Estoy de buen animo y no se porque jaja espero que les alegre el que les haya traido un nuevo capitulo :D
Gracias por sus reviews, bye!
Los recuerdos…
De repente hay un extraño silencio. La clase esta como inmóvil, en el aire. Bella mira las chicas alrededor de ella, sus amigas. Simpáticas, antipáticas, flacas, gordas, bellas, feas, tiernas. Rosalie. Alguna hojea veloz el libro, otra releen preocupadas la lección. Una, particularmente nerviosa, se masajea los ojos y la frente. Alguna otra baja la cabeza tratando de esconderse. Es el momento de las interrogaciones. La Sra. Evans pasa su índice castigador por el registro. Es toda una escena. Ya sabe donde pararse.
-¡Jones!- Una chica se alza dejando en el pupitre sus esperanzas y un poco de su color. – ¡Marshall!- También Victoria agarra su cuaderno. Logro copiar la versión por un pelo. Avanza entre dos filas de pupitres, y después va a la cátedra y deja el cuaderno. Se para también cercana a la puerta, de lado a la Sra. Evans. Las dos se miran desconsoladas, tratando de hacer fuerza en aquella dramática suerte común. La maestra alza la cabeza del registro y mira alrededor. Algunas chicas sostienen su mirada para mostrar que están seguras y tranquilas. Una farsante preparada sopla vistosamente, casi ofreciéndose. Todos los corazones saltan un poco acelerando.
-Hale.
Rosalie se alza. Mira a Bella. Parece darle el último adiós. Después se dirige hacia la cátedra, ya condenada a la insuficiencia. Rosalie agarra puesto entre la maestra y Victoria Marshall, que le sonríe. Después le susurra 'Tratemos de ayudarnos' que hace caer a Rosalie en la incomodidad total. La primera a ser interrogada es Carmen. Traduce un pedazo de la versión, equivocándose en algún acento. Trata desesperadamente algunas palabras que en italiano rinden bastante. No consigue nunca de que verbo viene un difícil pasado pretérito. Adivina por suerte el participio futuro, pero no le llega nunca el gerundio.
Victoria duda en la primera parte de la traducción, la más fácil. No adivina un verbo, no se acerca siquiera. Admite prácticamente haber copiar la versión. Cuenta después una extraña historia de su madre que no está bien, como la del resto, en ese momento. No se sabe cómo, declina perfectamente un nombre de la tercera.
Rosalie se queda muda. Le ha tocado la tercera parte de la versión. La más difícil. La lee veloz sin equivocar un acento. Pero allí se detiene. Trata una traducción de la primera frase. Pero un adjetivo en el lugar equivocado le está dando una interpretación muy fantasiosa. Bella mira preocupada a la amiga. Rosalie no sabe qué hacer. Desde su puesto Bella abre el libro. Lee el pedazo de la versión. Revisa la frase traducida correctamente en el cuaderno de la compañera cómplice. Después con un ligero susurro llama la atención de Rosalie.
La maestra con aires de suficiencia fastidiada mira afuera de la ventana, esperando respuestas que no llegan.
Bella se extiende en el pupitre y escondida por la de adelante, sugiere a su amiga del alma la perfecta traducción del pedazo. Rosalie le manda un beso con la mano, después repite a voz alta, en el orden exacto, todo aquello que Bella apenas le ha sugerido. La Sra. Evans, escuchando las palabras justas en el orden correcto, se voltea hacia la clase. Es todo muy perfecto para que sea solo suerte.
En la clase todo se vuelve normal. Todas las muchachas regresan a su puesto, inmóviles. Bella, sentada correctamente, mira a la maestra con ojos ingenuos e inocentes. Rosalie casi tentando a la suerte sonríe.
-Me disculpa profesora, pero estaba confundida y me bloquee, pero le pasa hasta a los mejores, ¿no?- Después de la traducción normal comienzan las preguntas acerca de los verbos, y acerca de eso se siente más segura. Lo peor había pasado. La Sra. Evans sonríe.
-Muy bien Hale. Escuche, traduzca ahora otro pedazo, hasta la palabra habendam.- Rosalie recae en la inseguridad total. Lo peor está por venir.
