N.A.: ni los personajes ni la historia me pertenece, es la adaptación de un libro que me gusto mucho y me gustaría compartirlo :)


Capítulo 3


Bella todavía temblaba cuando entró en la amplia avenida de entrada de la casa de su padre. Las sombras de la tarde invadían la majestuosa mansión victoriana, derramándose sobre la casa y el arbolado patio circundante. El trayecto desde Nueva York no había sido duro, pero su estado de nervios la había dejado exhausta. Definitivamente no estaba preparada para enfrentarse a Edward. Su rostro se encendió ante el pensamiento. Intentó no pensar en la llamada de esa mañana o en el núcleo de calor que había dejado palpitando en su interior.

Casi había sido suficiente para hacerla dar la vuelta varias veces y regresar a la cómoda y segura vida en la casa de su madre. Lo habría hecho, hasta que pensó en su madre. Ella temía demasiado el mundo como para sacar la cabeza de sus libros y ver las cosas que se perdía. Había perdido a su esposo años antes de su divorcio por su aversión a las demandas sexuales de él. Le había contado a menudo lo asqueroso y vergonzoso que consideraba el sexo.

Bella no quería envejecer sabiendo que había dejado pasar las cosas emocionantes de la vida. No quería pasar toda su vida suspirando por lo que más había necesitado y que había dejado escapar. Pero tampoco deseaba que le rompiesen el corazón. Y Bella tenía la sensación de que Edward podría rompérselo.

Le deseaba tanto. Se había dado cuenta de eso durante los pasados meses. Los sueños la estaban volviendo loca. Sueños de Edward atándola a la cama, burlándose de ella, tocándola, con su oscura voz susurrándole promesas sexuales. Cada vez más a menudo se despertaba exitada, la respiración agitada y una súplica en los labios.

Bella supo que él era un mal asunto incluso antes de que su padre se casase con su hermana. Sus ojos eran demasiado pícaros, sus miradas demasiado sensuales. Era malvadamente sexy, pecaminosamente sensual. Gimió con la creciente excitación y el temor.

Dejando las llaves en el contacto para que el mayordomo lo aparcase, Bella saltó del coche. La noche ya se acercaba y maldita fuese si se quedaba sentada en el coche porque estuviera demasiado asustada como para entrar en la casa. Afortunadamente, Edward no estaría allí. No estaba siempre allí.

—Buenas tardes, señorita Swan —. El mayordomo, un antiguo gorila de discoteca alto y fornido, abrió la puerta cuando ella se acercó.

Por lo que Bella sabía, Sam pasaba de los cincuenta pero no tenía aspecto de pasar de los treinta y cinco. Medía arriba de un metro ochenta, estaba abundantemente musculoso y lucía una nariz torcida y varias cicatrices pequeñas en su amplia cara. Era un indio quileute, según le había dicho, venia de la reserva de la Push. Su espeso cabello negro estaba casi afeitado y su amplio rostro se abría con una sonrisa.

—Buenas tardes, Sam. ¿Mi padre está en casa? —Dio un paso al interior, más incómoda de lo que pensó que estaría.

Este era el hogar en el que se había criado, en el que corría tras el cachorro que una vez le había comprado su padre pero del que su madre se había deshecho. El hogar donde su padre le curaba las rodillas despellejadas y un corazón magullado. El hogar del que su madre la había sacado cuando su padre reclamó sus derechos como esposo o un divorcio.

—Su padre y la señora Swan han salido esta tarde, señorita —le respondió él. — ¿Se quedará usted un tiempo?

—Sí —inspiró hondo. —Mi equipaje está fuera. ¿Mi habitación está todavía disponible?

Sintió una punzada de dolor mientras hacía la pregunta. Se había enterado de que "Tanny" había dispuesto su habitación para los invitados, en lugar de conservarla para las escasas visitas de Bella.

—Lo siento, señorita Bella —dijo Sam con suavidad. —La habitación está siendo redecorada. Pero el cuarto de la torre está disponible. Lo preparé yo mismo esta mañana.

