N.A.: ni los personajes ni la historia me pertenece, es la adaptación de un libro que me gusto mucho y me gustaría compartirlo :)


Capítulo 8


Los gritos de Bella resonaron en su cabeza, palpitando en su polla. Edward no podía recordar un tiempo en el que hubiera estado tan conectado, tan caliente y tan preparado para follar. Quería hundir su polla tan profunda, tan duramente en su apretado coño como pudiera. Quería encerrarse en ella, dominarla con la brutalidad de una follada tan lujuriosa que ella se diera cuenta de que era imposible abandonar al único hombre que podía dárselo.

Pero él sabía que cuanto más tiempo pudiera mantenerla colgando en el borde de las sensaciones que la recorrían, más lo ansiaría ella más tarde. Él era un esclavo de la necesidad de ser el único que la complaciera.

Perforar su culo con ese invasor había sido la cosa más erótica y satisfactoria que él había hecho en su vida. Se preguntaba si ella había sido apenas consciente de lo alto que había rogado por más. Cuántas veces le había suplicado que lo empujara más duro en su interior, que la tomara. Él lo dudaba. Las sumisas raramente recordaban esa primera vez, esos primeros largos minutos en los que un consolador, o una caliente y gruesa polla invadían su culo.

Era la combinación de dolor y placer. Las necesidades, tan asombrosas, tan consumidoras que nublaban la mente hasta el punto de que la sumisa raramente recordaba suplicar por ello.

—Fóllame —Bella todavía rogaba, su voz gruesa y desesperada mientras su coño dejaba escapar la dulce crema de su necesidad. Y él la follaría. Pronto.

Él cogió un pequeño aparato oblongo, metálico, de la bandeja. Estaba atado a una larga cuerda con una caja de control al final. Se llamaba bala de plata. Tan pequeñito que parecía inofensivo, pero los efectos de sus vibraciones internas conducirían a Bella a tal neblina de éxtasis que ella nunca lo olvidaría.

Insertó el aparato de tres pulgadas en su interior. Su polla se tensó ante la estrechez, como un puño cerrado, que él encontró mientras lo presionaba pasando la plenitud del invasor encerrado en su ano y lo movía hasta el final de su vagina. Colocó el pequeño aparato al máximo de vibración contra el punto G y luego se retiró. Puso el control en una baja, gentil, acariciadora vibración que sin embargo hizo que ella se estremeciera. Entonces él comenzó a alimentarse de su coño.

Él lamió su coño, justo tal y como una vez le había prometido que haría. Gentiles caricias dentro de su vagina con su lengua que la tuvieron alzándose contra su boca, suplicando por más. El cuerpo de ella estaba cubierto de sudor, su respiración dura, sus gritos desesperados mientras él la lamía con la lengua, la acariciaba. Y ella sabía tan malditamente bien que él no podía sino ayudarse a sí mismo empujando su lengua tan profundamente dentro de ella como podía, y meter más de ella dentro de su boca.

Edward estaba ardiendo por ella. Sabía que su control estaba resbalando, algo que nunca había pasado, algo contra lo que nunca había tenido que luchar por mantener. Pero tenía que prepararla, no podía permitirse herirla inconscientemente. Era su corazón, su alma, la felicidad que siempre había creído que nunca encontraría. Ella oscilaba entre el dolor erótico y el dolor que irrevocablemente dañaría su sexualidad por siempre. Si no era cuidadoso, extremadamente cuidadoso, entonces los destruiría a ambos. Porque Edward sabía que él no podría ir mucho más allá sin ella.

Así que controló su propia lujuria, la acarició gentilmente, calibrando su necesidad y aumentando la velocidad del vibrador de acuerdo a ella. Ella estaba retorciéndose en sus manos ahora, casi en el punto del no retorno. Reluctante, él se apartó de la goteante vagina, lamiendo atrás, rodeando su clítoris con su lengua. Entonces se giró, descansando en su espalda, posicionándose para succionar el hinchado e inflamado brote con su boca mientras colocaba la velocidad del vibrador al máximo.

Ella explotó, tensando su cuerpo. Su grito fue estrangulado, sin respiración, mientras su cuerpo se arqueaba, estirándose, entonces comenzó un temblor repetido que señaló el comienzo de su orgasmo. Él apretó más fuerte sus labios sobre su clítoris, dándole golpes con la lengua y sujetando las caderas de ella con una fuerza sencilla cuando el caliente, volcánico ímpetu de su liberación comenzó a precipitarse a través de su cuerpo.

