Hola, bueno se que me tarde, pero aqi traego la continuacion espero qe les gustec:
Cap. 2
— ¿Se acabará alguna vez esta pesadilla? —se preguntó después de verse forzado a pisar otra vez el freno. Solo iba por el segundo día de viaje, pero a ese ritmo jamás llegaría a tiempo a la bosa de su hermana. No cuando los vehículos que tenía delante insistían en conducir a la velocidad que lo haría su difunta bisabuela. Un Volkswagen Escarabajo y un vehículo pesado conspiraban contra él al ir a cien kilómetros por hora cada uno en el carril que ocupaba. Durante un instante pensó en adelantar el camión por el arcén, pero con la suerte que tenía, temió encontrarse con un bache y reventar una rueda. Lo que necesitaba era llamar la atención de la mujer que llevaba el coche que tenía adelante.
Sabía que se trataba de una mujer porque costaba no ver la masa de un extraño color rosado que se extendía por los costados del reposacabezas. Sin embargo, era evidente que ella no se percataba de su presencia detrás.
Encendió las luces delanteras. No hubo suerte. Tenía que estar demasiado distraída para no mirar por el retrovisor. Los bucles de pelo se agitaban. De vez en cuando apuntaba con el dedo al pasajero que llevaba en el asiento de al lado. Si Sasuke debía realizar una conjetura, la mujer estaba sufriendo de un ataque de epilepsia o le cantaba a un acompañante muy bajo. Debía de ser su imaginación la que invocó la imagen de unas orejas largas asomándose desde el otro asiento. No podía estar cantándole a un ¿perro?
— ¿Cómo he estado? —pregunto Sakura, un poco jadeante por cantar al ritmo de la radio. No era ninguna Aretha Franklin, pero al Sir no pareció importarle.
Esperó con ansiedad la siguiente cancion. Mientras tanto, evaluó donde se encontraba. Un vistazo por el retrovisor reveló un ominoso Mercedes negro prácticamente encaramado sobre su parachoques trasero.
—Cielos, lo siento, amigo —musitó con cierta timidez—. No me di cuenta de que estaba ahí —después de todo, Aretha requería plena concentración. Pisó el pedal e intentó acelerar lo suficiente como para poder adelantar al camión que tenía al lado. Pero su Escarabajo tenía otras ideas.
El coche tosió un poco y aceleró seis kilómetros por hora cuenta abajo. Como el camión también ganaba velocidad, no había modo en que pudiera adelantarlo. Su único recurso era frenar un poco y situarse detrás de él.
¡Estaba frenando! Solo le queda una opción. Llevó la mano a la bocina y la dejó allí dominado por la frustración. Frustración porque la mujer que tenía delante conducía despacio. Porque su hermana fuera a casarse con el hombre equivocado. Por tener que dejar su negocio en un momento crucial. El sonido de la bocina resultó maravilloso y le causó un gozoso dolor en los oídos. El ruido llenó el coche y reverberó por el vasto paisaje de Montana.
El Comandante Sir Akamaru chilló y buscó cobijo bajo el asiento.
— ¡Oh! —exclamó Sakura indignada ante lo que consideró la actitud de una bravucón.
Había intentado hacerle un favor y a él no se le ocurría otra cosa que asustar a su pequeña. El camión pasó de largo y de inmediato ella se trasladó al otro carril. No tardó en perderlo de vista. Mientras tanto, no pudo evitar mirar al hombre del Mercedes cuando este llegó a su misma altura.
Con una última presión, Sasuke dejó de tocar el claxon. Lo invadió una especie de paz onírica. Había sido liberador. Si fumara, habría encendido un cigarrillo. Nada con un buen bocinazo para soltar un poco de tensión. Diablos, una vez que el coche se había apartado, dejó de experimentar el súbito apremio de ponerse por delante. Se situó lentamente a la par del Volkswagen amarillo. Giró la cabeza para ver mejor a la conductora al tiempo que se preguntaba si sería tan bonita como su pelo.
— ¡Imbécil! —gritó Sakura mientras bajaba la ventanilla en un esfuerzo por hacerse oír. Por desgracia, era dudoso que la oyera, ya que él llevaba la ventanilla subida.
Aunque semejante comentario tampoco ofendería mucho. Debía practicar todo ese asunto de los insultos y maldiciones. Había vivido demasiado tiempo con las palabras de su madre resonando en su cabeza. "Una señorita no maldice". Era obvio que su madre jamás había tenido que enfrentarse a imbéciles en Mercedes.
