Autentico Texano
CAPÍTULO 03
Alice se quedó sin aire. Por supuesto que no podía entrar. No había ninguna razón para que él estuviera allí. Y menos aún para que entrase.
Sin embargo se quedó allí con la puerta abierta, mientras su sentido común se perdía. No podía permitirse esa locura.
Ni siquiera estaba vestida. No llevaba nada bajo el albornoz, pero al menos era grueso y nada transparente.
—Estas flores se mueren de sed —Jasper ladeo la cabeza y sonrió. —No sé cuánto tiempo más sobrevivirán.
—Sí que están un poco mustias —Alice movió la cabeza de lado a lado.
—Ya sabía yo que en algo estaríamos de acuerdo.
—¿Te han dicho alguna vez que eres imposible? —preguntó ella, mirándolo con exasperación.
—Sí —la respuesta fue seguida por una risa grave y profunda que hizo que a Alice se le disparase el pulso.
La asombraba que ese hombre estimulara su naturaleza sexual cuando otros no lo habían conseguido, por empeño que pusieran.
Hacía años que no miraba un hombre excepto con pasividad. Se preguntó por qué era distinto él.
No lo sabía pero tampoco quería analizar las razones con él instalado en el porche de Ruth.
—Si te prometo que sólo me quedaré hasta que pongas las flores en agua —no lo dijo como pregunta, pero alzó las cejas como si lo fuera.
Alice, resignada, dio un paso atrás e hizo un ademán con la mano.
Jasper, sonriente, se quitó el sombrero y entró de dos zancadas. Alice cerró la puerta y lo siguió a una distancia segura, pero observándolo.
No sólo estaba fantástico con otro par de vaqueros desvaídos y una camiseta azul del mismo color que sus ojos; su altura y constitución hacían que la habitación pareciese pequeña, demasiado para los dos.
Aún con el pulso desbocado, Alice deseó alejarse más, pero sabía que sería inútil. No había ningún sitio que pudiera poner la suficiente distancia entre ellos.
—¿Tienes un jarrón?
—Hum, seguro que Ruth tiene alguno por ahí.
—Tal vez deberías ir a buscarlo.
—Tal vez —afirmó ella tras un tenso silencio.
—Eh, soy inofensivo —rió él. — De verdad.
Alice alzó las cejas y sonrió. «Eres tan inofensivo como una serpiente cascabel en una guardería», pensó. Tenía que aguzar sus sentidos para protegerse.
—Siéntate mientras busco un jarrón —estiró la mano hacia las flores.
—¿Segura que no necesitas ayuda? —preguntó él, dándole el ramo.
—Segura —repuso ella, con más dureza de la que pretendía. Pero ese hombre se le estaba metiendo en la piel y, lo peor, era que le estaba dando carta blanca para hacerlo. Había permitido que sus manos se rozaran y la sensación le provocó un escalofrío.
Buscó un jarrón, lo llenó de agua y colocó las flores. Después volvió a la sala y puso el jarrón sobre una mesita. Él estaba inclinado junto a la chimenea, reavivando las ascuas.
Era indudable que tenía un trasero perfecto, Y en ese momento podía observarlo sin que él lo supiera. De pronto, comprendiendo lo que hacía, sacudió la cabeza.
—Gracias por las flores.
Él se irguió y se dio la vuelta. Sus ojos se encontraron un momento. Cuando Jasper desvió la mirada, ella suspiró de alivio. Su presencia allí iba a ser problemática si no conseguía controlar sus emociones. Estaba comportándose como una adolescente dominada por las hormonas.
—Es una oferta de paz —dijo él, frotándose una barbilla que lucía un principio de barba que acentuaba su atractivo.
—Sí es por eso, debería ser yo la que apareciera en tu puerta.
—En realidad sólo es una excusa para verte otra vez —hizo una pausa y la miró a los ojos. —¿Tienes algún problema con eso?
—Desde luego, no te muerdes la lengua—dijo ella, intentando ganar tiempo. Era el momento perfecto para decirle que no estaba interesada en él ni en ningún otro hombre. Pero no lo hizo, —¿Quieres sentarte?
—Me encantaría, pero ¿estás segura de que es lo que quieres?