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Bella se estaba muriendo. Sabía que se estaba muriendo y con impaciencia abrazó la prisa exquisita del doloroso placer que la lanzó sobre el borde del precipicio. Su cuerpo estaba temblando de manera incontrolable, su orgasmo llenaba su cuerpo, bombeando en su sangre, provocando espasmos en su útero mientras se rasgaba a través de ella. Podía sentir la dura vibración dentro de ella, los labios de Edward en su clítoris, llevándola en una furiosa tormenta de la que ella sabía, no podría sobrevivir. Fuertes estremecimientos corrían sobre ella, un placer como ninguno que hubiera concebido la desgarró. Y en una distante parte de su mente, se preguntó si ella alguna vez sería la misma de nuevo. Si sobrevivía.

Ella luchó contra el torrente, pero no pudo luchar con él. Podía sentir sus fluidos borbotear de su coño con los espasmos, y la boca de Edward moviéndose para capturarlos con un duro y masculino gruñido. Su lengua arponeó dentro de su torturado coño, provocando otro duro estremecimiento, otro borboteo de fluidos hasta que, finalmente, ella se derrumbó despreocupadamente contra sus cuerdas, aturdida, totalmente despojada de fuerzas.

Pequeños temblores todavía asaltaban su desmadejado cuerpo. El pulso interminable de su clímax no se iba fácilmente. Ella pudo oír a Edward, un duro, brutal gruñido masculino resonando en la habitación mientras empujaba su cuerpo contra ella. ¿Se había corrido? ¿Había estado dentro de ella y ella no se había enterado? No importaba. Estaba yendo a la deriva en una neblina de placer tan débil, tan asombroso que no podía pensar, y no quería hacerlo.

— ¿Bella? —la voz de Edward era tierna, cálida mientras se movía a su lado. — ¿Estás bien, nena?

Ella sintió las cuerdas aflojarse, sus manos callosas y gentiles sobre su piel mientras la desataba, y la ayudaba a extenderse sobre la cama. Ella permaneció desmadejada, tan saciada que apenas podía moverse. Era consciente del movimiento de Edward a lo largo de la cama a su lado, girándola sobre su espalda, su expresión, cuando ella le miró, preocupada y gentil.

—Soñolienta — murmuró. Y lo estaba. Tan cansada, tan emocional y físicamente agotada que apenas podía permanecer despierta.

—Duerme, Bella —él besó su mejilla gentilmente. —Descansa, nena. Empezaremos de nuevo mañana.

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Edward se tendió al lado de ella, colocando el edredón sobre ellos, ignorando el latir de su todavía palpitante polla. Había llegado al clímax con Bella, pero no era suficiente. Necesitaba enterrarse dentro de ella, sentirla, prieta y caliente, encerrándole en su satinado calor.

Y sabía que la lucha no había acabado. Aceptar el placer completado con dolor era la parte fácil para Bella. Someterse a él sería la parte dura. Ceder ante él, sin importar lo que él le pidiera, sin importar lo que demandara para el placer sexual de ella, sería la pelea. Una a la que él le tenía ganas. Conocía a Bella mejor de lo que ella misma se conocía. Sabía, por la admisión de su padre de los libros que su madre había encontrado, lo que la había metido en esto. No era el dolor, era la dominación, la sumisión hasta los extremos sexuales que ella ansiaba. Ella quería luchar. Quería ser vencida, y él quería dárselo.

La empujó contra él, disfrutando del calor de su cuerpo, de su presencia. Había soñado con esto durante dos años. Supo en el momento en que conoció a Bella que ella tenía una parte de él que ninguna otra mujer tendría nunca. El pensamiento de eso le había atormentado, lo había torturado con lujuria. En los pasados meses, se había puesto peor. Vivía y respiraba todos los días con la necesidad de ella. Era como una fiebre que ardía en sus entrañas de la que no podía huir.

Y ahora él la tenía. Para la noche de San Valentín, la última lección de ella, su sueño erótico finalmente realizado, ella sabría quién dominaba su cuerpo y su corazón.

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Bella estaba dolorida. Su cuerpo entero palpitaba, protestando por su desvelo. Los músculos de sus piernas estaban tiesos y ardidos, sus brazos y hasta sus pechos estaban doloridos.

—Abre los ojos, Bella. Tenemos que quitar el invasor y necesitas un baño caliente. —La voz de Edward era firme, no tolerando ningún rechazo.

Sus ojos se abrieron, su cabeza giró hacia él, sus ojos enfocando los rasgos salvajes de su cara.

— ¿Dejaste esa cosa dentro de mí? —dijo ella entre dientes con incredulidad.

Él arqueó una sola ceja.

—Tu trasero era estrecho, Bella. Necesita acostumbrarse a estirarse antes de que ser capaz de tomar mi polla ahí.

Su corazón latió ruidosamente contra sus costillas.

—Ve al cuarto de baño, luego regresa aquí. Si intentas quitarlo tu misma, te ataré otra vez y te dejaré allí el resto del día.

Él lo pensaba. Ella vio su determinación en las duras líneas de su cara.

