"Los pasajeros con destino a Rumania embarquen por la puerta 4"

Chicas, nuestro vuelo

Vale papá, venga Kazu, a embarcar

¡Woow! Estamos a un paso de Rumania

Bueno, a un paso, lo que se dice un paso...

Bueno chica, me refiero a que falta menos para que lleguemos.

Ah...

Que pasa, no te veo tan ilusionada como hace una semana. Antes tenías los nervios a flor de piel y ahora estas muy decaída ¿Qué pasa?

No sé, estoy muy rara, es que, desde que me pasó eso en la estación tengo un presentimiento extraño respecto a este viaje.

Venga chica, eso son los nervios que te están jugando una mala pasada.

Seguro que es eso, no me hagas mucho caso.

Venga Ran, ¿Cuál es tu asiento?

Yo voy a la ventana, de acuerdo

Esta bien, aquí yo, en medio y tu padre al lado del pasillo.

Exacto

Con toda la conversación ya habíamos embarcado al avión y ya nos habíamos sentado.

Señores pasajeros, el avión está apunto de despegar, por favor tomen asiento. Las salidas de emergencia están a su derecha e izquierda. Si necesitan cualquier cosa yo o una de mis compañeras les atenderemos, solo avísenos. Por favor, el avión hará sus maniobras de despegue, abróchense los cinturones y disfruten del vuelo. Muchas gracias.

La azafata corrió la cortina donde están sentadas todas las auxiliares de vuelo y a los pocos segundos el capitán anunció que el avión despegaba. Entonces el aparato empezó a temblar, como era el primer viaje de Kazuha, estaba un poco asustada y se agarró a mi mano. El avión levantó las ruedas de la pista del aeropuerto, después despegó del todo y empezó a surcar el inmenso cielo negro. Cuando el avión dejó de hacer movimientos inoportunos, Kazuha me soltó.

Y ¿Cómo te crees que serán los hombres de la reunión? – Pregunté, para sacar un tema de conversación.

No sé, hombres viejos, solteros y más obsesionados incluso que tu padre – a esta descripción solté una carcajada, y me reí más cuando mi padre me miró con cara de pocos amigos.

Y el chico, ¿Cómo te lo imaginas?

Unos cuatro ojos. Estudioso, empollón y un niño rico – A esto si que me reí a gusto.

Sí, y las mujeres, cuarentonas, solteras y aburridas.

Nos reímos de lo lindo, mi padre nos miraba cara de desprecio, pero yo sabía que en verdad a el también le hacía gracia, lo que pasaba es que tenía que guardar las apariencias.

Aunque me reí, en realidad no pensaba eso, yo creía que sería otro tipo de gente, personas cuotidianas, y no tenían que ser todos marginados de la sociedad, pero, las descripciones hacen gracia.

Oíd chicas, intentad dormir porque el viaje dura unas 6 horas, así que os lo recomiendo porque se os va a hacer eterno.

¡¿Qué?! 6 horas en este avión

Sí, algún problema, pero aunque lo tengas, como no sea saltando en paracaídas, como que no vas a salir del avión.

Ja... ja – A Kazuha no le hizo mucha gracia la bromita, pero a mi sí, así que me reí y ella me pegó una colleja que yo le devolví.

Bueno chicas, haced lo que querías, pero no gritéis tanto, ni arméis jaleo, porque hay gente que quiere dormir, como un servidor, y las azafatas os van a llamar la atención.

Sí, señor – Dijimos Kazuha y yo con la mano en la frente como si estuviéramos aceptando la orden de un general, ósea, mi padre, y nosotras fuéramos soldados. Eso me recordó cuando todo el grupo nos disfrazamos de policías de la época de Franco, con los tricornios y Hakuba iba en frente a modo de Teniente. Mi padre nos miró con una cara de enfado que daba miedo.

Tu padre parece un monstruo a veces eh, tenías razón tu, el otro día – Me dijo Kazuha al oído, recordando el otro día que yo dije que mi padre era peligroso cuando se enfadaba.

Sí, el monstruo de las galletas ¿no? – Dije yo, sin subir la voz y riéndome.

No, mejor el hombre del saco - Aquí nos reímos ya más alto.

El de una casa encantada. – Y reímos más.

Hablando de casas encantadas, ¿te acuerdas cuando nos vino el hermano de Marc, Conan y su amiguita diciendo que habían encontrado una casa encantada?

¡Sí! Que yo le pregunté que como era.

Y ella te respondió que era muy grande, con un jardín y no qué que más.

Y que él argumentó era de estilo ingles.

¡Sí! Y que cuando le preguntamos que donde estaba.

Nos dijo que era dónde estaba a casa de Klein, ósea, que era su casa y que nosotras nos reíamos mucho – como en ese momento.

Y que la niña nos preguntaba que de que nos reíamos. Nosotras contestamos que porqué conocíamos a quien vivía allí.

