Mucho más lejos en la misma ciudad.

En una perfecta camisa blanca, con pocos cabellos en la cabeza y gotas de sudor, un mesonero gordito pasa entre todos los invitados con una bandeja de plata.

Cada tanto una mano sale de un grupo de personas y se adueña de un cóctel ligero con pedazos de fruta flotando adentro. Otra, más veloz, coloca un vaso vacio. En el borde, marcas de labial. Se puede ver perfectamente donde la mujer ha bebido y qué tipo de labios tiene. El mesonero piensa que sería divertido reconocer que mujer habrá sido tan solo por los vasos. Eróticas huellas digitales.

Con este pensamiento vuelve a entrar en la cocina, donde olvida rápidamente esa fantasía a la Sherlock Holmes. La cocinera lo regaña recordándole de llevar la bandeja con los pasapalos fritos.

-Querida, estas muy bien.

En la sala una mujer de cabellos muy colorados se gira hacia la amiga y le sonríe, siguiendo el juego.

-¿Pero has hecho alguna cosa?

-Sí, me he encontrado un amante.

-¿Ah sí? ¿Y qué hace?

-Es cirujano plástico.

Ríen las dos. Después agarrando una alcachofa frita, se mueven más hacia un lado y le confiesa el secreto.

-Me he inscrito en el gimnasio de Barbara Bouchet.

-¿Ah sí? ¿Cómo es?

-¡Fabulosa! Deberías venir.

-Lo haré seguramente.

Y queriendo preguntarle cuánto cuesta el mes, piensa que lo descubrirá por su cuenta, en el verdadero sentido de la palabra. Después se apodera de una mozzarella frita y la manda a la barriga serena, total después se lograría deshacer de ella.

Charlie saca el paquete de Marlboro y se prende un cigarrillo. Deja salir el humo, saboreándolo hasta el fin.

-Hey, tienes una corbata bellísima.

-Gracias.

-Te queda verdaderamente bien, en serio.- Charlie muestra orgulloso su corbata vino tinto y después, por instinto, baja el cigarrillo escondiéndolo y busca a Reneé. Mira alrededor, se encuentra con algunas caras recién llegadas, los saluda sonriendo, y después, al no encontrarla le da otra fumada a su cigarrillo más tranquilo.

-¿Muy bella, verdad? Es un regalo de Reneé.

Una mesita baja de marfil, con aceitunas y pistachos reunidos en pequeños envases de plata. Una mano acompañada de uñas bien cuidadas deja caer las partes inservibles de un pistacho.

-Estoy preocupada por mi hija.

-¿Por qué?

Reneé logra mostrarse bastante interesada, aquel intento de conservar la confianza de Mariana.

-Frecuenta un bueno para nada, uno que no hace nada, uno que está siempre en la calle.

-¿Y desde cuando se están viendo?'

-Ayer han celebrado seis meses. Lo supe por mi hijo. ¿Sabes qué cosa ha hecho el, eh, sabes qué cosa ha hecho?

Reneé deja caer un pistacho muy cerrado. Ahora esta sinceramente interesada.

-No, dime.

-La ha llevado a la pizzería. ¿Pero te das cuenta? En una pizzería en el centro comercial. Ni siquiera en un restaurante decente y elegante.

-Bueno, pero estos muchachos no trabajan, quizás los padres…

-Sí, pero quien sabe de quién nace… le ha llevado doce rosas feas, pequeñas, de esas que apenas llegas a la casa y se caen los pétalos. Seguramente la habrá comprado en el semáforo. Esta mañana en la cocina le he preguntado: 'Gloria, ¿qué es este horror?'. '¡Mamá, no te atrevas a botarlas!' ¡Imagínate! Pero cuando regreso de la escuela no eran más. Yo le dije que había sido Ziua, la señora de servicio filipina, entonces se ha puesto a gritar y se marcho lanzando la puerta.

-Acerca de estas historias no debes absolutamente obstaculizarla, sino es peor, que después Gloria se obstina. Déjala ser, veras que terminara por su cuenta. ¿Y ha regresado?

-No, ha llamado diciendo que iba a dormir donde Irina, aquella linda muchacha rubia, un poco rellenita, la hija de Rachelle. Justamente, se lo puede permitir.

