Se sentía mareado. Siempre había sido un estudiante responsable y sumamente inteligente, pero ahora no lograba concentrarse. Tenía que aguantar, en diez minutos terminaba la clase. Sintió ese sabor metálico inundarle la boca y cayó en la cuenta de que no aguantaría. Se maldijo a sí mismo mientras se levantaba de golpe abandonando su asiento y yéndose corriendo del salón, ante la atenta mirada del profesor y sus compañeros.
Hatake Kakashi, el profesor de Literatura, no dijo nada. Era muy perceptivo, y sabía que algo andaba mal. Itachi no era el tipo de persona que se iba corriendo de una clase repentinamente y sin razón. Vio la cara de desconcierto de sus alumnos, pero antes de dar tiempo a que comenzaran los murmullos, prefirió continuar con la clase.
—Bien, en ese caso fue La Ilíada. —dijo con voz despreocupada como si nada hubiera sucedido.
—¡¿De qué demonios habla, hn? —Deidara se puso de pie y lo apuntó irritado. Había quedado totalmente desconcertado con la huída de Itachi, y pudo ver que algo iba mal. Era impulsivo, pero muy inteligente—. ¡¿Acaso pretende continuar con la clase como si nada? ¡Bastardo, hn! ¿No nos dijo que debíamos preocuparnos por nuestros compañeros por encima de todo? ¡En ese caso póngalo en práctica! ¡¿No ve que a Itachi le pasó algo?
Todos sus compañeros se quedaron callados y lo miraron con algo de miedo. Maldijo internamente por llamar bastardo al profesor, otra vez se había dejado llevar por sus impulsos.
—Ve por él —contestó con simpleza Kakashi, ante la sorpresa de todos. Siempre sucedía lo mismo, los atemorizaba y acababa reaccionando así.
En otra instancia, Deidara se habría quedado ahí parado sin entender la respuesta de su profesor, pero hoy no había tiempo para eso. En el momento que Kakashi pronunció esas palabras, ya se encontraba fuera del salón. No sabía dónde podía haberse dirigido Itachi, pero la primera respuesta que su mente le dio fueron los baños. Se encaminó hacia el lugar como si tuviera alas en los pies y al llegar casi tira la puerta abajo.
Entró de golpe, y lo primero que vio fue a su novio tirado en el piso de cerámica, con el cabello ensangrentado y jadeando, como si le costara respirar. Por un momento se paralizó, pero al escuchar a Itachi toser, reaccionó y se arrodilló junto a él.
—¡Itachi, hn! —le agarró el rostro, y por fortuna descubrió que se encontraba consciente.
Su visión se había vuelto borrosa, había perdido la fuerza en las piernas y no podía hablar. Escuchó a los lejos como alguien gritaba su nombre... esa persona se oía preocupada. Deidara. Sintió como su rostro era volteado, y allí lo vio, una mancha amarilla. Intentó articular algo, pero no le era posible. Solo podía toser sangre una y otra vez. La mancha amarilla se difuminaba cada vez más, ya no oía los gritos, ni siquiera a lo lejos. Sólo escuchaba una especie de zumbido, mientras todo se volvía de color blanco.
El zumbido era cada vez más fuerte, hasta que se dio cuenta que sus ojos estaban cerrados. Los abrió con lentitud, esperando descubrirse a sí mismo en el piso del baño, pero se equivocó. Todo era blanco efectivamente, pero no se trataba de un baño. Sintió una leve presión sobre su pierna derecha, a la altura de su rodilla. Con algo de esfuerzo dirigió su vista hacia el lugar y pudo vislumbrar a Deidara. Se encontraba con la cabeza apoyada sobre sus piernas, los cabellos esparcidos sobre la cama y la respiración calmada. Estaba dormido. Y él, se encontraba en el hospital, no había dudas.
Se reprendió a sí mismo. Seguramente Deidara había descubierto su enfermedad. Demonios. Lo había arruinado todo. Un suspiro se escuchó en la habitación y pudo ver, no con mucha claridad, cómo Deidara abría lentamente los ojos. Al parecer su enfermedad había avanzado de golpe, supuestamente todavía faltaba para un cambio notorio en su visibilidad. Sin embargo, ya había dejado de ver nítido como antes.
—¿Por qué no me lo dijiste? —esa pregunta lo sacó de sus pensamientos, y realizó un intento por enfocar su vista en la mancha amarilla.— Eres un maldito bastardo, Itachi, hn. ¡¿Durante cuánto tiempo pensabas ocultármelo? ¡Pensé que confiabas en mí! ¡Confié en tí, hn! ¡Incluso te amé, maldita sea!
La voz se tornaba cada vez más agresiva, y sintió como si un pedazo de su vida se derrumbara. Sin embargo, eligió permanecer callado hasta que el rubio acabara, para poder hablar.
—Lo sabes. —dijo con frialdad, tanto que hizo sentir a Deidara que estaban en los viejos tiempos, cuando era despreciado.
—¡Sí, lo sé, hn! —Sacó una especie de papel blanco y se lo mostró—. ¡De casualidad encontré esto! ¡Los estúpidos médicos no me quisieron decir nada, hn!
Reconoció de inmediato ese papel. Era el sobre que había guardado celosamente antes de entrar a clases, cuidando que nadie pudiera llegar a tomarlo. Y había caído en las peores manos.
—Deidara...
—¡Me mentiste, hn! —de golpe se levantó con enojo—. ¡¿Sabes qué? Olvídalo, hn. Ya veo que no te importo, ni siquiera para contarme la verdad.
—No podía decírtelo, Deidara. —sintió como poco a poco su corazón se rompía en mil pedazos, como si de un cristal se tratara, y Deidara acabara de arrojarlo con fuerza al suelo—. No era relevante.
—¡No era relevante, hn! Vas a morir Itachi, ¿no te pareció que merecía saberlo? —se encaminó hacia la puerta, y antes de salir, agregó—. Veo que te gusta cargar con todo solo, suerte con eso, hn. Terminamos.
Aquellas palabras le habían dolido como nunca antes. Jamás se había sentido más amargado y dolido como en ese momento. Había cometido un error. Deidara tenía razón, debió haberle dicho la verdad. Por algo eran una pareja, para llevarlo todo entre ambos. Y él, en un intento por no cargar a Deidara con eso, había cometido uno de los peores errores. Ignorarlo, echarlo a un lado, mentirle, despedazar su confianza...
En el momento en que dejó la habitación de Itachi corrió por los blancos pasillos de ese hospital. Se sentía desdichado, se sentía culpable y angustiado. No debió haberle dicho todo eso a Itachi. Sintió como las lágrimas le nublaban la vista, pero siguió adelante. Lo hecho, hecho estaba. Ya no había vuelta atrás, había herido los sentimientos de quién había intentado protegerlo.
¡¿Por qué demonios se había dejado llevar por sus impulsos? ¡Ahora lo había arrojado todo a la basura, TODO! No lo podía creer. Había cargado a Itachi con la culpa de algo que no tenía nada que ver... ¡claro que Itachi no tenía la culpa! Pero él igual se la había cargado, lo había hecho sentir mal, lo había hecho sentir culpable... cuando todo lo que quería era abrazarlo y llorar.
Ahora quería volver, arrodillarse ante él y pedirle disculpas. Pero no, no lo haría.
Espero opiniones, así lo continúo. Gracias
