intentar localizar el rastro simplemente, y esto corre cierta prisa", expliqué.

Glauco se volvió hacia Lucas.

"Me ocuparé del norte, si no te importa. He estado esperando en esa zona un par de días, y creo que sé donde buscar", sugirió.

"Me parece perfecto. Yo pensaba dirigirme al sur", sonrió Lucas. "Son las localizaciones más probables, así que no importará si rastreadores menos eficientes recorren el resto del área"

"El resto lo rastrearéis también vosotros dos. Iréis por parejas", anunció Leo. "Un rastreador, y un hombre cubriéndole las espaldas. Y es buen momento también para informaros de que desde ahora y hasta nueva orden, nadie saldrá solo. Ni a cazar, ni a la ciudad, ni a ningún otro maldito sitio fuera de esta casa y sus jardines. Y os hago personalmente responsables de que está advertencia se cumpla sin excepción"

"¿Parejas de guerrero y rastreador para recorrer el terreno que circunda la casa, y un toque de queda? No es que quiera discutir vuestras ordenes, pero ¿no es un poco exagerado?", preguntó Glauco.

"¿Qué edad tienes, Glauco?", pregunté.

Él pareció sorprendido, e incluso un poco irritado con la pregunta. Sin duda ha imaginado que intentaba reprenderle, pero esa no es mi intención. Sólo intentaba hacerme una idea de hasta que punto entendería lo que estaba a punto de narrarle.

"Cinco siglos. Año arriba, año abajo", respondió con cierta altivez.

"Suficiente entonces", suspiré. "Los demás, ¿pasáis todos de los tres siglos?"

Todos asintieron. Miré a Leo, que me incitó a continuar con un gesto.

"Quizá no sea necesario ahora, hermano. Pero quizá si. Y cuanto antes estén preparados, mejor", me instó.

"Hace unos días, los hombres de nuestros aliados se enfrentaron con un lobo", dije, esperando sus reacciones.

Tal y como había esperado, Glauco, el más antiguo de ellos bufó sonoramente. Los demás mostraron distintos grados de sorpresa y cierta irritación, pero ni de lejos como la de él. Eso confirmó lo que yo ya sospechaba. Que ya había tenido que vérselas con los lobos en el pasado. Hasta los más jóvenes fueron a la guerra en esos tiempos. No disponíamos de guerreros suficientes entre los antiguos, y perdimos aún más cuando empezaron las luchas.

"¿Cómo pudo esconderse todo este tiempo?", gruñó.

"Era joven. De primera generación", aclaró Leo.

Los ojos de todos se abrieron de par en par, y el olor de la furia inundó la estancia.

"¿Alguien está creando lobos? Creí que el secreto de su creación se había guardado para siempre. Hicisteis un pacto. Nadie volvería a crearlos", exclamó John.

"Si los lobos están apareciendo de nuevo, nadie está seguro", susurró Glauco.

"¿Nos lo dices a nosotros?", replicó Leo irritado. "No damos las ordenes por capricho. No sabemos si lo que ha ocurrido en casa de Lisías puede estar pasando en más sitios. Hasta que esta situación se aclare, ninguno de vosotros irá solo a ninguna parte. Y ocupaos de que las mujeres vayan siempre acompañadas a cazar o a la ciudad. Hasta un lobo joven puede acabar con un guerrero poco experimentado sin problemas"

Todos asintieron como un solo hombre. La mención de los lobos hace más por la obediencia, que cualquier demostración de poder de los generales de un ejército.

"Y no es necesario que os diga que debéis mantener absoluta discreción sobre este tema. Nadie que no pertenezca a la familia será informado. Y ningún miembro que pueda unirse a nosotros en un futuro próximo entrará en el secreto a menos que tenga la antigüedad suficiente para recordar. Leo y yo nos ocuparemos personalmente de castigar cualquier infracción. ¿Lo habéis comprendido bien?", expliqué con mi mejor tono de mortal advertencia.

Volvieron a asentir sin dudarlo ni un segundo, y les dediqué una sonrisa complacida. Bien, lo más difícil ya está hecho. Ahora viene la segunda parte, mucho menos complicada.

"Glauco, ve con John. Lucas, a ti te acompañará Alain", sugerí.

"¿Y yo?", preguntó Antonio, molesto por quedar fuera de los planes.

"A ti te necesitamos aquí, Antonio. No te preocupes, hay trabajo para todos", sonrió Leo.

"Los demás podéis marchar ya. Sed minuciosos, pero tened cuidado. Si encontráis lo mínimo que haga sospechar que hay un lobo aunque sea a kilómetros de distancia, no os hagáis los héroes. Volved aquí de inmediato y avisadnos. ¿Entendido?", ordené.