Afortunadamente la maestra regresa a mirar afuera. Bella lee la traducción de la nueva frase, después espera algún segundo. Este todo tranquilo. Se extiende en el bando para soplarle de nuevo a la amiga. Rosalie mira una última vez a la profesora. Después mira hacia Bella lista para repetir el juego. Pero justo en ese momento la profesora se gira lentamente. Mira enfrente al escritorio y agarra a Bella in fraganti. Con la mano alrededor de la boca. Bella, casi advirtiendo la sensación de ser descubierta, se voltea de golpe. La ve. Sus miradas se cruzan a través de las espaldas de algunas compañeras inmóviles. La maestra sonríe satisfecha.
-Ah, muy bien. Tenemos una chica verdaderamente preparada en esta clase. Swan, viendo que sabe todo, venga aquí a traducir el resto de la versión.
Rosalie sintiéndose culpable interrumpe a la maestra.
-Profesora, lo siento, es mi culpa, yo fui la que pidió las explicaciones.
-Muy bien Hale, lo aprecio. Es muy noble de su parte. Nadie le discute que no sabía absolutamente nada. Pero ahora quiero escuchar a Swan. Venga, venga por favor.
Bella se alza pero se mantiene en su puesto.
-Profesora, no estoy preparada.
-Está bien, vengase igual, venga.
-No veo por qué debería ir allá a decirle la misma cosa. No estoy preparada. Me disculpa, no pude estudiar. Póngame la nota que desee pero no estoy preparada.
-Buenísimo entonces le pondré dos ¿está feliz?
-¡Casi como María cuando raspa en las versiones!- En la clase todos ríen. La maestra bate la mano en el registro. -Silencio. Swan traiga el diario: quiero ver si será feliz también de la nota que deberá hacer firmar. Y sobre todo me hará saber que tan feliz será su madre.- Bella lleva el diario a la profesora que escribe algo veloz y con rabia. Después cierra el diario y se lo devuelve. -Mañana lo quiero ver firmado.- Bella piensa que hay cosas peores en la vida, pero quizás es mejor no darle mucha publicidad a ese pensamiento.
Regresa en silencio a su puesto. Victoria Marshall logra un cinco. Es demasiado para su pobre interrogación. Pero quizás fueron premiadas las excusas. También en esas debe tratar de mejorar. Con todos esos inventos tarde o temprano su mamá morirá.
Rosalie regresa al pupitre con un bello cuatro, que de noble no tiene nada. Carmen logra tener por un pelo la suficiencia. La Sra. Evans escribiendo su nota le dedica también un proverbio latino. Carmen hace una mueca extraña disculpándose por no saber bien que decir. En realidad, no ha entendido nada.
Más tarde, su compañera de pupitre, Mahela, le traduce eso también. Es la historia macabra de uno con un solo ojo que es feliz de vivir en un lugar llego de ciegos. Bella abre el diario. Va al final, en las últimas páginas. Cerca al elenco alfabético de sus compañeras ha puesto las hojas donde marca todas las que han sido interrogadas. Pone las últimas rayas en la hoja de latino a Jones, Hale y Marshall. Con la de Victoria termina el segundo giro de interrogaciones. Después Bella mete una raya cerca de su nombre. La primera interrogada del nuevo ciclo.
Nada mal comenzar con un dos. Por suerte las otras notas son altas. El promedio de matemáticas le da todavía un seis. Cierra el diario. Una compañera de la fila lateral le lanza un papelito a su pupitre. Bella lo esconde rápido. La Sra. Evans esta eligiendo la nueva versión para la próxima semana. Bella lee el papel.
¡Increíble! ¡Fuertísimo! Estoy orgullosa de tener una amiga así. Eres la mejor. R.
Bella sonríe, entiende rápido porque esta la R. Gira hacia Rosalie y la mira. Es muy simpática. Mete el papel en el diario. De repente se recuerda de la nota. Va rápido a leerla.
A la gentil señora Swan. Su hija ha venido a la lección de latín sin ningún tipo de preparación. Como si no bastara, al ser interrogada, ha respondido de forma impertinente. Deseo hacerle saber de su comportamiento. Cordialmente, profesora A. Evans.
