Arthe, pues no te queda nada. Jajajaja. Bueno, debo reconocer que he líado la madeja un montón, pero ya está a punto de desenredarse. Y en un par de capítulos podrás ver de nuevo a tu amorcito. ¿Contenta?
Y no soy mala. Sólo un poco malvada jajajja (risa malévola)
AGGGG.. ¿Tendré que esperar mucho para ver los siguientes capítulos de tus historias? Cuernos, cuernos, cuernos. No podré soportarlo, aviso. (Vamos, sólo un capítulito más de mi historia, y otro de la PE para ayudarme a sobrevivir, porfaporfaporfa. Uno solo de cada, venga...)
Vale,
te dejo a Alessandro alguna vez. Alguna. Dentro de un par de siglos,
o algo.
(Esto va a terminar con Kara pidiendo veto sobre Lyosha, y sino, tiempo al tiempo)
ALEKSEI. Reuniones.
Es demasiado absurdo para ser cierto, y sin embargo, cuando la idea apareció en mi mente no pude sacarla de ahí. Encaja a la perfección. La situación se está complicando por momentos, y más teniendo en cuenta que ese es el clan que piensa visitarnos esta misma noche. No estamos preparados para recibirlos. No lo estamos en absoluto. Claro que por eso se habían presentado ante nuestra puerta con tanta prisa. Como bien ha dicho Nadya, la mayoría de los nuestros aquí apenas pasan del siglo. Eso les habría permitido lanzarse a la creación de lobos sin que ninguno sospechara lo que estaba sucediendo o las consecuencias de tal acción. Guardar el secreto sobre su creación fue un modo de protegernos, pero al mismo tiempo dejó en las tinieblas a todas las generaciones posteriores. No pueden estar preparados para luchar contra lobos o para detener su creación, porque ni siquiera sospechan de su existencia. ¿Y por qué deberían, al fin y al cabo? Se suponía que jamás volverían a existir. Si realmente el clan de Mateo había decidido empezar de nuevo con la pesadilla de los lobos, estaba protegido por la ignorancia de los jóvenes. Pero ahora llegábamos nosotros, y la situación se complicaba para ellos. Tenían que asegurarse nuestra amistad y nuestra confianza antes de que pudiéramos darnos cuenta de lo que ocurría.
"Si eso es cierto, ahora entiendo a que venían tantas prisas", mascullé. "Aquí no hay nadie tan antiguo como nosotros, y somos los únicos que podemos descubrirlos y detenerlos. Necesitan que nos pongamos de su lado, antes de que sea demasiado tarde"
"Y también explica el por qué de tantos rumores negativos acerca de Malachy", añadió Leo.
"¿A qué te refieres, hermano?"
"Tú mismo lo has dicho. Podemos descubrirlo porque somos antiguos. Quizá Malachy no lo sea tanto como nosotros, pero si lo suficiente para recordar. Van contra él, y que me aspen si no piensan echarle la culpa de la creación de los lobos", rezongó.
Eso tiene mucho sentido. Tanto que estoy a punto de negarme a recibir a Mateo. Pero no puedo resistir la curiosidad de buscar en su mente y confirmar lo que estamos hablando en este momento. Necesito saberlo, y necesito entenderlo. ¿Qué diablos pensaba para volver a crear lobos? Nadie en su sano juicio se arriesgaría de nuevo a batallar contra ellos. Ya nos habían mermado bastante la primera vez. Es absurdo e irracional. Claro que lo es mucho más presentarse ante un lector de mentes con la idea rondando en tu cabeza. Todos los que han oído hablar de mi saben de mi don, y Mateo tiene que estar enterado también. Quizá piense que por cortesía no intentaré saltarme sus barreras mentales, y probablemente así hubiera sido de no tener la sospecha cada vez mas firme sobre lo que está haciendo. Pero aunque no me saltara sus bloqueos, sólo el hecho de encontrarlos me daría que pensar. Quien no tiene nada que ocultar, no bloquea sus pensamientos, y ahí está mi hermano para demostrarlo.
"¿Y ahora que hacemos?", preguntó Nadya.
"Recibirlo, por supuesto. Y ver que ocurre", respondí, más para Ángelo y para Leo que para ella.
He notado la suave intromisión de Nadya en mis procesos mentales desde el mismo instante en que entró en el salón. Ella no siempre es consciente de mi vigilancia, pero yo nunca dejo de darme cuenta de cuando intenta leerme. O cuando lo intenta cualquier otro. Llevo once siglos conviviendo con este don y no tiene secretos para mí. Lo domino con la misma facilidad con la que controlo mi cuerpo.
"No me gusta. Hay que ser idiota para presentarse con ese secreto en la casa de dos lectores", comentó Ángelo con un gruñido.
"¿Dos?". Por un momento me confundió esa afirmación, hasta que caí en la cuenta de que probablemente él había pensado que Nadya compartía mi capacidad cuando me comuniqué con ella minutos antes. Sonreí. "Nadya sólo puede leerme a mi. Tranquilo, tus secretos están a salvo en su presencia. Al menos hasta que decida buscarlos en mi mente"
"Cosa que rara vez me permites", me reprochó ella.
"Algo que agradezco", rió Leo, consiguiendo que ella lo fulminara con la mirada.
Y no sabe con cuanta razón. Si supiera la mitad de lo que esos dos han hecho juntos, íbamos a ver su expresión enfurruñada durante horas, pensé sonriente.
Escuché el sonido apagado de unos pasos en la distancia, y pude comprobar que la sonrisa de Leo se ensanchaba. Árvidas por fin. Ya está casi anocheciendo, y hasta yo empezaba a preocuparme. No sólo porque pudiera haberle ocurrido algo, sino también porque no habría manera de calmar el genio de Leo si así hubiera sido.
Se detuvo ante la puerta, y le invitamos a entrar de inmediato. Apenas hubo caminado dos pasos dentro del salón cuando frenó en seco, clavando sus ojos en Ángelo. En su cara apareció la sombra de una sonrisa, que disimuló de inmediato.
"Nadezhda, no quiero criticar tu labor, pero deberías hacer algo por la salubridad de esta casa. Se nos están colando ratas", comentó en tono ligero.
"Yo no me preocuparía. Seguro que aparecen docenas de gatitas que intentaran cazarme", sonrió Ángelo.
"Si te acercas a mi mujer, te arranco las tripas", replicó Árvidas con idéntica sonrisa.
