Nota. Dedicado especialmente a mi querida EmoRomantica, si, eres amor. Y un día, subiré He´s my sin. I promise.
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Statu Quo
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.surrender
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Hacía frío, mucho frío afuera. Orihime estaba medio tapada por un montón de mantas suaves, sábanas púrpuras y un par de brazos tan blancos como la encalada pared –y llena de desconchones– que destellaban, cómo luciérnagas diminutas, en la penumbra reinante. La oscuridad era como un mantelito salpicado de contrastes, por las noches la gente hacía cosas como dormir, leer y tener sexo, pero también los insectos paseaban–despacito por el suelo– y se deslizaban con sus patitas pequeñas, esas que Rukia decía eran asquerosas, para tocar la piel clarita de Orihime, las arañas la caminaban por el brazo y ella las arrullaba silbando en silencio, o a veces, cantando bajito.
–Una vez, cuando era pequeña, me enteré de que mi vecina se había comido a su perro –la voz de ella rompió el silencio, y Ulquiorra, ensimismado y con la espalda caliente de Orihime apoyándose en él, tan solo atinó a removerse, tocarle el pelo naranja con la punta de los dedos, y asentir contra su cuero cabelludo. En silencio.
–Los perros deben saber a excrementos –contestó, y Orihime, vivaracha y reptando como una serpiente, se dio la vuelta y le besó en la boca, entre un suspiro, y otro, Ulquiorra no hizo más que respirar "un poquito" de eso que desprendía a oleadas. Calor incandescente que le iluminó los ojos verdes durante medio segundo.
–Una vez, me desvirgaron de una patada –otro silencio. Esta vez Ulquiorra la tocó el hueso de la cadera. Luego algo más blando, y húmedo, pero no era su lengua –estaba más arriba– suave, suave y algo rojo. Luego el rojo es sangre que te quema la boca.
–Se te rompió el himen.
–Sí, pero con menos placer. ¡Y yo que pensaba que el sexo era más complicado! ¿Has probado a beberte el agua de la ducha con el pelo enjabonado? Es chispeante, como tener estrellas bailando en la punta de tu lengua –se interrumpió porque los dedos de él estaban más dentro de lo que pensaba.
–Eso es peligroso, mujer –pero nada más.
Se enredaron entre las sábanas otra vez, se tocaron y saborearon durante –según creo, ¿vale? – sería una media hora, el silencio estaba plagado de suspiros y frases inconexas, y Ulquiorra no pudo evitar pensar que "tal vez" todo aquello estaba hecho para él. ¿La quería? No.
¿La deseaba? Muchísimo. Pero no en un sentido sexual, él pensaba que Orihime estaba loca, muy demente y rota. Justo como él, por eso, si lograba repararla un poquito, tal vez él mismo podría intentar dejar de suicidarse. Dejó de pensar cuando la humedad del ambiente lo devoró.
–Una vez intenté bañarme con las venas abiertas, pero mi madre gritaba mucho, y yo solo tenía como 11 años. Quería lavarme la sangre, ¿sabes? –Arrugó la nariz–, porque estaba sucia.
Orihime jovial de nuevo, plantando sus labios rosas en el hombro –clavicula, ¿eh? – de él.
Hueso, hueso.
–Quiero tocarte –fue un susurro quedo, ahogado, pero audible en todo caso, y ella, solo atinó a responderle con más corazones y suspiros dentro y debajo de la lengua.
–Te quiero, te quiero.
Dos veces.
Porque el sol salía. Uno.
Y el sol se escondía. Dos.
Y lo insectos de Orihime querían ser como el sol y volatilizarse al anochecer, porque se los comían los reptiles –uuuh, ¡qué asco! – pero además, de noche había luna, y la luna ponía triste a los bichitos, llovían gotas saladas del cielo color plata, y otras gotas (más afortunadas) se quedaban pendidas en unos finos pelitos naranjas, sobre el cielo de la nada durante horas.
–Yo no te quiero.
Y Orihime sonreía, porque estaba loca.
Ulquiorra la sostenía contra su cuerpo, enterrado en ella, palpitando y agarrándola del pelo, con rabia absoluta bajo su "cara de niño" o psicópata, porque estaba enfermo y quería tocarla dentro, más dentro, quería comerse su corazón, y tal vez, si ella le dejaba, tocarle los huesos.
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Aquel día después de que todos se hubiesen marchado y momentos después de que Orihime terminara de colocarse el pelo (brillante, cómo de princesa, pero algo más sucio y quebradizo) alguien tocó la puerta de su apartamento. Y no es que ella lo pensara realmente, pero la vocecita de "ese rapero tan cool", sonaba como un tuu, tum, de patitas de escarabajo en la alfombra.