Bella cierra el diario. Mira a la profesora. Es de verdad una idiota. Después piensa en su madre. Una nota, probablemente la castigara. Le dará un sermón larguísimo. Y quien sabe que otra cosa. De una cosa esta segura. Su mama no le dirá 'Fuerte Bella, eres la mejor.'
…
Un perro lobo corre veloz en la playa con un bastón en la boca. Dobla las piernas y rápido la regresa, casi deslizando en la arena, alzándose entre las olas de la orilla. Alcanza a Edward. Se deja quitar el bastón de la boca babeando un poco. Después se acuesta, con la cabeza doblada entre las piernas delanteras, unidas, cercanas al suelo. Edward hace como si fuera a tirar el bastón a la derecha. El perro se pone atento, pero después se da cuenta que sería inútil. Edward lo engaña de nuevo.
Al final lanza el bastón lejos, en el agua. El perro sale. Se lanza al mar sin dudas. Con la cabeza alzada avanza entre cualquier pequeña onda y leves corrientes. El pedazo de madera flota un poco más allá. Edward se sienta a mirar. Es un bello día. No hay nadie todavía. De repente, un fuerte sonido. Una gran luz. El perro desaparece. El agua también, el mar, las montañas lejanas, las colinas a la derecha, la arena.
-¿Qué rayos sucede?
Edward gira en la cama cubriéndose la cara con la almohada.
-¿Qué coño es esta invasión?- Emmett después de subir las persianas abre la ventana.
-¡Mama mía, que olor! Mejor que abramos un poco. Ten, te traje sándwiches.- Emmett lanza la bolsa verde en la cama. Edward se alza y se estira un poco.
-¿Quien te abrió, María?
-Sí, está haciendo el café.
-¿Pero qué hora es?
-Las diez.
Edward finalmente se para de la cama.
-¿Pero no me podías dejar dormir un poco más?
Edward va al baño. Agarra la tapa del inodoro que lanza contra la cerámica haciendo un rumor seco. En el cuarto, Emmett abre el periódico y alza un poco la voz.
-Me debes acompañar a retirar la moto donde Sergio. Me ha llamado diciendo que esta lista. Ah, has visto que la Lazio ha confirmado a Stani, el defensor del Manchester. Muy bueno ese Jaap.
Emmett comienza a leer un artículo, después, sintiendo que Edward no termina:
-¿Pero que, te bebiste un río?
Edward presiona la manija para bajarla.
Regresa en el cuarto, agarrando el paquete de color verde.
-Te lo justifico solo porque llegaste con estos.
Después va a la cocina seguido por Emmett. La cafetera humeando fue puesta en una tabla de madera. Cerca esta una jarra con la leche calentada y un cartón normal azul con leche fría entera.
María, la señora de la limpieza, es una pequeña mujer de casi cincuenta años. Sale del cuartito cerca donde apenas ha terminado de planchar.
-¿María ves a este?- Edward indica a Emmett. -Cualquiera que haga o diga, en esta casa el no debe entrar antes de las once.- María lo mira un poco preocupada.
-Le he dicho que usted quería dormir. ¿Pero sabe que me respondió? Que si no abría derribaba la puerta.- Edward mira a Emmett.
-¿Le has dicho así a María?
-Bueno de verdad…- Emmett sonríe. Edward finge estar molesto.
-¿Le has dicho eso? ¿Me asustas a María…?- Edward agarra en el aire el cuello de Emmett llevándoselo debajo del brazo e inmovilizándole la cabeza. -Le has dicho así, ¿eh? Haces de nazi aquí en mi casa y te buscas problemas.- Agarra la llama de la leche hirviente y se la acerca a la cara.
Emmett siente el calor y grita exagerando.
-Ay Ed, quema… anda coño, me duele.- Edward lo aprieta un poco más.
-Ah, dices puras groserías, ahora estás loco. Pídele disculpas a María rápido. Adelante, pídele perdón.- María mira preocupada la escena. Edward avecina aun más la llama a la cara de Emmett.
-Ay, me quemaste. Discúlpame María, disculpa.- María se siente culpable de todo lo que está sucediendo.