-¿En serio? Pero si no se nota…

-Usan esta nueva técnica, te estiran desde atrás de las orejas. Es perfectamente invisible. Entonces, ¿puede salir con Bella? Me daría tanto gusto.

-Pero claro, ¿estás bromeando?, le diré que la llame.

Finalmente Reneé se concede un pistacho. Esta más abierto que los otros. Deja su cáscara por la boca de ella, y para el no es un intercambio conveniente.

-¿Felipe? Reneé ha dicho que convencerá a Bella de llevar a Gloria con su grupo.

-Ah, Buenísimo, te lo agradezco.

Felipe, un hombre joven, con la cara reposada, parece estar más interesado también a los pistachos que a las vivencias de su hija. Se dobla hacia delante, apoderándose de aquel que Reneé había ya elegido como su futura víctima. Ella lo guarda sospechosa detrás de las orejas, buscando también en él alguna señal de aquella inesperada juventud.

-Hola Charlie.

-Estas Bellísima.

Una sonrisa perfecta dice 'Gracias', y mirándolo se aleja con un vestido que costaría al menos ciento cincuenta euros. ¿Lo habrá hecho a propósito? En su pensamiento lentamente ese vestido largo se desaparece e imagina que ropa íntima llevara debajo, pero después le viene una duda: ¿habrá alguna cosa que dejar a la imaginación? Justo en ese momento llega Reneé. Charlie da una última probada al cigarrillo y la apaga veloz en el cenicero.

-Dentro de un poco comenzamos a jugar. Te aconsejo, no hagas como siempre. Cuando no llega la carta, después de un poco que no logres Gin, retirate.

-¿Y si tiene más bajo que yo?

-Retírate cuando tengas bajas.

Charlie sonríe compuesto.

-Si querida, como quieras.- El cigarrillo paso invisible.

-Por cierto, te había dicho que no fumaras.

Equivocado.

-Pero una sola, no me hace mal…

-Una o diez… es el olor lo que me fastidia.

Reneé se va hacia la mesa verde. También el resto toman asiento. No hay nada que hacer, no se le escapa nada. Sentándose Reneé mira bastante a la mujer del vestido de cincuenta y cinco euros. Por un momento Charlie tiene miedo que lea también el pensamiento.

Roberta, eufórica por sus dieciocho años, por la fiesta que sale a la perfección, corre al intercomunicador.

-Respondo yo.- Pasando a un tipo que estaba por allí con un plato lleno de pizzas pequeñas.

-Hola. Esta Francesca ¿verdad?

-¿Francesca quien?

-Rumsfeld, una rubia.

-Ah sí, ¿qué le debo decir?

-Nada, si me abres. Soy su hermano, le debo dejar las llaves.

Roberta oprime una vez el botón del intercomunicador, después para estar segura de haberlo abierto, lo presiona de nuevo. Va a la cocina, toma dos grandes Coca-Colas del refrigerador y se dirige hacia la sala. Encuentra una chica rubia que está hablando con un chico con los cabellos llenos de gelatina y echados hacia atrás.

-Francesca, está subiendo tu hermano…

-Ah…- es la única cosa que Francesca logra decir. -Gracias.

Y después de haberlo dicho se mantiene con la boca abierta. El muchacho a su lado pierde un poco su esteticidad y se concede un ligero estupor.

-France ¿pasa algo malo?

-No, no pasa nada malo, aparte del hecho que yo soy hija única.

-Eso, aquí es.- James y Mike leen de primeros la tarjeta en el timbre del cuarto piso. -Son los Daniells, ¿no?

James suena el timbre.

La puerta se abre casi de inmediato.

Roberta se mantiene en la puerta, mira el grupo de chicos musculosos y despeinados. Están vestidos un poco casual, piensa tan amablemente.

-¿Puedo hacer alguna cosa?

James se le para enfrente: 'Buscamos a Francesca, soy su hermano.'

Como por magia, Francesca aparece en la puerta, acompañada por el chico con quien hablaba.

-Ah, aquí esta, tu hermano.

Roberta se aleja. Francesca mira preocupada el grupo.

-¿Y quién sería mi hermano?

-¡Yo!- Felix alza la mano.

Emmett también levanta la mano.