"¿Otra vez?", preguntó el aludido, en tono indiferente.
Se miraron un instante, antes de romper a reír. Ángelo se levantó, y estrecharon sus manos con firmeza.
"¿Qué diablos haces tú aquí?", preguntó Árvidas, a todas luces encantado con su presencia.
"¿Yo? ¿Qué diablos haces tú? Yo he venido a cumplir la promesa que le hice a mi creador de unirme a él cuando se estableciera"
Árvidas se volvió hacia nosotros, demandando una respuesta. Leo sonrió alegremente y levantó la mano, respondiendo con ese gesto a la pregunta silenciosa de nuestro primo. Éste sacudió la cabeza.
"Así que tú eres el culpable de este desastre. Tenía que haberlo imaginado", sonrió.
"Todo lo bueno lo heredo de mí. El resto es cosa suya", respondió Leo, con un divertido encogimiento de hombros.
"Me temo que es lo 'bueno' lo que nuestro primo le critica", repliqué yo entre risas.
Escuché una puerta abrirse, y antes de que pudiera siquiera procesarlo, Cora entraba como un vendaval en la habitación, ante la mirada desaprobadora de Nadya. Sue que venía tras ella, se detuvo en la puerta con gesto preocupado.
"Lo lamento", se disculpó en dirección a Nadya. "Me despisté un segundo, y fue demasiado tarde para detenerla"
Nadya hizo ademán de levantarse, pero la detuve de inmediato.
"Deja que Árvidas se ocupe, querida", la insté.
"Pero..."
"Hazme caso", insistí
Que Nadya intervenga sólo conseguirá humillar más a nuestro primo. Aunque en realidad, no tiene nada que reprocharse. Cora es demasiado joven para poder controlarla. Tardará mucho tiempo en poder controlar sus sentimientos vampíricos, y ni la supervisión de Sue, o los consejos de Nadya pueden hacer demasiado en ese tema. Es demasiado complicado acostumbrarse a ellos.
"¿Dónde has estado? Estaba loca de preocupación", gemía Cora, abrazándose a él.
Árvidas le dirigió una mirada severa, separándola con delicadeza de su cuerpo.
"Cora, sólo he estado fuera un día y medio"
"Pero no me avisaste, ni me dijiste a donde ibas", protestó ella.
Pude ver que en la mente de Ángelo aparecía una ácida burla. Iba a intervenir cuando Leo le dirigió una mirada de advertencia y la burla murió en sus labios antes de nacer. Eso me complació. Es casi tan deslenguado como mi hermano, pero también es un punto a su favor que pueda callarse si se le ordena. Dudo mucho que Leo fuera capaz de hacerlo cuando aún era tan joven como Ángelo. Su teoría es que no debe decir nada si no puede hacer frente las consecuencias, pero mi hermano siempre ha sido muy capaz de defenderse, así que es bien poco lo que su lengua no deja escapar.
"Cora, espérame arriba. Después iré a verte y podemos hablar de esto", ordenó Árvidas. "Ahora"
Cora pareció dispuesta a replicar, pero Sue se deslizó discretamente en la habitación, y la tomó con suavidad de los hombros, susurrándole palabras tranquilizadoras. Cora se dejó arrastrar con una mirada dolida, y al cerrarse la puerta, Árvidas se dejó caer en el sofá con expresión molesta.
"Lo siento, primo. Debí controlarla", murmuró Nadya.
"No es culpa tuya. Es difícil dominar las emociones de los jóvenes", respondió él, desechando sus disculpas con un gesto. "Dejemos eso. Hay cosas más importantes de las que ocuparse. Mirad esto"
Nos tendió un periódico arrugado que sacó del bolsillo de su gabán. Estaba abierto y doblado por una página en especial, que mostraba una fotografía de un hombre desangrado. Lo extendí en la mesa de centro, para que todos pudiéramos ver lo que Árvidas pretendía enseñarnos.
"Rastreé toda la zona y seguí la carretera hasta la ciudad, sin ver nada que pudiera preocuparnos. Me enfrasqué de tal modo, que se me hizo más tarde de lo que esperaba, así que decidí buscar un teléfono desde el que avisaros. Iba en busca de una cabina, cuando al pasar por un quiosco vi eso", explicó, señalando con el dedo.
Analicé la fotografía y los demás me imitaron. El hombre yacía boca arriba, con el cuello evidentemente roto, y una herida cruzada sobre su pecho que llegaba desde su hombro izquierdo a la parte derecha de su vientre. Entendí porque la foto había llamado la atención de mi primo. Pero podía ser un lobo, como podía no serlo.
"Leed la descripción de las heridas", nos instó Árvidas.
"Entiendo que te llame la atención, pero tampoco prueba nada. El artículo no dice gran cosa", señalé.
"El artículo por si solo, no. Pero cuando lo vi, pensé que podía perder un poco de tiempo intentando enterarme de algo más. Busqué un bar, abrí el periódico por esa página, y esperé. Ya sabéis como son los mortales. Presumen de ser más compasivos que nosotros, pero las historias violentas les provocan una atracción morbosa. No esperé ni diez minutos, y el camarero me estaba contando toda la noticia con pelos y señales. Cuando apareció la primera víctima, en Los Ángeles, pensaron que se trataba de un animal. Pero después aparecieron más. La policía está totalmente desconcertada", explicó. "Como si me sorprendiera", añadió con desprecio.
"¿Cuántas más?", pregunté. La historia estaba empezando a captar mi atención.
"Doce en los últimos seis meses", respondió. "Con el mismo tipo de lesiones. Están buscando un arma que encaje en el trazado del las heridas, pero no han tenido mucha suerte", concluyó, con una sonrisa carente de humor.
"Si mi memoria no me traiciona, Los Ángeles está muy lejos. ¿En qué zona han encontrado a las otras?", preguntó Leo.
"A lo largo de seis estados. Bastante dispersos entre sí"
"Eso puede ser muchísimo terreno. Y muy alejado de nuestra área de influencia", comenté. "¿Estás seguro que es relevante?"