-Ed déjalo. Me equivoque. No dijo que tiraba la puerta. Soy yo la que entendió mal. Eso, dijo que pasaba mas tarde. Si, ahora recuerdo, ha dicho justo así.- Edward suelta a Emmett. Los dos amigos se miran. Después comienzan a reír.
María los ve sin entender muy bien. A un cierto punto Edward para.
-Está bien María. Gracias. Este tipo necesitaba una lección. Puedes ir para allá. Veras que de hoy en adelante se comportara mejor.
María mira arrepentida a Emmett. Con un guiño trata de hacerle entender que no quería que llegara a tanto. Después agarra las cosas apenas planchadas y las lleva hacia los cuartos. Edward divertido la mira alejarse. Después se voltea donde Emmett.
-¿Pero que, eres tonto? ¿Me aterrorizas a la empleada?
-Pero ella no me quería abrir.
-Bueno, tú pides por favor ¿no? ¿Qué haces, le dices que vas a tumbar la puerta? La próxima vez te quemo en serio esa cara que tienes.
-Entonces déjame las llaves, ¿no?
-Sí, para cuando no esté me arruines la casa.
-Que, ¿estás bromeando? ¿De verdad piensas que podría hacer una cosa así?
-No, la verdad no. Lo dudo pero es mejor no darte la posibilidad.
-Que infame eres, regrésame rápido mis sándwiches.
Edward sonríe y desaparece uno inmediatamente devorándolo. Emmett abre el periódico y se hace el ofendido. Edward se sirve el café. Después le echa café caliente y un poco del frió. Después mira a Emmett.
-¿Quieres un poco de café?
-Sí, gracias.- Responde con seriedad. No está todavía dispuesto a ceder del todo.
Edward le echa un poco en una taza.
-Anda, me baño y te acompaño a buscar la moto.- Emmett bebe un poco de café.
-Hay solo un pequeño problema. Me faltan doscientos dólares.
-¿Pero como, con todas las cosas que agarraste anoche?
-Tenía un saco de deudas. Debí pagar la comida, la tintorería y después debía restituirle dinero a Ryan, el del Toto.
-Como carajo juegas siempre en el Toto Nero si no tienes nunca un dólar.
-Es por eso, tengo la suerte. Aunque guarde ciento cincuenta dólares para la moto, Sergio llamo y dijo que tuvo que cambiar el otro pistón, cojines y el resto. Después cambio de aceite completo y otras cosas que no recuerdo. Moraleja: cuatrocientos dólares. La moto me sirve. Esta noche es la carrera, debería subirla al menos a cien. Tú qué haces, ¿vienes?
-No lo sé. Mientras tanto busquemos doscientos dólares.
-Ya. Sino no se va a ninguna parte.
-Tú no vas a ninguna parte.- Edward le sonríe, después va al cuarto de Robert, su hermano.
Comienza a hurgar en las chaquetas. Abre las gavetas del armario. Después pasa a las mesitas de noche. Emmett está en la puerta y lo ve. Mira alrededor. Edward se da cuenta.
-Qué rayos haces ahí parado. ¿Te la das de palo en mi casa? Dale, dame una mano.
Emmett no se lo hace repetir dos veces. Va hacia la otra parte de la cama. Abre la gaveta de la otra mesita de noche.
-¿Tipo prudente tu hermano, no?- Emmett mira a Edward. Tiene en la mano una caja de condones y una sonrisa estúpida en la cara.
-¡Muy prudente! Tan prudente que no deja mas ni medio dólar olvidado.
-Bueno, tendría razones. Después de todas las veces que lo limpiamos…- Emmett se mete tres preservativos en el bolsillo antes de regresar la caja a su lugar. Es optimista. Edward trata de conseguir algún escondite posible.
-Nada que hacer, no hay nada por ningún lado. Yo no tengo ni un dólar para prestarte.- Por la puerta pasa María con algunas camisetas y suéteres de Edward en la mano derecha y camisas de Robert perfectamente planchadas en la izquierda.
Emmett le indica con la cabeza.
-¿Y a ella? ¿Podemos pedirle?
