Holaaa, les dejo un nuevo capitulo! Besoss!
En una pequeña calle estrecha, dentro de un simple garaje, está Sergio, el mecánico. Cada vez que le llevan una moto, por cualquier problema que tenga, el, después de haberla probado, siempre termina de la misma manera: 'Hay que hacerle cualquier trabajito y después un buen cambio completo del aceite.' Mario, su asistente, es un chico de aires despistados. Para él, Sergio es un genio, un ídolo. Un dios de las motos. Cuando trabajan, Mario siempre pone el CD de Los Beatles. Sergio continua a trabajar, después se lleva una mano a los cabellos, volviéndolos más grasosos.
-Cierto, nunca podría hablar de ti. Tú con una herramienta en mano haces solo daños más que milagros.
Un viejo Free azul oscuro empujado por un joven tímido con lentes se para en el garaje. Se acercan los dos. El Free tiene la rueda posterior espichada. El joven se quita los lentes y se lava la cara sudada. Sergio agarra la moto. Decidido y seguro quita el cobertor. Parece un cirujano si no fuera porque no usa guantes y tiene las manos sucias de aceite. Igual, un buen cirujano nunca elegiría a un ayudante como Mario. El muchacho está enfrente. Mira preocupado ese lento mecánico tocando su Free. Como el familiar de un paciente, preocupado no de cuanto sea grave la enfermedad, sino mas materialmente, de cuánto podría costarle toda la operación.
-Hay que cambiar unas piezas, no es un chiste.
La moto de Edward frena enfrente del garaje. Un último rugir da a entender que es VF 750 no tiene necesidad de ser reparada. Sergio se lava las manos con un trapo.
-Hola Ed, ¿qué pasa? ¿Algún problema?- Edward sonríe. Mueve la mano afectuosamente sobre el asiento de su Honda.
-Esta moto no conoce esa palabra. Vinimos a retirar la moto de Emmett.- Emmett se acerco a su moto. El viejo Kawa 550. La trágica 'casa de muertos.'
-Todo está bien. Debí cambiar los pistones y todo lo que detenía al motor. Pero algunas piezas las agarre usadas.- Sergio habla de otros trabajos costosos. -Y entonces le hicimos un cambio completo de aceite.- Emmett lo mira. Con él no se juega. Sergio ni lo intenta. -Pero eso no te lo meto en la cuenta. Es un regalo.
Un año antes, Sergio tuvo una violenta discusión y ahora había aprendido a tratar con ellos dos.
El joven espera silencioso en una esquina, mirando preocupado su Free a motor abierto. Sergio entra para tomar el Kawa de Emmett.
-Está bien muchacho. Déjame la moto. Veamos qué puedo hacerle.- Esta última expresión preocupa aun mas al chico. Piensa justamente que su Free está en una fase terminal.
-¿Cuando puedo buscarla?
-Mañana mismo.- El joven de lentes se alegra con esta noticia. Sonríe y se aleja estúpidamente feliz.
Sergio le da las llaves a Emmett. El Kawasaki regresa a rugir. El humo sale potente del tubo de escape. Los giros son veloces. Emmett acelera dos o tres veces, después sonríe feliz. Edward lo mira. Es de verdad un niño. Emmett sonríe un poco menos cuando Sergio le da la cuenta. Pero se la esperaba. Lo ha arreglado, y cambiar pistones y todo el resto no es un chiste. Emmett le paga. Sergio se mete el dinero en el bolsillo. Naturalmente, no emite factura.
-Te aconsejo Emmett, espera un tiempo. Ve lento.- Emmett deja el acelerador.
-Es cierto, no lo había pensado. Todo este alboroto no sirve para nada.
Emmett mira a Edward.
-Pero tú si puedes…
Edward, entendiendo a dónde quiere llegar, detiene rápido al amigo.
-Frena. Mi moto no se toca. Te presto todo lo que quieras pero la moto no. Una vez por todas, simplemente quédate mirando.
-¿Si, y que hago?
-Haces de fanático para mí. Yo corro esta noche.
Sergio lo mira con un sentimiento de envidia.
-¿En serio van a la Serra?