"¿Qué problema tiene?", pensó Sasuke. No la había oído, pero no hacía falta ser un genio para entender que estaba furiosa. Después de todo, era ella quien no había pasado al camión. Cuando había intentado animarla a avanzar, había tenido el descaro de frenar. Desde luego, en ese momento se daba cuenta de que lo había hecho era que el cochecito que conducía no tuviera la aceleración requerida para un adelantamiento a alta velocidad. Fue su turno de sentirse un poco avergonzado.
Lo único que cabía hacer era disculparse. Era imposible que lo oyera de coche a coche. Improvisó un encogimiento de hombros y una sonrisa inofensiva que decía: "Lo siento. No era mi intención dar tantos bocinazos".
Sakura se quedó boquiabierta.
— ¡Qué descaro el de ese hombre! Me hace muecas y se encoge de hombros como si le importara un bledo haberme sacado canas con esa condenada bocina.
En su mente cobró forma la acción más mezquina que se le pudo ocurrir. Sin un segundo de vacilación, la realizó.
¡Le había sacado la lengua! Mientras él intentaba disculparse, ella le sacaba la lengua. Era evidente que se trataba de una perturbada. Probablemente se había fugado de una institución mental. Lo mejor que podía hacer era largarse de allí antes de que se le ocurriera algo realmente demencial.
Como poner cara de cerdo. Odiaba que una persona levantara la nariz y se estirara los ojos hacia las orejas. Solo pensar en ello le daba escalofríos. Con una última mirada centelleante para demostrarle que no le gustaba su ética de conducción, pisó el acelerador con toda la fuerza del pie.
Fue un error, teniendo en cuenta que no había apartado la vista de la pelirosa. No llegó a ver la vaca que cercado en el borde de la carretera, hasta que apareció sobre el asfalto. Supo que era demasiado tarde en el minuto en que vio al enorme bovino. Ajena al daño que estaba a punto de causar, la estúpida vaca mugió hacia el coche lanzado en su dirección.
Sasuke pisó los frenos con fuerza que temió sacar el pedal a través del suelo del coche. El vehículo se escoró y luego perdió el control. Antes de darse cuenta de lo que sucedía, se salió del camino y chocó contra el poste de una valla. El airbag se infló y se vio empujado contra el asiento.
Todo en dos segundos.
—Muuuu.
Al menos la vaca se había salvado.
— ¿Estás bien? ¡Contéstame!
El airbag se desinfló. Pudo moverse. Primero evaluó su cuerpo. Tanto las piernas como los brazos estaban bien. El pecho y el resto de su cuerpo habían sido protegidos por el airbag. Se había golpeado la cabeza y el experimentaba una sensación ardiente donde el airbag le había rozado la mejilla. Aparte de eso, se encontraba bien.
Aunque no sucedía lo mismo con su coche.
— ¡Contéstame!
Giró la cabeza y encontró los ojos verdes y preocupados de su némesis pelirosa.
— ¿Por qué?
Sakura se puso de cuclillas. Esa era una respuesta extraña.
—Porque quiero cerciorarme de que te encuentras bien.
—Es evidente que lo estoy, o no habría sido capaz de responderte, ¿verdad?
Tenía sentido. Se lo veía pasmosamente sereno para alguien que acababa de sufrir un accidente de coche. Y por el aspecto que presentaba, el vehículo era un siniestro total. La capota se hallaba prácticamente enroscada alrededor del grueso poste. Sin embargo, a este no le había pasado nada.
— ¿No viste la vaca?
No hacía falta palabras. La expresión agria de Daniel lo dijo todo.
—De acuerdo, no la viste —concluyó Sakura.
Sasuke intentó abrir la puerta. No resultó tarea fácil, ya que toda la estructura había sido empujada hacía dentro. Sakura captó su intención y lo ayudó, tirando mientras que saliera. Con piernas un poco inestables, respiró hondo varias veces antes de inspeccionar los daños.
—Deberías sentarse mientras esperamos a la policía.
— ¿Qué policía?
—Ya sabes, los que aparecen después de un accidente —respondió ella con ingenuidad.
Sasuke alzó los brazos para indicar el vasto espacio que los rodeaba. Lo único que había en kilómetros a la redonda era el Escarabajo de Sakura, la ruina de Sasuke y una vaca.
— ¿Y de dónde esperas que surjan esos magníficos policías?
—Oh —de pronto vio que el camino por el que viajaban no era un hervidero de actividad. El camión era el único otro vehículo que Sakura había visto en horas y ya había desparecido—. No tengo teléfono móvil.
— ¿Quién no tiene uno hoy en día? —preguntó con incredulidad. No sabía por qué le importaba, pero no parecía propio de una mujer viajara sola sin un móvil.
