N.A.: ni los personajes ni la historia me pertenece, es la adaptación de un libro que me gusto mucho y me gustaría compartirlo :)
Capítulo 9
Una hora más tarde Bella bajó por la escalera espiral, con los pies desnudos y vistiendo más ropa de la que ella pensó que él le dejaría para ella, pero decididamente menos de lo que ella querría llevar puesto. El negligé largo, de seda la hacía sentir sexy, femenina. Cubría sus pechos, pero estaba cortado lo suficientemente bajo para que si él los quería sacar, no tuviera ningún problema. No había pantis incluidas, pero la seda negra escondía ese hecho. Ella habría estado incómoda vistiendo algo que se trasluciera.
Su nota había dicho que la esperaría en la cocina, y allí estaba él. Vestido con pantalones de gimnasia y nada más, su espeso pelo cobrizo todavía estaba húmedo, y parecía más sexy que lo cualquier hombre tenía derecho a parecer. Y él le estaba sonriendo. Incluso sus ojos estaban llenos de una expresión perezosa, cómoda mientras él colocaba dos platos de huevos, tocino y tostada al lado de tazas llenas de café.
—El desayuno está listo, llegaste justo a tiempo —. Él sacó su silla, indicando que ella debería sentarse.
Bella tomó su asiento con cautela, el dolor de sus músculos estaba mucho mejor, pero sus muslos y trasero todavía estaban sensibles.
— ¿Dolorida? —. Él posó un beso sobre su hombro desnudo, produciéndole una sacudida de sobresalto.
Ella giró su cabeza, alzando la vista hacia él mientras se enderezaba y se dirigía a su propia silla.
—Un poco —. Ella se aclaró la garganta.
—Se volverá más fácil –le prometió. —Ahora come. Hablaremos más tarde, después de que hayas terminado.
El desayuno, a pesar de sus dudas iniciales, estuvo lleno de risas. Edward era agradable y su humor fácil comenzó a mostrarse. Su ingenio árido la mantuvo riendo ahogadamente y el malvado brillo en sus ojos mantuvo su cuerpo crepitando, anticipándole lo que vendría, rogando que la follara. Mientras mas tiempo él esperaba, más caliente se ponía ella. No sabía si lo soportaría mucho más tiempo.
Finalmente, después de que los platos estuvieron limpios, él la dirigió por la casa hasta la cómoda sala de estar. Un fuego crepitaba en una esquina del cuarto donde un gran colchón de almohadas había sido puesto.
—Siéntate, tenemos que hablar —. Él la situó sobre el colchón, luego la hizo recostar sobre su espalda mientras él se situaba al lado de ella.
—Mira, no tengo muchas ganas de hablar —ella finalmente dijo frustrada. –Cortemos la persecución aquí, Edward. Hay cosas que evidentemente me gustan, que tú disfrutas haciendo. No quiero hablar sobre ello. Solamente hacerlo.
Ella levantó la mirada hacia él, estrechando sus ojos, advirtiéndole que ella también tenía sus límites.
Él apoyó la cabeza en su mano, respetándola con una expresión curiosa.
—Esperaba una pelea –dijo él, un vago tono de pregunta en su voz.
Bella suspiró, sentándose, mirando fijamente el fuego mientras ella pasaba los dedos de una mano por su pelo.
— ¿Hasta que extremo tienes la intención de llegar? —preguntó ella finalmente, echándole un vistazo mientras él todavía se reclinaba al lado de ella.
Él alcanzó sus dedos que se arrastraban por el pelo. — ¿A qué extremos quieres que yo llegue, Bella? —preguntó él a cambio. —Puedo darte cualquier cosa que quieras, lo que sea. Pero tengo mis propias necesidades, y ellas tendrán que ser satisfechas también.
— ¿Cómo cuales? —le preguntó, manteniendo su voz baja, aquietando el temblor que amenazaba con sacudirla.
—Me gustan los juguetes, Bella. Me gusta usarlos, y me muero por usarlos en ti. Me gusta azotarte. Me gusta mirar tu bonito coño y los cachetes redondeados de tu trasero volverse rojos. Me gusta oírte gritar porque no sabes, si es dolor o si es placer, lo que te está matando. Quiero ver tus ojos llenos de placer, aturdidos, mientras empujo tus límites —. Él lo presentó bastante claro, pensó ella con un toque de silenciosa burla, y aún así no había contestado una maldita cosa.
— ¿Cómo de lejos irás? —ella le preguntó.
— ¿Cómo de lejos me dejarás ir? —le contestó él.
Bella presentía que ella tendría pocos límites, pero no estaba dispuesta a decirle eso.
—Evidentemente tienes planes. Me gustaría saber cuáles son.
Edward suspiró. —Algunas cosas son mejores dejarlas al placer del momento. Vamos a esperar y ver qué pasa.
Bella lamió sus labios con nerviosismo. Evidentemente su padre le había contado sobre la catástrofe con los libros que su madre había encontrado. Él no sabría sobre ellos de otra manera. Ella respiró profunda y hondamente.
