Final Definitivo

Volvió a amanecer sobre Ponyville, y era obvio que un ambiente distinto flotaba en el aire. Y no era solo ese aroma dulzón a naranjas y limones que parecía subir desde la ladera opuesta de la colina de Sweet Apple Acres. No. Era algo más. Parecía que aun el cantar de los pajarillos silvestres ese día era más cálido, más armonioso, como una romántica y alegre balada improvisada y natural.

Extrañamente, en la villa pareciera que muchas de las actividades se paralizaron. Las calles estuvieron silenciosas más tiempo del habitual, y, como si de una especie de coreografía bien planeada se tratase, una a una, las puertas de las casas fueron abriéndose de par en par.

De cada una de las casas de Ponyville, apuestos corceles salieron casi como en desfile. Todos ellos se habían arreglado de manera especial, peinando sus melenas o portando accesorios como corbatas o corbatines, mientras que los más distinguidos usaban camisas o chalecos. Algo sencillo, nada demasiado formal. Después de todo, era más bien un día de campo que una gala u otra festividad. Avanzaron con paso galante hasta Sweet Apple Acres y más allá, sobre las colinas sembradas de árboles de naranjas, mandarinas, limones, toronjas y demás, donde cada uno eligió un sitio que le pareció adecuado y cómodo para esperar a su invitada.

Instantes después, en Ponyville, hermosas yeguas comenzaron a andar el camino hacia la granja. Si bien, no se encontraban ataviadas como si fuesen a un baile de gran elegancia, muchas de ellas si vestían primorosos conjuntos de primavera, seleccionados con el firme propósito de lucir relucientes y divinas para aquellos corceles que habían tenido a bien invitarlas. Una a una, las ponis de todo Ponyville también desfilaron hasta la entrada de Sweet Apple Acres.

Cada una de ellas hablaba poco o nada con las demás, sino que caminaban en silencio como en una larga procesión. Algunas solo se sonreían a manera de saludo, o intercambiaban miradas de complicidad y emoción al ver a sus amigas disfrutando de la dicha de ser parte de la celebración. Todo este ritual parecía tener normas, reglas que todas las yeguas en Ponyville parecían conocer, pero ninguna de estas pautas estaba realmente escrita en ningún lado. Se hacía por tradición y nada más.

Y si había alguien a quien las normas por tradición no le gustaban demasiado, ese era definitivamente Burning Spades. Desde muy temprano en la madrugada, se había levantado y había estado a la expectativa de cualquier movimiento que pudiera marcar el inicio del evento. Ya que los nervios de la noche anterior no lo habían dejado dormir, antes de la salida del sol, el poni herrero se encontraba ya preparado y alerta, vistiendo su elegante chaleco color gris y plata, que Rarity le había ido a dejar la noche anterior a la herrería, junto con un distinguido corbatín de moño de color gris.

De ahí en más, la apariencia de Spades era prácticamente la misma. Algún poni muy observador habría notado que el herrero también se había cepillado la melena. Su mirada iba de un lado a otro, mientras que las rodillas de sus cuatro piernas le comenzaron a temblar cuando, a lo lejos, pudo distinguir que las yeguas se acercaban a la granja. Resignado, deseo que todo saliera bien.

Apenas levantó la mirada después de su último acceso de pesimismo, cuando la vio y al momento de verla, la escuchó:

—¡Burns!

—Hola Pinkie —la saludó contento el poni al verla llegar.

—Disculparás que me haya adelantado en la fila, pero quise ser la primera en llegar. La verdad es que el resto de las ponis avanzaba muuuuy lento y estaba ansiosa de estar aquí —dando saltitos de pura emoción, la poni rosa venía usando un lindo sombrero color blanco con listones en magenta—¿Cuándo comienza la fiesta? ¿Cuándo rompemos la piñata?

—No creo que sea el tipo de celebración en que haya una piñata, Pinkie —dijo Burning temiendo desilusionarla.

—Oh, no importa. Supuse que sería así, por eso traje mi propia piñata —dijo ella sacando una diminuta efigie de papel de colores con forma de poni.

Burns se rió un poco. La actitud alegre de Pinkie había hecho que él se olvidara de sus nervios casi por completo. Lo único que lo mantenía estresado, era la duda de si había hecho la decisión correcta. Justo en ese momento otra poni se acercó a ellos.

