Al final serán tres, porque ayer escribí otro Cuddy POV después de ver el capítulo 10, así que... Ahí va el segundo.

II. Diecinueve velas y un diente de león.

Fandom: House M.D.

Pairing: Huddy.

Spoilers: ninguno. Está situado en la primera temporada.

Comentarios: pues nada... Parte de la escena escrita a continuación y se me ocurrió escuchando el trocito de canción que puse al final.

Dedicatoria: para Hilda, porque según ella la miro con buenos ojos, porque según yo, la miro tal cual es.


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-Es Cameron. Se ha enterado de que es mi cumpleaños, te lo ha dicho y tendré que quedarme aquí sonriendo mientras me regalas un jersey. Ya sabes, me has hecho sentir muy integrado.

-Sólo iba a recordarte que me debes seis horas de clínica esta semana.

-Uups.

Cuddy se alejó, cogió el teléfono y cuando estuvo segura de que House ya no la podía ver, tiró la tarjeta de "happy birthday" a la basura.

Colgó y se fue.

House M.D. Season 1, Episode 06, "The Socratic Method".


El papeleo en el hospital había sido agotador, así que lo primero que hizo al llegar a su casa fue quitarse los zapatos. Ni siquiera esperó a estar sentada o en el salón, se los quitó en la puerta. Se agachó para cogerlos y fue a guardarlos cuidadosamente en el armario. Luego, aprovechando que estaba en la habitación, se quitó la ropa, se puso algo cómodo –pantalones cortos, camiseta dos tallas mayor- y empezó a caminar hacia el salón.

Por el camino recordó algo, y pasó antes por la cocina. Abrió varios cajones hasta que encontró lo que buscaba. Salió de allí, se tumbó en el sofá y comenzó a pensar.

No hacía falta que Cameron le dijese que era su cumpleaños. Ya lo sabía. Lo sabía desde hacía 21 años. Era un día marcado. No en un calendario, en una agenda o en una hoja pegada al corcho como cuando era joven; era un día marcado en su cabeza. Subrayado con bolígrafos rojos y negros y rodeado de un verde fluorescente que dejaría ciego a cualquiera que mirase para él más de 5 segundos.

Sin embargo, que Cameron entrase en su oficina aquella mañana y le dijese que era el cumpleaños de House, le dio una ventaja. Una ventaja para felicitarlo sin ser desenmascarada, sin demostrar que se acordaba de ello. Cameron se lo había contado y ella había aprovechado el aviso. O al menos, lo había intentado, porque House, que odiaba los cumpleaños -y más cuando se trataba del suyo propio-, la había detenido. No porque estuviese enfadado o porque estuviese triste; simplemente porque odiaba aquel paripé en el que las personas celebraban con ahínco que cargaban con un año más en su cuerpo. Y ella, respetando aquella forma de pensar, disimuló como buenamente pudo, le dio una buena disculpa y tiró la felicitación a la primera papelera que encontró.

Sin embargo, ella no compartía aquella forma de ver los cumpleaños. Nunca les había dado una gran importancia –uno debería de celebrar su "feliz 30 años, cuatro meses y 5 días" si tanto aprecia la vida-, pero tampoco era algo que dejase pasar de largo. No con quien realmente apreciaba. Creía que era bueno celebrar que alguien a quien quieres se haga viejo estando tú ahí para verlo. Eso significaba que seguíais juntos, y eso a ella sí que le importaba.

Por eso, y como siempre desde hacía 20 años –con excepción de uno en el que estaba de vacaciones y no encontró en dos kilómetros a la redonda un maldito mechero. Recordaba con nostalgia que había soplado un diente de león para hacer de sustituto…-, cogió la vela que había sacado del cajón y la encendió con el mechero que siempre había en su sala de estar. La puso en uno de los ceniceros y luego, sintiendo que aquello no estaba completo, se levantó y fue al reproductor de música donde dio al play sin ni siquiera mirar que estaba dentro. Volvió al sofá, se sentó con las piernas cruzadas y se puso a observar tranquilamente como la vela se iba derritiendo poco a poco.

Cuando el CD terminó, agarró el cenicero con la vela dentro teniendo cuidado de que no se cayese y lo puso justo delante de su cara. Cerró los ojos, pidió algo vocalizando pero sin decirlo en alto y sopló suavemente; tan suave, que la vela casi no se apaga. Por último, dejó el cenicero y la vela encima de la mesa y empezó a caminar hacia su habitación sintiendo aún el calor del fuego rodeando su cara.

Justo antes de salir del salón, se dio la vuelta y se apoyó en el marco de la puerta. Miró hacia la mesa, sonrió, y susurró las últimas palabras de aquel día:

-Feliz cumpleaños Greg.

Cuando se estaba echando en la cama, sonaron las doce campanadas.


"Prometo encender en tu día especial una vela, y soplarla por ti.

Prometo no olvidarlo nunca…"

Tenía tanto que darte. Nena Daconte.


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