-¿Vienes no? Si quieres vamos juntos.
-No puedo. A propósito, ¿todavía esta Ben allí?
-Como no, esta siempre allí.
-Bueno, mándale saludos. Tengo que hacer cosas de motos.
-Bueno, como quieras. Si cambias de idea sabes dónde encontrarnos.
Emmett y Edward se despiden, después meten primera. Emmett acelera un poco para calentar bien el motor. Después escuchando el sonido profundo y seguro se dobla y acelera alzándola. Edward lo sigue, alza la rueda de adelante y acelerando se aleja con el amigo en la calle principal. Sergio entra en el garaje. Mira las viejas fotos que pego en el muro. Su moto, las carreras. Era imbatible. Ahora son otros tiempos, pasaron tantos años, es tarde. Recuerda algo que un amigo una vez dijo: 'Crecer quiere decir nunca más llegar a doscientos kilómetros por hora.' Es cierto. Ha crecido. Ahora tiene responsabilidades. Una familia y también un hijo. Sergio se acerca a la vieja radio en el mesón, negro de aceite. Mete el CD de nuevo. Solo tiene esa. Son años que escucha la misma canción.
Probablemente mi papá y mi mamá, quien sabe, no me querían, quizás otro hijo, piensa Sergio.
Después mira a Mario. Está ahí, doblado en la moto abierta en medio del garaje. No es solo cosa de genética, piensa Sergio. Mario se voltea hacia él.
-¿Hey pero que tiene este Free?
-Mario, ¿no ves que ese muchacho es un gafo? La metió donde no debía y bloqueo la rueda. Este Free no tiene nada, sube la cubierta y hazle un buen cambio de aceite. Después ve por qué parte está el obstáculo.
Mario se dobla sobre el Free. Tarda cualquier minuto antes de subir la cubierta. Sergio mueve la cabeza. Es cierto, cuando tienes un hijo no vas mas a doscientos por hora. Cuando tu hijo es Mario, no vas más a ninguna parte. Sergio agarra la chaqueta y se la pone encima de la braga. Decide de arriesgarse y salir igual.
-Regreso en un rato.
Mario lo mira preocupado.
-¿Dónde vas papa?
-A comprar lo mejor de LMFAO. Salió hoy. Es hora de cambiar de música.
…
En la Plaza, enfrente a la salida de la escuela de Bella, diversos carros se paran en doble fila. Detrás de ellos, otros automóviles, llenos de familiares o encargados de los hijos que van a esa escuela, se aferran a la bocina: el usual terrible concierto postmoderno.
Algunos chicos con sus Peugeot y los SH 50 se paran enfrente de la escalera. También llega Reneé en ese momento. Consigue un pequeño espacio vacío al otro lado de la calle, de frente a la gasolinera que queda antes de la iglesia, y se estaciona con su carro Peugeot 205 cuatro puertas. Jasper la reconoce. Memorias de la noche anterior, decide que es mejor alejarse.
Alcanza el grupo de chicas a los pies de las escaleras. Conversación del día: la fiesta de Roberta y los destrozos. Cualquier chico cuenta su propia versión de los hechos. Debe ser cierta juzgando por las señales de golpes que ha recibido. Si fuera porque otro fue el que se los hubiera dado, el resto podría bien ser inventado. Jacob se une al grupo.
-Hola Jake ¿cómo te va?
-Bien.- Miente rápidamente. Su amigo, sin embargo, le cree. Ahora Jacob se ha convertido un experto en mentiras. Ha probado todos tipos de mentiras esa mañana cuando su padre vio como quedo el BMW. Que pecado que su padre no sea tan ingenuo como el amigo. No ha creído para nada la historia del robo. Cuando Jacob decidió contarle la verdad, su padre se molesto bastante. De hecho, pensándolo bien toda la historia es absurda. Esos tipos son absurdos, piensa Jacob. Destruirme el carro de esa forma. Aun si mi papá no cree, haré que lo haga. Conseguiré esos ladrones, descubriré sus nombres y los denunciare. ¡Eso haré! ¡Bien! Tarde o temprano los encontrare, estoy seguro.