Un revoloteo y luego Ichigo que la miraba con una sonrisa floja en la carita de mandarina que tenía. Llena de sonrisitas poco prometedoras, Orihime avanzó hasta él, cerró la puerta de un toque y se abanicó con la mano, y se acordó de que no había metido las sábanas en la lavadora… .
-Buenos días Inoue, ¿Tienes un momento?
Ella asintió levemente y luego sonrió, porque era de buena educación, y porque él era su amigo.
-No sé cómo empezar, así que, uh, esto…¡Rukia me dijo que tenías novio! Ups, ¿fui descortés o alguna mierda de esas? Rukia siempre anda tocándome las narices con ese rollo de la educación…¡Pero no vale ni un carajo! –luego paró la verborrea y se apoyó en la pared un poquito acalorado.
-No sé muy bien eso de que Rukia es pesada, pero sí, tengo pareja y es como un escarabajo gigante. Pero más agradable. Huele de maravilla y a veces toca sitios que me hacen ver estrellitas aún con los párpados cerrados.
Ichigo tomó aquella confesión como una especia de justificación, y cuando iba a responderle algo medianamente coherente, el tipo, si, "ese" sujeto, apareció en la escalinata y sólo se paró a mirar a Orihime un poquito más de cerca.
-Tú –y la revolvió el pelo con la mano derecha, grande y…(Orihime se quedó en blanco), Grimmjow dio un paso hacia Ichigo y le clavó los ojos azules muy dentro del alma, casi parecía querer romperlo-, Kurosaki.
Pero nada más.
-Grimmjow –Ichigo lo dijo como si le picara la punta de la lengua, removiéndose un poco incómodo, se toqueteó el pelo naranja.
-¡Grimmjow, te dejaré la caja con los gusanos en el rellano! –gritó un poco bajo, pero era un poco gato, y la respondió con un gesto despreocupado, sus pasos se perdían por las escaleras, y le pareció que se volvía un poco más pequeñito, pero dentro de su "corazónllenodeinsectos" le pareció que brillaba con un dulce y suave color ámbar.
-No deberías ser tan cercana con ese tío, Inoue. Es peligroso y…eh, bueno. Creo que me marcho, si ves a Rukia pídela que traiga la sal, que me olvidó –alzó la y se perdió en dirección opuesta a dónde lo había hecho Grimmjow minutos antes, dejando a Orihime con la cabeza semi abducida y pensando que sus vecinos eran todos muy atractivos.
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Seguía siendo otoño, y Orihime, sentada en el columpio rojo miraba hacia arriba, como las nubes algodonosas pasaban por el cielo con pereza. Unos pasitos la alertaron, y después esa chica de pelo bicolor (color madera y a la vez, hojas amarillas) se sentó a su lado, y le clavó los ojos castaños con fruición.
-Hola.
Orihime se miró los zapatos y luego se volvió a mirarla. Era más alta, y bonita, tenía la nariz pequeña y redonda con cientos de pecas por las mejillas, y manos, eran manos de señorita, de uñas rojas y vaporosas.
La chica desconocida se levantó y acarició el pelo de Orihime.
Ella respondió.
-Hola.
Luego sonrieron y Orihime se levantó también.
Se tocaron las manos, la una de la otra, y luego, sin decir nada más, se alejaron. Con el susurro del viento soplando en sus oídos, y el chasquido de las antenas de los escarabajos como un soliloquio de difuntos.
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-¡Esto es indignante! –Rukia caminaba como una posesa, haciendo "taptap" con sus piececitos desnudos en el suelo de madera.
-No es para tanto –Orihime lo dijo con la boca chica, mientras le daba un golpecito suave a la mantis religiosa verde como los ojos de…él, y se distraía pensando que quería tener sexo de nuevo, y que deseaba que se enredaran de nuevo en las sábanas purpuras de su cama. Pero solo estaba Rukia, que le decía que Ulquiorra volvería, pero que era un cabrón por haberse ido sin avisarla, que ella, Orihime, era su novia, y que tendría que haberse dignado a avisarla.
Orihime callaba, porque sabía que la verdad era diferente.
-Ha ido a buscar su corazón.
Rukia la miró llorar desde lejos. Tras un cristal, pesarosa y con las manos temblorosas y delicadas asidas a las tibias caderas.
Pensando que era la propia Orihime la que debería estar buscando el suyo.
