Había una tormenta de mil demonios

Había una tormenta de mil demonios. Era como si Dios estuviera soberanamente cabreado con aquella pequeña región y descargara el agua con rabia, de una forma oscura y desasosegante.

Los rayos iluminaban la habitación una y otra vez, con una luz blanca y potente, muy parecida a la de los focos pero mucho mas fría, creando exageradas sombras que crecían por doquier entre libros, sillas, los estuches de sus guitarras y su ropa esparcida por el suelo. Un nuevo trueno le hizo apretar los ojos un poco más, hasta sentir dolor.

Odiaba las tormentas. Desde niño había sido así. Sus rastas esparcidas por el cojín le ayudaban a centrarse en la realidad.

Y la realidad era que tenía casi 16 años y las tormentas seguían dándole pánico.

Aquel era su pequeño secreto; algo que nadie más sabía ya que de saberlo, imaginaba las burlas de sus compañeros. Él no podía permitirse sentir miedo. Nadie podía saberlo.

Sin embargo en medio de aquellos pensamientos otro le tranquilizaba.

Hacía unos minutos que habían comenzado a caer rayos y eso significaba que Bill pronto aparecería asustado, para meterse en su cama, para estrecharse contra él y pedirle que le salvara una noche más.

Bill tenía tanto miedo como él, Bill confiaba en él para que le ayudara a dormir, sin saber que el solo echo de aparecer en aquella habitación era lo que le daba fuerzas para salvarle, para abrazarle, para dormir los dos a salvo muy lejos del agua que caía y caía mas allá del gran cristal de su ventana.

Y allí estaba; Bill ante la cama.

-¿Dormias?- preguntó en un tono tímido e infantil. El mayor sonrió haciéndole un hueco, su hueco, tapando luego el liviano cuerpo que apenas había movido el colchón al entrar con la caotica mezcla a la que se habían visto reducidas sus sábanas, mantas y cocha, y estrechandolo con mucho cuidado, sintiendo la respiración del menor contra su cuello y el olor de su champú tal vez demasiado dulce…pero ya era el olor de Bill.

Suspiró profundamente, agradecido por aquello y sus ojos pesaron mas y mas hasta que se durmió, con el menor todavía acariciándole el antebrazo con una sonrisa, con los rayos iluminando la habitación una y otra y otra vez aunque eso a él le daba igual.

Tom nunca reconocería, Tom nunca pediría ayuda…estaba bien. Era así y lo aceptaba.

Protegerle sin que él en su infinita inocencia se diera cuenta también era divertido, aunque luego tuviera que aguantar las rechiflas del grupo e incluso de su propio gemelo por ser un llorica. Estaba bien, no importaba…aquello lo hacía por Tom.

A él siempre le habían encantado las tormentas.

Los rayos, eran igual que los jodidos focos del cielo.