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statu Quo..

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.fracture

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La noche era tranquila, había nubes tapando otras nubes y una musiquita llena de recuerdos inundaba el corazón pletórico de Orihime, yaciendo sobre la cama, con los ojos grises abiertos y brillantes, la boca rosada esbozando una suave sonrisa y el pulso cardiaco acelerado. Porque estaba pensando en…en… ¡Mierda! Se incorporó tan rápido que la sangre se le quedó atascada en el cerebro, comenzó a ver mota de polvo brillantes por el aire que ni parpadeando se fueron. Tres. Dos. Uno. Orihime volvió al planeta tierra, y es que la verdad no sabía el nombre de "ese chico" –ohdiosmío- se sintió idiota, se golpeó la frente y se durmió con la ira circulándole a toda velocidad por las venitas –esas de inocente que, umm, ¿se había ganado?- y todo el rollo. Pensó en chicos y en mucha agua, luego en pitidos incesantes y aroma a flores doradas esparcido por el aire. Ella corría por un campo repleto de amapolas y luego el cielo se oscurecía y...Tres. Tres. Algo palpitaba contra su mano, era un corazón pero no el suyo, eran todos los corazones y todas las emociones que la recorrían, el batir de alas de una mariposa y después estaba en una casa. En el techo, observando a un chico de pelo castaño mirar con melancolía un vaso lleno de cerveza espumosa. Orihime quería tocarle, el hombro o el pelo de aspecto sedoso, pero sus dedos atrapaban el vacío y sólo se quedaba allí, con la canción de fondo y el solitario palpitar de su corazón.

Polvo.

Polvo.

Cuando se despertó aún no había amanecido del todo, el peso cósmico de su cuerpo le pareció mucho más difícil de llevar que de costumbre, olía a café, amapolas y tomate frito. Extrañó salvajemente a Rukia cuando se cepilló el pelo lánguidamente, y con la mano se desabrochaba la blusa blanca del agujerito en el hombro, pensó en insectos y en el chico de –esas manos tan rotas- moreno y de ojos vacíos, y quiso que estuviera allí y que la viera desnuda, quiso que la acariciara los hombros con las yemas de los dedos, que la abrazase y tal vez, que la terminara de desnudar.

Se metió en la bañera y se tocó un rato. Después se lavó el pelo y volvió a extrañar a Rukia porque, ¿sabes? Orihime quería mucho a Rukia, era pequeñita, menuda y muy inteligente, además hacía que Ichigo gritara cosas obscenas cuando se acostaban "fuerte" contra la pared contigua y Orihime pensaba que eso debía de ser complicado. Kurosaki siempre parecía serio y confiable, pero Rukia decía que era un vago y que solo se movía cuando se lo pedías o quería sexo. Era entonces cuando Orihime decidía que no sabía nada de sexo, que las películas que su hermano había guardado en el sótano de su casa de Sapporo eran "cosas de chicos" pero eh, salían chicas desnudas, y otras cosas que Orihime desconocía. Su hermano mayor la reñía por encontrarlas siempre, pero se callaba, y se volvía para acariciar las baldas de madera del suelo del salón. Suaves. Suaves. De color rojo sangre, cerezo o algo parecido al pelo del vecino loco que le clavó un cuchillo a toda su familia. A ella ese color no le gustaba demasiado, la hacía llorar y además siempre era más suave que el suelo, porque la sangre es líquida y es como, umm, algodón. Dulce. Amargo. Porque lloraba y el agua de la ducha le caía como agujas en la piel. El agua desbordaba y Orihime salía del baño.

Se secó el pelo y se peinó. Escogió los pantalones negros de pitillo y los tacones azules. Blusa azul y chaqueta de punto.

Quería que "el chico" la dijera cosas agradables, que la mirase y que la tocara los labios como en las películas de amor. También quería helado, por eso, cuando bajaba la escalera para irse al primer turno en El Centro de Servicios Sociales, Grimmjow, su vecino alto y, ese del que Orihime pensaba que era sexy y protector, se chocó con ella manchándole la camiseta blanca con unas gotas de helado.

