Arthe, cuidado con tus pies. A lo mejor Mateo aún te puede más desagradable. O no. Quién sabe…

Lisías aparece en el próximo capítulo, así que tranquila jajaja.

Y si, mándame a Alessandro para que me de RCP.. O lo que él quiera..

(Nota al margen: QUIERO MÁS CAPÍTULOS DE LA PE Y DE MI HISTORIA!!!)

Kara, por mí puedes vetar a Lyosha, pero deberías ser buena hermana, como yo, y dejárnoslo a Arthe y a mí de vez en cuando. Sólo de vez en cuando.

¿A qué Angelo es un encanto? Jajaja. Disfruté muchísimo imaginándome ese personaje, y me lo paso genial escribiendo sobre él. Me gusta mucho.

Sobre los italianos… ¿Qué puedo decir? A mí también me pierden.

Bueno, ahí queda el siguiente capitulo.

Besos a mis hermanas, y gracias a todas las que leéis mis historias :)

NADEZDHA. Revelaciones.

Estaba enfrascada en mi trabajo, cuando los sonidos que me llegaban del salón se elevaron hasta un punto que terminó bruscamente con mi concentración. Aparté los ojos de la pantalla para dedicar mi atención a lo que ocurre en la habitación contigua. Los visitantes ya se han marchado y mis compañeros están de un humor de perros. Hasta mí llega el olor de su furia, por no hablar de las frases airadas de Leo y los susurros tranquilizadores de Lyosha, que estoy segura que tampoco engañan a su hermano. No necesito leer su mente para percibir el tono de controlado veneno que destilan sus palabras. Me puse en pie de inmediato para dirigirme junto a ellos, sin apartar mis sentidos de lo que está provocando la discusión.

"Tiene que ser él, Lyosha", gritaba Leo. "Y ha intentado tomarnos por imbéciles"

"Enfureciéndote de ese modo no conseguirás nada, Leo. Intenta serenarte", pedía Lyosha.

Abrí la puerta sin siquiera detenerme, y mis compañeros se volvieron para mirarme. Los ojos de ambos se han vuelto totalmente negros a causa de su ira, y si bien Lyosha mantiene una actitud más calmada que Leo, no tuve la menor duda de que está tan furioso como él, o incluso más. Hace mucho tiempo que no los veía así.

"¿Qué ha ocurrido?", pregunté con un hilo de voz.

"No pasa nada, Nadya", susurró Lyosha, volviéndose una vez más hacia Leo. "Te lo pido una vez más hermano, siéntate, e intenta calmarte, ¿de acuerdo? Necesito tu mente clara"

Leo parecía incapaz de seguir la sugerencia de su hermano, como si la adrenalina de su cuerpo lo obligara a permanecer de pie y pasearse enloquecido por la habitación.

"Ayúdame", pidió Lyosha en mi mente. "Mateo le ha ofendido de tal modo que le echaría la culpa hasta del maldito Armagedon si sucediera en los próximos días"

Asentí con un parpadeo, como le he visto hacer a él en otras ocasiones, y me deslicé junto a Leo, intentando rodear su cintura con mis brazos. Por un segundo, pareció que me apartaría de él. Sus brazos permanecieron junto a sus costados, y pude sentir la tensión de sus músculos contra mi cuerpo. Acaricié su espalda, apoyando la cabeza contra su pecho, y susurrando incoherencias, como se haría con un niño que acaba de caer al suelo raspando sus rodillas. Poco a poco, la tensión se relajó, y sus manos se apoyaron en mis hombros con un gesto vacilante.

"No me asustes, Leo. ¿Qué ocurre? Dime, ¿qué te pasa?", murmuré, mientras él dejaba escapar un susurro de rendición. "¿Está funcionando?", añadí para Lyosha.

"Por el momento", respondió éste. "Pero aún está muy lejos de serenarse"

Se aproximó a nosotros, y posó una mano en el hombro de Leo en ademán tranquilizador. Esta vez sí se dejó guiar hasta el sofá, y Lyosha tomó asiento a su lado, sin retirar su mano del hombro de su hermano ni por un momento. No sé bien si para serenarlo, o para impedir que se levantara y empezara a destrozar la casa. Yo me senté en el suelo frente a ellos, mirándolos con genuina preocupación.

"Por favor, tenéis que contarme que ha ocurrido", pedí.

"Mateo nos ha pedido ayuda para luchar contra Malachy. Dice que ha descubierto el secreto de la creación de los lobos, y que le atacará", explicó Lyosha.

"Y ese condenado hijo de una ramera y siete perros, miente", espetó Leo. "Miente más que habla, maldita sea su estampa"

Me volví hacia Lyosha, buscando la confirmación al exabrupto de Leo.

"Yo también pienso que miente, querida. Pero no hay forma de confirmarlo. No fui capaz de leer su mente. Y creo que él ya sabía que yo no sería capaz cuando solicitó ser recibido"

"Pero... Si tú siempre has podido saltarte cualquier bloqueo", exclamé. "Lisías dice que incluso podrías saltarte los suyos"

"¿Dice eso?", preguntó Lyosha con un deje de orgullo en su voz. Al instante siguiente se dio cuenta de lo inapropiado de su actitud en ese momento, y volvió a concentrarse en su historia. "Es igual. No se trataba de un bloqueo. Me llegaba con claridad el murmullo de su mente, pero no pude descifrar ni una simple palabra"

"Lo que prueba que miente", masculló Leo.