"¿Os molestaría con esto si no lo creyera? Si alguien conoce las heridas que causa un lobo, ese soy yo. El tipo del bar me contó que la mayoría de las víctimas tenían el cuello roto, y heridas aún peores que esta. Los mortales creen que se trata de un asesino en serie, que se mueve por todo el país. Pero, seamos serios. ¿Conocéis algún mortal capaz de romper así un cuello? ¿O de clavar un arma con esa fuerza? Leed lo que he traído. Una herida de más de ochenta centímetros de largo y dos dedos de profundidad. Un corte limpio, de un solo golpe, y cuando la víctima aún estaba consciente. Sin resistencia. Ninguna se resistió. No puede ser un mortal"
"Es demasiada casualidad que esto aparezca al mismo tiempo que los lobos, hermano. Y ya sabes cuanto odio las casualidades", lo apoyó Leo.
"Si la foto fuera más nítida... Necesitamos saber más de las otras víctimas", respondí.
"Yo puedo ayudar en eso", sonó la vocecita apagada de Nadya. "Puedo entrar en los archivos policiales. Seguro que incluyen las fotografías de la escena y las descripciones de los forenses. Si el caso ha atravesado varios estados, debe estarse ocupando el FBI. Y puedo colarme en su sistema. No sería la primera vez"
"¿Puedes hacer eso?", pregunté.
Lo que Nadya es capaz de hacer con sus ordenadores, siempre me sorprende. He nacido hace once siglos. Aún me parece increíble que una máquina pueda hacer el trabajo de un hombre, y vivo con una mujer que es capaz de hacer con un teclado y un cable una labor de investigación que a mí me llevaría meses. Por supuesto, yo no soy como Lisías. Soy perfectamente capaz de manejar un ordenador, y aprecio lo mucho que esas pequeñas máquinas han facilitado mi vida y mis actividades, pero ya desde los primeros tiempos de mi relación con Nadya, descubrí que aprender de los entresijos de la red me reportaría infinitas ventajas. He aprendido mucho en el último año, pero dudo que jamás llegue a su altura. Algo que ella sabe, y que le divierte enormemente. Si en algo está mi compañera segura de si misma, es en esto.
Nadya me dedicó una sonrisa de autosuficiencia.
"Será un juego de niños", sonrió.
"También necesitamos saber dónde han encontrado a las otras víctimas. Averígualo y centra los puntos en un mapa. Si sabemos donde matan, podremos deducir de donde vienen", sugirió Leo.
"Para eso no me necesitas a mí, Leo. Encontrarás los datos con cualquier buscador tradicional, y eres perfectamente capaz de hacerlo", replicó Nadya, con gesto de fastidio.
Leo sonrió divertido ante su actitud a todas luces molesta.
"Por supuesto, querida. Pero me gusta más ver como lo haces tú", la alabó, intentando librarse de la tarea.
Reprimí una sonrisa. Al igual que yo, Leo es bastante hábil con los ordenadores, pero la inmovilidad acaba con sus nervios. Para Nadya, cada búsqueda es una cacería, y las disfruta como si de un rastreo real se tratara, pero para nosotros no deja de ser una actividad que realizamos sentados y que no nos ayuda en absoluto a quemar adrenalina. Por más que lo intente, aún no ha conseguido que lo veamos como ella, y dudo que vaya a conseguirlo en un futuro próximo.
"Está bien. No me llevará demasiado tiempo. Haré un mapa para vosotros", masculló. "Pero si la policía no ha visto la relación, no sé en que puede ayudar. Seguro que tienen a todos sus expertos trabajando en eso"
Todos los presentes dejamos escapar una risa suave.
"Nadya, los mortales no verían la realidad ni aunque les golpeara en la cara. Es lo bueno de vivir en estos tiempos descreídos. Podríamos alimentarnos en la mitad de la plaza más concurrida de una ciudad, y lo último en lo que pensarían es en vampiros. Muchas de las noticias que aparecen en la prensa, querida, tienen una interpretación totalmente distinta a la que los humanos le dan", rió Leo. "Intentan llevar todo a su mundo racional y fallan miserablemente. Por todos los diablos, hasta la Inquisición acertaba más que la policía moderna"
Nadya lo miró confusa, y nuevamente los demás no pudimos reprimir una carcajada. Ella es un producto de su siglo, y aún no ha tenido la oportunidad de enfrentarse a que ciertas cosas existen, aunque los humanos hayan decidido que no es así.
"Algún día me tendréis que contar cuantos de los cuentos de niños son verdad", replicó molesta, demostrando una vez más lo mucho que odia lo que no sabe.
"Casi todos, querida, casi todos", respondió Ángelo con una sonrisa divertida.
"Aunque no se parecen demasiado a la realidad. Es sorprendente la facilidad que tienen los mortales para adornar un hecho con todo tipo de fantasías, y al mismo tiempo lo difícil que les resulta creerse la verdad", sonrió Árvidas.
En la mente de Nadya vi aparecer docenas de preguntas arrollándose unas a otras a velocidad de vértigo. Esperaba que llegara este momento más tarde o más temprano, y desde nuestra conversación en casa de Milton, suponía que no tardaría mucho. No obstante, si le permito ahora empezar con toda su inacabable retahíla de dudas, no terminaremos en meses. Ni se imagina las cosas que Leo y yo hemos llegado a ver. Y en menor medida, Árvidas y Ángelo. Hace tiempo que debí hablarle de algunas de las criaturas que aún arrastran su existencia por la tierra, pero una vez y otra vez, el inevitable instinto de protección que siempre mantengo con respecto a ella me lo había impedido. Nadya es de las que necesita comprobar las cosas por si misma, y hay muchos más seres peligrosos ahí fuera que los vampiros. Y los lobos sólo son la punta del iceberg.
"Esto no va a traer nada bueno, hermano", susurró Leo en mi mente, indicándome que ha pensado exactamente lo mismo que yo. "Querida, dejemos eso por ahora. Hay mucho trabajo que hacer", añadió en voz alta.
"Está bien. Pero cuando todo esto acabe, vosotros y yo vamos a tener una charla muy larga", amenazó.
"Apenas puedo controlar mi impaciencia", replicó Leo con sarcasmo.
"Bien, ahora Leo y yo tenemos que hablar. Árvidas, aprovecha para tranquilizar a Cora. Nadya, tú intenta componer ese mapa, Ángelo puede ayudarte. Nos veremos aquí de nuevo en quince minutos", ordené.
Todos se levantaron para cumplir nuestras órdenes. Cuando Nadya y Ángelo estaban a punto de atravesar la puerta, Leo los detuvo con un alegre silbido.