Después de asegurarnos de que todos dieran su conformidad, los despedimos con un gesto. Espero que cumplan las órdenes al pie de la letra. Salvo Glauco, los demás son demasiado jóvenes para enfrentarse a lobos. Las cosas han cambiado mucho desde que Leo y yo fuimos trasformados. En la época en la que nosotros teníamos la antigüedad de estos hombres, ya éramos más que capaces de cuidar de nosotros mismos. Claro que las oportunidades de buscar problemas eran mucho mayores, y no nos quedó más remedio que salir a toda prisa del cascarón. Eran tiempos oscuros, mucho más peligrosos que los actuales. Y no sólo entre los mortales. Incluso entre los nuestros el poder no estaba tan repartido y equilibrado como ahora y las guerras intestinas eran mucho más frecuentes. Pero ahora las cosas están mucho más tranquilas. Las peleas entre los nuestros, al menos las grandes peleas, son infrecuentes. Y las luchas humanas han dejado de tener interés desde que ya no se basan en el combate cuerpo a cuerpo, por que aunque muchos de nosotros nos hemos acostumbrado a utilizar la tecnología de forma habitual, en cuestión de luchas, la inmensa mayoría seguimos prefiriendo las armas de las que nos ha dotado la Madre Naturaleza. Y no sólo porque las armas de fuego no nos hacen demasiado daño. También porque no resultan nada prácticas para quemar adrenalina, algo que todos necesitamos desesperadamente.

Y lo peor es que a pesar de ello, y precisamente por culpa de la tranquilidad de estos tiempos, los jóvenes tardan una eternidad en aprender a luchar. Demasiados adornos, demasiadas tonterías y poca efectividad. Cuesta mucho tiempo y esfuerzo formar a buenos guerreros. Y los pocos que quedan antiguos, ya están más que afianzados en sus propias familias, bien como miembros o como cabezas de clan. No somos demasiados. Las guerras contra los lobos terminaron con muchos de los nuestros. Ahora la inmensa mayoría de mi especie, son jóvenes de poco más de tres siglos. El tiempo que hace que no se ve ningún lobo.

"No puedo creer que vuelva a haber lobos", susurraba Antonio. "He oído rumores, comentarios, historias de batallas contra ellos, pero nunca me he encontrado con ninguno. Llevo toda mi existencia viviendo a este lado del mar, y aquí no llegaron la última vez. Y por fortuna, por lo que me han contado. ¿Es cierto todo lo que dicen?"

"No sé todo lo que se dice, pero si sé que Lyosha y yo no nos preocupamos con facilidad. Y estamos bastante preocupados", respondió Leo con una mueca.

"Olvídate de eso por ahora, Antonio. Los hombres de Lisías se harán cargo. Nosotros tenemos otras preocupaciones más inmediatas. Acabas de decir que siempre has vivido en este continente, ¿es así?", pregunté. Asintió. "Bien. Como ya imaginarás, antes de instalarnos recabamos numerosos informes sobre la situación en este continente. Creíamos estar lo suficientemente preparados, pero aún así nos gustaría verificar nuestros datos. Tú llevas mucho tiempo aquí, y conoces la situación en primera persona"

"Así es. Y he llevado a cabo mis propias averiguaciones. Como os dije cuando nos reunimos por primera vez, Magda y yo llevamos tiempo buscando una familia de nuestro agrado. No me gusta tomar decisiones de las que pueda arrepentirme"

"Una actitud que mi hermano aprobará sin ninguna reserva", sonrió Leo.

Antonio le devolvió la sonrisa, y yo aproveché ese pequeño instante de distracción para rebuscar en su mente. Quiero estar seguro de su sinceridad, y más aún de su lealtad. Lo que encontré no me decepcionó lo más mínimo.

"Lo que precisamos de ti es que pongas por escrito todo lo que creas que puede ser de utilidad. Y lo necesitamos antes de tres días", anuncié.

El disimuló rápidamente una expresión de fastidio, que aún así no pasó desapercibida ni a mis ojos, ni a los de mi hermano.

"Sé que es una tarea aburrida. Y sin duda hubieras preferido acompañar a tus primos en su rastreo. Y lo comprendo perfectamente, créeme. Pero esto es importante. Mucho más importante que lo que ellos están haciendo, y te aseguro que sabremos compensártelo", se apresuró a añadir Leo.