Jacob se detiene. Sus deseos desaparecen inmediatamente. El no sigue pareciendo feliz. Edward y Emmett aparecen a toda velocidad con las motos doblando cerca. Superan en velocidad a un carro. Después se paran a cualquier metro de él. Jacob, antes de que Edward lo reconozca, se voltea en sí mismo. Se monta en la moto, el único medio que ahora tiene a disposición y se aleja veloz.
Edward se enciende uno de los cigarrillos que le quitaron a Carlos y se voltea hacia Emmett.
-¿Pero estas seguro que es aquí?
-Como no. Lo leí en su agenda. Hablamos anoche que saldríamos a almorzar hoy.
-Que agallas las tuyas. No tienes ni un dólar. ¿Y todavía haces de galán?
-¿Pero qué quieres? Te lleve el desayuno. ¡Ahora cállate!
-Sí, dos míseros sándwiches.
-¿Ah, míseros? Cada día dos sándwiches, al final del mes hacen una cifra. Pero no te preocupes, me ha invitado ella, no pago.
-¡Que loco! Has conseguido una rica que invita. ¿Cómo es?
-Linda. Me parece bastante simpática. Un poco extraña quizás.
-Algo de extraño debe tener para decidir de ir a almorzar contigo e invitar. ¡O es extraña, o es muy tonta!- Edward comienza a reírse.
La campana de la última hora suena. De lo alto de la escalera salen algunas chicas. Son todas más o menos uniformadas. Rubias, morenas, castañas. Bajan saltando, como en una carrera, solas o en grupo. Charlando. Alguna alegre por el interrogatorio que le fue bien. Alguna otra molesta por la fea nota que saco en la tarea. Algunas esperanzadas miran abajo al chico apenas conquistado o a aquel que le ha terminado esperando una reconciliación. Otras, menos lindas, miran si esta aquel hombre guapo, ese que le gusta a todas, los galanes. Aquel que seguramente se volverá novio con una de otra clase. Algunas chicas que fueron a la escuela en moto se encienden un cigarrillo. Alice baja rápido los últimos escalones y corre a encontrarse con Jasper. Reneé mira a su hija y suena la bocina. Le hace seña de ir rápido al carro. Alice asiente con la cabeza. Se acerca a Jasper y le da un beso rápido en la mejilla.
-Chao, esta mi mama, debo irme. ¿Nos hablamos hoy en la tarde? Me debes llamar a mi casa porque el celular no agarra allá…
-Está bien. ¿Cómo va esa mejilla?
-¡Mejor, mucho mejor! Me voy porque no quiero tener una recaída.
Salen las otras clases. Al final es el chance del último año. Bella y Rosalie aparecieron en la escalera. Emmett le da un golpe a Edward.
-Ahí está, es ella.- Edward mira arriba. Ve algunas chicas más grandes que bajan por las escaleras. Entre estas, reconoce a Bella. Se voltea hacia Emmett.
-¿Cual es?
-Aquella con los cabellos rubios recogidos, la alta.- Edward vuelve a mirar arriba.
Debe ser la chica al lado de Bella.
No sabe porque, pero le gusta saber que no es Bella la tipa extraña que lleva a Emmett a almorzar, e invitándolo.
-Es linda, yo conozco a la que está al lado.
-¿En serio? ¿Y cómo?
-Nos duchamos juntos anoche.
-Pero qué coño dices…
-Te lo juro. Pregúntaselo.
-¿Te parece que es momento? Que hago, voy allá y le digo: ¿disculpa, tu ayer te bañaste con Ed? ¡Deja de decir cosas!
-Entonces se lo pregunto yo.
Rosalie está viendo con Bella los muchos modos posibles de presentarle la nota a Reneé, cuando ve a Emmett.
-¡Oh, no!
Bella se gira hacia ella.
-¿Qué pasa?
-Está el que ayer me quito el dinero de la semana.
-¿Cual es?
-Ese de ahí abajo.- Rosalie indica a Emmett. Bella mira en esa dirección. Emmett esta de pie y cerca de él, sentado en su moto, esta Edward.
-¡Oh, No!
Rosalie mira preocupada a la amiga.
-¿Qué pasa? ¿El te robo a ti también?