"Nadezhda, querida. Sólo el mapa, ¿de acuerdo? Me costó mucho educar a Ángelo, no quisiera tener que acabar con él", indicó sonriente.
Nadya le dedicó una mueca burlona antes de darnos la espalda y salir con su mejor gesto de dignidad.
"¿A qué ha venido eso?", preguntó Ángelo.
"Ya te lo contaremos en otra ocasión. Pero si Nadya decide desoír los consejos de Leo, haznos un favor a todos y no pienses lo que vas a pensar. Y te aseguro que te estaré leyendo para comprobarlo", sonreí.
"Habla en serio. A mi me dijo lo mismo la primera vez que la vi delante de un ordenador", añadió Leo. "Y no pienso permitir que contigo termine igual que conmigo"
Ángelo enarcó las cejas, y terminó por encogerse de hombros y salir tras los pasos de Nadya. Leo sonríe, pero su mente me dijo que aunque fuera su amigo y su creación, no dudará en arrancarle los ojos si no se comporta con el debido respeto. No puedo culparlo por eso. Cuando yo le advertí a él, pensaba algo muy similar. Y mi hermano no es menos celoso que yo.
Cuando la puerta se cerró tras Ángelo, Leo se volvió hacia mi. Ya ha supuesto que tengo un plan y quiero consultarlo con él, y debo decir en su honor que no hay el menor rastro de sarcasmo en sus pensamientos. Dudo que yo pudiera ser tan ecuánime. Si hubiera sido él quien me hubiera molestado tomando una decisión contraria a mi opinión sin consultarme, no podría evitar algún comentario irónico al ver que ahora me molesto en sacar a todo el mundo de la habitación para poder trazar planes con tranquilidad.
"Todo está demasiado en el aire, Lyosha", empezó.
"Eso mismo pienso yo. Puede que haya lobos. Puede que los esté creando el clan de Mateo. Puede que Malachy no sea lo que parece... Puede, puede, puede. Demasiados condicionales", gruñí.
"Nos faltan datos, y nos falta tiempo. Yo esperaría a la reunión con Mateo antes de mandar a nadie a buscar más información", sugirió.
"Y dependiendo de lo que esa reunión nos traiga, podremos tomar más decisiones", aprobé. "Hagamos una cosa. Esperemos a ver que tiene que decir Mateo. Mientras tanto, que Nadya intente entrar en esos archivos, a ver si saca algo de utilidad. Y cuando sepamos lo que Mateo tiene que decir, y contrastemos esa información con los datos que Nadya consiga, tomaremos una decisión"
Leo meditó mi propuesta un instante, lo que me sorprendió. Ya he visto antes en su mente que es lo que esperaba que yo propusiera, y que a pesar de sus deseos de salir corriendo y buscar información él mismo aunque fuera arrancándola a zarpazos, está de acuerdo con mi sugerencia. Me deslicé hasta su mente, buscando el hilo de sus pensamientos, y no pude evitar una carcajada. Debí haberlo supuesto.
"¿Estás a punto de rechazar mi plan sólo porque no podrás ver a Nadya mientras busca información?", pregunté entre risas.
El se encogió de hombros con una sonrisa divertida.
"¿Qué quieres? Me vuelve loco cuando se pone delante de esas malditas máquinas", rió.
"¿Hay algo que apague tu lujuria, hermano?", sonreí.
Leo fingió meditarlo durante un par de segundos, con expresión concentrada.
"¿Aparte de lo obvio, quieres decir? No, espera. Eso tampoco la apaga. Como mucho la calma unas horas. Y a mi no me vengas con cuentos, Lyosha. Tú no eres mucho más frío que yo. Para ser un nórdico, quiero decir", se burló.
"Y supongo que viniendo de ti, debo tomarme eso como un halago"
"Sin ningún género de duda", rió. "Ahora en serio, hermano. Dejando aparte que sabes bien que desespero por que salgamos ahí fuera y resolvamos la situación nosotros mismos, estoy de acuerdo con lo que propones. Y también creo que deberíamos llamar a Lisías en cuanto tengamos todos esos datos. Debe estar esperando noticias nuestras"
"Si, me parece una buena idea. ¿Y qué me dices de Árvidas y de Ángelo?"
"Ya sabes lo que pienso, Lyosha. Preferiría que tú y yo hiciéramos ese trabajo. En primer lugar, por que odio esta inactividad, pero sobre todo por que pienso que nosotros correremos mucho menos peligro que ellos", masculló.
"Te aseguro que a mi no me apetece ni un ápice menos que a ti, Leo", repliqué.
"Entonces hagámoslo, maldita sea", exclamó. "Salgamos de una vez y resolvamos todo esto"
"No podemos. ¿Quién se reunirá con los clanes? ¿Quién elegirá a los miembros de la familia? Y lo que es más importante, ¿quieres dejar a Nadya custodiada por los jóvenes sabiendo que los lobos pueden llegar en cualquier momento?"
Durante todo mi parlamento pareció dispuesto a replicar, pero en cuanto mencioné la seguridad de Nadya cerró la boca de golpe.
"Diablos", masculló.
"No te preocupes, Leo. Esto sólo sucederá los primeros tiempos. Después podremos salir a buscar problemas tan a menudo como lo desees", sonreí.
"Ya lo sé. Pero no esperaba que se me hiciera tan difícil", refunfuñó.
"Tampoco es fácil para mí, hermano. ¿O piensas que he pasado estos siglos mirando como me crecía el cabello?"
Asintió varias veces, sabiendo que estoy siendo sincero. Quizá consiga reprimirme con más facilidad que él, pero los dos estamos igual de acostumbrados a solucionar los problemas por nosotros mismos en lugar de ordenar que otros lo hagan por nosotros.
"¿Estamos de acuerdo entonces?", pregunté.
"Estamos de acuerdo. Esperaremos a ver que ocurre con la reunión y con lo que pueda aportar Nadya. Y si aún es necesario después de eso, enviaremos a Árvidas y Ángelo a buscar más datos"
Me debatí unos instantes pensando si se ofendería al hacerle la pregunta que rondaba en mi mente, pero mi preocupación se demostró innecesaria. Me miró sonriente unos segundos, antes de dejar escapar una risa suave.
"Vamos, Lyosha. No me parecerá mal que me lo preguntes. Yo lo haría de ser la situación a la inversa"
"Sigue practicando, Leo, y quizá consigas leer la mente en un par de siglos", reí.