Él la miró a medias, sorprendido y con las palabrotas a punto de salir disparadas para herirla. Pero Orihime no sabía que él la quería. La miró otra vez.

Luego gruñó y se metió las manos en los bolsillos.

-Ten más cuidado, joder –le revolvió el pelo vanidoso y con energía, y Grimmjow era agradable, la había defendido de unas niñas que la querían pegar en el colegio. ¡Bruja! ¡Bruja! Luego había aparecido él y las había pegado y echado. Eran niñas mayores, ¿sabes? De esas que llevaban pinta uñas llamativos y se acortaban la falda, pero Grimmjow también era mayor, más bajo, pero más blanco y certero, y las había apaleado. Para ayudar a Orihime, y luego que ella le agarrase la camisa con dedos frágiles, y que le diera un beso con los labios manchados de caramelo en las comisuras. ¡Qué haces! Y la empujó –un poco flojo- y se fue corriendo rojo como un tomate.

-Muchas gracias –y Orihime sonrió-, cuando tenga más mariposas te daré una para que sea tu mascota, ¡Las mariposas son muy fieles! Y tú eres tan dulce que seguro no se despega de ti.

Luego se inclinó un poco y siguió bajando las escaleras, Grimmjow estaba callado, no toleraba que nadie le hablara tan cercano, pero Orihime estaba algo más que cerca, estaba dentro de él, impregnándolo por dentro de esa dulzura loca que desprendía, por eso no le importó que creyera que era dulce. Aunque él en realidad estaba podrido y fumaba marihuana, estaba amargo y aun así seguía siendo "ese" Grimmjow que la defendió cuando eran niños. Por eso sonrió a medias y la tirantez de sus huesos dolió un poco menos, se mantuvo estático con las manos en los bolsillos, escuchando revolotear las motas de polvo en absoluto silencio.

Esperando.

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Era septiembre, las hojas marrones estaban esparcidas por el parque, eran las siete de la tarde y a Orihime le gustaba verlas caer de los árboles. "El chico" no había aparecido, y hacía ya una semana que se ponía un poco más guapa –ella siempre iba guapa- para que el la viera y se acercara, para darle un mordisquito, o abrazarla. Se deshizo de sus prejuicios y se quitó los zapatos, pero, ¿sabes? Eran de esos sexy de tacón alto, negros con muchas hebillas que brillaban suavemente, también tenía los pies llenos de ampollas…que dolían y escocían, pero eso no era lo peor, que los gusanos de seda se habían muerto y por ello lloraba, solo hacía que la congoja se terminara por asentar dentro de ella. Sus lágrimas bañaron el suelo lleno de hojarasca, mientras reía bajito y daba vueltas (a Orihime le divertía girar como peonza), las uñas de sus pies, rojas, rojas, creaban matices infinitos de oscuridad sobre el suelo blando, crack. Que crujía un poquito, bajo y grave, como un carraspeo, mientras la brisa otoñal la revolvía el cabello.

Se paró en seco.

Un poco más allá estaba él, mirándola. Orihime se secó las lágrimas a toda prisa y cuando volvió a abrir sus ojos grises, él estaba cerca. Muy cerca.

Calor.

Corazón.

Tup, tup.

– ¡Hola! Umm, esto, ¿querías algo? –no fue una pregunta, solo intentaba ocultar su embarazo por haber sido descubierta, destapada sin piedad, y eh, su blusa verde pálido estaba abierta más debajo de lo debido. Fue un aleteo, Orihime esperaba respuesta, él simplemente la miró a los ojos más hondo, luego la vista se escurrió más abajo, centrada en un punto suave y medio curvado hacia adentro. Un pliegue de pecados y saliva contenida, bocas hambrientas y susurros tímidos. Insatisfechos. Ambos. Cómeme.

