N.A.: ni los personajes ni la historia me pertenece, es la adaptación de un libro que me gusto mucho y me gustaría compartirlo :)


Capítulo 4


A la mañana siguiente Bella bajó la escalera esperando ser bienvenida por su padre. Se había puesto el suéter gris paloma que él le había enviado el mes anterior. Diminutos botones de perla lo cerraban en un ribete justo por encima de sus pechos. Traía zapatos bajos a juego y perlas en el cuello. Confiada y segura de sí misma, Bella se sentía capaz de sortear las preguntas de su padre, su insistencia para que volviera a casa por un tiempo. En lugar de ello, cuando entró en el familiar cuarto débilmente iluminado, se encontró con Edward.

Ella se quedó de pie, inmóvil y silenciosa, mientras permanecía frente a él al otro lado de la habitación. Los ojos de él, de un brillante verde y llenos de malvados secretos, la observaron atentamente. Gruesas y negras pestañas enmarcaban las brillantes esferas, tal como su grueso y cobrizo cabello enmarcaba los salvajes rasgos de su rostro. Sus pómulos eran altos y afilados, su nariz un arrogante tajo descendente en su cara. Sus labios eran anchos, y podían estar llenos y sensuales o finos por la cólera. Ahora, él parecía simplemente curioso.

Sus brazos estaban cruzados sobre el pecho ancho y musculoso, sus tobillos cruzados mientras se apoyaba en el respaldo de un sofá a cuadros, de tal manera que estaba enfrentado pero lejos de ella.

— ¿Dónde está Papá? —preguntó Bella, luchando contra su excitación y sus propios deseos irrefrenables.

—Tuvo una demora. Espera, quizás, estar en casa mañana —dijo él quedamente.

— ¿Quizás? —ella acalló apenas el temblor en su voz.

—Quizás —él se irguió de su postura perezosa, observándola con una intensidad que le estrechaba los ojos, y que le hacía a ella tener los pechos y el coño latiendo. Maldito fuera él por el efecto que tenía en ella.

— ¿Y no me lo podría haber dicho él mismo? —cuestionó nerviosamente, mirándolo avanzar hacia ella, decidida a mantener su posición.

—Estoy seguro que él llamará, eventualmente —la voz de Edward era lenta, se arrastraba perezosamente, espesa por la tensión y la excitación. Bella hizo todo lo que pudo por mantener sus ojos en la cara de él, en lugar de permitirles descender para ver cuán grueso se había puesto el bulto en sus pantalones. Ella supo con toda certeza que el latido en su vagina se había intensificado.

— ¿Entonces te alistaste como voluntario para el comité de bienvenida? —ella estaba jadeante, y supo que él lo podría oír en su voz. Los ojos de Edward se oscurecieron con el conocimiento, haciendo que el latido de ella se intensificara aún más.

Él se acercó sin detenerse, hasta que sólo estuvo a unos centímetros de ella. Bella podía sentir el calor de su cuerpo, haciéndole sentir un hormigueo en sus terminaciones nerviosas. Era alto, mucho más ancho que ella. Ella se sintió a la vez amenazada y segura. Las alternantes emociones la atraparon, incapaz de moverse, sin voluntad para correr.

La sangre corría por sus venas mientras ella trataba de darle sentido a los poderosos sentimientos que estaban atravesando su cuerpo y su mente. Dos años había pensado en él, había luchado con la tentación que él representaba y el ardor que inspiraba.

—Siempre estoy aquí para darte la bienvenida, Bella —él sonrió, esa lenta rareza de sus labios que hacía que los músculos del estómago de ella se tensaran—. Pero tengo que admitir, estaba más que ansioso después de hablar contigo ayer.

La cara de ella llameó, haciéndose eco de sus gemidos y su lucha por respirar a través del clímax susurrado directamente a su mente. La voz de Edward, ronca y profunda, áspera por su propia excitación y luego por su propio clímax, la incitaba.

Bella tragó saliva mientras se mordía el labio en nerviosa indecisión. ¿Le extendería la mano? ¿O debería escaparse de él?

—Perro acosador —masculló, más enojada consigo misma que con él.

Él se rió ahogadamente, alargando la mano para tocar la carne desnuda de su cuello.

—Veo que sigues tan espinosa como siempre —dijo él con una vena de diversión en sus ojos que se iban oscureciendo—. ¿Serás tan ardiente en la cama, Bella?

— ¡Cómo si te lo fuera a decir! —escupió ella.

Bella luchó contra el instinto de inclinarse más hacia él, para inspirar el picante aroma de un macho excitado y decidido.

—Hmm, tal vez podrías mostrármelo —sugirió él, su voz sedosamente suave y caliente.

Bella tembló ante la cualidad baja y seductora de su voz. Ésta viajó a través de su cuerpo, tensándole el sexo, haciendo que sus pechos se hincharan y sus pezones se endurecieran en anticipación. Todo su cuerpo se ruborizó, caliente. Entonces el aliento quedó atrapado en su garganta. Las manos de él se movieron, el dorso de sus dedos la acariciaron, dejando un rastro de fuego en la parte superior de sus pechos que subían y bajaban.

