Bueno, tuve mi primer review, espero que las que leyeron se animen y me den su opinion sobre la historia, porque pienso que solo a una persona le gusta. Sin embargo pondré el segundo capitulo de esta historia. Besos!
El es ágil y veloz, oscuro como la noche. Luces y reflejos van y vienen en los pequeños espejos de su moto. Llega a la plaza, vuelve a correr apenas ve que por la derecha no viene ninguno.
-Tengo unas ganas de verlo, son dos días que no sé nada de él.
Una bella muchacha de cabello rubio, ojos verdes y un buen posterior prisionero de unos pantalones Miss Sixty, sonríe a la amiga, una pelirroja alta como ella pero un poco más redonda.
-Lauren, sabes cómo es todo, aun si han estado juntos nunca quiere decir que ahora tienen una historia.
Sentadas en sus motos, fuman cigarrillos muy fuertes, tratando de dar una imagen fuerte y algunos años de más.
-Que importa, sus amigos me dijeron que el normalmente nunca llama a nadie.
-¿Porque, a ti te llamo?
-¡Sí!
-Bueno, quizás se equivoco de número.
-¿Dos veces?
Sonríe, feliz de haber puesto en su lugar a la amiga que, sin embargo, no pierde el ánimo.
-De sus amigos no te puedes confiar. ¿Has visto que hacen?
Cercano a ellas, con sus motos potentes como sus músculos, Emmett, James, Felix, Mike, Bunny, Dylan y muchos otros aun. Nombres improbables de historias difíciles. No tienen un trabajo fijo. Algunos siquiera mucho dinero en los bolsillos, pero se divierten y son amigos. Esto basta. Aman pelear, y eso nunca falta. Parados allí, en esa plaza abandonada hace años, sentados en sus Harley, sus viejas 350 Four con piezas originales, o con los clásicos cuatro en uno, del ruido más potente. Soñadas, suspiradas y al final, obtenidas, gracias a continuas plegarias, de sus padres. O quizás con el sacrificio de la billetera desafortunada de un joven descuidado que la dejo en la gaveta de cualquier escarabajo o en el bolsillo interno de un Henri Lloyd, en fin, demasiado fáciles de robar durante el receso.
Como estatuas sonrientes, exhiben las peleas fáciles, las manos con cualquier rotura, recuerdo de una riña. John Milius los hubiera adorado.
Las muchachas, más silenciosas, sonríen, casi todas escapadas de casa, inventando un dormir tranquilo donde una amiga, que en vez de eso, está sentada ahí cerca con ella, hija de la misma mentira.
Gloria, una chica con la licra azul oscuro y la camiseta del mismo color con pequeños corazones celeste, muestra una esplendida sonrisa.
-Ayer me divertí un mundo con Darío. Hemos festejado seis meses que estamos juntos.
Seis meses, piensa Lauren, a mi me bastaría uno solo…
Lauren suspira, después prosigue a soñar con las palabras de la amiga.
-Fuimos a comer una pizza al centro comercial.
-En serio, yo también fui ayer.
-¿A qué hora?
-Behh... habrán sido las once.
Odia a esa amiga que interrumpe el cuento. Siempre hay alguien o alguna cosa que disturba tus sueños.
-Ah, no, ya nos habíamos ido.
-¿Entonces, quieren escuchar el resto?
Un único 'si' sale de esas bocas de extraños sabores de brillo de frutas o rosados robados a vendedores distraídos o a baños maternos más ricos que pequeñas perfumerías.
-A un cierto punto llega el camarero y me lleva un ramo de rosas rojas enorme. Darío sonríe, mientras todas las muchachas de la pizzería me miran agitadas y un poco envidiosas.
Casi se arrepiente de esa frase, notando a su alrededor aquellas similares miradas.
-Nunca por Darío… ¡Por las rosas!
Una repentina risa las une a todas de nuevo.
-Después me beso en los labios, me agarro la mano y me dio esto.
Le muestra a las amigas un sutil anillo con una pequeña piedra celeste, de reflejos alegres, casi como los de sus ojos enamorados. Versos de sorpresa y un '¡Bellísimo!' reciben ese simple anillo.