-¡Pero cómo! Le debo todavía el dinero de los periódicos de la semana pasada.
-¿Entonces como hacemos?
-Estoy pensando. James y los demás son más pobres que nosotros, así que ni hablar. Mi mama está de viaje.
-¿A dónde?
-A las islas canarias creo, o a Seychelles. Igual si estuviera aquí no sería el caso.
Emmett asiente. Sabe perfectamente como es la relación de Edward con su mama.
-¿Y tu padre? ¿No te los puede prestar?- Edward agarra una camisa apenas planchada y la lanza en la cama donde ya ha preparado los bóxers y los jeans.
-Sí, voy hoy a comer con él. Me ha llamado ayer diciendo que debe hablar conmigo. Ya sé que me va a decir. Me preguntara que intención tengo acerca de la universidad y el resto. ¿Y yo que hago? En vez de responderle le digo: papá dame doscientos dólares que debo retirar la moto de Emmett, ¿eh? Diría que no. ¡María!- La mujer aparece en la puerta. -Disculpa, ¿donde está la chaqueta azul oscuro?
-¿Cual, Edward?
-Es como aquella verde militar, solo que azul marino, la compre el otro día. Es como la de los policías.
-Ah, ya se cual es, la metí en el armario de su hermano. Pensé que era suyo.
Edward sonríe. Robert con una chaqueta del género. Seria todo un show. El y su ropa. Edward va al corredor. Abre el armario. Ahí está su chaqueta. Fácil de encontrar. Es el único entre tantas chaquetas a cuadros y trajes grises.
Edward se aprovecha y comienza a revisar la ropa del hermano, nada que hacer.
Después regresa al cuarto. Emmett está en su cama. Tiene la billetera abierta. Revisa sus finanzas esperando un milagro que no le llego. Lo cierra disgustado.
-¿Entonces?
-Se feliz. He conseguido la solución.
-¿Y esa seria?
-El dinero me lo dará mi hermano.
-¿Y porque debería dártelos?
-Porque lo chantajeare
Emmett está más tranquilo.
-¡Ah, claro!- Lógicamente para él, chantajear a un hermano es la cosa más natural del mundo. Al final se arrepiente ser hijo único.
…
Robert, el hermano de Edward, está en su oficina. Vestido elegantemente, sentado en un escritorio, revisando algunas cuentas del señor Johnson, uno de los clientes más importantes de la agencia de finanzas. Robert ha estudiado en Dartmouth College Graduado con honores y consiguió rápido un óptimo puesto como agente financiero. En realidad, el padre con todos sus contactos, lo recomendó. Pero mantener el puesto y tener el aprecio de todo el piso lo logro por su cuenta. Es también cierto que en esa agencia nunca han repudiado a alguien.
Una joven secretaria con una camisa de seda color crema, quizás un poco muy transparente para ese mundo de tasas y fiscales, donde la transparencia no es algo visto diariamente, entra en la oficina de Robert.
-¿Doctor?
-Sí, dígame.- Robert deja de revisar las cartas para dedicarse enteramente al sostén de la secretaria y rápido después a eso que tiene que decirle.
-Esta su hermano con un amigo. ¿Lo dejo entrar?
Robert no da tiempo a inventar una excusa. Edward y Emmett entran en su oficina.
-Claro que me deja entrar. ¡Coño, soy su hermano! Sangre de su sangre, señorita. Nosotros nos dividimos todo. ¿Ha entendido? Todo.- Edward toca el brazo de la secretaria insinuando así a la eventual pero remota posibilidad que a Robert esa joven y bella muchacha aparte de papeles y lista de llamadas le esté pasando otra cosa. -Entonces aquí yo puedo entrar siempre, ¿verdad Rob?
Robert asiente.
-Cierto.- La secretaria mira a Edward, estando habituada a tratar con señores más ancianos y con corbata, lo trata con respeto.
-Disculpe, no lo sabía.
-Bien, ahora lo sabes.- Edward le sonríe. La secretaria se mira el brazo agarrado por Edward.
-¿Puedo irme ahora?
Robert, que gracias a los nuevos lentes no se había dado cuenta de nada, le da el permiso.
-Claro, gracias, puede irse señorita.