—Yo. Soy profesora con un presupuesto reducido. Era comprar un móvil o mi manicura mensual.
—Los teléfonos móviles son muy útiles en casos de emergencias o accidentes…
—Sí, pero unas uñas bien pintadas son una fuente de gozo todos los días —extendió sus preciosas uñas para que las inspeccionara. Él no pareció muy impresionado—. Supongo que tú tendrás uno.
—Desde luego —afirmó con altanería. Llevó la mano al bolsillo derecho de los pantalones y lo encontró vació. Luego, siguió el izquierdo con igual resultado. Bajó la vista y se dio cuenta de que no eran los mismos pantalones que llevaba en el viaje de vuelta de California. Los que tenían el móvil en el bolsillo. Se hallaban en el suelo del cuarto de baño, donde él los había dejado. No allí. Con él. En el corazón de Montana
— ¿No hay móvil?
Tuvo ganas de gruñirle.
—Y bien —continuó Sakura—, ¿Qué vamos a hacer?
Una vez más, Sasuke no tuvo palabras. Rodeó el coche lenta y cuidadosamente. La capota, el motor, la carrocería… todo el maldito coche era una ruina. Comenzó a maldecir con la habilidad de un marinero.
Sakura sonrió incómoda. No es que no hubiera oído esas palabras antes. Al crecer con cinco hermanos, podía dar lecciones de vocabulario de maldiciones. Simplemente, envidiaba la facilidad con que las pronunciaba. Si su madre pudiera oírlo, le metería suficiente jabón en la boca como para mantenerle limpio el lenguaje durante años.
Cuando llegó a la conclusión de que de esa manera no iba a llegar a ninguna parte, centró su atención en la mujer.
—Tú —acusó.
— ¿Yo? —inquirió Sakura.
— ¡Es tu culpa! —era mentira. Era él quien había estado conduciendo demasiado deprisa, pero sentaba bien culpa a otra persona por su estupidez.
— ¡Mi culpa! Tú estuviste a punto de atropellar a esa pobre vaca y fuiste quien se salió de la carretera.
— ¿Pobre vaca? —Giró la cabeza y la vio a un lado del camino comiendo hierba—. ¡La vaca está perfectamente! ¿Qué dices de mi coche?
—Siniestro total —respondió después de inspeccionarlo.
—Ahhhh —gritó él lleno de frustración—. ¿Qué voy a hacer? —sabía que estaba metido en serios problemas. Estar atrapado en medio de ninguna parte con una chica de un extraño cabello color rosa.
Sakura se contuvo de hacer algún comentario, aunque se había formulado una pregunta similar momentos antes. Seguían solos. Sin contar a la vaca.
Fue en ese instante cuando experimento inquietud. Se hallaba sola en Montana con un hombre extraño al que le gustaba hacer sonar la bocina y maldecir. El curso de acción más inteligente, el que sugerían los libros de defensa personal, sería subirse al coche, ir hasta la cabina más cercana y llamar a alguien para que lo auxiliara. Pero esa idea no terminaba de convencerla, ya que aún se sentía literalmente culpable.
Además, el pobre parecía desesperado. Estaba convencida de que no había planeado el accidente como una traba diabólica para secuestrarla, violarla y asesinarla. De lo contrario, no había conducido un Mercedes. Nadie destruiría un coche de sesenta mil dólares solo para cometer un asesinato. Podía lograr lo mismo con un Ford.
—Escucha, podía llevarte hasta la gasolinera más próxima para que desde allí llames a una grúa.
Sasuke guardó silencio y analizó sus alternativas. No existía ninguna. Eso ya había quedado establecido. Lo que sucedía es que tenía la sospecha de que subirse al Escarabajo amarillo con la peliroja sería una decisión que alteraría toda su vida. No veía cómo, pero su instinto nunca fallaba. Y le indicaba que era mujer representaba problemas.
Sakura abrió la puerta del lado del conductor y se sentó ante el volante luego, sacó la cabeza por la ventanilla.
— ¡Eh! ¿Vienes o qué?
Sasuke sacó la maleta del Mercedes, abrió la capota y del viejo Escarabajo y la guardó allí. Luego cerró y la contempló a través del parabrisas.
Ella le devolvió la mirada y se encogió de hombros, como si le preguntara qué lo hacía tardar tanto. Él suspiró, rodeó el coche y subió. O al menos lo intentó. Fue un esfuerzo, pero logró acomodarse en el automóvil compacto y sintió cómo el coche baja al recibir su peso.
— ¡Guaaaaauuuuuuuuu!
— ¿Qué diablos ha sido eso? —bramó él.