-No, el amigo suyo, el que está al lado, me metió en la ducha ayer.
Rosalie asiente, como si fuera normal que los tipos roben sus carteras y las metan bajo la ducha.
-¡Ah, entiendo, pero no me lo habías dicho!
-Esperaba olvidarlo. Vamos.
Bajan decididas las últimas escaleras. Emmett va hacia Rosalie. Bella los deja rápido y se dirige hacia Edward.
-¿Qué haces aquí? ¿Se puede saber a qué viniste?
-¡Hey, calma! Primero que todo esto es un lugar público, y solo he venido a acompañar a Emmett que va a almorzar con ella.
-Se da el caso que 'ella' es mi mejor amiga. Y que Emmett es un ladrón, debido a que le robo su dinero.
Edward imita sus palabras:
-Se da el caso que Emmett es mi mejor amigo y no es un ladrón. Fue ella quien lo invito a almorzar, y ella paga. Hey, ¿pero porque siempre eres así ácida? ¿Qué pasa, estás molesta porque no te llevo a almorzar? Yo te llevo si quieres. ¡Solo basta que pagues tú…!
-Escucha…
-Entonces hacemos así: mañana tú traes el dinero, piensas en un buen lugar y yo quizás te vengo a buscar… ¿está bien?
-Sí, nunca iría contigo.
-Bueno, ayer te regresaste conmigo y me apretabas también.
-Cretino.
-Dale, móntate que te acompaño.
-Estúpido.
-¿Es posible que solo sepas decir palabrotas? ¡Una buena chica como tú con el uniforme de esta escuela, toda educada y se comporta así! ¡No está bien, no!
-Pendejo.
Emmett se acerca a tiempo para escuchar el último cumplido.
-Veo que están haciendo amistad. ¿Entonces, vienen a almorzar con nosotros?
Bella mira sorprendida a la amiga.
-¡Rosalie, no puedo creerlo! ¿Vas a almorzar con ese ladrón?
-¡Bueno, al menos los recupero, paga el!
Edward mira a Emmett.
-¡Que infame…! Me dijiste que pagaba ella.
Emmett sonríe al amigo.
-Bueno, es cierto. Tú sabes que yo nunca miento. Ayer le quite el dinero y pago con eso. Por eso, en cierto sentido, paga ella. ¿Qué hacen entonces, vienen o no?
Edward con aire arrogante mira a Bella.
-Lo lamento pero debo ir a comer con mi papá. No te sientas mal. ¿Entonces, vamos mañana?
Bella trata de controlarse.
-¡Nunca!
Rosalie se monta detrás de Emmett. Bella la mira molesta, se siente traicionada.
Rosalie trata de calmarla.
-¡Nos vemos más tarde, voy a tu casa!
Bella hace para irse. Edward la detiene.
-Ah, espera. No quiero parecer mentiroso. Dile, por favor. ¿Cierto que ayer nos duchamos juntos?
Bella se libera.
-¡Anda a joder a alguien más!
Edward le sonríe a Emmett.
-¡Es su manera de decir que si!
Emmett mueve la cabeza y sale con Rosalie. Edward se queda mirando a Bella mientras cruza la calle. Camina decidida. Un carro frena para no adelantarse mucho. El conductor suena la bocina. Bella, sin voltearse, se mete en el carro.
-¡Hola mama!
Bella besa a Reneé.
-¿Te fue bien en la escuela?
-Buenísimo.- Miente. Tener dos en latín y una nota en el diario no es muy buenísimo que se diga.
-¿Rosalie no viene?
-No, regresa por su cuenta.- Bella piensa en Rosalie que va a comer con ese tipo, Emmett. Absurdo. Reneé suena la bocina impaciente.
-¿Pero que hace Ángela? Alice te dije que le dijeras.
-Ahí está, ya llega.
Ángela, una chica de cabellos negros con un aire aburrido, atraviesa lentamente la calle y se monta en el carro.
-Me disculpa señora.- Reneé no dice nada. Mete primero y adelanta. La violencia de ese arranque es bastante elocuente. Alice mira por la ventana. Su amiga Tanya está enfrente de la escuela y habla con Jasper. Alice se molesta.