Lo digo totalmente en serio. La conexión que mi hermano y yo compartimos es sorprendente. Los dos podemos saber lo que pensamos incluso sin necesidad de mi don. A veces me cuesta imaginar que apenas hace un par de meses que nos conocemos. Me siento tan unido a él como si lleváramos toda nuestra larga existencia conviviendo juntos. Los dos somos capaces de interpretar nuestros gestos y expresiones desde los primeros días con la misma facilidad que otros sólo adquieren con la práctica de años. Por eso no llegué a darle a nuestra discusión demasiada importancia. Soy totalmente consciente de que sólo su impaciencia por resolver él mismo la situación le llevó a discutir mi decisión. Necesita desahogarse de alguna manera, y rápido, o nos volverá a todos locos con su genio.
"Es muy hábil, Lyosha", respondió a la pregunta que yo no había necesitado formular. "Y no lo digo sólo porque yo lo haya entrenado, créeme. No lo enviaría de no ser así, y lo sabes"
"Si a ti te parece bien, a mi también", consentí.
"Pero si averiguamos quien está creando a los lobos, no podrás retenerme aquí", advirtió en tono letal.
"Hermano, en cuanto sepa quienes son, yo mismo te arrastraré al combate", sonreí. "Créeme, Leo, tengo tantas ganas de solucionar esto como tú. Y no precisamente recurriendo a interminables reuniones"
"Eso era justo lo que esperaba oír", aprobó. "De todos modos, los dos solos no podremos con ellos. Habrá que pensar quien está preparado para luchar"
Eso es una complicación. Exceptuando a Glauco, Árvidas y Ángelo, el resto de los miembros de nuestra familia son demasiado jóvenes. Ya he perdido a demasiados amigos durante las guerras, no estoy dispuesto a arriesgar la vida de mi familia. Y menos tan pronto. La mayor parte de ellos no están preparados para luchar contra lobos, ni siquiera contra lobos de primera generación. Y si los miembros del clan que los está creando son lo bastante antiguos, tampoco podrán combatir sin ayuda. Aún les queda mucho que entrenar para ser efectivos. Leo está analizando la situación, y considerando la posibilidad de incluir a un par de hombres más en la familia. Aún así no serán suficientes para atacar el refugio de otro clan sin que el riesgo sea demasiado grande.
"No serán bastantes, Leo", comenté, interrumpiendo el curso de sus pensamientos.
Él se encogió de hombros con indiferencia.
"No es demasiado complicado. Si realmente el creador es un clan americano, el propio Lisías y sus hermanos se plantarán aquí antes de que puedas colgar el maldito teléfono", sonrió. "Uno de nosotros dirige el ataque contra los lobos, y el otro contra sus creadores"
"Di más bien que la familia de Lisías dirige uno de los ataques, y nosotros el otro", reí. "Por mucho que sean nuestros aliados, dudo mucho que estén dispuestos a aceptar órdenes de alguien que no sea su hermano"
"Da igual. Siempre y cuando pueda acabar con una de esas criaturas, me importa muy poco quien mande", gruñó. "Nunca me gustaron. Jamás"
"Lo sé", asentí. Ya lo había visto en su mente. "Y por lo que he visto le has trasmitido esa misma repulsión a Ángelo"
Me resulta curiosa su fobia. Todos hemos acabado por detestar a los lobos. Yo mismo empecé a odiarlos mucho antes de las guerras, cuando empezaron a reproducirse. Envidia, supongo. Pero Leo los detestó desde que el primero de ellos vio la luz. Eso no es habitual. La mayoría de nosotros los consideraba útiles, y cuando menos curiosos.
"Nunca los soporté, Lyosha. No me preguntes porque. Siempre me parecieron repulsivos. Jamás he usado uno, y jamás lo habría hecho aunque no se hubieran rebelado contra nosotros".
Pareció dispuesto a seguir hablando, cuando un olor más que familiar y absolutamente embriagador llegó hasta nosotros. Levantó la vista hacia mí con rapidez, intentando leer en mi rostro lo que yo recibía de la mente de Ángelo. Antes de que pudiera serenarlo, la puerta de la sala de ordenadores se abrió y cerró velozmente, y Ángelo se detuvo junto a la puerta.
"Lo siento", dijo nada más entrar, sentándose sin siquiera recordar cerrar la puerta. "Es... Diablos... Yo... Quiero decir..."
Rompí a reír, lo que serenó a Leo, que se unió de inmediato a mis risas. Ángelo no ha llegado a pensar nada que pudiera ofenderme. Antes de eso, había salido huyendo de la habitación.
"Sabía que sería incapaz de resistir la tentación, maldita mujer", rió Leo.
Ángelo se serenó al ver que no parecíamos dispuestos a comernos sus entrañas y sacudió la cabeza, auténticamente aturdido.
"Espero que no os ofenda si os felicito. Es la mujer más increíblemente hermosa que he visto jamás", comentó respetuosamente.
"Si. Y es sólo nuestra", sonreí.
"Yo no quería decir..."
"Tranquilo, primo", rió Leo. "Si quisieras decir algo parecido, Lyosha ya te habría partido en dos. Ni te imaginas lo celoso que es", terminó en un exagerado tono confidencial.
"Claro, tú en cambio eres todo contención", repliqué.
"Por supuesto. Sólo te sigo la corriente para que no te sientas mal"
"Debí matarte esa noche en casa de Milton. Nunca le perdonaré a Nadya que me lo impidiera"
"Estoy de acuerdo. Si me hubiera dado tiempo a responder a tu amenaza, el muerto podrías ser tú. Y ahora yo tendría a Nadya para mi solo", respondió alegremente.
"Lamento interrumpir, pero dudo que el clan de Mateo tarde mucho", sonó el vozarrón de Árvidas desde la puerta.
"Cierto. Vuestra compañera no ha tardado ni cinco minutos en completar el mapa, pero por lo que he visto no parece muy revelador", comentó Ángelo, extendiendo unos cuantos papeles sobre la mesa. "En rojo están señalados los lugares en que se encontraron a las víctimas. Y en azul las localizaciones de las familias que están dentro de un radio razonablemente amplio. Según Nadya, estos seis están formados por jóvenes de menos de tres siglos, así que en principio podemos desecharlos"
Observé el mapa. Sólo quedan dos puntos azules, y uno sé perfectamente a que familia corresponde. Había estudiado esa localización al menos una docena de veces en casa de Lisías.