—¡Hola, Rarity! —la saludo alegre la poni rosa.

—¿Pinkie? Que gusto verte, ¿con quién has venido? —la saludó la unicornio sonriente. Su cabello brillaba mucho más que de costumbre, como si estuviera repleto de diminutas joyas, mientras que sobre su cabeza traía una reluciente tiara plateada.

—Pues con Burning, obviamente —respondió Pinkie. Por la expresión que puso Rarity, parecía que ella no podría creerlo —¿Y tú?

—Estaba por decir exactamente lo mismo —volteó la unicornio blanca para mirar al corcel rojo que seguía ahí parado, quien, sintiéndose un poco incómodo estaba por dar una explicación cuando una poni más se acercó subiendo la colina.

Tiraba de una carreta, y llevaba su sombrero adornado con varias flores.

—Hola, chicas. —saludó entonces Applejack, que llevaba sobre sus cascos una preciosas botitas color verde. —Hola, Burns.

Por la sonrisa en el rostro de AJ, Rarity comenzó a sospechar que incluso ella había sido invitada por Spades, pero no pudo preguntar, pues en ese momento llegaron un par de ponis más.

Fluttershy y Twilight al parecer se habían encontrado de camino a la granja. La unicornio purpura llevaba un bonito broche con forma de estrella en el cabello mientras que la pegaso se había colocado sobre el cuello un collar de coloridas flores.

Las cinco ponis se miraron juntas, formando un círculo en torno al poni de tierra que se había quedado callado conforme cada una de las chicas fue llegando a donde estaba él.

—¿Hay algo que quieras decirnos, Burns? —preguntó finalmente Rarity.

—De hecho si... —comenzó Spades aclarándose la garganta —como pueden ver, las invité a todas a venir conmigo a la celebración del Día de los Azahares en Flor. Tal vez no lo mencioné en las notas que les envié a cada una desde anoche, pero véanlo de este modo: todas tenían deseos de asistir, solo necesitaban, dado que así lo exigía la festividad, que algún poni las invitara. Pues bien, yo las invite a todas y ahora podemos pasar todos juntos una mañana muy agradable. Por lo que veo Applejack ha traído una amplia carreta y varias cestas, así que podemos comenzar por recolectar flores de azahar, ¿qué les parece?

Las cinco amigas se miraron entre ellas. Burns las miraba un poco nervioso todavía, pero en cuanto las chicas comenzaron a reír, el rió también. Fue entonces cuando, al girar su rostro hacia atrás, pudo ver que a la sombra del naranjo más cercano se encontraba Rainbow. La pegaso había sujetado su melena con un cordel de color rojo y sobre su cuello llevaba un fino pañuelo multi-color que ondeaba silenciosamente al viento.

—Denme un momento chicas, ahora las alcanzo. —Spades se acercó a donde estaba Rainbow separándose del resto de grupo.

—Hola, Burns —lo saludó la pegaso.

—Hola, Rainbow. Solo déjame explicarte… —se apresuró a decir el poni.

—No hace falta. Escuche lo que les dijiste al resto de las chicas. —le sonrió Dash. Burning no pudo evitar responder la sonrisa. El sol ya brillaba en lo alto del cielo, y los vivos colores de la melena de Rainbow resplandecían cuando un rayo de luz se colaba entre las hojas del árbol y bajaba hasta ella.

—Te ves muy linda hoy —dijo finalmente el poni.

—Vamos, Spades, como si no le dijeras eso a todas. —sonriendo, Rainbow apartó la mirada para ver al resto de sus amigas que miraban encantadas las blancas flores que cubrían los árboles frutales.

—Todas se ven lindas. Pero no. No se lo digo a todas. —Burning bajo la mirada un instante —no suelo decir ese tipo de cosas.

»De hecho —continuó Burning Spades —cuando te vi ayer debí invitarte a venir conmigo, en lugar de dejarte una nota. Habría sido más adecuado, más personal.