-Yo también, somos gemelos, como en el film de Schwarzenegger. El es el gafo.-Todos se ríen.

-Nosotros también somos hermanos- Uno después del otro alzan la mano. -Sí, nos queremos mucho.

El acompañante de Francesca no está entendiendo todo. Opta por una expresión que combina muy bien con su cabello.

Francesca se dirige hacia Mike firme.

-Pero como te ha venido a la mente de venir con toda esta gente, ¿eh?

Emmett sonríe, arreglándose la chaqueta: el resultado es siempre pésimo.

-Esta fiesta me parece un velorio, al menos la avivamos un poco, anda Francesca no te molestes.

-¿Y quién se está molestando? Basta con que se vayan.

-Ah Mike, ya me canse de esperar, ¿Permiso?- James, sin esperar que Francesca se quite de la puerta, entra.

El acompañante de Francesca de repente entiende todo: coleados. Y con un resplandor de inteligencia se aleja alcanzando a los verdaderos invitados en la sala. Francesca trata de pararlos.

-No Mike, anda, no puedes entrar.

-Disculpa, permiso, disculpa.

Imposible, uno detrás de los otros todos pasan: Eric, Felix, Emmett, Bunny, Edward y los otros.

-Anda France, no seas así, veras que no pasara nada.

Mike la toma bajo su brazo.

-Y si pasa algo ¿Cómo va a ser culpa? Es de tu hermano por haberse traído toda esta gente…- Después, como si se preocupara que alguno entrara sin invitación, cierra la puerta.

James y Eric se lanzan literalmente en el buffet, devorando panes con salami, suaves, con la mantequilla regada en la parte superior, esa redonda, pero no la prueban, lo tragan directamente sin masticarla. Se ha vuelto casi una competencia. Y más pizzas, sándwiches mezclados de pastas dulces y pequeños chocolates.

Al final James se ahoga. Eric le da golpes cada vez más fuertes en la espalda, la ultima tan fuerte que James comienza a toser, escupiendo pedazos de comida en lo que quedaba del Buffet. La mayor parte de los invitados que estaban cerca se meten inmediatamente a dieta. Mike comienza a reír como loco, Francesca a preocuparse seriamente.

Bunny gira por el salón. Parece un cuidadoso coleccionista: agarra los objetos pequeños, se los lleva cercano a los ojos, revisa los números estampados y si son de plata se los mete en el bolsillo.

Rápidamente los fumadores son obligados a botar las cenizas en las plantas.

Emmett, como buen profesional, busca rápido el cuarto de la madre. Lo encuentra. Ha sido sabiamente cerrado con llave. Pero la llave la han dejado puesta en la cerradura. Ingenuos. Emmett abre la puerta. Las carteras de las muchachas están todas en la cama, ordenadamente. Comienza a abrirlas, una después de la otra, sin mucho esfuerzo.

Las billeteras esta casi todas llenas, es propiamente una bella fiesta: gente de clase, nada más que decir. En el corredor Eric fastidia a una amiga de Rosalie con miradas y comentarios fastidiosos. Un muchacho, un poco menos gelatinado que los otros, trata de darle un vago concepto de educación. Se lanza en una discusión verbal. Remediada al aire con un puño que fue mucho más pesado que los comentarios que le tocaron a su chica. Eric no soporta los sermones. Su padre es abogado, ama las palabras al menos tanto como su hijo odia la idea de estudiar derecho.

Rosalie, quizás por la emoción, se acuerda de tener ella también problemas en la mente, disculpándose con el resto:

-Se me ha corrido el rímel, voy al baño a arreglarme el maquillaje.- Cosa que serviría mucho al tipo, que se aleja en silencio, con su chica en la mano y los cinco dedos de Eric estampados en la cara.

Emmett lanza la ultima cartera en la cama.

-¡Caramba! Que robo… ¿tienes una cartera así, vas a una fiesta así, y te llevas solo diez euros? ¡Pero de verdad que eres pobre!

Esta por marcharse cuando nota que en la silla vecina, apoyada en un cojín y escondida por una chaqueta esta una cartera. La agarra. Es una bella cartera elegante y pesada, de cuero y dos líneas atadas que la cierran. Debe estar bien rica, si la propietaria se preocupa tanto por esconderla. Emmett comienza a abrir el nudo de las dos piezas atadas, maldiciendo su vicio de comerse siempre las uñas. Uno puede sufrir de falta de afecto, está bien, quizás de falta de dinero.

