:D :D ¡Olóoo! He aquí (al fin) el epílogo de éste fanfic :D Espero les agrade. Es un poco corto y pues, sólo con lo necesario para un final feliz xD Muchísimas muchísimas gracias a todos los que leyeron,comentaron,regalaron favorites y alerts y todo éso bonito, es algo que a nosotros los escritores nos anima a seguir con la historia :D
Bueno...Sin más que decir, los dejo. ¡Hasta el próximo fic! :D
Epílogo
King's Cross, 15 años después...
-¿Traen todo, cierto?
-Sí papá…
- …Escríbanos todos los días, que luego su madre los extraña…-Dijo Draco, agachado a mi lado. Sonreí: en realidad, él era el que jamás dejaba de pensar ni un minuto en ellos.
- Sí, papá…- musitó cansinamente Scorpius, rodando los ojos.
Scorpius Hyperion, rubio platino de cabello lacio y ojos grises, facciones finas y piel blanca: nuestro hijo mayor era un vivo retrato de su padre a su edad. Pero en el carácter era una mezcla extraña de Draco y yo. Podía ser sumamente sarcástico y burlón, pero tenía un lado muy sensible que generalmente ocultaba.
Observé cómo enroscaba sus dedos largos y finos como los de su padre en el mango de su varita, jugueteando con ella como lo solía hacer yo cuando tenía su edad.
- ¡También ustedes escríbanos! – dijo Aine Carina, con una sonrisa en el rostro mientras abrazaba a su papá.
De cabello rubio, con rizos y bucles y unos ojos verde esmeralda como los míos, nuestra segunda hija era, por mucho, la Malfoy más amable que jamás hubiera existido: Aine era tan amorosa y alegre, que a veces Scorpius la molestaba diciéndole que era adoptada, lo que terminaba generalmente en pelea.
Un jalón en mi manga me distrajo de la contemplación. Voltée.
- ¿Traes todo, Aislinn? No se te olvidó la varita, ¿Verdad?
- No mamá – musitó, clavándome sus ojos gris mercurio, idénticos a los de su padre, en los míos.
Sonreí y le acomodé uno de sus oscuros rizos castaños tras la oreja. Ella era la que más se parecía a mí en las facciones suaves y armónicas, y en el suave color dorado de la piel. Noté que estaba nerviosa.
- No te apures – le dije, sonriéndole – te encantará, ya lo verás. Hogwarts es hermoso, será tu segundo hogar.
Nuestra hija menor, Aislinn Lynx, apenas iba a entrar a su primer año en Hogwarts. La miré, tan pequeña en el uniforme del colegio, y sentí un pellizco de ternura en el corazón.
Pero sabía que no tendría el más mínimo problema: era sumamente sociable, altanera y demasiado lista. Tal como su padre. De hecho, de mis tres hijos era la que más se parecía a él en carácter, pero ella era muchísimo más astuta y manipuladora. Draco siempre decía que, si no la educábamos bien, todo lo que Voldemort había hecho parecería un juego de niños comparado con lo que ella haría.
- Mamá… - dijo, dudosa - …Scorp me ha dicho que no entraré a Slytherin con Aine y él. Dice que me quedaré en Hufflepuff.
Scorpius la miró con ojos entrecerrados.
Abracé a Aislinn y ella, pensando que no la veía, le hizo la mueca de reto que había aprendido de su padre y su abuelo.
Reí. Ése par de nuevos Malfoy eran realmente un problema cuando querían.
- Sea cual sea la casa en la que te quedes, eso no importa. La casa…
-…La casa no hace al mago. Lo sé mamá, siempre lo dices.
- Bien. Nunca lo olvides. Además – le susurré y ella me miró con curiosidad – todos los Malfoy han estado en Slytherin. Y de todos modos, puedes pedirle al Sombrero Seleccionador que te ponga en la casa que quieras. A mí me quiso poner en Ravenclaw pero yo moría por estar en Slytherin. A tu hermana también la quiso poner en Ravenclaw, pero tanto ella como yo le pedimos estar en Slytherin y nos lo concedió.
Mi hija me miró con ojos brillantes, y sonrió.
-¡El tren ya se va! – se escuchó por todo el pasillo - ¡Todos a bordo!
- Vamos, vamos niños – los apuró Draco despidiéndose de todos – suban al tren.
Los abracé a todos y los besé, sintiendo un nudo en la garganta: ahora sabía cómo se sentían mis padres al dejarme.
Sonrientes, subieron al tren y se asomaron por la ventana de su vagón.
- ¡Sujétate bien de tu escoba al volar! ¡Aine, igual para ti! – les dijo Draco a los niños, que le contestaron con una sonrisa.
- ¡Aislinn! – le grité sobre el ruido del tren a mi hija menor - ¿Trajiste tu cello?
Ella sonrió.
- ¡Primero olvidaría mi baúl!
Reímos, mientras el tren se alejaba. Nuestros tres pequeños magos agitaron sus manos.
De pronto, Draco gritó:
- ¡Aislinn!
Ella lo miró, expectante.
- ¡No te metas en problemas!
Con una sonrisa traviesa, la pequeña trigueña de ojos grises hizo una seña indicándole que ya no lo había escuchado.
Pero nosotros sabíamos que sí lo había hecho.
- Mira quien le dice que no se meta en problemas. Si supiera cómo eras a su edad…
- Pero no lo sabe – dijo Draco – ...afortunadamente.
Abrazados, Draco y yo nos quedamos mirando el tren hasta que fue sólo un pequeño punto en el horizonte. Suspiré.
- Bueno, en vista el éxito obtenido…
- …Iremos a comer y luego… - me dijo Draco levantándome del suelo y dándome una vuelta en el aire.
- ¿Luego qué? – pregunté, divertida.
- Luego – me dijo, besándome la oreja – podemos ir a divertirnos por ahí…
Solté una risita, y lo besé en su nariz fina mientras él armaba y desarmaba nuestros dijes de serpientes. Le encantaba hacer eso.
- ¿Nunca cambiarás, verdad?
- Jamás. Así me amas.
- Eso jamás lo dudes.
- Y yo también te amo, te amo justo así como eres. – me susurró.
Lo miré: habían pasado 20 años desde la primera vez que me dijo, tartamudeando, que me quería. Y ahora no tenía ningún problema en decirme que me amaba, y hasta dos veces seguidas.
Sonreí, orgullosa.
- Sé lo que piensas – dijo mientras caminábamos por el andén, abrazados. – Te puedo decir mil veces que te amo sin trabarme…
- Creo que has avanzado mucho… - le dije, clavando mi mirada en su cabello rubio platino y bajando a ésos ojos grises que me seguían causando un brinco en el estómago, como si fuera de nuevo una adolescente - …realmente estoy orgullosa de ti.
Me miró, complacido.
-Lo sé – musitó en mi oído – Y no tienes que decir que soy fantástico. Eso también lo sé. Si no lo fuera, no hubiera conseguido tener a una mujer tan increíble como tú.
- Adulador.
- Yo siempre, sólo contigo. Y conmigo mismo, por supuesto.
Reí, y él me dedicó un guiño y su sonrisa torcida que tanto me gustaba, mientras atravesábamos la barrera.