"Lo que prueba que no puedo leer la verdad", replicó Lyosha. "Esto no me ocurría desde que era un niñato recién transformado"

"¿Te había ocurrido antes?", preguntó Leo sorprendido.

"La voz mental no se diferencia de la palabra, Leo. Si alguien piensa en un idioma que desconozco, no puedo identificar sus palabras. Puedo percibir algún sentimiento, pero no ayuda mucho más que lo que me confirma mi olfato o mi vista", explicó Lyosha.

"Eso es absurdo, Lyosha", espetó Leo. "¿Cuántos años tiene ese tipo? ¿Cuatrocientos? Y según nos han dicho es europeo. Es imposible que no conozcas su lengua natal"

Eso es verdad. Entre nosotros solemos hablar una mezcla de idiomas que parece trasmitirse con la mismísima ponzoña de la transformación, ya que yo la domino desde apenas un par de días después de que Lyosha clavara sus dientes en mi, pero cualquiera de ellos habla más lenguas de las que yo soy capaz de imaginar, y se defienden en ellas como auténticos nativos. Una consecuencia lógica de moverse por decenas de países durante decenas de siglos. Además, disponemos de mucho tiempo, y de una capacidad mental muy superior a la de cualquier humano. Mi lengua materna es el ruso, y hablaba inglés con bastante fluidez antes de transformarme, pero desde entonces he aprendido italiano y francés con facilidad, y me manejo a la perfección en ambos. Podría engañar a cualquier humano con mi acento. Y eso en un solo año. ¿Qué no podrían haber hecho ellos en once siglos?

"No sé cual es el motivo, pero te digo que es así. Tú mismo te diste cuenta de que no era capaz de leerlo", gruñó Lyosha.

"Pero pensé que intentabas no ponerlo a la defensiva saltándote sus barreras. Lo que me dices es ridículo. Ese tipo no puede pensar en una lengua que tú no conozcas"

"Da igual. Estoy de acuerdo contigo. Creo que miente. Pero no sé en qué", replicó.

Árvidas y Ángelo se aproximaron por el vestíbulo, y me apresuré a invitarlos a entrar. Necesito toda la ayuda posible para serenarlos, aunque quizá sólo consiga tener cuatro hombres furiosos en lugar de dos. La reacción que la simple mención de los lobos provoca en todos ellos es muy violenta.

"Me atrevería a decir que la reunión no ha ido demasiado bien", comentó Ángelo. Leo y Lyosha asintieron. "Los hemos seguido un trecho, hasta que se metieron en el coche que habían aparcado a un kilómetro de aquí. Pero no han abierto la boca en todo el camino. Sin embargo creo que, sea lo que sea lo que han venido a buscar, no se han marchado del todo satisfechos"

Mis compañeros los pusieron al día de cómo se había desarrollado la reunión en pocas y apresuradas palabras. Empecé a pensar que el único modo que tenemos de descubrir la verdad, pasa por Malachy, y recordé el correo que les había pedido que le enviaran.

"¿Habéis enviado el correo a Malachy?", pregunté.

Los dos cruzaron una mirada, y supe sin ningún género de duda que no lo han hecho. Seguramente porque intentaban protegerme de quién sabe qué. Noté como empezaba a crecer la ira en mi interior, y me obligué a serenarme. No es el momento de añadir más leña al fuego.

"Vale. Lo haré yo misma. Si no sacáis la verdad de uno, tendréis que conseguirla del otro. Y dejando al margen lo que yo descubra en sus archivos, a Malachy si puedes leerle la mente"

Los dos volvieron a mirarse durante unos segundos, y el bloqueo y los sutiles gestos de Lyosha me confirmaron que Leo estaba hablándole a su mente.

"A mi tampoco me gusta, pero hablar con Malachy es lo único que podemos hacer de momento", replicó en voz alta Lyosha, para dirigirse a mí a continuación. "Mándale ese correo, Nadya e intenta averiguar todo lo que puedas"

"Pero no dejes lo de los archivos de la policía. Por mucho que diga Mateo, ahora estoy más convencido que nunca de que esos humanos fueron víctimas de lobos, y quiero confirmarlo", añadió Leo.

"Y nosotros iremos a buscar información", informó Árvidas.

No era una sugerencia. Había un tono retador en sus palabras, y supe que discutiría hasta la muerte cualquier orden en contra de mis compañeros. Ángelo asintió junto a él con el mismo aire desafiante.

"De acuerdo", respondió Lyosha, tras dirigirle una mirada inquisitiva a Leo, que se limitó a asentir de mala gana, con un encogimiento de hombros. "Pero mantenednos al corriente con asiduidad. Si no recibimos noticias vuestras un día entero, empezaremos una guerra contra cualquiera que se nos ponga delante. Ya tenemos bastantes problemas"

"Comprad unos móviles", sugerí yo. "Sé que todos los odiáis, pero en esta ocasión resultarán útiles"

Tras un rápido asentimiento los dos se dirigieron a la puerta. Apenas se disponían a atravesarla, cuando Árvidas se volvió en mi dirección.

"Nadezhda, ¿podrías...?", empezó.

"Yo me haré cargo de ella, descuida", lo tranquilicé.

Me dirigió una mirada de agradecimiento, antes de perderse junto con Ángelo a cumplir con su misión. Me volví hacia mis compañeros, que parecen más relajados que unos minutos antes. Trazar planes los ha serenado un poco. Sólo un poco.