Él la miró a los ojos, los suyos soñolientos, los párpados gruesos.

—Mía —susurró.

Los ojos de ella se ensancharon ante la nota posesiva en la voz de él.

—Creo que no —Bella quiso hacer una mueca ante el tono rasposo y áspero de su propia voz—. No le pertenezco a nadie, Cullen. Mucho menos a ti.

¿Entonces por qué estaba su cuerpo gritando en negación? Ella podía sentir los desnudos labios de su vulva mojándose a medida que su cuerpo se preparaba para ser poseído por él. Su piel hormigueaba, su boca se hacía agua al pensar en su beso.

—Toda mía —gruñó él mientras un botón se deslizaba, libre del frágil amarre sobre sus pechos palpitantes—. Sabías que no habría manera de que me mantuviera alejado después de oírte llegar al clímax al son de mi voz, Bella. Sabías que no te dejaría ir.

Ella se encogió de hombros, luchando por mantener el aplomo, una independencia que parecía más arraigada que necesaria en ese momento.

—No tienes otra opción que dejarme ir —le informó ella, sintiendo la trepidación de los dardos que la atravesaban desde la intensidad repentina de los ojos de Edward.

Los dedos de él acariciaron la redondeada curva de su pecho, su expresión pensativa mientras bajaba los ojos hacia ella.

— ¿Por qué peleas conmigo, nena? —preguntó repentinamente en un tono suave. —Por dos años he hecho todo, menos atarte y hacerte admitir que me deseas. Y sé que lo haces. Entonces, ¿por qué luchas contra ello?

—Tal vez quiero ser atada y forzada a admitirlo —dijo ella impertinentemente, ignorando la llamarada de excitación ante el pensamiento. Ella había oído los rumores, conocía las acusaciones que su madre había esparcido estos años, acerca del cuñado de su padre. —Sí, Edward. Yo atada, nada más esperando por ti y uno de tus mejores amigos. Oye cariño, las posibilidades de eso son ilimitadas.

Su boca era la maldición de su existencia. Mentalmente, ella puso sus ojos en blanco ante su propia declaración, cortante y burlona.

— ¿Mi mejor amigo, eh? —él inclinó la cabeza, mirándola con una leve sonrisa.

—Cuantos más, mejor —se alejó de él, negándose el contacto que deseaba por encima de cualquier otro. —Tú sabes cómo es. Una chica tiene que tener alguna clase de excitación en su vida. Puede ser bueno llegar al extremo.

Ella solita iba a cortarse la lengua. Bella se sentía más poseída que en posesión de algo de sentido común por el momento. Tentar a Edward, empujarlo, nunca había sido una buena idea. Lo sabía por experiencia. Pero aparentemente ella no sabía cómo hacer algo distinto.

—Bella, ten cuidado con lo que deseas —se estaba riendo abiertamente de ella. — ¿Has tenido alguna vez en la vida dos hombres a la vez, nena?

El término cariñoso, dicho suavemente por esa voz oscura y pecaminosa, hizo correr su pulso con más fuerza que antes.

— ¿Tiene importancia? —le respondió, algún duendecillo diabólico instándola a bromear, a seducir a modo de devolución.

Ella le lanzó una mirada por debajo de sus pestañas, deslizándola hacia abajo y haciendo escala en las caderas de él, suprimiendo un gemido ante el tamaño de la erección bajo los vaqueros. Demonios, él iba a destrozar la cremallera de un momento a otro.

—No, no importa —él cruzó los brazos sobre su pecho—. Te puedo dar lo que fuera que desees, preciosidad. Si realmente lo deseas. Soy flexible.

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Edward sintió su polla latir. Condenada, él sabía que Bella no tenía idea de cuán lejos lo estaba empujando en realidad. Podía ver la excitación en los ojos de ella, el indicio de ardor sexual, de determinación. ¿Pensaba ella que podría matar el deseo en él otorgándole carta blanca para que él hiciera lo peor de lo que era capaz? Ella no tenía ni la más mínima idea de cuán lejos podía llegar él en el terreno sexual. El pensar en atarla, en forzarla a admitir las necesidades de su propio cuerpo, o las necesidades de él, estaba casi más allá de lo que su autocontrol podía aguantar. El pensar en iniciarla en los placeres del ménage a trois, oyendo los gritos de placer de Bella en sus oídos, hizo que su polla endureciera hasta el dolor.

Quería que Bella tuviera cada toque, cada experiencia sexual que ella alguna vez hubiera imaginado querer intentar. La quería caliente, mojada y rogando por su polla. Quería que ella admitiera sus necesidades, lo mismo que él finalmente había admitido las propias. Quería a Bella, ahora, mañana, para siempre. De cualquier forma que pudiera tenerla, de todas las formas en que ella le permitiera tenerla.