-Después fuimos a mi casa y hemos estado juntos. Mis padres no estaban, estuvo fabuloso. Ha puesto el CD de Maroon 5 que me encanta. Después nos fuimos a la terraza con una cobija y miramos las estrellas.
-¿Habían muchas?- Lauren es, sin duda, la más romántica del grupo.
-¡Muchísimas!
Un poco más allá, una versión diferente.
-Hey, anoche no supimos nada de ti…
James. Una venda en el ojo, fija. Sus cabellos alborotados, ligeramente claros en la punta le dan un aire de ángel, si no fuera por su fama infernal.
-¿Entonces, se puede saber qué hiciste anoche?
-Nada. Fui a comer al centro comercial con Gloria, y después, como no estaban los suyos, fuimos a su casa e hicimos cosas. Como siempre, nada especial… ¿Han visto que han arreglando el Panda?
Darío trata de cambiar el tema. Pero James no para.
-Cada tres, cuatro años arreglan todos los locales… entonces, ¿por qué no nos llamaste?
-Hemos salido sin pensarlo, así de repente.
-Qué extraño, tu casi nunca haces algo así de repente.
El tono no promete nada de bueno. Los otros se dan cuenta. Emmett y Felix dejan de jugar fútbol con una lata aplastada. Se acercan sonrientes. Mike le da una tirada más larga al cigarrillo, y hace su guiño de burla usual.
-Saben muchachos, ayer Gloria y Darío cumplían seis meses y el ha querido celebrarlo solo.
-No es cierto.
-¿Cómo no? Si te han visto comer la pizza. ¿Pero es cierto que quieres enseriarte?
-Sí, dicen que te gusta hacer de florista.
-¡Guau!- Todos divertidos comienzan a darle golpes por la espalda, mientras que James lo agarra con el brazo alrededor del cuello y con el puño cerrado le presiona fuerte la cabeza.
-Que tierno…
-¡Ay! Suéltame…
Todos se le lanzan encima, riendo como locos, casi sofocándolo con sus fuertes músculos. Después Bunny, mostrando sus dos anchos dientes de enfrente que le han regalado ese apodo, grita de repente: 'Busquemos a Gloria'
Los Converse All Star celestes, con la pequeña estrella roja en el centro del círculo de goma por el tobillo, bajan de la moto y tocan rápidamente tierra. Gloria da solo dos pasos pero se vuelve rápidamente. Los cabellos rubios de ella hacen un extraño contraste con los ojos oscuros de Mike, con su ceja cosida malamente, con esa nariz lesionada y suave, golpeada en el hueso por un bello derechazo, cualquier mes atrás, en la cantina.
-Suéltame, anda, déjame.
Rápidamente Felix, Emmett y Bunny se ponen alrededor y fingen ayudarlo a lanzar en el aire a esos cincuenta y cinco kilos bien distribuidos, siempre pendientes de poner las manos en los puestos adecuados.
-Paren, ya basta.
Las otras muchachas se avecinan al grupo.
-Déjenla quieta.
-¿Se han ido solos a hacer cosas, en vez de festejar con nosotros? Bueno, entonces celebramos ahora, a nuestro modo.
Lanzan a Gloria de nuevo en el aire, riendo y bromeando.
Darío, aun si es poco más pequeño que los otros y regala rosas, se hace su camino a empujones. Agarra a Gloria por la mano justo cuando va bajando, y se la monta en su espalda.
-Ahora basta, paren.
-¿Y si no, qué?
James sonríe y se pone de frente a él, alargando las piernas. Sus jeans ligeramente más claros en sus gruesos muslos se tensan. Gloria, apoyada en la espalda de Darío, se agarra más fuerte. Hasta aquel momento había aguantado las lagrimas, ahora también la respiración.
-¿Sino, que harás?
Darío mira a James a los ojos.
-¿Qué coño quieres? Siempre tienes que ser la molestia.
De los labios de James desaparece la sonrisa.
-¿Que dijiste?