"Mandaré ahora el correo a Malachy, pidiéndole que se reúna con vosotros lo antes posible. Y después seguiré con las fichas. Ya casi lo tengo"

"No pidas. Exígele que se reúna con nosotros. No tenemos ni tiempo, ni paciencia para peticiones", gruñó Leo. "Y nosotros deberíamos llamar a Lisías, hermano"

"Esperemos a ver que consigue Nadya. Prefiero llamarle con la mayor cantidad de información posible. No quiero que piense que no estamos a la altura y que recurrimos a él por cualquier tontería"

Leo asintió y yo me dirigí hacia la sala de ordenadores seguida por ambos, pensando que me resultaría casi imposible concentrarme en mi tarea con el olor de su furia rodeándome. Tomé asiento ante mi máquina, y respiré profundamente un par de veces intentando serenarme. No necesito respirar. Aunque no lo he intentado, sé que podría pasar horas sin tomar ni un solo aliento. Pero si hay algo a lo que te acostumbras con rapidez tras la transformación, es a fiarte del olfato. Odio no poder percibir los olores que me rodean, y eso es exactamente lo que consigo deteniendo mi respiración. Claro que en este momento, quizá sea útil. No respirar me ayudará a abstraerme de la ira de mis compañeros. Detuve mi respiración, y me concentré en la pantalla. Pocos segundos después me sumergía en el mundo virtual, reduciendo mi universo a las largas líneas de código que se deslizaban velozmente por la pantalla. Como de costumbre, perdí la noción del tiempo mientras mis dedos volaban sobre el teclado y me invadía la familiar sensación de alegría salvaje al ir volando por los aires los pueriles sistemas de defensa que programan los humanos. El último cortafuegos cayó ante mi ataque virtual, y fui sólo en parte consciente de susurrar un divertido 'estoy dentro'. Busqué la información que necesitaba, y poco después el sonido de la impresora me devolvía a la realidad. Sólo entonces percibí la presencia de mis dos compañeros frente a mi. Ya no están furiosos, pero no puedo decir que las emociones no les dominen. Reí alegremente.

"¿Se os ha pasado el enfado?", pregunté sonriendo.

"¿Qué enfado?", murmuró Leo con voz ronca.

Lyosha se limitó a ponerse en pie y caminar hacia mí con deliberada lentitud. Su hermano no tardó ni una décima de segundo en seguirlo. Me levanté a toda prisa, apartándome de su camino sin poder evitar mi risa. Algún día entenderé porque les provoca de ese modo verme ante un ordenador, lo que no cambiará el hecho de que me encante.

"Serenaos. No hay tiempo para esto. Hay mucho trabajo que hacer", les reprendí entre risas, moviéndome entre las sillas para esquivarlos, mientras ellos me seguían lentamente, sin apartar sus ojos de mi ni un instante.

"Puede esperar unos minutos", replicó Lyosha.

"O unas horas", añadió Leo.

"No puede esperar horas. Aún no he contactado con Malachy", protesté sin mucha convicción.

En ese instante, como un solo hombre, los dos dejaron de moverse con lentitud, y antes de que pudiera parpadear sus cuerpos empujaban el mío contra la pared, mientras sus manos se movían por cada centímetro de mi piel.

"Que sean minutos, entonces", susurró Leo en mi oído.

El olor de su lujuria me golpeó como una maza, y el tren de mi mente descarriló. Un último pensamiento coherente intentó abrirse paso entre la nube de lascivia en la que se ha convertido mi cabeza y perdió la batalla ante la urgencia de mi deseo. Hasta ese momento, siempre había pensado que el sexo rápido y sin juegos no era para mí. Pero la velocidad e intensidad con la que me golpeó mi placer me demostró lo equivocada que había estado. Cuando sus cuerpos se separaron del mío, comprobé aturdida que no habían transcurrido ni diez minutos, pero estaba tan satisfecha y relajada como después de cualquiera de nuestros inacabables encuentros de horas y horas.

Lyosha separó un mechón de cabello rebelde de mi frente, mientras Leo colocaba el escote de mi vestido con expresión burlona. Las cremalleras se subieron, los botones se abrocharon, pero el hilo de mi pensamiento seguía tan enmarañado como dos minutos antes. Dejé escapar un silbido suave y mis compañeros soltaron una risa maliciosa.

"¿Qué decías de un trabajo que había por hacer, querida?", sonrió Lyosha.

"Yo, eh... Si", balbuceé.

"¿No ibas a contactar con Malachy?", preguntó Leo en tono burlón.

Ni de broma. Necesito poner mucho más en orden mi cabeza antes de hacer ningún tipo de trabajo intelectual. Busqué una excusa que me apartara de esa tarea, y mis ojos volaron hasta los papeles que había escupido la impresora.

"¿No queréis ver antes lo que saque de los archivos del FBI?", pregunté.

Debí imaginar que a Lyosha no le iba a engañar con eso. Su mente siempre está unida a la mía sin que necesite ni un ápice de concentración. Ha seguido el confuso hilo de mis pensamientos, y me observa con expresión divertida.

"Claro, ¿por qué no? Eso te dará tiempo a serenarte un poco", se burló, mirando hacia Leo, quien dejó escapar una vez más su risa maliciosa.