—Pobrecito, Comandante Sir Akamaru. ¿El hombre grande te ha quitado el asiento? —sostuvo a Akamaru en brazos y lo acunó como si fuera un niño consentido. Lo que de hecho era.
—Un perro —de modo que le había estado cantado a un perro.
—Espero que no seas alérgico —anunció Sakura—, porque deja que te diga que si lo eres, serás tú quien se largue de aquí.
La sonrisa que le dedicó fue perversa. Él se la devolvió.
— ¿No el perro?
Satisfecha, Sakura decidió mostrarse agradable.
—Se llama Akamaru Sengoku. Puedes llamarlo Comandante Sengoku o Akamaru, también Akamaru, o si lo prefieres, Comandante Sir Akamaru. Ese es el nombre que más le gusta, pero intento no fomentar sus ilusiones de grandeza demasiado a menudo.
Estaba en Oz. Debía ser eso. Sus coche de había salido del camino y un tornado lo había atrapado y transportado a Oz. Eso, o acababa de aceptar ir durante los próximos treinta kilómetros con una lunática.
Sakura presentó a su perro al nuevo pasajero.
—Sir Akamaru, este es… No sé cómo te llamas.
—Uchiha. Me llamo Sasuke Uchiha —pensó en ofrecerle la mano, pero maldita desgracia que le hacía estrechar la pata con el perro.
—Oh —comentó ella. Arranco el coche y salió a la carretera—. Yo me llamo Sakura Haruno.
—Sakura, ¿eh? ¿Cómo en la película el Rocío de su voz? Sakura Hanazono, ¿verdad? —sería típico que tuviera el nombre de un personaje de ficción. Ella misma lo parecía. El pelo rosado, los ojos verdes, el perro.
—No. Es Sakura, como los pétalos del árbol de cerezos —explicó—, aunque con diferente pronunciación. Nací en época de otoño y el árbol preferido de mi papa era el de cerezo. De modo que tenía un cultivo de ellos, cuando mi madre dio a parto. Al nacer me llamo Sakura. Pero lo pronunció mal para la partida de nacimiento. Se ha convertido en una especie de broma familiar.
—Menos mal que no estaba cultivando un roble. ¿Tienes hermanos o hermanas? ¿Quizá un Wild Cactus? —festejó con una risita su propia broma.
—Muy gracioso. Y también original. No, mis hermanos se llaman Gaara, Nagato, Pain, Deidara y Sasori. Todos muy comunes y apropiados en partes del mundo. Pero yo fui la primera chica, de modo que mis padres se quedaron perplejos. Por no mencionar que fui la sexta y ya andaban escasos de opciones.
— ¡Seis hijos! —la idea de tener a más de seis personas al mismo tiempo en su casa lo puso nervioso. Las familias en general lo ponían nervioso—. Una familia grande.
Sakura movió la cabeza y río.
—No sabes ni la mitad. Tres de mis hermanos estás casados y tienen hijos. Uno aún vive en casa de y el otro ha regresado temporalmente debido a un divorcio. Con la excepción de Gaara y Sasori, la familia casi se ha cuadruplicado en los últimos diez años. La verdad es que es muy divertido.
—Yo no sé nada de familias y diversión —comentó él con todo sombrío. Su familia, su hermana, era la causa de que se hallaran en ese aprieto. De pronto le cayó encima la magnitud de su dilema—. Jamás voy a llegar junto a mi hermana a tiempo.
— ¿Se encuentra en problemas?
Sasuke volvió a centrar su atención en esa mujer. No se había dado cuenta de que había hablado en voz alta.
—Sí. Y gracias al accidente, jamás llegaré a tiempo para salvarla —se mesó el pelo con gesto de frustración e hizo una mueca al encontrar un chichón que de pronto le había salido en la cabeza.
Sakura captó la expresión por el rabillo de ojo.
— ¿Te duele?
— ¿Dolerme? Mi coche es siniestro total. La vida de mi hermana está a punto de verse destruida y encima me ha salido un chichón del tamaño del Everest.
Sakura emitió un sonido de duda.
— ¿No me crees? —exclamó Sasuke. Le sacó un a mano del volante y la apoyó en su frente.
Ella pasó los dedos entre la tupida mata de pelo castaño y trató de soslayar la textura sedosa que hizo que los dedos le hormiguearan. No le costó mucho dar con el chichón. Un jadeo sobresaltado escapó de su boca antes de poder contenerlo.
—Es realmente grande —afirmó—. Quizá debería llevarte al hospital.
La preocupación en sus ojos y el temblor en su voz hicieron que comprendiera que se había visto afectaba por el breve discurso que le había soltado. "Bien", pensó con maldad.