—No —su voz sonó temblorosa. —Ahora mismo no estoy segura de nada.
El se dejó caer en el sofá y miró el fuego.
—No te he ofrecido nada de beber.
—Una cerveza estaría bien.
—Zafrina tiene algunas en el frigorífico.
—No me gusta beber solo.
—Yo tengo mi café.
La risa de él la siguió hasta la cocina. Preparó las bebidas y volvió a la sala. Élla había extendido sus largas piernas ante él. Inconscientemente, miró sus fuertes muslos y el bulto que había bajo la cremallera.
Al comprender lo que estaba haciendo, alzó la vista y descubrió que él la miraba con ojos ardientes. Inspiró con fuerza, pero no sirvió de mucho. Le ardían el rostro y los pulmones.
«Debería marcharse» pensó.
Se sentó en el sillón. El tomó un trago de la botella de la cerveza y la dejó en la mesita.
—¿Qué trae a alguien como tú a este lugar?
—¿Alguien como yo? —Alice dio un respingo.
—Sí, una dama con clase que parece y se comporta como un pez fuera del agua.
—Mi prima necesitaba mí ayuda y acudí al rescate.
—Nada es así de sencillo.
—Puede que no.
—Pero eso es todo lo que vas a contarme, ¿correcto? —agarró la botella de cerveza y tomó otro trago.
—Correcto —afirmó ella, aunque sus labios pugnaban por curvarse con una sonrisa.
—Entonces tienes mucha carga del pasado o muchos secretos, Alice Brandon. ¿Cuál de las dos cosas?
—No voy a contártelo.
—Sí no estás dispuesta a compartir, ¿cómo vamos a llegar a conocernos mejor?
—Supongo que no lo haremos —dijo ella.
—Vaya, desde luego que sabes dejar a un hombre sin palabras —se puso en pie, estiró los hombros y volvió a la chimenea a alimentar el fuego.
Sus movimientos eran pura agilidad sexual; desde luego, no le faltaba carisma.
—Te aviso que el que no me hables hace que sienta aún más curiosidad.
La tensión de la sala se incrementó.
—Ya sabes lo que dicen sobre la curiosidad —intervino ella, entrelazando los dedos.
—Sí, que mató al gato —sonrió él.
—¿Qué me dices de ti? —inquirió ella cuando él volvió a sentarse en el sofá.
—¿Qué de mi?
—Apuesto a que no estás dispuesto a desvelar tu vida a una desconocida.
—¿Qué quieres saber? —él encogió los hombros.
—Lo que te sientas cómodo contando —repuso ella, que había estado a punto de decir «todo».
—No creo que tenga nada que esconder.
—Todo el mundo tiene secretos, señor Whitlock.
—¿Señor Whitlock? —la miró con seriedad. —Debes de estar de broma.
—No te conozco lo bastante para usar tu nombre.
—Bobadas. El hecho de que me calentaras la primera vez que te vi nos lleva a un territorio más familiar.
—Muy gracioso —rezongó Alice, aunque sabía que tenía el rostro rojo como un tomate. Él empezó a esbozar una sonrisa. —De acuerdo, Jasper.
—Ah, eso está mejor —se terminó la cerveza y volvió al tema. —Creo que lo más importante sobre mí es que me cuesta quedarme en un sitio.
—¿Y eso por qué?
—El ejército. Mi padre cambiaba continuamente de destino y no nos quedábamos en ningún sitio lo suficiente para echar raíces y formar relaciones duraderas.
—¿Eres hijo único?
—Sí. Mis padres ya murieron.
—Los míos también.
—Eh, ten cuidado, o me contarás algo personal —se rió al ver que ella lo miraba enfadada. —Hasta que no fui a la universidad, A & M de Texas, no supe lo que era asentarme. Me costó mucho, hasta que conocí a mí mejor amigo, Emmett McCarthy.
—Emmett estudiaba ingeniería forestal y como a mí también me encantaba estar al aire libre, congeniamos. Terminé estudiando lo mismo y pasaba todo el tiempo que podía con Emmett. Con el dinero que heredé a la muerte de mis padres compré tierras en Lane County y construí la cabaña de troncos en la que vivo. Poco después formé mí propia empresa y viajé por el mundo. Ahora, con este nuevo contrato para cortar madera, estoy encantado.