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La lluvia caía del cielo y se pegaba a su piel cómo cientos de pequeñas hormigas sobre un montón de miel, o azúcar. Adorándola en todo caso, con el corazón latiéndole más despacio que a la hierba, y el estómago lleno de pastillas desconocidas, Orihime Inoue yacía cual princesa sobre el banco de mármol del parque. Era verano, pero el cielo estaba oscuro, plomizo, y el agua surgía a bocanadas poco precisas, mojándola por completo. "Pero peor están las hormigas" con eso en mente, la chica se enroscaba y desenroscaba un mechón naranja brillante en el dedo, rematado en una uña larga, nacarada y brillante como las alas de una libélula.
Escuchó pasos y chapoteos, luego alguien se sentó en el banco, junto a sus piernas extendidas, y acarició el hueso de su rodilla.
-Sabía que estarías aquí –reconoció la voz.
Ella sonrió mientras lloraba. ¡Los pajaritos habían dejado de cantar!
Así que ella cantó.
-Siempre estoy aquí –tarareó extendiendo los brazos hacia el cobrizo tormentoso del cielo, esperando que el final llegase de una vez, relamiéndose los labios y pestañeando rápido.
-Ya tengo una respuesta.
Pero Orihime seguía cantando en voz baja, se toqueteaba el pelo y jugaba no muy secretamente a atrapar gotas de lluvia. El tarareo se volvió cada vez más rápido. El corazón se aceleró, y ahora parecía el batir de alas de una mariposa.
Pero no había ninguna.
Grimmjow no estaba.
Ni estaría nunca.
Orihime sonrió un poco, la letra de su canción sonó lastimera, y la mano del desconocido subió por la pierna, rozando la pantorrilla, la tela vaquera del pantalón empapado. Y…se quedó ahí. Justo en el ombligo.
-Tu respuesta es como esta lluvia. La toco, pero no la siento del todo. Se queda por encima de mi piel –sonó quedo. Pero Ulquiorra pudo notar cómo la incomodidad se le colaba en el estómago, una pasta agria y, algo que, una delicada mantis, o una abeja reina rehusaría a probar, y…eh, estoy hablando como ella. Mi corazón se ha quedado aquí, no me ha avisado de que quería consumirse con ella. Nunca lo tuve. Y era cierto. Ulquiorra no tenía corazón.
Orihime se lo había quitado.
Y era todo de ella.
Pero no se habían dado cuenta aún.
Esperaban el fin bajo el amparo de la lluvia, con el crujido de los columpios herrumbrosos y los susurros de los árboles de verdes hojas cantándoles al oído. De coro silencioso para Orihime, que seguía acariciando al viento con las yemas de los dedos, raspándolo, pero sin hacerlo sangrar.
-Todo duele.
Habló de nuevo él.
-¿Te gustan los huesos?
El dedo de Ulquiorra era más cálido que nunca, y seguía quieto en el ombligo de ella, ejerciendo una presión ligera, pudorosa y hasta tímida.
-Sólo los tuyos.
Ella sonrió un poco, se levantó y, con un gesto cómplice le tendió la mano al chico de los ojos llenos de oscuridad, que parpadeaban, atraídos por el resplandor loco y medio hilarante de Orihime.
-Vamos a buscar el fin del camino. Pero sólo quiero ir contigo, ¿vale?
Él se quedó quito. Quería acercarse un poco y…hacerle, esto, aquello, y dios sabe qué más. Quería cantarla, decirle que había contado todas las estrellas del cielo y que si ella se lo pedía, iría a buscarlas para ponérselas en el pelo. También quería que le devolviera lo que le había quitado, el aliento y el desaliento, la fuerza y la debilidad, quería que le devolviera las ganas de irse de este mundo, de morir, cortándose las venas y ahogándose en la bañera. Quería que ella fuera con él. ¿Dónde?
No le importaba.
En absoluto.
¿Cielo? ¿Infierno?
Siempre que ella estuviera con él, todo sería el cielo.
-Que no se te olvide el corazón.
Un suspiro se escuchó entre el chapoteo, y luego más sonrisas. Él dedo seguía en el ombligo, y Orihime había empezado a sentir que un escarabajo, grande y brillante, le correteaba por dentro de las venas.
-Siempre los llevo conmigo.
Y se perdieron, un poco dentro de ellos mismos, del otro, y otra mitad en el camino de lodo con los pies descalzos, las manos juntas y el palpitar espeso y húmedo de dos corazones latiendo sin pausa
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.End...