— ¿Esto concierne a otros hombres? –preguntó ella finalmente.
Los ojos de él se encendieron con excitación. Bella bajó la cabeza a sus rodillas. Dios, ella no sabía si podría.
—Tu quieres eso, Bella —. Él se movió detrás de ella, sentándose para tirar de ella contra él mientras susurraba las palabras en su oído. —Lo has deseado durante un largo tiempo, nena, todo lo que he planeado. Solamente tranquilízate, y lo tomaremos paso a paso.
Bella luchaba por controlar su respiración, su corazón latía frenéticamente. Ella estaba aterrorizada de él, y de ella.
—No puedo, si padre averiguara…
—Bella, tu padre sabe –dijo él con cuidado. — ¿Por qué piensas que tu madre se divorció de él? Ella no deseaba sexo, mucho menos el que él necesitaba. Tu padre supo, cuando esos libros fueron encontrados, lo que tú necesitabas. Tal como él sabe lo que yo necesito.
La vergüenza traspasó su cuerpo. Ella se acordaba viniendo a casa del colegio, su madre enfurecida con ella, la humillación de las acusaciones que ella había lanzado a Bella. Esa fue una de las pocas veces que su padre había intervenido. Él la había llevado a su estudio e incómodamente le había informado que la sexualidad era una cosa personal, y que no era de incumbencia ni de él ni de su madre.
— ¿Tu hermana…? —ella dejó la pregunta colgando.
—Sabe lo que él desea y disfruta de ello. Ese es el punto clave, Bella. Tienes que disfrutarlo, si no, esto no me trae ningún placer. Tu placer es lo más importante, Bella. Qué deseas, qué necesitas.
Sus manos estaban en su abdomen, acariciando suavemente los nerviosos músculos de allí. Sus labios rozaban su hombro, su cuello.
—No deseo un juguete, Bella —le prometió. —O una mujer que no sepa quien es y hable en consecuencia. Menos en el dormitorio, que es donde quiero a la mujer que sé que eres. Si quieres pelearme, entonces pelea. Si te quieres someter, entonces hazlo. Si quieres ser atada y violada, avísame. Todo eso, puedo darte y disfrutar. Pero si alguna vez llegas al límite, tienes que decírmelo. Si alguna vez sugiero algo que no deseas o no puedes manejar, entonces tienes que decírmelo. Y después de eso, a no ser que lo pidas, nunca lo abordaré otra vez. Sólo se muy cuidadosa en los placeres que te niegues.
Ella levantó la cabeza de sus rodillas.
— ¿Y cuándo te hartes de mí? —le preguntó.
— ¿Qué si tú te cansas de mí primero? —le preguntó él entonces. —Esto va en ambos sentidos, Bella. Si no podemos dar al otro lo que necesita, entonces no hay ninguna razón en continuar. ¿Estás de acuerdo?
Sus manos se apretaron en sus rodillas. —Estoy de acuerdo –susurró ella.
—No hay reglas, Bella. Pero de ahora en más, no significa no. Si no lo quieres, entonces dices la palabra. ¿Entendido?
Ella cabeceó nerviosamente.
—Cada noche, te empujaré más lejos. Cada noche, aprenderás algo nuevo sobre ti —. Sus manos se movieron a sus brazos, acariciando los músculos tensos, aliviando el nerviosismo que se cerraba en ellos. —No estés asustada de mí, Bella. O de ti.
—Ninguna otra mujer —. Ella lo quería claro desde el principio. —No sé siquiera si pueda manejar a otro hombre. Pero no puedes tener ninguna otra mujer.
—No quiero a otra mujer, Bella —le aseguró él. —Y no habrá ningún otro hombre, a no ser que sea algo que decida —. Su voz se endureció. —Hay un placer particular en compartir a tu mujer que tú, tal vez, nunca puedas entender. Pero no cualquier hombre será digno del privilegio, nena, confía en mí.
—Si no me follas ahora, saldré de esta casa y no volveré — susurró ella rudamente. — Estoy harta de esperar, Edward.
Ella había girado las tablas sobre él, entonces se movió antes de que él pudiera pararla, girando y apretando sus hombros contra el colchón hasta que él yació sobre su espalda. Él ya estaba duro, y ella ya estaba mojada. Su polla tensaba el frente de sus pantalones, oculta de ella. Enganchando sus manos en la cinturilla ella los bajó, levantándolos sobre la gruesa erección y tirándolos de sus piernas.
—Me preguntaba cuando te cansarías de la espera —dijo él riéndose, aunque su mirada estaba caliente, con malvada lascivia.
Bella se sacó su vestimenta por sobre su cabeza, luego se subió a su cuerpo. Ella oyó su dificultosa respiración cuando su húmeda vagina rozó su miembro, pero siguió. Ella quería su beso. Ella moría por un beso.