—Es toda una historia —comentó Alice.
—Mi aburrida vida en pocas palabras.
—En ti no hay nada aburrido —bromeó ella sin chispa de humor.
—Viniendo de ti, lo tomaré como un cumplido.
—Hay algo que te has saltado.
—¿Sí?
—Tu vida personal. Mujeres.
—Tampoco hay mucho que contar. La experiencia que he tenido con ellas me enseñó una cosa importante.
—¿Y cuál es?
—Les gustan los hombres que pueden ofrecer seguridad: hogar. Familia, empleo fijo, todo el lote; y eso es tan ajeno a mí como algunos de los países en los que he vivido.
—¿En serio crees eso? —preguntó ella pensando que hablaba como sí hubiera nacido en los años 50.
—Ahora estás curioseando demasiado.
—Ah, ya, así que no soy la única que tiene secretos, ¿o tal vez sea carga del pasado?
—¡Tocado! —siguió un incómodo silencio y Jasper se puso en píe. —Será mejor que me vaya, se está haciendo tarde.
Ella no discutió aunque sintió cierta desilusión.
—Gracias por la cerveza —dijo él desde la puerta.
—Gracias por las flores.
—Mustias y todo, ¿eh?
Estaba tan cerca de ella que su olor la golpeó como un puñetazo en el estómago, y más aún cuando vio los increíbles ojos azules clavados en su pecho. Bajó la cabeza y vio que el albornoz se había abierto.
Antes de que pudiera moverse, la yema del dedo de él se deslizó por su cuello hacia abajo, hasta que rozó el lateral expuesto de su seno. Su mente le gritó que lo rechazara, pero no pudo hacerlo. Se encogió, pero no por vergüenza, sino por la descarga de lujuria que recorrió su cuerpo, dejándola clavada en el sitio.
Los ojos de él se oscurecieron cuando se inclinó hacía ella. Intuyó que iba a besarla pero fue incapaz de detenerlo. El gimió y aplastó los labios contra los suyos; ella se dejó caer contra él, disfrutando de su boca, hambrienta y posesiva, que la devoraba como si temiera no volver a tener otra oportunidad similar.
Cuando por fin se separaron, ambos jadeaban. Las emociones de Alice eran tan intensas y aterradoras que siguió agarrada a la pechera de su camisa,
—Llevo deseando hacer eso desde que entré por la puerta de la cafetería —farfulló él. Ella deseaba responder, pero no sabía qué decir. —Mira, me voy, pero hablaremos después —la miró con ojos ansiosos y agudos al notar su tensión. —Estás bien, ¿verdad?
«No, ¡claro que no estoy bien!», pensó ella. Tragó saliva y asintió. Jasper se fue y Alice se quedó parada largo rato, anonadada, hasta que fue a la cama, se tumbó sobre ella y dio rienda suelta a sus lágrimas.
No entendía cómo había dejado caer la guardia y traicionado a su marido, el amor de su vida, permitiendo que ese desconocido la besara. No quería volver a exponer su corazón, por miedo al dolor que eso le causaría. Se lo había prometido a sí misma.
Lo más triste era que no sabía cómo corregir el error que acababa de cometer.
Jasper terminó de cortar y apilar montones de leña que no necesitaba. Sí dar golpes con un hacha lo ayudaba a contener su frustración, seguiría haciéndolo.
Por desgracia, el trabajo físico no había logrado su objetivo. No podía sacarse a Alice de la cabeza, aunque hacía dos días que no la veía. Aún recordaba su olor y el tacto de su piel como si estuviera empapado de ella.
Eso podía causar muchos problemas a un hombre, porque implicaba dependencia, necesidad y un vínculo emocional con una mujer a quien apenas conocía. Con Alice Brandon eso era imposible. No se quedaría allí mucho tiempo y, además, tenía demasiados secretos.