Edward miró el rubor que había subido a sus pómulos, la llamarada de interés en sus ojos que ella apagó rápidamente. Ella pensaba que era un juego, ingeniosas réplicas de carácter sexual que fácilmente podría poner a un lado más tarde. Pero eso no cambiaba el hecho de que Bella le había dedicado a tales ideas más que un pensamiento pasajero. Él podía ver eso en el afanoso subir y bajar de sus pechos, en la túrgida curva de ellos, en las duras puntas de sus pezones. Estaban casi tan duros como su polla.

Ella no podía saber, pensó él con una hebra de diversión, cuánto disfrutaría él de hacer ambas cosas con ella. El nivel de dominación que él poseía era increíblemente alto. Introducirla en ser atada, tomada del pelo, atormentada o emparedada entre su cuerpo y el de Jessy…

Drásticamente él aplastó su lujuria. Eso de compartirla no sería fácil u ocurriría a menudo, pero había un placer particular en ello que no podía ser encontrado en ningún otro acto sexual. El pensamiento de tener el control total de ella, de su cuerpo, sus deseos, su sensualidad, era un afrodisíaco casi imposible de resistir.

—Bella, no deberías desafiarme —le advirtió cuidadosamente. —No sabes lo que estás pidiendo, nena.

Él se sentía moralmente obligado a darle una oportunidad, y sólo una oportunidad, para aquietar los deseos rugientes que crecían dentro de él. Ella no sabía, no podía saber, que la sexualidad era parte de él a tal grado. Una sexualidad y un oscuro deseo que él había estado dispuesto a amortiguar por ella. Pero su atrevida declaración de que ella podría manejarlos era más de lo que él podía resistir.

—Tal vez lo sé —. Él amó la calidad jadeante de su voz, la mezcla de miedo y lujuria en su tono de voz era una combinación embriagadora.

—Follaría tu culo, Bella —gruñó él, avanzando hacia ella otra vez. — ¿Es eso lo que quieres? Mi mejor amigo hundiéndose en ese apretado coñito mientras yo empujo dentro de tu trasero. Gritarías, nena.

La idea de eso lo ponía tan caliente que apenas soportaba el ardor.

—Hmm… —sus rosados labios se fruncieron en un mohín de meditación. —Suena interesante, Edward. Pero tú sabes, no permitiría a cualquiera tales privilegios —suspiró ella con pesar. —Lo siento, amorcito, pero aparentemente no estás de suerte.

Oh, ella estaba en problemas. Edward mantuvo su expresión sólo ligeramente divertida, permitiendo a su dulce Bella cavar su propia tumba.

— ¿Y qué cualidades debe tener un hombre para ser tan afortunado? —preguntó él, mientras deliberadamente maniobraba para ponerla contra la pared, su cuerpo presionando el de ella, no obligándola, sino conteniéndola, calentándola.

Por un momento, una vulnerabilidad cautivadora brilló en los ojos de ella. El corazón de él se ablandó por lo que leyó allí. Esperanza mezclada con necesidad, un destello de incertidumbre.

—Algo que tú no tienes —. Él se preguntó si ella habría percibido la pena en su voz.

— ¿Y qué sería eso, nena? —. Quería atraerla hacia su pecho, abrazarla, asegurarle que cualquier cosa que ella necesitara, cualquier cosa que ella quisiera, sería suya sólo con pedirlo.

Bella se apartó con fuerza de él, su natural actitud defensiva asumiendo el control nuevamente, ese destello de dolor en sus ojos sobrepasando la necesidad de jugar, bromear con él y tentarlo.

—Corazón, Edward. Debe tener un corazón —dijo, mordiendo las palabras. —Y realmente no creo que tú tengas uno.

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Bella se marchó dando media vuelta rápidamente, la cólera envolviéndola. Eso hizo poco por apaciguar el deseo o el rugiente caldero de emociones que amenazaban con abrumarla. Maldición. Doble maldición. No podía amarlo. No podía necesitar su amor. Dos años de discutir con él, luchando contra sus avances y sus acaloradas miradas, no pudieron haber causado esto.

Sintió su cuerpo temblando, su pecho agarrotado por las lágrimas. Amar a Edward era imposible. No tenía ninguna oportunidad contra las mujeres sofisticadas y experimentadas con las que él se acostaba habitualmente. Ella las había visto, las había odiado. Saber que él las había llevado a su cama, que las había hecho gritar con su toque era más de lo que ella podía tolerar. Seguramente ellas no lo amaron. Pero Bella tenía el mal presentimiento de que ella lo haría.

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Bueno, bueno aquí de nuevo… que opinan de la aparición de Edward… bueno fue interesante pero… hooo pero eso no es nada…

Espero sus comentarios, y enserio se les agradecen, pero chicas un poco de incentivo y les aseguro que hago hasta lo imposible por actualizar pronto sip (*ojitos de cachorrito*)

Nos leemos

Suerte!