-¡No es posible! Cada vez que me gusta alguien, Tanya está ahí, se pone a hablar y se hace la tonta. Mira que loca. Siempre lo hace a propósito. Primero ella odiaba a Jasper, ahora ve como le habla.
Tanya ve pasar la Peugeot. Saluda a Alice y le hace una señal con la mano que en la tarde la llamaría. Alice la mira con odio y no le responde. Después se gira hacia la hermana.
-Bella ¿Edward te vino a buscar a ti?
-No.
-Como no, vi que hablaban.
-Paso por casualidad.
-Bueno, podías regresarte con él. ¡Ahí esta!
Justo en ese momento Edward pasa a toda velocidad con su moto cerca del carro. Reneé se asusta de golpe. Inútilmente. Edward nunca le daría. Calcula la distancia siempre al milímetro.
La Honda 750 se dobla dos o tres veces entre los otros carros. Después Edward, con los Ray-Ban oscuros en los ojos, gira ligeramente la cabeza y sonríe. Esta seguro que Bella lo está mirando. De hecho, no se equivoca. Edward acelera y sin pararse en el semáforo rojo va a toda velocidad. Un carro que viene a su derecha suena la bocina. Un oficial no le da tiempo de leer la placa. La moto desaparece superando otros carros.
Reneé se para en el semáforo y se voltea hacia Bella.
-Si solo te atreves a montarte con ese tipo no se qué te hago. Es un cretino. ¿Viste como maneja? Mira Bella, no estoy bromeando, no quiero que lo hagas.
Su mama tiene razón. Edward maneja como un loco.
Sin embargo, la noche anterior detrás de él, en la noche, con los ojos cerrados, en silencio, ella no había tenido miedo. De hecho, esa carrera le había gustado.
Bella abre la bolsa del mercado y le quita un suave pedazo de pizza blanca. No se puede aguantar por siempre. Después, en un momento de atrevimiento total, decide que es el momento justo.
-Mama, hoy me dieron una nota.
…
Edward se sirve una cerveza, después enciende la televisión. Pone el canal diez. En MTV está el viejo video de Aerosmith: Love in an elevator. Steven Tyler se encuentra con una mujer espacial en un ascensor. Tyler, con una cara diez veces mejor que Mick Jagger, aprecia justamente a la chica. Edward piensa en su padre sentado frente a él. Quién sabe si la apreciaría también él. El padre agarra el control de la mesa y apaga la televisión. Su padre es como Robert, no sabe apreciar las cosas bellas.
-No nos vemos desde hace tres semanas y te pones a ver la tele. ¿Hablemos, no?
-Está bien, hablemos. ¿De qué quieres hablar?
-Quiero saber que has decidido hacer…
-No lo sé.
-¿Que quieres decir con que no lo sabes?
-Es simple… quiero decir que aun no lo sé.
La señora entra con el primer plato. Pone la pasta en el centro de la mesa. Edward mira la tele apagada. Quién sabe si Steven Tyler ya ha hecho el salto mortal al final del video. Cincuenta y cinco años y todavía esta así. Un físico excepcional. Una fuerza de la naturaleza. Mira a su papá. Tiene dificultad hasta para poner los espaguetis en el plato. Edward se lo imagina unos años más joven haciendo un salto mortal. Imposible. Es más fácil que Robert se enrede con su secretaria.
El padre le pasa la pasta. Tiene encima pan rallado y anchoas. Edward se sirve. Recuerda las veces que la había comido en esa mesa, en esa casa, con Robert y su madre. Normalmente, en un pequeño platito de porcelana venia servido un poco de condimento. Robert y su padre no lo querían, siempre le quedaba a él.
Su madre le echaba un poco en la pasta con una cucharilla. Al final le sonreía y vaciaba el plato echándole todo. Era su pasta preferida. Quién sabe si su padre lo hizo a propósito. Decide no preguntarle. Aquel día el platillo no estaba. Aunque muchas otras cosas no están tampoco. Su padre se limpia educadamente la boca con la servilleta.
-Viste, mande a hacer la pasta que te gusta. ¿Cómo quedo?
-Buena. Gracias papa. Quedo buenísima.