"Ese es Malachy", se adelantó Leo. "Déjame adivinar. El otro es Mateo"
"Exacto", gruñó Ángelo.
"Maldita sea. Estamos como al principio", mascullé.
"No exactamente. Uno de los dos es el creador", señaló Árvidas.
"No. Eso quiere decir que uno de los ocho clanes puede ser el culpable de los asesinatos. Pero no necesariamente de la creación de los lobos", replicó Leo.
Árvidas lo miró sin comprender, pero yo sé a que se refiere Leo. Yo mismo llevaba dándole vueltas a esa idea desde que llegó con las fotografías.
"Lo que quiere decir Leo, primo, es que si bien estamos de acuerdo contigo en que un mortal difícilmente podría causar esas heridas, uno de los nuestros podría hacerlo. Los asesinos no tienen porque ser lobos", expliqué.
"¡Oh, vamos! No podéis decirlo en serio ¿Por qué diablos iba uno de los nuestros a hacer algo así?"
"Para despistar. Por un ajuste de cuentas. Por aburrimiento. Por una caza de escoria", replicó Leo encogiéndose de hombros.
"No te irrites, Árvidas. Reconozco que los lobos son la explicación más plausible, pero hasta que no tengamos la descripción de las heridas, es preferible que estemos abiertos a otras opciones", aclaré, al notar que nuestro primo estaba empezando a perder la paciencia. "No tardará demasiado"
"Y ahí viene Mateo", advirtió Leo. "Avisad a Nadya que salga a recibirlo. Si es tan protocolario como dicen, le agradará ser recibido por la dama de la casa y no por uno de los guerreros. Iría yo mismo, pero en ese caso no garantizo que salgamos ninguno de los dos. En días", rió.
"Iré yo", se ofreció Árvidas, ignorando el tono divertido de Leo.
"Y vuelve tú también. Él va acompañado de dos hombres y una mujer. No queremos ser menos", añadió.
"Todo esto te pone de un humor excelente, ¿no es cierto?", le sonreí
"No veo por qué no. Lo peor que puede pasar es que confirmes que efectivamente es él el que está creando los lobos, y en ese caso terminará convertido en combustible para nuestra chimenea", respondió, devolviéndome la sonrisa.
"Y después la guerra", le recordé.
"¿Y eso es malo?", rió.
En realidad, no. Yo mismo estoy empezando a echar de menos algo de movimiento. Tantos días sentado recibiendo visitantes y planificando estrategias para hacer frente a lo que está sucediendo, me están poniendo de un humor de perros. Pero a mi me preocupan todos los cabos sueltos de la historia, algo que a Leo parece tenerle sin cuidado. Tampoco es que me sorprenda. Es precisamente eso lo que lo convierte en mi perfecto complemento. Yo planifico en exceso mientras él resume la situación y se lanza de cabeza a la batalla sin considerarlo ni un segundo. ¿Es Mateo el que crea los lobos? Estupendo. Vamos hasta su casa, y acabamos con todos ellos, y después ya veremos que sucede. Pero yo intento resolver ese 'que sucede' antes de tomar una decisión.
"¿Qué ocurrirá si tiene más apoyos entre los clanes más jóvenes?", pregunté, poniendo en voz alta lo que estoy intentando planear en ese instante.
Leo volvió a encogerse de hombros.
"Que este continente quedará muy vacío de los nuestros"
Ángelo soltó una carcajada, y yo no pude evitar el unirme a ella. Esa frase es la demostración de toda la estrategia de Leo. Una vez en el combate, tiene una mente fría y calculadora, pero la impaciencia por entrar en acción domina todos sus actos. Como él mismo dijo una vez, ocurre lo mismo con su lujuria. Durante siglos jamás ha perdido la oportunidad de arrastrar a su cama a una mujer por inoportuno que fuera el momento, pero una vez entre las sábanas el que domina la situación es él. Y sin embargo, a pesar de su aparente inconsciencia, jamás se meterá en un lío sin saber como salir de él. A mi no puede engañarme. Adopta la pose del impaciente deslenguado pero su mente es aguda como el filo de una navaja. Procesa, calcula y actúa a velocidad de vértigo, desechando todos los detalles que no considera importantes para analizarlos más adelante. Al contrario que yo, que me esfuerzo en dominar mi primer instinto y me empeño en tenerlo todo bien atado antes de actuar. No se puede ser tan planificador, pero tampoco tan insensato, y entre los dos hacemos un conjunto invencible. Yo sereno sus mal templados nervios, y él me empuja a desechar los inacabables detalles de una historia complicada.
La voz de un hombre nos llegó desde el vestíbulo, solicitando ser recibido con perfecta y exquisita cortesía. Nadya respondió con idéntica educación y sus pasos se aproximaron a nosotros. Abrió la puerta y dejó pasar a los invitados. No me costó demasiado deducir cual es Mateo por la actitud respetuosa con la que los suyos lo rodean. Es un tipo bajo y fuerte, de ojos y cabello oscuros. Supongo que un humano lo encontraría maravilloso, como les sucede con todos nosotros, pero a mi me parece muy poco atractivo. Sus rasgos carecen de armonía y la sonrisa torcida de su cara le da un aire despreciativo. Viste una camisa de chorreras y un magnífico chaqué de terciopelo color sangre, que hubiera sido la envidia de cualquiera un par de siglos antes. De hecho, los cuatro visten con ropas anticuadas, pero de exquisita factura. Trajes para los hombres, y un elegante vestido para la mujer, todos imitando la moda de siglos pasados. Y todos van exquisitamente bien peinados y arreglados.
"Si llego a saberlo, me hubiera puesto algo más adecuado. Creo que conservo algún traje del diecinueve", susurró Leo con sarcasmo.
Le devolví la sonrisa con disimulo. Al lado de ellos, parecemos un grupo de desarrapados. Yo llevo vaqueros y deportivas, al igual que Árvidas y Ángelo, y una camiseta blanca sin mangas. Leo se ha puesto unos anchos pantalones de loneta y una floja y desgastada camiseta de tirantes color caqui, con unas sisas que le llegan hasta la cintura. Calza unas sandalias romanas con las que los dedos de sus pies no dejan de jugar ni un segundo. Sólo Nadya lleva un vestido más o menos adecuado, pero ni de lejos puede compararse con la elegante vestimenta de la mujer.