La rabia hace mover sus pectorales. Darío cierra los puños. Un dedo escondido entre el resto se ajusta con un sonido sordo. Gloria entrecierra los ojos, Mike se mantiene con el cigarrillo tembloroso en su boca abierta. Silencio. Repentinamente un rugido rompe el aire. La moto de Edward llega haciendo ruido. Dobla en la curva y avanza veloz, frenando poco después en medio del grupo.
-Bueno, ¿qué se hace de bueno?
Gloria finalmente suspira. James mira a Darío.
Una sonrisa ligera deja la discusión para otro momento.
-Nada, Edward, se habla mucho y no sucede nada.
-¿Tienen ganas de estirarse un poco?
El seguro de la moto cae como un cuchillo y se planta en el suelo. Edward baja de la moto y se arregla la chaqueta.
-Se aceptan concursantes.
Pasa cerca de Mike y, abrazándolo, le quita de la mano la Heineken que acaba de abrir.
-Hola, Mike.
-Hola.
Mike sonríe, feliz de ser su amigo, un poco menos de no tener más la cerveza.
Cuando la cara de Edward baja después de un largo trago, sus ojos encuentran a Lauren.
-Hola.
Los suaves labios de ella, ligeramente rosados y pálidos, se mueven apenas, pronunciando ese saludo en voz baja. Sus pequeños dientes blancos, todos pares, se iluminan mientras sus ojos verdes, bellísimos, tratan de transmitir todo su amor, inútilmente. Es mucho. Edward se le acerca, mirándola a los ojos. Lauren lo mira, incapaz de bajar la mirada, de moverse, de hacer cualquier cosa, de parar ese pequeño corazón, que como loco, hace un solo como si fuera Clapton.
-Aguántame esto.
Se quita el reloj Daytona con la correa de acero y lo deja en sus manos. Lauren mira como se aleja, después aprieta el reloj y se lo lleva cerca al oído. Siente el ligero sonido, el mismo que había escuchado cualquier día antes debajo de su almohada, mientras el dormía y ella se mantenía, pasando minutos en silencio, a mirarlo. En ese entonces, sin embargo, el tiempo parecía haberse parado.
Edward se sube en el techo pasando por el portón de un teatro viejo.
-¿Entonces, quien viene? ¿Acaso quieren invitaciones escritas?
James, Felix y Emmett no se hacen rogar. Uno después del otro, como simios que en vez de pelo tienen chaquetas Avirex, escalan con facilidad el portón.
Llegan todos al techo, por ultimo Mike, ya doblado en dos para recuperar el aliento.
-Ay, ya yo estoy destruido, hago de árbitro.- Y le da un trago a la Heineken que milagrosamente ha logrado no derramar en la fatigosa subida, para los demás un juego de muchachos, para él una empresa a la Messner.
El grupo se alinea en la penumbra de la noche.
-¿Listos?- Mike grita alzando la mano veloz. Un poco de cerveza le cae debajo a Valentina, una hermosa chica de cabellos marrones en una cola alta, que se envolvió hace poco con Dylan, un tipo bajo hijo de un rico de corbata.
-¡Coño!- le sale de la boca, creando un gracioso contraste con su cara elegante.- ¿Ten cuidado, no?
El resto se ríe, secándose las gotas de cerveza que les han caído también.
Casi todos juntos, una decena de cuerpos musculosos y entrenados se preparan en el techo. Las manos adelante y paralelas, las caras tensas, los pechos anchos.
-¡Ya! ¡Uno!- grita Mike, y todos los brazos se doblan, sin fatiga. Silenciosos y aun frescos, llegan al frío mármol y sin mucho tiempo regresan arriba. -¡Dos!- abajo de nuevo, más veloces y decididos. -¡Tres!
Aun, como al comenzar, más fuertes que cuando comenzaron. -¡Cuatro!- Sus caras, gestos casi irreales, sus narices, con pequeñas arrugas, bajan contemporáneamente. Bajan veloces, con facilidad, llegan casi hasta la tierra y de nuevo suben. -¡Cinco!- grita Mike dando un último trago a la lata y lanzándola en el aire. -¡Seis!- Con exactitud la golpea. -¡Siete!- La lata vuela en alto.