Pero nunca de ambas cosas a la vez. Finalmente desata el nudo. Justo en ese momento se abre la puerta. Emmett esconde la cartera detrás de la espalda. Una chica de cabello rubio, sonriente, entra tranquila. Cuando lo ve, se para.

-Cierra la puerta.

Rosalie obedece. Emmett saca la cartera de atrás y comienza a buscar dentro.

Rosalie asume una expresión disturbada. Emmett ve que lo está mirando.

-Entonces ¿se puede saber que quieres?

-Mi cartera.

-¿Qué esperas? Agárrala ¿no?

Emmett indica la cama llena de carteras ya vaciadas.

-No puedo.

-¿Por qué?

-Porque un idiota la tiene en las manos.

-Ah.- Emmett sonríe. Mira mejor a la muchacha. Es muy linda con los cabellos rubios, unos ojos azules que lo miran de mala manera y la mueca de la boca ligeramente molesta. Naturalmente tiene una falda elegante. Emmett busca la billetera, la agarra.

-Toma…- le lanza la cartera. -Basta que la pidas…

Rosalie agarra la bolsa en el aire. Y comienza también a buscar algo adentro.

-¿Sabes que no se busca en las carteras de las señoritas, no te lo ha dicho tu madre?

-Nunca he hablado con mi madre. Hey, sin embargo, tú deberías tener una charla con la tuya.

-¿Por qué?

-Bueno, no puede ser que te manda solo con cincuenta euros.

-Es mi semana.

Emmett se los mete en el bolsillo.

-Era.

-Quiere decir que estaré a dieta.

-Entonces te hice un favor.

-¡Cretino!

Rosalie consigue lo que buscaba, y después deja la cartera.

-Cuando hayas terminado mete la billetera de nuevo. Gracias.

-Escucha, ahora que comienzas a estar a dieta, quizás mañana te invito a comer una pizza.

-No gracias, cuando yo pago quiero tener al menos la libertad de elegir con quien voy.- Se va hacia la puerta.

-Hey, espera un momento.

Emmett la alcanza.

-¿Que has agarrado?

Rosalie se lleva la mano hacia la espalda.

-Nada que te deba interesar.

Emmett le agarra los brazos.

-Eso lo diré yo. Enséñame.

-No, déjame ir. Ya agarraste el dinero ¿no? ¿Qué quieres ahora?

-Eso que tienes en tus manos.

Emmett trata de agarrarla. Rosalie apoya su pecho en contra de él, alejando lo más posible su pequeña mano cerrada.

-Déjame, ve que si no me pongo a gritar.

-Y yo te agarro a nalgadas.

Emmett finalmente alcanza su pulso y lo lleva hacia él. Le agarra el brazo con el pequeño puño cerrado, decidido, enfrente.

-Mira, si me lo abres te juro que no te hablare nunca más…

-Entenderás, nunca habíamos hablado sino hasta hoy, no moriré…

Emmett agarra la pequeña suave mano de la chica y comienza a empujarle con las palmas los dedos hacia atrás. Rosalie trata de resistir. Inútilmente. Con las lagrimas en los ojos, llevándose el peso hacia atrás para darle más fuerza a sus dedos.

-Te lo pido, suéltame.- Emmett continúa sin darle ventaja. Al final, uno después del otro, los dedos se doblan, vencidos, revelando su secreto.

En la mano de Rosalie estaba la explicación de aquellos puntos rojos en la cara y del seno crecido. El motivo de ese nerviosismo que, una vez al mes, agarra antes o después a cada joven muchacha y que cuando no llega las pone aun más nerviosas o las hace ser mamá. Rosalie se queda allí, frente a él, en silencio, mortificada. Ha sido humillada. Emmett, sentándose en la cama, comienza una risa ensordecedora.

-Entonces mañana no, que no te invito a cenar. ¿Sino entonces después que haremos? ¡¿Nos contamos chistes?

-Ah no, eso no ¡No conozco tan estúpidos como para hacerte reír! Y el resto de seguro que no los entenderías.

