Capítulo 6.

-¡Vamos mi amigo, ve rápido y has honor al nombre que te he dado!

Decía Gilraen animando a su montura. Había partido sin mapas, pero los dúnedain saben valerse bien sin ellos...no podían estar muy lejos. La esperanza y el arrojo habían reemplazado al temor.

- Les veré a salvo a todos ellos, y si están en problemas les ayudaré- pensaba. A pesar de lo que había dicho a su cuñada, si veía a alguno en peligro, jamás podría contentarse con mirar.

Pasó poco tiempo y el animal se inquietó...le llegaba el hedor de una batalla. Gilraen también lo sintió, así como los ruidos de metal chocando y los gritos de hombres y bestias.

Se apeo y condujo al caballo lentamente hasta que llegó al borde del campo de batalla.

Se ubicó tras unos árboles, intentando distinguir a amigos y conocidos, encontró a varios. Habían sido cientos de orcos, los hombres parecían llevar la delantera, pero era un episodio horrible de ver, a Gilraen se le congeló la sangre, entre los asquerosos cadáveres de orcos y wargos, yacían muchos dúnedain caídos, muchos. De pronto encontró a Arathorn y su corazón se iluminó ¡que hombre tan fuerte era! A pesar de estar magullado y algo herido, no necesitaba ayuda. Cerca encontró a su padre y sus hermanos que combatían con igual bravura, un poco más allá, los príncipes de Imladris guerreaban con maestría. Sus nervios se calmaron un poco, no faltaba tanto para que terminara el combate, pero se quedaría agazapada, esperando por si era útil. Entonces, una enorme bestia se abalanzó sobre Kamthalión, era de una raza nueva, como un orco, pero mucho más fuerte.

La joven salió veloz, hecha un rayo y clavó su hoja hasta el mango en la espalda de aquel monstruo, pero el destino se había ensañado con la vida del hombre. No alcanzó a ver quien le había salvado, cuando una flecha negra se clavó justo en su pecho.

El mundo se detuvo cuando Gilraen lo descubrió, estaba en una batalla y su hermano, el mayor, yacía con una flecha orca, muerto a sus pies, luego de que ella le salvara de morir por la espada. Nadie más se había percatado, hasta que una voz terrible, como la de una maia enfurecida gritó:

¡ An Kamthalión, hínarya Dirhael! (¡Por Kamthalión, hijo de Dirhael!).

Arathorn se volvió ¡era Gilraen! ¡Y su amigo estaba muerto!

Ella no veía nada, con sus ojos anegados por las lagrimas, atacó varias veces, muchas, a diestra y siniestra, con una furia que la hacía temible. De pronto, sintió un dolor agudo y se hizo la sombra…

- Gilraen, amada mía, ven, yo te llamo.

- No puedo Arathorn... La sagrada Nienna me espera, me enseñará a llorar y a ser sabia en el dolor...debo cruzar el mar, mi hermano también estará ahí.

- ¿Estás segura de desear la muerte?...hay tantas cosas que debes hacer... ¿quien ayudará a Serëanna a cuidar a tu sobrino?- Mi madre- Prometiste hacerlo tú y... ¿quien me ayudará a mí?...¿quien tendrá a nuestro hijo? La casta de Isildur dejará de existir si mueres, tú lo sabes... dame tu mano, acompáñame...nos amamos, no me dejes sólo- ...Pero mira Artahorn...hay tanta paz en esta playa, en Tierra Media ya no quedan sitios así...- Arathorn seguía con su mano extendida y sus ojos suplicantes- Espero que la Valie me espere hasta mi fin...no podría meditar en el dolor, sabiendo que ya no te veré y que te he abandonado...

Tomó su mano y un fresco olor a athelas inundó el lugar.

Estaba tendida en una camilla, miró a Arathorn, quien parecía en trance- Aquí estoy mi amor, me llamaste y he venido- dijo ella, con un hilo de voz- Él abrió los ojos y se llenó de felicidad, por sobre la pena por los muertos y el cansancio de la batalla.

La piel de Gilraen estaba muy pálida y su rostro tenía un sello fantasmagórico, parecía sacada de una historia de espíritus guerreros.

-Te alcanzó una flecha en el hombro, perdiste mucha sangre, además tienes una infección, no conviene que te levantes, esas armas orcas son muy sucias y transportan muchas enfermedades. Eso y la pena, te tuvo al borde de la muerte, ahora...debemos bajarte la fiebre. Hubo que hacerte una incisión prefunda para extraer la flecha, que se quebró justo en la punta cuando caíste y había comenzado a roer tu carne. Gracias a los hijos de Elrond la intervención fue más fácil de hacer, te suturaron con un hilo virtuoso, tejido con agua y aire, cuando cumpla su función será absorbido por tu piel y no dejará cicatriz...alcanzó para todos los heridos graves y...

- Arathorn...no lo evites por favor...- dijo ella mientras le tomaba la mano al capitán- ¿mi hermano está muerto? – Si- ¿Alcancé a vengarle?- Con creces, masacraste tú sola a siete orcos, y hubieras seguido de no ser por ese flechazo, pero fue una locura, no debiste hacerlo, casi mueres.

-¡ Yo le había salvado Arathorn! ¡Esa flecha le mató frente a mí! ¡Nunca antes había sentido odio en mi corazón, pero ahora odié con todas mis fuerzas, la ira me superaba, quería que esas alimañas murieran todas por mi mano o que pereciéramos todos junto a mi hermano, hombres y bestias, todos!- ella se había incorporado en el lecho y tenía el rostro anegado en lágrimas- ¡de haber muerto lo hubiera hecho con una sonrisa en mi rostro si veía como un orco más moría conmigo!- ¡Aún así, no tienes derecho a buscar así tu muerte Gilraen, ni por tu hermano ni por nadie, él no hubiera sido feliz de verte así, herida y llena de furia!- ¡Pero lo estoy, Arathorn! Por favor...¡no me sermonees! Ya sé que el odio y la ira son sentimientos egoístas, sólo persiguen saciar la sed de venganza, sólo para satisfacerlo a uno y a nadie más, además son inútiles si no se utilizan a favor de algo, y ni aunque hubiera matado un balrog hubiera devuelto la vida a mi hermano; ¡detesto esta oscuridad, este odio en mi corazón, lo sabes! Así es que, por favor, no me sermonees, no soy tu hija, ni tu hermana menor, me escogiste de entre todas las mujeres para ser tu igual, así como yo a ti…

Esta vez el rostro de la dama, era blando, estaba lleno de tristeza, ya no de odio, y lloraba, porque se sentía pequeña.

Arathorn se acercó-...Perdóname, nunca más lo haré...- dijo abrazándola-...pero te quiero mucho y me asustaste. No te avergüences, todos somos capaces de sentir así, los mismos Elladan y Elrohir aún sienten odio a los orcos por lo que hicieron a su madre, pero para poder vivir en paz, no es posible albergar ira en el corazón...ven amada mía, eres sabia y tus padres, tu hermano y yo te necesitamos más que nunca...descansa mi mujer...duerme...seguramente no hay guerrera que te supere en todo Arnor...