¡Ah! ¿Conocéis al monstruo de la casa? – Dije imitando la voz de una niña pequeña. – Sí, contestamos, conocemos al monstruo, no hay mejor palabra para describirle. – Y nos reímos más fuerte, tanto que una azafata vino y nos pidió que calláramos un poco que molestábamos a los viajeros, mi padre me miró con cara de "Ya te lo dije". Pero es que no pude evitarlo, es que con esa historia toda la vida me reiré. Es que Klein es un chico, amigo mío, que vivía sólo (ahora con la novia) en un caserón enorme. Entonces se fue una temporada con sus padres a USA (que es dónde vivían) y los pequeños que sabían de la casa, decían que estaba embrujada, que un monstruo se había comido al chico que vivía, por eso cuando me lo explicaron, yo respondí que sí que conocía al monstruo, porque la verdad es que Klein, cuando quiere, es un monstruo con todas las letras y en mayúscula.

Poco más recuerdo del viaje, ya que me acomodé. De repente me encontraba en un pasillo largo y estrecho, pero sobretodo oscuro, iluminado sólo con unas sencillas lámparas de aceite, que hacía ver lo necesario para no chocarte con la pared.

Allí estaba yo, sin saber por qué, arrodillada en el suelo, empapada de sudor frío llorando ¿Por qué lloraba? ¿Qué hacía en el suelo? Vi unos zapatos negros, elegantes y lustrosos ¿Había alguien conmigo? Levanté la mirada. Vi unas piernas largas y fuertes, vestidas con unos pantalones de traje gris oscuro (aunque con esa oscuridad, parecían más negros que otra cosa). Observé también una americana del mismo color que los pantalones, abierta y mostrando una camisa blanca. Era un hombre corpulento. No se le veía la cara a causa de la oscuridad del pasillo. Pero la verdad es que tampoco me esforcé en distinguir nada entre la oscuridad, ya que, cuando subí más la mirada vi su brazo levantado, señalándome, si me apuntara con el dedo no me importaría, pero no era con nada de su cuerpo con lo que miraba hacía mí, sino con un Revólver negro, cargado. En ese momento, entendí porque estaba empapada de sudor frío y un escalofrío recorrió todo mi cuerpo.

Observé que se podía ver su boca, con unos labios finos y rosados y una barbilla cuadrada. Esos labios se movieron como si hablara, pero mis oídos se habían ensordecido. Lloré, lloraba de impotencia y miedo. No podía hacer nada, el hombre estaba decidido, iba a matarme. Pero ¿por qué? Yo no había hecho nada ¿no? ¿O es que me lo merecía? ¡NO! No pienses eso, ¿cómo lo voy a merecer eh? Ni yo ni nadie merece morir.

Que curioso, con Tomoaki y las demás, antes de irme, habíamos estado hablando de la muerte, y yo, ahora, iba a morir. Mi asesino estaba seguro de eso, no iba a permitir que huyera, eso esta claro. No es mentira eso de que cuando vas a morir toda tu vida pase por delante de tus ojos, eso a mi me pasó. Vi a mis padres abrazados, a Kazuha sonriendo, a Hakuba, a todas mis amigas, mi colegio e instituto, la Universidad a la que pensaba asistir para hacer la carrera de traducción y me vi a mí, desde pequeña hasta ahora. Pensé en las palabras que me dijo mi abuela en el hospital cuando le notificaron que iba a morir, los médicos ya no podían hacer nada, yo lloré cogida a su mano, no quería que se fuera y ella me dijo esto: "A todo el mundo le llega su hora, esta es la mía, el destino así lo a querido, lo siento". Eso es verdad, pero, que llegue tan pronto, cuando aún me quedaba tanto por vivir, y encima que te la arrebaten, es muy duro, mucho. Pero no podía hacer nada, el destino es el destino. Odio pensar que alguien o algo controla mi vida, pero el que si te vas a enamorar o el como y cuando vas a morir ya esta echado desde que naces, eso se ha de afrontar, así que disfruta de lo que tengas, aunque sea poco.

Miré hacia todos lados, buscando una manera de huir antes de que me llegara la hora, pero no había puerta alguna, ni ventanas ni nada, encima el pasillo era muy estrecho, no podías ni extender los brazos en cruz sin chocar con alguna pared. Y si miraba hacía atrás, sólo veía oscuridad, sin ningún rastro ni de huída ni de vida.

Cada vez lloraba más, rogando que no me matara, mi asesino me habló, pero seguía sin poder escucharle. Una sonrisa maliciosa se dibujó en sus tenebrosos labios y levantó un poco más el arma con ademán de disparar.

Mis oídos de golpe, con gran estrépito en mi interior, volvieron a oír. El tiempo se paró, escuché el sonido del gatillo al ser apretado, e incluso el roce del dedo con el gatillo. Pero mi tímpano estalló con el sonido del disparo. El tiempo no aceleraba, era capaz de ver la bala acercándose a mí amenazadoramente, y oía el pedazo de plomo rompiendo el aire.

Pero, el tiempo volvió a la realidad y sentí la quemadura de la bala traspasando mi piel, penetrando en mi cráneo y depositándose en el cerebro.