—¿Y porque no lo hiciste? —Respondió Rainbow y un toque de tristeza se asomó en su voz —yo… pensé que seguías molesto conmigo. Pensé que aún no me habías perdonado por cómo te traté cuando recién llegaste a la villa. Por desconfiar de ti, llamarte de traidor, acusarte de conspirar como tres veces…

—No, de ninguna manera. —dijo pronto el poni —Jamás estuve molesto por eso. Es completamente comprensible. Lo único que estabas haciendo era proteger a tus amigas y eso es admirable. Si me quedé callado ayer, fue porque, a veces, me pongo nervioso y se me dificulta hablar con las ponis que me…

Burning entonces se quedó callado, dejando la frase inconclusa. Dash se le quedó mirando esperando que continuara.

—¿Las ponis que te qué, Burns? —preguntó ella buscando la mirada del herrero.

—Que me impresionan —improvisó el poni —Las ponis que son así de asombrosas y a las que admiro, tal como tú.

—¿Yo? ¿Impresionarte? —se asombró la pegaso.

—Claro que sí. No cualquier poni puede presumir que es amigo de la pegaso más veloz de toda Equestria.

—Pero no lo soy, Burns, no creo serlo.

—Oh si, lo eres. He revisado estadísticas y records. Ni aun en sus mejores épocas, ninguno de los Wonderbolts, ha alcanzado una velocidad capaz de crear un Sonic Rainboom. Ellos podrán ser voladores hábiles, profesionales del vuelo acrobático, pero no son tan veloces como tú.

—Me sorprendes, Spades. No sabía que fueras fanático de los Wonderbolts. —sonrió Rainbow.

—No lo soy. Solamente he estado investigando. —explicó Burning —Siempre sospeche que tú eras la mejor, solo quise corroborarlo. Además, tú eres más que solo un par de alas veloces. También eres una grandiosa poni y una amiga leal. Si no me crees puedes preguntar a cualquiera de las chicas. Tu amistad es un tesoro valiosísimo que cualquier poni sensato no dejaría de valorar.

—Ya basta, Burns, harás que me sonroje —lo detuvo ella.

—¿Y quién dice que no es lo que quiero? —la miró Burning sonriendo un momento.

Rainbow miraba hacia otro lado, pero no pudo disimular que un leve brillo color rojo se había pintado en sus mejillas. Spades no lo admitiría en el momento, pero en retrospectiva reconocería que aquel sonrojo había sido lo más tierno que jamás había visto en toda su vida.

Fue entonces cuando el poni, parándose solo en sus patas traseras, se estiró para alcanzar las ramas del naranjo bajo cuya sombra ambos estaban refugiados, y tomando una flor de azahar con su hocico, la cortó del árbol y se la colocó a la pegaso en el cabello, justo sobre su oreja.

—Ahí esta —concluyó el poni rojizo —Tienes los colores más hermosos en tu crin, solo un toque del color blanco más puro haría el contraste perfecto.

Rainbow no encontró ya que decir. Quiso darle las gracias a Burning por tratarla tan amablemente y ofrecerle su amistad a pesar de la manera en que ella lo trató. Pero cuando levantó la mirada para ver a Spades, la luz que se filtraba entre el forraje del árbol, le cayó directamente en el rostro al poni, y traspasó incluso los gruesos cristales de sus gafas, dejando a la vista de la pegaso los oscuros ojos color dorado del herrero.

La mirada pareció prolongarse indefinidamente, mientras un silencio casi místico dominó la colina de los limoneros por un efímero segundo, hasta que la voz de una de sus amigas despertó a la pegaso y al herrero de su ensoñación.

—¡Ya quiero romper la piñata! —escucharon que gritó Pinkie, y recordando que se encontraban con el resto de sus amigas, Spades y Dash fueron a unirse al resto del grupo en la colecta de flores.

Los siete ponis se pusieron en marcha. Applejack dejó su carreta sobre la colina y facilitó a cada una de sus amigas y a Burns, una canastita que podían cargar fácilmente para colocar las flores que recolectaran.

La colecta duró la mañana entera, hasta que el sol comenzó a ocultarse en el horizonte, y hubo que tomarse el tiempo para sentarse en el pasto, mirar al cielo y descansar. Aquel fue, después de todo, un día maravilloso que todos recordarían con alegría, y que, en el caso de Burning Spades, no olvidaría jamás.