—No necesito ir al hospital —le aseguró. Se pasó la mano por la frente en un intento por aliviar su frustración—: Lo que necesito es llegar a Filadelfia.
— ¿Filadelfia? ¿Has dicho filadelfia? —repitió Sakura. Pensó que era demasiada coincidencia.
—Sí. ¿Qué pasa? No sé qué diablos voy a hacer ahora. Harán falta día para arreglar mi coche, y no puedo esperar tanto. Podría alquilar uno, pero dónde diablos voy a encontrar una agencia de alquiler de coches por aquí —musitó mientras repasaba sus opciones—. ¿Qué va a ser de Mikoto?
Antes de poder contenerse, las palabras parecieron salir por voluntad propia de la boca de Sakura.
—Yo voy a Nueva Jersey. De hecho, al sur, justo al otro lado del Puente Ben Franklin, a unos pocos kilómetros de Filadelfia —era un pensamiento ridículo. No podía estar ofreciéndose a cruzar todo el país con un completo desconocido. Aunque eso parecía. Quizá no fuera tan malo. Dispondría de alguien con quien alternar la conducción y no se hallaría tan indefensa. A menos que resultara ser un asesino psicópata. ¿Qué le había dicho Ino acerca de no recoger autoestopistas? El color macilento de su piel le resaltaba aún más el chichón rojo. No parecía un típico autoestopista peligroso. Además, la compañía no le iría mal. Le brindaría alguien con quien hablar, aparte de él Sir Akamaru. Y tampoco eran tan desconocidos. Él le había visto la lengua y ella le había palpado el chichón—. O —surgió— podría llevarte a la siguiente ciudad tal como planeamos en un principio.
— ¿Y qué voy a hacer allí?
— ¿Qué soy yo, tu gruía y consejera? No lo sé. Para empezar, podrías hacer que una grúa recogiera tu coche. Luego, buscar alquilar un vehículo.
— ¿Una sucursal de Hertz? ¿En las dos calles que por aquí llaman ciudades? No lo creo —indicó con sarcasmo.
Sakura empezaba a enfadarse. Era rápido para descartar sus ideas, pero, ¿Qué había aportado hasta entonces?
—Bueno, ¿Qué quieres hacer? —espetó.
Tanto encono empezaba a poder con él. La cabeza le palpitaba. Lo mejor era empezar por establecer las paces.
—Escucha, lo siento. Lo que pasa es que estoy frustrado. He de estar en Filadelfia como mucho en cinco días. Sé que no todo es por tu culpa.
— ¿Todo? ¡Nada es por mi culpa! —esa era su historia y no pensaba abandonarla, sin importar su conciencia culpable—. Si no me hubieras agobiado con la bocina…
—Si tú no hubieras frenado…
—Si no hubieras ido pegado a mi parachoques…
Sasuke apretó los dientes. Así no irían a ninguna parte.
—La cuestión es que la vida de mi hermana depende de que yo llegue a Filadelfia.
—Si era tan importante, ¿Por qué no tomaste un avión? —parecía la solución evidente—. Lo más probable es que puedas conseguir un billete en Billings. No está tan lejos. Podría llevarte.
—No vuelo —respondió sin dar explicaciones.
Ese hombre podría poner a prueba la paciencia de la Madre Teresa.
— ¿La vida de tu hermana está en juego y no eres capaz de superar tu miedo a volar?
Como apretara los dientes un poco más, sabía que se le romperían.
—No he dicho que tuviera miedo a volar. He dicho que no vuelo. Hay una gran diferencia. Aunque el resultado final es el mismo. No vuelo. No volaré. Así que pasemos a la siguiente sugerencia.
—Me he ofrecido a llevarte a Filadelfia —señaló ella, sintiendo como si hubiera desperdiciado mucho tiempo solo para volver al punto de partida.
Era un buen ofrecimiento, pero lo último que quería Sasuke. No podía cruzar el país con esa mujer.
—No puedo hacerlo —anunció.
— ¿Por qué no? —aguardó a que le expusiera sus motivos. Tenía la corazonada de que serían divertidos—. ¿Qué sucede, mi coche no es lo bastante lujoso para ti?
Las rodillas tocaban el salpicadero. La cabeza rozaba el techo del coche. El único sitio para apoyar los brazos era su regazo o alrededor de un perro llamado Sir Akamaru. Pero el problema era menos sustancial que eso. La miró fijamente y algo en su interior le gritó que saltara del coche mientras aún tenía la oportunidad de hacerlo.
—Simplemente no puedo ir contigo todo el trayecto hasta Filadelfia.
— ¿Qué pasa conmigo?