No está mal, de hecho.
-La única cosa es que debería ser quizás un poco más condimentada. ¿Puedo tomar otra cerveza?
El padre llama a la señora.
-No es por ser fastidioso, pero ¿por qué no te inscribes en la universidad?
-No lo sé. Estoy pensándolo. Y debería decidir la facultad.
-Puedes elegir leyes o economía, como tu hermano. Una vez que te gradúes te puedo ayudar a conseguir un puesto.
Edward se imagina vestido como su hermano, en su oficina, con toda esa papelería. Con su secretaria. Esa última idea le gusta por un segundo. Después lo piensa mejor. En el fondo puede siempre invitarla a salir y no tener que trabajar.
-No lo sé. No me siento atraído.
-¿Por qué dices así? En la escuela ibas bien. No deberías tener problemas. En la prueba de aptitud sacaste setenta, lo que está muy bien.
Edward bebe la cerveza apenas llegada. Hubiera salido mucho mejor, si no fuera por todos esos problemas que tenia. Después de lo que paso nunca más abrió un libro. Nunca más estudio.
-Papa, no es ese el problema. No lo sé, ya te lo dije. Quizás después de este verano. Ahora no quiero ni pensarlo.
-¿Que quieres hacer ahora entonces? Vas a dar vueltas haciendo desorden. Siempre en la calle y regresas tarde. Robert me lo dijo.
-¡Pero que te dijo Robert si él no sabe nada!
-No, pero lo sé yo. Quizás era mejor si hubieses hecho un año militar, que al menos te arreglaba un poco.
-Sí, solo me faltaba el año militar.
-Bueno, logre exonerártelo para dejarte estar en la calle, de nuevo cayéndote a golpes, era mejor si ibas.
-¡Pero quien te dice que me caigo a golpes… papa, pero estas terco!
-No, estoy asustado. ¿Recuerdas lo que dijo el abogado después del proceso? Su hijo debe estar atento. Después de este momento, cualquier denuncia, alguna otra cosa que sucede, elimina automáticamente la decisión del juez.
-Claro que me acuerdo, me lo repetiste al menos veinte veces. Por cierto, ¿has vuelto a ver al abogado?
-Lo vi la otra semana. Le pague la última parte de su comisión.
Lo dice con un tono pesado como para subrayar que seguramente fue costosa. En esto es igual a Robert. Siempre cuentan el dinero. Edward decide no hacerle caso.
-¿Todavía usa esa corbata extraña?
-No, ha logrado conseguir una más fea todavía.
El padre sonríe. Es mejor ser el simpático. Con Edward ser duro no sirve de nada.
-Pero en serio, me parece imposible. Con todo el dinero que le hemos dado…- Edward se corrige. -Disculpa papá, que le has dado, se podría comprar una bella corbata.
-Si es por eso podría cambiar todo el guardarropa.
La señora se lleva los platos y regresa con el segundo. Es un bistec en sangre. Por suerte no está atada a ningún recuerdo. Mira a su padre. Está ahí, doblado en el plato cortando la carne. Tranquilo. No como ese día. Tanto tiempo atrás, ese horrible día.
La misma habitación. El padre camina para arriba y para abajo, veloz, agitado.
-Como '¡porque si! ¿Porque me provoco?' Pero entonces tu eres una bestia, un animal, uno que no razone. Yo tengo por hijo a un violento, un loco, un criminal. Has arruinado a ese muchacho. ¿Te das cuenta? Podrías haberlo matado. ¿O no te das cuenta de esto tampoco?
Edward está sentado con la miraba baja sin responder. El abogado interviene:
-Señor Cullen, ahora lo que paso, paso. Es inútil gritarle al muchacho. Yo creo que hay motivos, aun escondidos.
-Está bien, abogado. Entonces dígame usted: ¿qué debemos hacer?
-Para organizarlos para la defensa, para poder responder en el tribunal, debemos descubrirlos.
Edward alza la cabeza. ¿Pero qué cosa dice? ¿Qué sabe? El abogado mira a Edward con comprensión. Después se le acerca.