Por lo menos, su mal humor se ha esfumado como el humo. Lyosha aparece tan sereno y tranquilo como es habitual en él, y de la cara de Leo ha desaparecido la mueca de furia que tan malos augurios traía, devolviéndole la sombra de su permanente sonrisa. Después de dedicarme una vez más una mirada divertida y traviesa, los dos se dirigieron hacia la impresora. Lyosha tomó los papeles y se encaminó al salón para poder mirarlos con tranquilidad al calor de la lumbre. La sala de ordenadores y la parte del sótano que yo había dedicado a los servidores son las únicas de la casa que no disponen de chimenea o calefacción, y mantienen una temperatura muy baja para proteger a mis máquinas. No es que nos moleste el frío, pero la seducción del calor es demasiado fuerte para resistirse a ella. A mi mente vino una frase de Oscar Wilde que había leído muchos años atrás: 'Puedo resistir cualquier cosa, excepto la tentación'. Esa cita nos ajusta como un guante. Mi especie jamás se resiste a ninguna tentación, y lo que acaba de ocurrir es una buena prueba de ello.

"¿Y por qué se supone que deberíamos resistirnos a la tentación, querida?", rió Lyosha.

"¿Por qué hay muchas cosas que hacer?", inquirí con una falsa expresión de reproche.

"Diez minutos no cambian el mundo, mi amor. Pero pueden mejorar mucho el resto del día", sonrió Leo, sabiendo perfectamente de que iba la conversación aunque él no puede entrar en mi mente.

Les dediqué un bufido que no consiguió mucho más que provocar su risa, y un par de segundos más tarde ambos se enfrascaban en los papeles que Lyosha extendió sobre la mesa. Las macabras fotografías en blanco y negro me hicieron torcer el gesto en una mueca, aunque ellos no demostraron la más mínima reacción. Están más acostumbrados que yo a ver cadáveres. Lyosha sostenía una de ellas entre sus manos, mientras Leo leía con gesto concentrado uno de los informes de autopsia. Esperé sin abrir la boca, intentando evitar que mis ojos volaran de nuevo al dantesco espectáculo que conformaban esos cuadrados brillantes de tamaño folio.

"¿Qué opinas, hermano?", preguntó Lyosha, después de mirar unos minutos los informes y fotografías.

"Ya sabes lo que opino", masculló Leo. "Nadya, contacta con Malachy. Ya"

Para eso no necesito ir a la sala de ordenadores. Me dirigí al ordenador de sobremesa situado en la mesa de despacho, y envié un correo exigiéndole a Malachy su presencia de inmediato. Mientras tanto, Lyosha se dirigió al teléfono y sus rápidos dedos marcaron el número de Lisías. Dejó el auricular sobre la mesa. Los manos libres no se inventaron para nosotros. Podemos escuchar lo que ocurre al otro lado de la línea aún desde fuera de la habitación.

La suave voz de Shannen campanilleó al otro lado de la línea.

"Buenas noches, Shannen. Queremos hablar con uno de tus compañeros o tus hermanos", pidió Lyosha.

"Ahora mismo, Aleksei. Están esperando vuestra llamada", se apresuró a responder.

Pocos segundos más tarde, escuchábamos los saludos de Lisías y sus hermanos.

"No hemos averiguado nada, amigos. Por el momento, y por mucho que hemos buscado, no han aparecido más. Sólo puedo deciros que Peter estaba en lo cierto. Se trataba de un ejemplar joven y débil. Y su creador no es demasiado hábil, además", empezó Lisías.

"Hemos mandado hombres de visita a las familias principales. Si alguna de ellas es la culpable, lo sabremos en un par de días", añadió Plauto.

"Decidles que vuelvan. No sé por que había un ejemplar en vuestro territorio, pero por lo que hemos averiguado los lobos han sido creados aquí", dijo Lyosha.

Un gélido silencio se hizo al otro lado de la línea. Un segundo después la voz de Lisías resonaba preocupada a través del auricular.

"¿Estáis seguros de eso?", preguntó. "¿Sabéis quién es el culpable?"

"Estamos seguros. Pero aún no sabemos quien es el culpable. Sin embargo, tenemos nuestras sospechas. Árvidas acaba de partir con otro de nuestros hombres a comprobarlo", explicó Leo.

"Nadya ha conseguido acceder a unos archivos policiales. En ellos se describen las heridas de una docena de víctimas. Y cuando las veáis no tendréis ninguna duda. Son víctimas de lobos. No hay otra criatura sobre la tierra capaz de hacer algo así", añadió Lyosha.

"¿Los mortales sospechan algo?", preguntó Aníbal.

Mis compañeros rieron suavemente.

"Si. Sospechan que se trata de un asesino en serie. Pero están un poco desconcertados con el arma que ha causado los daños", rió Lyosha. "Ya sabes como son"

"¿Y sobre el creador? ¿Se trata de Malachy?", preguntó Ahmed.

Leo y Lyosha cruzaron una mirada. Ha llegado el momento de decirle a Lisías que los informes de sus hombres son erróneos y no le va a hacer la menor gracia.

"Es posible", empezó Lyosha con cautela. "Pero han sucedido muchas cosas en estos días. Y me temo que quizá algunos de los informes que tus hombres trasmitieron, pudieran estar equivocados"

"¿A qué te refieres?", gruñó Lisías.

"Malachy nos ha visitado. Al poco de nuestra llegada. Y te garantizo que no es ni de lejos lo que parece ser. Lo conozco Lisías, no es un nativo de este continente. Luche junto a él hace unos tres siglos, en una disputa entre dos pequeños clanes del norte. Su verdadero nombre es Mordecay y te garantizo que era una auténtica promesa en ese momento. Es ambicioso, y quizá cruel. Pero no es descontrolado en absoluto"

"A mi me gusta", masculló Leo. "Tiene la apariencia de un imbécil, pero es listo. Muy listo. Y sabía que le habíais estado espiando"

"Y en su mente no vi fingimiento alguno. Teme por su seguridad. Vino a vernos para que conociéramos su verdadera personalidad antes de que alguien más pudiera advertirnos sobre él. Pensé que temía que lo atacáramos y no me molesté en buscar los motivos reales de su miedo, pero ahora empiezo a sospechar cuales eran", añadió Lyosha.