Quedando solos, Emmett y Edward se sientan en dos poltronas giratorias de piel enfrente al escritorio de Robert. Edward se agarra duro. Después da un empujón con el pie.
-Elijes bien a tus secretarias.- Edward da un giro completo y vuelve de frente con el hermano. -Di la verdad ¿te la agarraste no? O lo hiciste o has estado tentado a hacerlo y ella no. En este caso, deberías despedirla, que importa.
Robert lo mira molesto.
-Edward ¿es posible que te deba repetir siempre lo mismo? ¿Cuando vienes acá podrías decir menos groserías, hacer menos alboroto? Aquí trabajo. Todos me conocen.
-¿Por qué, que hice? ¿He hecho algo Emmett? Dile tú que yo no he hecho nada.
Emmett mira a Robert tratando de hacer la cara más convincente que pudiera.
-Es cierto, no ha hecho nada.
Robert suspira.
-Es inútil hablar con ustedes dos, es fatiga gastada. Como anoche. Te he pedido miles de veces que cuando regreses tarde vayas lento, y tu nada. Siempre haces un gran alboroto.
-No Rob, disculpa. Ayer regrese y tenía hambre. ¿Qué hacía, no comía? Me prepare un bistec nada más.
Robert le da una sonrisa irónica a su hermano.
-No es que no quiera que no comas. ¡El problema es como lo haces, como haces todo… siempre haciendo ruido, batiendo las puertas, el refrigerador, despreocupado del hecho que soy yo el que duerme, que me debo parar temprano! ¿Y a ti que te importa? Te paras cuando te parece… saliendo del tema, se que hoy vas a comer con papa.
Edward se sienta mejor.
-Si ¿por qué? ¿Han hablado de mí?
-No, me lo dijo hoy. Me llamo antes. Imagínate de que hablaríamos de ti, yo no sé nada de ti ahora.- Robert mira mejor a su hermano. -Solo sé que te vistes siempre mal, con esas chaquetas oscuras, los jeans, los zapatos deportivos. Pareces el propio gangster.
-Pero yo soy un gangster.
-Edward, deja tus idioteces. ¿Ahora porque viniste acá? En serio… ¿hay algún problema?
Edward mira a Emmett, después al hermano.
-Ningún problema, pero me debes dar trescientos dólares.
-¿Trescientos dólares? ¿Pero que, estás loco? ¿Y que, yo el dinero lo consigo así rápido?
-Está bien, entonces doscientos.
-Ni hablar, no te doy nada.
-¿Ah sí?- Edward se inclina hacia su escritorio. Robert asustado se echa para atrás. Edward le sonríe. -Hey hermano, calma, nunca te haría nada, lo sabes.
Después descuelga el intercomunicador conectado con la secretaria.
-¿Señorita, puede venir un momento?
La secretaria no le hace caso a la diferencia de voces.
-Voy rápido.
Edward se sienta cómodo en el sofá, después sonríe a Robert.
-Entonces querido hermanito, si no me das rápido los doscientos dólares, cuando llegue tu secretaria yo le quitare la ropa interior.
-¿Que…?- Robert no tiene tiempo de decir algo más. La puerta se abre. La secretaria entra.
-¿Si, doctor?
Robert trata de salvarse.
-Nada señorita, puede irse.- Edward se alza.
-No, señorita, disculpe, espere un momento.- Edward va cerca de la secretaria. La chica se queda mirando a todos los tres en silencio sin entender bien qué hacer. Esa situación es un poco diferente a esas labores que debe siempre realizar. La secretaria mira interrogativa a Edward.
-¿Que sucede?- Edward la mira sonriente.
-Quisiera saber cuánto cuesta la ropa intima que lleva puesta…
La secretaria lo mira apenada.
-Pero la verdad…
Robert se levanta.
-¡Edward ahora basta! Señorita se puede ir…- Edward la aguanta con un brazo.
-Espere solo un segundo, disculpe. ¿Robert? ¡Dale a Emmett eso que debes y después la señorita se podrá ir!- Robert agarra la billetera del bolsillo interno de la chaqueta, saca algunos billetes de cincuenta euros y se los pone con rabia en la mano a Emmett. El los cuenta, le hace una señal a Edward que todo está bien.