Justo después del atardecer, cuando ya las estrellas perforaban la oscuridad aterciopelada de la noche en su silenciosa sinfonía de luz, las seis yeguas y el joven corcel volvieron al pueblo contentos. Applejack los acompañó, tirando de la carreta para entregarle a cada uno su canasta con flores. ¿Qué harían con ellas? Desde arreglos hasta infusiones, los azahares tenían mil y un usos que casi cualquiera podría aprovechar.

Las chicas se fueron quedando cada una en su casa y la última puerta en ser visitada fue la herrería. Applejack no podía acompañar a Rainbow hasta su hogar, así que se despidió de ambos y echó a andar, feliz y sonriente por el camino de vuelta a la granja.

Cargando cada uno su cesta de azahares, Burning y Dash se sonrieron una vez más, y finalmente, Rainbow tomo ánimos para decir aquello que había estado pensando la tarde entera.

—Gracias, Burns, por invitarme. Creo que después de todo este festejo no es tan bobo como siempre había creído —se rió la pegaso —También te agradezco que invitaras a las chicas. Nos la pasamos maravillosamente bien entre todos. ¿No crees?

Spades asintió sonriente, no pronunciando palabra por estar tomando su canasta de flores con los dientes. Entonces Dash, deteniendo su propia cesta con una de sus patas libres en el vuelo, se quitó la flor de azahar que llevaba en el cabello y se la entregó a Burns.

—Toma, esta es de las tuyas. —le sonrió volando Rainbow —Por cierto, si un día quisieras dar un paseo por el campo de Azahares, solo tú y yo, me gustaría mucho acompañarte.

Y sin decir más, salió volando rumbo a su residencia de nubes que flotaba ligera sobre los cielos de Ponyville. El herrero se dio la vuelta, y justo antes de entrar por su puerta, sintió el tacto suave y cálido de unos labios sobre su mejilla.

—Se me olvidaba eso. Pasa buenas noches, Burns —y como un relámpago, Rainbow Dash desapareció en la noche para evitar que Burning pudiera ver lo mucho que se había sonrojado.

Spades se quedó inmóvil en el umbral de la herrería sin moverse un milímetro, hasta que la fría brisa de la noche le recordó que estaba afuera. Entró en su casa lentamente con la mente completamente abstraída. Colocó su canasta de azahares sobre el piso, y extrañado, sujetó con su casco una de las flores.

Debía de ser la que Rainbow había usado en su cabello, pues parecía destellar con una estela de seis colores. Caminó hacia su alcoba, colocó la flor sobre la mesita de noche, y sentándose sobre la cama, se quedó mirando a través de la ventana hacia el cielo nocturno. Varias nubes se amontonaban arriba, más allá, en el firmamento, y Burning Spades se preguntó por un instante, si la residencia de Rainbow Dash no flotaría también en aquel mundo de ensueño.

Querida Princesa Celestia.

Ayer fue, por mucho, uno de los peores días de mi vida. Y no es para menos, pues no recuerdo haberme estresado y confundido tanto como entonces. Por su parte, el día de hoy califica muy bien por ser uno de los mejores de mi vida. Hoy aprendí, sin dar rodeos, que uno puede ser el poni más valiente de todo el mundo a la hora de enfrentar dragones e invasiones ajenas, pero cuando se trata de mostrar los sentimientos más profundos de nuestro corazón, las piernas flaquean, el estómago nos salta y las palabras se hacen nudo en la garganta negándose a salir.

Y no niego que es difícil declararle nuestros sentimientos a aquella poni especial que con solo su hermosa mirada logró robarnos el corazón, pero ser un verdadero corcel valiente implica enfrentar los miedos, la inseguridad y la posibilidad de un rechazo y ser sinceros con nosotros mismos y los demás.

Y al final del día, se da uno cuenta que el esfuerzo valió la pena. Al final del día logra comprender que los azahares son más que solo flores. Al final del día, el mundo se ve diferente cuando al percibir el suave aroma cítrico en el aire, reviven mil hermosos recuerdos de un maravilloso día vivido, lleno de color y alegría, que no lo cambiaría por mil años de poder y riquezas.

Porque, ¿sabe algo, Su Majestad? Antes de poder decírselo a ella, necesitaba yo reconocerlo ante mí mismo. Y hoy, justo ahora, no puedo evitar admitir que estoy enamorado de ella.

Su humilde vasallo, un simple poni enamorado.

Burning Spades.