Nada obvio. El problema se hallaba oculto. Era el modo en que los shorts vaqueros se le subían por los muslos y cómo la camiseta le ceñía los pechos. Era la forma en que el cabello se agitaba sobre sus hombros como si estuviera vivo y los ojos verdes le brillaban con picardía.
—Para empezar, mírate.
De hecho, la imagen acababa de queda reflejada en la mente de Sasuke. Le había visto el perfil; la había vito erguida ante él. Le había visto el pelo, desde luego. Pero había sido un segundo antes cuando todas esas imágenes se habían filtrados por su mente hasta conformar un todo extremadamente atractivo que perturbaría su equilibrio. La última complicación que necesitaba en ese momento.
Sakura bajó la vista para observarse. Llevaba unos pantalones vaqueros cortados y una camiseta. No veía el problema.
— ¿Qué tiene mi aspecto? —preguntó a la defensiva.
No era una belleza, pero nadie le había dicho jamás que era demasiado repulsiva para ir con ella en coche.
Sasuke no sabía cómo articularlo.
—Es tu extraño pelo rosado, y los ojos, y las pecas. Lo único que tengo que hacer es mirarte para saber que vas a irritarme como nadie lo ha conseguido jamás en este planeta.
— ¡Escucha, arrogante conductor de Mercedes! No tenía por qué para ayudarte. No tenía por qué ofrecerme a llevarte a la próxima ciudad. Podría haberte dejado allí buscando el teléfono móvil que no parece que tengas. Desde luego, no tenía por qué ofrecerme a llevarte a Filadelfia. Pero estás en un aprieto. Y tú hermana, hacia la cual súbitamente he desarrollado una gran simpatía, se encuentra en problemas. Entonces, ¿Por qué no dices simplemente que sí y luego cierras la boca? Y deja que te diga tú ya me has irritado como nunca lo ha logrado nadie. Y mira que me han irritado mejores. Además, mi cabello no es extraño, es diferente pero, es cien por ciento natural, no como el de las tontas pelirrojas. ¿Entendiste?
Sasuke soltó un bufido. Se negaba a aceptar nada hasta no haber sopesado sus opciones. Y no sabría cuáles eran estas hasta que no hubieran llegado a la civilización.
Fueron treinta kilómetros silenciosos hasta la siguiente ciudad. Una que tenía una gasolinera, una tienda, cinco edificios y nada más. Aunque hubiera querido esperar hasta que le repararan el coche, no había una habitación de hotel en ciento cincuenta kilómetros a la redonda. Sus opciones comenzaban a reducirse y su esperanza de evitar un viaje en coche de cuatro mil quinientos kilómetros con una pelirosa chiflada se tornaba más sombría.
Lo único positivo fue Haku, el encargado de la gasolinera. Aceptó el número de la tarjeta de crédito de Sasuke y le aseguró que le cobraría un precio razonable por repararle los daños del coche. Sasuke le dijo que regresaría a buscarlo en menos de dos semanas. Haku no planteó ningún inconveniente, ya que le sobraba espacio en el taller. También le mencionó que Jackson Hole, justo al otro lado de la frontera de Montana, disponía de coche de alquiler.
— ¿Ves?, tus problemas se han solucionado. Te llevaré hasta Jackson Hole. De todos modos pensaba para allí. Y Haku ha dicho que se ocuparía de tu coche —Sakura había confiado en el joven en el acto.
—Lo más probable es que se ponga a conducirlo nada más arreglarlo —repuso Sasuke con cinismo. Nadie era tan agradable. Aunque se recordó que acaba de aceptar la ayuda de una mujer que con altruismo se había ofrecido a llevarlo a donde necesitara ir. Quizá era él quien tenía el problema.
—Bueno, pues nos vamos —anunció Sakura.
Sasuke gimió y acomodó su cuerpo en el habitáculo del utilitario. Iba a ser el viaje más largo de su vida. De eso no le cabía duda. Para mantener la mente ajena a las rodillas ya irritadas, miró alrededor en busca de algo que lo distrajera. Por desgracias, eso sería la camiseta demasiado ceñida de la pelirosa. A pesar de que le irritaba la mente le agitaba el cuerpo. Una combinación letal.
De pronto Sasuke tuvo un pensamiento, aunque titubeó un formulario.
— ¿Estás casada? ¿Qué digo? Claro que no lo estás.
Ella había abierto la boca para responderle que no, pero la cerró cuando él mismo se contestó.
— ¿Y eso qué se supone que significa? ¿No parezco alguien que podría estar casada? ¿No crees que podría conseguir un buen marido si lo quisiera? ¿No consideras posible que alguien, en alguna parte, me encuentre lo suficientemente atractiva o interesante como para querer casarse conmigo?