¿Es que en este continente no hay nadie normal? En el fondo, esto no es más que la misma actitud de Malachy llevada al otro extremo. Demasiada preocupación por la apariencia, por las formas externas. Uno se rodea de parafernalia demoníaca, y el otro se viste como el maldito Conde Drácula.
"Es un placer saludaros", habló Mateo, sin esperar a ser presentado. Maldito presuntuoso. "Estos son mis oficiales, Caleb y Saulo. Y ella es mi compañera, Esther"
"Sed bienvenidos", saludó Leo. Dado que yo intentaré concentrarme en la mente de Mateo, me facilita la tarea llevando todo el peso de la conversación. Pero por ahora, yo no he recibido nada de su cabeza. Los cuatro mantienen un firme bloqueo y aún no es el momento de atentar contra todas las reglas de la más elemental cortesía violando sus defensas mentales. "Ellos son Ángelo y Árvidas. Nuestros generales", añadió disimulando el tono burlón de sus palabras, que sin embargo, surgió como una perdigonada en su mente.
"Si no os importa, preferiría mantener esta reunión en privado. A no ser que suponga una molestia para vosotros, mis acompañantes esperarán fuera"
"Desde luego", aprobó Leo, asintiendo en dirección a nuestros primos. Estos se levantaron junto con Nadya y se dispusieron a marcharse. Advertí a nuestra compañera que se mantuvieran cerca y alerta, y que no perdieran de vista a sus 'acompañantes' ni un segundo. No me gusta este tipo ni un poco. "Pero toma asiento, por favor"
Mateo se sentó con refinamiento en el sofá, adoptando una postura envarada y elegante que hubiera hecho las delicias de cualquier maestro de protocolo. Si piensa que con eso nos impresionará, está muy equivocado. Yo permanecí recostado contra mi asiento, las manos cruzadas sobre mi vientre y las piernas separadas. Leo mantiene la misma actitud relajada, igualmente recostado y con los brazos colgando laxamente sobre los apoyabrazos. Cruza las piernas apoyando un tobillo sobre el muslo, mientras golpea distraídamente la sandalia contra su talón. Nuestro invitado disimuló una mueca molesta, que ignoramos por completo.
"A Lisías le habría encantado esa posturita", se burló Leo.
Le dirigí una mirada de advertencia. Si tengo que contener mi risa, no me ayudará lo más mínimo que lleve el peso de la conversación. No alcanzaré la concentración suficiente para tantear la mente de Mateo. Intenté rebuscar en ella, pero sólo percibí un curioso ruido de fondo, como el de la voz mental de un humano al que todavía no he oído hablar. Es extraño. Normalmente, aunque los míos bloqueen sus pensamientos, siempre hay algo que llegas a captar, pero de este hombre no me llega nada descifrable.
"Disculpad la rapidez con la que he exigido ser recibido...", empezó.
"Ignorábamos que se trataba de una exigencia", lo interrumpió Leo, en tono molesto. A él también empieza a irritarle la actitud de Mateo. "De ser así, quizá no hubiéramos hecho el esfuerzo"
El hombre pareció dispuesto a replicar con sarcasmo, pero se lo pensó mejor. Aún así pareció fastidiado. Le confunde bastante que su actitud no nos impresione lo más mínimo. Debe estar acostumbrado a otra cosa por parte de los miembros de su casa. Eso me confirmó que no deben ser muy antiguos. A los que pasamos del milenio, no nos impresionan esas estúpidas demostraciones de poder. Y mucho menos viniendo de un hombre que apenas ha cumplido la mitad de un milenio.
"He elegido mal mis palabras. Lo lamento. Quería decir que no os hubiera instado a recibirme con tantas prisas si la situación no lo requiriera de forma urgente", se corrigió.
Volví a concentrarme en sus pensamientos. Nada. Estoy empezando a ponerme muy nervioso, y eso me irrita aún más. Ni siquiera puedo encontrar la raíz de sus bloqueos. Su mente es para mí como el murmullo de una lengua extraña. Percibo los sonidos, pero no puedo descifrar las palabras.
"Pues si tan urgente es, olvida los rodeos. Dinos sin más preámbulos que te ha traído aquí con tanta precipitación", lo instó Leo, en tono cortante.
Está percibiendo mi mal humor, y no le hace ninguna gracia.
Mateo volvió a fruncir los labios en un gesto de desaprobación, que endureció aún más la expresión de mi hermano. Los rodeos innecesarios y las miradas reprobadoras se las consentimos a Lisías como deferencia a sus muchos años y a nuestra amistad. Pero viniendo de un tipo bastante inferior a nosotros resultan irritantes en extremo.
"Es un tema complicado. No sé hasta que punto estáis al tanto de la situación en este continente, y en especial en los Estados Unidos", empezó.
"Ponnos a prueba", sugirió Leo.
Y esta vez casi se percibió el tono de burla en su voz. Si Mateo lo notó, no lo demostró en absoluto. Yo sigo atento sólo en parte. El resto de mi cerebro está concentrado en intentar entender el caos de sus murmullos mentales, y me siento más y más frustrado y molesto con cada minuto que transcurre.
"Bueno, aquí la mayor parte son jóvenes de menos de tres o cuatro siglos. Y también hay un importante porcentaje de recién transformados, de entre veinte y cincuenta años. Los antiguos somos la minoría"
¿Somos? ¿Qué se supone que quiere decir con 'somos'? No es mucho mayor que Árvidas o Ángelo, y aunque reconozco que ya no son niños, tampoco los consideraría como 'antiguos'. Intenta ponerse a nuestra altura, y está empezando a agotar mi paciencia. Y si yo me siento así, dudo mucho que Leo le tolere ni una más. No, me corregí al ver en su mente lo que está a punto de decir. No le va a pasar esa tampoco.
"Hasta ahora no nos has dicho nada que no sepamos. Mi hermano y yo estamos al corriente de esa circunstancia que nos convierte sin duda en los dos hombres más antiguos y reputados de todo el maldito continente. Y con diferencia", espetó.
"Soy muy consciente de vuestra edad", replicó Mateo sin arredrarse. "Es eso lo que me ha hecho acudir a vosotros. Con respecto a la reputación, me consta que en Europa sois ambos sobradamente conocidos y respetados, pero aquí aún no habéis hecho nada digno de mención"
"¿Nos estás retando?", preguntó Leo, con una sonrisa letal.
"Ni mucho menos. Vengo a ofreceros una oportunidad para solventar esa circunstancia"
"Y sin embargo, no necesitamos ayuda para eso. No la hemos necesitado en once siglos, y mucho menos la precisamos ahora", mascullé. "Lo que me lleva al verdadero motivo de tu visita. Tienes un problema, y necesitas de nuestra colaboración. Se claro y sincero, y conseguirás más de nosotros"
Respingó ligeramente ante mi farol, lo que me confirmó que es consciente de que yo no podría leer sus pensamientos. Y eso es tan malo como si estuviera bloqueándomelos. Sonreí con suficiencia, como si realmente hubiera podido entrar en su cabeza, y su actitud se volvió más cautelosa y servil. Permaneció un par de segundos en silencio, y eso me dio la oportunidad de destapar una carta más.
"¿Vais a atacar a Malachy?", pregunté.
Esta vez su asombro fue evidente. Casi saltó de su asiento. Descruzó las piernas con rapidez y se inclinó hacia mí, la confusión pintada en su rostro.
"¿Cómo...?", empezó.
"Eso no tiene importancia ahora", lo interrumpió Leo. Reprimí una sonrisa. Leo se ha dado cuenta de que yo no tengo ninguna prueba de lo que estoy diciendo, y me sigue la corriente para ayudarme a mantener la tapadera. Una vez más, agradecí al destino que haya puesto a ese latino alocado en mi camino. "Para los propósitos de esta reunión, es más interesante conocer tus motivos para llevar a cabo tal acción"
"No lo conocéis. Es una vergüenza para todos. Es patético, cruel y descontrolado. Los miembros de su casa se llaman a si mismos familia, y a duras penas son una comuna. No tienen educación, ni respeto, ni medida, y acabarán por ponernos a todos al descubierto", gruñó.
"Eso no es motivo suficiente para iniciar una guerra", repliqué. "Tiene todo el derecho a manejar sus asuntos como mejor le parezca, y lo sabes"
"Estoy de acuerdo. Si esos son tus argumentos, no podemos detenerte, pero tampoco te prestaremos ayuda", añadió Leo.
Mateo pareció debatirse unos segundos consigo mismo. Al no leer su mente, no puedo garantizar que este fingiendo, pero algo en su actitud me dice que en este momento ha llegado exactamente a donde quiere estar e intenta disimularlo. Y no me gustó nada. Crucé una mirada con Leo, que tamborilea con los dedos en el sofá intentando serenar sus nervios. Se está poniendo de un mal humor peligroso. Y si Mateo llega a cruzar la débil línea de su paciencia, dudo mucho que yo sea capaz de detenerlo. No estoy mucho mejor que él.
"Si no deja de hacer el imbécil, voy a comerme sus hígados. ¿A quién demonios cree que engaña con ese teatro?", masculló en mi mente, con un tono que me demostró que está aún más furioso de lo que parece.
Levanté los dedos en un gesto disimulado, demandándole serenidad. Ya que no puedo leer la mente de Mateo, dejaré que se ahorque solo con sus palabras.
"Es complicado. Creo que Malachy...", titubeó, y vi como Leo reprimía a duras penas un gruñido. Mateo tomó aliento, levantó la cabeza como si hubiera llegado al fin de un difícil combate interior, y nos miró con la expresión solemne de quien se dispone a hacer una revelación sorprendente e inquietante. "Creo que Malachy ha descubierto un secreto que lleva muchos siglos guardado. Y si es así, todos estaremos en peligro. Debemos detenerlo antes de que ponga en marcha sus planes"
"Maldito hijo de perra. Habla de los lobos", gritó Leo en mi cabeza.
Me levanté como si necesitara acercarme al calor del fuego, y fingí disfrutar unos segundos de su calor. En realidad, sólo pretendía situarme detrás de Leo, e intentar serenarlo poniendo una mano sobre su hombro. Si en algún momento he envidiado el don de Lisías para modificar estados de ánimo, sin duda ha sido este.
"Gracias, hermano. Pero eso no va a servir mucho tiempo", gruñó.
"¿De qué secreto nos hablas, Mateo?", pregunté, aumentando la presión de mi mano sobre el hombro de mi hermano.
"Creo que Malachy ha descubierto el secreto de la creación de los lobos. Y no sé cuanto tardará en lanzarse a darles vida. Ya os he dicho que es un descontrolado", murmuró.
"Si eso es verdad, es una acusación muy grave. ¿Tienes pruebas de lo que dices?", inquirí, tanteando la mente de mi hermano para asegurarme de que no se abalanzará sobre Mateo, intentando arrancarle la verdad a golpes. No le falta mucho.
"Los informes de hombres de mi confianza", replicó.
"No es suficiente"
"¿Y qué os convencería entonces? ¿Un maldito lobo en vuestros terrenos?", exclamó. "Tenéis que ayudarme. Si Malachy llega a crear esas criaturas, vendrá a por mí"
"Un lobo no se crea en un día, ni en dos. Y ni mi hermano ni yo estamos dispuestos a meternos en una guerra contra un hombre que no conocemos, por culpa de los rumores de otros hombres que tampoco cuentan con nuestra confianza. Mandaremos nuestros propios espías. Mientras tanto, vuelve a tu casa, y espera noticias nuestras. Si Malachy está realmente creando lobos, te enviaremos cuanta ayuda podamos reunir"
Esta vez si lo meditó realmente. Por un instante, pareció dispuesto a empujarnos a tomar una decisión, pero debió de ver por nuestras expresiones que ya ha llegado al mejor acuerdo posible.
"Está bien. Pero no tardéis demasiado, os lo ruego. Esto es muy grave", asintió poniéndose en pie. "Y una cosa más. Si Malachy se pone en contacto con vosotros, tened cuidado. Es el rey del fingimiento", añadió.
"No tardaremos demasiado. Tendrás noticias nuestras en un par de días", respondí, acompañándolo a la puerta.
Se despidió de nosotros con una formal inclinación de cabeza, e hizo una seña a sus acompañantes para que lo siguieran. Leo esperó a que se alejaran y volvió a entrar en la casa a grandes zancadas. Lo seguí para encontrarlo ya en el salón paseándose de un lado a otro, incapaz de controlar sus mal templados nervios.