Edward deja ir la secretaria sonriéndole…
-Gracias señorita, es lo máximo de la eficiencia. Sin usted no hubiéramos sabido que hacer.
La secretaria se aleja molesta. No es completamente estúpida, y sobre todo no la divierte para nada ir diciendo cuando cuesta su lencería intima. Robert se levanta de la silla y le da la vuelta al escritorio.
-Bueno, ya tienen el dinero. Ahora fuera de aquí que me molestaron.- Hace por empujarlos pero después lo piensa. Es mejor golpearlos verbalmente. -Edward, continúa así, terminaras en problemas como siempre.
Edward mira al hermano.
-¿Bromeas? ¿Qué problemas? Yo no estoy nunca en problemas. Yo y los problemas somos dos cosas que nunca nos hemos encontrado. El dinero se lo debo prestar a un amigo mío, uno que tiene un pequeño problema, todo aquí.- Emmett le sonríe con gratitud al amigo. -¿Y después Robert, que imagen tendrá Emmett de ti? Son solo doscientos dólares. Pareciera que te hubiera pedido no se qué. Estas haciéndolo una historia infinita.
Robert se sienta en el borde del escritorio.
-No sé cómo, pero contigo termino siempre yo en la ruina…
-No digas así, quizás es por estar en esta oficina, a tratar todo ese dinero, te viene una especie de enfermedad y no logras dar, prestar cosas.
-¿Entonces se trata de un préstamo?
-Cierto, yo siempre te he restituido todo, ¿no?- Robert hace una cara poco convencida. Las cosas nunca son así. Edward hace como si no se acordara. -¿Entonces que te preocupa? Te restituiré siempre todo. Aparte, deberías salir un poco, divertirte. Estas tan pálido… ¿por qué no vienes a dar un giro en moto conmigo?
Robert en un exceso de simpatía se quita los lentes.
-¿Qué? ¿Estás bromeando? Nunca. Eso es la muerte. A propósito de la muerte… visto que ha estado bien cerca. Anoche fui al bar ese que es de gente loca y ¿sabes a quien me encontré?
Edward escucha distraído. En ese bar nunca podría ir alguno que le interese. Sin embargo, decide hacer feliz al hermano. En el fondo le ha dado doscientos dólares.
-No, ¿quien estaba?
-Giovanni Ambrosini.
Edward tiene una especie de sobresalto. Un golpe en el corazón. Rápido la rabia se apodera de él, pero la esconde perfectamente.
-¿Ah sí?
Robert continúa con su cuento.
-Estaba con una bella mujer, una más grande que el. Cuando me vio se preocupo. Parecía aterrorizado. Según yo, tenía miedo que estuvieras tú. Después, cuando vio que no estabas, se tranquilizo. Me ha sonreído y todo. Si así puedes definir a cierta mueca. La mandíbula nunca regreso a su lugar. Y eso lo sabes mejor que yo. Pero se puede saber porque lo has masacrado de ese modo, nunca me lo has dicho…
Es cierto, piensa Edward. El no lo sabe. Nunca lo ha sabido. Edward agarra a Emmett bajo el brazo y va a la salida. En la puerta se da la vuelta. Mira al hermano. Esta sentado en su escritorio. Con esos lentes último modelo que lo hacen ver profesional y adinerado, los cabellos con un corte costoso perfectamente peinados, vestido de manera impecable con la camisa planchada justo como el mismo le enseño a María. No, nunca lo ha sabido. Edward le sonríe.
-¿Quieres saber porque le hice eso a Ambrosini?
Robert asiente.
-Sí, quisiera.
-Porque siempre me decía que me vistiera mejor.
Salen justo como entraron. Arrogantes y divertidos. Con ese caminar seguro, un poco de duros. Pasan al lado de la secretaria. Edward le dice algo. Ella se queda mirándolo. Después se meten en el ascensor. Llegan a planta baja. Edward saluda el portero.
-Hola Carlos. Ofrécenos dos cigarrillos, anda.