Pero él solo la estaba mirando a las…tetas.

Orihime suspiró. Y él chico entornó un poco los ojos.

–Esto… ¿Cómo es tu nombre? –se acercó un paso.

Crack. Corazón.

Tup.

–Ulquiorra Cifer.

No le preguntó su nombre y ella se incomodaba por momentos, le hervía un poco la sangre, a medias por la vergüenza, a medias por la satisfacción de ser observada con tanto…eh, ¿interés? (a él le interesaba demasiado). Orihime esperó. Pero no mucho.

-Umm, Ulquiorra-kun… ¿Me estás mirando los pechos?

Silencio y brisa otoñal siguieron a esa cuestión de fácil respuesta.

–Eso es un pregunta retórica –ella colapsó, un suspiro se atascó en su garganta de pajarito cuando, vencida por la vergüenza dio tras pasos atrás (quizá cuatro…o cinco)

Pero no lo hizo. Estaba Ulquiorra para ella, le había cogido la mano y no era ni un príncipe ni un demonio. Era él, simple y llanamente y quería abrazar a Orihime solo para sentir "un poco" si aquellos pechos eran tan blandos como aparentaban, nada erótico. Solo curiosidad y un poco de esas mariposas que Orihime había dicho hacía días, que pensabas con la cabeza (esos pechos son enormes) y lo sentías con el corazón (acelerado como nunca antes) y luego los ojos de ella. Fijos, estáticos, llenos de "algo" que no sabía bien que era y le gustaba pero no podía abrazar sus ojos, o tocarlos, podía verlos, y dolía. "Te quiero porque tengo corazón" Ahora parecía distinto, casi podía tocar la subjetividad de esas palabras.

Más brisa y gorjeos ahogados.

La abrazó. Uno. Dos. Tres. Dejó de contar cuando ella se apretó algo más fuerte contra él, sintió primero su calor y suavidad, luego un poco la presión de sus brazos finos –de pajarito– en torno a su torso, y luego la presión (más dura de lo que había imaginado) de eso que toda mujer tiene en su parte delantera.

Blando.

Duro.

Cálido.

Ulquiorra analizó su propia reacción, al respirar notaba el aire caliente entrar por su nariz con más intensidad, el perfume del cabello de la mujer en su interior, el aura medio plácida de ese abrazo infinito presionando a su alrededor y la caótica nube de pensamientos inconexos que le estremecían.

Luego se separaron con brusquedad, él la miró, estudió y absorbió todos y cada uno de los detalles de su cara. Quiero arrancarte los ojos, y luego la tocó la frente.

– ¿Qué es esto? El corazón… ¿Podré verlo si te abro la cabeza? –baja la mano hasta su pecho, dedo índice. Sobre tela. Piel, hueso.

Late.

Orihime guardó silencio, dudando un poco, ella sabía lo que era el corazón –y le gustaba– pero se callaba, porque solo se lo ha dicho a sus amigos. A Rukia, por ejemplo, ella era, ya sabes, de esas que te gustan nada más mirarlas dos veces sin gafas. Le gustan los bichos, pero se los quiere comer, enteros, y no dejar ni las antenitas. Pero hay un problema. Ulquiorra la quiere a ella. Entera.

Con o sin corazón.

–Quiero tocarte hasta los huesos –y Orihime cabeceó y retrocedió hasta el enebro, tocó su corteza y reafirmó que estaba viva.

–Yo seré el aire que respiras. Y te quiero, lo sabes.

Lo dijo en serio, pero Ulquiorra permanecía hipnotizado por su forma de hablar. El gris de los ojos de ella brillaba, ceniza volátil, plata líquida.

Tup, tup.

La miraba.

La quería.

La necesitaba.

Corazón. Corazón.

Con o sin él.

–Quiero tocarte dentro de los huesos.

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End.

Queda un capítulo.