Mientras los labios de ella tocaban los suyos, los brazos de él la rodearon, girándola, tirándola sobre su espalda mientras se elevaba encima de ella. Su lengua perforaba su boca, sus labios se inclinaron sobre los suyos mientras él convertía la caricia en un banquete carnal. Bella gimió interrumpidamente, sintiendo la ternura, el calor completo de su toque, su cuerpo encima del suyo, la fuerza de sus músculos mientras él la mantenía contra él.
—Mi polla esta tan dura que no duraré cinco minutos dentro de ti —dijo él entre dientes. — ¿Estás tomando la píldora o necesito un condón?
—Píldora –jadeó ella. No quería nada entre ellos. Quería sentirlo cuando él se corriera, sentir su semilla saliendo con fuerza dentro de ella.
—Maldición, Bella, estoy casi asustado de follarte, eres tan condenadamente apretada –gruño él mientras su mano patinaba sobre su coño, su dedo probando su vagina.
Bella se arqueó ante la penetración, su gemido hambriento la sobresaltó mientras su cuerpo pedía más.
Sus labios se arrastraron a lo largo de su cuello, moviéndose hacia abajo, hacia las puntas duras, sensibles de sus pechos. Cuando su boca cubrió uno, su matriz se contrajo dolorosamente. Oh sí. Esto era bueno. TAN bueno. Su lengua raspaba la punta, su boca la chupaba con un movimiento fuerte que la dejaba temblando. Entonces él mordisqueó el pequeño brote, el pellizco leve llevó su excitación aún más alto por el filo del dolor.
—Maldición, estás tan caliente que me estás quemando vivo –gruñó él, moviéndose hacia atrás, hacia sus labios, chamuscándolos con su beso.
—Quémate más entonces –jadeó ella. —Por favor, Edward. Tómame ahora.
Él se elevó encima de ella moviéndose entre sus muslos, separándolos, mientras ella miraba su polla palpitar.
—Esto podría doler —la advirtió, respirando duro. —Maldición, Bella, nunca he tenido un coño tan apretado que quemara mi dedo antes.
Ella hizo rodar sus caderas, atormentada por la punta de su polla mientras esta daba pequeños golpes contra su vagina.
—Está bien –gimoteó ella. –Tú puedes manejarlo.
Él se hundió en ella.
El aliento abandonó el cuerpo de Bella mientras se doblaba, un grito estrangulado rasgó su garganta por la forzada separación de los sensibles músculos de la vagina. El ardiente placer junto con el dolor la consumía, viajando por ella mientras se retorcía contra el grueso pene alojado en su coño.
—Dulce Misericordia, Bella –gritó Edward mientras se acomodaba sobre ella pesadamente, sus codos afirmándose para soportar su peso. Sus caderas rodaron en un suave movimiento entre sus muslos enviando dardos agudos de éxtasis a viajar por su cuerpo.
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Él no iba a durar mucho tiempo. Edward sabía que él no tenía un ruego para ello. Lo mejor que podía esperar era que Bella tampoco pudiera. Él agarró sus caderas, su cara se enterró en la curva húmeda de su cuello mientras comenzaba un movimiento fuerte, firme, dentro de su cuerpo.
Su coño era tan apretado que lo quemaba, tan resbaladizo y dulce que él podría quedarse dentro de ella por siempre, si sólo pudiera contener su liberación lo suficiente. No hubo posibilidad. Ella se retorció contra él, sus caderas se levantaron para encontrarlo, sus piernas se envolvieron alrededor de su cintura mientras ella lo tomaba más profundo, gritando por las sensaciones que sus duros empujes enviaban sobre ella.
Edward gimió ante su calor. Él empujó en ella más duramente, sus empujes ganaron velocidad, lanzándose dentro de ella, deslizándose por el sensible tejido que lo agarraba, luchando para sostenerlo. Su cuerpo se apretó más hacia el final, su vagina comenzó a temblar alrededor de él mientras ella gritaba, sacudiéndose entre sus brazos, su orgasmo golpeando en ella al mismo tiempo que él perdía el control.
Edward escuchó su grito de éxtasis, su grito estrangulado de liberación mientras él comenzaba a eyacular dentro de ella. El calor lo envolvió, lo chamuscó, llenando su cuerpo y alma mientras ella lo sujetaba fuertemente.
—Bella. Dios, Bella, nena… —. Él no creía que las llamaradas de placer se terminaran alguna vez. Rezaba porque nunca lo hicieran. Estas subieron por su columna vertebral, por su miembro y disolvieron el duro y solitario centro de su corazón. Esta mujer era suya. Y antes de que la semana estuviera terminada, él se lo demostraría.
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Bueno aquí les dejo otro capi mas, en un ratito libre que he tenido… pero bueno que les parece? Opiniones opiniones…
Pero bueno espero tenerles el otro pronto pero como ya estoy en finales es difícil hacer tiempo, pero bueno
Esperoo sus comentarios, nos leemos pronto chicas… =D
Suerte!