Carlos tira fuera del bolsillo de la chaqueta un paquete suave de cigarrillos baratos. Hace un control con la mano alzando algunos cigarros. Emmett y Edward saquean el paquete. Agarran más de lo debido. Después, sin esperar que el portero las encienda, se alejan. Carlos mira a Edward. Es muy diferente al hermano. El doctor siempre dice gracias por cualquier cosa.
En ese momento el intercomunicador vecino suena. Carlos mira la pantalla. Es de la oficina del hermano de Edward. Carlos descuelga el auricular.
-Aló doctor Cullen, ¿que desea?
-Escuche Carlos, usted me debe hacer un favor.- Carlos sonríe.
-Me dice doctor, hago todo lo que desee si se puede.
Robert suspira.
-No deje entrar más a mi hermano.
Carlos abre los ojos grande.
-¿Que doctor? ¿De verdad no lo dejo pasar? ¿Y qué le digo? Si ese se molesta se necesitaría a Tyson en la puerta.- Robert imagina Carlos paralizando a Edward en el portón: 'Me disculpa, he tenido las ordenes. Usted no puede entrar'. La discusión. Edward que se altera. Carlos que alza la voz. Edward que se rebela. Carlos que lo empuja. Edward que lo agarra por la chaqueta, lo bate contra el muro y después seguramente el resto, como un guión…
-Tienes razón, Carlos. Fue una mala idea. Déjalo así, me ocupare yo. Hablare en casa con él.
-Cualquier otra cosa doctor, la hago seguro. Pero esta…
-No, no, tiene razón. Me eh equivocado yo a pedírselo. Gracias, de todas formas.
Se las vio feas. ¿Y quién para a ese energúmeno? Saca el paquete afuera. Decide festejar con un cigarrillo el peligro del que se salvo. Menos mal que el doctor es un tipo comprensivo. No como su hermano. Edward le ha robado medio paquete y siquiera ha dicho gracias. Ni una vez.
Y después dicen que ser portero es un trabajo tranquilo. Carlos suspira, después se enciende una MS.
En el cuarto piso Robert mira afuera de la ventana. Siente una extraña sensación de satisfacción. Le salvo la vida a Carlos. Regresa a sentarse. Bueno, sin exagerar. Le ha ahorrado un saco de problemas. Entra la secretaria con algunos fascículos.
-Tenga, estos son los que me pidió…
-Gracias Señorita.
La secretaria lo mira un momento.
-Es un tipo extraño su hermano. No se asemejan mucho ustedes dos.
Robert se quita los lentes, en el tentativo en vano de ser más fascinante.
-¿Es un cumplido?
La secretaria miente.
-En cierto sentido si. Espero que usted no vaya preguntándole a las muchachas cuánto cuestan sus cosas íntimas…
Robert sonríe avergonzado.
-Oh no, claro que no.
Sin los lentes ve poco, pero aun así, sus ojos terminan inevitablemente en la camiseta transparente. La secretaria se da cuenta pero no hace nada.
-Ah, su hermano me dijo que le dijera que usted es muy bueno conmigo, que no debió haber pagado y dejarlo hacer lo que dijo.- La secretaria se vuelve extrañamente insistente. -Si puedo preguntar… ¿qué cosa doctor?
Robert mira la secretaria. Su bello cuerpo. Esa falda perfecta e impecable que cubre sus piernas fuertes. Quizás su hermano tenía la razón. Imagina a la secretaria medio desnuda con Edward que le quita las panties. Se excita.
-Nada señorita, era solo un chiste.
La secretaria se va ligeramente decepcionada. Robert hace tiempo de colocarse los lentes y poner los ojos en el posterior que se aleja más o menos profesionalmente.
¡Diablos! Debí dejar que lo hiciera. Si Edward no le hubiera restituido ese dinero, seria el peor negocio de los últimos años. No, no el peor. Aquel lo ha hecho el señor Johnson. Ha confiado sus graves problemas fiscales a un agente de finanzas que tiene aún por resolver los problemas familiares. No se puede pasar una mañana discutiendo con el hermano y al final pagarle para que no le quite la ropa interior a la secretaria.
Con un sentimiento de culpa, Robert regresa a la cuenta del señor Johnson.
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