- Edward, algo tuvo que suceder. Un problema pasado. Una discusión. Una frase que este muchacho dijo, alguna cosa que ha hecho… si, ¿qué desencadeno tu rabia?
Edward mira el abogado. Tiene una terrible corbata gris con el fondo laminado. Después se gira hacia su madre. Esta allí, sentada en una silla en la esquina del salón. Esta elegante como siempre. Fuma tranquila un cigarrillo. Edward baja de nuevo la mirada. El abogado lo mira. Se mantiene un momento a reflexionar en silencio. Después mira a la madre de Edward y le sonríe de forma diplomática.
-Señora, ¿usted sabe si su hijo ha tenido algún problema con este muchacho? ¿Si alguna vez tuvieron una discusión?
-No abogado, no creo. No sabía que se conocían.
-Señora, Edward ira al tribunal. Fue denunciado. Habrá un juez, una sentencia. Con las lesiones que el muchacho reporto, será severa. Si nosotros no tenemos nada con que refutar… una prueba, algo, una mínima razón, su hijo terminara en problemas. Problemas serios.
Edward está con la cabeza baja. Se mira las rodillas. Sus jeans. Después entrecierra los ojos. Oh Dios, mamá, ¿por qué no hablas? ¿Por qué no me ayudas? Yo te quiero tanto. Te pido, no me dejes así. Con las palabras de la mama, Edward tiene un sobresalto en el corazón.
-Lo siento abogado, no tengo nada que decirle. No sé nada. Le parece que, si tuviera algo que decir, si pudiera ayudar a mi hijo, ¿no lo haría? Y ahora discúlpeme, debo irme.- La madre de Edward se alza. El abogado la mira salir de la habitación. Después se voltea por última vez a Edward.
- ¿Edward, estás seguro que no tienes nada que decir?
Edward ni le responde. Sin mirarlo se levanta y va a la ventana. Mira afuera.
Aquel último piso enfrente al suyo. Piensa en su madre. En ese momento la odia, tanto como la ha amado. Después cierra los ojos. Una lagrima baja por su cara. No logra pararla y sufre como nunca lo había hecho, por su madre, por lo que no está haciendo, por lo que hizo.
-Ed, toma, ¿quieres el café?- Edward deja de mirar fuera de la ventana y se voltea. De nuevo esa habitación. Ahora. Su padre está ahí tranquilo, con la taza en mano.
-Gracias papa.- Lo bebe veloz. -Ahora debo irme. Hablamos la Próxima semana.
-Está bien. ¿Pensaras en lo de la universidad?
Edward en la salida se pone la chaqueta.
-Lo pensare.
-Llama cada tanto a tu madre. ¡Ha dicho que no sabe de ti desde hace tiempo!
-Pero papa, no tengo tiempo nunca.
-Pero que se necesita, es una llamada.
-Está bien, la llamare.- Edward sale rápido. El padre se queda solo en el salón, se acerca a la ventana y mira afuera. En el último piso en ese edificio frente al suyo, las ventanas están cerradas. Giovanni Ambrosini cambio de casa, de un día para otro, justo como cambiaron sus vidas. ¿Cómo pudo tener problemas con su hijo?
Edward prende el último cigarrillo de Carlos en el ascensor. Se mira en el espejo. Se marchó. Esos almuerzos lo destruyen. Llega a planta baja. Cuando las puertas de acero se abren, Edward que meditaba tiene un susto.
La señora Green, una inquilina del edificio con los cabellos mal cortados y la nariz extraña está ahí, enfrente de él.
-Hola Edward, ¿como estas? Tanto tiempo sin verte.
Y por suerte. Piensa Edward. Un monstruo así, verlo muy seguido hace daño. Después se acuerda de Steven Tyler y de la mujer bestial que entra en su ascensor. A él, en vez, le toca la señora Green. Injusticias del mundo. Se aleja sin despedirse. En el patio bota el cigarrillo. Corre rápido, lanza los pies y tirando las manos al suelo se va hacia adelante. No hay comparación. El salto mortal lo hace mucho mejor él. También Tyler tiene cincuenta y cinco años y el solo diecinueve. Quien sabe que hará dentro de treinta años. Una cosa es segura: no será el agente de finanzas.
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