El cuarto de la torre era el más alejado de los dormitorios de los invitados o de la familia. Detrás de la casa, en la tercera planta. La torre se había añadido décadas atrás por su abuelo y cuando era niña la había adorado. Ahora se resintió del hecho de que no era una habitación de la familia, sino una que sabía que Tanny asignaba a aquellos visitantes que apenas podía tolerar. Evidentemente, pensó Bella, había bajado algunos peldaños en la cortesía de su madrastra.

Bella inspiró profundamente. No eran lágrimas lo que se atascaba en su garganta, se aseguró a sí misma. Su pecho estaba tenso por el agotamiento, no por dolor.

—Bien —tragó con fuerza. — ¿Podría subirme el equipaje? Necesito una ducha y un poco de sueño. Veré a mi padre por la mañana.

—Por supuesto, señorita Bella —. La voz de Sam era amable. Llevaba con la familia más de lo que ella podía recordar y supo que su dolor no le pasaba desapercibido.

— ¿Mi padre es feliz, Sam? —le preguntó haciendo una pausa antes de bajar por el pasillo hacia la escalera oculta que conducía al cuarto de la torre. — ¿Tanny se ocupa de él?

—Su padre me parece muy feliz, señorita Bella —le aseguró Sam. —Más feliz de lo que nunca le he visto desde que la señora Renne se marchó.

Bella asintió bruscamente. Eso era todo lo que importaba. Bajó rápidamente por el pasillo, girando hacia la cocina para entrar por la escalera de la derecha. La escalinata conducía a un solo lugar. El cuarto de la torre.

Era una habitación hermosa. Circular y espaciosa, el mobiliario se había fabricado para encajar en el cuarto con exactitud. La cama era grande con una cabecera de madera de nogal maciza que se asentaba perfectamente contra la pared. Pesados cajones a juego se deslizaban en la pared de piedra formando un tocador, cubierto con un tapete a un lado de la cama. Al otro lado de la habitación había una pequeña chimenea, la madera eran troncos falsos que funcionaban con gas, pero era bastante bonito.

Ella se sintió como Cenicienta antes de que el Príncipe la rescatase. Se sentó pesadamente sobre el edredón que cubría la cama. Esto era una mierda. Debería regresar al coche e irse directamente de vuelta al hogar al que pertenecía. Ya no pertenecía a este lugar, y comenzaba a preguntarse si alguna vez lo había hecho.

Respirando hondo, se pasó las manos por el pelo y escuchó como Sam subía las escaleras. Él entró en el cuarto con una sonrisa amistosa, pero sus ojos marrones eran sombríos cuando se encontraron con los de ella.

— ¿Estará usted bien aquí, señorita Bella? —le preguntó mientras colocaba la maleta grande y la bolsa en la rejilla para el equipaje junto a la puerta. —Puedo preparar rápidamente otra habitación.

—No. Estoy bien, Sam —. Sacudió la cabeza. ¿Qué más daba? Había regresado, principalmente para encontrar algo que nunca existió. Era mejor que lo supiese ahora, antes de llegar más lejos.

Sam asintió mientras se encaminaba hacia la chimenea. Con movimientos expertos encendió el fuego de gas, luego se echó hacia atrás y asintió con satisfacción ante el calor que se irradió desde los troncos de cerámica.

— ¿Quiere que le pida la cena, señorita Bella? —le preguntó.

Su padre y su madrastra no estaban. Bella sabía que los criados estarían preparando su propia cena. Negó con la cabeza. Probablemente habían esperado una noche de descanso y ella no les privaría de eso. Lo que más le dolía era la ausencia de su padre. Él sabía que ella venía, y no estaba allí. Era la primera vez que se marchaba sabiendo que ella vendría a casa. La primera vez que Bella se sentía como si fuese una extraña en su propia casa.