Después, como lenta paloma, cae de lleno en la moto de Valentina.
-Coño, eres de verdad un ridículo, yo me largo.- Las amigas comienzan a reírse.
Dylan, su novio, para de hacer flexiones y baja del tejado.
-No, anda Vale, no seas así.
La agarra con los brazos y trata de pararla, logrando con un beso suave interrumpir sus palabras.
-Está bien, pero dile algo a ese tipo.
-¡Ocho!- Mike baila en el techo moviendo alegre las manos. -Muchachos, ya uno, con la excusa de que la novia se arrecho, ha parado. Pero la competencia continúa. ¡Nueve!- Todos ríen y, ligeramente más calentados, bajan. Dylan mira a Valentina.
-¿Que se le puede decir a uno así?- Agarra la cara entre sus manos. -Tesorito, perdónalo, no sabe lo que hace.- Mostrando un discreto conocimiento religioso pero una pésima práctica, debido que apoyado en la moto de Valentina comienza a besarla apasionadamente, en frente de las otras chicas.
La voz gruesa de James con aquel acento particular de su región, hace eco en la plaza.
-¡Hey Mike! Aumenta un poco, me estoy durmiendo.
-¡Diez!
Edward baja fácilmente. Su corta camiseta azul le cubre los brazos. Los músculos son anchos. En las venas su corazón suena potente, pero aun lento y tranquilo.
No como entonces. Ese día su corazón joven había comenzado a batir veloz, como enloquecido.
Dos años atrás.
Una tarde cualquiera, si no fuera por su moto nueva último modelo, rodando, todavía sin pintarla. Edward la está probando, pasa enfrente del Café Fleming cuando siente que lo llaman:
-¡Edward, Hola!
Annalisa, una linda rubia que conoció en un parque, le viene de frente. Edward se para.
-¿Qué haces por estas partes?
-Nada, fui a estudiar a casa de un amigo y ahora regreso a casa.
En un segundo. Alguno a sus espaldas le quita la gorra.
-Te doy diez segundos para que te vayas de aquí.
Un tal Poppy, un tipo grueso y más grande que él, esta de frente. Tiene su gorra en las manos. Está de moda esa gorra. En Seattle la tienen todos. A colores, hecha a mano, de las agujas de alguna chica. Aquel se lo había regalado su madre, tomando el puesto de esa chica que todavía no tiene.
-¿No escuchaste? Vete.
Annalisa mira alrededor y, entendiendo, se aleja. Edward baja de la moto. El grupo de amigos se le avecina. Se pasan la gorra riendo, hasta que termina en manos de Poppy.
-¡Devuélvemelo!
-¿Lo escucharon? Es un duro. ¡Devuélvelo!- lo imita haciendo reír a todos. -¿Sino que harás, eh? ¿Me darás una cachetada? Anda, dámela pues.
Poppy se avecina con las manos abajo, llevando la cabeza hacia atrás. Con la mano libre le indica su mentón.
-Dale, golpéame aquí.
Edward lo mira. Por la rabia no puede ver nada más. Trata de golpearlo, pero apenas mueve el brazo lo bloquean desde atrás. Poppy pasa por los aires la gorra a uno cercano y le da un puño en el ojo derecho lastimándole la ceja. Después ese bastardo que lo había bloqueado desde atrás lo empuja adelante, hacia las rejas del Café Fleming que, viendo lo sucedido, cerro antes de lo previsto.
Edward se lastima el pecho en contra de la acera, dándose un gran golpe. Le llega rápido una descarga de puños en la espalda, hasta que alguno lo gira. Se encuentra atontado en contra de la acera. Trata de cubrirse, pero no lo logra.
Poppy le pone las manos detrás del cuello y aguantándolo a los tubos de hierro de la reja lo mantiene firme. Comienza a darle golpes. Edward trata de pararse como puede, pero esas manos lo bloquean, no logra quitárselos de encima.
Siente la sangre bajar por su nariz y una voz femenina que grita:
'¡Basta, Basta, paren, así lo masacran!'