—Sácalo primero –dijo ella en cambio.

Él sacudió su cabeza. –Haz como digo, Bella. Tengo una razón para mis demandas, nena.

Bella frunció el ceño, pero ella sabía que no quería experimentar la tortura de estar atada y babeando de necesidad. Y ella sabía que él la haría babearse. La torturaría, luego la abandonaría para que sufriera en su excitación. Ella no estaba lista para correr ese riesgo aún, no después de anoche.

Entonces ella se levantó de la cama, y caminó con cautela hacia el cuarto de baño. Después de aliviar su necesidad más apremiante, cepilló sus dientes y lavó su cara, luego regresó al dormitorio. Su estómago era un nudo de nervios, preguntándose como planeaba Edward seguir con la sensual tortura que había comenzado la noche anterior.

—Sobre tus rodillas. —Él cabeceó hacia la cama, estaba de pie al lado de ella, desnudo y luciendo una erección que parecía un arma.

Su miembro era el más grande que ella alguna vez hubiera visto, casi tan grueso como su muñeca, con una hinchada y brillante cabeza que hacía su boca agua al verlo.

Bella fue a la cama, asumiendo la posición que ella sabía que él quería. Ella tembló mientras su mano acariciaba los cachetes de su trasero. Sus dedos recorrieron su ano hasta que él agarró el invasor anal, tirando despacio, con cuidado, liberándolo de su trasero.

—Quédate quieta —le ordenó antes de que ella pudiera moverse. —Bajo tu gabinete hay algunas provisiones personales que compré para ti. De ahora en adelante las usarás siempre que yo te diga de hacerlo. ¿Entendido?

—Sí –susurró ella, sintiendo arder su vagina, humedeciéndose mientras él pasaba sus manos por su trasero.

—No voy a follarte ahora porque para ser honesto, no creo que pueda mantener mi polla fuera de tu trasero. Pero necesito el alivio, nena.

Él se movió alrededor de la cama entonces, girándola para quedar enfrentados, su polla apuntando hacia su boca. Bella se lamió los labios. Ella los abrió mientras la cabeza púrpura golpeaba contra ellos. Escuchó su fuerte gemido mientras ella cerraba los labios alrededor de su miembro, tomándolo, abriendo su garganta para esos últimos centímetros posibles.

Una de las manos de él agarró su polla, para asegurarse de no darle más de lo que ella podía tomar, la otra retorció su cabello. El agudo borde de dolor le hacía apretar su boca alrededor de su polla, su garganta trabajaba sobre la cabeza en tanto él gritaba de placer. Él no estaba dispuesto a prolongar su propio placer esta mañana. Empujó dentro y fuera de su boca con golpes profundos y duros, manteniéndola quieta mientras él gemía repetidamente ante el placer que ella le daba. Entonces, ella sintió su polla sacudirse, palpitar y luego su esperma llenando su boca mientras él gritaba su liberación.

Edward respiraba con fuerza cuando se retiró de ella, su pene todavía estaba erecto, todavía listo para ella, pero él no hizo nada más.

—Ve a bañarte, Bella, antes de que haga algo para lo cual ningún de los dos está listo. Ven abajo para desayunar cuando hayas terminado.

Bella se levantó, mirándolo luchar por controlarse.

— ¿Esta Papá en casa? —preguntó.

—No aún —él sacudió su cabeza. —Él regresará la noche antes de la fiesta. Eres mía hasta entonces, Bella. ¿Puedes manejarlo?

Sus ojos se estrecharon ante su tono de voz, sugiriendo que ella no podría.

—Puedo manejarte cualquier día de la semana —. Condenada su boca, ella gimió ante las palabras que brotaron de sus labios.

Sus labios se torcieron. Ambos se conocían mejor.

—Veremos —. Él asintió con la cabeza. —Ve a bañarte. Te dejaré lo que quiero que lleves esta mañana. Han dado a los criados el resto de la semana libre, así que seremos solamente tú y yo por un tiempo.

Bella mordió su labio. Ella no estaba segura si eso era algo bueno o no.

—Ve —. Él indicó la puerta del cuarto de baño. — Ven abajo cuando estés lista.

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Bueno aquí presentándoles otro capi mas… perdón por demorar pero como dije es un caos mi vida en estos momentos ya no tengo tiempo ni siquiera para checar mi correo… bueno tomando un poco de tiempo antes de un examen les traigo este… que opinan? Como lo llevan nuestros protagonistas… les agradezco sus comentarios… para las que quieren saber de quién es lo publicare al final, aunque algunas ya lo saben pero bueno gracias por leerlo…

Bueno como hoy vengo rapidito no creo contestar reviews se los debo pero bueno pronto llegara … deséenme suerte en mis exámenes… necesito un poco más de tiempo =D

Shaito!