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Una cosa que le encantaba a Bella de la habitación de la torre era el baño. El espacioso cuarto estaba situado a la derecha de la cama, y poseía una enorme bañera lo bastante grande para tres personas y una pared entera cubierta de espejo. Sam había abastecido la pequeña nevera en contra de sus protestas. Una de sus pequeñas sorpresas fue una botella de su vino blanco favorito. Bella la abrió, se sirvió una copa llena y comenzó a dar sorbos mientras el agua llenaba la bañera. El vapor se elevó llenando el cuarto, creando un efecto etéreo junto con el brillo de las velas que había encendido.

Se quitó los vaqueros y la camiseta, apoyando la copa y la botella sobre un pequeño estante, y se hundió en el burbujeante líquido. Exquisito. Se inclinó hacia atrás contra la porcelana y apoyó la cabeza en el reposacabezas acolchado. Esto era propio de un hedonista. Una extravagancia malvada y pecaminosa, habría dicho su madre.

Cerró los ojos e inspiró profundamente. Había esperado que su padre estuviese en casa, había esperado alguna clase de bienvenida. No se había esperado que la abandonasen a su suerte. Pero la pecaminosa riqueza de la bañera aliviaba un poco la herida. Podía disfrutarlo. Por esta última vez.

No había venido a la casa sin motivos ocultos, eso lo sabía. Quizás este era su castigo por ello. No era su padre quien la había atraído sino el hombre que sabía que llegaría tarde o temprano.

Edward. Inspiró profundamente, sonrojándose una vez más ante el recuerdo de la conversación telefónica. Podía tener un poco de sexo con él. No era como si fuese una virgen. Era por todo lo demás. Edward no era de los que se limitaban a un sexo normal. Edward era salvaje y pervertido, y le gustaba dar más sabor a las cosas, según había escuchado. Escuchado. Gimió recordando su promesa de atarla a su cama y lo que haría con ella allí.

Nunca había tenido sexo duro, aunque admitió que tampoco había tenido ningún sexo satisfactorio. Nunca había sido lo bastante intenso, lo bastante fuerte. El orgasmo más fuerte de su vida había sido en aquel maldito vestíbulo, con los dedos de Edward empujando dentro de su coño. Había estado tan excitada, tan mojada, que incluso sus muslos se habían cubierto de humedad.

Alzando la copa del estante, Bella sorbió un poco ávidamente. Su piel estaba sensible, sus senos hinchados de excitación, su sexo tenso de necesidad. Maldita sea, debería haber buscado un rector o un profesor amable y manso para satisfacer su lujuria. Edward era un mal asunto. Ella sabía que era un mal asunto. Siempre lo había sabido.

Conocía a Edward desde antes de que su padre se casase con su hermana. Había oído hablar de sus prácticas sexuales, de sus placeres. Era un hedonista, malvado. Y a veces, le gustaba dominar. No se comportaba como un matón fuera del dormitorio. Seguro de sí mismo, altanero sí, pero no un matón. Pero ella había oído los rumores. Historias sobre las preferencias de Edward, su insistencia en la sumisión por parte de sus mujeres. Los comentarios que él le había hecho a ella a través de los años solamente daban mayor credibilidad a los rumores.

Bella tembló ante la idea de ser dominada por Edward. El miedo y la excitación vibraron a través de sus venas y de su sexo a partes iguales, hinchando sus senos, endureciendo sus pezones. Ella no necesitaba esto. No necesitaba el deseo que sentía por él. No necesitaba el corazón roto que sabía que él provocaría. Apuró el vino de su copa y se sirvió otra, notando que los efectos de la bebida ya corrían por su sistema. Finalmente se sintió más relajada. No había estado tan relajada desde hacía meses. Disfrutando las sensaciones, se sirvió otra, esperando que al menos esta noche pudiera conseguir unas pocas horas de sueño sin soñar con Edward.

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Bueno aqui de new con otro capi mas… bueno también queriendo aclarar algo, esta historia no me pertenece, al igual que los personajes…

Les tengo mucho respeto a las autoras… enserio ya me gustaría tener su don para expresar las cosas como muchos lo hacen… creo que varias ya saben de que libro viene, y si no espero que la sigan…

Nos leemos en el próximo hay me dicen k les parece el capi

Nos leemos

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