Debe ser Annalisa, piensa. Edward trata de patear, pero las piernas no logran moverse. Siente solo el sonido de los golpes. Ya no le hacen tanto mal. Después llegan los adultos, algunos pasantes, la propietaria del bar. 'Váyanse ya, lárguense' Alejan a esos muchachos tirándolos por las camisetas, por las chaquetas, quitándoselos de encima. Edward se echa lentamente, apoya la espalda en la acera, termina sentado en un escalón. Su moto esta allí enfrente, en el suelo como él. Quizás la parte lateral se rayo. ¡Pecado! Estaba siempre pendiente cuando salía del portón de no rayarla.
-¿Estas mal, muchacho?- Una bella señora se acerca a su cara. Edward hace señal de no con la cabeza. La gorra de su madre está ahí en la tierra. Annalisa se largo con los otros. Mama, sin embargo, tu gorra todavía la tengo.
-Toma, bebe un poco.- Alguno llega con un vaso de agua. -Tómalo lentamente. Que desgraciados, gentuza de la calle, pero yo sé quiénes fueron, siempre son los mismos. Esos ociosos que se sientan todos los días aquí al bar.
Edward bebe el último trago, agradece sonriendo un señor que está cerca y agarra el vaso vacio. Desconocidos. Trata de alzarse, pero las piernas por un momento parecen ceder. Alguno se da cuenta y se lanza rápido a socorrerlo.
-Muchacho, ¿estás seguro de sentirte bien?
-Estoy bien, gracias. De verdad.
Edward se limpia los pantalones. El polvo se va de las piernas. Se limpia la nariz con el suéter ahora arrugado y respira profundamente. Se pone la gorra de nuevo y enciende la moto. Un humo blanco y denso sale con gran ruido del tubo de escape. Esta golpeada. La parte lateral derecha vibra más de lo normal. Esta rayada. Después mete primera y mientras los últimos señores se alejan suelta lentamente la fricción. Sin voltearse sale por la bajada.
Recuerdos.
Un poco más tarde en casa. Edward abre lento la puerta y trata de llegar a su cuarto sin hacerse sentir, pasando por la sala. Pero el piso es traidor: chilla.
-¿Eres tú, Edward?'
La sombra de su madre aparece en la puerta del estudio.
-Si mamá, voy a la cama.
La madre avanza un poco.
-¿Estás seguro de sentirte bien?
-Si mamá, estoy muy bien.
Edward trata de llegar al corredor pero su madre es más veloz que el. El interruptor de la sala se mueve, iluminándola. Edward se para, como inmortalizado en una fotografía.
-¡Dios mío! ¡Carlisle, rápido, ven acá!- El padre se apura, mientras la mano de Esme se acerca temerosa al ojo de su hijo.
-¿Que te ha pasado?
-Nada, me caí de la moto.- Edward se aleja -¡Ay!, Mamá me duele.
El padre mira las otras heridas en los brazos, la ropa arrugada, el cabello sucio.
-Di la verdad, ¿te han golpeado?
Su padre siempre ha sido un tipo atento a los detalles. Edward cuenta más o menos como han sido las cosas y naturalmente la madre, sin entender que a los dieciséis años pueden ya estar ciertas reglas: '¿Pero porque no le has dado la gorra? Te hubiera hecho otra…'
Mientras el padre abandona los detalles para ir a algo aun más serio: 'Edward, di la verdad, la política no tiene nada que ver, ¿verdad?'
Fue llamado el médico de la familia, el cual le ha dado la clásica aspirina y lo mando a dormir. Antes de quedarse dormido, Edward decide que ninguno le pondrá más las manos encima. Nunca más sin salir bien lastimado.
En el escritorio de la secretaria esta una mujer con los cabellos rojos, la nariz un poco larga y los ojos sobresalientes. No es una belleza.
-Hola, ¿te vas a inscribir?
-Sí.
-Bueno, si te puedes poner cómodo.- Dice girando los ojos mientras toma una tarjeta debajo en las gavetas. No es para nada simpática.
-¿Nombre?
-Edward Cullen.
-¿Edad?
-Diecisiete, el 20 de Junio.
-¿Dirección?'