Sus palabras le complacieron enormemente. Y no por la posibilidad de una compensación, sino por recibir la encomienda de una tarea de suma importancia a los pocos minutos de haber sido admitido como miembro de pleno derecho de la familia. Pude ver que pretende esmerarse al máximo en lo que se le ha pedido, y me alegré de haberlo elegido. Las tediosas tareas administrativas no son plato del gusto de casi nadie, y la mayoría hubiera imaginado una forma de deshacerse de ellas cuanto antes. Redactarían cuatro datos, y pasarían a otra cosa. Pero no me cabe ninguna duda de que Antonio hará un buen trabajo. Se puso en pie de inmediato y solicitó permiso para salir y ponerse manos a la obra. Mientras se dirigía a buscar a su compañera, pensaba en pedirle que redactara su propio informe para ayudarle a recordar datos trascendentes que a él pudieran olvidársele. Me pareció una gran idea. Las mujeres suelen ser más observadoras para los pequeños detalles, y en cuestiones de diplomacia, un pequeño detalle marca una gran diferencia.

"¿Y todo esto ha surgido de la reunión con Malachy? Lamento habérmela perdido", comentó Árvidas.

Leo y yo nos miramos. Aún no habíamos tenido ocasión de comentar los crípticos comentarios de Malachy, y aunque yo sé cual es la opinión de mi hermano, y como ha llegado a ella, necesito poner en voz alta mis argumentos para escuchar sus posibles críticas o puntualizaciones. Y Árvidas también puede sernos de utilidad, aunque algo me dice que intentará defender el punto de vista de su antigua familia. Pero quizá eso nos ayude a mantener la objetividad.

"Malachy no es lo que parece ser", comenté a modo de introducción.

Tal y como esperaba, Árvidas se incorporó ligeramente en su asiento, concediéndome toda su atención.

"¿Qué quieres decir exactamente con eso?"

"Para empezar, no es nativo. Su verdadero nombre es Mordecay y creo que es austriaco, o algo parecido. No lo recuerdo. Luché en una ocasión a su lado hace mucho tiempo", aclaré.

"De eso quería hablarte, hermano. ¿Qué recuerdas de él?", preguntó Leo.

"No demasiado. Recuerdo que era valiente, e impulsivo. Parecía ansioso por demostrar su valor, y eso hizo que se metiera en un problema demasiado grande para él. Lo rodearon entre varios, y estaban a punto de acabar con él cuando yo intervine. No me desagradó. Pensé que era un inconsciente, pero eso nunca me sorprende en los más jóvenes"

"Eso ya no se parece demasiado a lo que Lisías sabía de él, pero puede deberse simplemente a que ha borrado muy bien sus huellas. ¿Os ha dicho algo importante?", preguntó Árvidas.

"Afirma que los informes de tu primo son erróneos. Que alguien lo está calumniando, y que en realidad el no es el autor de todos los hechos que preocupaban a Lisías", respondió Leo con expresión concentrada.

"Estupendo ¿y puede saberse a quién le ha echado la culpa?", preguntó Árvidas con evidente desprecio.

"Eso es lo más curioso. No ha acusado a nadie. Pretendía reunirse con nosotros para mostrar su verdadera imagen antes de que alguien más confirmara los informes de Lisías. De los que, por cierto, conocía su contenido", aclaré yo.

Leo me dirigió una mirada inquisitiva, y yo asentí.

"Por supuesto que lo comprobé, Leo. Sabe perfectamente lo que nos han contado de él", repliqué.

"Tampoco me sorprende. Los hombres que mandó Lisías no eran precisamente lo mejor que tiene", gruñó Árvidas. "¿Y qué opináis, entonces?"

"Yo le creo", afirmó Leo con seguridad. "No me malinterpretes, tiene mucho que esconder ¿Acaso no lo tenemos todos? Pero si pienso que la situación aquí puede ser un poco más complicada de lo que parecía en un principio. Y no por él"

"Tendremos que llamar a Lisías. Pero estaba esperando a reunirnos con un par de familias más, y a ver que tiene que contarnos Antonio", comenté.

"Y a que los jóvenes confirmen o desmientan que hay lobos en nuestros terrenos, ¿no es así?", preguntó mi primo con una sonrisa desprovista de humor.

Asentí. Por supuesto que es así. Si los lobos se están extendiendo de nuevo, nuestros pequeños problemas domésticos importarán bien poco. Habrá problemas mucho más urgentes que solucionar. Un pesado silencio cayó entre nosotros y mi mente se deslizó hasta la de Leo, buscando el rumbo de sus pensamientos. Esta vez no fue sólo por la fuerza de la costumbre. Mi hermano parece demasiado concentrado, y encerrado en si mismo. Lo que vi, hizo que mis ojos volaran hasta él con la velocidad del rayo.