-¡Hey, fuerte la niña!- Emmett queda herido.

-De todas formas estoy segura que ya te divertí bastante.

-¿Por qué?

Rosalie se masajea los dedos. Emmett se da cuenta.

-Me has hecho mal ¿no era eso lo que querías?'

-Si apenas se pusieron rojos, no seas exagerada, dentro de un rato se te pasa.

-No hablaba de mi mano.- Lo dice antes de ponerse a llorar.

Emmett se queda allí, sin saber muy bien qué hacer. Todo eso que le viene en mente es de poner de nuevo su billetera y sus cosas en la cartera. Claro, no de restituirle los cincuenta euros.

El DJ, un tipo musical, con el cabello ligeramente más largo que el resto para resaltar su aspecto artístico, se agita controlando todo a tiempo. Sus manos se mueven adelante y atrás de los dos discos, mientras un audífono le da la posibilidad de escuchar antes lo que va a sonar y así evitar una vergüenza por una entrada equivocada.

Edward gira por la fiesta, se mira alrededor, escucha distraído estúpidos discursos de chicas de dieciocho años: vestidos costosos vistos en vitrinas, motos no compradas por sus padres, noviazgos imposibles, cuernos asegurados, aspiraciones frustradas.

De la ventana en el fondo del salón, esa que da a la terraza, entra un poco de viento. Las cortinas vuelan ligeramente mientras que se quedan atadas con la ventana. Se ven manos que las empujan tratando de abrir la ventana. Un buen chico elegante ha logrado empujarla mejor, consiguiendo el lugar y fuerza justa.

Poco después, a sus espaldas aparece una chica. Ríe divertida de esa pequeña dificultad. La luz de la luna, que viene detrás, ilumina ligeramente su vestido volviéndolo por un momento transparente.

Edward se queda mirándola. La chica mueve los cabellos, sonríe al tipo. Muestra sus dientes blancos y bellísimos. Aun de lejos se puede sentir la intensidad de su mirada. Sus ojos marrones, profundos y pulidos. Edward se acuerda de ella, de su encuentro, ya se han visto. O quizás es mejor llamarlo un encontronazo. Los dos se dicen algo. La chica asienta con la cabeza y sigue al muchacho hacia la mesa de las bebidas. De repente, Edward también tiene ganas de beber.

Jacob lleva a Bella a través de los invitados. Le toca apenas la espalda con la palma de la mano, probando a cada paso un poco de su perfume ligero. Bella saluda algunos amigos que han llegado mientras ella estaba en la terraza. Llegan a la mesa con las cosas de beber. Repentinamente un tipo se pone frente a Bella.

Es Edward.

-Bueno, he visto que me has hecho caso, estas buscando como resuelves tu problema- dice indicando con la cabeza a Jacob -Entiendo que es solo un primer intento. Pero podría ser. Claro, si no has podido encontrar algo mejor…

Bella lo mira, desconcertada. Lo conoce, pero no le parece simpático. ¿O si? ¿Que ha sucedido con ese tipo?

Edward le refresca la memoria.

-Te he acompañado a la escuela una mañana, hace unos días atrás.

-Imposible, yo voy a escuela siempre con mi papa.

-Tienes razón, digamos que te he escoltado. Estaba pegado a tu carro.

Bella recordando lo mira molesta.

-Veo que finalmente te acuerdas.

-Cierto, eras ese tipo que decía un poco de idioteces. Nunca cambias, ¿eh?

-Porque debería, soy perfecto.- Edward alarga los brazos mostrando su físico.

Bella piensa que al menos desde ese punto de vista tiene razón.

Es el resto lo que no cuadra. Comenzando desde su apariencia hasta su modo de comportarse.

-Ves, no dices que no.

-Tampoco te respondo.

-Bella ¿te esta fastidiando?- Jacob tiene la mala idea de entrometerse. Edward ni siquiera lo mira.

-No, Jacob, Gracias.

-Entonces, si no te estoy fastidiando, te estoy agradando…

-Me eres completamente indiferente, aunque diría que me fastidias ligeramente, para ser precisa.

Jacob trata de cerrar esa discusión dirigiéndose a Bella.

-¿Quieres algo de beber?

Edward responde por ella.

-Sí, gracias, sírveme una Coca-Cola, ¿está bien?