- Seattle Center, Broad St. and Fifth Ave. N, Seattle, Washington- después añade ".14' prediciendo así la pregunta que seguía. La mujer alza la cara.
-El teléfono, ¿no? Solo para la tarjeta…
-No seria para ir a jugar videopoker.
Los ojos sobresalientes lo ven por un segundo, después terminan por llenar la tarjeta.
-Son ciento cuarenta y cinco dólares, cien para la inscripción y cuarenta y cinco cada mes.
Edward pone el dinero en el escritorio.
La mujer los mete en una bolsa con cierre que pone en la primera gaveta, después de haber apoyado un sello en una almohadilla mojada de tinta le da un golpe preciso en la tarjeta. Budokan.
-Se paga al inicio de cada mes. El vestidor esta en el piso de abajo. Cerramos en las noches a las nueve.
Edward se guarda la billetera en el bolsillo, con la nueva tarjeta en el compartimiento latera y ciento cuarenta y cinco euros menos.
-Toca, toca acá. Es hierro. ¡Pero qué digo, acero! Eric, un tipo bajo y de cara simpática muestra unos bíceps gruesos pero poco definidos.
-¿De qué hablas todavía? Mira que si te doy un golpecito puedes desaparecer.
Emmett se da en la espalda, haciendo ruido.
-Esto sí es verdadero, sudor, fatiga, carne, esa que tienes tu es toda agua. Pero si eres un niño, eres minúsculo.
-Sin embargo, ¡acabo de alzar ciento veinte! ¿Cuánto coño haces tú?
-Rápido. Pero que, ¿estás bromeando? Alzo los que quieras como si nada ¿y tú?
-Pruébame, puedo hacerlo hasta con dos piezas. Ve como lo hago ¿eh?
Eric se pone debajo de la balanza. Alarga los brazos, alza el asta y la lleva arriba, firme. Baja lentamente y mirando la balanza a pocos centímetros del mentón, le da un empujón, esforzando los pectorales. -¡Uno!- Después siempre controlándolo, baja con la balanza, apoya en el pecho y la sube de nuevo. -¡Dos! Y si quieres lo puedo hacer con más peso.
Emmett no se hace repetir dos veces: ¿En serio? Entonces prueba con esta.
Antes de que Eric pueda poner la balanza en los sujetadores, mete una pequeña pieza lateral de dos kilos y medio, la balanza comienza a doblar hacia la derecha. ¡Hey! ¿Qué coño haces? ¿Eres tonto…?
Eric trata de mantenerlo, pero lentamente la balanza comienza a caer. Los músculos lo abandonan. La balanza le cae en el pecho, pesada.
-Coño, quítamelo de encima, me está ahogando.
Emmett ríe como un loco: -Puedo hacerlo hasta con dos piezas. ¿Entonces? ¿Te puse una nada más y ya estas así? Estas de verdad destruido, ¿eh?, vamos súbela, anda, súbela…- le grita casi en la cara. -¡Súbela pues!- y más risas.
-¡Me lo puedes quitar de encima, dale!- Eric se ha vuelto completamente morado, un poco por la rabia, otro poco porque de verdad se está sofocando.
Dos muchachos, más pequeños, que estaban en una maquina cercana, se miran indecisos de que hacer. Viendo que Eric comienza a toser y que haciendo esfuerzos bestiales no logra quitarse esa balanza de encima, deciden ayudarlo.
Emmett esta echado en la tierra, boca abajo. Ríe como un loco, golpeando las manos en la madera del suelo. En un momento se gira de nuevo hacia Eric con las lágrimas en los ojos, pero lo ve ahí, de pie enfrente a él. Los dos muchachos lo liberaron.
-¡Oh! ¿Cómo coño lo lograste?
Emmett se da rápido a la fuga, aun riendo y tropezando sobre una balanza. Eric, tosiendo, lo persigue.
-Párate, te golpeare, te masacrare. Te partiré la cabeza y luego la cortare en pedacitos para dársela de comer a los cerdos.
Se persiguen furiosamente por todo el gimnasio. Girando alrededor de las maquinas, parándose detrás de columnas, volviendo a correr repentinamente.