"¿Crees que encontrarán lobos?", pregunté con preocupación.

Leo se inclinó y miró sus manos antes de hablar, midiendo sus palabras cuidadosamente. Eso me preocupa aún más que los lobos.

"Estoy convencido de ello. ¿Quién iba a crear un solo lobo? No es algo que pueda hacerse por error, lo sabes bien", respondió.

"Pero, ¿aquí? Estamos a mucha distancia de donde apareció el primero", respondió Árvidas. Creo que intentaba convencerse a sí mismo, mucho más que a mi hermano. "¿Por qué piensas que puede haberlos aquí?"

"No lo sé", gruñó Leo, poniéndose en pie. "Vamos, hermano. Hablemos con Nadya. Necesitamos de sus premoniciones"

Me levanté de mi asiento, y Árvidas me imitó de inmediato.

"Yo iré a rastrear los terrenos que están fuera de los lindes de la casa", dijo secamente.

Hay un tono retador en sus palabras. Sabe que nos negaremos, y pretende discutirlo hasta la saciedad. Eso no me detuvo. Hemos dado una orden, y pretendo que se cumpla al pie de la letra. No estoy dispuesto a perder a ningún hombre.

"Espera a que alguien pueda acompañarte", ordené.

El torció el gesto.

"Entiendo la necesidad de obligar a los jóvenes a que salgan en parejas, Aleksei, pero yo sé cuidarme solo. E iré mucho más rápido así. Si me haces llevar a uno de esos niños conmigo, no terminaré jamás", gruñó.

"Y sin embargo, eso es lo que pretendo hacer. No podemos prescindir de ti, primo. Eres demasiado valioso para esta familia", repliqué.

Mis halagos serenaron la furia que está empezando a sentir, pero no hicieron gran cosa con su determinación. Permaneció en silencio, mirándonos desafiante, debatiéndose entre la obediencia y su deseo de solucionar esta situación cuanto antes. Al mirar en sus pensamientos, supe que no había mucho que pueda hacer. Ha decidido a irse, con o sin nuestro permiso. Y aunque me irrita, también aprecio su valor.

"Eres un maldito testarudo", sonreí. "Ve con cuidado"

Nos dedicó una sonrisa salvaje, antes de salir velozmente hacia la entrada principal. Leo me miró desaprobador.

"No puedes empezar a hacer excepciones con todas las órdenes, hermano. Por muy capaz que sea, Árvidas está bajo nuestro mando. Y si damos una orden, debería cumplirla como el que más", masculló irritado.

"Iba a desobedecer de todos modos. Así que prefiero que sea con nuestro consentimiento que sin él. Eso sentaría un precedente aún peor. Podría haberle obligado, Leo. Pero nos ganaremos más su respeto cediendo en esto, confía en mí", pedí.

Leo no parece nada satisfecho con mi decisión, pero terminó por encogerse de hombros y encaminarse hacia las escaleras en busca de Nadya, sin replicar una sola palabra. Está a todas luces irritado, y no me hace la menor gracia, así que pensé que era mejor solucionar ahora mismo nuestras diferencias a la hora de interpretar el mando. La idea de recurrir a las premoniciones de Nadya, me parece muy oportuna, y podría ser de utilidad. Pero sólo es un 'podría'. Las premoniciones de Nadya no siempre se refieren a lo que ella desea saber, y yo no me siento bien con el enfado de mi hermano. Para mí eso es un problema más acuciante que cualquier otro que pueda surgir de momento.

"Leo, espera", lo detuve.

Se volvió hacia mí desde lo alto de las escaleras, mirándome con irritación.

"¿Qué pasa ahora?", gruñó.

"Hablemos de esto", sugerí.

"No hay mucho de que hablar. Mi prudente hermano ha tomado una decisión arriesgada y en mi opinión errónea, que pondrá en peligro a uno de los miembros más valiosos de esta familia. Sin consultarlo conmigo, y desde luego sin mi aprobación. Eso deja muy claro en cuanto valora mi criterio"

"No podemos consultarnos cada maldita palabra, Leo", repliqué. Estoy empezando a enfurecerme.

"Desde luego que no. Pero al menos esperaba que lo hicieras con las cosas importantes. Si quieres asumir el mando tú sólo, hermano, adelante. Al fin y al cabo, eres el mayor", espetó venenosamente.

"¿Sabes? Debería hacerlo. Así por lo menos no tendré que soportar tus continuas críticas. Dado que eres tan aficionado a que las órdenes se cumplan al pie de la letra, obedecerás sin rechistar a todo lo que yo sugiera", rugí.