Jacob no le presta atención.

-¿Bella quieres algo?

Edward por primera vez lo mira.

-Sí, una Coca, ya te lo dije, apúrate.

Jacob se queda mirándolo con un vaso en la mano.

-Apúrate ¿no escuchas, gusano?

-Déjalo así.- Bella interviene quitándole el vaso de la mano de Jacob. -Lo hago yo.

-Ves, cuando eres gentil te ves mucho más linda.

Bella agarra la botella.

-Toma, y cuidado a que no la derrames.- Después lanza el vaso lleno de Coca-Cola en la cara a Edward bañándolo completo.

-Te dije que tuvieras cuidado, eres todo un niño ¿eh?, no sabes siquiera beber.-

Jacob comienza a reírse. Edward le da un empujón tan fuerte que lo hace volar hacia un mesón bajo, lanzando todo lo que tenia arriba. Después agarra por los bordes el mantel que tiene encima las cosas de beber. Tira fuerte, tratando de hacer como algunos ilusionistas, pero el numero no le sale. Una decena de botellas se derraman volando por los muebles vecinos y encima de los invitados.

Algunos vasos se rompen. Edward se seca la cara.

Bella lo guarda asqueada.

-Eres de verdad una bestia.

-Tienes razón, tengo ganas de una bella ducha, estoy todo pegajoso. Es culpa tuya, así que la harás conmigo.

Edward se dobla veloz agarrándola por las piernas y cargándola sobre su espalda.

Bella se trata de liberar furiosamente.

-Déjame tranquila, ¡bájame! ¡Ayúdenme!

Ninguno de los invitados interviene. Jacob se alza y trata de pararlo. Edward le da una patada en la barriga que lo hace terminar contra de un grupo de invitados. Mike ríe como un loco, baila con Felix dándole golpes en la cabeza a esos que pasan. Alguno reacciona. Cercano al Dj se echa a reír. Roberta, preocupada, se para en la puerta, mirando estupefacta su salón devastado.

-Disculpa, ¿dónde está el baño?

Roberta, sin siquiera preocuparse de aquel tipo con una chica en sus espaldas, se lo indica.

-Por allá.

Edward le agradece y sigue la indicación. Llegan el James y Eric, cargados de huevos y tomates. Comienzan a lanzar a cuadros, paredes e invitados, sin hacer alguna distinción, lanzando con violencia, para lastimar. Jacob va donde Roberta.

-¿Donde está el teléfono?

-Por allá.- Roberta indica una dirección opuesta al baño. Le parece de ser un policía que trata de dirigir el tráfico, o mejor el caos terrible que han comenzado en su salón. Sin embargo, no tiene la autoridad de darles una multa a todos y apresarlos. Alguno, más tranquilo o mas villano que los otros, se avecina besándola.

-Adiós Roberta, muchas felicidades. Me lamento, pero nosotros nos vamos, ¿eh?

-Por allá.- Ahora molesta, indica la puerta de la casa de la cual, si no fuera suya, quisiera huir.

-Páralo, te dije que me bajaras. Haré que me la pagues…

-¿Y quien me castigara? ¿Esa especie de estampilla elegante que se la da de mesonero?

Edward entra en el baño y abre la puerta corrediza de la ducha. Bella se agarra con las manos, tratando de pararlo.

-¡No! ¡Ayuda! ¡Ayúdenme!

Edward gira de nuevo, le agarra las manos liberándolas fácilmente.

Bella decide cambiar táctica. Trata de hacerse la tierna.

-Anda, está bien, está bien discúlpame. Ahora bájame, por favor.

-¿Que quieres decir por favor? Me tiraste la Coca-Cola en la cara y ¿ahora me dices por favor?

-Está bien, me he equivocado al lanzártela.

-Yo se que te equivocaste.

Edward entra en la ducha, baja terminando directo debajo del chorro.

-Pero ahora el daño está hecho. A este punto me debo bañar, sino después dices que soy pegajoso también.

-Pero no, que importa.- Un chorro de agua la golpea en plena cara, ahogándole casi las palabras en la boca. -¡Cretino!- Bella se agita buscando de huirle al agua, pero Edward la tiene firme haciéndola girar para bañarla toda. -¡Déjame, idiota, bájame!