Pero ese beso le había hecho surcar el cielo como una cometa. Y deseaba más. Apenas había visto y rozado uno de sus senos, pero sabía que era firme y delicioso como un melocotón recién madurado. Sólo con pensar en saborearlo se le hacía la boca agua,
«Cuidado, amigo, más vale que eches el freno o la asustarás», se dijo. Si quería volver a verla tendría que ir despacio, ser delicado. Aun así, no sería fácil.
Sin embargo, había visto el deseo en sus ojos, percibido el calor que irradiaba su cuerpo. Ella también lo deseaba, aunque no parecía querer admitirlo; ahí estiba el problema. Pero no iba a rendirse. Si no se equivocaba, bajo esa fachada de hielo se ocultaba una mujer ardiente y explosiva e intentaría comprobarlo.
Recogió las herramientas y entró en la cabaña. Se duchó, vistió y abrió una cerveza. Se llevaba la botella a la boca cuando llamaron a la puerta.
—Está abierto —gritó. —Un segundo después entró su capataz y amigo, Pete Axers. —¿Quieres una cerveza? —preguntó Jasper sin preámbulos.
—Creía que no ibas a preguntarlo nunca —rió Pete.
Jasper le dio una botella y fueron a la sala a sentarse junto al fuego.
—Diablos, ahí fuera hace más frío que en Montana.
—¿Cómo puedes saberlo? —preguntó Jasper, mirándolo de reojo. —Nunca has salido del este de Texas.
—Eso da igual —dijo Pete con obstinación. —Sé lo que es el frío cuando lo siento.
—Entonces acerca esa cabezota calva al fuego.
Pete se sentó y ambos se concentraron en sus cervezas, a gusto con sus pensamientos.
—¿Y toda esa leña de fuera? —preguntó Pete un rato después. —Has cortado suficiente para todo un invierno en Alaska. Y casi estamos en marzo.
—¿Te has dado cuenta?
—¿Cómo no iba a dármela? —Pete alzó una ceja y lanzó a Jasper una mirada penetrante.
—Supongo que necesitaba descargar algo de energía — Jasper encogió los hombros.
—No puedes estar estresado por nada, ahora que todo va como tú quieres —comentó Pete extrañado.
—Eso no puedo discutirlo — Jasper no pensaba hablar de su obsesión por la recién llegada al pueblo, así que se centró en los negocios. —No esperaba conseguir comprar esos árboles. Darán muchos beneficios.
—Lo que harán será poner tu empresa en el mapa.
—Eso espero. Entre tanto, tengo un montón de facturas que pagar en el banco. No olvides eso. Como sabes, los árboles no fueron baratos, ni tampoco el equipo.
—Lo sé —Pete soltó un resoplido. —Viéndolo así, supongo que sí tienes buenas razones para estar estresado.
—Creo que «estresado» no es la palabra correcta — Jasper frunció el ceño. —En realidad estoy excitado y confío en que el terreno dé beneficios y me saque de las deudas. A ver, ponme al día —dejó la botella vacía sobre la mesa.
—Los dos grupos de trabajadores ya están listos.
—¿Con el equipo y todo?
—Sí —replicó Pete con voz animada, como si se sintiera orgulloso de su logro.
—¿Has encontrado otro capataz?
—Pensé que podríamos encargarnos tú y yo —Pete arrugó la frente. —Sabes que no me gusta contratar a gente que no conozco.
—Pero aquí conoces a todo el mundo.
—Por eso no he contratado a nadie —Pete ladeó la cabeza, —¿Entiendes?
—Supongo que nos apañaremos. ¿Dónde colocaste a los trabajadores? —inquirió Jasper.
—Un grupo en la zona noroeste, cerca de la carretera del condado, y el otro al sur, cerca de la antigua casa.
—Yo me ocuparé del grupo sur —afirmó Jasper, consciente de que sería la zona más difícil de talar.
—Las sierras ya están en marcha y parece que podremos sacar de doce a catorce cargamentos al día.
—Si eso dura de seis a ocho semanas, entonces mis problemas se solucionarán del todo — Jasper sonrió. En ese momento sonó su teléfono móvil.
Él miró la pantalla y vio que era Dan Holland, el propietario que le había vendido los árboles.
—¿Qué ocurre, amigo? —preguntó Jasper.
—Me temo que tenemos un problema.