Me arrepentí de mis palabras en el mismo momento en que las hube pronunciado, pero era demasiado tarde. Me había dejado llevar por la ira, y había terminado por estropear aún más lo que quería arreglar. Leo me dirigió una mirada letal, y bajó las escaleras en un alarde de velocidad para situarse frente a mí con actitud amenazadora.

"Si quieres el mando, eslavo, tendrás que ganártelo", me retó.

Puede que él tenga razón y yo esté equivocado. Puede que hubiera debido consultar mi decisión con él. Y desde luego, puede que no hubiera debido hablarle así. Pero nadie me amenaza y se va tranquilamente por la puerta. Ni siquiera él. Dejé que la ira me invadiera y me preparé para atacar.

Fue entonces cuando escuché una voz familiar en lo alto de las escaleras. Nadya.

"¡Basta! ¿Se puede saber que demonios estáis haciendo?", gritó, volando escaleras abajo para situarse entre nosotros.

"Apártate, Nadya", gruñí.

"Déjanos arreglar esto a nosotros", añadió Leo.

Nos miró un instante con dolorosa preocupación, pero en un segundo su cara cambió por completo. Casi pude palpar el olor de su ira. Se transformó ante nuestros ojos en la criatura brutal que había amenazado a Árvidas, pero cien veces peor. Sus ojos se convirtieron en dos carbones encendidos, su piel adquirió el brillo azulado con el que sólo nos regala cuando se sienta ante de sus máquinas. Cada músculo de su cuerpo pareció tensarse y disponerse al ataque. Me quedé tan atónito contemplándola, que no vi llegar su golpe, y lo mismo le ocurrió a Leo. Nos empujó con violencia, y con una fuerza que nunca había conseguido conjurar hasta ese momento, y los dos trastabillamos un par de pasos, separándonos. Mi ira se esfumó como el humo, y lo mismo ocurrió con la de mi hermano. Ahora sólo tenemos ojos para ella. Está imposiblemente hermosa. E imposiblemente furiosa.

"¿Qué diablos os proponíais, malditos estúpidos? ¿No tenemos bastantes problemas ya? ¿Pretendéis volverme loca?", exclamó. "¡Haced el favor de solucionar vuestros problemas como seres civilizados y no como condenadas bestias!"

Leo sonrió alegremente. Tuve la presencia de ánimo necesaria para buscar en su mente, y comprobé que su enfado ha desaparecido por completo. En algún lugar muy remoto de su cabeza, perdida entre decenas de pensamientos abiertamente lujuriosos hacia la increíble criatura que nos mira airada en el centro del vestíbulo, apareció la idea de disculparse. Lo mismo me ocurre a mí. Ha sido una discusión absurda, motivada únicamente por la preocupación, y ahora la lamento profundamente. Pero eso está muy abajo en mi lista de prioridades en este momento. Ahora, en lo alto de esa lista sólo está la necesidad de poseer cuanto antes a la hermosa fiera que nos mira con genuina ira, sin limitaciones humanas ni prevención alguna. Me aproximé hasta ella, dispuesto a arrastrarla escaleras arriba, y Leo me imitó sin dudarlo ni un instante. Ella se escabulló velozmente y nos encaró desde el primer escalón.

"Ni se os ocurra ponerme un dedo encima hasta que no os disculpéis. Entre vosotros, y ante mi", ordenó con un susurro ronco.

Avancé otro paso. Ya habrá tiempo para disculpas después. Mucho después.

"¡Ahora!", rugió.

Me detuve a regañadientes, sin poder apartar los ojos de ella ni por una décima de segundo.

"Lo lamento muchísimo, Leo. No debí tomar esa decisión sin consultarte", me disculpé sinceramente, sin dejar de contemplar a Nadya.

"Yo si que lo lamento, hermano. Estaba demasiado preocupado y me dejé llevar por la furia. Fue una estupidez", respondió Leo, contrito. "Lo sentimos, querida"

"Sois un maldito par de niñatos ¿vais a decirme por qué diablos estabais a punto de...?"

No la dejamos continuar. Antes de que pudiera terminar la frase, y la fiera que había aparecido ante nuestros ojos se esfumara por completo, la arrastramos al dormitorio sin atender a sus protestas. He renunciado a satisfacer mi ira, pero no voy a dejar pasar la oportunidad de satisfacer otras emociones más gratas. Y eso si que no necesito consultarlo con mi hermano, está aún más impaciente que yo mismo, si eso es posible. Ese fue mi último pensamiento coherente, mientras me deshacía de un brusco tirón de todas las capas de tela que me impedían alcanzar el único objetivo en el que puedo concentrarme en este instante. El cuerpo de Nadya.