-¿Esta muy caliente?- Edward, sin esperar respuesta, gira la manilla de temperatura que está justo enfrente de su cara. Lo lleva todo hacia el azul. El agua se vuelve rápidamente fría.

Bella grita.

-Eso es lo que necesitas, una bella ducha helada para calmarte un poco. ¿Sabes que está muy bien darse duchas heladas y después hirvientes?- Y regresa el termostato hacia el rojo. El agua comienza a humear. Bella grita aun más fuerte.

-¡Ay! ¡Quema! ¡Ciérrala, ciérrala!

-Mira que de verdad es bueno, abre los poros, facilita la circulación, llega más sangre al cerebro, así se razona mejor y puedes entender que hay que comportarse bien con la gente… ser buenos y quizás servir una Coca-Cola, no tirársela en la cara.

Mike entra en ese momento.

-Rápido Edward, vámonos. Uno ha llamado la policía.

-¿Como lo sabes?

-Lo he escuchado. Felix me ha lanzado un huevo en la frente, fui a lavarme y lo encontré en el teléfono. Lo escuche con mis propios oídos.

Edward cierra la ducha y pone a Bella en el suelo. Mike, mientras tanto, abre algunas gavetas alrededor del espejo. Consigue algunos anillos y cadenas, cosas de poco valor, pero se las mete en los bolsillos igualmente. Bella, con los cabellos en la cara, completamente bañados, está apoyada en el muro de la ducha buscando recuperar el aliento. Edward se quita la camiseta. Agarra una toalla y comienza a lavarse. Abdominales perfectos. Su piel, lisa y estirada, se mueve tensa entre los escalones de sus músculos.

Edward la mira sonriendo.

-Te conviene secarte, sino puedes agarrar un resfriado.

Bella se quita con la mano los largos cabellos bañados que le cubren la cara.

Descubre sus ojos. Están molestos y decididos. Edward finge tener miedo.

-Uy, hagamos como si no dije eso.- Continua a friccionar sus cabellos. Bella se mantiene sentada en el suelo. Su traje bañado se ha vuelto transparente. Debajo del tejido de flores lila se ven bordados de un sostén claro, quizás combinado con sus panties. Edward se da cuenta.

-Entonces, ¿quieres o no una toalla?

-Vete a lavarte el culo.

-¡Que palabras! ¿Pero cómo, una chica tan buena como tú dice estas cosas? Recuérdame la próxima vez que tomemos una ducha juntos te debo lavar la boca con jabón. ¿Está claro? Recuérdamelo, eh?

Escurre la camisa y poniéndosela en los hombros sale del baño.

Bella lo mira al alejarse. En su espalda todavía mojada, algunas pequeñas gotas de agua se deslizan entre los nervios y músculos sobresalientes y bien delineados.

Bella agarra un champú que consigue en el suelo y se lo lanza. Sintiendo el ruido, Edward baja la cabeza por instinto.

-Ah, ya entiendo porque estas tan molesta, se me olvido lavarte con champú. Está bien, pronto regreso.

-¡Vete! Ni lo intentes…

Bella cierra veloz la puerta transparente de la ducha. Edward mira sus pequeñas manos aferradas al vidrio.

-¡Toma!- le lanza el champú por arriba, a través del vidrio abierto en lo alto de la ducha.

-¡Yo se que te gusta hacerlo por ti misma… como muchas otras cosas… del resto!- y después con una risa fuerte sale del baño.

Con la palabra policía, en el salón hay una huida general. La pelea termina rápido Felix, James y Eric, del pasado más tormentoso, son los primeros a alcanzar la puerta. Algunos invitados se mantienen en la tierra sangrando.

Roberta, en un lado, llora. Otros muchachos ven los energúmenos salir con sus plumas, los Henri Lloyd, cualquier Fay y chaquetas costosas. Bunny, con un extraño sonido a platería, se aleja más pesado de lo normal. Corren por las escaleras, veloces, haciendo temblar los pasamanos donde se agarran para ayudarse en las curvas. Rompen vasijas costosas con sus elegantes aterrizajes.

Vacían los buzones de las cartas con sus patadas precisas, derecha a derecha, gritando y, después de haber robado cualquier silla de moto, desaparecen en la noche.