—Veo que se trata de un tema delicado —comentó Sasuke ruborizándose.
—Guau —confirmó Sir Akamaru desde el asiento de atrás.
Un poco abochornada, Sakura trató de recuperarse. Quizá era verdad que se hallaba un poco sensibilizada con el tema del matrimonio. Además, no tenía de qué preocuparse. Iba a casarse con Shino
—Lo único que quería decir era que si lo tuvieras, tu marido se encontraría contigo y llevarías un anillo. Como no he visto ninguna de esas dos cosas, di por hecho que no estabas casada.
La explicación lógica de Sasuke solo sirvió para sonrojarla más.
—No lo estoy —respondió en voz baja.
—Es lo que pensé —corroboró él.
—Pero lo estaré.
—Claro —concedió él, sin saber muy bien el significado de ese comentario—. Casi todo el mundo piensa que algún día se casará y formará una familia.
—No, no me refiero a que voy a casarme. Cuando regrese a Nueva Jersey —aclaró.
Quedó desconcertado por la súbita sensación de pensar que lo invadió. Fue como si hubiera intentado atrapar algo pero se le hubiera escurrido de los dedos antes de haber podido asirlo. Luego movió la cabeza. Estaba siendo ridículo.
— ¿De manera que estás comprometida? En ese caso, ¿Dónde tienes el anillo?
Sakura pensó en algunas excusas legítimas, pero ninguna le resultó convincente.
—Técnicamente… no lo estoy… aún no hemos… él no ha…
—Todavía no se te ha declarado —afirmó Sasuke. Lo invadió una sensación de triunfo. Aunque no tenía idea de la causa.
—No se ha declarado, pero lo hará. Espera a que llegue a casa —eso le pareció razonable. Y también era la verdad.
Sasuke se sintió confuso. Se dijo que nada de eso era asunto suyo. Debería cambiar el tema, echar la cabeza hacia atrás y tratar de dar una cabezadita. Sería lo más sensato.
—De manera que ha estado esperándote en Nueva Jersey mientras tú estabas en Seattle.
—Sí.
— ¿Durante cuánto tiempo?
Ella se movió incómoda y musitó algo.
—Perdona, no lo he captado.
—Siete años —repitió con claridad.
Al principio no hubo reacción. Durante un segundo, Sakura pensó que tal vez se había quedado dormido. Eso fue hasta que miró a su derecha y vio la cara que enrojecía y los ojos húmedos. Poco después, sonó la carcajada.
Cinco minutos más tarde, él seguía riendo. La furia de Sakura creció de forma proporcional. En primer lugar, no supo qué la había impulsado a responder. No era verdad. Quizá había querido compartir la historia con alguien. Obtener la opinión de otra persona antes de decidir si estaba cometiendo un grave error. Y lo que había conseguido era una fuerte sensación de humillación.
Entre jadeos, Sasuke intentó recuperar el control de su cuerpo. No sabía por qué la historia le resultaba tan divertida. Siete años. En cuanto se calmó, pudo formular su siguiente serie de preguntas.
—Muy bien. Me estás contando que tu futuro novio te ha esperado siete años. ¿Y qué diablos hacías tú, elegir los vestidos de las damas de honor? —se sorprendió a sí mismo con esa broma ingeniosa.
La pregunta recibió un silencio pétreo. Analizó el perfil de ella y vio que había levantado levemente el mentó orgulloso. Mientras esperaba su reacción, se tomó tiempo para estudiar sus otras facciones. No pudo evitar darse cuenta de que tenía una nariz un poco respingona. Los labios eran firmes, pero se veían tensos por la irritación. Si miraba con atención, harta podía contar el número de pecas que cubría el lado derecho de su cara. Diecisiete.
—Lamento haberme reído —se disculpó, poco acostumbrado a emitir esas palabras—. De verdad quiero conocer toda la historia.
— ¿Por qué? ¿Para poder burlarte más? —no era ninguna masoquista.
La larga carretera se extendía ante ellos y Sasuke se sentía encerrado en el espacio pequeño del coche. La pregunta y la respuesta eran un modo de pasar el tiempo. Al menos fue lo que se dijo a sí mismo.
—No me burlaré. Yo tampoco estoy casado.
— ¿Por qué no me sorprende? —replicó.
— ¿Ves? Ni siquiera moderé tu anzuelo. Háblame de ese hombre… ¿cómo se llama?
—Shino —respondió tras controlar su indignación.
— ¿Shino?