"¿Entonces quién?", volvió a gruñir Lisías, tras unos segundos de silencio.

"Hemos recibido otra visita. El cabeza de otro clan. Un tal Mateo. Tus informes también hablaban de él, pero se limitaban a decir que tenía una familia pequeña y muy aferrada a las tradiciones"

"Lo recuerdo. ¿Qué ocurrió con él?"

"Para empezar, nos mandó a una lectora para pedir audiencia", mascullé yo. Esa mujer me había reventado los nervios.

"Nadezhda. Es un placer oír tu voz", sonrió Lisías. "Por lo que veo esa mujer no te hizo la más mínima gracia"

"No. Pero eso es lo de menos. Lyosha no consiguió leer la mente de Mateo", gruñí.

"Es imposible que no consiguieras saltarte sus bloqueos, Aleksei", exclamó Lisías con genuino asombro.

Lyosha reprimió una expresión de orgullo al ver confirmadas mis palabras sobre lo que Lisías opina de la intensidad de su don.

"Es como si hablara en una lengua que no entiendo. Pero eso es imposible, como supondrás. De todos modos, no me hace falta mi don para saber que mentía. No sé en qué. Pero si sé que intentó dirigir la conversación hasta llegar al punto exacto donde quería estar. Acusó directamente a Malachy de intentar crear lobos"

"Solicitó nuestra ayuda para atacarlo", añadió Leo. "Y no le hizo ninguna gracia cuando le dijimos que debía esperar a que comprobáramos la situación con nuestros propios hombres"

"¿Creéis que él es el culpable?", preguntó Plauto.

"Casi aseguraría que sí", respondió Lyosha, mientras Leo asentía con seriedad. "Pero, como te he dicho, hemos mandado nuestros propios espías. Y hemos exigido a Malachy que se reúna con nosotros cuanto antes. En cuanto hablemos con él, sabremos más. Pienso acabar hasta con el último bloqueo de su mente. Voy a buscar en él sin miramientos. Y te garantizo que sabré hasta cuanto tiempo tardó en parirlo su madre", masculló.

"La guerra parece inminente. ¿De cuántos hombres disponéis?", preguntó Ahmed.

"Entre nuestras filas, unos treinta. ¿Para luchar contra lobos? Tres como mucho, sin contarnos a Lyosha y a mi"

"Partiremos de inmediato con algunos efectivos. Y pondremos sobre aviso a las familias principales. Esto nos incumbe a todos. Se ha roto el juramento, y cualquiera de los nuestros estará más que encantado de ayudar. Nadie rompió suficientes cabezas de lobo durante las guerras", anunció Lisías.

"No puedo decir que vuestra ayuda no sea bien recibida, amigo. Lamentamos tener que solicitarla tan pronto, pero reconozco que los hombres de nuestra casa aún no están a la altura de la tarea. Esto ha sido demasiado precipitado", agradeció Lyosha contrito.

"No se te ocurra disculparte, Aleksei. Si la situación fuera al contrario, yo no tendría ningún reparo en pedir ayuda. No hablamos de una discusión entre clanes, hablamos de lobos, maldita sea", gruñó Aníbal.

"Continuaremos hablando cuando lleguemos. Seguid con vuestros planes, e intentad recabar cuanta información sea posible. Nos veremos en menos de un día", se despidió Lisías.

Lyosha colgó el teléfono, y miró a su hermano. Parecieron mantener una comunicación privada de la que yo quedaba totalmente al margen, y en ese instante, comprendí la envidia con la que Leo asiste a nuestras conversaciones mentales. Ellos no necesitan de ese don para comunicarse y comprenderse. Su conexión es tan fuerte como la que mi mente comparte con Lyosha, y lamenté que eso no fuera posible entre los tres.

"Habrá que ascender a más hombres", murmuró Leo. "Quizá Felipe. Y Maelock, por muy bocazas que sea. Es un buen guerrero"

Lyosha asintió con aprobación.

"Henry. Y Jeremiah", añadió. "Y esperemos un par de días. Aún puede llegar alguien más adecuado esta noche o mañana"

"Yo me ocuparé", me ofrecí. "Pensaba llevar a María y Silvana a la casa principal, avisaré también a esos hombres. ¿Por qué no vais a cazar mientras tanto? Necesitáis relajaros un poco"

"No me gusta la idea de dejarte sola, Nadya", replicó Lyosha. "Y menos con lo que está pasando"

"No me ocurrirá nada. Estaréis fuera menos de media hora, y la casa es segura, todos lo dicen"

"Aún así...", empezó a protestar Leo.

"Hagamos una cosa. No os alejéis demasiado. Así Lyosha podrá mantener su contacto conmigo, y sabrá en el mismo instante que yo si ocurre algo. Tendréis tiempo más que de sobra para volver"

Los dos se miraron entre ellos y se volvieron hacia mi con sendas expresiones cargadas de amor. Un calor familiar recorrió mis entrañas.

"Anda, marchaos ya. Estaré esperándoos. Hay mucho trabajo que hacer si queremos recibir a Lisías y su familia como se merecen"

Me dirigieron una última mirada sonriente, y salieron a velocidad inhumana por la puerta. Ya a solas, empecé a preocuparme por la visita de Lisías. Había pensado en acondicionar el viejo garaje anexo a la casa para poder alojar a Lisías y su familia cuando nos visitaran, pero el resto de los detalles me ocupó tanto tiempo y esfuerzo que decidí que sería un buen entretenimiento cuando ya estuviéramos instalados. Ahora lamento no haberlo hecho. No creo que tenga tiempo para tenerlo todo listo antes de que lleguen, y sé lo quisquilloso que es con el protocolo. No se ofenderá si le preparo otro alojamiento menos adecuado, pero yo me sentiré mal por no poder cumplir con mi tarea a la perfección. Sin embargo, ahora dispongo de más ayuda. Y tengo algunos muebles que Lyosha ha traído de nuestra casa en Irkutsk... En mi mente se empezó a formar un plan, y mientras lo perfeccionaba, me dirigí a buscar a los nuevos miembros de mi familia.

En menos de diez minutos los tenía a todos establecidos, y entusiasmados con su nuevo alojamiento. Sin embargo, algo llamó mi atención. Una idea que no conseguí atrapar hasta que instalé al último de mis primos. Ángelo. ¿Dónde ha ubicado Leo a Ángelo? Su rastro no está en ninguna de las habitaciones inferiores. Intrigada, subí las escaleras, y mi olfato me llevó hasta la última habitación del piso superior. ¿Qué diablos ha hecho? Para una vez que se ocupa de hacer mi trabajo, comete un error garrafal. Y no tengo ni idea de cómo solucionarlo. No puedo trasladar a Ángelo yo misma. Eso supondría hurgar en sus cosas, y no me parece apropiado. Tendré que esperar a que regrese, decidí. Tengo mis propios asuntos de los que ocuparme. Recorrí las habitaciones de mis primos y primas. No me llevó demasiado encontrar a uno que pudiera encargarse de la tarea que tenía pensada. Entregué las llaves del garaje y del almacén a Jeremiah, y el prometió tener todo listo en menos de tres horas una vez que hubiera comprado el material en la ciudad.

"Estupendo. Pero recuerda que debes ir acompañado a la ciudad. Son órdenes de mis compañeros. Elige a cualquiera de tus primos y ve con él. Y ni se te ocurra desobedecerles. Están dispuestos a castigar severamente a cualquiera que incumpla esa orden en particular. Ellos te explicarán el motivo cuando les sea posible"

El joven asintió con solemnidad.

"No te preocupes, Nadezhda. Conozco a Maelock desde hace años. Estará encantado de acompañarme. Y el trabajo estará listo antes del atardecer de mañana"

"Eso espero. Para mí es de vital importancia. Y sabré agradecértelo si lo cumples a la perfección"

"Así se hará, mi dama", sonrió, dirigiéndose a la habitación de Maelock.

Mientras bajaba las escaleras, oí la estentórea voz del irlandés saludando a su amigo con una sarta de insultos encadenados. Igualito a Leo, sonreí. Me dirigí al salón para esperar el correo de Malachy, y el regreso de mis compañeros. No tardaron ni cinco minutos en volver. La cacería más breve de su historia.

"¿Ya habéis vuelto?", pregunté cuando entraron en el vestíbulo.

"No estábamos sedientos, querida", respondió Lyosha en un susurro.

Tal y como había supuesto, su voz sonó como si dibujara una sonrisa. Las escasas demostraciones que suelo hacer de mis cualidades vampíricas, siempre les hacen sonreír. O provocan otro tipo de reacción aún más grata.

Entraron en el salón, tomando asiento junto al fuego. Esos sillones han resultado ser una gran compra. Los dos habían elegido su favorito desde el mismo momento en que habían puesto los pies en esa estancia y gruñen de satisfacción cada vez que dejan caer sus cuerpos en ellos.

"¿Ya has trasladado a los hombres?", preguntó Lyosha.

"Si. Y a María y Silvana también", respondí. Los dos asintieron satisfechos. "Lo que me recuerda... Leo", empecé en tono de reproche.

"¿Qué he hecho ahora, querida?", sonrió alegremente.

"¿Preguntas qué has hecho? Para una vez que te ocupas de mi trabajo cometes un error garrafal, y ahora no tengo la menor idea de cómo repararlo", le reñí. "¿En que diablos pensabas cuando le diste esa habitación a Ángelo?"

Esperaba una disculpa, o como mínimo un gesto de arrepentimiento. Incluso no me hubiera sorprendido que se mostrara molesto al reprenderle. Pero para lo que no estaba preparada era para que mirara a Lyosha y los dos terminaran por estallar en sonoras carcajadas.

"No tiene maldita la gracia", refunfuñé. "Es la peor estancia de la casa, la tenía preparada sólo para un caso de urgencia"

"Pues entonces no debes reñirme, querida. El de Ángelo era sin duda un caso de urgencia", contestó Leo entre risas.

Tomé aliento, intentando calmar mi furia. Si lo que pretendía era gastarle una broma a su amigo, debía haberme consultado, y habría dejado libre para él otra habitación más apropiada. Ahora cualquiera de las que me quedan disponibles, no es adecuada al rango que le hacen ocupar.

"¿Y me quieres decir dónde voy a ponerlo ahora?", mascullé.

"Demonios, ni se te ocurra moverlo. Creí que no iba a encontrar un buen sitio para él hasta que me acordé de esa habitación", exclamó Leo sonriente, mientras Lyosha me bloqueaba su mente con expresión traviesa.

"Sólo dispone una ventana demasiado pequeña, está aislada por completo de las demás, y tiene que recorrer toda la maldita casa para llegar a ella. ¿Cómo puedes decir que es adecuada? Por si fuera poco su antigüedad, creí que por la forma en que lo tratáis y la tarea que le habéis encomendado, pensabais elevarlo al mismo rango que Árvidas. Y esa no es una estancia adecuada para alguien con esa categoría en la familia", expliqué exasperada.

"Y así es", sonrió Leo, sin exaltarse lo más mínimo. "Mi amor, te he dicho mil veces que lo primero es conocer las reglas. Para saber cuándo es el momento de saltártelas, ya estamos nosotros"

"Y yo te digo lo mismo que siempre. ¿Te parece este el momento oportuno?"

"Sin ninguna duda"

"Y yo estoy totalmente de acuerdo", aprobó Lyosha.

Leo le dirigió una rápida mirada, y los dos rompieron a reír de nuevo. Estoy empezando a enfadarme, y mucho. Primero llenan mi vida de un montón de reglas en las que moverme con tranquilidad, y sabiendo que no voy a cometer una equivocación y después ellos no cumplen ni la más pequeña de ellas. 'No espíes, Nadya. No está bien usar tus dones para cotillear'. Y días más tarde, prestan sus oídos a lo que ocurre en la cama de mis primos, por simple diversión. 'Condúcete con dignidad, Nadya. Eres la dama de la casa, y deben respetarte'. Y Leo salé corriendo para recibir a su amigo entre gritos e insultos. 'Aprende el protocolo, Nadya. No debes ofender a nadie. Somos muy irritables, lo sabes, se cuidadosa'. Y ahí están, riéndose a carcajadas de un fallo garrafal en ese maldito protocolo con sus malditas e interminables reglas.

"Querida, te aseguro que Ángelo está más que encantado con su ubicación. No debes preocuparte por eso. Déjalo donde está, es lo mejor", dijo Leo, más sereno al ver mi expresión cada vez más y más furiosa.

"Mi hermano le ha trasmitido la suficiente seguridad en si mismo como para que no precise de signos externos que le recuerden su valía, Nadya. Y si él no tiene problema con su habitación, tú tampoco debes tenerlo", sonrió Lyosha.

"Pero sigo sin entenderlo", gruñí. Saber que no iba a tener que alterar todo el esquema de habitaciones, me ha serenado un poco. Sólo un poco.

"Es una habitación aislada y discreta. Yo la encuentro muy apropiada para él", rió Leo en dirección a Lyosha. Este asintió, riendo a su vez con suavidad.

Los miré severamente, exigiendo más explicaciones. Si hay un motivo para saltarse alegremente lo que tanto esfuerzo les ha costado a Shannen y Alejandra enseñarme y a mi aprender, necesito saber cual es para no cometer equivocaciones en el futuro.

"A no ser que más transformados por Leo nos visiten, querida, dudo que esta situación se repita en el futuro", sonrió Lyosha con malicia.

"Eso no ocurrirá. Ángelo es el único que sigue hablándome", sonrió Leo. "Fue una magnífica creación, ¿no es cierto?", preguntó hacia Lyosha, con el mismo tono orgulloso que un padre hablaría de los logros de su hijo.

"Lo has educado bien. Y es sorprendente el afecto que os une. No me sorprende que te sientas orgulloso", respondió Lyosha con aprobación.

"En gran parte es mérito suyo. Lo aceptó a la perfección, aunque yo ya lo imaginaba. Tiene la forma de ser ideal para asumir la transformación sin demasiados traumas. Además, le encanta pelear. Y también llevó muy bien desde el principio el control de la sed. Sólo tuvo un par de recaídas en los comienzos", respondió Leo, con el mismo tono de paternal orgullo.

En ese momento, me di cuenta de lo que supone para ellos el trasformar a alguien. No sólo es la compañía. Es la perpetuidad, la continuidad. Nuestra especie es estéril. La Madre Naturaleza, con su peculiar sentido del humor, nos ha permitido disfrutar de los placeres del amor, pero no de sus frutos. Y la única forma de perpetuar nuestra semilla es a través del rito de la transformación. Leo considera a Ángelo no sólo como su amigo, sino como el hijo que jamás podrá tener. Lo ha cuidado, entrenado y protegido con la misma dedicación que un padre humano pondría en la educación de su retoño. Y se siente tan orgulloso de los logros de Ángelo como de los suyos propios. Es su creación, su legado y su huella en el mundo, más allá de sus propias hazañas.

Pero ya llevo bastante entre los nuestros como para saber que el afecto que los une no es habitual. La mayor parte de las veces, los transformados se vuelven contra sus creadores como adolescentes díscolos que condenan el mundo al que los han obligado a venir. Son incapaces de aceptar su destino, su eternidad o su forma de vida, y arremeten contra los que consideran culpables de su suerte, abandonándolos para seguir su propio destino en solitario. Y tarde o temprano, la soledad los ahogará y terminarán por transformar a alguien más. Y la historia se repetirá, una y otra vez, como una rueda sin fin.

Es por eso que Lyosha se rebeló durante meses contra el instinto que lo empujaba a trasformarme. Se había enamorado de mi siendo humana. Algo tan extraño y fuera de lugar que lo hizo odiarse a si mismo, apartarse de mi, renegando de la fuerza del sentimiento que lo empujaba en mi dirección. Durante meses, tras mi transformación forzosa, temió que lo odiara. Que no pudiera aceptar mi suerte. Pero, dejando aparte que soy muy buena obviando lo desagradable, yo jamás podría odiarlo. Me había salvado de la muerte, y me había regalado una eternidad a su lado, y ahora también junto a Leo. Es cierto que yo no he pasado por lo peor de esta vida. No he tenido que alimentarme de humanos, o controlarme para rechazar la atracción de su sangre. Pero aunque así hubiera sido, sólo el poder estar junto a ellos hubiera compensado con creces esa contrariedad.

Y entendí que para mi, Lyosha es más que un amante. También es mi padre, mi dios creador. Entendí la envidia de Leo mejor que nunca. Y entendí su altivez de padre orgulloso al hablar de su propia creación.

"Es exactamente así, querida. Por si fuera poco la sed, también hemos sido condenados a la esterilidad. La única forma de perpetuar nuestra estirpe es a través de la ponzoña de nuestro mordisco. Por mucho que terminen odiándonos, siempre queda algo de nosotros en nuestras creaciones. Algo del carácter, alguno de nuestros dones. Tú heredaste la capacidad de leer mi mente. Otros heredan otras cosas de su creador.", sonrió con afecto, para después volver a su tono divertido. "Lo que explica a la perfección porque Leo ha asignado ese cuarto a Ángelo"

Leo rió entre dientes, encogiéndose de hombros.

"Es mi ponzoña la que corre por sus venas, querida. Y por la tranquilidad de esta casa, es mejor que tenga un alojamiento lo más alejado posible de oídos indiscretos", comentó con malicia.

Ahora lo entiendo. A la perfección. Y no me gusta nada. Me levanté de golpe, mirándolo airada. Él se limitó a devolverme la mirada con tranquilidad y una enorme sonrisa satisfecha.

"No podía haber sido otra cosa, claro. Tenías que trasmitirle tu pasión por las mujeres", rugí.

"No te enfades, querida. Nadie elige que heredan los que transforma", sonrió.

"Pero estás encantado con la idea, ¿no es así?", gruñí.

"No está mal", sonrió, mientras Lyosha estallaba en carcajadas.

"No te enfades, Nadya. Si lo piensas bien, lo encontrarás divertido. Y más ahora que el León ha confesado haberse transformado en un dulce gatito entre tus brazos"

"Siguiendo los pasos de mi hermano mayor, el Monje Loco. Loco de amor por su zarina", replicó Leo.

Me volví a Lyosha con la rapidez de rayo.

"¿Rasputin?" mascullé en tono letal.

"¿Si, querida?", preguntó Lyosha con expresión inocente.

"Bonito apodo", gruñí.

"Poco imaginativo, si quieres mi opinión. En cuanto ven a un ruso, lo primero que viene a su cabeza es el dichoso vidente", replicó Lyosha distraídamente, con una sonrisa divertida.

"En cuanto ven a un ruso desnudo", aclaró Leo con expresión traviesa. "Y no a cualquiera, si la leyenda es cierta"

"Bueno, es evidente que no puedo quejarme", replicó Lyosha, encogiéndose de hombros con falsa modestia. "Yo diría que la leyenda es tan cierta como lo que lo que cuentan de las hazañas de los leones durante el celo de sus hembras", terminó con una sonrisa maquiavélica.

En lugar de preocuparse por mi enfado, se dedican a lanzarse pullas el uno al otro, para ver con cual de los dos me iba a enfadar más en esta ocasión. Por un instante, estuve a punto de hervir en mi propia rabia, pero al ver que eso aumentaba su diversión, me forcé a serenarme. Conté mentalmente hasta diez, bloqueando mi mente al acceso de Lyosha. No se saltará mis barreras sólo por diversión. Me dejé caer de nuevo en el sofá, decidiendo seguirles el juego.

"¿Y dónde me deja a mi eso entonces? A la altura de una Zarina y de una leona. ¡Qué poca cosa sois a mi lado!", les provoqué. "No sé si tendré suficiente con un gato y un monje. Quizá debería pensar en tomar otro compañero"

"Por encima de nuestras cenizas, querida", replicó Lyosha con una sonrisa.

"¿Y como pensáis evitarlo?", sonreí.

"Siempre podemos tenerte todo el día en el dormitorio", sugirió Leo, dedicándome una mirada traviesa.

"Tenéis demasiadas cosas que hacer. En algún momento me escaparé"

"Somos dos, querida, no lo olvides. Si hay trabajo, podemos turnarnos", replicó Lyosha.

"Pues será mejor que empecéis a establecer los turnos. Vienen más visitantes. Y mientras los recibís, iré a la sala de ordenadores a esperar el correo de Malachy. Quizá venga alguien a hacerme compañía", comenté con mi mejor sonrisa de picardía.

"Necesitamos todos los hombres posibles, Nadya. No es un buen momento para acabar con nuestros escasos efectivos", rió Leo.

Hice entrar a una pareja, un hombre y una mujer bastante antiguos, y dejé a mis compañeros con ellos para dirigirme a la sala de ordenadores. El sistema no me ha informado de ningún correo entrante, pero yo tengo otra idea. Quizá no pueda entrar en todos sus ordenadores, pero quizá halle algo interesante en su correo. No me llevará demasiado romper su contraseña. Dejaré corriendo el programa, y antes de que dejen de llegar nuevos visitantes, lo tendré todo solucionado.