Emmett, en el intento de parar al amigo, le lanza encima algunas pesas. Esas piezas de goma caen al suelo pesadas, esquivadas por Eric, que no se para por nada. Emmett va a las escaleras que dan hacia el vestidor femenino. Corriendo choca con una chica y termina contra la puerta, abriéndola. Todo el resto, desnudas, que se están cambiando para la lección de aeróbica, inician a gritar como locas. Eric se para en los últimos escalones, extasiado de aquel panorama de suaves colinas, humanas y rosadas. Rápidamente Emmett mira hacia atrás
'Coño, no lo creo, esto es el paraíso…'
-¡Váyanse al infierno!
Una chica ligeramente más cubierta que las otras va hacia la puerta cerrándola en su cara. Los dos amigos se mantienen un momento en silencio.
-Viste la del fondo a la derecha, ¿los senos que tenia?
-La primera a la derecha… ¿el culo de ella lo pasas por alto?
Emmett agarra al amigo bajo su brazo, moviendo la cabeza. -¿Cosas increíbles, eh? Claro que no lo paso por alto, no soy homosexual como tú.
Así, después de esa breve pausa erótica, regresan a perseguirse.
Edward abre la hoja de su tarjeta, se la dio Francesco, el instructor del gimnasio.
-Comienza con cuatro series de apertura, en aquel banco. Agarra los pesos de cinco kilos, te debes alargar y abrir un poco, muchacho. Primero ten una base gruesa, después podrás construir encima.- Edward no se lo hace repetir.
Se extiende en la banca arqueada y comienza. Los hombros le duelen, ese peso parece enorme. Hace de los ejercicios laterales, baja a tocar la tierra y de nuevo arriba. Después detrás de la cabeza. De nuevo. Cuatro series de diez, cada día, cada semana. Después de las primeras semanas, ya está mejor, los hombros no le duelen tanto, los brazos han ligeramente crecido. Comienza a crecerle el pecho, hasta las piernas se han reforzado. Cambia alimentación. En la mañana una merengada con proteínas en polvo, un huevo, leche, hígado de merluza. En el almuerzo poca pasta, un bistec en sangre, levadura de cerveza y granos. Las noches en el gimnasio. Siempre. Alternando los ejercicios, trabajando un día la parte de arriba y otro día la de abajo. Los músculos parecen enloquecer. Reposan, como buenos cristianos, solo el domingo. El lunes se comienza de nuevo. Cualquier kilo de más, semana a semana, paso a paso. Se volvió amigo de Emmett, Eric y todo el resto del gimnasio.
Un día, pasados dos meses, llega James.
-¿Quien quiere hacer flexiones conmigo?
James es uno de los primeros socios del Budokan. Es grueso y potente, nadie quiere competir con él.
-Coño, nunca los invite a tener una pelea, solo he dicho para hacer flexiones.
Emmett y Eric continúan a entrenarse en silencio.
Con James siempre terminas en pelea. Si pierdes te molesta hasta el infinito, si ganas, bueno, no se sabe que podría suceder. Nunca ha sucedido que alguien le haya ganado.
-Entonces, ¿no hay nadie en este gimnasio de mierda que quiera hacer alguna flexión conmigo?
James mira alrededor.
-Estoy yo.
Se voltea. Edward esta frente a él, James lo mira de la cabeza a los pies.
-Ok. Vayamos para allá.
Entran en un pequeño cuarto. James se quita la guardacamisa enseñando pectorales enormes y brazos bien proporcionados.
-Entonces, ¿estás listo?
-Cuando quieras.
James se echa al suelo. Edward de frente a él. Comienzan a hacer flexiones. Edward resiste lo más que puede. Al final, destruido, cae a tierra. James hace otras cinco veloces, después se alza y le da una palmada a Edward.
-Bravo, Muchacho, no estás mal. Las últimas las hiciste todas con esta.- Y le da amigablemente un consejo. Edward sonríe, no logro ganarle, pero tampoco se ah burlado de él. Todos regresan a sus ejercicios. Edward se masajea los músculos dolorosos de los brazos. No ah ocurrido nada especial: James es mucho más fuerte que él, todavía es demasiado pronto.
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