—Shino. Se llama Shino y lo conozco desde que tenía diez años. Crecimos juntos. Salimos en el instituto. En la universidad. Todo el mundo daba por hecho que íbamos a casarnos. Pero antes de sentar la cabeza yo quería experimentar algo más del mundo. Mi familia se empecinó en que no me marchara. A Shino también lo molestó. Supongo.
— ¿Supones?
—Hay que conocer a Shino. Es el tipo de persona sensible y que te apoya.
—Oh, por favor —gimió y la frenó—, ahórrame la historia de los hombres sensibles. A quienquiera que haya unido esas dos palabras habría que fusilarlo.
Sakura soslayó el sarcasmo y continuó:
—Bueno, pues él lo es. De modo que cuando le dije que quería irme a Seattle, dijo que no pasaba nada. Que me esperaría y que me amaba. Mis padres no se mostraron tan comprensivos. Me hicieron prometer que si al cumplir treinta años no me había casado, regresaría a casa, donde estaba mi sitio, y me casaría con Shino.
—Bromeas. ¿Y eso funcionó?
—Mi cumpleaños es dentro de tres semanas.
Sasuke le daba ultimátum a Mikoto todo el tiempo. Jamás funcionaban. Debería conocer a la Pelirosa. Quizá se le contagiaría algo y… "olvídalo".
—No creo que deba indicarte que eres una adulta. No tienes que obedecer a tus padres. Aunque respeto el hecho de que cumplas tu palabra —era una característica que admiraba profundamente.
Sakura pensó que ahí había alguien que entendía lo que era respetar la palabra dada. Sin embargo, debía reconocer que no era la única causa por la que se dirigía al este.
—No quebrantaría mi palabra, eso es verdad. Pero también creo que ya es hora de que me case. Quiero establecer una casa y tener hijos. Una familia. Shino me puede aportar eso. La verdad es que casi con treinta años, empiezo a creer que el verdadero amor romántico no existe.
— ¡Tienes toda la razón! —convino Sasuke sin esfuerzo.
—No sé por qué sabía que coincidirías conmigo. Lo que quería decir —aclaró— es que el amor no es como aparece en los libros. No te llega de repente. No es apasionado, encendido o descontrolado. Algunas personas afirman experimentar eso. Pero, ¿Cuánto dura? Yo he llegado a la conclusión de que el amor es como un edredón cálido. Acogedor. Suave. Seguro. Shino y yo nos querremos y querremos a nuestros hijos. No será un cuento de hadas, pero estos solo son ficción —asintió con convicción. No le cabía duda de que hacía lo correcto. ¿Cómo podía estar mal formar parte de una familia cariñosa y acogedoras, que a ella misma ayudaría a crear?
—Muy práctico —añadió Sasuke. No es que entendiera su necesidad de casarse y tener hijos, pero al menos no era una de esas mujeres que creía que el amor lo solucionaría todo. Sin embargo, la idea de la Pelirosa atrapada en un matrimonio sin amor y sin vida no terminaba de gustarle. La veía como una mujer ardiente y apasionada.
¿De dónde diablos había salido ese pensamiento? Una cosa era notar los pechos de una mujer bajo una camiseta y otra muy distinta imaginas esos pechos desnudos. "No", le dijo a una cierta parte de su anatomía. "Ni siquiera lo pienses eso no. Ni te muevas, canalla. Ella no. Queda completamente descartada".
Pero esa parte de su cuerpo no escuchaba. De hecho, la sola imagen de los muslos delante de él, abiertos y a la espera de que la reclamara, bastó para que su sexo hiciera algo más que moverse.
— ¿Te encuentras bien? —Sakura captó una expresión dolorosa en su cara—. ¿Es la cabeza? ¿Te está molestando?
—Sí —repuso con tono hosco—. Es la cabeza —no dejaba de ser verdad.
—Tu problema es que sigues malhumorado. ¿Por qué no descansas un rato? Te despertaré cuando lleguemos —sugirió.
Quizá no fuera una mala idea. Podría cerrar los ojos y recuperar parte del sueño que tan desesperadamente necesitaba. Luego, despertaría renovado y al mando de su propio cuerpo. Mientras dormía, desterraría todo pensamiento de la Pelirosa como un ser sexual y la vida volvería a tener sentido. Era una idea maravillosa. Cerró los ojos, bostezó una vez y emitó un suspiro hondo. Antes de flotar a la deriva, se le ocurrió un último pensamiento.
—Has dicho que me desperrarías cuando llegáramos a dónde íbamos, pero faltan dos horas para Jackson Hole. No dormiré tanto —y de camino no había nada más que mereciera la pena.
—Oh, me refería cuando llegáramos a Yellowstone, por supuesto.
CONTINUARA…
Ojala les haya gustadoc:
