II
Ofensa
Las semanas al lado de Godric se hicieron más llevaderas que solo. Godric solía estar animado y hablaba por los codos sobre cualquier tema. Reía a menudo y –muy a su pesar- lo hacía reír a él con chistes sin sentido.
Pero debajo de esa pinta de descerebrado, Salazar intuía al verdadero Godric. Al hombre culto e inteligente, que era capaz de crear un hechizo en diez segundos y hablar sobre las propiedades curativas de las ortigas durante media hora y casi sin parpadear.
-Me fui de casa muy joven –empezó a contar una noche, mientras asaban un pato que habían cazado unas horas antes- A los dieciséis. Estaba harto de oír las teorías de mi hermano sobre Merlín, que si seguía vivo, que si había shamanes que aseguraban haberlo visto…
Salazar levantó una ceja y Godric se encogió de hombros, benevolente ante la incredulidad de su compañero.
-Me sentía atrapado en el castillo, nunca había salido de las tierras de mi familia y ya me había follado a todas las jovencitas de los alrededores… -Salazar torció el gesto ante la expresión pero Godric, acostumbrado ya a la extraña moral de su amigo –que le permitía mostrar desagrado ante todo lo vulgar y al mismo tiempo asesinar cuando lo consideraba necesario sin inmutarse- lo dejó pasar con una sonora carcajada- Así que nos fuimos. Lo buscamos por todas partes y viajamos por todos los lugares que el viejo carcamal de Merlín mencionó en sus notas, aunque solo fuera de pasada. Por supuesto, no encontramos nada.
Godric arrancó un trozo de pechuga y lo masticó con fuerza. Observaba el fuego con una sonrisa algo melancólica, perdido en buenos recuerdos. Salazar continuó cenando en silencio, dejándole su tiempo para recuperarse.
-Al cabo de unos años de nuestra partida mi padre enfermó y requirió la presencia del heredero, pero yo no tenía ningún motivo para volver, así que continué. Tenía diecinueve años y el mundo a mis pies. Viajé sin rumbo, sin mapas, como un forajido que huye de la civilización. Encontré gente interesante, y otros que desearía no haber conocido nunca –en ese momento, Salazar se preguntó si sería uno de ellos. No tenía demasiada experiencia en relaciones personales, pero supuso que ya había pasado demasiado tiempo para que Godric estuviese viajando con él solo por el compromiso de no dejarle solo. No eran buenos tiempos para los magos.- Los druidas del sur me dieron el cannabis, asegurando que bajo sus efectos conseguiría ver los secretos del futuro. Siempre me había interesado la magia del porvenir pero ni con esas conseguí una mísera premonición del tiempo de la mañana siguiente -Godric se encogió de hombros, con un desencanto divertido típico de quien se sabe mejor que la mayoría.- Supongo que no es uno de mis poderes.
Me di cuenta desde pequeño que podía hacer cosas que mi padre nos planteaba como metas lejanas. Pero por alguna razón, nunca dije nada –Salazar se sorprendió al encontrar alguna similitud con su extravagante compañero pero no hizo ningún comentario.- Tampoco se porqué te lo estoy contando a ti, pero como mis instintos no suelen equivocarse, supongo que hago lo correcto, que no me traicionarás.
Salazar estaba asombrado. Godric confesaba secretos sin mostrar pudor alguno, como quien habla del tiempo, mientras que él guardaba sus emociones y sentimientos bajo siete llaves. Se volvió a preguntar que era lo que le parecía a Gryffindor atractivo de su compañía –aunque dudaba seriamente de que él mismo lo supiera-. No parecía una persona que se entretuviera mucho analizando las cosas. Todo lo contrario que él.
-¿Y la espada? –la espada de Godric era la maravilla hecha acero. Había sido de las primeras cosas que había llamado su atención cuando se conocieron. Cada vez que la sacaba, emitía un brillo escarlata que despistaba a sus adversarios. Era tan afilada, que casi parecía que pudiese cortar un hechizo en dos.
-Me la regaló un gnomo por salvarle la vida. Es bonita ¿verdad? –Godric desenvainó, y la hoja brilló a la luz de las varitas.- La tuya también es de acero mágico ¿no es así?
Salazar esbozó una media sonrisa. Estaba muy orgulloso de su espada, aunque la de Gryffindor la dejara a la altura del suelo.
-Curé a la hija de un gnomo, hace varios años ya, pero no pude salvarle dos de los dedos de la mano derecha así que el padre no se quedó muy satisfecho. Como aún así su honor le obligaba a darme algo a cambio, cogió mi espada y le atribuyó propiedades mágicas.
Godric admiró la hoja de su amigo en silencio y a Salazar le gustó que no se burlara, por lo que continuó.
-Cuando yo muera, la magia de la espada morirá conmigo.
Godric sintió ganas de sonreír suavemente, pero no lo hizo, entendiendo que probablemente Salazar se lo tomaría como una ofensa.
-Me gusta eso, una espada debería morir con su amo –rasgó el aire con su hoja- A saber a quien pertenecerá Colmillo cuando yo ya esté criando malvas. –ambos magos envainaron sus armas y continuaron cenando en silencio, con los sonidos del bosque envolviéndoles.
-¿Y que me cuentas de ti? –preguntó Godric, al cabo de un rato. No era una persona que pudiese aguantar mucho tiempo en silencio.
Pero pasaría mucho tiempo antes de que Salazar contase algo de si mismo.
Godric al ver que no contestaba, no insistió.
