Por aquí el nuevo capítulo


Miró por última vez la habitación vacía antes de irse de allí. Tenía que buscar a Deidara, no había tiempo que perder en un hospital donde no podrían curarlo. La única cura a su enfermedad era un transplante, pero estaba muy abajo en la lista de pacientes que esperaban uno. Para cuando llegara su turno ya estaría muerto. Caminó por los blancos pasillos del hospital, sumido en el ambiente depresivo que allí reinaba. Salir al aire libre fue una liberación total. Sintió como la brisa de la tarde le acariciaba el rostro mientras aspiraba el dulce aroma de las flores.

Un automóvil se acercó al lugar donde él se encontraba parado, así que avanzó y abrió la puerta trasera para tomar asiento.

—Calle Iro cruzada con Bakuhatsu, por favor. —Dijo fríamente en cuanto se hubo sentado.

El taxista sólo asintió y encendió el automóvil. El viaje se hizo eterno para Itachi, pero finalmente el movimiento se detuvo y frente a él estaba un gran edificio de color blanco. Le entregó el dinero al conductor y se bajó de apuro hasta el edificio. Llegó a la puerta de entrada y buscó el nombre de su ahora ex novio en la plaqueta, para luego presionar el botón.

—¿Quién es, hn? —La voz se escuchó por el auricular.

Itachi suspiró. Deidara nunca preguntaba, simplemente abría y ya. Cuando creyó que todo estaba perdido, el portero del edificio le abrió la puerta con una sonrisa. Ya lo conocía, seguramente era por eso. Sin siquiera detenerse para agradecer, Itachi corrió a las escaleras. A pesar de que eran siete pisos, sentía que iba más rápido por ahí que por el ascensor. Llegó al lugar y se detuvo frente a una puerta de madera con el número 628, aunque él sólo veía una mancha negra sobre la puerta. Por un momento dudó entre tocar la puerta o darse la vuelta e irse, pero finalmente se decidió y le dio a la madera unos golpes suaves pero firmes.

Pocos segundos después la puerta se abrió, dejando ver una menuda figura. Su visión estaba muy deteriorada, pero no necesitaba ver para saber en qué situación estaba el dueño de ese apartamento. Llevaba puesto un pijama, una lata de cerveza en una mano, tenía el cabello totalmente desordenado y unas ojeras muy marcadas bajo sus ojos. Estaba destrozado.

—¿Qué quieres Itachi? —Habló con la voz pastosa, arrastrando las palabras. ¿Dónde estaba el Deidara hiperactivo y brillante de siempre?.

Itachi no contestó, simplemente se metió al apartamento mientras el rubio lo miraba con algo de enojo pero sin atreverse a echarlo. Deidara cerró la puerta y se sentó el un sofá de la sala, imitando a Itachi.

—Deidara. —Clavó sus orbes oscuros en los azules del rubio—. ¿Cómo has estado?

—Mi novio me ha estado mintiendo todo este tiempo. ¿Cómo crees? —Contestó con sarcasmo. Sin embargo, Itachi se alegró de que aún lo llamara "su novio".

—Te ves horrible, Deidara. —Lo miró fijamente—. Y no eres de los que se deprimen y se encierran en sus casas.

Deidara suspiró. Itachi tenía razón, no estaba siendo él mismo. Pero, ¿cómo se supone que actuaría en esa situación? No estaba de humor para ir al instituto, ni para tirar fuegos artificiales... ni siquiera su propio arte le servía como refugio ahora. Itachi tenía cáncer. En ambos ojos. Un escalofrío lo recorrió. ¿Qué pasaba si Itachi se moría? ¿Y si él lo había rechazado?

—¿Pensaste que me protegerías de esa manera? —Itachi lo traspasó con su mirada cuando él pronunció esas palabras—. Te equivocaste, hn.

—Lo sé, Deidara. —Estas palabras sorprendieron al rubio. Itachi era orgulloso, y altivo...—. Sé que te hice mal... no era mi intención.

—Los errores son tan grandes como las consecuencias que traen, hn.

—Tienes razón. —Se sentó a su lado mientras le hablaba—. ¿Te gusta lo efímero, verdad? Entonces nuestra relación tendría que gustarte. Sólo una semana.

—¿Una semana? —El rubio tragó saliva—. ¡Idiota, hn! ¡¿Te parece ésa una forma apropiada de anunciarme tu muerte?

—Necesito un trasplante que nunca llegará. —Fijó sus ojos en los del rubio—. Deidara... permíteme disfrutar lo que me queda de vida

Deidara sintió que se hundía en esos ojos profundos como pozos, deseaba y amaba a ese hombre. Era inútil negarlo, y negarle ese favor. Lentamente acercó su rostro al del moreno, sintió su aliento chocar contra el de él, y fundieron sus labios en un beso.

El amor, no lo podían negar ni aunque quisieran. Ninguno de los dos.